Boko Haram, la obscenidad del sectarismo

Algo profundamente abyecto y obsceno alienta detrás del secuestro de más de 200 niñas y adolescentes nigerianas, la mayoría de confesión cristiana, perpetrado por el grupo islamista Boko Haram. Al asalto a un internado en Chibok, en el noreste del país, el 14 de abril, siguió el 6 de mayo la captura de ocho niñas de entre 12 y 15 años en Warabe, una aldea del norte. El destino de las menores no es otro que el de ser vendidas como esclavas sexuales, tal como ha anunciado el líder del grupo terrorista, Abubakar Shekau, ejemplo acabado de qué es un líder sectario, parapetado en este caso en el Corán para sembrar el odio a través de la religión. “Por Alá que las venderé en el mercado”, ha anunciado Shekau, convencido de ser el depositario único de la verdad, signo común a todas las sectas, sea cual sea su fuente inspiradora.

La organización Boko Haram fue fundada en el 2002 por Mohamed Yusuf, un predicador de la yihad y del odio a Occidente, que se presentó como el regenerador de la política nigeriana mediante la batalla para imponer la sharia. El nombre de la organización en lengua hausa significa “la educación occidental es pecado”, declaración de principios que llevó a la práctica con ataques a centros educativos públicos y privados de credo cristiano, pero también con atentados de toda clase contra civiles en el norte y centro del país. En el 2009, Yusuf fue capturado y ejecutado sin que mediara juicio, y fue sustituido por Shekau, que intensificó las acciones en todas partes, ayudado con toda seguridad por Al Qaeda del Magreb Islámico, una organización yihadista muy activa en el Sahel; en el 2012, Ansaru, una escisión de Boko Haram, internacionalizó la causa del islamismo nigeriano mediante secuestros y ataques a intereses extranjeros, en especial a partir de enero del 2013, cuando el Ejército francés intervino en Mali. Resultado de todo ello en los últimos doce años: ataques en más de 40 lugares diferentes, 160 atentados y al menos 2.600 muertos, de los que dos tercios –gran paradoja– eran musulmanes.

NigeriaLa simplicidad del programa de Boko Haram, establecer un califato en el norte de Nigeria, el desprecio por el género humano y el fanatismo religioso excluyen toda posibilidad de acuerdo. Percibe el laicismo en la enseñanza como “una herramienta para mantener el dominio de las élites sobre las masas”, explica en la publicación Jeune Afrique el analista nigeriano Bala Liman, especialista en la secta. Poco importa que las víctimas escogidas sean militares, policías, funcionarios públicos, los vendedores y clientes de un mercado o niñas y adolescentes de un internado, el caso es alcanzar la meta fijada, envuelta a menudo en el lenguaje que en otro tiempo manejaron revolucionarios y reformistas sociales surgidos –he aquí otra gran paradoja– del desarrollo del pensamiento político en Occidente. A ojos de ese extraño mundo regido por iluminados con un fusil a su alcance, el fin justifica sobradamente los medios, aunque el precio sea la vida de inocentes o la humillación execrable de las escolares que ahora tienen en su poder.

Nadie puede afirmar hoy que la movilización internacional –#BringBackOurGirls– para evitar que se consume la fechoría y vean la luz otras de parecido tenor, además de la ayuda de Estados Unidos y el Reino Unido al Gobierno nigeriano para dar con los yihadistas, arroje algún resultado tangible. Incluso cabe conjeturar que varias de las solidaridades de los últimos días responden más a la exigencia de la opinión pública de que se haga algo que a la disposición real de algunos de los movilizados a poner manos a la obra y afrontar el desafío sin reservas. Pero sí puede afirmarse que frente a un adversario que desconoce los fundamentos del humanismo, el respeto genérico a las otras gentes del libro –judíos y cristianos– que prescribe el Corán y los derechos humanos, entendidos como valores de alcance universal, es imposible albergar siquiera la remota esperanza de vencer por la vía del diálogo y la negociación.

Goodluck Jonathan, presidente de Nigeria.

El Gobierno del presidente Goodluck Jonathan ha ofrecido, por lo demás, un recital de incapacidad, incompetencia e ineficacia que facilita mucho las cosas a Boko Haram en su propósito de sembrar el pánico y desmoralizar a la población. Hay también algo abyecto y obsceno en la falta de resultados que presenta la hoja de servicios de un régimen que gestiona la primera economía de África en cifras absolutas, gracias a las rentas del petróleo, y que debe responder de la suerte de unos 170 millones de habitantes, integrantes de un mosaico cultural cuyas piezas tienden a no encajar. Hay algo decididamente escandaloso e injustificable en la imposibilidad del Estado de garantizar razonablemente la seguridad de los ciudadanos o, si se prefiere, de obstaculizar la vesania de los islamistas, dispuestos a todo, conmuevan o no sus acciones a la comunidad internacional.

El profesor nigeriano Muibi O. Opeloye se acerca con acierto al núcleo del problema de la neutralización por el momento imposible de Boko Haram a causa de las limitaciones del Estado, cuyas instituciones se perciben como una máquina de poder que, al carecer de otros atributos, carece asimismo de prestigio –¿de legitimidad? – y está siempre bajo sospecha. “La percepción nigeriana es –afirma Opeloye– que la política de partido es venenosa; es una política de guerra y no de paz; de acritud, odio y difamación, no de amor y fraternidad; es de anarquía y desacuerdo, no de orden y concordia; es una política de división, facciones y desunión, no de cooperación, consenso y unidad; es una política de hipocresía y charlatanería, no de integridad y patriotismo; es una política de bellaquería, no de madurez; es de chantaje y gansterismo, no de contribución constructiva y honesta”.

No es difícil concluir que los nigerianos se sienten integrantes de una comunidad desvalida, tutelada por gobernantes incompetentes, puede en ocasiones que venales. No es este un estado moral exclusivo de Nigeria, pero las dimensiones del problema que debe afrontar estos días lo hace más visible y la obligación del Estado de reaccionar es más urgente que nunca. Es cierto que los efectos perniciosos de la herencia colonial –división incongruente del territorio, élites acomodaticias, corrupción, explosión demográfica, urbanismo insostenible, rivalidad entre comunidades, litigios religiosos, etcétera– son más visibles en África que en cualquier otro lugar, pero remontarse a la noche de los tiempos para utilizar el pasado como coartada moral de las disfunciones del presente es con frecuencia un ejercicio de cinismo político. Parece más honrado y útil admitir que la ignominia del secuestro de las niñas es el fruto más amargo de un largo proceso de contemporizaciones, debilidad y, por qué no, ausencia del Estado, que ha facilitado la proliferación de un islamismo despiadado en el que las mujeres –niñas, adolescentes, adultas– están condenadas a vivir una minoría de edad permanente y a ser moneda de cambio en cualquier momento.

Si la presencia del Estado fuese en Nigeria una realidad comprobable sobre el terreno, es improbable que la sharia hubiese sido adoptada en la práctica en los territorios del norte, como ahora sucede, porque, como explica el profesor Opeloye, la naturaleza heterogénea del país hace imposible la aplicación de un sistema islámico de gobierno. Tampoco hubiese cosechado tantos adeptos el sueño califal y aún menos la acción directa. En cambio, el proselitismo yihadista apenas ha tenido que vencer obstáculos menores para adueñarse de forma bastante segura de una porción del país y controlar una parte de la frontera con Camerún. Ante esta realidad, la condena del secuestro emitida por la Universidad de Al Azhar en El Cairo, máximo autoridad religiosa de la rama suní del islam, sirve para preservar la dignidad de los musulmanes de buena voluntad, pero para poco más.

El poder de la imagen y los prejuicios acrecentados por la visibilidad de un islam agresivo, unidos a la política occidental posterior al 11 de septiembre de 2001, y aun antes, es infinitamente superior al de las condenas ad hoc. Y la imagen de Shekua y sus secuaces es tan convincente que la de los doctores de la ley islámica apenas les inquieta, porque no afecta a su visión binaria del mundo, antes al contrario, les ratifica en su convencimiento de que solo ellos y sus aliados del orbe musulmán pueden liberar al islam del sometimiento a Occidente, de la pretensión de los reformistas de consagrar la neutralidad del Estado para garantizar la libertad de culto de todas las creencias y el derecho de los no creyentes a manifestarse como tales. Eso también forma parte de la tragedia en un remoto lugar del corazón de África.