Ucrania, una guerra mundializada

Si alguna duda quedaba del poder transformador del status quo internacional que tiene la guerra de Ucrania, la voluntad manifestada por el presidente y la primera ministra de Finlandia de acelerar el ingreso de su país en la OTAN, a la que más temprano que tarde seguirá una declaración similar de Suecia, certifica que el cambio de ciclo en los equilibrios geoestratégicos es un hecho. Porque a pesar de que era esperada la decisión de Helsinki y de Estocolmo de abandonar la neutralidad, un rasgo característico de la historia contemporánea de ambos países, las prisas por concretarla, seguramente en la conferencia de Madrid del mes próximo, no deja de incorporar un factor de desafío a Rusia mientras la suerte de la guerra pasa por una fase de estancamiento, cuando no de retroceso de la potencia invasora. El portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, lo ha resumido en una frase: “La ampliación de sus fronteras [las de la OTAN] no hacen el mundo y nuestro continente más estable y más seguro”.

Esa mutación genética, que Rusia interpreta como una amenaza efectiva para su seguridad, no hace más que acentuar el argumento fundamental que llevó al presidente Vladimir Putin a dar la orden de ataque el 24 de febrero. Pero hay en la sociedad ucraniana quienes no creen que esta sea la razón fundamental de la invasión, sino más bien “afirmar la identidad rusa”, como explica en Le Monde el académico Mykola Riabchuk. Sin soslayar las razones de índole militar, de respuesta preventiva frente a la expansión del dispositivo de defensa occidental, cree Riabchuk que la desconfianza de Rusia frente a una Ucrania independiente, democrática e inclinada hacia Occidente obedece al convencimiento de Putin y de su entorno de que puede ser una amenaza futura para la supervivencia de su régimen, basado en un autoritarismo sin concesiones y en el enclaustramiento de la oposición en la cárcel o en el exilio.

El hecho mismo de que Putin presente Ucrania como un ingrediente inseparable de la historia rusa o no diferenciado de ella tiene algo más que un valor simbólico: forma parte de la tradición imperialista rusa por lo menos desde el siglo XVIII, alentada con frecuencia por Occidente hasta que en 1991 la descomposición de la URSS dio pie a la aparición de nuevos estados, entre ellos Ucrania, reconocidos por la comunidad internacional. Solo desde entonces Ucrania habita en el espíritu de Occidente, dice Riabchuk, y solo a partir de 1991 presta atención al choque de identidades, agravado con la determinación ucraniana de los últimos años de desgajarse del poder tutelar ejercido por Rusia, que interpreta tal cambio de orientación como un debilitamiento de su dispositivo de seguridad, primero con la pretensión de Kiev de sumarse a la OTAN, algo a lo que ya ha renunciado, después con la movilización de Estados Unidos y sus aliados para ayudar al régimen del presidente Volodimir Zelenski a contener el ataque ruso.

Una vez más la identidad rusa y el territorio que le corresponde, la discusión inacabable sobre la materia, vuelve a la casilla de salida o se blinda con un viejo argumento: los límites del universo ruso son aquellos más allá de los cuales deja de hablarse ruso. Tal argumento es, por cierto, una falacia porque dentro de la lógica imperial no se pone nunca límites a la capacidad expansiva del imperio. El nacimiento de la Unión Soviética, la rusificación a marchas forzadas emprendida por Stalin y las características de la superpotencia comunista cancelaron momentáneamente el debate sobre los límites, pero hoy regresa con Ucrania, con Moldavia, con Georgia y con Bielorrusia, un artificio político sostenido por una dictadura sometida a los designios del Kremlin.

Sucede, sin embargo, que ese discurso sobre el alcance del orbe ruso tributa en lo que Bertrand Badie, profesor emérito del Instituto de Ciencias Políticas de París, y otros analistas consideran un vocabulario anticuado, que incluye referencias constantes a un regreso a la guerra fría, lo que en la práctica no se compadece con la realidad, sino que es una ilusión, la búsqueda de una equivalencia en el pasado de concreción imposible porque los elementos del presente son radicalmente diferentes y no explican, desde luego, a qué se debe que una gran potencia no alcance sus objetivos después de más de dos meses y medio de guerra. Hay que preguntarse, sostiene Badie, por qué “la potencia se convierte en impotencia”.

La respuesta a tal pregunta la dio él mismo en un seminario organizado esta semana en Barcelona: se trata del fracaso de los instrumentos militares clásicos por la resistencia social. Con un elemento genuinamente nuevo en la guerra moderna: el propósito de los aliados del Estado agredido de excluir al agresor de todo –de dejarlo al margen del resto del mundo, puede decirse– si continúa la guerra, una circunstancia que se da por primera vez mediante la imposición de sanciones económicas destinadas a bloquear las finanzas rusas en el seno de la economía global. En ese contexto poco importa dilucidar cuál es el limes ruso legítimo porque no tiene cabida la discusión identitaria de orden emocional, sino que pasa al campo del cálculo de riesgos –un agravamiento de la escala– y a la capacidad de resistir a la marginación de una potencia venida a menos, empeñada en recuperar el rango y la influencia de la Unión Soviética.

El canciller alemán Olaf Scholz considera la guerra de Ucrania un suceso que cambia una época (Zeitenwende). Lo dijo por primera vez el 27 de febrero en el Bundestag y ciertamente el poder transformador del conflicto es más evidente conforme se prolonga la guerra. Se asiste a una mundialización de la guerra que modifica el papel de los estados –el final de la neutralidad de Finlandia y Suecia–, decenios de cultura pacifista –Alemania se ha implicado en el conflicto con el envío a Ucrania de ayuda militar– y los esquemas de seguridad en entornos muy alejados del campo de batalla –el primer ministro de Japón, Fumio Kishida, estima que el ataque ruso “sacude el orden mundial, incluida Asia”–, de tal manera que ningún actor político puede sustraerse a factores condicionantes, consecuencia de la guerra, que operan en todas direcciones.

¿La mundialización de la guerra aleja el riesgo de que el conflicto degenere en una guerra mundial? La conclusión a la que ha llegado el filósofo Jürgen Habermas no es especialmente tranquilizadora porque entiende que depende del criterio de Vladimir Putin decidir en qué momento la ayuda a Ucrania deja de ser tal cosa y se convierte en participación en la guerra. Es decir, depende de las necesidades estratégicas del presidente ruso determinar en qué momento la OTAN es un actor directamente implicado en la guerra, una situación fácilmente equiparable a una escalada del conflicto. Una incertidumbre que suma inestabilidad a un sistema de por sí inestable, imprevisible y de alto riesgo en una guerra convencional que según las estimaciones a priori del Estado Mayor ruso debió terminar a los pocos días del primer disparo.

 

Mohamed VI entra en acción

El giro de la diplomacia española en el conflicto del Sáhara, por no decir bandazo, suma un nuevo dato a tener en cuenta: la aparición de Mohamed VI en la gestión final de la crisis de confianza –enfado mayúsculo marroquí, cabe decir– a raíz de la presencia en España, abril del año pasado, de Brahim Gali, presidente de la República Árabe Saharaui Democrática, para ser tratado de covid. La invitación cursada por el rey de Marruecos a Pedro Sánchez para que acuda a Rabat en los próximos días y selle la reconciliación ha de servir para olvidar la provocación de palacio de enviar a la playa de Ceuta, mayo último, a miles de jóvenes e inducir una situación imposible, no resuelta del todo, con un flujo migratorio que fijó en la retina de la opinión pública imágenes ciertamente turbadoras. Pero ha de servir o debería servir –el modo potencial, tan necesario en estos casos– para dejar la seguridad de Ceuta y Melilla a salvo de manipulaciones desde el otro lado de sus respectivas fronteras, y para que los flujos migratorios con origen en Marruecos no sean terreno abonado para las mafias.

El caso es que el comportamiento de Mohamed VI y de su Gobierno es difícil de prever más allá de la gesticulación presente que ha permitido al rey asegurarse que es él quien fija el ritmo de los acontecimientos: enfado, crisis en Ceuta, retirada de la embajadora, visitas de enviados de Estados Unidos en Rabat, apoyo español al plan autonomista de Marruecos para el Sáhara, regreso a Madrid de la embajadora, visita de Pedro Sánchez a Rabat, y aquí paz y después gloria, con la brújula en manos de palacio. El caso es que la posición de Marruecos en el flanco sur de la OTAN se ha visto singularmente reforzada desde que Donald Trump reconoció la soberanía marroquí en el Sáhara Occidental a cambio de que Marruecos estableciera relaciones diplomáticas con Israel. El caso es que, de iure, el Sáhara Occidental es un territorio por descolonizar y que, al mismo tiempo, la ONU carece de los resortes mínimos necesarios para que tenga algún efecto la labor de intermediación de Staffan de Mistura, el enviado especial de la ONU para el Sáhara.

Ese marco de referencia se ha consolidado sin que nadie se haya preocupado en poner en antecedentes o prevenir al exilio saharaui en Tinduf, en ponerse en contacto con el Frente Polisario, que la Unión Africana considera el legítimo representante del pueblo saharaui. Atrás ha quedado la iniciativa de las Naciones Unidas para celebrar un referéndum de autodeterminación y la escandalosa negativa de Marruecos a aceptar la revisión del censo reclamada por la dirigencia saharaui a partir del hecho indiscutible de que la guerra y el exilio han falseado la composición del censo original de residentes en el Sáhara, sometido a una marroquinización intensiva a partir de la Marcha Verde y la subsiguiente evacuación española. Todo se ha olvidado, todo ha sido arrasado por la realpolitik y por las perentorias urgencias impuestas por la guerra de Ucrania y la necesidad de la OTAN de liberar el flanco sur, más allá de los límites de la Alianza, de situaciones potencialmente inestables, y eso incluye mantener a Argelia alejada del influjo ruso, históricamente importante desde los tiempos de la Unión Soviética.

Es más que discutible que ese zurcido apresurado sea útil y eficaz. En primer lugar, porque el Frente Polisario no se siente obligado por nada de lo acordado y seguirá reclamando el referéndum, aun a costa de prolongar la condena del exilio en el desierto y de depender del enfoque que Argelia haga del caso en cada momento. En segundo lugar, porque Estados Unidos, España, Francia, Alemania y algún otro Estado de los que apoyan la autonomía carecen de influencia para cambiar la posición saharaui a fin de dar con un atajo para liquidar la crisis. En tercer lugar, porque décadas de penalidades han establecido un vínculo emocional muy especial entre la opinión pública española y la comunidad de Tinduf, y es imposible que una resolución destemplada del conflicto, sea cual sea el Gobierno que la apoye, no entrañe un coste político con un gran potencial divisivo en el seno de una sociedad abonada a la división y a las polarizaciones extremas.

En la práctica, lo que ha sucedido estos días es que el rey de Marruecos se ha procurado un falso mecanismo de legitimación del plan de autonomía para el Sáhara, pero tal cosa no lo hace ni más viable, ni más aceptable ni más resolutivo. La única legitimación posible, al menos en términos morales, es aquella que tenga en cuenta a los representantes de la comunidad saharaui y cuente con el respaldo de la comunidad internacional; cualquier otra desviación para resolver el crucigrama tendrá un carácter superestructural, de imposición a la fuerza de una solución ajena al sentir mayoritario de los saharauis y a la percepción que la opinión pública tiene del caso. Es posible que más temprano que tarde saque el Gobierno de Marruecos de su chistera una ley de autonomía del Sáhara, y aun sea capaz de instalar un Gobierno ad hoc, pero tal cosa, de darse, no cambiará sustancialmente los enunciados del problema, es posible incluso que los empeore.

En un artículo publicado en 1994 por el escritor marroquí de expresión francesa Tahar Ben Jelloun, este recordaba, desde su convicción de que el Sáhara Occidental debe ser parte integrante de Marruecos, que Mohamed Boudiaf, el único presidente argelino que creyó factible llegar a un acuerdo con sus vecinos, incluido un pacto sobre el futuro del Sáhara, murió asesinado en circunstancias nunca esclarecidas al poco de regresar de su exilio en Rabat. Fuese o no la muerte de Boudiaf fruto de una conspiración urdida en el seno del Frente de Liberación Nacional, el partido que logró la independencia de Argelia, para mantener viva la política de confrontación con Marruecos, el recuerdo de aquel lejano episodio (29 de junio de 1992) ilustra hasta qué punto el emponzoñamiento del conflicto del Sáhara es una constante histórica, de parecida manera a cómo lo es en la arena de Tinduf el desencanto ante un futuro desesperanzado, tan incierto desde hace décadas.

 

Ucrania cambia el ciclo en Europa

Doblado el cabo del primer mes de guerra en Ucrania, las dos únicas certidumbres son que la cohesión de los aliados occidentales sigue incólume y la determinación de Vladimir Putin de no detener la invasión hasta alcanzar sus objetivos no presenta grietas o al menos estas no son visibles. La otra certidumbre derivada de la guerra, no sobre su desarrollo, es que el statu quo heredado del final de la Segunda Guerra Mundial, varias veces parcheado y puesto al día, sufre daños irreparables y cualquiera que sea el desenlace de la crisis, será preciso poner en pie otro de nueva planta que atienda al multilateralismo o multipolaridad, puede que menos estable, pero más acorde con la herencia que dejará la batalla.

Es patente la sensación de final de ciclo en Europa, con repercusión directa en todo el mundo, con China expectante ante un futuro que necesita razonablemente previsible para no dañar sus negocios. Es igualmente manifiesta y urgente la necesidad de Europa de garantizar su independencia energética o, por lo menos, de borrar la imagen de una dependencia sumamente debilitadora de su capacidad para actuar liberada de servidumbres como la del suministro de gas ruso. Y queda por ver si la globalización supera la prueba de resistencia a la que está siendo sometida desde que Vladimir Putin dio la orden de ataque.

La invasión rusa ha cambiado todas las reglas del juego; la agresión a un Estado soberano es un casus belli de libro –lo fue, por ejemplo, la ocupación iraquí de Kuwait en 1990–, pero el escudo nuclear ruso y la inconcreción de China hacen imposible una reacción coordinada de la comunidad internacional para restablecer el orden dañado. Al mismo tiempo, es una incógnita indescifrable saber cuál es de verdad la relación de fuerzas dentro de las murallas del Kremlin, hasta qué punto los intereses de los oligarcas obligan a estos a seguir a Putin como la nobleza seguía al zar y los apparatchik, al secretario general del PCUS, y cuál es el estado de ánimo del generalato –el gran mudo– un mes después de desencadenar la carnicería (lo único cierto es que el ministro de Defensa de Rusia, Serguéi Shoigu, y el jefe del Estado Mayor, Valeri Guerásimov, brillan por su larga ausencia de los focos).

Son tantas las incógnitas que el politólogo canadiense Michael Ignatieff cree que los aliados occidentales deben fijar sus propios objetivos, aunque tal cosa implique “caminar por una delgada línea entre la desgracia de una acción insuficiente y el riesgo de una arrogancia estratégica”. “Pero la estrategia de Occidente no puede construirse sobre qué no hacer –escribe Ignatieff–. La OTAN y sus aliados deben definir un objetivo positivo”. Algo que choca o, por lo menos, está condicionado por el recuerdo que el presidente Joe Biden conserva de las dos semiderrotas de los últimos veinte años. “En Estados Unidos, los síndromes de Irak y de Afganstán no se han disipado”, sostiene Alain Frachon en Le Monde. El temor a incurrir en “arrogancia estratégica” pesa más que la necesidad de dar con las medidas apropiadas para contener a Rusia y neutralizar los riesgos de la escalada en la que se ha instalado Putin.

La teoría de la contención del adversario –la Unión Soviética–, desarrollada por el diplomático estadounidense George F. Kennan y mil veces retocada durante la guerra fría, dio paso al hundimiento de la URSS a una exaltación sin matices de la globalización. El comercio mundial debía fluir al margen de la política en beneficio de todo el mundo, cuenta Tom McTague en The Atlantic, debía traducirse en una asociación ideal de intereses, una especie de utopía posmoderna que llevó a Alemania y otros países a atender sus necesidades energéticas mediante contratos de suministros con Rusia, la construcción de gasoductos y la consolidación de una dependencia que nadie quiso prever. De lo que deduce el articulista que detrás de la unidad occidental asoman contradicciones de difícil resolución, porque para Estados Unidos no tiene coste efectivo alguno prescindir del gas ruso, pero para muchos estados europeos significa poco menos que un cambio de paradigma.

En estas condiciones, definir “un objetivo positivo”, como reclama Ignatieff, resulta más que complicado. Lo es, desde luego, el propósito de defender Ucrania, su derecho a no ser un Estado vasallo, pero es este también un objetivo genérico, un desenlace ideal de la crisis que seguramente no se hará efectivo en los términos planteados por los aliados occidentales. El problema es que ir más allá, con exigencias inasumibles para Europa en el corto y medio plazo, entraña el riesgo de que aparezcan líneas de factura que, aunque queden desdibujadas por las declaraciones oficiales, debilitarán la respuesta occidental. Sobre todo si es preciso, como se antoja probable, que se llegue a la paradójica situación de que, para evitar males mayores, los responsables del despliegue militar de la OTAN en el frente oriental deban comunicarse con sus iguales del lado ruso si la arremetida del Ejército de Putin se acerca peligrosamente a la frontera occidental de Ucrania. No descarta tal cosa Sarah Bidgood, directora del Eurasia Nonproliferation Program.

Todo lo cual contribuye a esa sensación de final de ciclo, a alimentar todos los días más dudas sobre qué deparará un futuro cada día más imprevisible. En cierta forma, los hechos han dado una vez más la razón a Sandro Pertini, que en cierta ocasión dijo: “A veces en la vida hay que saber luchar no sólo sin miedo, sino también sin esperanza”. El veterano político italiano no se refirió a una situación en concreto, sino al état d’esprit que con tanta frecuencia se adueña de litigios en los que la victoria es imposible y la derrota, inasumible. Así sucede en Ucrania, sumida en la desolación.

 

Un conflicto existencial

Pareciera que las últimas señales emitidas acerca de un posible pacto no son otra cosa que una maniobra de distracción de Rusia, otra más, porque no hay el menor atisbo o señal de que Vladimir Putin considere siquiera la posibilidad de detener la guerra. Antes al contrario, persevera en torturar a las ciudades y en reclutar mercenarios aquí y allá para encubrir –otra maniobra de distracción– el ostentoso fracaso militar de haberse atascado en una guerra en la que su Ejército es infinitamente superior al ucraniano. No hay analista militar, excepción hecha de los que hablan en nombre del Kremlin, que no llegue a la conclusión de que todos los supuestos a partir de los cuales el presidente de Rusia dio la orden de ataque se han revelado erróneos y han contribuido a encarnizar la lucha, a acrecentar su crueldad intrínseca, a martirizar a una población sin mayor capacidad de resistencia que su heroísmo desgarrado.

De ahí que algunas actitudes acomodaticias y vicarias, como la del patriarca de Moscú, Kiril, resulten especialmente inmundas. Porque aunque es sabido que la jerarquía de la iglesia ortodoxa rusa es más proclive a acomodarse al Kremlin que a atenerse a los evangelios, no deja de sorprender que se prodigue en justificar lo injustificable, convertida en valedora del nacionalismo más descarnado y agresivo. Es imposible dar con un resorte diferente a la naturaleza nacional de la iglesia de Kiril, miembro prominente desde el púlpito de la propaganda y las campañas de intoxicación dirigidas a la opinión pública rusa.

Si tal proceder forma parte de la vertiente híbrida de la guerra en curso o es otra cosa importa menos que el hecho en sí. Porque en el caso del patriarca, como en de los medios de comunicación sometidos a control estricto del Gobierno ruso, la responsabilidad de crear un estado de opinión favorable a la invasión es mucho mayor que el alineamiento manifiestamente interesado de los oligarcas, enriquecidos a la sombra de los muros del Kremlin. Se da por descontada la inmoralidad reiterada de los segundos, con sus negocios y fortuna opacos, y resulta sorprendente en el caso del primero por la naturaleza de su cargo.

“El mundo está entrando en una nueva y peligrosa fase de conflicto existencial”, sostiene Mark Leonard, director del European Council on Foreign Relations, y es muy posible que tal conflicto se agrave si, como resultado del desarrollo y desenlace de la guerra en curso, algunas certidumbres morales salen muy dañadas. Como tantas otras veces, la distinción entre víctimas y verdugos no ofrece dudas y moviliza a una opinión pública conmovida por la tragedia, pero si las componendas al día siguiente del final de la batalla sobrepasan el índice de tolerancia social o si la guerra se enquista en forma de conflicto crónico, cabe temer que crezca de nuevo con vigor inusitado la desconfianza hacia los gestores públicos. Por decirlo de la forma más llana posible, una posguerra de paños calientes o una guerra sin fecha de caducidad pueden activar el salto del conflicto existencial al escepticismo generalizado.

El centenario Edgar Morin ve en las sociedades europeas de hoy “un sonambulismo generalizado” parecido al que se apoderó de ellas en el periodo 1933-1940, un fenómeno que hace creer a los sonámbulos que todo puede seguir más o menos como antes de la guerra –como antes del ascenso al poder del nazismo en 1933–, cuando lo más verosímil es que todo sea diferente, que se configure un espacio de coexistencia más que de convivencia, expuesto a tensiones y desencuentros periódicos, salvo que algo suceda en Rusia que cambie la naturaleza del poder instalado en el Kremlin. Casi ochenta años después, un párrafo del editorial del primer número del diario Le Monde, escrito por su fundador, Hubert Beuve-Méry, conserva una insólita vigencia: “Nuestra época no es de esas en las que uno se pueda contentar con observar y describir. Los pueblos se ven arrastrados por un raudal de acontecimientos tumultuosos y trágicos de los que todo hombre, lo quiera o no, es actor a la vez que espectador”.

Bien es verdad que los compromisos públicos adquiridos por la OTAN y la Unión Europea, por Estados Unidos y sus aliados, son bastante diferentes de la absurda credulidad que guió los pasos de Neville Chamberlain y Édouard Daladier hacia el acuerdo de Múnich, pero es también cierto que los engranajes de la economía global son los que son, con un entramado de intereses cruzados, complicidades y contradicciones difícilmente superables. La prueba del nueve de cómo están las cosas es la adecuación sin decirlo de China a los cinco puntos para la coexistencia pacífica redactados por Zhou Enlai en 1953 para atenuar la tensión con la India, que incluyen la “no interferencia en asuntos internos de otros países”: de momento, Xi Jinping entiende que Ucrania forma parte de los asuntos internos rusos y se limita a no interferir (se abstiene cuando en las Naciones Unidas se votan las resoluciones más hirientes para Rusia).

Si China actúa así y aplica con denuedo “la igualdad y beneficio mutuos”, otro de los cinco puntos, es a causa de su necesidad de mantener la puerta abierta en todos los mercados occidentales y, al mismo tiempo, conservar a Rusia como “socio estratégico” después del acuerdo Xi-Putin del 4 de febrero en el que algo debió hablarse del propósito ruso de invadir Ucrania. Puede parecer la cuadratura del círculo activar sin daños este doble frente, pero quizá tal malabarismo forme parte de la economía global, de la dependencia europea en determinados sectores –energético, agrario, nuevas tecnologías–, de igual forma a como Alemania se rearma y, al mismo tiempo, sigue recibiendo gas ruso por el gasoducto Nord Stream 1 y pagándolo, lo que no deja de ser un balón de oxígeno para Putin.

Quizá el comportamiento chino sea una forma posmoderna de adecuación al momento, aunque con mimbres antiguos, y la del patriarca Kiril sea una modalidad muy antigua de justificar la sangría en nombre de Dios –“fuerzas del mal” llama a los combatientes ucranianos”–, aunque con los instrumentos que proporciona la abundancia de medios para envenenar la opinión pública. Y quizá los europeos debamos encarar el conflicto existencial que plantea la guerra como un seguro cambio radical en el futuro vislumbrado a la salida de la pandemia, mellado lo venidero por un presente sumido en la penumbra, con toda seguridad menos confortable.

Lo peor está por llegar

Cualquier previsión de daños y consecuencias a escala internacional hecha antes del inicio de la invasión de Ucrania, ha quedado superada por las dimensiones de la guerra. Es bastante dudoso que el presidente Vladimir Putin previera que el desarrollo de los combates sería el que está siendo, aunque él sostenga en público, para consumo interno, que todo progresa según lo esperado. Es asimismo improbable que antes de que sonara el primer disparo alguien en su sano juicio creyera que el Kremlin agitaría el espantajo del arma nuclear. No hay duda tampoco de que ni los europeístas más entregados podían estimar posible el reflejo unitario de la Unión Europea a la hora de responder a Putin; la determinación de la OTAN de activar planes específicos dentro de su territorio. Lo único seguro y cierto antes de la guerra era que los daños económicos iban a ser cuantiosos y seguramente de larga duración cuando parecía que la recuperación económica enfilaba el sendero de los buenas noticias.

El periodista ucraniano Dmitri Gordon declaró a la emisora Eco de Moscú, clausurada el martes por el Gobierno ruso, que Putin “nunca ha entendido nada”, que creía segura una rápida claudicación de su país frente a la aplastante superioridad del Ejército ruso. Una apreciación que lleva a Laure Mandeville, una analista del diario francés Le Figaro a concluir que, por de pronto, el presidente ruso “se encuentra sumergido en un desastre estratégico, político y personal que él mismo ha orquestado”. Se encuentra en un cul-de-sac, según la misma autora, y se ve obligado a prolongar la guerra, a salirse de su zona de confort  y aceptar la conversión de Rusia en un Estado paria que ni siquiera logró en la Asamblea General de la ONU que China y Venezuela votarán en contra de la resolución aprobada.

Sea o no cierto este cul-de-sac, le quedan a Putin recursos para acelerar la progresión de sus soldados, pero es indudable que se ha visto sorprendido por la marcha de la guerra, los efectos inmediatos de las sanciones y la posibilidad de que sea cierta una encuesta realizada en condiciones por lo menos azarosas, según la cual solo el 34% de los rusos apoyan el ataque. En realidad, poco importan esos datos a una estructura de poder con objetivos genuinamente imperiales, de acuerdo con la herencia recibida de la tradición zarista, que diseñó un plan que excluyó desde el principio la posibilidad de un desenlace negociado de la crisis. Importan, esos sí, los riesgos inherentes a una escalada que entraña más peligros a cada día que pasa.

Por eso es tan importante la reactivada unión de los europeos frente a un futuro imprevisible y seguramente muy costoso en términos humanos y materiales. Lleva razón Caroline de Gruyter cuando en un artículo publicado en The Guardian afirma: “Esta guerra refuerza, con un sobresalto, la propia razón de ser de la UE como proyecto de paz. Después del 24 de febrero, nadie podrá volver a decir que el credo fundacional de la UE, Nunca más, está obsoleto y que la UE necesita una nueva narrativa para ayudar a las generaciones más jóvenes, que no recuerdan la guerra, a relacionarse con la integración europea”. Ese Nunca más que alumbró el Tratado de Roma (1958) hacía y hace referencia a la hecatombe de la Segunda Guerra Mundial, que dejó Europa en ruinas. Por eso no es posible hacer a Putin más concesiones de las que aconsejan las leyes del equilibrio del terror: la destrucción mutua asegurada sigue ahí, a ambos lados de la divisoria, como una amenaza para toda la humanidad.

Si mucho de lo que puede suceder en las próximas semanas y meses “dependerá del precio que Occidente esté dispuesto a pagar para contener a Rusia”, como afirma el profesor del IESE Xavier Vives, la unidad europea será un factor fundamental, quizá con algunos costes inducidos por los países más reacios a ceñirse al marco de referencia de los socios anteriores a la gran ampliación hacia el este, que ahora desempeñan un papel fundamental en la acogida de refugiados y acaso mañana reclamen a los demás socios de la UE que sean menos exigentes con ellos. El clima político en Europa ha cambiado para un largo periodo de incertidumbres y reajustes que, sean cuales sean los términos en los que acabe la guerra, condenan a los adversarios a una nueva guerra fría, con reglas nuevas y una acusada tendencia a la inestabilidad.

Es imposible suturar la herida son las reglas anteriores al 24 de febrero, recoser la tela rasgada como si tal cosa. Ni siquiera la desaprobación de parte de las élites rusas a desencadenar un ataque puede suavizar el perfil básico de la nomenklatura asentada en el Kremlin, con el respaldo momentáneo de los oligarcas, una camarilla de multimillonarios que han amasado enormes fortunas en un espacio de tiempo insólitamente corto. Lo que se vislumbra en el horizonte son relaciones basadas en la desconfianza, incluso si es cierta la hipótesis que baraja Nigel Gould-Davies, del Instituto Internacional de Estadios Estratégicos, en el diario digital Moscow Times: “La invasión se perfila como un gran error estratégico. A medida que se acentúa la resistencia de Ucrania, el aislamiento internacional de Rusia y el aislamiento de Putin dentro de Rusia, el Kremlin de repente se encuentra mucho más débil en todos los frentes políticos”. Pero tal aislamiento, de existir, está lejos, de momento, de afectar a la capacidad del presidente para imponer su criterio a todas las instancias de poder.

En la división clásica entre guerras de necesidad y guerras de elección, la de Ucrania debe encasillarse en esta última categoría. Vladimir Putin nunca consideró la posibilidad de ajustar Ucrania a sus designios por una vía no cruenta y ahora no le queda más opción que apuntarse una victoria total. No le importa el precio a pagar, solo le importa alcanzar el objetivo que se ha fijado: ocupar Ucrania y ponerla al servicio de su estrategia de seguridad. Que tal estrategia tenga futuro depende en igual medida de la reacción unitaria de Occidente y del daño que infrinja a los intereses de los oligarcas y a la vida cotidiana de los ciudadanos rusos, sumergidos en un baño permanente de desinformación. De momento, como ha dicho Emmanuel Macron, lo peor está por llegar.

 

Putin cogió su fusil

El presidente de Rusia, Vladimir Putin, ha optado por la estrategia del gran garrote para rescatar del baúl de la historia el papel desempeñado por la Unión Soviética desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta mitad de los años 80 del siglo pasado. Es esta una operación cargada de riesgos, que modifica por completo el statu quo heredado de la guerra fría y que abre una gran incógnita: ¿entra Europa en un periodo de inestabilidad sistémica o se configura una nueva guerra fría con reglas diferentes a la anterior, como ha escrito el editorialista de The New York Times? Es demasiado pronto para aventurar una respuesta, hay que ver cómo afectan a la economía rusa las sanciones aprobadas por Estados Unidos, la Unión Europea, Canadá y otros aliados occidentales, a las que quizá se añadan algunas más en los próximos días o semanas si el panorama es aún más sombrío de lo que ya lo es ahora.

De lo que no hay duda es de que las reglas del juego han cambiado y nada será en el futuro como hasta ayer. Putin ha reescrito de golpe los códigos de conducta en su relación con la Unión Europea, cuya existencia le molesta en grado sumo –no deja de sembrar cizaña en su seno–, y con la OTAN, cuya ampliación en dirección este es la justificación final para la escalada en curso y la invasión de Ucrania a sangre y fuego. Y con ser esto importante, no lo es menos la posibilidad de que China siga en Taiwan los pasos de Rusia en Ucrania a poco que los aliados occidentales den muestras de debilidad, lo que sería tanto como limitar en gran medida la capacidad de Estados Unidos de influir en la cuenca del Pacífico. “La voluntad compartida por rusos y chinos de revisar el orden existente se ha transformado en una convergencia ideológica”, ha escrito en Le Monde el sinólogo Laurent Malvezin.

En el seno de los gabinetes de crisis de los aliados de la OTAN tienen sentido una vez más las apreciaciones de Henry Kissinger en el ensayo Orden mundial acerca del comportamiento de Rusia frente a sus vecinos del oeste por “un cuestionamiento implícito al tradicional concepto europeo de orden internacional, basado en el equilibrio y la restricción”. Si el poder de la razón y la lógica forma parte de la herencia cultural europea, que se remonta a la Ilustración, los datos históricos demuestran a ojos de Kissinger que el binomio razón-lógica ha contribuido con mucha frecuencia a desgarrar Europa. Si hoy la razón y la lógica llevaban a suponer que Putin no iba a coger el fusil, pero finalmente lo ha cogido, acaso haya que dar la razón a Kissinger cuando reclama “una especie de intuición” para gestionar la realidad de un mundo extremadamente complejo.

Dentro de tal complejidad, el analista David Ignatius comparte en The Washington Post una impresión compartida por una opinión pública en plena crisis de ansiedad: “El ataque de Putin despierta los fantasmas de la guerra que han atenazado Europa durante siglos”. Pero, al mismo tiempo, subraya la soledad que lleva a los agredidos a la derrota: “Decenas de naciones han condenado la invasión. Pero el hecho desgarrador es que Ucrania está luchando sola contra Putin”. O lo que es lo mismo, la implicación en la crisis de cuatro potencias nucleares –Estados Unidos, Rusia, el Reino Unido y Francia– ha dejado las manos libres al Ejército ruso para llegar hasta Kiev; el poder disuasorio de los arsenales nucleares ha disuadido a los potenciales aliados de Ucrania a acudir en su ayuda, persuadidos de que una escalada sin freno es inasumible.

Ese dato insoslayable es evidente en el discurso de Putin para justificar el ataque, en el del presidente Joe Biden para condenarlo y en el de todos los gobernantes europeos. Toda comparación con el pasado es fundamentalmente inconsistente porque nunca antes se dio en el solar europeo un choque de intereses con los arsenales en disposición de asegurar la destrucción mutua, un concepto asociado a este otro: el equilibrio del terror. La idea de la paz armada –principios del siglo XX– mutó en coexistencia pacífica forzosa cuando las superpotencias llevaron el paroxismo bélico al borde del abismo (la crisis de los misiles cubanos, octubre de 1962).

Por lo demás, las guerras híbridas pueden causar tanto daño o más del provocado en el pasado por las divisiones acorazadas. Basta imaginar cuál sería el daño causado a la economía rusa si en una tercera tanda de sanciones decidiese la Unión Europea sacar a Rusia del sistema Swift de transacciones financieras. De momento, Alemania se opone a tomar tal medida, pero en ningún lugar está escrito que sea esta una posición inamovible, de tal manera que ahí está la posibilidad de aislar por completo una economía extremadamente vulnerable, poco diversificada, que se traduce en un PIB a medio camino entre el de España y el de Italia. No digamos si a esto se suma la guerra cibernética, que Rusia practica con desparpajo desde hace años y que puede paralizar el funcionamiento ordinario de un Estado.

Lo más realista es decir que esto no ha hecho más que empezar, que no hay forma de prever la profundidad de los cambios derivados de la invasión de Ucrania. No porque la suerte de la guerra no esté decidida, que lo está, sino porque ha saltado por los aires el diseño de la seguridad en Europa, cambiará por completo la relación de Occidente con Rusia, está por desvelar cuál será la vinculación de China con la estrategia de Putin y lo está también saber cuál será el impacto de las sanciones en la vida cotidiana de los rusos, de cuya capacidad de resistencia y adaptación a las privaciones nadie puede dudar (léase el libro Cinco inviernos, de Olga Merino).

Eso último es asimismo aplicable a la sociedad ucraniana. Cuando Pilar Bonet definió en El País a Ucrania como “una sociedad bipolar” –la influencia rusa en el este, la europea en el oeste–, añadió algo sustantivo: ambas experimentaron la represión soviética. Lo que hoy, en plena guerra, es tanto como decir que la derrota de las armas ucranianas en el campo de batalla está asegurada, pero la capacidad de resistencia y hostigamiento de los vencidos nadie lo conoce. Y ese dato, sea cual sea su dimensión real, también contará en el futuro tanto como este otro: la determinación de la OTAN para que Putin desista de acosar a las repúblicas bálticas, miembros de la Alianza, protegidas, por lo tanto, por el artículo 5 de la Carta Atlántica: el ataque a un socio de la OTAN es un ataque a toda la organización. El futuro ha quedado envuelto en una niebla venenosa.

 

Mar embravecido en Ucrania

Llegada la crisis de Ucrania al territorio de los aspavientos en público, podría ser sumamente revelador conocer cómo se desarrollan los acontecimientos bajo la superficie de un mar encrespado. Se llame a esto diplomacia secreta o labor de inteligencia, o ambas cosas al mismo tiempo, importa saber siempre quiénes mueven los hilos para lograr un desenlace no traumático en una crisis que reúne todos los ingredientes de la exasperación. Tal estado de ánimo es detectable en el campo euroatlántico y en el ruso más allá de la propaganda y de la versión oficial que suministran los portavoces del Kremlin y de la Casa Blanca. En su empeño por transmitir una determinación ilimitada, tales voceros contribuyen a alterar el pulso a opiniones públicas más inclinadas a temer lo peor que a confiar en que, en última instancia, se imponga la razón.

Los precedentes de acuerdos logrados entre bambalinas son demasiado abundantes como para descartar que esta vez, vencido el plazo de la retórica apocalíptica, sea posible una salida honorable y defendible por todas las partes, aunque cada una se presente como vencedora de la crisis para consumo interno. Los perjuicios asociados a una salida no equilibrada resultan demasiado evidentes y predecibles; los factores de vulnerabilidad de unos y otros ahí están, con la repercusión económica negativa en primer plano de las predicciones. Porque la Unión Europea y Estados Unidos ya han amenazado a Rusia con sanciones de un alcance desconocido hasta la fecha si desencadena alguna forma de ataque o injerencia en la política interna ucraniana y porque, sin duda alguna, un corte del suministro de gas ruso a Europa, incluso siendo remediable mediante el recurso a nuevos proveedores, dispararía los precios de la energía y, en cascada, de casi todo, y la recuperación prevista para 2022 quedaría tan hipotecada como poner coto a la inflación.

En un largo comentario firmado por Tom McTague en el mensual progresista estadounidense The Atlantic, se subrayan las contradicciones que debe afrontar el bloque occidental, englobado en la OTAN, tanto desde la perspectiva europea como desde el punto de vista de Estados Unidos. Defiende McTague que las tres grandes potencias europeas –el Reino Unido, Alemania y Francia– afrontan la crisis desde posiciones y objetivos no coincidentes. Al mismo tiempo, el presidente Joe Biden quiere proyectar una imagen de fuerza, pero es consciente de que el premio inherente al desenlace de la crisis puede ser para Rusia acabar o por lo menos reducir el papel determinante desempeñado en Europa por Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial.

De acuerdo con el análisis de McTague, Boris Johnson quiere aprovechar el momento para reforzar el papel británico en el seno de la OTAN; para el premier, “lo más importante en la política mundial es el zeitgeist, sean o no sólidas las ideas que lo sustentan”. Alemania se empeña en mantener un perfil relativamente bajo para preservar sus vínculos económicos con Rusia a pesar de ser de largo la primera potencia europea. Y Francia intenta conservar su status de medidora indispensable a través de la pervivencia del Cuarteto de Normandia –Francia, Alemania, Ucrania y Rusia–, cuyo mayor logro fue establecer un alto el fuego en el Donbáss, aunque luego se impuso la realidad en el campo de batalla y hoy suman más de 14.000 los muertos habidos en una guerra inconclusa.

“La ironía es que cada posición adoptada por los tres grandes de Europa socava a los otros dos. Estados Unidos sigue siendo el señor paternal de Europa, al igual que lo fue cuando los Balcanes se derrumbaron a principios de la década de 1990, solo que esta vez es un protector envejecido y algo más desaliñado, con enemigos que parecen más fuertes de lo que eran. El resultado, en otras palabras, es la inmovilidad, que, si se es cínico, conviene a todos en Europa: Estados Unidos sigue pagando y no hay que enfrentarse a decisiones difíciles”, escribe McTague. Claro que este esquema de trabajo no es para toda la vida: si Donald Trump regresa a la Casa Blanca en 2025, volverán los reproches de Washington a los europeos, poco dados a incrementar las partidas destinadas a defensa.

Al final, es de aplicación a la atmósfera europea, por encima de las declaraciones de unidad que prodigan las cancillerías, la primera frase de la novela Ana Karenina: “Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera”. La ausencia de desavenencias públicas no puede soslayar esa realidad: en cada capital influyente hay un fondo de insatisfacción, de infelicidad por cómo se gestiona la crisis, por el daño potencial que puede hacer mella en sus intereses inmediatos. Cierto es que la cohesión europea se ha conseguido asentar de una forma razonablemente segura a golpe de sucesivas crisis resueltas sin que nadie pudiese declararse por completo vencedor, pero en esta ocasión, como en los 90 durante la crisis de los Balcanes, los resortes de la tensión interna tienen un origen externo.

Al acudir al criterio de los analistas rusos, también cabe detectar el silencio sobre uno de los grandes temores de Vladimir Putin: que un gesto de fuerza sin paliativos dé como resultado una Ucrania permanentemente antirrusa, hostil, semillero de un conflicto interno que afecte a su poder omnímodo. Aunque a la opinión pública rusa le parece remota la posibilidad de una guerra, y atribuye los vaticinios en este sentido a los medios informativos de Estados Unidos y el Reino Unido, lo cierto es que es cada vez menor el margen de seguridad para evitar que se acelere la escalada. Esto es, nadie quiere que la crisis ucraniana derive en una guerra, pero hay demasiada agitación en ese mar embravecido, tan alejado de las sutilezas del ajedrez y tan cercano a una confrontación sin las reglas no escritas que en el pasado acotaron la guerra fría.

Ucrania bien vale un acuerdo

Ucrania bien vale un acuerdo entre Estados Unidos y Rusia, puede decirse parafraseando al rey Enrique IV de Francia, pero hasta que ambas partes lleguen a esta conclusión se expone Europa a una crisis malcarada. Porque la diplomacia de las amenazas y de las exigencias desaforadas se ha adueñado del escenario y ni una parte ni la otra quieren dar la impresión de que abandonan la disputa y se pliegan a los requerimientos de su rival. Sumergidos en la lógica de una guerra fría con reglas nuevas que hace falta explicitar y entregados Vladimir Putin y Joe Biden a ejercitarse en el lenguaje del desafío, el futuro se llena de incógnitas y la Unión Europea se antoja una vez un actor débil a escala internacional incluso cuando el disenso la afecta directamente.

La operación emprendida por Putin para recuperar el orgullo nacional mediante una reconstrucción sui géneris del espacio de poder que fue la Unión Soviética y, de paso, afianzarse en el papel de líder de una autocracia, no tiene marcha atrás. La euforia desmedida de Occidente durante los acontecimientos que se desarrollaron entre la caída del Muro de Berlín (9 de noviembre de 1989) y la extinción de la URSS (25 de diciembre de 1991) están en el origen del agravio ruso, que se concretó durante la presidencia de Boris Yeltsin, viva imagen de la implosión de una gran potencia. Mientras tal cosa sucedió se afianzó la imagen de hiperpotencia de Estados Unidos, único actor a escala planetaria teóricamente capaz de organizar la posguerra fría sin competidores con medios para discutirle su papel. China era una mera hipótesis de futuro, un universo que necesitaba transformar su economía para disponer de una voz propia determinante.

El tránsito de Boris Yeltsin a Vladimir Putin significó una reordenación de la capacidad del Estado para recuperar la identidad perdida y culminar el cambio de la economía hacia un capitalismo sin rostro humano salvo el de los oligarcas, piedras sillares en el afianzamiento del presidente. Pero cuando Rusia estuvo en condiciones de llamar de nuevo la atención a la OTAN, se habían consumado tres realidades nuevas: la ampliación de la UE en dirección al este, el ingreso en la OTAN de los antiguos integrantes del Pacto de Varsovia y aun de territorios tan tenidos como propios por Rusia como las repúblicas bálticas y la conversión de China en gran potencia económica en condiciones de disputar la hegemonía a Estados Unidos –por lo menos, igualarla– y aspirante a liderar la revolución tecnológica.

Todo esto significó para Rusia verse abocada a disputar una competición por encima de su peso, como ha dicho el profesor Fernando Vallespín. No puede hoy Rusia jugar la misma liga que Estados Unidos y China, pero sigue siendo una gran potencia militar con intereses específicos y la sensación de que, de Bielorrusia a Kazajistán, es posible recuperar el espacio perdido, o por lo menos una parte de él, aunque sea con otras reglas. A nadie puede extrañar, entonces, que Rusia reclame garantías a la OTAN de que no se aproximará a sus fronteras más de lo que ya lo está, de que ni Ucrania ni Georgia ingresarán en ella y de que el Estado-continente que es Rusia será un actor principal y reconocido en los acontecimientos que se desarrollan en su periferia.

Las exigencias son desmesuradas, pero no están desvinculadas de la realidad: la OTAN aprobó en 2008 la posible entrada de Ucrania y Georgia, pero desde aquel año no ha dado un solo paso en esa dirección. Es más, cuando el presidente georgiano Mijail Saakashvili, el mismo 2008, creyó que tendría de su parte a la OTAN en su enfrentamiento con Moscú, cometió un error de cálculo histórico: la Alianza no hizo ningún gesto significativo en su favor y Georgia acabó perdiendo Abjasia y Osetia del Sur, reconocidas por Rusia como estados independientes (en realidad, territorios sometidos a vasallaje). Como dice Javier Solana, la adhesión de Ucrania a la OTAN no es algo que, hasta la fecha, figure en la agenda de Occidente, una situación que no cambió ni con la anexión rusa de la península de Crimea ni con la crisis del Donbass, aún hoy una guerra de baja intensidad.

Todo lo cual lleva a la conclusión de que el calentamiento de la crisis en Ucrania presagia un juego de suma cero en el que cualquier modificación del statu quo entraña muchos riesgos y pocos o ningún beneficio. La determinación de Estados Unidos de dopar al Ejército de Ucrania con una ayuda de 600 millones de dólares, unido a las amenazas de Joe Biden y a la reconocida incontinencia verbal de Vladimir Putin, apoyada en el despliegue militar en la frontera oriental de Ucrania, no es la mejor preparación para dar con la tecla que desactive los peligros latentes. La ausencia de la Unión Europea abunda en esa percepción de que un actor adscrito al soft power, que podría serenar la discusión, persevera una vez más en el viejo esquema de apoyo a Estados Unidos cuando probablemente la Casa Blanca es parte del problema y lo que se precisa en estos cosas es una voz que se manifieste desde una posición menos comprometida.

Algunos análisis desapasionados han llegado a la conclusión de que el primer paso que debe dar Estados Unidos para disputar con posibilidades la carrera con China es debilitar el matrimonio de conveniencia establecido por Vladimir Putin con Xi Jinping. En caso contrario, esa alianza será un elemento de presión permanente como lo es la tutela china de Corea del Norte frente a la otra Corea y a Japón. Por decirlo con palabras escritas por un editorialista de Global China, “la cooperación con Rusia es algo deseable y necesario”, una frase con un significado preciso y elocuente. No hay en la crisis ucraniana nada que pueda debilitar su significado salvo que una tercera voz sea capaz de realzar las contradicciones inherentes a la asimetría entre una gran potencia en ascenso (China) y otra en aparatosa reconstrucción (Rusia). Si esta voz fuese la europea –con el gas ruso y la nueva Ruta de la Seda sobre la mesa–, todo quizá sería más fácil, pero hay un encanallamiento de la crisis que bloquea de momento cualquier salida razonable.

En cierta ocasión, un periodista preguntó a Jacques Delors, a la sazón presidente de la Comisión, qué papel debían desempeñar los socios europeos en el ordenamiento de Europa Oriental después de la desaparición de la URSS. La respuesta de Delors es tan válida ahora como lo fue entonces: “Si no sabemos defender nuestros intereses, nadie los defenderá”. Esa es la cuestión mientras Anthony Blinken y Sergei Lavrov intercambian frases amenazantes por orden de sus jefes.

Crisis de certidumbres a causa de Afganistán

El estado anímico de la identidad colectiva se tambalea cuando se dan desenlaces tan imprevistos o indeseados como el de Afganistán. La decisión del presidente de Estados Unidos, Joe Biden, de atenerse a lo acordado en su día con los talibanes por su antecesor, Donald Trump, ha dado pie a reproches de todo tipo, algunos o bastantes de ellos oportunistas. El “desastre de proporciones épicas” al que alude en The New York Times el congresista demócrata por Massachusetts Seth Multon y la definición de la retirada a toda prisa como “una decisión política” a despecho del consejo de los generales de mayor rango y de la comunidad de inteligencia, recogida en las mismas páginas de boca del congresista republicano por Texas Michael McCaul, orientan a ambos lados de la divisoria el sentimiento de frustración de la opinión pública estadounidense, harta de guerras lejanas, costosas y a menudo desprestigiadas, y, al mismo tiempo, golpeada por el espectáculo ominoso del aeropuerto de Kabul. Un sentimiento extensible a la opinión pública occidental, que ha observado el desarrollo de los acontecimientos como una claudicación sin reservas frente a los yihadistas victoriosos.

El hecho de que Biden haya llevado a la práctica lo que tantas veces defendió sin éxito como vicepresidente durante los dos mandatos de Barack Obama, salir de Afganistán cuanto antes mejor, no atenúa la sensación de que son imprevisibles las repercusiones de la derrota después de 20 años de guerra y de articulación fallida de un nuevo régimen. Para empezar, porque será ineludible alguna vía de comunicación estable con el régimen talibán; para continuar, porque la segunda entrada de los mujahidines en Kabul –la primera fue en 1996– y el desafío del Estado Islámico puede desembocar en una paradoja: el alineamiento en un mismo bando contra el terrorismo global de Estados Unidos y sus aliados –el Pentágono lo ve posible– y de los nuevos gobernantes afganos. A despecho incluso del restablecimiento de la sharia como fuente principal del orden social y de la previsible mutilación de derechos (los de las mujeres y niñas, en primera instancia).

Como afirman muchos conocedores del ethos talibán, el peligro inmediato de alimentar el terrorismo sin fronteras está en la capacidad de movilización de las franquicias del ISIS. El profesor Olivier Roy entiende que los talibanes sacaron provechosas lecciones del error cometido al acoger y asociar su futuro al de Al Qaeda, cuando en la práctica nunca quisieron el mulá Omar y sus secuaces salirse de los límites afganos, al tiempo que la yihad de Osama bin Laden siempre fue a escala mundial, quizá como fórmula o adecuación del combate a la globalización. Y esa posible cohabitación en pos de un mismo objetivo contra un adversario compartido –el universo del ISIS– puede erosionar el estado anímico, emocional de cuantos, fiados en la justificación propagandística que siguió al ataque del 11-S, creyeron que, efectivamente, la intervención en Afganistán y el desalojo del poder de los talibanes eran la última frontera para evitar la consolidación de una teocracia medieval.

Cuanto ha sucedido en Afganistán hasta el 31 de agosto y sucederá en el futuro inmediato acrecienta un sentimiento de vulnerabilidad generalizada y es combustible de primera calidad para activar el discurso ultraconservador en todas partes. “El negocio del populismo que vemos crecer cada día es hacer que la gente tenga miedo”, sostiene la economista Deirdre N. McCloskey. Si sale derrotado todo aquello que parecía asentado en los sólidos pilares de la democracia y la defensa de la autonomía de los individuos, si todo se tambalea, con las redes sociales y la televisión como grandes difusores de la debacle, se abre una ventana de oportunidad para alentar el miedo o, por lo menos, para poner en duda la competencia e intenciones de cuantos gestionaron el descalabro. Se da opción, asimismo, a la proliferación de campañas dirigidas a desacreditar apresuradas justificaciones morales para dejar en la estacada a las víctimas inmediatas de la catástrofe, a la cifra incalculable de afganos que desean salir del país.

Más allá o más acá, según se mire, del rompecabezas geoestratégico, profusamente analizado por las cancillerías, el regreso de los talibanes al puente de mando contribuye a alimentar la sensación de que cuanto se dice y hace procede de un mundo extinto o poco menos. A la acumulación de incertidumbres provocadas por la emergencia climática –véase el último informe (IPCC) auspiciado por la ONU– y por la pandemia, que sigue su marcha sin desenlace inmediato, se suma el estado de excepción emocional provocado por Afganistán. La crisis de identidad no es un estado de ánimo pasajero cuando se acumulan tantas situaciones fuera de control, cuya corrección obliga a escalar muros cuya altura se desconoce. En la evacuación de Kabul por Estados Unidos y sus aliados abundan las imágenes equiparables a las de la salida a toda prisa de Saigón en 1975, pero estaban en vigor entonces una serie de convenciones internacionales, la mayoría no escritas, pero sólidamente arraigadas, características de la guerra fría, que hace decenios saltaron por los aires. Hoy la imprevisibilidad se ha adueñado de los teatros de operaciones no solo en Afganistán.

El semanario The Economist ha invitado, entre otros, a Henry Kissinger para analizar la retirada estadounidense. En su artículo sostiene que no fue posible convertir Afganistán en una democracia moderna, “pero la diplomacia creativa y la fuerza podrían haber vencido al terrorismo”. Ambas aseveraciones son fruto de las convicciones de uno de los grandes actores de la guerra fría, pero los cambios en el ecosistema político del presente son demasiado profundos para que resulte eficaz la mezcla de diplomacia creativa y fuerza. De hecho, tampoco lo fue en Vietnam, aunque quiso aparentarse lo contrario hasta que se produjo la derrota. Puede decirse que, al menos en el plano teórico, el índice de incertidumbre aumenta todos los días y el de desorientación, también, con China como única superpotencia dispuesta a batirse por la hegemonía sin necesidad de plantearse enojosas preguntas porque no hay a las puertas de la Ciudad Prohibida una opinión pública entregada al libre examen crítico de los hechos, sino instalada en una euforia colectiva irrefrenable. Quizá es esta la foto fija de nuestros días.

 

Nueva crisis de refugiados en Europa

La última entrega del desastre relacionado con la guerra en Siria tiene pocas trazas de ser una herramienta útil para bajar el tensión: el acuerdo de alto el fuego en el frente de Idleb, alcanzado el jueves en Moscú por los presidentes de Rusia y Turquía, Vladimir Putin y Recep Tayyip Erdogan, tiene más de componenda de cara a la galería que de otra cosa. La alianza oportunista cerrada no hace demasiados años por los dos mandatarios ha dejado al descubierto la contradictio in terminis inherente a ella y su cercanía a la imposible cuadratura del círculo. El resumen de tal contradicción es que Rusia es el gran aliado del régimen de Bashar al Asad y Turquía es, ahora mismo, el mayor adversario sobre el terreno del régimen sirio, dos caminos que divergen en el seno de una misma guerra.

El resumen de la situación que hace el think tank Eurasian Group es a la vez breve y preciso: “La lucha ha llevado a la provincia siria de Idleb al punto de ruptura. Las fuerzas sirias están respaldadas por Rusia, los rebeldes sirios atrapados dentro de la ciudad y los militares de Turquía están directamente involucrados, y los riesgos en este conflicto han aumentado dramáticamente en los últimos días a medida que el conflicto amenaza con generar una grave crisis humanitaria que envía ondas de choque a través de Turquía hacia Europa”. Y si la Unión Europea se halla dentro del laberinto es a causa de la resolución en falso de la crisis de los refugiados de 2015 y su pretensión de liberarse del problema mediante el recurso a terceros (Turquía), desoyendo las advertencias de oenegés y analistas independientes que alertaron en su momento de la falta de fiabilidad política y jurídica del régimen turco para los europeos y para los refugiados.

Al echar la vista atrás, sobresalen dos decisiones encadenadas por los socios de la UE: la cicatería a la hora de allegar recursos para afrontar la acogida de centenares de miles de personas que huían –siguen huyendo de la guerra, del hambre y de otras miserias– y el acuerdo con Turquía, que a cambio de percibir 6.000 millones de euros aceptó convertirse en 2016 en un contenedor de refugiados (hoy, 3,7 millones). Un Consejo Europeo limitó a 170.000 los recién llegados que acogería en su suelo, repartidos en cuotas prefijadas para cada país, fue incapaz de doblegar la insolidaridad de los socios que se negaron a hacerse cargo del número de refugiados que en principio les correspondía y demasiados gobiernos presentaron el cierre de fronteras como un gran logro nacional que, por cierto, animó a la extrema derecha a porfiar en sus mensajes demagógicos y a ganar cuotas de mercado elección tras elección.

Si a este despropósito se añade el acercamiento del Gobierno turco hacia Rusia y su pretensión de que, al mismo tiempo, la UE y la OTAN apoyen su posición en la guerra siria, la situación aparece, como poco, más que inmanejable por un mínimo de cinco razones:

Primero, el destino principal de los refugiados que, estimulados por la apertura de fronteras, intentan entrar en Europa es Grecia,  y el secundario, Bulgaria. Ambos países son socios de la UE y de la OTAN.

Segundo, Turquía forma parte de la OTAN desde 1952, fue una pieza fundamental durante la guerra fría, pero ha girado la vista hacia Rusia, una anormalidad absoluta.

Tercero, la decisión del Gobierno turco de reforzar el control policial de la frontera con Grecia para impedir que los refugiados rechazados por Grecia puedan regresar a Turquía afecta a uno de los socios europeos con recursos más limitados, dañada su economía por mucho tiempo a causa de la erosión que sufrió durante el largo y traumático proceso de rescate –perdió más del 25% del PIB–, y obliga a la UE a movilizar recursos en apoyo del Gobierno de Atenas.

Cuarto, la propuesta de Josep Borrell de establecer una zona de exclusión aérea en el noroeste de Siria será una tarea que, en su caso, corresponderá a la OTAN y deberá contar con alguna forma de aceptación más o menos explícita de Rusia.

Quinto, el comportamiento de Turquía al abrir la frontera a los refugiados es un incumplimiento flagrante del acuerdo con la UE y una utilización política inhumana de los refugiados, cuyos derechos mínimos de inviolabilidad y seguridad nadie defiende.

Es una simplificación dar por sentado que el origen de todo está en la muerte de 33 soldados turcos el 27 de febrero durante un bombardeo sirio contra posiciones rebeldes. Es más exacto remontarse a la larga intromisión o implicación de Turquía en la guerra desde el momento en que la comunidad kurda consolidó su posición en el noreste de Siria mediante la eficaz movilización de los combatientes peshmergas, quiso presionarlos y dividirlos en dos frentes y, al mismo tiempo, asegurar una posición segura en la vecindad de Idleb y lograr todo eso con la complicidad de Rusia. O lo que es lo es lo mismo: el presidente Erdogan privilegió un acuerdo bilateral con Rusia, no contó con sus aliados históricos de Occidente y vio en la guerra de Siria una gran oportunidad para participar en la disputa por la hegemonía regional.

También es una simplificación creer que los europeos no tienen ninguna responsabilidad en el conflicto en curso. Desde el instante en que optaron por solucionar la crisis migratoria con el acuerdo con Turquía se convirtieron en rehenes de un régimen progresivamente imprevisible, que ha optado por estimular el nacionalismo, recurrir al recuerdo del otomanismo para justificar la islamización de los aparatos del Estado y relativizar la profundidad de sus vínculos con Occidente. A la postre, la solución turca adoptada por la UE fue muy reveladora de la debilidad estructural de la organización, incapaz de imponer a todos los socios una solución interna diferente a la que en última instancia adoptó y de sobreponerse a cuantas voces se alzaron en 2015 para rechazar soluciones más costosas, menos simples, pero más respetuosas con los derechos humanos. De aquel ejercicio político de bajos vuelos se deriva el problema que desafía ahora a los socios de la UE en la frontera sudeste de los Veintisiete.

En Reflexiones sobre el exilio, Edward W. Said escribió: “La cultura occidental moderna es en gran medida obra de exiliados, emigrados, refugiados”. George Steiner habló alguna vez del tiempo de los refugiados, de quienes se ven obligados a buscar el futuro lejos de su tierra, su mundo, su cultura. Pero los gestores políticos de ese tiempo de desplazados han olvidado la guía ética de estos y otros autores, como si entre aceptar que todo el mundo entre en Europa sin más y desentenderse de la suerte de cuantos intentan hacerlo no hubiesen alternativas intermedias para evitar que los desplazados no fueran doblemente víctimas: por su condición de tales y por su sometimiento a condiciones de vida degradantes. La solución turca para contener el flujo de refugiados con destino a Europa lo es todo menos una alternativa defendible.