Paraísos perdidos en Ucrania

Al cumplirse un siglo del inicio de la primera guerra mundial y observar el état d’esprit de los europeos que el verano de 1914 sintieron que la tierra se hundía bajo sus pies, se comprende por qué cuatro años más tarde cundió la impresión de que, hasta el primer cañonazo, el continente era un paraíso, perdido para siempre en los campos de batalla. El escritor Henry James, con 70 años cumplidos, vio en cuanto sucedía “un colapso de nuestra civilización”. Mientras se alzaban algunas voces para alertar de la tragedia, se desbocó la emotividad, la defensa de la nación, la lucha por preservar la identidad propia por encima de cualquier otra consideración. Nadie era capaz de explicar muy bien cómo se había llegado a aquella situación explosiva, pero el entusiasmo y la fe en la victoria se adueñaron de las multitudes hasta que la guerra de las trincheras, los millones de muertos, la destrucción de las ciudades y la quiebra económica revelaron la auténtica naturaleza de la catástrofe.

Hoy no hay uniones sagradas como la que alumbró en Francia la fe en la guerra y sumó al Gobierno lo mejor de la nómina política, incluido Léon Blum, sucesor en la dirección socialista de Jean Jaurès, asesinado en París el 31 de julio de 1914, cuando la guerra iba por su tercer día. En nuestro tiempo, los nacionalismos agresivos son vistos con desconfianza, cuando no con temor. La lección de la segunda guerra mundial y la construcción de la Unión Europea han sofocado las rivalidades entre estados. Nadie, en fin, está dispuesto a subir a la tribuna para pronunciar un discurso incendiario que apele a las armas, pero Europa está lejos de disfrutar de la paz perpetua kantiana, puesta al servicio de la prosperidad y de la buena marcha de los negocios.

Henry James vio en el estallido de la primera guerra mundial “un colapso de nuestra civilización”. Retrato del escritor pintado en 1913 por John Singer Sargent.

Como ha subrayado estos días Timothy Garton Ash, profesor de la Universidad de Oxford, el desarrollo de los acontecimientos en Ucrania adquirió una dimensión mundial –“estamos ante una amenaza contra todo el orden internacional”– en el momento en que un misil derribó el vuelo MH-17 y segó la vida a 298 personas que viajaban de Amsterdam a Kuala Lumpur. El orden de magnitud de la crisis ucraniana creció de tal forma que una vez más los problemas de Europa pusieron en guardia al resto del planeta, y adquirió todo su sentido el temor expresado por algunos laboratorios de ideas estadounidenses de que la pasividad o la contención europeas pueden agravar el conflicto. Y en esas estamos. El presidente de Rusia, Vladimir Putin, entre tanto, se encuentra ante el dilema de dar por perdido para su causa el este de Ucrania o aumentar su implicación con los secesionistas “hasta el punto de que será evidente para el resto del mundo que asistimos a una guerra entre Ucrania y Rusia”, como explica Andrew C. Kuchins en la web del Centro Internacional de Estudios Estratégicos.

Aunque nada es seguro en una atmósfera tan volátil como la de las relaciones entre Occidente y Rusia, no es desmesurado esperar que alguna consecuencia de calado tendrá el derribo del avión. Si no fuese así, los riesgos futuros serían mucho mayores que los del presente porque la comunidad internacional dejaría impune un crimen que alimenta los peores sentimientos a un lado y otro del conflicto. La falta de acción ayudaría a incubar el huevo de la serpiente –euroescepticismo, nacionalismos desbocados, agravios comparativos, ensoñaciones panrusas, añoranza del pasado, crisis energética y muchos etcéteras– y a decepcionar a una opinión pública asustada y a la vez indignada por el derribo del avión de Malaysia Airlines.

En la muerte de 298 inocentes no hay sitio para un desenlace prefabricado que deje a salvo a todos los actores determinantes de la situación en el este de Ucrania. Si así fuera, si el objetivo fuese construir un relato de lo sucedido tan improbable como tranquilizador, habría que girar la vista un siglo atrás para contemplar hasta qué punto el falseamiento de la realidad puede empeorar las cosas. Aunque la primera guerra mundial fuese una guerra de elección, por aplicar a la contienda el léxico hoy en vigor, lo cierto es que los adversarios reunieron la suficiente masa crítica de agravios sin solución, tensiones territoriales, rivalidades económicas, nacionalismos exacerbados y falta de realismo como para llegar al día D convencidos de que todas las respuestas estaban en el campo de batalla. Acaso como sucede en nuestros días en Ucrania entre una parte de la nación que mira a Occidente, porque persigue el sueño de la prosperidad, aunque requiera someterse a los dictados de la economía global, y otra que echa en falta aquellos tiempos de la existencia de la URSS en los que Ucrania era una de las piezas de una entidad política de influencia planetaria que coadministraba con Estados Unidos los destinos del mundo.

El profesor Timothy Garton Ash sostiene que “estamos ante una amenaza contra todo el orden internacional”.

Para los ucranianos que hablan ruso y sueñan en el pasado, la URSS es el paraíso perdido en el que, además, nadie impugnaba el uso de su lengua y la proyección de su cultura. Para el nacionalismo ruso que encarna Putin, sigue en vigor el principio según el cual los límites de Rusia llegan hasta donde se habla ruso. Ambos sentimientos se complementan y constituyen la piedra sillar sobre la que se asienta la sublevación de los ucranianos de estirpe rusa; en ambos discursos hay dosis desmedidas de populismo, pero son de una eficacia manifiesta y quienes mejor los entienden –utilizan– son los diferentes nacionalismos europeos que reclaman un castigo ejemplar a Rusia y sus protegidos y, de paso, acuden a Bruselas con el único propósito de demostrar que la UE no es más que un proyecto inviable que atenta contra los derechos históricos de las naciones a escribir su futuro.

Pudieran enumerarse más ingredientes para completar el cuadro de riesgos que agavilla la crisis ucraniana, pero con una muestra es suficiente para comprender que no es poco lo que está en juego en términos de seguridad colectiva y equilibrio de poder entre las dos Europas. Estamos ante la rapidísima liquidación de un proyecto vislumbrado por Occidente que incluía el sometimiento de Rusia a sus designios, debilitada la gran nación por la quiebra del comunismo y una economía desvencijada. Incluso el tipo de sanciones estudiadas estos días por la UE, encaminadas a dañar el aparato económico ruso, remiten a esa idea solo cierta en parte de que los desafíos de Putin son los de un nacionalista con pies de barro. Pero desde la debilidad de la Rusia surgida del desmembramiento de la URSS –tiempos de Boris Yeltsin– a la república de los oligarcas que administra Putin hay un corto y a la vez intenso recorrido histórico que ha engranado los intereses rusos con los de la economía global, ha vinculado la banca y la industria alemanas a la economía rusa y ha hecho de Gazprom, sin comparación posible, el primer exportador de energía.

Esa realidad pone en peligro el empeño europeo de no diluir en los asientos contables de las multinacionales la indignación por la suerte corrida por el vuelo MH-17. De la misma manera que permite albergar toda clase de dudas en cuanto a la disposición de poner barreras a la exportación a Rusia de tecnologías de doble uso como sucedía en el pasado –tiempos de la guerra fría–, cuando el tratado Cocom, suscrito por los socios de la OTAN, prohibía la exportación al Este de toda mercancía de uso a la vez civil y militar. ¿O es que la guerra fría es otro paraíso perdido en donde la seguridad quedó garantizada a partir de octubre de 1962 –crisis de los misiles de Cuba– y resultaba más fácil la gestión de cualquier imprevisto sin comprometer la seguridad mundial? ¿Acaso hay que echar de menos aquel tajante reparto de papeles entre Estados Unidos y la URSS, que desviaban sus disputas hacia conflictos regionales que garantizaban la paz a las superpotencias y a sus aliados más próximos?

El escritor Albert Camus compartió con muchos la opinión de que “los mitos tienen más poder que la realidad”.

“Los mitos tienen más poder que la realidad”, decía el escritor francés Albert Camus, y puede que en el ánimo de muchos ucranianos rusohablantes el mito de los bienes prodigados por el pasado soviético, reflejado por Marc Marginedas en una información publicada por EL PERIÓDICO, pese más de lo que en realidad fueron aquellos tiempos. Porque esa realidad pasada, aunque no tan lejana, se atiene a otra sentencia de Camus: “He comprendido que hay dos verdades, una de las cuales jamás debe ser dicha”. Esa verdad que debe permanecer oculta permite realzar la otra, la que ahora conviene a la causa de los separatistas ucranianos y del nacionalismo de Putin: que la comunidad rusa, protegida por la URSS, dejó de estarlo al independizarse Ucrania y, en consecuencia, es deber de Rusia acudir al rescate de los agraviados. ¿Es posible encajar esa política de las emociones en la obligación inexcusable de esclarecer quiénes derribaron el avión? Y, si no lo es, ¿cabe temer una burda mixtificación de la realidad para que no zozobre la nave de los intereses creados y siga su curso hasta alcanzar las costas del paraíso de la economía global? ¿O, como dice Timothy Garton Ash, “debemos explicar con más claridad qué es legítimo” para afirmar luego, sin asomo de duda, que si la comunidad internacional, Rusia incluida, no es capaz de llevar ante la justicia a los canallas que derribaron el avión, la desvergüenza habrá suplantado a la política?

Siria, condenada a un empate sangriento

Ni siquiera el temor de la CIA a que Al Qaeda transforme una parte de Siria en una base operativa para organizar ataques contra Occidente parece motivo suficiente para que Estados Unidos y los países europeos busquen la forma de sofocar la guerra civil, que en marzo cumplió tres años. El desmantelamiento del arsenal químico del presidente Bashar el Asad contenta a quienes piensan que es mejor soportar una guerra de baja intensidad, a tenor de los informes redactados por los gabinetes de análisis, que comprometer el futuro con negociaciones inciertas que legitimen a una oposición colonizada por el yihadismo. Y eso a pesar de que la cifra de muertos –unos 160.000– crece sin cesar y la de desplazados –más de cuatro millones– galopa a lomos de la pasividad de la comunidad internacional y de las advertencias acerca de la capacidad de contaminación de la guerra a Líbano y a otros países del vecindario.

En febrero de hace dos años, al ver la luz el primer Bloglobal, cuando los muertos eran 20.000 y los desplazados eran quizá menos de un millón, Abdel Bari Atuan, editor del diario en árabe Al Quds al Arabi, que se imprime en Londres, advertía: “El conflicto sectario en Siria puede extenderse más allá de sus fronteras y al resto de la región; en el peor escenario, vemos posible un regreso a la guerra fría, alineando posiciones en la chia –la comunidad chií–, respaldada por Rusia y China, contra los países sunís, apoyados por Occidente”. Al llegar al Bloglobal número 100, aquellos presagios no solo se cumplen, sino que se agravan con la contribución de Al Qaeda y sus franquicias, dirigida a adueñarse de la estrategia de la oposición para disponer de una base de operaciones estable, según el director de CIA, John O. Brennan.

Aquello que empezó siendo una derivada de las primaveras árabes ofrece hoy el sombrío aspecto de una guerra sin fecha de vencimiento en la que los intereses en juego han dejado a su suerte a la población que la sufre en carne propia. El último informe de las Naciones Unidas, fechado en marzo, no deja lugar a dudas en cuanto a la violación sistemática de los derechos humanos por parte de ambos bandos, pero en el ánimo de los países en mejor posición para contener la matanza pesa por encima de todo el miedo a perder el control sobre Siria al día siguiente de la liquidación del régimen de Asad. Un miedo alimentado todos los días por la división interna de la oposición reconocida por Estados Unidos y sus aliados, pero incapaz de transmitir la menor sensación de cohesión y confianza.

La seguridad del presidente sirio en que su sillón está lejos de zozobrar procede justamente de la falta de consistencia política de la oposición. La guerra ha dispensado a Asad de las obligaciones propias de su función –el Estado ha dejado de ser el ente prestador de servicios que se supone que debe ser– y las torpezas de la oposición, más incluso que el apoyo de Rusia, Irán, Hizbulá, China en menor medida y otros aliados, le ha liberado de la presión inicial de sus adversarios en el exterior. Como tantas veces en tantos conflictos, la dirección a distancia del combate contra Asad ha hecho que la lógica de la guerra desbordara la capacidad de gestión de la oposición moderada en beneficio de los combatientes sobre el terreno, parasitados por los yihadistas procedentes de Irak, Pakistán y otros puntos cardinales del orbe islámico donde la acción directa fue o está de permanente actualidad. Al final, a ojos de la Administración de Barack Obama y de los gobiernos de la UE más directamente vigilantes de la crisis –el Reino Unido y Francia–, la dictadura de Bashar el Asad ha tomado la forma de mal necesario, preferible en cualquier caso a que el mundo de Al Qaeda se haga con Siria, territorio limítrofe con Israel y con la OTAN (Turquía).

Esa opción por el mal necesario o el mal menor es a menudo objeto de furibundos ataques desde la derecha neoconservadora más desinhibida, pero la comunidad de inteligencia estadounidense, de tradición eminentemente conservadora, tiende a considerar el conflicto sirio como una crisis fuera de control que aconseja esperar y ver.  Aun así, publicaciones como The Weekly Standard, fundada por el muy conservador William Kristol, se afanan en atacar la “diplomacia dubitativa” de Obama con artículos como el publicado por Elliott Abrams en enero, compendio de reproches que alcanzan al secretario de Estado, John Kerry, y a los negociadores que a finales de verano aceptaron el compromiso sirio de desprenderse del arsenal químico para renunciar a actuar sobre el terreno. La famosa amenaza de Obama de entrar en acción si Asad traspasaba las líneas rojas del recurso a las armas químicas, se volvió contra la Casa Blanca, y desde entonces la derecha no ha dejado de resaltar la presunta debilidad del presidente.

Abrams, como el resto de conservadores, considera que Turquía y los árabes, sin el concurso de Estados Unidos, son incapaces de poner en pie un “programa coherente” para acabar con la guerra sin desviar la vista hacia alguno de los grupos vinculados a Al Qaeda. Una suposición precipitada, por no decir cargada de prejuicios, porque del rumbo fijado por los países árabes, con primavera o sin ella, se desprende que todo es posible, menos que se entreguen a un coqueteo imprudente con los herederos de Osama bin Laden. Es más, después de los acontecimientos de los últimos meses en Egipto, núcleo fundamental de la política árabe, ningún vaticinio sensato pasa por un gesto de comprensión del Ejército hacia el fundamentalismo islámico en cualquiera de sus diferentes manifestaciones.

Mientras la tragedia siria cumple su función de arma política para desgastar la figura de Obama y su Gobierno, se pasan por alto dos datos relevantes: la transformación de Siria en un Estado fallido y la aparición en el relato de la guerra de intereses económicos, vinculados a los contrincantes, que han tejido una red de complicidades insostenible fuera de la guerra, de acuerdo con el análisis del especialista Jihad Yazigi. Esta tupida trama, a la que la familia Asad no es ajena, es un obstáculo más para contener la guerra, y no habrá negociación futura que pueda soslayar su existencia porque, de hacerlo, será imposible articular una solución política duradera. Es más, la aniquilación de la economía convencional y el surgimiento de otra fragmentada, gestora de intereses asimismo fragmentados, contribuye a diluir lo poco que queda del Estado y lo suplanta de facto.

La coreografía diplomática representada el pasado 22 de enero en las conversaciones conocidas como Ginebra 2 –“espectáculo televisado de hipocresía” en feliz descripción del periodista Mateo Madridejos– se zanjó como un resumen elocuente de la disolución del Estado, de la capacidad de Asad de resistir, parapetado en sus aliados y protectores, y del debilitamiento de la oposición reconocida por Occidente que se cobija en la Coalición Nacional Siria. La realpolitik condena hoy a la sociedad siria a vivir en un impasse ensangrentado, en un callejón sin salida del que se ha adueñado la guerra, constituida esta en un sistema con su propia lógica interna, que se alimenta a sí mismo mediante la protección de los intereses de cada bando, al tiempo que las víctimas se ven obligadas a soportar las consecuencias de un empate histórico sin desenlace a la vista.

Erdogan corta la línea

Las elecciones municipales que se celebran este domingo en Turquía tienen mucho de ceremonia de paso, de prueba de fuego para el primer ministro Recep Tayyip Erdogan, cabeza visible de un experimento de islamismo moderado que emite señales de fatiga o de miedo al futuro. Si las manifestaciones en la plaza Taksim de Estambul, en junio del año pasado, alarmaron a muchos de cuantos hasta entonces creyeron que el modelo turco podía ser una referencia para todo el orbe musulmán, la decisión del primer ministro de bloquear Twitter, mentidero rugiente de los casos de corrupción en los que está directamente implicada la familia Erdogan, y Youtube ha dejado al descubierto la propensión del régimen a ejercer un autoritarismo destemplado. Si en junio Erdogan colgó a las redes sociales la etiqueta de “amenazas para la sociedad”, ahora es él quien se comporta como una amenaza cierta para unas herramientas consideradas el paradigma de la libertad de expresión en la aldea global. Con el añadido de que un tribunal declaró el miércoles ilegal el bloqueo de Twitter, ha apremiado al Gobierno para que lo levante y se ha reproducido la vieja trifulca entre los jueces, adscritos a la tradición laica, y el ideario islamista.

El escritor Mustafá Akyol teme que Erdogan aguarde a que acabe el escrutinio de las municipales para desencadenar una purga contra sus oponentes de características mccarthystas a partir de un leitmotiv que resume así: “La guerra contra el Estado paralelo –aquellas personas e instituciones que no le apoyan– es en el presente la segunda guerra de liberación de Turquía”. El temor de Akyol tiene que ver con la “arrogancia extrema” de Erdogan, mencionada por otro escritor, Orhan Pamuk, nobel de Literatura y genuino representante de la tradición y el pensamiento laico en la Turquía que se siente heredera y depositaria del legado de Mustafá Kemal Ataturk.

Fethullah Gülen se ha convertido en el gran adversario exterior de Recep Tayyip Erdogan.

Solo esa arrogancia irreflexiva exhibida por una estructura de poder amenazada explica la absurda pretensión del primer ministro de poner puertas al campo, que otra cosa no es su decisión de bloquear Twitter y Youtube y, quizá en el futuro, de hacer lo propio con Facebook. Cualquier usuario de internet mínimamente informado sabe que las barreras anunciadas son extraordinariamente vulnerables –en las calles de las principales ciudades turcas hay carteles en los que se explica cómo evitar el bloqueo–, salvo que el Gobierno decida encarar una operación a gran escala para aislar por completo la red de telecomunicaciones del país. En cualquier caso, y sin haber llegado aún a tal extremo, lo que ha hecho Erdogan es dejar al descubierto su escaso compromiso con la preservación de los valores democráticos –incluidos la libertad de expresión y el libre examen–, cuyo menoscabo sitúa en la senda de la sospecha al gobernante que los vulnera.

El pretexto al que ha recurrido el primer ministro turco responde al más elemental de los manuales seguidos desde siempre por los autócratas cuando deben afrontar una crisis que les afecta personal y directamente, como el rosario de episodios de corrupción, bastante bien documentados por la prensa internacional, que sitian a Erdogan. Se trata de una conspiración contra él, sostiene el interesado, contra su Gobierno, su partido y su familia; hay detrás de todo un adversario político exterior –Fethullah Gülen–, que mueve los hilos desde el exilio voluntario en Estados Unidos; los añorantes del pasado –de la república laica–, añade, quieren aprovechar la ocasión para lograr desbancarle con malas artes después de no haberlo conseguido en las urnas. La simplificación del caso es tan rudimentaria que, incluso si hay algo de verdad en cuanto denuncia Erdogan, prevalece la impresión de que el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP por sus siglas en turco) ha preferido la huida hacia adelante al realismo para sanear el Gobierno y su entorno. Algo de verdad hay en la porfía permanente desde las sombras de una oposición condenada a una larga travesía del desierto, algo de verdad hay también en los movimientos sigilosos de Gülen para disputar a Erdogan el liderazgo del islamismo político mediante la movilización de los afectos al hizmet (actividad altruista para el bien común), pero al presentarse todo como una batalla decisiva en la que solo el AKP es capaz de hacerse eco de las necesidades de la nación, el experimento islamista se acerca peligrosamente a un populismo vociferante con rasgos totalitarios que, por lo demás, no tiene mayor interés en esclarecer quiénes son los corruptos y qué dimensiones tiene la trama corrupta puesta al descubierto.

Cuantos en algún momento han vislumbrado en el papel futuro del islamismo político algo remotamente parecido a la función desempeñada por la democracia cristiana en Europa después de la segunda guerra mundial, sienten hoy que el modelo turco emite señales preocupantes. Y, al hacerlo, ratifica en sus convicciones a quienes estiman que entre la tradición islámica y el Estado moderno se alza la barrera invisible del integrismo, que interfiere en la vida privada de los individuos e imposibilita la neutralidad del Estado en materia religiosa, moral, jurídica, de ordenamiento del espacio público. Se trata seguramente de una conclusión precipitada, sesgada incluso, porque abundan los intelectuales musulmanes que la desmienten todos los días en la teoría y en la práctica, pero cuando la vía pública se enciende con la protesta y el Estado responde con la represión o con el bloqueo de las redes sociales, todos los relatos de la situación tienen cabida, también aquellos no exentos de prejuicios y tópicos alimentados desde antiguo por la escuela orientalista.

El escritor Orhan Pamuk atribuye a Recep Tayyip Erdogan una “arrogancia extrema” en su forma de gobernar.

Salvo que las autoridades turcas corrijan el tiro o que las elecciones municipales castiguen al AKP, crezca el descontento en segmentos importantes de la población y se haga inevitable un adelanto de las legislativas, Turquía corre el riesgo de perder una gran ocasión para asumir el papel de potencia hegemónica en el Mediterráneo oriental por ausencia de contrincantes. Con Egipto construyendo un régimen autoritario bajo custodia militar y con el erario exhausto, el único Estado de la zona con peso demográfico, económico y estratégico es Turquía, pero para ser una potencia regional, y no solo un socio de la OTAN en la región, precisa tener estabilidad política, normalidad institucional y fiabilidad exterior. Hoy no reúne ninguna de estas tres condiciones a pesar de su dinamismo económico y de la presión de la bolsa de Estambul para que más temprano que tarde se suavice la relación con Israel: no es posible la estabilidad con la oposición en ascuas; no es posible la normalidad institucional cuando el presidente del país, Abdullah Gül, disiente de las medidas adoptadas por Erdogan para silenciar los altavoces que procura la red, y no hay forma de proyectar una imagen fiable sin estabilidad y sin normalidad institucional.

Aun en el caso de que se cumpla la previsión del profesor Zeynep Tufekci –la victoria del AKP en las municipales–, no se corregirá el debilitamiento de la influencia de Turquía entre sus vecinos. Cuenta Tufekci que, paradoja de las paradojas, la misma clase media que hace un año pidió a sus hijos que le enseñara a utilizar Twitter para dar a conocer la protesta en la plaza Taksim, y que hoy se indigna con el bloqueo, puede decantarse una vez más por los candidatos del AKP en el último momento, un poco porque Erdogan ganó fama de buen gestor cuando fue alcalde de Estambul y otro poco a causa de la dispersión de mensajes de la oposición laica. Pero un gesto in extremis de tales características no es suficiente para contrarrestar el desgaste sufrido por el Gobierno turco ante la opinión pública internacional, incluidas la Unión Europea y Estados Unidos.

La misma pregunta que el 6 de julio del año pasado formulaba Murat Yetkin en las páginas del diario estambulí Hurriyet, de centro izquierda, a raíz del golpe de Estado que depuso en Egipto al presidente Mohamed Mursi, es extrapolable a la situación de hoy en Turquía: “¿Nos hallamos ante el final del islamismo moderado?” Después de la intervención de los generales en Egipto y del atrincheramiento de Erdogan, ¿hay que concluir que solo el islamismo político bajo vigilancia, caso de Marruecos, se atiene al compromiso de modernizar el Estado y renuncia a poner en marcha una islamización a destajo? Puede que las respuestas tajantes no tengan sentido y sí, en cambio, aquellas que se remiten a un dato determinante: es demasiado pronto para sacar conclusiones acerca de la capacidad del islamismo político de gobernar sin alarmar en Turquía y en otros lugares.    

Crimea desorienta a Occidente

La anexión de Crimea por Rusia ha operado como el excitativo ideal para poner en marcha a los gabinetes de análisis, que pretenden dar respuesta a las preguntas que mantienen en vigilia permanente a las cancillerías de Occidente. Después del gesto de autoridad del presidente Vladimir Putin parece casi inconcebible que un especialista de solvencia de Charles A. Kupchan planteara hace solo cuatro años el ingreso de Rusia en la OTAN. Afirmaba Kupchan en las páginas del ejemplar de mayo-junio del 2010 de la publicación Foreign Affairs que se cometía “una equivocación histórica tratando a Rusia como un paria estratégico”, y le parecía deseable y verosímil “anclar a Rusia en un orden euroatlántico ampliado”.

Lo cierto es que en aquel momento, con Putin retirado momentáneamente en la función de primer ministro, se tenía la impresión de que había margen de maniobra para establecer cierto grado de complicidad con los gobernantes rusos a pesar de todos los pesares, aunque el texto de Kupchan, incluso entonces, sonó algo despegado de la realidad. Tenía más consistencia la opinión ya muy extendida de que la macroampliación de la UE hacia el este y el alistamiento en la OTAN de los antiguos socios de la URSS había equivalido a meter el dedo en el ojo del Kremlin. Y hoy se repite a todas horas que el rumbo seguido por el Occidente europeo para atraerse la voluntad de los países que un día fueron comunistas fue una estrategia contra Rusia a la que hay que sumar la determinación del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, de poner en pie el escudo antimisiles en Polonia y la República Checa. El Centro Internacional de Estudios Estratégicos sostiene hoy este punto de vista con idéntico fundamento que los que llegaron a la misma conclusión antes de que se desencadenara la invasión de Crimea.

Si se está ante una versión revisada y puesta al día de la guerra fría o estamos ante algo genuinamente diferente, compete más a los especialistas en sacar punta a la jerga política que a los analistas de la situación. Cuando uno de ellos, Peter Baker, que escribe en The New York Times, se aproxima a la cuestión, pergeña un título que no saca de dudas: Si no es una guerra fría, es una vuelta a una rivalidad fría. “Si no estamos en la nueva guerra fría que algunos temen, parece probable que nos adentramos en un periodo sostenido de confrontación y alineación que será duro superar”, afirma Baker. Razones no le faltan para llegar esa conclusión a tenor de las opiniones recogidas por él entre antiguos funcionarios del Gobierno, a menudo sinceramente desorientados, reflejo fiel de la sorpresa de Occidente ante la determinación de Putin, aplicado en rectificar alguna de las consecuencias del hundimiento de la URSS y la proliferación de estados nuevos nacidos gracias a aquel cataclismo. Una desorientación resumida en una frase por Toby T. Gati, que trabajó en el Departamento de Estado durante la presidencia de Bill Clinton: “No sabemos cómo reaccionar a esto”.

Hay una sensación muy extendida de que, a diferencia de episodios anteriores en los que se tensó la cuerda, en esta ocasión no es posible destensarla con el consabido recurso a la diplomacia secreta y a la contención pública de los líderes pasado el momento de paroxismo. Si este método fue útil otras veces –después de la guerra de Georgia (verano del 2008), por ejemplo–, ahora no es posible aplicarlo, siquiera sea porque el dinamismo de Putin ha dejado en evidencia la debilidad de la diplomacia europea y de Estados Unidos, una vez quedó descartada la movilización efectiva de la OTAN. Y si no cabe una componenda para superar el momento, entonces es de temer, obligada por las circunstancias, una revisión in extenso de las relaciones de Estados Unidos y la UE con Rusia –algo así está sucediendo–, incluido cuanto atañe al ámbito militar.

Es este un camino lleno de riesgos, que requiere consumir dosis inagotables de realismo para evitar que se imponga una osadía irreflexiva del estilo de la de Kurt Volker, exembajador de Estados Unidos en la OTAN. Para Volker, es preciso establecer que “cualquier otro asalto a la integridad territorial de Ucrania, más allá de Crimea, representa una amenaza directa para la seguridad de la OTAN y tendrá una respuesta de la organización”. Para Yochi Dreazen, especialista de la revista Foreign Policy, “nuestra preocupación es que Rusia no quiera parar”. Para el exsecretario de Estado Henry Kissinger, resulta más útil acercarse al pensamiento y las convicciones de Putin, a quien conoce bien, para comprender que no podía ser indiferente a los sucesos que se desarrollaron en Ucrania. En general, para los analistas de situaciones de riesgo, una vez Occidente ha decidido aplicar sanciones económicas, carece de utilidad práctica la escalada verbal gratuita, que enrarece la atmósfera sin obtener ningún resultado.

Es más fructífero sacar conclusiones objetivables y extraer algunas lecciones, de acuerdo con la radiografía realizada por Piotr Smolar en Le Monde:

  1. La operación de Crimea “marca la afirmación de una Rusia desacomplejada frente a un Occidente que cree arruinado, militarmente impotente y corrompido en el ámbito moral”.
  2. No hay dos bloque cara a cara, “sino un vacío, una ausencia de autoridad, un mundo roto, puesto a subasta”. En este panorama, consecuencia de una perturbadora falta de liderazgo global, “los náufragos” son los europeos, que mantienen una tupida trama de intereses económicos con Rusia.
  3. Ha dejado de ser viable a corto plazo el propósito de Obama de relanzar las relaciones con Rusia y, en cambio, ha quedado maltrecha la capacidad de anticipación de la Casa Blanca.
  4. El precio de los riesgos que asume Putin para saciar “la sed de revancha geopolítica de una parte de las élites” puede recaer sobre la sociedad rusa, en general, y muy particularmente sobre la disidencia en cuanto esta vuelva a dar señales de vida, una vez atemperados los ardores nacionalistas.

Conclusión de Smolar: “Doctrina militar, organizaciones supranacionales, intercambios comerciales, alianzas: todo parece que de pronto debe revisarse”. Parece que el sistema que siguió a la liquidación de los regímenes comunistas de Europa ha dejado de ser eficaz, ha puesto al descubierto debilidades estructurales de todas clases y justifica que, a causa de la desorientación subsiguiente, surjan dudas en cuanto al camino seguido por Occidente. Pero también en cuanto a la capacidad rusa de mantener el desafío sin dañar la economía. Hasta la fecha, los logros de la política exterior de Putin no han castigado las finanzas; ahora, en cambio, pueden resultar perjudicadas.

¿Adónde puede llevar una revisión exhaustiva del sistema? ¿Cuál debe ser el límite? Cuando el pensador francés Raymond Aron publicó Paz y guerra entre las naciones (1962) se tendió a achacarle cierto desprecio por el derecho internacional en favor de la potencia de los estados. En aquel mundo bipolar, sometido a la pugna a escala planetaria entre Estados Unidos y la URSS, lo que hizo Aron fue un ejercicio de realismo que quizá hoy, medio siglo después, deba realizarse de nuevo, aunque el coste del ejercicio sea reconocer que, salvo contadísimos casos, las apelaciones al derecho internacional tienden a encubrir la violación del mismo. Poco importa que esto se corresponda con la guerra fría o con una situación nueva, compleja y arriesgada que todavía no tiene nombre.

 

Pugna en Crimea de identidades europeas

El historiador Tony Judt afirmó en 1995, en una conferencia pronunciada en Bolonia: “Los analistas occidentales siempre se han mostrado ambivalentes frente a la europeidad de Rusia, como muchos de los propios rusos”. A pesar de que, según el mismo Judt, “hay muchas Europas, todas ellas con derecho a reclamar el título”, solo los países situados al oeste del Elba “han sido durante mucho tiempo Europa, mientras que las tierras al este (…) siempre están de alguna manera inmersas en el proceso implícito de llegar a serlo”. El análisis de Judt se atiene al hecho de que Rusia y lo que Vladimir Putin llama el extranjero próximo son tierras de frontera entre la Europa que se reconoce a sí misma como tal y aquella otra cuya europeidad geográfica no se completa con otros factores de identidad común.

En este sutil juego de identidades y referencias históricas, algunos casos son especialmente significativos y, a la vez, conflictivos: durante siglos, Polonia hubo de pechar con el coste político de hallarse entre Rusia y Alemania; hoy el papel de nación bisagra recae en Ucrania, con el futuro dividido entre la vinculación a la UE, al que aspira el nacionalismo ucraniano, y la vuelta a casa con el que se sueña la minoría rusa, especialmente en la península de Crimea. Las formalidades procesales en curso –declaración de independencia de Crimea, modificación de la ley rusa para incorporar comunidades que decidan acogerse a la autoridad de Moscú, referendo en Crimea y finalmente anexión de la península por Rusia– son útiles para comparecer ante la opinión pública y defender posiciones favorables y contrarias al desgajamiento de Crimea de la Ucrania surgida de la caída de Viktor Yanukóvich, pero lo que realmente ocupará a medio y largo plazo el análisis de los acontecimientos son tres factores íntimamente relacionados entre sí:

-La ausencia de un liderazgo global, capaz de articular un universo político global, a causa de la pérdida de parte de los resortes coactivos que suministró el desmembramiento de la Unión Soviética a la hiperpotencia –Estados Unido– del pasado más reciente.

-Las limitaciones del poder blando para gestionar situaciones extremas que desembocan en periodos de inestabilidad y desconfianza entre los grandes actores internacionales.

-El renacimiento ruso impulsado por Vladimir Putin, convertido en restaurador del orgullo nacional perdido durante el desbarajuste que siguió a la liquidación del régimen comunista y al final de la guerra fría, que el presidente ruso considera “la mayor catástrofe” de la historia de su país.

Con relación al primero de los factores, Ali Wyne, profesor asociado de la Universidad de Harvard, hace notar en The New York Times que incluso en los periodos considerados de hegemonía de Estados Unidos –algo discutible en el mundo bipolar de la posguerra– se dieron episodios que impugnan el concepto mismo de hegemonía. “¿Cómo se puede conciliar esta idea –se pregunta Wyne–con la pérdida de China, el estancamiento de la guerra de Corea, la invasión soviética de Checoslovaquia, la caída de Saigón y la ascensión del ayatolá Ruhollá Jomeini, por citar solo unos pocos contratiempos estratégicos?” Acaso la respuesta sea que las reglas del juego de la guerra fría incluían la predeterminación de áreas de influencia en cuyo seno el éxito estaba reservado a la potencia administradora: Estados Unidos, en Occidente; la URSS, en el Este. Pero acaso sea cierta también la impresión de Wyne de que reacciones muy enérgicas en un primer momento “crean expectativas poco razonables y desalientan a los aliados [Europa] para que desempeñen un papel más activo” en encrucijadas en las que predomina el realismo.

Vladimir Putin recomienda a sus colaboradores que lean las obras de estos tres filósofos.

Vladimir Putin recomienda a sus colaboradores que lean las obras de estos tres filósofos rusos.

La estrategia de respuesta contenida está lejos de colmar las pretensiones de los hegemonistas convencidos o de los que adoptan este perfil por estricta necesidad de supervivencia política. En el Partido Republicano, incluso entre los moderados, abundan las críticas dirigidas al presidente Barack Obama, cuya política exterior le parece irresponsable al senador John McCaine y al congresista Mike Rogers le da para realizar una comparación hiriente: “Rusia juega al ajedrez y pienso que nosotros jugamos a las canicas”. Para el profesor Joseph S. Nye, analista y precursor del poder blando, la determinación de la política que deben seguir los líderes “depende, en parte, de la colectividad a la que se sienten moralmente obligados”. Y es indudable que la complejidad y la lejanía de la crisis ucraniana no figura entre las preocupaciones inmediatas de la opinión pública de Estados Unidos, que, en el mejor de los casos, sigue los acontecimientos como algo que atañe a los europeos.

Estos, a su vez, dan muestras de desorientación ante la agilidad de Putin para fortalecer su perfil de regenerador del orbe ruso. Ni las amenazas de sanciones ni las invocaciones del derecho internacional ocultan el dato de que Rusia lleva la iniciativa, la UE cometió un error de apreciación al creer que podía firmar un acuerdo con Viktor Yanukóvich sin importunar a Rusia y la historia europea está llena de lances poco respetuosos con el principio de legalidad, incluida la intervención en Kosovo, aunque la cancillera Angela Merkel sostenga lo contrario. Putin se ha procurado una guía ideológica y moral en la que pesa el legado de pensadores como el ruso blanco Iván Ilyin, un filosófo que al final de su vida denostó por igual los totalitarismos y la democracia, y propuso una tercera vía de características difusas para levantar un Estado en la Rusia que él abandonó a raíz de la revolución de 1917.

En un artículo publicado en El País, Nathan Gardels, director de The WorldPost, se refiere a las fuentes en las que beben los filósofos de cabecera de Putin –Nikolai Berdiaev, Vladimir Soloviev y el propio Ilyin– cuando vislumbran la Rusia que desean: “Al estilo de Dostoievski, y más tarde de Aleksandr Solzhenitsyn, todos ellos se consideraban custodios del modo de vida ruso. Místicos cristianos ortodoxos, les preocupaba que la democracia aplastara la noble alma rusa –preferían la monarquía o la autocracia como guardianes familiares de la sociedad– y que la cultura cosmopolita del Occidente materialista contaminara su espíritu. Además, tenían una fe mesiánica en el destino eurasiático de Rusia como civilización situada entre Oriente y Occidente”. La utilidad práctica de estas referencias para alentar el sentimiento nacional es evidente, y si todo se envuelve en la misión trascendental de devolver a la nación el brillo que ostentó en el pasado, aunque fuese bajo las siglas de la URSS, es improbable que se alcen voces que se opongan a las operaciones en curso en Crimea.

La movilización del Ejército en la cercanía de Ucrania y el recurso a la prédica religiosa con tintes nacionalistas –la apelación a la santa Rusia es casi un tópico–  completan la estrategia de movilización de las conciencias. De la misma manera que Lenin entendió que el despotismo de la nobleza y la burocracia zaristas eran los mejores instrumentos para sumar multitudes a su causa, así también hoy el enfrentamiento verbal con Occidente pone sordina a las carencias del Estado, al déficit democrático de un sistema que alienta el culto a la personalidad, a la corrupción y a tantas otras debilidades de la nueva Rusia, y otorga a Putin la posibilidad de convertirse en el líder indiscutido, dispuesto a corregir la marcha de la historia mediante una operación de riesgo calculado.

¿Esta patina de nacionalismo renacido es la señal definitiva para entender que, detrás de él, llega una nueva versión de la guerra fría, corolario inevitable la de paz fría que ha caracterizado durante los últimos años las relaciones de Estados Unidos y Rusia? ¿Cabe la lógica de la guerra fría en la economía global? Al formular estas preguntas se admite como seguro el objetivo de Rusia de disponer y gestionar un área de influencia propia, pero, al mismo tiempo, cobra sentido una afirmación de Tony Judt de 1995: “Los vínculos que les importan [a los europeos del este], y las conexiones que buscan, son con las civilizaciones y las potencias que quedan al oeste de ellos”. Y pasan a formar parte del presente los reproches dirigidos a Occidente por Mijail Gorbachov en el 2005, cuando se lamentó de que el compromiso de 1989 para no llevar los límites de la OTAN y de la UE a las puertas de Rusia, a cambio de que la URSS no se opusiera a la unificación de Alemania, fue sistemáticamente incumplido por Estados Unidos y los europeos.

Claro que, al mismo tiempo que Crimea llama a Rusia y el nuevo Gobierno de Ucrania, a la UE; al mismo tiempo que algunas voces consideran el episodio crimeo como el más grave desde la anexión de los Sudetes por la Alemania nazi (1938), Gazprom, el gigante ruso de la energía, patrocina la UEFA Champions League y nadie se rasga las vestiduras, y la superestructura conocida como economía financiera tiende a limar aristas para mantener los balances saneados. Nada de esto se le escapa a Putin, de nuevo más decidido que sus competidores-adversarios, que se ha apresurado a recordar que, si se imponen sanciones a Rusia, los perjuicios se extenderán a los sancionadores. Y no hay duda de que está en lo cierto, porque para la UE es imprescindible tener garantizado el suministro de gas en las condiciones de regularidad, eficacia y precio ahora vigentes, 6.000 empresas alemanas operan en Rusia y, cuando llega el verano, los turistas rusos son de los más dispendiosos, por citar solo algunos de los vínculos más conocidos entre las economías rusa y occidental. ¿Puede saltar por los aires esa trama de intereses a causa de Crimea?

Putin marca los tiempos en Ucrania

Ucrania tiene dos almas y una de ellas habla ruso. He ahí la razón primera, que no la única, de la fractura social y la crisis política que soporta el país desde hace meses. A partir de ahí, la Ucrania surgida en 1991 de la descomposición de la URSS se debate en un mar de confusiones, dudas y medias verdades en el que se entrecruzan el choque de identidades, diversas formas de nacionalismo, a veces xenófobo, el oportunismo de políticos cuya notoriedad obedece a una situación desquiciada, europeístas convencidos y el temor de las comunidades ucraniana y rusa de quedar al margen de la historia si no logran imponer su punto de vista. El paisaje forma parte del álbum familiar de los pueblos situados en la periferia de Rusia, de la tensión multisecular entre la herencia asiática y la impronta europea, de la opinión muy extendida en el nacionalismo ruso de que el territorio ruso no puede tener otro límite admisible que el del área rusohablante.

Para completar la complejidad del problema no puede soslayarse la realidad histórica de que el origen común de Rusia y Ucrania a partir del rus de Kiev –siglos IX y X–, una referencia que incorpora a veces relatos improbables, pero invocados con frecuencia por la comunidad rusófona para argumentar que la asociación con Rusia debe tener preferencia por encima de cualquier otra. Algunos analistas comparan la relación emotiva del nacionalismo ruso con Ucrania con el del nacionalismo serbio con Kosovo, pues fue en Kosovo Polje, cerca de la Pristina moderna, donde fue derrotado el último zar serbio en 1389 por el sultán otomano Murad I, episodio capital en la construcción del imaginario colectivo de la identidad nacional serbia. Y, como sucedió en Kosovo con Serbia, resulta poco menos que sacrílego para el nacionalismo ruso –el papel político desempeñado por la Iglesia ortodoxa rusa no es menor– imaginar una Ucrania alejada de los intereses rusos y mediatizada por Occidente.

Claro que los ingredientes emotivos del caso no son los únicos, aunque pesan mucho. Además de la creencia muy extendida en la comunidad académica de que “Rusia sin Ucrania es un país, pero Rusia con Ucrania es un imperio”, el presidente Vladimir Putin tiene razones políticas y económicas de peso para oponerse a una vinculación comercial preferente de Ucrania con la UE. La primera es garantizar que el gas ruso fluirá sin problemas por la red de gaseoductos ucraniana hasta que estén en pleno funcionamiento canales de distribución alternativos. La segunda es la necesidad de mantener una posición preferente en un mercado de más de 40 millones de consumidores que las empresas exportadoras rusas entienden que forma parte de su patio trasero. La tercera razón, tan importante como las dos anteriores, es la existencia en el puerto de Sebastopol de la base en régimen de arrendamiento de la flota rusa en el mar Negro.

Cuatro mapas elaborados por ‘The Washington Post’ en los que queda reflejada la delimitación de las áreas de cultura ucraniana (oeste) y rusa (este). Arriba, a la izquierda, el reparto del país entre ambas comunidades; arriba, a la derecha, la división étnico-lingüística; abajo a la izquierda, el resultado de la elección presidencial del 2004, y a la derecha, el del 2010.

Aun así, algunos analistas rusos dudan de que Putin haya optado por la mejor de todas las alternativas posibles para defender los intereses rusos. “De hecho, el acuerdo de asociación UE-Ucrania podría beneficiar a la vez a Ucrania y Rusia, especialmente en mayores intercambios comerciales, sociales y culturales”, han escrito dos analistas rusos en The Moscow Times. Oleh Havrylyshyn y Svitlana Kobzar recuerdan que a partir del ingreso de Polonia en la UE las cifras de negocio no solo no cayeron, sino que “crecieron desde los 4.000 millones de dólares en el 2004 a más de 10.000 millones”. Y, en el mismo periódico, otro análisis de la situación publicado con anterioridad se tituló significativamente La estupidez ilimitada de Yanukóvich, en alusión a las salidas a la crisis cegadas por el presidente ucraniano para proteger a su hijo mayor y al círculo de amigos que le acompaña, “todos asquerosamente ricos”, a quienes se identifica como los verdaderos gobernantes del país.

La torpeza de Viktor Yanukóvich para enderezar la situación da la razón a cuantos ven en él a alguien incapaz de comprender las consecuencias de sus acciones a largo plazo. Las etapas quemadas por el presidente ucraniano desde que rechazó la asociación con la UE, el 21 de noviembre del año pasado, han transmitido la imagen de alguien obligado a improvisar, forzado por las circunstancias, enfrentado a una oposición cada vez más envalentonada, aunque también más desdibujada a causa del aterrizaje en la vía pública de los portavoces de un nacionalismo radical y excluyente, bastante alejado del ideario europeísta y que, contra lo que pudiera pensarse, apenas han hecho referencia al encarcelamiento de la exprimera ministra Yulia Timoshenko, condenada en un oscuro proceso sin garantías. De forma que los rostros de quienes dirigen a la oposición en la calle destacan más por la determinación en la acción directa y el acoso al Gobierno hasta lograr su dimisión que por la defensa de un programa viable que evite sumir al país en el caos.

Esa doble realidad –un presidente debilitado y una oposición sin proyecto– agudiza en la sociedad los efectos de la división. El diario liberal The Washington Post ha comprobado sobre el terreno la profundidad de la fractura entre las comunidades ucraniana y rusa. La división es categórica: al oeste habita la población que se siente más apegada a la herencia ucraniana; al este, la que se siente parte integrante del universo ruso. “La viabilidad del futuro ucraniano supera la idiosincrasia de los gobernantes porque deben conjugar dos enfoques totalmente diferentes e irreconciliables”, según un bloguero ruso cuyo diagnóstico es fácil compartir.

Aunque, a decir verdad, no hay una incompatibilidad insalvable entre el proyecto original de Yanukóvich de acercarse a la UE y la pretensión rusa de mantener a Ucrania en su órbita.Pero las apariencias engañan si, como piensa el profesor Zbigniew Brzezinski, que fue consejero de Seguridad Nacional del presidente de Estados Unidos Jimmy Carter, existe algún tipo de acuerdo secreto ruso-ucraniano. En este caso, el margen de maniobra de Yanukóvich sería muy pequeño y estaría obligado a atenerse a los dictados del Kremlin con la disciplinada obediencia de los últimos meses. Según Brzezinski, Rusia necesita a Ucrania y, por añadidura, quiere desterrar del pensamiento europeo la hipótesis de un futuro con una extensión por el este de los límites de la UE y de la OTAN.

George F. Kennan (1904-2005), diplomático estadounidense.

Que el 40% de la población ucraniana quiera acercarse a Europa es un dato a tener en cuenta, pero dista de ser un argumento concluyente en el proyecto ruso a medio plazo de recuperar la influencia perdida, condicionar la orientación política de algunos de los estados que un día fueron repúblicas de la Unión Soviética y contrarrestar el despliegue en Europa del escudo antimisiles. La sensación rusa de vivir cercada por adversarios reales o potenciales forma parte de la tradición histórica de la gran nación, esforzada siempre en la empresa de garantizarse salidas al mar y delimitar su área de influencia política, económica y cultural. Putin bebe en las fuentes de esta tradición, subrayada por un estilo autoritario, a menudo despótico, que entronca con otra tradición, la del zar bueno, duro, justo y magnánimo, cuya consagración internacional en nuestros días depende de episodios tan distintos como la liberación del explutócrata Mijail Jodorkovski, el dispendio asociado a la celebración de los juegos olímpicos de Sochi o las exhibiciones de músculo y valentía en prácticas deportivas de riesgo.

Pero no solo la tradición alimenta y explica la sintonía entre Putin y la mayoría social rusa. También cuenta la poca habilidad exhiba por la UE para presentar el acuerdo con Ucrania como un paso más en el acercamiento de las fronteras económicas comunitarias a las occidentales de Rusia. La visita de Putin a Bruselas para entrevistarse con Herman Van Rompuy y José Manuel Durao Barroso tenía que ser forzosamente un compendio de frialdades porque el presidente ruso considera que es él quien debe marcar los tiempos en la crisis ucraniana; la mediación de Catherine Ashton en Kiev entre Gobierno y oposición no tiene mejor pronóstico. Quizá no se haya extinguido por completo en el pensamiento ruso –tampoco en el occidental– la cultura de la guerra fría, y Ucrania solo pueda ser cosa de Rusia después del periodo de desbarajuste que siguió a la quiebra de la URSS; quizá aún sea útil el realismo practicado por el diplomático estadounidense George F. Kennan, autor de frases tan rotundas como la siguiente: “La mejor cosa que podemos hacer si queremos que los rusos nos dejen ser americanos es dejar a los rusos ser rusos”.

Todo el mundo sabía cuáles eran sus límites en el mundo de la guerra fría, hasta dónde podía inmiscuirse en los asuntos de su adversario y cuándo debía levantar el pie del acelerador. Aquel era un mundo cargado de sobreentendidos y ajustado a unos rituales estrictos, pero la estabilidad de las relaciones entre las grandes potencias fue en aumento a partir de la crisis de los misiles de Cuba (octubre de 1962), incluso en épocas difíciles; aquel era un mundo dotado de vías de escape cuando las relaciones entre las superpotencias empeoraban; aquel era, al mismo tiempo, un mundo que consagró la injusticia y sacrificó grandes áreas geoestratégicas en aras de la estabilidad y de la seguridad. ¿Saben hoy cuáles son sus límites los implicados en la gestión de la aldea político-económica global?  No hay formar de contrarrestar la sensación de que, demasiado a menudo, manca finezza.

Turquía y Egipto se atascan, Irán avanza

Turquía, Egipto e Irán ocupan los puestos 53, 114 y 144 en el Índice de Percepción de la Corrupción que anualmente publica Transparencia Internacional desde 1995. Los tres países compiten por subrayar su condición de potencias regionales en un área que se desangra en Siria y que cobija el conflicto palestino-israelí, que se remonta a 1947. Hasta la fecha se prestó poca atención a estos datos inquietantes, pero desde el pasado verano se han sucedido los cambios en los biorritmos de los tres estados, y hoy, al empezar el 2014, se dan una serie de circunstancias nuevas que parten de una paradoja: el menos transparente de los actores en pugna, Irán, es el que más deprisa mejora su estatus internacional mediante la negociación de su programa nuclear, mientras que el teóricamente más asentado en las convenciones internacionales, Turquía, parece haber perdido algo más que el rumbo a causa de una epidemia de casos de corrupción que llegan hasta la sala de estar del primer ministro Recep Tayyip Erdogan.

En medio se encuentra Egipto, sometido a la corrección castrense de su primavera desde que la plaza Tahrir aplaudió el 3 julio que los generales se hicieran cargo de la situación. La resurrección del mubarakismo sin Hosni Mubarak, posible como en el pasado por la contribución a la causa de una parte de los políticos civiles, no deja de ser otra paradoja, una más, porque fue el laicismo sin uniforme el que puso el grito en el cielo a causa del programa emprendido por el islamista Mohamed Mursi, y es hoy el que teme que todo vuelva a su estado primigenio, con la política en los cuarteles. Es decir, con la política reducida a un instrumento de corrupción a gran escala que, desde hace décadas, ha hecho de los centuriones los grandes gestores de la economía y de la relación de Egipto con Israel, sin que los partidos puedan dar su opinión.

El caso es que la estabilidad de la región depende entre otros factores de que el triángulo turco-egipcio-iraní responda a un sistema equilibrado de relaciones. El profesor Fadi Hakura, del think tank independiente británico Chatham House, afirma: “A pesar de que crecen los desafíos para la posición regional de Turquía, el hecho de ser miembro de la OTAN y su situación geoestratégica le aseguran no ser ignorada en Oriente Próximo”. La frase es aplicable a Egipto e Irán, con sus propios desafíos regionales  y con los riesgos inherentes a entramados institucionales en los que pesan tanto o más las relaciones personales que las leyes.

Lo que sucede en Egipto de forma singularmente relevante es que, además, forma parte de la lucha sectaria entre el mundo suní, que se atiene a los designios de los petrodólares saudís, y el mundo chií, agrupado detrás del programa nuclear iraní. Las finanzas públicas egipcias se encuentran técnicamente en quiebra y han sido los petrodólares los que han evitado que, a la caída de Mursi, siguiera la ruina del Estado. El precio para evitarlo ha sido sumarse a lo que el especialista Fanar Haddad reputa guerra sectaria, a la que se han acogido las monarquías del Golfo “como parte de un esfuerzo de propaganda para salvar sus tronos”. Salvarlos, se entiende, de la capacidad de impregnación de las primaveras árabes, que obligaron al petroislam a ponerse en guardia.

Esa disputa confesional, muy presente en la agenda política iraquí, no debiera ser trascendente en Turquía, ajena al conflicto. Pero allí han llegado a las primeras páginas de los periódicos las miserias de un poder venal, entregado a la corrupción, y la incapacidad del primer ministro de escuchar a sus adversarios políticos en el Parlamento y en la calle. Si el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP por sus siglas en turco) dejó jirones de su prestigio en las jornadas de junio en la plaza Taksim, y si la actitud de Erdogan dio pie a abrigar toda clase de reservas acerca de su compromiso con los usos democráticos, hoy no hay duda sobre la incapacidad del poder para aceptar que hace falta sanear los cimientos del edificio. Mientras la lira turca se hunde en la bolsa de Estambul –su cotización ha caído más de un 20% en once meses–, Erdogan habla de una “conspiración internacional para hundir a su Gobierno”, pero el análisis del Financial Times resulta bastante más convincente: los inversores extranjeros están preocupados porque el Gobierno “ha tratado de aumentar el control sobre las autoridades judiciales” para detener la investigación por corrupción y temen por la seguridad jurídica de sus negocios.

Las incógnitas planteadas en junio por el islamismo moderado turco se han agrandado. El presunto espejo en el que deben mirarse otras experiencias similares, presentes o futuras, devuelve la imagen elocuente de una estructura de poder sin capacidad de regeneración, encerrada en sus propias convicciones y condicionada por una red de intereses opacos. Que sus competidores regionales exhiban una opacidad aún mayor, fruto de economías fuera de todo control independiente, no es ningún consuelo para cuantos pensaban que de los equilibrios turcos entre religión y Estado podía surgir una tercera vía con capacidad de transformarse en un poder arbitral, no árabe y no contaminado por las debilidades estructurales del mundo árabe y del litigio histórico entre sunís y chiís en el golfo Pérsico.

En sentido contrario, la teocracia iraní hace tiempo que dejó de ser una referencia o fuente de inspiración. Occidente dio por amortizado hace tiempo el fundamentalismo religioso de los ayatolás y, después de la desorientación inicial y la política de sanciones desencadenada por el programa nuclear promovido por los clérigos, ha dado con un interlocutor –el presidente Hasán Rohani– dispuesto a sacar el máximo partido de la situación. Dicho de otra forma: los acuerdos del 24 de noviembre relativos al programa nuclear iraní y la aplicación concreta de los mismos, pactada por Irán con el G5+1 al acabar el 2013, no entrañan ninguna transformación del régimen, sino la incorporación de este a la comunidad internacional sin levantar sospechas o, al menos, sin alarmar como lo hizo hasta fecha reciente. A eso se le puede llarmar política de supervivencia. Nadie piensa que Rohani, salido de las filas del sistema, es un reformista empeñado en cambiar la textura de la república islámica, sino que más bien se ve en él al posibilista dispuesto a mejorar la economía de su país –aumento de las exportaciones del petróleo– y a desempeñar el papel de actor regional necesario tanto en Líbano como en Siria, por más que Israel ve las cosas de forma muy diferente.

Así es como Irán ha transferido a Turquía y Egipto, a pesar del apoyo de Estados Unidos a los generales, el papel de potencias regionales inciertas. No es que se hayan desvanecido por ensalmo las incertidumbres que acompañan la praxis política de los ayatolás, es que estos han aceptado las reglas del juego para tener acceso a los 100.000 millones de dólares en cuentas iranís congeladas en bancos extranjeros y para reactivar los ingresos del petróleo, que hoy son solo la mitad de los posibles a causa de las sanciones impuestas por la comunidad internacional, según cálculos bastante certeros hechos por el diario conservador británico The Times. Los líderes iranís han aceptado la tozuda realidad: solo sometiendo su programa nuclear a tutela internacional podrán recuperar la cartera de clientes perdida durante la presidencia de Mahmud Ahmadineyad, que tanto ha dañado el desarrollo de la economía iraní y, quizá, el apego de una parte de la sociedad urbana a los dictados del líder espiritual Alí Jamenei.

¿Qué reglas del juego están dispuestos a aceptar Erdogan en Turquía y el general Abdul Fatá al Sisi en Egipto para recuperar la confianza internacional en sus peripecias personales. No es suficiente que las encuestas otorguen al primer ministro turco una intención de voto por encima del 45% ni que un coro de civiles sometidos al bastón de mando de Al Sisi anuncie la buena nueva del restablecimiento de la democracia al día siguiente del referendo constitucional del 14 y 15 de enero. Porque en ambos casos prevalece y prevalecerá la sensación de inestabilidad, de divorcio entre las plazas que reivindicaron la modernización y la neutralidad del Estado y los despachos, donde se desarrolla una estrategia destinada a asegurar la permanencia en el poder de quienes ahora lo tienen, cueste lo que cueste.

Putin tira de Ucrania

La decisión del presidente de Ucrania, Viktor Yanukovich, de suspender la firma del acuerdo de asociación con la UE ha hecho bajar a las calles de Kiev a la oposición europeísta y ha puesta en circulación teorías más o menos verosímiles acerca de los proyectos de futuro del presidente de Rusia, Vladimir Putin. Lo menos que puede decirse es que frente a una sociedad dividida en dos mitades iguales –la partidaria de una Ucrania rusificada y la que sueña con la construcción de una identidad genuinamente ucraniana–, a la UE le ha faltado habilidad para cerrar la negociación y a Rusia le han sobrado recursos para presionar al Gobierno ucraniano. Dicho de otra forma: la condición bipolar o de puente de Ucrania con Europa occidental y Eurasia ha sido mejor explotada por Rusia, que avizora la creación de una zona de libre comercio que incluya algunas de las antiguas repúblicas soviéticas con más posibilidades de desarrollo.

La operación puesta en marcha por Putin pretende dar respuesta económica a las dos grandes preguntas que se formula el universo ruso desde los días de Pedro el Grande (siglo XVIII): cuáles son los límites de Rusia y qué acervo cultural debe prevalecer en la construcción de la identidad rusa, el de raíz europea o el de inspiración asiática. Frente a la búsqueda de soluciones románticas para el crucigrama nacional, Putin ha preferido remitirse a la realidad de un espacio económico y político, con piezas complementarias y dirigido por Rusia, que incluya por lo menos a Ucrania, Bielorrusia y Kazajstán, sin excluir más incorporaciones a poco que sea posible. Y, ante un proyecto de tales características, se multiplican las voces de alarma que advierten de una eventual reconstrucción del imperio soviético a través de la Unión Euroasiática.

El analista Nicolai N. Petro, que fue en su día asesor especial del presidente George H. W. Bush para la política con la Unión Soviética, desacredita estos temores en las páginas de The New York Times: “Rusia será siempre la fuerza dirigente de la Unión Euroasiática, aunque en menor medida conforme se unan más naciones. Pero la idea de que Rusia está dispuesta a restablecer la antigua Unión Soviética mediante el estrechamiento de los lazos económicos y comerciales es simplemente ridículo. Por una razón: la soberanía de los estados es la piedra angular de la Unión Euroasiática”. Petro estima más intrusivo para las soberanías nacionales el funcionamiento de la Unión Europea que la organización que quiere poner en marcha Putin.

Otros ven en los planes del presidente ruso una versión actualizada de la soberanía limitada y motivos suficientes para perseverar en la occidentalización de Ucrania. Al hacerlo, justifican indirectamente la reacción rusa ante el proyecto de asociación de Ucrania con la UE porque enuncian los objetivos para la región de Estados Unidos y sus aliados. El profesor Damon Wilson, vicepresidente del think tank Atlantic Council, concreta tres grandes referencias generales que explican la oferta de asociación hecha por la UE a Ucrania y también la oposición rusa:

  1. Las relaciones de la UE con seis exrepúblicas soviéticas –Ucrania, Moldavia, Bielorrusia, Georgia, Azerbaiyán y Armenia– tendrán grandes consecuencias estratégicas para Estados Unidos.
  2. La ampliación de la UE y de la OTAN son los dos grandes pilares de la Europa en paz posterior al final de la guerra fría.
  3. Estados Unidos debe tomar la iniciativa en las preocupaciones en materia de seguridad de las antiguas repúblicas soviéticas.

Consumo de gas ruso en Europa en el 2011 y gasoductos alternativos a la red que cruza Ucrania. Fuente: Novosti.

Visto desde el lado de Rusia, los objetivos enunciados por Wilson son más que suficientes para comprender que las presiones sobre el Gobierno ucraniano no cesaran hasta que el presidente Yanukovich decidió el 28 de noviembre no firmar en Vilna el acuerdo de asociación con la UE. Pero hay otro factor de presión que atañe a la política de las cosas, y que Putin utilizó sin miramientos: los contratos de suministro de gas a Ucrania y las dudas que ensombrecen la vigencia de los firmados por Gazprom con el Gobierno de Yulia Timoshenko, que cumple una condena de prisión de siete años justamente a causa de las condiciones aceptadas, entiéndase los precios, considerados muy gravosos.

Si Ucrania huele a gas desde el día siguiente a su independencia, el abrazo del oso de Putin del que habla Damon Wilson es más que nunca indisociable de la política gasista que Rusia desarrolla desde la primera gran crisis de distribución, en el 2006. La red de gasoductos que construye Rusia para transportar gas desde el corazón del país hacia los mercados de la UE excluye el territorio de Ucrania y, en consecuencia, la priva de un instrumento de presión –el mantenimiento de la red de distribución– a la hora de negociar los precios de un combustible esencial para Europa occidental. Para el Gobierno de Ucrania no hay otra forma de compensar el debilitamiento ante Rusia que dar preferencia a la zona de libre comercio que promueve Moscú: precios del gas más asequibles a cambio de un trato de privilegio para los productos rusos, dicho de forma resumida.

Las especialistas Melinda Haring y Laura Linderman añaden a lo dicho que Ucrania es un ejemplo de libro de lo que se conoce como basket case, expresión aplicada a aquellos países cuya economía se halla en muy mala situación. Se remiten al estudio realizado por el economista sueco Anders Aslund, reputado analista de la transición de las economías planificadas a las de mercado. A tenor de los trabajos de Aslund, “Ucrania tiene una fuerte dependencia de los subsidios de Rusia y los precios reducidos del gas”, afirman Haring y Linderman, que añaden que Yanukovich necesita mantener al país a flote si quiere tener posibilidades de ganar en las elecciones del 2015, que se decidirán por un estrecho margen, según todos los sondeos.

Claro que para llegar a la cita del 2015, el presidente ucraniano tiene que acallar la protesta de la calle con gestos específicos que vayan más allá de las protocolarias excusas dadas por el primer ministro, Mikola Azarov, por la contundencia policial. Sin una aproximación a la parte de la sociedad ucraniana movilizada para reclamar la asociación a la UE, arraigará más y más la impresión de que está en marcha una operación que forma parte de “un tipo de orden neoimperial”, según expresión acuñada por Stephen Sestanovich, integrante del Council on Foreign Relations. Que se corresponda esto más o menos con la realidad carece de importancia si en el ánimo de la opinión pública se asienta la idea, porque esa opinión pública que desea dar la vuelta a la situación cree que el gas no vale una misa (las exigencias de Putin). Al mismo tiempo, los ucranianos que siguen preguntándose por qué un día tuvieron que dejar de ser rusos, entienden que seguir por la senda política de Putin es la forma adecuada de hacer que las cosas vuelven a su sitio en un litigio irresoluble entre comunidades que miran en direcciones opuestas.

Entre unos y otros se encuentra un Gobierno debilitado, del que la UE esperaba más, según Angela Merkel, al que Rusia exige más y al que los estrategas del futuro quieren situar en el mapa de la comunidad occidental y de la comunidad euroasiática, según los casos. ¿Es posible una solución que complazca a todo el mundo? Resulta harto difícil vislumbrarla porque Ucrania es demasiado importante en el imaginario colectivo ruso, que se remonta al Rus de Kiev (siglos IX al XI), porque Rusia aspira a recuperar su condición de potencia necesaria, porque Ucrania necesita que el gas llegue a todas partes a un precio razonable, porque la UE aspira a ampliar los mercados sin recurrir a aventurados procesos de ampliación y porque, en fin, Estados Unidos quiere seguir siendo la potencia que arbitre en el escenario europeo, como explica el profesor Wilson. Demasiados porqués para atemperar las pasiones.

 

 

Gran Hermano de última generación

“Doce años después de los atentados del 11 de septiembre, la cuestión sigue siendo encontrar un equilibrio entre seguridad nacional, libertades públicas y derecho a la información”. Ese es el quid de la cuestión una vez más, formulado en la edición del martes del diario progresista francés Le Monde por su directora, Natalie Nougayrède. Ese es el meollo del asunto llevado otra vez al primer plano de la reflexión periodística y académica, política y social, después de que el periódico revelara una operación masiva de espionaje de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA, por sus siglas en inglés), que acumuló metadatos de 70,3 millones de comunicaciones telefónicas realizadas en Francia entre el 10 de diciembre del 2012 y el 8 de enero del 2013. No se trata de quebrar el funcionamiento de los servicios encargados de garantizar razonablemente la seguridad colectiva de los ciudadanos, sino de fijar límites para preservar la vida privada. Se trata, en suma, de dar a conocer prácticas que “permiten leer en nuestras vidas, nuestros contactos y nuestras opiniones como en un libro abierto”, escribe Nougayrède con acierto.

Los esfuerzos del Gobierno de Estados Unidos para desprestigiar a Edward Snowden, artífice de las revelaciones, a quien presenta como un traidor que debilita la seguridad nacional, no afectan al fondo del asunto: la consideración de sospechosos habituales aplicada a millones de personas en países aliados, incluidos presidentes y primeros ministros –35 líderes mundiales, según el diario británico The Guardian–, cargos electos, empresarios y legiones de ciudadanos cuya única característica común es ser usuarios de las redes de telecomunicaciones. Tampoco afecta al nudo de la trama el hecho de que Snowden haya encontrado cobijo en Rusia, con rasgos cada vez más acusados de Estado mafioso, ni el desmentido del general James Clapper, director de la Inteligencia Nacional de Estados Unidos, que considera falsos los datos publicados por Le Monde, sin que, por lo demás, nadie haya dado crédito a sus palabras. Porque Clapper y, con él, aquello que se conoce como comunidad de inteligencia se sienten legitimados por la amenaza terrorista y por una cierta tradición nacional, aunque sean los aliados de la OTAN, Brasil, México y algún otro país amigo los escenarios del espionaje masivo.

Sede de la Agencia Nacional de Seguridad de Estados Unidos en Fort Meade (Maryland).

En el nicho ecológico de Clapper no tienen cabida las preguntas tantas veces formulada por moralistas y pensadores acerca de la bondad o no de un comportamiento. “¿Cómo podemos estar seguros de que una acción es justa?”, plantea el filósofo Isaiah Berlin en el ensayo ¿Existe aún la teoría política? En el delicado discurso del pensamiento de Berlin no hay sitio para una respuesta categórica, inequívoca, sino más bien para una reflexión matizada por las dudas que asoman a casa paso. “Descubrimos que no estamos seguros de lo que debemos hacer para aclarar nuestras mentes –escribió Berlin–, buscar la verdad, aceptar o rechazar respuestas anteriores a estas preguntas”.

El único enfoque posible en el mundo del espionaje, en Estados Unidos y en cualquier otro lugar, es el que se desprende del principio según el cual el fin justifica los medios. Sin apenas matices, lo que realmente cuenta no son los métodos, sino el resultado final obtenido a través de procedimientos que unas veces son honorables y otras, deleznables. Los regates en corto de la Administración de George W. Bush para justificar el recurso a la tortura en nombre de la seguridad constituyen una prueba bastante conocida de esa doctrina. A partir de ahí es relativamente fácil llegar a la conclusión de que el entramado institucional y legal de las democracias no es garantía suficiente para ponernos a salvo de la barbarie. Al contrario que en el pensamiento de Immanuel Kant, para quien la seguridad es “una cláusula mínima de protección que permite al sujeto experimentar la libertad”, de acuerdo con la síntesis de Michaël Foessel, los gestores de los servicios de espionaje entienden que para que ciudadanos libres experimenten la seguridad, deben aceptar un recorte de su libertad. La seguridad entendida como un derecho se convierte así en un valor conquistado por el que debe pagarse un precio.

En la atmósfera ideológica de Estados Unidos flota siempre, además, el legado de Leo Strauss (1899-1973) y sus discípulos, radicalmente convencidos de dos realidades: en primer lugar, “el liberalismo occidental conduce al nihilismo”, en expresión de uno de sus seguidores, el profesor Harvey Mansfield, de la Universidad de Harvard; en segundo lugar, Estados Unidos tiene el destino único de combatir a las fuerzas del mal en todo el mundo. En la Ley Patriótica, aprobada después de los atentados del 11-S, y en la utopía reaccionaria –otra vez, más seguridad a cambio de menos libertad–, defendida por los neocon, alienta la convicción de que la responsabilidad de una misión universal que cumplir justifica comportamientos bastante alejados de la lealtad entre estados aliados, la transparencia democrática y los sistemas de control institucional. Pero en los segmentos más tradicionales de la sociedad estadounidense, el pensamiento de Strauss no incomoda y en el mundo del espionaje y los servicios secretos proporciona elementos de convicción útiles para manejarlos ante la opinión pública.

Una de las grandes sorpresas es que el descubrimiento de un Gran Hermano de última generación que trabaja a toda máquina se haya producido durante la presidencia de un liberal pragmático, pero liberal al fin, como Barack Obama, el inquilino de la Casa Blanca que mejor ha caído a los europeos desde los días de John F. Kennedy. Aunque si se presta atención al comportamiento de la comunidad de inteligencia desde el final de la segunda guerra mundial, se llega fácilmente a la conclusión de que Estados Unidos, con independencia de la coloración ideológica de cada presidente, nunca ha dejado de husmear en la vida y comportamientos de los europeos por más aliados que sean. La diferencia es que ahora dispone de herramientas de las que antes carecía y cuenta con la colaboración entregada de los gigantes de las nuevas tecnologías, según pone de relieve un esquema por demás clarificador publicado por Le Monde.

La gesticulación europea ante todo esto no deja de ser una señal elocuente de impotencia. La pasividad o la sumisión ante el comportamiento de la NSA, roto episódicamente por los casos de espionaje en Francia, por la sospecha de que el móvil de Angela Merkel ha sido intervenido y de que, en fin, raro es el Estado europeo que no ha sido sometido a vigilancia –España también como cabe deducir de la decisión de Mariano Rajoy de citar al embajador  de Estados Unidos–, no hace más que corroborar la sujeción de la Unión Europea a una estrategia militar y política, la norteamericana, que no controla y en la que participa demasiado a menudo de forma harto simbólica. En los planes diseñados por la Casa Blanca, los departamentos de Estado y Defensa y las agencias federales de seguridad, es secundaria la aportación conceptual y práctica de Europa. Frente al multilateralismo diplomático y la colaboración con los aliados, tantas veces defendidos por Obama, se impone la realidad de una política de seguridad en la que los europeos son objeto de espionaje.

Las deliberaciones del Consejo Europeo de esta semana reflejan quizá un disgusto momentáneo, pero están lejos de forzar una alteración de los planes estadounidenses. La concomitancia del complejo tecnológico estadounidense con la Administración, que hace posible un rastreo sin fronteras, pone el control del espacio virtual, al menos en Occidente, en manos de Estados Unidos de forma casi exclusiva, erosiona el principio de igualdad y respeto entre aliados y confirma que los intereses del complejo militar-industrial, auxiliado por las nuevas tecnologías, se mantienen por encima de las urnas y los designios de los gobernantes. En realidad, puede que la libertad de tráfico y circulación en la red sea el mejor de los útiles para controlar las pulsiones de los usuarios –es decir, de todos–, porque en la medida en que se sepa cuáles son sus rutas de navegación, sus interlocutores telefónicos, sus amigos en Facebook o el contenido de sus mensajes en el correo electrónico, más detallado será el perfil del que dispondrán los servicios de información. He aquí la gran paradoja posible: libertad de movimientos para espiarnos mejor.

 

 

Obama, prisionero de las líneas rojas

El lenguaje barroco más recargado se ha adueñado del debate de las ideas y de los prolegómenos de una posible intervención militar de Occidente –Estados Unidos y Francia, por lo menos– en Siria. La solemnidad de algunas declaraciones apenas oculta las pocas ganas del presidente Barack Obama de enfangarse en la crisis, prisionero de las líneas rojas dibujadas por él mismo y que Bashar el Asad con toda probabilidad cruzó el 21 de agosto al desencadenar un ataque con armas químicas en un suburbio de Damasco. Nadie pidió a Obama –ni sus aliados ni la opinión pública– un compromiso de actuación tan explícito, que abre cuatro frentes de discusión, todos ellos erizados de espinas:

-¿Es legítima una intervención internacional en la guerra civil Siria sin contar con un mandato expreso de las Naciones Unidas?

-¿Qué garantías hay de que la intervención no se prolongará sine díe?

-¿Qué sucederá en Siria después de la intervención?

-¿Qué efectos tendrá sobre la precaria estabilidad en Oriente Próximo?

Víctimas del presunto ataque con armas químicas del 21 de agosto en Damasco.

El crucigrama puede ampliarse a poco que se piense en la situación en que queda la ONU si Estados Unidos desencadena el ataque antes de conocerse el informe de los expertos que despachó al teatro de operaciones. Aunque el exministro francés de Asuntos Exteriores Hubert Védrine invoca la legitimidad de una operación de castigo por “el horror de los hechos”, también reconoce que sentará un precedente por si no fuesen suficientes, aunque no comparables, los de Kosovo e Irak, por citar los más recientes. Aunque el presidente Obama sostenga que no fue él “quien fijó la línea roja”, sino la comunidad internacional mediante la Convención de 1993, que prohíbe el uso de armas químicas, muchos dudan de que se respete el derecho internacional si empiezan los bombardeos sin una resolución expresa de las Naciones Unidas.

La víspera de la reunión del G-20 en San Petersburgo, el presidente de Rusia, Vladimir Putin, forzado por su condición de anfitrión y para aligerar la atmósfera de la conferencia, dijo que se sumará a una operación de castigo si la ONU confirma que Asad utilizó armas químicas. El compromiso de Putin es de un oportunismo manifiesto –los inspectores solo podrán certificar, llegado el caso, que se utilizaron armas químicas, pero no, quién recurrió a ellas–, introduce elementos de confusión y en la práctica excluye un cambio en la posición de Rusia (y China) en el Consejo de Seguridad, donde se oponen a la intervención. Y si China, después de la cita del G-20, se presta a ser el emisario entre Estados Unidos y Rusia, lo hará dejando siempre a salvo su relación con Irán, cuyo régimen avala al de Asad.

Combatientes rebeldes con máscaras antigas fotografiados en mayo por Laurent Van der Stock, del diario francés ‘Le Monde’.

La carta firmada a última hora en San Petersburgo por diez aliados de Estados Unidos es poco más que una pieza de decoración. Aunque resulta sorprendente que algunos de los siganatarios –Mariano Rajoy, entre ellos– presten su rúbrica para reclamar una intervención contundente en Siria después de haberse acogido a la necesidad de conocer el informe de la ONU antes de adoptar una decisión definitiva, no es suficiente para borrar la impresión de que Obama está condenado a lidiar la crisis con menos apoyos efectivos de los deseados. ¿Es un episodio más del declive del gendarme universal o la confirmación de que lo que realmente desea Obama es reducir al mínimo imprescindible la implicación de Estados Unidos en el laberinto de Oriente Próximo? Es pronto para saberlo.

El analista estadounidense Anthony H. Cordesman, del Center for Strategic and International Studies (CSIS), atribuye a Obama una estrategia militar y diplomática inspirada en la pieza teatral Esperando a Godot, de Samuel Beckett. “La Administración siguió el guion de la obra de Beckett en la medida en que no definió las razones de lo que los actores estaban haciendo, por qué estaban esperando o qué iba a pasar después de la llegada de Godot”, escribe el experto del CSIS. Lo que con más ansia espera Obama es que la coalición gane socios, pero ni la OTAN ni la UE disponen de mayorías intervencionistas. Antes al contrario, el precedente del voto en contra de la Càmara de los Comunes a la disposición de David Cameron a entrar en acción ha retraído a los dudosos y ha afianzado en sus posiciones a cuantos se oponen a un ataque a Siria. La discusión parece cerrada para la mayoría desde el mismo momento en que el presidente de la UE, Herman Van Rompuy, ha dicho que la solución a la crisis siria solo puede ser política, y ni siquiera ha aludido a la ONU.

En el comportamiento de Obama y sus colaboradores se entrecruzan imprecisiones, contradicciones y el temor a que el presidente, que en el primer mandato se consagró como el vencedor de Osama bin Laden, forje en el segundo una imagen más cercana a la de Neville Chamberlain. Esa es, al menos, la referencia más utilizada por una parte de la derecha neoconservadora, que hace alusiones constantes a la segunda guerra mundial, cuando nada se parece menos a la crisis actual, por muy dubitativo y partidario de la política de apaciguamiento que se muestre Obama. Como dice Conor Friedersdorf en la revista liberal The Atlantic, la derecha dura tiene interés en situar el momento en un cruce de caminos similar al de 1938, pero no se trata más que de una simplificación grosera de los acontecimientos. Es más, hay razones suficientes para temer en igual medida al régimen sirio que a las consecuencias de su hundimiento.

Tanto en Estados Unidos como en Francia se multiplican los vaticinios más lóbregos, aquellos que presentan la caída de Asad como el ascenso de una combinación ingobernable de fuerzas sometidas a las armas de los islamistas radicales. La intención de Occidente de promover la figura de un Hamid Karzai bis en la persona del general Alí Habib, que desertó del régimen sirio, tiene pocas posibilidades de convertirse en una salida de consenso y, en cambio, la movilidad de organizaciones como Nusra y Estado Islámico en Irak y Siria, con la ayuda de Irán y de Hizbulá –en la práctica, es lo mismo–, tienen grandes posibilidades de escribir el futuro. El especialista C.J. Chivers entiende que este es el gran dilema de Occidente, más allá de las razones coyunturales a favor y en contra de la intervención: debilitar a Asad sin controlar los acontecimientos que seguirán o dejar las cosas como están y prolongar la carnicería.

Manifestación contra una intervención de Estados Unidos en Siria, el 31 de agosto en Washington.

El dilema se puede hacer extensivo a las opiniones públicas de las sociedades democráticas, conmovidas por la matanza, pero alarmadas por las imágenes de las ejecuciones sumarias de presos perpetradas por grupos rebeldes y la imposición de la sharia en algunos lugares bajo control islamista. Los sondeos en Francia revelan que el 74% de la población se opone a la presencia en Siria, pero esa misma población se moviliza para paliar las consecuencias de la crisis de subsistencias que deben afrontar dos millones de refugiados y cuatro millones de desplazados. En Estados Unidos, el recuerdo de Irak pesa como una losa y son pocos los que creen que están en juego intereses vitales; el recurso al armamento químico repugna a las conciencias, pero resulta insoportable la perspectiva de otra larga y lejana guerra. En ambos casos, los comandantes en jefe prometen una actuación limitada en el tiempo y sin soldados en tierra, pero después del primer disparo todo es posible.

Superados largamente los 100.000 muertos, dividida la Liga Árabe de forma irremediable, abierta la disputa por la hegemonía regional –Egipto, Turquía– y sumidas en el ocaso las primaveras, las incertidumbres paralizan a los estrategas. Pero al activar los resortes de la intervención, llevar el asunto a los respectivos parlamentos y buscar aliados, Obama y Hollande han situado la partida en un punto de no retorno. Si ahora hiciesen marcha atrás, la credibilidad de ambos resultaría dañada sin que mejorara la de la ONU, condenada a la parálisis por el derecho de veto de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad. No se vislumbran luces en el horizonte.