Trump ya tiene su Watergate

Los  vapores nauseabundos del caso Watergate empiezan a envolver la atmósfera viciada de la Casa Blanca a causa de las prácticas poco convencionales del presidente Donald Trump y su equipo. Los prolegómenos de este Rusiagate que todo lo contamina reúne demasiados ingredientes coincidentes o que recuerdan aquel otro escándalo que costó la presidencia a Richard Nixon en 1974. Como entonces, medios prestigiosos vituperados desde el Despacho Oval han puesto manos a la obra para, en este caso, desvelar el argumento no escrito del camino seguido por Trump para ganar las elecciones en noviembre con la ayuda de Vladimir Putin. Como ha escrito John Yoo en The New York Times, de momento no hay constancia de que el presidente haya obligado a mentir a algunos testigos, haya destruido pruebas o haya bloqueado el trabajo de agentes del FBI, pero se multiplican las sospechas de que todo esto ha podido suceder.

En una de sus informaciones del jueves, el mismo diario utiliza el verbo engulf (envolver) para referirse a la situación de Trump, origen de todas las dudas y envuelto en la investigación que dirigirá el fiscal especial Robert S. Mueller, exdirector del FBI (2001-2013), para esclarecer si en efecto el Kremlin intervino en la campaña del presidente. Pero engulf tiene otras acepciones o posibles traducciones más inquietantes –tragar, sepultar–, que presagian que se cierne sobre Washington una tempestad política y constitucional habida cuenta de que el foco de la investigación apunta a la cima del sistema. Y al enumerar las preguntas que de una u otra forma saldrán al paso del trabajo de Mueller se hace aún más evidente la inconmensurable dimensión del conflicto, desde la interferencia rusa en la campaña a la por lo menos sorprendente decisión del presidente de facilitar a Serguei Lavrov información en materia de seguridad obtenida por otra potencia –quizá Israel– y que puede poner en riesgo a quienes la obtuvieron.

Algunas de estas preguntas pueden formularse mediante enunciados muy simples, pero dan pie a respuestas eventualmente intranquilizadoras para los conciudadanos de Donald Trump, que pueden sentirse legítimamente defraudados por prácticas ajenas a la transparencia democrática exigible en cualquier proceso electoral. Al preguntar cuál fue el alcance de la intromisión rusa en la campaña, hasta dónde llegaron las presiones para que el FBI dejara de investigar la russian connection de Michael T. Flynn, efímero consejero de Seguridad Nacional, y qué información se llevó Lavrov a Moscú, facilitada por Trump, caben toda clase de respuestas alarmantes para el sistema, en general, para la continuidad en las tradiciones políticas de Estados Unidos y para la inconsistencia de un Ejecutivo que sigue creyendo que el Estado puede gestionarse como una empresa asociada a otras empresas. Sin sutilezas ajenas a la rentabilidad del momento, condicionado todo por la fijación de metas rentables y nada más.

Dice Donald Trump sentirse perseguido como no lo fue ningún otro presidente, una exageración sin duda. En todo caso, ninguno de sus predecesores empezó con tan mal pie, suscitando tantas dudas acerca de su capacidad para ocupar el puesto que ocupa y tan contestado en la calle. Pero hay más: desde que el republicano Kevin McCarthy le dijo a Paul Ryan, presidente de la Cámara de Representantes y asimismo republicano, que está convencido de que Putin paga a Trump (15 de junio de 2016) y James Comey, destituido por Trump como director del FBI, anotó en un memorándum que el presidente le exigía que dejara de investigar a Flynn (febrero de este año), puede decirse que se dispone de algo bastante cercano a pruebas documentales para colegir que algo huele a podrido en la Casa Blanca. Y es poco menos que imposible que el olfato de Mueller no lo detecte.

Es tan poco probable que el nombramiento de un fiscal especial, decidido por Rod J. Rosenstein, número dos del Departamento de Justicia, es un movimiento político lleno de riesgos para la estabilidad republicana. La CNN sostiene que los republicanos juegan al todo o nada, algo siempre peligroso, salvo que haya ganado adeptos la hipótesis desarrollada por uno de los analistas de Politico.com, insinuada varias veces las últimas semanas: que el establishment del partido daría por buena, impeachment mediante, una resolución de la crisis institucional con Mike Pence, vicepresidente ahora, en la presidencia, y Paul Ryan en la vicepresidencia. Un juego de manos, una componenda para serenar el republicanismo y apartar del puente de mando a la extrema derecha populista que lleva en él desde el 20 de enero.

Todo esto es algo más que una teoría de la conspiración ad hoc porque, salvo ingenuidad manifiesta, es imposible que Trump salga indemne del laberinto en el que se ha metido, rodeado de asesores inexpertos o poco rodados que son incapaces de ordenar la Administración, fijar prioridades y desarrollar un programa reconocible. Dana Milbank, un reputado analista de The Washington Post, sostiene que acaso el nombramiento de Mueller sirva para salvar al Partido Republicano y al presidente de sí mismos, pero es inimaginable que tal salvamento no deje algunas víctimas para preservar el sistema, respetar la división de poderes y salvaguardar el equilibrio entre Gobierno y Parlamento. Aquí no valen la posverdad, los hechos alternativos y otras zarandajas pensadas en el ala oeste de la Casa Blanca para construir una realidad virtual a gusto del presidente.

Por decirlo con palabras muy de cuando el escándalo Watergate: hay pistolas humeantes en el horizonte. En los días de Richard Nixon fueron las cintas grabadas en el Despacho Oval, que sumieron a la presidencia en el oprobio; hoy son las conversaciones de unos, las anotaciones de otros y esa transcripción del diálogo de Trump con Lavrov que reclaman los dos grandes partidos y que Putin dice estar dispuesto a entregar, aunque la fidelidad documental del presidente ruso sea más que discutible y la utilidad probatoria de lo que dé por escrito sea poco más que papel mojado. “Entonces como ahora el problema principal no es el delito en sí mismo, sino el intento de encubrirlo”, explica un analista de The Guardian al comparar las miserias del caso Watergate con esas otras miserias tan recientes, esa frase recogida por Comey de labios de Trump: “Espero que pueda dejarla” (la investigación sobre los contactos de Flynn en Rusia).

La mezcla explosiva de mentiras, encubrimientos y obstrucción a la justicia hace cada día más difícil que Trump pueda recuperar su imagen pública, incluso entre una parte de quienes lo votaron hace solo medio año. Al cumplir cuatro meses en el Despacho Oval, el desprestigio de la presidencia es de tal calibre que va más allá del simple desgaste personal del titular de la institución, alcanza al partido y agrava la fractura social en una sociedad profundamente dividida por dos visiones antagónicas, irreconciliables, del futuro de Estados Unidos. Como en los días del Watergate, lo excepcional se ha convertido en cotidiano, el presidente ha pasado a ser un sospechoso habitual y su equipo de colaboradores más cercanos ha quedado en evidencia, desacreditado por una política errática que incomoda a los aliados y carece de precedentes en la historia del país. Todos los hombres del presidente, la gran investigación periodística de Bob Woodward y Carl Bernstein, vuelve a ser de lectura imprescindible.

Información frente a populismo

“Soy lo bastante viejo para recordar cuando lo mejor acerca del populismo fue que no fue popular”, recuerda Chris Patten, canciller de la Universidad de Oxford, en un artículo difundido esta semana por diferentes medios. Hay en las primeras líneas del texto, titulado Populismo contra los medios, una sombra de añoranza muy parecida a la que se proyecta sobre una gran variedad de cabeceras, emisoras de radio, canales de televisión, plataformas digitales y toda clase de canales informativos que, de repente, sienten haber asumido el papel de última frontera frente a las estrategias de intoxicación informativa puestas en marcha por los conglomerados populistas que encabezan el asalto a las sociedades abiertas, a los valores de la democracia y al derecho a discrepar.

Mientras el diplomático español Emilio Menéndez del Valle se pregunta, sin asomo de retórica o provocación, si “está el régimen que Donald Trump comienza a establecer en EE.UU. a medio camino entre el tinglado de Putin y el de Xi”, el diario The Washington Post, una de las Biblias liberales de Estados Unidos, crea un equipo para desvelar las mentiras construidas por el equipo presidencial. Mientras Marine Le Pen, líder ultra francesa, fuerza una situación imposible en Beirut al visitar una mezquita, varias televisiones salen al paso de la provocación y se ocupan de recordar que mujeres con responsabilidades de gobierno o representación, han accedido a cubrirse la cabeza, entendiendo que el huevo muchas veces es más importante que el fuero. Mientras el corresponsal de Die Welt en Turquía, Deniz Yücel, es detenido bajo una extravagante acusación de terrorismo después de informar sobre la existencia de correos electrónicos comprometedores para un ministro, familiar del presidente Recep Tayyip Erdogan, varios periódicos europeos se movilizan para conjurar la arbitrariedad. Por no hablar de las autoridades de Polonia y Hungría, “ejemplos preocupantes de políticos que utilizan la retórica nacionalista y populista para alcanzar objetivos que apestan a autoritarismo incipiente”, dice Patten.

La diferencia entre Trump y Le Pen, por un lado, y Erdogan o los gobernantes húngaros y polacos, por otro, es que mientras estos últimos pertenecen a democracias degradadas (Turquía) o recién llegadas, las tradiciones democráticas en Estados Unidos y Francia cubren un muy largo recorrido. Puede decirse que el presidente de Estados Unidos y la líder del Frente Nacional han crecido en dos de las culturas democráticas más antiguas e influyentes, piedras sillares de las sociedades abiertas, de los regímenes deliberativos y de la libertad de opinión. Y en ambos casos, sin embargo, ven en el papel desempeñado por los medios, en el control de la prensa sobre el funcionamiento del sistema, el “partido de la oposición” en palabras de Steve Bannon, un demagogo de ultraderecha instalado por Trump en el Casa Blanca y en el Consejo de Seguridad Nacional.

Así es cómo la misión de la prensa en sociedades con un reparto pautado del poder ha cobrado de pronto una relevancia desconocida, más próxima a los periodos de excepción –la guerra de Vietnam, el caso Watergate, la transición española, entre otros momentos– que aquellos otros que transcurren sin grandes sobresaltos. Donald Trump ha activado los resortes de la contestación en los términos descritos por Antonio Franco el último viernes en EL PERIÓDICO: “Lo único que vertebra a quienes le plantan cara son las verdades que explican algunos medios de comunicación. Por eso el nuevo presidente los insulta y ha abierto un debate nacional sobre su legitimidad con dos eslóganes: Deben mantener la boca cerrada y Son los enemigos internos del país”.

En la agresividad ejercida desde el Despacho Oval advierte Patten una guerra contra los medios, y en la obsesión de considerar noticias falsas todas las que se apartan del halago, percibe el germen de una situación muchas veces repetida: “En los sistemas autoritarios o casi autoritarios, los medios se ven siempre como una amenaza, cuando no como objetivos para la represión”. Al mismo tiempo, los grandes medios razonablemente independientes adoptan una doble posición defensiva (de protección) y de escrutinio permanente de cuanto procede del poder. Una actitud muy próxima a la “moral del inconformista”, en expresión de Michel Foucault; una forma de contrarrestar la realidad virtual en construcción mediante hechos alternativos, un eufemismo desvergonzado que encubre lo que no son más que falsedades.

“Pensar es duro. La verdad es complicada. El enfoque es frágil. No hay duda: los tuits son excelentes para robar nuestra atención”, escribe el profesor Marty Kaplan. Pero aclara enseguida que la última frase no es un halago; es más bien una certificación, cabría añadir: la profusión de mensajes de 140 caracteres, una cadena interminable de parainformaciones, no da respiro a los seguidores, es una forma como cualquier otra de desviar la atención, de enturbiar la realidad sustentada en datos y de bloquear los mecanismos de análisis de los acontecimientos. Frente a esta fenomenología de lo que no da tiempo a comprobar, los medios cumplen una función crucial de esclarecimiento, sin que en ningún caso puedan pretender que son depositarios de una verdad absoluta e indiscutible, una característica de los tuiteros compulsivos que operan desde los despachos del poder o en su nombre.

Al mismo tiempo, los medios se asignan en muchas ocasiones la misión contraria al acercamiento a la realidad empírica: desafían algunos de los valores que desde hace mucho tiempo apuntalan “la salud y la vitalidad de la democracia”, subraya Chris Patten. Se refiere el articulista a algunos periódicos e informativos británicos a propósito del Brexit, pero no resulta especialmente difícil hacer extensivo el panorama a otros lugares, así se trate de Fox News, de la prensa que pilota Rupert Murdoch o de las televisiones rusas, controladas desde el despacho de Vladimir Putin sin ningún disimulo. No se trata de deslegitimar el pensamiento conservador frente al progresista, de ver en todas partes el fantasma del populismo o de poner bajo sospecha todo lo que queda fuera de la tradición liberal, sino de proteger la herencia liberal frente a quienes quieren destruirla utilizando, por cierto, instrumentos que solo existen en las sociedades democráticas de tradición liberal. Algo que ha descubierto demasiado tarde el republicanismo clásico en Estados Unidos, que transigió con la colonización del partido por la ultraderecha nacionalista en nombre de su eficacia electoral y que hoy no se reconoce en las bravuconadas amenazantes de Trump a todas horas.

Panamá, un universo paralelo

La teoría de los universos paralelos se ha concretado en las finanzas globales mediante el goteo de nombres que destilan todos los días los papeles de Panamá. Ha dejado de ser una suposición o sospecha que por debajo de la superficie del ya de por sí hermético mundo del dinero fluye un caudaloso río de oro que escapa al común de los mortales, aquellos que todos los años dan con los impresos en una ventanilla de Hacienda para pagar lo que les corresponde. Hay dos sistemas tributarios, pero solo tenemos conocimiento de uno de ellos –y no se trata de un conocimiento exhaustivo y comprensible–, mientras que el otro, el paralelo, no hay forma de localizarlo. O sí la hay, pero se trata de una mera aproximación a la realidad cuando el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación u otro grupo de esforzados logra internarse en el laberinto de las sociedades offshore, en la espesa trama que permite acumular fortunas exorbitantes sin tributar o haciéndolo de forma poco menos que simbólica en paraísos fiscales.

También el mito de la caverna tiene aquí su aplicación: encadenados a la suposición de que Hacienda somos todos, de espaldas a la entrada de la cueva, se deslizan sombras en la pared que son solo una aproximación confusa de la realidad. Sabemos que el mundo de la política, de los negocios, de las élites cultural, deportiva y del papel cuché desfilan sin cesar por detrás nuestro, pero no podemos saber cuántos son, de dónde proceden, cuánto guardan en la faltriquera. Una sensación de impotencia, cuando no de burla grotesca, se adueña de los contribuyentes al contemplar el espectáculo; unas clases medias desposeídas por la crisis económica se preguntan qué desvergüenza es esta farsa de pillos perfumados que acuden en procesión a Panamá, a Belice, a las islas Vírgenes, a las Bahamas, al archipiélago de las Caimán, a Jersey, a Gibraltar, al silencioso discurrir de Luxemburgo, al resplandor de Mónaco, al encubrimiento de los testaferros y de las sociedades fantasma para eludir impuestos.

Ha quedado al descubierto la vulnerabilidad de los estados o las pocas ganas de muchos de ellos de controlar las cuentas de según quién, algo asimismo intuido o sospechado. En muchos casos, solo la falta de voluntad política de perseguir a los contribuyentes huidizos explica la facilidad con la que han podido exportar el dinero. Y lo que de ello se deriva no es solo un debate legal o jurídico –puede incluso que algunas de las evasiones no sean tales, sino operaciones de ingeniería contable amparadas por la ley–, sino moral y ético acerca de la viabilidad de modelos sociales que descansan sobre el principio de la redistribución de una parte de la riqueza, de la obligación tutelar del Estado para garantizar que el mecanismo funcione y para neutralizar las vías de escape de cuantos, al viajar a los paraísos fiscales, se desentienden de la suerte de sus conciudadanos.

Desde el mismo momento en que los papeles de Panamá ocuparon las portadas, los gobiernos aparecieron ridículamente desnudos ante la opinión pública. La multiplicación de declaraciones y promesas de actuación para dar con cuantos buscan refugio en el confort panameño es de una pobreza moral y política execrable; el compromiso de abrir de nuevo la lista de paraísos fiscales y someterlos a estricta vigilancia, no lo es menos. ¿Por qué se hará ahora lo que no se hizo antes, por qué los ideólogos de las amnistías fiscales (en España y en otros lugares) extremarán ahora el celo fiscalizador (de fisco)? Ambas preguntas están doblemente justificadas: porque en la documentación de Panamá aparecen políticos de diferentes lugares, cuya función, entre otras muchas, es evitar que engorden las finanzas globales opacas, y porque, sin la iniciativa de unos particulares que porfiaron hasta obtener la información, ninguna de esas promesas hubiese llegado a los telediarios. Es más, las artes prestidigitadoras del bufete Mossack Fonseca alcanzaron fama universal en según qué ambientes mucho antes de que estallara el escándalo, el despacho dispone de una web como cualquier sociedad mercantil, opera en 40 países y, por si no fuera suficiente, en fecha tan reciente como el mes de enero las autoridades brasileñas acusaron a cinco de sus empleados de blanqueo de dinero y corrupción.

Remitirse simplemente a lo que prescribe la ley, a los agujeros que en ella hay y a la habilidad de algunos bufetes para adentrarse en las finanzas globales paralelas no es más que una aproximación incompleta, insuficiente, diríase que casi oportunista, hija de una doble moral o moral de situación insostenible ante un auditorio atónito y conmocionado por la desfachatez imperante. Cuando el consorcio de periodistas se hace con más de once millones de documentos y los cálculos más moderados elevan el valor de la riqueza opaca a seis billones de euros, algo rematadamente podrido huele en todas partes. Si a ello se suma, como en España, una tasa de corrupción escandalosa, el riesgo de desmoralización colectiva es evidente, por no decir que el relativismo moral se adueña de los comportamientos. Alcanzar la opulencia es motivo de admiración; cómo se llega a ella, cada día importa menos (en algunos salones, pagar impuestos debe tenerse poco menos que por una extravagancia de millonario aburrido).

La dimisión del primer ministro de Islandia, Sigmundur David Gunnlaugsson, conectado con Panamá, hizo pensar a algunos que quizá la filtración pusiera en marcha un mecanismo de saneamiento automático de los hábitos económicos. Pero cuando la enfermedad alcanza a un mínimo de 50 países, incluidos China (la familia del presidente), Rusia (los plutócratas afectos a Vladimir Putin), el Reino Unido (el primer ministro David Cameron), España (una variada gama de personajes), Argentina (los negocios de Mauricio Macri), pero no se registran más episodios significativos que la dimisión de José Manuel Soria después de la de Gunnlaugsson, y la movilización de las policías y los tribunales es más que contenida, solo puede concluirse que pecaron de ingenuos quienes creyeron que iba a desencadenarse la catarsis. No la hubo y sí abundaron, en cambio, las excusas de mal pagador.

El caso es especialmente sangrante en España, donde un vendaval incontenible zarandea a un Gobierno en funciones y al partido que lo sostiene, el PP, que desde el 20 de diciembre contabiliza hasta siete escándalos y decenas de detenidos e investigados (antes imputados). Las aguas turbias han llegado a la sala de reuniones del consejo de ministros a través de José Manuel Soria y sus confusas explicaciones hasta el momento de la renuncia, y del expresidente José María Aznar, descubierto en una maniobra de encubrimiento de parte de sus ingresos a través de una sociedad para tributar el 25% a Hacienda y no cerca del 50%, correspondiente al IRPF. El principio de ejemplaridad, inseparable de la función pública desempeñada por cargos electos, ha saltado una vez más por los aires y, lo que es aún peor, cada día suma más militantes el bando de quienes opinan que la doble moral es inseparable del ejercicio de la política, una doble moral, culminación del cinismo político, que consiste en predicar sin dar trigo (llamar a la responsabilidad fiscal y, acto seguido, buscar cobijo en Panamá y otros paraísos acogedores).

Como ha recordado el periódico The New York Times, cuatro años mediaron entre la publicación en sus páginas del primer artículo dedicado a los papeles del Pentágono y el final de la guerra de Vietnam, dos años transcurrieron entre la primera noticia del caso Watergate en The Washington Post y la dimisión de Richard Nixon, pero no hay forma de prever siquiera vagamente cuánto tiempo será necesario para acabar con esa lacra social de los paraísos fiscales. Y no la hay porque la red de intereses que los utilizan es de tal magnitud que ni siquiera los estados mejor pertrechados pueden removerles la tierra bajo los pies más que de forma simbólica. En este universo paralelo de las finanzas globales a oscuras, proteger el dinero es el primero de los preceptos, y no se admiten excepciones. ¿En nombre de que principios está alguien en situación de pedir nuevos sacrificios, recortes y disciplinas cuando quienes en mayor medida debieran contribuir, o al menos una parte de ellos, practican sin rubor ni mala conciencia un disimulo obsceno? ¿En qué momento la obscenidad recibirá justo castigo en las urnas?

Marc, un tipo indispensable

“La primera víctima de la guerra es la verdad”

Hiram Warren Johnson, político estadounidense

Los tipos como Marc Marginedas son indispensables. En su mochila de campaña, de aquí para allá, de guerra en guerra y de matanza en matanza, guardan un manual no escrito que les permite distinguir con diáfana claridad entre víctimas y verdugos, entre sometidos y victimarios, entre multitudes honorables y sinvergüenzas escondidos en sus torres de marfil. Sin Marc y quienes hasta el último domingo fueron sus compañeros de cautiverio, andamos a tientas, faltos de referencias, sometidos a los manejos de la propaganda que enturbia los hechos y los aleja de la realidad (de la verdad).

Por esa simple y sencilla razón secuestraron a Marc Marginedas el 4 de septiembre y le sometieron a la peor de las postraciones: privarle de su libertad durante casi medio año en nombre del sectarismo político y el fundamentalismo religioso adscrito a la prédica de Al Qaeda y sus franquicias. Y, al hacerlo, dañaron irremediablemente la causa de la oposición al régimen de Bashar el Asad, y aun reforzaron a este, de acuerdo con el análisis del especialista Brian Whitaker aplicado a otros momentos calamitosos de la calamidad siria: “La ironía de todo esto es que da como resultado el éxito de la propaganda del régimen para persuadir a sus partidarios de que el conflicto tiene que ver con el terrorismo patrocinado desde el extranjero y no tiene nada que ver con la política interna de Siria”.

Henry Miller: “Cada guerra es una destrucción del espíritu humano”.

Una vez más, la lógica de la guerra ha acabado por deslegitimar a los bandos enfrentados. En medio de la matanza, los matarifes se han impuesto y se ha hecho dolorosa realidad la sentencia de Henry Miller: “Cada guerra es una destrucción del espíritu humano”. En el seno de la destrucción, la propaganda desdibuja el relato de la tragedia y la suerte de las víctimas queda emborronado por los movimientos tácticos de los contendientes y de sus aliados. Marc Marginedas fue justamente a Siria a neutralizar la propaganda mediante la narración de los hechos; su bloc de notas se llenó de datos extraídos de los dramas de la vida cotidiana, y esa libreta, el ordenador cuyas tripas guardan los detalles de la carnicería, puso en movimiento a sus captores. Cuando la ONU confirmó que régimen y oposición andan a la par en cuanto a crueldad y bajeza, hacía tiempo que todos sabíamos que esta es la situación.

Cicerón escribió hace 2.000 años: “Cuando hablan los tambores de guerra, las leyes callan”. El resto, el léxico manejado por los expertos para hablar de guerras de necesidad, guerras de elección, guerras justas, guerras inevitables y otras guerras hasta llenar los manuales con un largo etcétera, no deja de ser un pretexto para justificar lo injustificable. ¿Quién puede poner hoy en duda la idea de Frank Herbert de que “una buena causa no hace que la guerra sea justa”? ¿Quién puede dudar de la conclusión de François Fénelon: “La guerra es un mal que deshonra al género humano”?

Frank Herbert: “Una buena causa no hace que la guerra sea justa”.

En sus andanzas de testigos de las guerras de nuestro tiempo, los periodistas que van al frente movidos por una gama muy personal de sentimientos, descubren enseguida que las guerras honorables no resisten la prueba del nueve. Pueden encontrarse en plena refriega a personas honorables, pueden asistir a gestas honorables, pero lo que en verdad prevalece es el objetivo aniquilador de eliminar al adversario. El periodista que presencia una batalla es lo menos parecido al entomólogo que observa un hormiguero desde fuera y saca conclusiones; el periodista sumergido en la desolación es una hormiga más a la que las otras han confiado la tarea de contar sus penalidades, de transmitir el riesgo que corren de ser aniquiladas. El periodista cercado por el desmoronamiento de una sociedad en armas es con frecuencia el Godot a quien las víctimas aguardan a la puerta de sus casas destruidas.

Hay en todo esto unas gotas de ingenuidad, un punto de idealismo y mucho de respeto al ser humano, un concepto que no admite el distanciamiento crítico, sino que obliga a la crítica comprometida. Ninguna guerra ha sido el punto de partida para la construcción de un paraíso. Cuando Emil Cioran sostiene que “el sentimiento de maldición solo se siente verdaderamente cuando se sueña que se padece en medio del paraíso”, no se comporta como un pesimista incorregible, sino como el lúcido desmitificador de los falsos paraísos, tarea para la que hace falta ser depositario de cierta gallardía. Quienes retuvieron a Marc quieren vender a la opinión pública que pretenden alumbrar el paraíso, pero he aquí que él impugna con su bloc de notas la veracidad de sus eslóganes publicitarios.

François Fénelon: “La guerra es un mal que deshonra al género humano”.

Tragedia sobre la tragedia: el arte de la crueldad ya no se reduce a las armas químicas del bando de Bashar el Asad, a los ataques con bidones bomba y a otras tropelías. En Raqa, fundamentalistas islámicos se dedican a encarcelar y golpear a quienes lucharon a su lado para hacerse con la ciudad; en otros lugares del país, los libros sagrados influyen más en el ánimo de los guerreros que el llanto de los desposeídos. En realidad, influye una versión esquemática y zafia del compromiso religioso y desaparece la fundamentación “del principio de la acción moral y social sobre el principio teológico de la justicia y de la libertad del hombre” (Henry Corbin en Historia de la filosofía islámica). Solo cuenta la mitología de la guerra, del presunto héroe esclarecido que en lo alto de una montaña de cadáveres señala con el dedo el camino a seguir para liberar a la multitud oprimida.

La guerra civil siria se atiene a esa norma. Todo cuanto ha seguido al ataque con armas químicas del 21 de agosto del año pasado rezuma la peor versión del realismo, que es el conformismo: puesto que pinta que la guerra será larga y extenuante, gestionémosla con el menor coste político posible, aunque el precio en vidas se haya desbocado; puesto que nadie quiere enfangarse en un litigio que alimente los sueños de Al Qaeda y adláteres, dejemos que el desgaste de los combatientes convierta un trastorno multiorgánico en una dolencia crónica más o menos llevadera. Si de vez en cuando surge un comentario que humilla a las víctimas –la comunidad alauí reprocha a la ONU que esté más preocupada por llevar alimentos y medicinas a la población civil y a los rebeldes que por dar con el paradero de 740 de los suyos, desaparecidos (The Wall Street Journal)–, encajémoslo como un inevitable daño colateral de orden moral que el tiempo sanará.

Emil Cioran: “El sentimiento de maldición solo se siente verdaderamente cuando se sueña que se padece en medio del paraíso”.

Por eso hacen falta testigos in situ: para dejar el engaño al descubierto, para rasgar la cortina que oculta el oportunismo de unos, el cinismo de otros y el conformismo de la mayoría en la comunidad internacional mientras hablan las armas. Sin ellos, sin esos testigos armados con un bloc de notas y una idea esclarecida de la decencia, no hay forma de saber qué pasa de verdad en Siria y de desacreditar a los propagandistas, a los especialistas en construir un mundo virtual, como si la guerra fuese un juego de rol. Aquí estamos, Marc, esperando leerte.

 

Camus, una referencia vigente

“Ahora sé aún mejor que no se puede ser libre contra los otros”

Carta de Albert Camus dirigida a Louis Guilloux

Al cumplirse cien años del nacimiento de Albert Camus (Mondovi, Argelia, 7 de noviembre de 1913-Villeblevin, Francia, 4 de enero de 1960) las miradas se vuelven hacia el legado ético del gran escritor, la vigencia de sus inquietudes y la valentía de su determinación para ir contracorriente, tal como se tituló en España hace tres años la traducción del ensayo que le dedicó su amigo Jean Daniel: Camus, a contracorriente. Pues si algo resalta en su biografía es la decisión con la que rectificó, cómo sometió sus opiniones a la duda y, en suma, cómo se enfrentó a sí mismo, en un combate personal que entrañó rupturas intelectuales y personales que le provocaron un enorme desgaste. Qui témoignera pour nous? Albert Camus face à lui-même (¿Quién testificará por nosotros? Albert Camus frente a sí mismo) se titula el ensayo que le ha dedicado el filósofo Paul Audi.

Albert Camus.

En una época atenazada por el determinismo económico, las recetas políticas fabricadas en gabinetes de estudio a partir de las conclusiones derivadas de sondeos de opinión, la proliferación de predicadores que exaltan toda clase de remedios sociales sin asomo de duda y la tendencia cada vez mayor al sectarismo ideológico, sorprende la contundencia de alguien dispuesto a ir contra el espíritu de su época, a anteponer la ética a cualquier otra consideración y a rebatir las simplificaciones: “Me decían que eran necesarios unos muertos para llegar a un mundo donde no se mataría” (1957). Resumido en palabras de Jean Daniel al presentar en Madrid el libro citado más arriba: “Una de las claves de su pensamiento era no aceptar la humillación, no someterse a ese absolutismo, a ese fanatismo”. Lo moral en Camus pesó tanto desde la publicación de El extranjero (1942) hasta la última línea de la inconclusa El primer hombre (1960), publicada en 1994, que hoy sigue siendo una referencia capital y, en cambio, muchos de sus detractores no han superado la prueba del paso del tiempo.

Resulta francamente revelador contraponer la obstinación de la praxis política y social presente, acuciada por los efectos de una crisis económica sin fecha de caducidad, con las observaciones de Camus. “La memoria de los pobres está menos alimentada que la de los ricos –escribió–, tiene menos puntos de referencia en el espacio, puesto que rara vez dejan el lugar donde viven, y también menos puntos de referencia en el tiempo, inmersos en una vida uniforme y gris”. Por ese camino llegó a la fórmula “me rebelo, por lo tanto, soy”, adaptación contemporánea del “pienso, luego existo” de René Descartes, pero no se le ocultaron los riesgos de ese nuevo punto de partida y rechazó el recurso a la violencia, incluso en casos extremos, porque consideró que destruye “el ideal originario de la revolución”.

De la misma manera que el general Charles de Gaulle inició sus memorias con la famosa frase “toda mi vida me he hecho una cierta idea de Francia”, confesión grandilocuente de un nacionalista conservador, bien pudiera haber escrito Camus la primera línea de sus memorias con una declaración de principios del siguiente tenor: toda mi vida he tenido una cierta idea de la moral. Y esa cierta idea, que en De Gaulle suena a obra terminada y en el nobel, a empresa inacabada, es otro elemento que contrastó en su tiempo y contrasta en el presente con el dogmatismo de las ideas dominantes, que en la izquierda europea de los años 50 del siglo XX permanecían sujetas al prontuario estalinista y en el posibilismo sonrosado de nuestros días se someten a los requisitos contables y a la ingeniería social.

Jean-Paul Sartre, sentado en el suelo, a la izquierda, y Albert Camus, de cuclillas a su lado, en el domicilio de Michel Leiris, junto con Pablo Picasso, en el centro, y varios intelectuales franceses el 18 de marzo de 1944.

El filósofo Roger-Pol Droit destaca tres momentos cruciales de rectificación y crítica personal en el último decenio de la existencia de Camus. El ciclo se inició en 1951, cuando publicó El hombre rebelde, donde rechaza el nihilismo revolucionario y el totalitarismo soviético, que consagra su ruptura con Jean-Paul Sartre; siguió en 1956, cuando publicó La caída, donde deja constancia del precio que debe pagarse por soportar “el juicio de los hombres”; y acabó en 1959, cuando escribió: “Debo reconstruir una verdad después de haber vivido toda mi vida en una especie de mentira”. En cada una de estas etapas planteó el problema de los medios para alcanzar un fin moralmente defendible, pero las ecuaciones resultaron ser tan extremadamente complicadas que, como sostiene Jean Daniel, no logró desenredar la madeja. ¿Cabe, entonces, pensar en un filósofo llamado Albert Camus? En todo caso, fue autor de la siguiente frase, no exenta de ironía: “Si quieres ser filósofo, escribe novelas”.

Puede decirse que Camus, al desarrollar su obra, abordó las exigencias del compromiso ético, de la moral colectiva, de la función del escritor y de la integridad del intelectual, de su función social, si se quiere. Lo hizo en un mundo fracturado por la guerra fría, en una Francia marcada a fuego por la guerra de Argelia, que le llevó a condenar a un tiempo la violencia del Ejército francés, que reprimía al FLN, y a este, que abrazó el terrorismo; lo hizo en una Europa en retroceso frente al auge de las dos superpotencias y los procesos de descolonización en África y Asia; en un universo que experimentó por primera vez los efectos de la cultura de masas, de la industria del ocio y de la sociedad de consumo. Camus fue testigo conmovido de la modernidad que se construyó sobre las cenizas de la segunda guerra mundial; una modernidad contemporánea de la carrera armamentista, la consolidación del complejo militar-industrial, los bandazos de la Cuarta República francesa y el sueño europeísta apenas esbozado. Todo eso pesó y formó parte del trabajo de Camus hasta que un accidente de carretera segó su vida.

‘Combat’, que nació en la clandestinidad como el periódico de la Resistencia y en el trabajó Albert Camus, da cuenta de la muerte del escritor el 4 de enero de 1960.

De ahí la vigencia de Camus, pues en su obra se abordan los problemas de su tiempo, que son los de hoy. Aunque su legado es mucho más que una aproximación meramente política a la realidad, el compendio de sus títulos mayores –El extranjero (1942), El mito de Sísifo (1942), Calígula (1944), La peste (1947), Estado de sitio (1948), El hombre rebelde (1951), La caída (1956) y El primer hombre (1960)–, su labor de periodista, de “narrador incansable de mundos”, en palabras de su hijo Jean, justifica la elección hecha por Miguel Mora, en El País, del siguiente pasaje del discurso de Camus en Estocolmo al recibir el Premio Nobel de Literatura de 1957: “Cada generación, sin duda, se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no lo rehará. Pero su tarea quizá sea aún más grande. Consiste en impedir que el mundo se deshaga”. ¿Alguien se atreve a asegurar que se han esfumado los riesgos?

Quizá en el cumplimiento de esa misión, impedir que el mundo se deshaga, fundamentó Camus su idea de compromiso, de complicidad generacional, de solidaridad, si así puede describirse el rumbo fijado por el escritor. En todo caso, a pesar de la atmósfera poco propicia que con frecuencia respiró en París, se atuvo a una obligación contraída consigo mismo: “Tras haberme sondeado, puedo asegurar que entre mis numerosas debilidades nunca estuvo el defecto más extendido entre nosotros, me estoy refiriendo a la envidia, auténtico cáncer de las sociedades y las doctrinas”. No es por casualidad que la declaración suena como una paráfrasis de la sentencia que Miguel de Cervantes puso en boca de Don Quijote: “¡Oh, envidia, raíz de infinitos males, y carcoma de las virtudes!”

Contaminación partidista del Constitucional

“No digas ni hagas nunca nada de lo que te debas tener que desdecir algún día ni que choque con las conveniencias, incluso si te sale con naturalidad y sin pensar en nada malo, porque los otros pensarán mal”.

(‘Breviario de los políticos’, cardenal Giulio Raimondo Mazzarino, 1602-1661)

Toda clase de dudas se ciernen sobre la solvencia e independencia del Tribunal Constitucional desde el momento en que su presidente, Francisco Pérez de los Cobos, ha reconocido que fue militante de base del PP hasta el 2011 inclusive, dos años después de ser nombrado magistrado del alto tribunal. Los juegos de manos a que ha recurrido el Constitucional para asegurar que no hay causa de incompatibilidad no logran desvanecer la sensación de que el interesado ha querido ocultar un dato capital. En cambio, abonan la tesis de cuantos piensan que Pérez de los Cobos hurtó información al Senado al no dar cuenta de su militancia, y desde aquel momento seguramente ha contaminado su trabajo por más protestas de imparcialidad que haga ahora. A nadie se le pasa por la cabeza que algún día pueda estar prohibido militar en el PP, faltaría más, como ha insinuado Esteban González Pons con retranca digna de mejor causa; lo que resulta indefendible es que alguien que debe hacer pública su militancia no la haga y el pastel quede al descubierto porque el periódico El País da la noticia.

Si ni siquiera cabe fiarse del Tribunal Constitucional, con un papel principalísimo en los litigios que interesan la estructura del Estado y la impugnación por los partidos de la oposición de algunos de los proyectos estrella del PP, ¿en qué queda la solvencia institucional del Estado, zarandeada por los escándalos en curso en los cuatro puntos cardinales? El secuestro del lenguaje perpetrado por la nota del Tribunal Constitucional no sutura la herida ni restablece su honorabilidad, sino que da pie a que cunda la sospecha de que el PP, mientras conserve la mayoría absoluta, aspira a ejercer una especie de monopolio ideológico de las instituciones, directamente o mediante propios encubiertos.

Aunque resulta ocioso decirlo, no está de más recordar que los partidos, aquí y en todas partes, aspiran a gobernar y a aplicar un programa que se deriva de una concepción ideológica de la sociedad. Tienden a ocupar la totalidad de la sociedad en la que se mueven, de forma similar a como un gas tiende a ocupar la totalidad del continente que lo guarda, pero el pluralismo, las elecciones y el control parlamentario suelen evitarlo, incluso cuando se dan mayorías absolutas. Si no se cumplen los requisitos de renovación de los mandatos y control a cargo de la oposición, no hay democracia, sino un sistema totalitario o que apunta al totalitarismo (véase el caso de Rusia y la persecución sistemática los de los adversarios de Vladimir Putin). Si se respetan los mecanismos de control, pero se priva de información a los controladores, entonces se adultera gravemente el funcionamiento del sistema. Ese es el caso de Pérez de los Cobos.

En Francia, con una tradición democrática de sobra conocida, el control casi absoluto del Partido Socialista de todas las instituciones, desde la Presidencia de la República a los cantones y municipios, es motivo frecuente de controversia. Ni se pone en duda el juego de las mayorías –el sistema favorece su formación para garantizar la gobernabilidad– ni se discute la legitimidad de nadie; se alerta, eso sí, acerca de la conveniencia de que la concentración del poder en unas pocas siglas resulta a la larga perjudicial para el sistema democrático. Una circunstancia agravada en tiempos de crisis por el recelo de los ciudadanos ante el reparto de los costes para sacar al país del agujero.

Esos principios elementales son de sobra conocidos por la dirección del PP, donde abundan los profesionales del derecho en sus diferentes modalidades, y por esa razón resulta especialmente injustificable que mediante perífrasis más propias de una discusión académica que de un debate político, rehúya el núcleo de la discusión: ¿con qué fuerza moral puede Pérez de los Cobos entender de aquellos asuntos que lleguen al tribunal y afecten a leyes, decisiones y asuntos con relación a los cuales su expartido tiene una opinión formada? En puridad, habría que preguntarse por qué clase de asuntos de los que llegan al Constitucional no ha manifestado el PP su punto de vista. Consecuencia inmediata: las recusaciones pueden multiplicarse.

En la nota informativa del último jueves distribuida por el tribunal, después de las consideraciones de rigor, se dice textualmente: “La Constitución y la Ley Orgánica del Tribunal Constitucional, por consiguiente, no establecen para los magistrados del Tribunal Constitucional incompatibilidad alguna con el hecho de pertenecer o haber pertenecido a partidos políticos, asociaciones, fundaciones y colegios profesionales”. Pero el quid del asunto no es este, sino que el presidente no informó en su día de la condición de militante y, tan importante como ese detalle, desde tiempos ancestrales rige la norma según la cual los servidores públicos no han de ser solo personas honorables, sino parecerlo a fin de que sus conciudadanos depositen su confianza en ellos y acepten sus decisiones.

El 25 de mayo del año pasado, Ignacio Escolar publicó en EL PERIÓDICO un artículo con varias observaciones sensatas sobre los viajes de Carlos Dívar, a la sazón presidente del Consejo General del Poder Judicial y del Tribunal Supremo, dos de las cuales son de aplicación ahora. La primera: “El archivo de la denuncia contra Dívar es lo que habría que lamentar”. La segunda: “Dívar no ha explicado qué clase de compromiso oficial requiere 20 viajes de fin de semana caribeños a Puerto Banús”. Llevado al caso de Pérez de los Cobos, lo que es más de lamentar es que del Tribunal Constitucional lo vea todo tan claro y transparente, de forma que resuelve el asunto con una larga cambiada en forma de nota de prensa, y que nadie sepa cuáles son los compromisos presentes del presidente con la orientación política y la acción de Gobierno de su antiguo partido. Si se habla con frecuencia y con razón de la politización del tribunal a propósito de la fórmula para la elección de los magistrados, ¿qué decir ahora?

En Francia, con una tradición democrática de sobra conocida, el control casi absoluto del Partido Socialista de todas las instituciones, desde la Presidencia de la República a los cantones y municipios, es motivo frecuente de controversia. Ni se pone en duda el juego de las mayorías –el sistema favorece su formación para garantizar la gobernabilidad– ni se discute la legitimidad de nadie, se alerta, eso sí, sobre la conveniencia de que la concentración del poder en unas pocas siglas resulta a la larga perjudicial para el sistema democrático. Una circunstancia agravada en tiempos de crisis por el recelo de los ciudadanos ante el reparto de los costes para sacar al país del agujero. De eso también tiene noticia el PP, que experimenta todos los días el desgaste de la brega en solitario, sin puentes de diálogo estables con la oposición o al menos con una parte de ella.

De hecho, en el debate inacabable referido a los riegos que arrostra el poder se hace muy a menudo una distinción entre la legitimidad política, electoral, jurídica si se quiere, y la legitimidad moral. La primera se establece con facilidad de acuerdo con el cumplimiento de las previsiones que figuran en la Constitución y demás leyes de los estados democráticos; la segunda requiere hilar muy fino antes de otorgarle validez. Solo los fundamentalistas del derecho, habituados al criptolenguaje forense y la aplicación literal y estricta del texto escrito, pueden pensar que en un sistema democrático institucionalizado no tiene sentido considerar la existencia de cualquier legitimidad distinta a la estipulada por las leyes.

Es cierto: la legitimidad moral se levanta sobre tangibles e intangibles muy sutiles, sobre la rectitud y el principio de ejemplaridad en situaciones excepcionales, sobre atributos que no están sistematizados en texto alguno, pero tiene un enorme poder de persuasión y convocatoria. Es, pues, una legitimidad que obliga a obrar con tiento y a no abusar de ella. Pero es una legitimidad realmente existente, indispensable en la tarea de aquellos que gestionan una parcela de poder del Estado sin someterse directamente a la decisión de los electores. Ese es el caso del Tribunal Constitucional, cuya legitimidad moral está ahora en entredicho, como lo estuvo antes la del Consejo General del Poder Judicial y la del Tribunal Supremo hasta que Dívar dimitió.

A Obama le recuerdan a Nixon

La maldición del segundo mandato persigue con saña a los presidentes de Estados Unidos. Lograda la reelección, el partido al que pertenecen acoge los primeros codazos entre quienes piensan sucederle, sobre todo si el vicepresidente no ha dado señales de aspirar a la Casa Blanca, el partido en la oposición se dedica a sacar el mayor rédito posible de las torpezas del presidente y, en general, Washington considera al reelegido una figura amortizada. Así se encuentra hoy Barack Obama, con varios líos políticos entre manos, la necesidad acuciante de desembarazarse de todos ellos y el recuerdo de varios gates sobrevolando el Despacho Oval: el Watergate, el Irangate, el caso Lewinsky, la posguerra de Bush y demás material histórico de infausta memoria. Este es el sino del reelegido: andar un largo trecho hasta la puerta de salida sorteando los empujones de quienes en un futuro no muy lejano anhelarán su puesto.

“Nixon actuó como supuso que cualquiera lo haría”, ha escrito Amy Davidson en su blog de The New Yorker. “La gente tiene que saber si su presidente es un criminal. Y bueno, yo no soy un ladrón”, hubo de responder un Obama acuciado por los problemas a un periodista que le recordó a Richard Nixon, a aquel escándalo que dejó al descubierto lo peor de la política. Así están las cosas al principio de un segundo mandato que, en principio, debería beneficiarse de la desorientación de la facción liberal del Partido Republicano, de la recuperación de la economía y de la fama de primero de la clase que acompaña a Obama allá adonde va. Pero en una semana han aparecido en escena la intromisión en el historial de llamadas de la agencia de noticias Associated Press (AP), el celo especial de Hacienda para olisquear las cuentas de los grupos del Tea Party y las dudas relativas al papel del Departamento de Estado en el asalto al Consulado de Estados Unidos en Bengasi, que costó la vida al embajador en Libia, y el cielo se ha oscurecido como en los peores días de temporal.

Escándalos EEUUEl presidente ha podido salvar razonablemente bien las críticas furibundas por el episodio de Bengasi al hacerse públicos los correos electrónicos enviados desde Washington, que desmienten las informaciones difundidas por la cadena de televisión ABC y el semanario The Weekly Standard sobre la imprevisión de Hillary Clinton, pero en los otros dos casus belli se encuentra atrapado Obama entre la solvencia de sus protestas y los excesos de varios altos funcionarios de su Administración, incluido el fiscal general del Estado (ministro de Justicia), Eric Holder. En el caso del celo escrutador en el universo del Tea Party, porque la dimisión de Steven Miller, director del Internal Revenue Service (IRS), nombre de la Agencia Tributaria de Estados Unidos, está lejos de haber cerrado el escándalo de la inspección discriminatoria; en el caso de AP, la invocación con la boca pequeña de la seguridad nacional para justificar la intromisión en el trabajo de los periodistas suena a algo tan antiguo, desgastado e injustificable que carece de credibilidad.

El comportamiento del IRS, aunque ahora se diga que no obedeció a motivos políticos, causa bochorno por su naturaleza sectaria. Que Obama califique de inexcusable el comportamiento del equipo de Miller tiene un valor relativo, aunque finalmente se confirme que la investigación de las declaraciones de impuestos de organizaciones muy conservadoras, pero perfectamente legales, fue la decisión de alguien que quiso ser más papista que el Papa. Y ese valor relativo obedece al hecho de que los mecanismos de control interno de la Administración no han funcionado como es debido porque no han sido capaces de atajar comportamientos desordenados. Eso si no se descubre alguna implicación de rango superior –los medios con mejores fuentes pondrán manos a la obra– que empeore las cosas. Y en este supuesto no habrá forma de invocar la seguridad nacional para justificar lo que no tiene un pase.

En todo caso, recurrir a las servidumbres de la seguridad nacional en una sociedad adulta, sometida a engaños escandalosos como el de las armas de destrucción masiva, resulta cada día menos eficaz, más indecente incluso. David Bromwich, un profesor de Literatura de la Universidad de Yale, sostiene que las referencias a la seguridad nacional hechas por algunos funcionarios del Gobierno, después de conocerse que habían accedido al historial de llamadas de unos 100 periodistas de AP, responden al perfil de un Estado paternalista que se relaciona con los ciudadanos como si fueran niños. “El paternalismo es la ideología propia de un Gobierno que trata a los gobernados como niños –escribe Bromwich–. El deber de un padre hacia su hijo es, por encima de todo, protegerlo y garantizar su seguridad. De forma parecida, el deber del Estado paternal es custodiar la vida y la seguridad, la salud y la prosperidad del pueblo”. Siguiendo con el símil, el articulista se refiere a que a veces los niños hacen preguntas acerca de asuntos que quedan fuera de su comprensión, y así también el Gobierno considera que solo él está en condiciones de medir el riesgo inherente a algunos asuntos hurtados al conocimiento de la sociedad.

Detrás de la ironía del profesor se agita la crítica a la estrategia seguida por el equipo de Obama para cortar las filtraciones que entiende afectan a la seguridad nacional, sobre todo a partir de los despachos difundidos por Wikileaks, que dejaron al descubierto el aparato digestivo del Departamento de Estado. Una estrategia que es, según Bromwich, una prolongación de la diseñada por el vicepresidente Dick Cheney durante la Administración de George W. Bush: “La continuidad desde el 2001 al 2013 explica algunas otras cosas. El secretismo extremo que prevalece en y alrededor de la Casa Blanca de Obama fue en sí mismo un secreto hasta recientemente, silenciado por una prensa dócil esperanzada en recibir un mejor trato en el futuro”.

¿La referencia a la prensa apunta a la presunta sumisión al poder de los medios liberales? ¿El secretismo remite, sin mencionarla, a la corte de sombras de Nixon? ¿Hasta qué punto el secreto en nombre de la seguridad es compatible con los derechos de los ciudadanos? Porque, en última instancia, “¿podría ser cierto que los americanos están mejor en la medida en que conocen las condiciones reales de vida?”, se pregunta Bromwich al final del artículo. Todas esas preguntas resultan inquietantes y pueden formularse en el seno de todas las sociedades democráticas, sometidas a criterios de seguridad colectiva que obedecen tanto a razones confesables como a supuestos indefendibles. Entre estos últimos figura el recurso a recordar, como hace el politólogo Bob Cesca, que la Administración que precedió a la de Obama también hocicó en las cuentas del campo demócrata y se inmiscuyó en la labor de la prensa. El recordatorio tiene efectos demoledores porque por ese camino se puede llegar a la conclusión de que la opacidad es una condición intrínseca al poder a la que se acoge disciplinadamente el liberal y reformista Obama lo mismo que su antecesor, conservador hasta el último detalle.

Resulta inquietante la conclusión de Peter Baker en The New York Times, cuya cercanía al presidente es indiscutible: “Obama puede tener razón en algunas de las cosas que no puede hacer, pero también ha tenido problemas últimamente para presentar una visión de lo que puede hacer”. En el fondo subyace la eterna pregunta que formulan los electores en cualquier democracia: ¿qué utilización hacen los gobernantes del poder y de qué margen de maniobra disponen para sobreponerse a las tramas de intereses creados, las grandes superestructuras cuya existencia se prolonga en el tiempo más allá de los cambios en el Gobierno, los cambios en los programas y los deseos de los ciudadanos? Si a eso se añade que la autonomía de los medios (caso AP), la igualdad fiscal (caso IRS) y la seguridad exterior (caso Bengasi), pilares de Estados Unidos desde los primeros días de la nación, han resultado dañados casi al mismo tiempo, se entiende que Obama tenga que afrontar una primavera tormentosa.

Si el presidente no diluye los problemas mediante una rápida recuperación de su imagen pública, el camino de aquí a las elecciones de noviembre del 2014 puede ser muchísimo más duro de lo que podía prever. Los republicanos saben que, a falta de mejores argumentos, la figura de un presidente debilitado le priva de influencia en el Congreso, siembra la duda en su partido y desgasta a los posibles candidatos demócratas a sucederle antes de que den el primer mitin. Y esto último puede provocar la quiebra de la sintonía entre el presidente y el partido cuando, más allá de lo que recojan las encuestas, se extienda por Washington la impresión de que el desgaste de Obama puede reflejarse en las urnas, como explica el politólogo Jonathan Bernstein en The Washington Post. Barack Obama es un hombre culto, un político experimentado y un orador brillante, pero no es un líder inmune a las flaquezas y servidumbres derivadas de la complejidad del poder que encarna. Se ha extinguido el resplandor de la victoria histórica de un senador negro en noviembre del 2008 y se impone la realidad del coste diario del poder.

Un rompecabezas de papel prensa

Hace unos días, César Antonio Molina rescató de las entrañas de la cultura europea esta frase de Albert Camus: “Un país suele valer lo que vale su prensa”. El gran escritor francés apuntó directamente al corazón del papel reservado a la información y a la opinión difundidas por los periódicos y revistas por encima de cualesquiera otros productos que mediado el siglo XX llenaban el mercado. Ni la radio ni la televisión habían dañado el prestigio y el consumo de los periódicos, los noticiarios cinematográficos, muchos de ellos de gran calidad, convertidos en nuestros días en fuentes históricas imprescindibles, eran como estrellas fugaces que resplandecían un instante antes de la proyección de una película, y las demás herramientas informativas eran ingenios exquisitos para minorías ilustradas o para especialistas. ¿Podría Camus decir hoy lo mismo?

En los espacios de comunicación del siglo XXI puede que la letra impresa conserve en gran medida el prestigio intelectual del pasado, pero los nuevos soportes, la red y la dislocación del mercado publicitario la han convertido en el paradigma de lo que se entiende por un sector en crisis. En las sociedades democráticas se ha pasado de un mercado diversificado a un mercado atomizado donde, al mismo tiempo, las nuevas generaciones se sienten progresivamente más cercanas a materiales que encuentran su mejor acomodo en las nuevas tecnologías y, además, no obligan a desembolso alguno. La gratuidad les ha otorgado un plus de aceptación que es independiente de su calidad.

Le Monde

Primer número del diario ‘Le Monde’, fechado el 19 de diciembre de 1944.

El periodista francés Hubert Beuve-Méry, fundador en 1944 del diario Le Monde, contó en 1967, en una de sus contadísimas apariciones en televisión, que el éxito del vespertino de París radicaba en gran medida en los jóvenes: “Estos jóvenes han adquirido la costumbre de buscar en este periódico las informaciones que necesitan”. Casi 50 años después, muchos de aquellos jóvenes, ahora veteranos, siguen fieles a Le Monde, se acercan al quisco a comprarlo, son suscriptores, lo leen en una tableta o en un ordenador, pero Beuve-Méry no podría decir hoy –murió en 1989– que los jóvenes que constituyen la generación del universo digital buscan su periódico para sentirse informados y, de paso, acercarse a las grandes corrientes del pensamiento, la política, la literatura, la economía y todo cuanto hizo de Le Monde una referencia insustituible de la cultura europea.

El caso de Le Monde es extensible a tantas cabeceras honorables que las excepciones son contadísimas. Se ha roto la cadena de complementariedades del pasado o está a punto de romperse: la radio complementó a la prensa, pero no la aniquiló; la televisión complementó a la prensa y a la radio, pero no las destruyó; las nuevas tecnologías se desarrollan a ritmo frenético mediante un melting pot en el que caben la letra impresa, la fotografía, la televisión, las redes sociales, más formas de participación en directo y aun el juego, los concursos y otras manifestaciones de ocio que no precisan de ninguna complementariedad ajena a esos nuevos productos. Y el cambio, la mutación del ADN en el universo informativo, ha nacido y ha crecido en sociedades deliberativas a las que no se puede aplicar el temor expresado por Walter Lippmann, autor eminente de Opinión pública (1922): “Donde todos piensan igual, nadie piensa mucho”. La variedad de pareceres es ilimitada, pero se canaliza a través de redes alejadas de la lógica y los fundamentos que durante siglos han sustentado la información impresa.

“La información ya no es solo la noticia, sino los hechos tratados con profundidad”, ha escrito Jean Daniel, fundador del semanario progresista francés Le Nouvel Observateur. Es casi tanto como decir que en términos de rapidez, de inmediatez, la información de papel tiene perdida la batalla de la competencia digital, pero puede ganar las de la originalidad y la reflexión, además de admitir que, sin vuelta de hoja posible, una cabecera no puede sobrevivir sin ofrecer una edición en la red, renovada minuto a minuto, multimedia y, ¡ay!, costosísima. Cuando Jill Abramson, directora de The New York Times, se hizo cargo del gran periódico de Estados Unidos, confirmó esa tendencia universal, ineludible, de unir la suerte del papel  a la edición en la red: “Hay que fortalecer siempre la relación entre internet y el papel impreso”. ¿Es esta la complementariedad que soluciona el rompecabezas en los albores del siglo XXI?

Walter Lippmann

Walter Lippmann, autor del libro ‘Opinión pública’ (1922).

El gran desafío económico es cuadrar las cuentas de explotación, que dependen mucho más de las partidas de ingresos de las ediciones impresas –sometidas a una dieta muy baja en calorías a causa de la jibarización del mercado publicitario, provocada por la crisis– que de las digitales. Hay que tener presente, además, que la tradición de la gratuidad presupone que la información y la opinión de las ediciones digitales abiertas generan gastos, pero ningún ingreso diferente al de los anunciantes. Seguramente, hay modelos de negocio por venir que aliviarán esa realidad, pero el presente es así de tozudo, y hay incluso quienes están dispuestos a defender que el pago en la red por un servicio informativo es poco menos que una perversión de la aldea global concretada en internet. Lo que nadie es capaz de explicar es cómo se compagina el acceso gratuito con la sostenibilidad de los medios.

El mayor desafío periodístico es corresponder a las expectativas de los consumidores de papel a partir del diagnóstico hecho por Jean Daniel: “Seguramente habrá menos compradores de prensa escrita en el futuro, pero serán más exigentes”. En realidad, ya lo son porque disponen de una información de base que encuentran en internet, la televisión y la radio en cualquier momento. En los días del asesinato del presidente Kennedy (22 de noviembre de 1963) se dijo que la noticia había tardado 11 minutos en dar la vuelta al mundo; hoy solo cuenta la inmediatez: basta que alguien sepa algo y lo cuelgue en la red para que todo el mundo pueda leerlo, salvo cuando se dan interferencias censoras. La credibilidad o la solvencia de esas informaciones son otro cantar.

Le Nouvel Observateur

Primer número del semanario francés ‘Le Nouvel Observateur’, fechado el 19 de noviembre de 1964.

¿Qué futuro aguarda entonces a la galaxia Gutenberg? Puesto que en los últimos 40 años se han oficiado en su memoria varios funerales pre mortem, pero todas las mañanas aún es posible ir al puesto de periódicos y comprar un ejemplar, es aconsejable no precipitarse con diagnósticos apocalípticos y sí, en cambio, admitir que no todos los problemas se deben a la irrupción de las nuevas tecnologías. “Hay unos valores falsos, unos activos sobrevalorados hasta extremos indecentes, que tienen además un carácter tóxico, es decir, contaminan a los valores de calidad cuando se mezclan. La pérdida de credibilidad y de confianza en los periodistas se debe a la masiva presencia de estos valores tóxicos perfectamente conocidos por el público”, escribe Lluís Bassets en El último que apague la luz. Esa toxicidad incluye el amarillismo, la astracanada, el sectarismo y los comentarios a la ligera, la crítica gratuita y las informaciones caídas del cielo de paternidad desconocida, las conferencias de prensa sin preguntas, los gabinetes de comunicación encargados de enturbiar los hechos y las agendas informativas que convienen a las diferentes manifestaciones del poder. Justo lo contrario de lo afirmado por Jean Daniel y recogido unas líneas más arriba: “La información ya no es solo la noticia, sino los hechos tratados con profundidad”.

Lo contrario de lo que precisa la prensa de papel para convivir con los demás medios y subsistir lo constituyen el basurero de Rupert Murdoch, la patraña de Tommasso Debenedetti, autor de varias decenas de falsas entrevistas publicadas, el servilismo de los grandes medios de Estados Unidos en apoyo de una guerra, la de Irak, justificada mediante la publicación de informaciones triangulares* sobre la existencia de armas de destrucción masiva que nunca existieron, la intromisión descarada en las vidas privadas, como si estas estuviesen condenadas a desaparecer. Nadie dispone de la fórmula mágica para sobrevivir a la crisis que atenaza a la información de papel, pero al menos es posible identificar qué no se debe hacer. Ya es algo. El resto depende del viejo método de la prueba y el error, de no transitar por campos de minas en los que otros se metieron y de blindar la independencia de criterio, porque siempre hay más de lo que se ve y debe trasladarse a la opinión pública. Si no es posible hacerlo, si se rompe la secuencia que une los ciudadanos a los hechos, el sistema democrático se queda a oscuras y a merced de los urdidores de la sociedad del espectáculo, de una ficción deslumbrante encargada de hacer invisibles las alcantarillas y perfumar su pestilencia.

 

Ahmed Chalabi

Ahmed Chalabi.

*Dícese de aquellas informaciones en las que la fuente que las filtra a la prensa es la misma que las suministra a las instancias donde los periodistas las comprueban. En el caso de los prolegómenos de la guerra de Irak, el político iraquí exiliado Ahmed Chalabi fue uno de los vértices del triángulo; los otros dos fueron los periodistas informados por Chalabi y la comunidad de inteligencia de Estados Unidos, a la que Chalabi proporcionaba la misma información. De forma que cuando los periodistas buscaban la confirmación en alguna agencia federal, esta estaba contaminada por el mismo informante que se había puesto en contacto con ellos.

 

Watergate, las alcantarillas del poder

Al cumplirse 40 años del asalto al cuartel general del Partido Demócrata en el edificio Watergate de Washington sigue vigente la pregunta que formuló el senador Sam Ervin al entregar a la Cámara el informe definitivo del caso: ¿qué fue Watergate? Los periodistas Carl Bernstein y Bob Woodward, que el día 8 firmaron conjuntamente por primera vez en 36 años en las páginas de The Washington Post, sostienen que el caso Watergate “fue las cinco guerras de Nixon”. Los historiadores revisionistas se esfuerzan en probar que se trató de una conspiración tramada por el establishment de Washington contra alguien que no era de los suyos. Los estudiosos de la personalidad de Richard M. Nixon aseguran que su mandato (20 de enero de 1969-9 de agosto de 1974) se caracterizó por una desconfianza acérrima hacia cuantos le rodeaban, hacia sus adversarios políticos y hacia el aparato de poder que sobrevive a todos los presidentes.

Las cinco guerras a las que se refieren Woodward y Bernstein apuntaron contra el movimiento antibelicista –quienes se oponían a la guerra de Vietnam–, contra los medios de comunicación –con el aderezo del conocido antisemitismo del presidente–, contra los demócratas, contra la justicia y, después de dimitir, contra la historia. Y resumen qué significaron “las cinco guerras de Nixon” en la siguiente frase: “El Watergate fue un asalto descarado y atrevido, dirigido por el propio Nixon contra el corazón de la democracia estadounidense: la Constitución, nuestro sistema de elecciones libres y el imperio de la ley”. Sin embargo, esa rotundidad de juicio no es tal al final del libro El hombre secreto, escrito por Woodward en el 2005 después de desvelarse que Garganta Profunda era Mark Felt, un exalto cargo del FBI que se sintió despechado y que fue el confidente que proporcionó pistas definitivas a los periodistas del Post para tumbar a Nixon. “Nunca hay una versión final de la historia”, sentencia Woodward.

Los datos esenciales son de sobra conocidos. El 17 de junio de 1972, cinco individuos asaltaron las oficinas del Partido Demócrata en Washington con el propósito de colocar micrófonos. El portavoz de la Casa Blanca, Ronald Ziegler, quisó quitar importancia al asunto y describió el suceso como “un robo de tercera”. En la edición del Post del día 19, Woodward y Bernstein encabezaron la primera información que firmaron juntos con la siguiente revelación: “Uno de los cinco hombres arrestados la madrugada del sábado en el intento de colocar micrófonos en el cuartel general del Comité Nacional Demócrata es un asalariado del coordinador de seguridad del comité para la relección del presidente Nixon”. El dato definitivo apareció publicado el 1 de agosto: “Un cheque de caja de 25.000 dólares, destinado aparentemente a la campaña para la relección del presidente Nixon, fue ingresado en abril en la cuenta bancaria de uno de los cinco hombres arrestados en el asalto a la sede nacional demócrata, el 17 de junio”. A partir de aquel momento, los periodistas siguieron el rastro del dinero, de acuerdo con las indicaciones de Garganta Profunda, y dejaron al descubierto las actividades encubiertas dirigidas desde la Casa Blanca. Sus pesquisas permitieron  conocer en última instancia la existencia de las famosas cintas en las que Nixon grabó las conversaciones con sus colaboradores, una prueba inculpatoria definitiva de los manejos al margen de la ley del presidente, que se vio obligado a dimitir.

Pero, más allá de los datos esenciales del caso, caben otras preguntas además de la del senador Ervin. Preguntas que atañen al papel desempeñado por Woodward y Bernstein, a cuál era el clima político en Washington a raíz de la diplomacia secreta practicada por Nixon por China y Rusia, a qué daños sufrió el sistema y, por último, a por qué Nixon cedió a sus instintos.

Woodward y Bernstein

Más allá de la admiración suscitada por los dos periodistas que desvelaron el escándalo, es forzoso preguntarse si las técnicas convencionales del periodismo de investigación les hubiesen permitido llegar hasta donde lo hicieron sin el concurso de un funcionario herido en su amor propio, tal como explicó en mayo del 2005 el abogado John O’Connor al publicar la historia de su cliente Mark Felt en la revista Vanity Fair con el título Yo soy el tipo al que solían llamar Garganta Profunda: “A pesar de que era una criatura de Washington, estaba agotado por años de batallas burocráticas, era un hombre desencantado con la mentalidad de navaja de la Casa Blanca de Nixon y sus tácticas de politización de los organismos gubernamentales”. En realidad, la versión de O’Connor soslaya el hecho definitivo de que Felt albergaba el deseo de llegar a la cima del FBI, pero finalmente el puesto de director no fue para él. Y en el primer libro escrito por los periodistas, Todos los hombres del presidente, la consistencia del gran reportaje, en la mejor tradición de la prensa anglosajona, no permite aventurar los resortes que pusieron en movimiento a Garganta Profunda.

Woodward y Bernstein

Carl Bernstein y Bob Woodward, frente a la Casa Blanca en los días del 'caso Watergate'.

Dicho de otra forma: sin la contribución de Felt, las pesquisas de los periodistas se habrían atascado como sucedió a sus compañeros en otros medios. Sin el empujón de Felt, el camino hacia los despachos de la Casa Blanca habría sido poco menos que imposible. En cuanto a Garganta Profunda, la decisión de desvelar su identidad a pesar del acuerdo de confidencialidad con Woodward y Bernstein le alejó del personaje mitológico con sólidas convicciones políticas, movido por razones éticas: cedió a las presiones de su familia para que lo contara todo antes de morir –estaba a punto de cumplir 92 años– a cambio de un sustancioso contrato de exclusiva. El compromiso de confidencialidad era tan sólido que Ben Bradlee, director del Post en los días del escándalo, explica lo siguiente en su libro La vida de un periodista (1996): “Solo después de la dimisión de Nixon y del segundo libro de Woodward y Bernstein, Los días finales, sentí la necesidad de conocer el nombre de Garganta Profunda. Y lo supe un día de primavera en un banco de la plaza MacPherson durante la hora de la comida. Nunca se lo he dicho absolutamente a nadie (…) El hecho de que su identidad haya permanecido en secreto durante todos estos años es desconcertante, y verdaderamente extraordinario”.

En el epílogo escrito por Bernstein para el libro de Woodward en el que cuenta su relación con Felt, el ya citado El hombre secreto, hay un propósito manifiesto de rebajar el papel central de Garganta Profunda: “Lo que nos permitió penetrar en el secreto de la presidencia de Nixon fue la convergencia de todas las fuentes y su posición de testigos de primera mano en todos los niveles, y no la información facilitada por una sola”. Pero persiste la duda acerca de las posibilidades que tenían de avanzar sin su famoso confidente, prevalece la incógnita sobre qué intereses guiaron los pasos de Felt, todo lo cual no afecta al hecho de que el trabajo de Woodward y Bernstein se mantiene como la pieza de referencia universal del periodismo de investigación en el escándalo político más difundido y estudiado del siglo XX. A lo que debe añadirse la independencia de criterio y la valentía de la editora de The Washington Post, Katharine Graham, y del equipo de dirección del periódico para capear el temporal, apoyar a los periodistas y resistir todas las presiones.

La atmósfera de Washington

Cuenta Graham en sus memorias Personal History: “Durante estos meses, las presiones sobre el Post para parar y desistir fueron intensas e incómodas. Yo me sentía acosada. Muchos de mis amigos se quedaron perplejos con el enfoque de nuestras informaciones. Joe Alsop [un famoso columnista] me estaba presionando todo el tiempo. Y tuve un encuentro casual, penoso, con Henry Kissinger, justo antes de la elección. ‘¿Qué te pasa? ¿No crees que seamos reelegidos?’, me preguntó Henry. Los lectores también me escribían, acusando al Post de segundas intenciones, mal periodismo y falta de patriotismo”.

Nixon y Kissinger

Richard Nixon y Henry Kissinger, en el Despacho Oval de la Casa Blanca.

Kissinger fue el arquitecto del acercamiento diplomático a China y la URSS. El presidente viajó a Pekín en febrero de 1972 para entrevistarse con Mao Zedong y en mayo de mismo año firmó en Moscú los acuerdos SALT-1 con el líder soviético Leonid Breznev. En ambos casos, la iniciativa de la Casa Blanca disgustó a una parte de los equipos que en los departamentos de Defensa y Estado habían gestionado hasta la fecha la guerra fría. En no menor medida pesó sobre la Administración de Nixon la división entre los partidarios de acelerar el acuerdo para una salida honorable de Vietnam y quienes creían que había que mantener la guerra a pesar de la fractura social que había provocado. Estos últimos tenían a su favor la debilidad de la candidatura demócrata para las presidenciales de 1972: el senador George McGovern era combatido en el seno de su propio partido y sus promesas de salir de Vietnam a toda prisa no le hicieron despegar nunca en las encuestas.

El clima de rebelión en las filas demócratas era de tal naturaleza que se constituyó una asociación llamada Demócratas por Nixon, dirigida por John Connally, a la que se sumaron sobre todo demócratas del sur descontentos con las inquietudes sociales y las políticas de integración racial que defendía McGovern. La prueba definitiva de que el candidato demócrata estuvo siempre a merced de los acontecimientos fue el resultado que obtuvo el 7 de noviembre de 1972: solo ganó en Massachusetts y en el Distrito de Columbia; en los otros 49 estados el triunfo fue para Nixon.

Así pues, ¿debía temer Nixon que alguien le moviera la silla? Lo único cierto es que cuando creció el escándalo y empezaron a caer sus colaboradores más próximos, el presidente apareció huérfano de apoyos. Tal como refleja el libro de Woodward y Bernstein Los días finales, Nixon experimentó la soledad de alguien dejado a su suerte por los poderes de facto y las instituciones, y eso multiplicó la fuerza de los demócratas de tal manera que en la votación del Senado que aprobó abrir el procedimiento de impeachment  (encausamiento), seis republicanos votaron a favor. “Nixon nunca tuvo a nadie a su lado, ni siquiera en sus mejores momentos. Era un profesional astuto, pero no le caía simpático a nadie; era la antítesis de Kennedy y su famosa empatía”, declaró años después de la dimisión de Nixon uno de los periodistas que siguió la campaña presidencial de 1972. El actor Anthony Hopkins reflejó hasta la angustia el estado de ánimo atormentado del presidente en su magnífico trabajo en Nixon, del director Oliver Stone.

El sistema, a prueba

El recorrido que siguió el caso Watergate de las páginas de los periódicos a los tribunales y el Congreso, así como la decisión final del presidente de dimitir para evitar el impeachment, dividió la opinión de los expertos en cuanto a la buena salud del sistema. Porque tan cierto es que el equilibrio de poderes respondió al desafío, como que todos los mecanismos de control efectivo del Ejecutivo fallaron y fueron por detrás de los acontecimientos revelados por la prensa hasta que el escándalo adquirió dimensiones de convulsión nacional. Es más, probablemente nada hubiese sucedido si el asalto a las oficinas demócratas se hubiese podido saldar con el enjuiciamiento de los cinco hombres detenidos el 17 de junio de 1972. El “robo de tercera” de Ronald Ziegler se hubiese consagrado como la versión oficial y única.

Nixon y Ford

Gerald Ford, poco después de haber sido nombrado vicepresidente por Richard Nixon.

“Si nos fijamos en la transformación en dos años en el contexto de Watergate, vemos la creación y la resolución de una crisis social fundamental, una resolución en la que participa la más profunda ritualización de la vida política. Para lograr ese status religioso, hubo una generalización extraordinaria de la opinión pública vis-à-vis con una amenaza política que se inició en el centro mismo del poder establecido”, ha escrito Jeffrey C. Alexander, profesor de Sociología en la Universidad de Yale en The meanings of social life. La afirmación de Alexander se corresponde tanto con la realidad como el hecho de que en la primavera de 1973, con el escándalo ocupando todos los canales informativos, la mitad de los estadounidenses admitían no tener conocimiento del caso Watergate o, peor aún, lo consideraban una invención de los periódicos. En consecuencia, no sentían mayor necesidad de que reaccionaran las instituciones ni tenían la sensación de que el sistema se enfrentara a una prueba de resistencia.

Si esto fue así hasta muy avanzados los acontecimientos, el perdón otorgado por Gerald Ford a su predecesor por cualquier asunto relacionado con las investigaciones y procesos abiertos en relación con el Watergate tampoco suscitó grandes controversias fuera del mundo académico y de la pugna partidista. Pero aún hoy persisten las dudas sobre la consistencia jurídica del perdón, que los constitucionalistas liberales estiman que fue una extralimitación de un privilegio presidencial –conceder indultos–, aplicable solo a condenados. Nixon estaba lejos de haber sido formalmente condenado –dimitió para no ser encausado– y, por lo tanto, la decisión de Ford suscita todo tipo de reservas.

Nadie discute a Ford que con su atrevimiento legal evitó que las secuelas del escándalo Watergate se eternizaran y perturbaran el funcionamiento de las instituciones. Si los tribunales ordinarios hubiesen podido seguir con alguna forma de enjuiciamiento que afectara a Nixon, por ejemplo a partir de las pruebas obtenidas contra él en causas seguidas contra sus colaboradores, el trauma nacional se habría prolongado y los efectos políticos habrían sido devastadores. Si la guerra de Vietnam y la dimisión de un presidente fueron en gran medida la definitiva pérdida de la inocencia de la sociedad estadounidense, como tantas veces se ha dicho, llevar a Nixon ante el juez hubiese resultado demoledor para la confianza de los ciudadanos en el sistema.

¿Cómo era Nixon?

Hay algunos momentos en la vida de Richard M. Nixon que permiten sacar alguna conclusión acerca de su personalidad, pero en general su perfil es indescifrable. Woodward y Bernstein afirman al final de su artículo del día 8 de este mes: “Su odio provocó su caída. Nixon captó aparentemente esa idea, pero fue demasiado tarde. Él se había destruido a sí mismo”. El propio Nixon admitió en 1977, en su famosa entrevista por entregas con el periodista David Frost, que dijo no “en un primer momento a cometer el delito de obstrucción a la justicia”, pero acto seguido se exoneró de cualquier responsabilidad futura con una afirmación del todo discutible: “La dimisión fue un impeachment voluntario”. Con los años porfió para que arraigara la idea de que se había exagerado la gravedad del caso y gozó de una sorprendente rehabilitación pública sin que, por los demás, admitiera nunca que quiso situarse más allá de la ley y del orden institucional.

TWP

Portada de 'The Washington Post' del 9 de agosto de 1974 que da cuenta de la dimisión de Richard Nixon.

Quizá la idea del personaje permanentemente disgustado consigo mismo y con todo el mundo resuma el rasgo más característico de su personalidad desde que empezó su carrera política. El hijo de un modesto agricultor de Yorba Linda (California) se sintió siempre como un outsider incluso cuando llegó a la Casa Blanca, el vicepresidente que suplió con eficacia las ausencias de Dwight D. Eisenhower (1953-1961) debidas a achaques de salud fue superado por el don de gentes y la brillante oratoria de John F. Kennedy en la campaña de 1960, el correoso abogado educado en la lógica del derecho dio su consentimiento a las peores prácticas, pero en la hora de la despedida, la mañana del 9 de agosto de 1974, pronunció un discurso intimista en el transcurso del cual recordó a su padre.

Al día siguiente, un periodista escribió que en su último día en la Casa Blanca Nixon se mostró tan “incómodo y forzado” como en los cinco años y medio anteriores. Sin embargo, aquellas palabras improvisadas del adiós, rodeado de su familia, no estuvieron exentas de cierta patética grandeza: “Recuerdo a mi padre –dijo–. ¿Sabéis qué era? Al principio, conductor de tranvías, después granjero y más tarde propietario de un limonar. Os aseguro que aquel era el limonar más pobre de California. Lo vendió antes de que descubrieran petróleo en el terreno”. La sonrisa forzada de aquellos últimos minutos en la Casa Blanca fue parecida a la que siempre mostró en sus comparecencias públicas, demasiadas veces gélidamente distantes, como la de aquella rueda de prensa posterior a la dimisión de sus ayudantes John D. Haldeman y H. R. Ehrlichman –“dos de los mejores funcionarios públicos que he tenido el privilegio de conocer”–, el 30 de abril de 1973. Quiso ser irónico y mantenerse distendido, pero pareció altivo y desafiante a los periodistas que se encontraban allí. “Caballeros, hemos tenido nuestros desacuerdos en el pasado, y espero que me traten pésimamente cada vez que me equivoque”, soltó Nixon. Nadie rió.

Cuatro décadas después de que se representara el primer acto de aquel gran fresco de las alcantarillas del poder que fue el caso Watergate parece tan irrefutable que Nixon violentó las más elementales normas de la prudencia política, la contención y el respeto a la ley como que, en el ambiente enrarecido y adverso que nunca le abandonó, tomó decisiones similares a las de muchos de sus predecesores y sucesores, pero pagó por ello un precio que otros eludieron. “El que es elegido príncipe con el favor popular debe conservar al pueblo como amigo”, escribió Maquiavelo. Nixon nunca lo logró.

Los nombres del ‘caso Watergate’.

Libros:

BERNSTEIN, Carl y WOODWARD, Bob: Todos los hombres del presidente. La primera edición en español data de septiembre de 1974 y apareció con el título El escándalo Watergate (Editorial Euros).

BERNSTEIN, Carl y WOODWARD, Bob: Los días finales. La primera edición en español data de octubre de 1976 (Editorial Argos).

LEWIS, Chester y otros: Watergate. Aymá Editores. Barcelona, junio de 1974. Elaborado por el equipo de reporteros del dominical de Londres Sunday Times.

WOODWARD, Bob: El hombre secreto. Inédita Editores. Barcelona, noviembre del 2005. Incluye al final el texto de Carl Bernstein La valoración de un periodista.

Películas:

Todos los hombres del presidente, de Alan J. Pakula. 1976.

Nixon, de Oliver Stone. 1995.

Frost/Nixon, de Ron Howard. 2008.