El ‘brexit’ se adentra en el caos

La Unión Europea ha pasado a controlar sin reservas el calendario del brexit después de meses de idas y venidas sin más progresos que los fallidos intentos de la primera ministra Theresa May de lograr el apoyo de la mayoría en la Cámara de los Comunes a su acuerdo con los Veintisiete para consumar un divorcio civilizado. A una semana de confirmarse el brexit caótico, el Consejo Europeo de este jueves y viernes ha dejado establecido que la premier dispone hasta el 22 de mayo de una prórroga para una salida ordenada de la organización, siempre y cuando el Parlamento de Westminster se pliegue a la realidad: el único acuerdo posible de salida es aquel pactado por May en noviembre del año pasado. Si tal aproximación a la realidad no se produce, el aplazamiento de la aplicación del artículo 50 del Tratado de la Unión se retrasará hasta el 12 de abril, calificado por un alto funcionario de la UE como “el nuevo 29 de marzo”.

Ninguna de las suposiciones manejadas por la primera ministra le ha permitido salir vencedora en su pugna con los brexiteers recalcitrantes. Se ha demostrada infundada la creencia de que conforme se acercaba la fecha límite decaería su arrojo y, en cambio, se ha espesado el ambiente entre dos posturas encontradas e irreconciliables: la de quienes en su día tomaron la palabra a May –“mejor un brexit sin acuerdo que con un mal acuerdo”– y la de cuantos abogan por un adelanto electoral o por un nuevo referéndum que neutralice el desastre que se avecina. La disputa por el poder en las filas conservadoras ha encontrado en el backstop –los requisitos para mantener una frontera blanda entre las dos Irlandas; una frontera inexistente en la práctica– la herramienta política para diferenciar a los brexiteers de los posibilistas, y para contar con el apoyo o complicidad de los unionistas norirlandeses.

Se antoja bastante más que verosímil el cálculo hecho por el presidente de Francia, Emmanuel Macron, acerca de las posibilidades de que May acuda por tercera vez a los Comunes para que voten el acuerdo con la UE y consiga una victoria: no cree que tenga más de un 5% de posibilidades de éxito. La razón no es el acuerdo en sí, su contenido específico, ni la insuficiencia de las aclaraciones sobre el pacto de noviembre hechas en diferentes momentos por Donald Tusk, Jean-Claude Juncker y Michel Barnier, sino que los promotores del divorcio aplican el eslogan “brexit means brexit” (brexit significa brexit) hasta sus últimas consecuencias. Es imposible apear del burro a personajes tan opuestos a la permanencia en la UE como Jacob Rees-Mogg y Boris Johnson, por citar dos de los más combativos, porque entienden que seguir en la UE o prolongar la discusión con Bruselas es más o menos una claudicación, un acatamiento de las reglas del juego dictadas por la UE y de las que ellos pretenden librarse.

Al mismo tiempo, la nave europea ni puede ni quiere quedar atrapada en un bajío mientras al otro lado del canal la discusión se llena de bizantinismos, con una opinión pública dividida y una crisis de liderazgo insólita en los dos grandes partidos (el papelón laborista merece capítulo aparte). De ahí que la UE se haya preocupado de fijar el tempo de la salida, aunque una separación sin acuerdo entraña riesgos de todo orden para ambas partes. “Los políticos británicos son incapaces de poner en práctica lo que su pueblo ha exigido. El pueblo votó por el brexit”, lamenta Macron. Hasta la fecha de vencimiento, todas las opciones siguen sobre la mesa, manifiesta Tusk. “Estamos en un momento crítico en la construcción de Europa”, declara Pedro Sánchez. Todo suena a lamento por el desaguisado que se avecina.

Solo Angela Merkel mantiene el comedimiento y la esperanza en un desenlace in extremis del brexit bajo control. Al mismo tiempo, Rafael Behr, un brillante analista del periódico progresista y proeuropeo The Guardian, afirma que la UE sabe que Theresa May está acabada, que gastó todo su crédito en el Reino Unido y que el país debe empezar a aceptar un nuevo trato en Bruselas: “Las conclusiones de la cumbre se transmitieron a la nación peticionaria mientras [May] se paseaba por una antecámara. Esta es la relación de poder entre un tercer país y la UE. Gran Bretaña debería acostumbrarse a ello”. La descripción resulta poco menos que patética para la líder de un socio de la UE con tribunos exaltados que prometen que, fuera del entramado europeo, la nación recuperará la grandeza, la soberanía y la autoestima presuntamente perdidas.

El discurso brexiteer soslaya esta imagen, arropado en titulares como el del Daily Telegraph, vocero de un conservadurismo con atributos rancios: “¿Cómo Emmanuel Macron tomó el control del destino del brexit de las manos de Theresa May, mientras la fachada de unidad de la UE comenzó a resquebrajarse?” Un resquebrajamiento imaginado o supuesto que tiene más que ver con el sostenella y no enmendalla que con el desarrollo de los acontecimientos en el Consejo Europeo, pero de una indudable eficacia para mantener cohesionado el campo secesionista, aunque varias encuestas detectan una pérdida permanente de efectivos y una creciente sensación de engaño entre los votantes que apoyaron la salida en junio de 2016.

En medio, una UE de ciudadanos desorientados, que acudirán a la cita electoral de mayo sin saber muy bien cómo les afectará la defección del Reino Unido, y unas instituciones sometidas a la presión permanente de una ruptura sin reglas con el Gobierno británico, coinciden en preguntarse si alguna vez, al otro lado del canal, se sintieron integrantes de una organización basada en el continente, o si aceptaron el paso dado por Edward Heath como un mal menor, un parche inevitable para suavizar la pérdida de influencia que siguió a la descolonización. Forma parte de la historia del periodismo el titular El continente, aislado, impreso en portada por un periódico británico a raíz de un episodio de niebla muy espesa en el canal de la Mancha. Y forma asimismo parte de las viejas leyendas urbanas la respuesta de Wiston Churchill a un ayudante de Franklin D. Roosevelt que acudió a recibirle y le preguntó por la situación en las islas en plena segunda guerra mundial: “El viejo corcho sigue flotando”, se dice que respondió el premier. A saber si aquel espíritu de resistencia en solitario sigue siendo hoy el que guía a unas élites que aún se emocionan con la letra de Rule Britannia! –“Los británicos nunca serán esclavos”– o se atienen al programa general de actos de la extrema derecha, enemiga declarada de una Europa fuerte con peso político (más parece esto último).

El ‘brexit’, más y más indescifrable

La concreción de la debilidad de Theresa May en el seno de su propio partido ha superado todas las previsiones habidas y por haber: se trata de la mayor derrota de un primer ministro en la Cámara de los Comunes durante el último siglo. Nadie dudaba de que la premier quedaría en minoría, pero los 432 votos contrarios al acuerdo con la Unión Europea –entre ellos los de más de 100 diputados conservadores– provocó una situación de verdadero asombro, alimentó todos los vaticinios para un futuro imprevisible y transmitió corregida y aumentada la imagen de una sociedad irremediablemente fracturada. El empeño de May de allegar fuerzas mediante una carta de última hora remitida desde Bruselas, sin valor jurídico alguno, asentó la convicción de que, más que nunca, los Veintisiete se mantienen en la idea de que puesto que fue el Reino Unido el que desencadenó la crisis es el Reino Unido el que debe pechar con el grueso del precio económico y político del divorcio.

El recurso a las palabras y a los gestos teatrales propios de la tradición shakespeariana poco sirven para encubrir la cadena de errores cometidos por los dirigentes conservadores desde que David Cameron, un remainer, puso en marcha el mecanismo perverso del referéndum para suturar la división en las filas tories y silenciar a los brexiteers. Durante la campaña de junio de 2016, fueron estos últimos, estimulados por Nigel Farage, líder del UKIP, un demagogo de carnadura ultranacionalista, los que llevaron la iniciativa –lo que ahora se llama la construcción del relato–, y después de obtener la victoria fue May, tan remainer como Cameron, la encargada de negociar con la UE un acuerdo que evitara un desastre mayor del pronosticado por la mayoría de los analistas. Fue así como se instaló en el imaginario colectivo la mayor de las estupefacciones: un partidario de seguir en la UE provocó indirectamente la salida y una partidaria de mantener al Reino Unido en la UE se vio en el trance de dirigir la negociación de un futuro en el que no cree, que queda bastante lejos de su punto de vista de siempre.

La invocación de un texto de John F. Kennedy hecha por dos diputadas laboristas en las páginas del diario progresista The Guardian abunda en la vertiente más trágica del brexit, pero no hace más que encubrir o por lo menos difuminar la naturaleza de lo sucedido, mezcla heterogénea de nacionalismo, añoranzas de un pasado sin billete de vuelta, charcutería política, ambiciones personales y falta de liderazgo o determinación en los dos grandes partidos. Que el presidente asesinado escribiera en Profiles in courage que “rara vez sucede que toda la verdad, y toda la razón, y todos los ángeles están en el mismo bando” tiene una solemnidad que casa mal con la realidad: la salida de la UE, por más apoyos que obtuviera en la consulta de junio de 2016, es un disparate sin paliativos que dañará gravemente la economía y la proyección exterior del Reino Unido salvo arreglo de última hora, por lo demás harto difícil.

El aterrizaje en la realidad de los ciudadanos británicos se presagia lleno de riesgos y de decepciones. Las proclamas de Theresa May para “identificar qué podría requerirse –se supone que en Bruselas– para asegurar el apoyo de la Cámara” al acuerdo para la salida tienen todas las trazas de un deseo que difícilmente se puede convertir en algo concreto. Su derrota tampoco cambia los datos esenciales que ensombrecen el panorama porque del fracaso de la premier no se deduce que habrá “un cambio en este estado de cosas”, según uno de los muchos analistas que teme lo peor.

En condiciones normales, después del revolcón del martes, May debería presentar la dimisión. Pero es todo tan anormal en esta historia que los mismos que un día votaron en contra suya prometen ahora mantenerla en el puesto, sea frente a los laboristas, siempre tan indecisos, o frente a cualquier artimaña que pretenda provocar un adelanto electoral o lo que resulta aún más indeseado por los brexiteers: la convocatoria de un nuevo referéndum. Citarse en las urnas entraña demasiados riesgos tanto si se trata de unas elecciones generales, con la posibilidad cierta para conservadores y unionistas del Ulster de pasar a la oposición, como si –del todo improbable por el momento– una conjunción astral permite abrir la caja de los truenos de una nueva consulta que dé la victoria a los partidarios de la permanencia.

A falta de la dimisión de la premier se instala en los espíritus un sentimiento de provisionalidad, así en Londres como en Bruselas, donde no salen de su desconcierto los funcionarios más próximos a Michel Barnier, el responsable de negociar el brexit con los enviados de Theresa May. Mientras Erik Jones y Anand Menon, analistas del think tank británico Chatham House, se preguntan si la unidad de Europa fue “siempre un sueño al tiempo que la división se mantiene como una realidad”, lo cierto es que la unidad de acción de los Veintisiete se mantiene porque todos saben que, sea cual sea el desenlace final, los socios de la UE no saldrán indemnes de la prueba, sometidos los vínculos económicos y políticos con el Reino Unido a un stress test que ninguno de ellos deseó.

La disposición bruselense a prolongar el plazo fijado por el artículo 50 del Tratado de Lisboa para que se consume el divorcio tiene mucho que ver con el temor de los Veintisiete a que una separación sin acuerdo degeneré en un caos o galimatías a ambos lados del canal de la Mancha, con un precio del desaguisado cada vez más difícil de calcular. El caso es que el alargamiento del calendario, con el problema añadido de las elecciones al Parlamento Europeo sin participación británica, no garantiza que cambien sustancialmente los datos esenciales de la crisis. Pueden incluso adquirir una complejidad superior a la que ya tienen si el último cartucho de May para “hablar con todo el mundo”, David Lidington, secretario del Cabinet Office (equivalente a un ministro de la Presidencia o viceprimer ministro), choca contra dos muros: la intransigencia de los conservadores a favor del brexit duro y la negativa de los laboristas a negociar nada que no garantice la unión aduanera y probablemente el mantenimiento provisional en los términos actuales de la frontera blanda entre las dos Irlandas.

Theresa May quizá se daría por satisfecha con lograr la unificación tory mediante la gestión de Lidington, pero ¿es esto posible y suficiente? Seguramente, no si el restablecimiento de la unión perdida exige la renegociación con la UE, a lo que los Veintisiete se oponen, o si la facción brexiteer, muy crecida desde el martes, le recuerda a la primera ministra, esclava de sus palabras, que es preferible una salida sin acuerdo que con un mal acuerdo, o lo que ellos consideran que lo es. Y así, vuelta a empezar metidos en un bucle doblemente demoledor, para el futuro del Reino Unidos y de la UE, indisolublemente unidos en la desventura.

Guerra sin cuartel entre ‘tories’

Después de cuarenta años de guerra civil en el seno del Partido Conservador del Reino Unido, la batalla del brexit lleva camino de convertirse en el episodio que debe dilucidar si el partido puede seguir unido o si la unidad es imposible. La victoria de Theresa May en la votación de confianza a la que hubo de someterse el miércoles ha debilitado extraordinariamente a la primera ministra ante sus correligionarios y ha robustecido el frente brexiter. Los 117 votos obtenidos por los adversarios de May frente a los 200 de apoyo a la premier han permitido conocer a cuánto equivale el descontento en las filas conservadoras: más de un tercio del grupo parlamentario es contrario a que May siga al frente de las operaciones.

Por lo demás, la victoria no tiene efectos sobre el asunto principal: aprobar el pacto con Bruselas para el periodo transitorio comprendido entre el 29 de marzo de 2019 y el 31 de diciembre de 2020. Los diputados díscolos no se sienten obligados a apoyar lo que en primera instancia rechazaron, sino que se mantienen en sus trece, secundados por los unionistas norirlandeses y quién se sabe si, llegado el momento, fortalecidos –algo más que posible– por el voto laborista contra el texto que May llevará en enero a la Cámara de los Comunes. Tampoco tiene mayor trascendencia en plena tempestad que la primera ministra haya renunciado a presentarse en unas próximas elecciones: el ala brexiter coincide con todos los analistas en que se trata de un lame duck (pato cojo) sin futuro político. En Estados Unidos, de donde procede el apelativo, referido al presidente durante sus dos últimos años de mandato, la cojera ha sido en ocasiones un resorte liberador que ha dado pie a decisiones inesperadas o atrevidas –Barack Obama, el último precedente–, pero en el Reino Unido no es más que sinónimo de pura y simple debilidad.

Por encima del asunto concreto que de forma divisiva alarma a los partidarios de la salida de la UE sin contemplaciones –la frontera blanda entre las dos Irlandas, un apartado con enormes implicaciones políticas–, lo que realmente importa a la facción disidente es hacerse con las riendas del poder. Si el propósito de acabar con la guerra civil tory indujo a David Cameron a convocar el referéndum de junio de 2016, el resultado de la consulta no hizo más que avivar el fuego del desacuerdo entre los europeístas y los deseosos de cortar el vínculo con Bruselas, herederos de quienes no dejaron de denostar la adhesión a las instituciones comunitarias desde el ingreso en 1973. La incomodidad de una franja muy importante del conservadurismo para insertarse en el entramado europeo nunca se moderó, coincidiendo demasiado a menudo con similar incomodidad en el Partido Laborista, tan desaparecido o poco resolutivo en la crisis en curso.

La analista Gaby Hinsliff sostiene en el progresista The Guardian que el dinamismo de “los tigres de papel de Jacob Rees-Mogg aún pueden dividir la fiesta tory” de forma poco menos que irreconciliable. Rees-Mogg es con Boris Johnson, Sajid Javid, Jeremy Hunt, Amber Rudd, Dominic Raab, David Davis y algún otro profeta del brexit menos activo la voz que clama en los Comunes contra el acuerdo con Bruselas. Sus intervenciones, escritos y proclamas apelan a una supuesta recuperación de la soberanía plena, liberado el Reino Unido de la intromisión bruselense, y soslaya o silencia el parecer de los expertos, que vaticinan un desaguisado económico. Y su beligerancia tiene una capacidad manifiesta de fracturar el partido de forma irremediable al final de más de cuarenta años de peleas cainitas que el referéndum de 1975 –67% de votos a favor de la integración en Europa– apenas sirvió para mucho más que para oficializarlas y el de 2016 ha llevado al paroxismo.

¿Qué opciones le quedan a May en medio de la escalada? Solo tres: convocar elecciones, algo que seguramente llevaría a los conservadores a la oposición y a los laboristas al Gobierno (se desconoce cuál es su propuesta para sacar al país del atolladero); dejar las cosas como están y exponerse a una derrota sonora en Westminster cuando someta a votación el compromiso negociado con la UE o amenazar a la congregación brexiter con convocar un nuevo referéndum y paralizar el proceso de salida hasta conocer el resultado. Nadie puede decir ahora, en medio de la confusión, si tal camino es o no transitable, pero el analista Thomas Wright lo presenta en Politico.com como aquel que más puede alterar el pulso a los brexiters y en cierta medida puede convertir a los remainers en aliados ocasionales de la premier. May “puede hacer el siguiente cálculo –escribe Wright–: aunque detestan el acuerdo, los rebeldes lo respaldarán para evitar el riesgo de una reversión (que ganaran los partidarios de quedarse en la UE)” si una segunda consulta se celebrara y se cumplieran los vaticinios de los sondeos.

Incertidumbre sobre incertidumbre, la City se agita ante la imposibilidad de adivinar siquiera remotamente qué deparará el futuro. Los think tanks, el Banco de Inglaterra, los gabinetes de análisis de riesgo de las multinacionales y el mundo académico solo se atreven a aventurar que el brexit equivaldrá en su caso a una contracción de la economía que, si se consuma a las buenas, recortará el PIB el 4% y si se hace a las bravas, caerá no menos del 8%. Por no hablar de los aspectos más directamente relacionados con el futuro que aguarda a los jóvenes británicos en sus expectativas profesionales si su país no tiene con la UE un vínculo sólido y estable. Porque las garantías para los ciudadanos del Reino Unido que viven al otro lado del canal y para los europeos en territorio británico se limitarán al censo actual de residentes, pero nada aseguran en el futuro.

Solo los promotores entusiastas del divorcio han salido enaltecidos de este enésimo asalto del disparate. Mientras, el fuego amigo a discreción y el paso de los días acucian a May para encontrar una vía de escape, pacto o compromiso con la UE que no lleve directamente el proceso a una separación dura; confía May en sacar un conejo de la chistera en el tiempo de descuento y se arrepiente todos los días de haber dicho que es preferible una salida sin acuerdo que un mal acuerdo. Pero este coup de magie que la primera ministra busca a todas horas pretende comprometer a los Veintisiete, unidos como nunca en la gestión del brexit con una sola voz como quedó patente el jueves. Jean-Claude Juncker y Donald Tusk han advertido que queda fuera de sus cálculos toquetear lo aprobado: caben aclaraciones sobre aquello que se antoje más oscuro o impreciso a ambas partes, pero no se revisará una coma de un documento reputado el único posible. Esto es, cualquier modificación solo puede empeorarlo sin que con ello se apacigüe la belicosidad de cuantos defienden la ruptura.

 

 

Ceremonia del caos en el ‘brexit’

La tramitación del brexit ha dejado de ser solo un desafío insólito para la UE y para el futuro del Reino Unido para convertirse además en un escenario caótico en el que se desarrolla una doble función: el cumplimiento de la opción ganadora en el referéndum de 2016 y la guerra entre familias políticas en el seno del Partido Conservador, una batalla despiadada para descabalgar del poder a Theresa May. Un espectáculo lamentable cuyo primer acto se representó el martes, cuando la premier afirmó con satisfacción desmedida que se había llegado a un acuerdo de principio en la negociación para una salida ordenada de la UE, siguió el miércoles con el anuncio del presunto apoyo del Gobierno británico a lo pactado y escaló el jueves hasta altas cotas de desconcierto cuando el goteo de dimisiones ministeriales se hizo incontenible y los brexiters se presentaron en formación de combate para impedir que una mayoría parlamentaria secunde lo dispuesto en Bruselas para que el divorcio sea amistoso.

Acuciada por el calendario y prisionera de sus palabras –“es mejor una salida sin acuerdo a un mal acuerdo”–, May se ha quedado sin apoyos suficientes en su partido, en extremo dividido y con los brexiters marcando el tempo político, ha puesto en un grito a los unionistas del DUP al aceptar una frontera blanda entre las dos Irlandas y ha abonado la pasividad del laborismo, sumido en una crisis de identidad cuya imagen más elocuente la ofreció el último congreso del partido. Seguramente, y también paradójicamente, la única complicidad sólida con la que cuenta May es la de Bruselas, con el negociador Michel Barnier en primer lugar, y la disposición de los 27 de dar por bueno lo inicialmente acordado. Pero entre los ideólogos del brexit, si así se les puede llamar, prevalece la idea de que el pacto de May es poco menos que una rendición, un atentado a la soberanía y un cheque en blanco para la UE que, dicen, puede prolongar indefinidamente la inclusión del Reino Unido en la unión aduanera (Iain Martín en el conservador The Times).

Mientras tanto, la opinión pública se divide, crece el número de los que votaron a favor del brexit que ahora se opondrían a él y la City maniobra para que, de haberlo, sea lo menos lesivo posible para una economía que emite señales manifiestas de desconfianza en el futuro. Y con ser estos elementos capitales para calibrar hasta qué punto dejar la UE es un mal negocio, la peor de las señales es la fractura generacional, con el grueso de los jóvenes a favor de la permanencia y la mayoría de los más veteranos a favor de la salida, una situación más preocupante si cabe que la fractura emocional entre la cultura urbana –la conurbación de Londres, los grandes polos industriales–, el mundo académico y el de la cultura, de una parte, y de la otra, el universo de la tradición y las viejas convenciones sociales con cobijo en las pequeñas ciudades y en el campo.

El analista Rafael Behr se pregunta en el europeísta The Guardian si la primera ministra está en condiciones de cerrar un acuerdo y, de hacerlo, si puede presentarlo “como un éxito a su partido y al Parlamento” o, posibilidad aún peor, que no pueda lograrlo, en cuyo caso la pregunta que formula es “qué será de ella y del país”. Sin embargo, estas incógnitas nucleares han desaparecido de los debates, incluso se ha esfumado en buena medida la posibilidad de adaptar al caso británico la solución noruega –permanecer fuera de la UE, pero formar parte del Espacio Económico Europeo– porque los promotores del brexit duro se sienten con fuerzas para imponer su criterio y, de paso, lograr que alguien más afín a su pensamiento se instale cuanto antes en el 10 de Downing Street. Envuelto todo en la teoría del vasallaje impuesto por la UE al Reino Unido, desarrollada por el tan brillante como excéntrico e imprevisible Boris Johnson, el exministro de Asuntos Exteriores que considera inaceptable seguir en el marco económico europeo porque supone aceptar unas reglas del juego en cuya redacción el Gobierno británico no podrá participar una vez se consume la salida.

Una verdadera ceremonia del caos, la improvisación y la falta de liderazgo para defender una de estas tres opciones: un brexit ordenado, que siempre será menos pernicioso, dar el portazo y poner la economía y las relaciones entre europeos patas arriba o, tercera posibilidad, organizar una nueva consulta, con todos los datos sobre la mesa, para comprobar si efectivamente los remainers siguen siendo una minoría. Ni siquiera quienes han puesto a May contra las cuerdas disfrutan de un liderazgo efectivo: simplemente, disparan contra cuanto se mueve sin ofrecer un proyecto político acabado y viable, favorecidos en su estrategia por la ausencia en el Parlamento de un núcleo europeísta consolidado y multipartidista (el papelón del laborista Jeremy Corbyn pasará a la historia de la pasividad política, rehén de su euroescepticismo).

Siempre el establishment británico ha tenido dificultades para adaptarse al eurpeísmo, pero nunca pareció tan incapaz como ahora de encontrar la salida del laberinto. El brexit ha sentado a los políticos del Reino Unido frente a un espejo que devuelve imágenes de ineficacia, prejuicios atávicos y falta de realismo. Creer el mantra de que sin las ataduras de la UE todo funcionará mejor, el ejercicio pleno de la soberanía será una fábrica de progreso y de cohesión social, es tanto como suponer que el país sigue siendo lo que en realidad dejó de ser hace décadas y llevó al conservador Edward Heath a cruzar el canal de la Mancha en 1973 para vincular el futuro al de los demás estados europeos. Aquella operación sigue teniendo todo el sentido aunque los euroescépticos, los eurófobos y otras camadas crean que aquello fue poco menos que una capitulación.

 

 

El ‘brexit’ ahonda las divisiones

Si el voto a favor del brexit en el referéndum de junio de 2016 fue un factor de división en la sociedad británica, la negociación de los términos de la salida lo es doblemente porque ha dañado la cohesión de los dos grandes partidos del Reino Unido y figuras políticas relevantes, una parte importante de la comunidad académica y en términos generales el mundo de la cultura han levantado un muro frente a la provocación de Theresa May: es preferible un brexit sin acuerdo que un mal acuerdo. Al llamado plan de Chequers, defendido por la primera ministra y rechazado por la Unión Europea, apenas le quedan partidarios, las encuestas delatan una disparidad radical de criterios entre jóvenes y mayores y el griterío populista sube el volumen –Boris Johnson, uno de los oradores más destemplados–, mientras el mundo financiero se tienta la ropa y teme que se consume el disparate desencadenado por David Cameron.

A medio año de distancia del fatídico 29 de marzo, día en el que, si nada lo remedia, se consumará el brexit, laboristas y conservadores andan buscando la cuadratura del círculo, y al mismo tiempo, personajes como los alcaldes de Londres y Manchester reclaman la celebración de otro referéndum que permita saber si de verdad divorciarse de la UE es la opción que prefieren más británicos o, por el contrario, son muchos los arrepentidos, los deseos de rectificar su voto y ahuyentar el fantasma de la ruptura. Lo que parecía imposible en junio de 2016 se ha producido: la tozuda realidad se ha impuesto y los temores a un fiasco económico aumentan a cada día que pasa.

Jeremy Corbyn, líder laborista instalado en la duda hamletiana desde su euroescepticismo poco menos que confeso, reconoce ahora que salir de la UE sin un acuerdo “corre el riesgo de ser un desastre nacional”. Y lo dice después de deshojar la margarita antes, durante y después del congreso de su partido en Liverpool, del que salió debilitado por no decir desairado por los remainers (los que quieren seguir en la UE), encabezados por Keir Starmer, responsable de seguir las negociaciones del brexit en el Gobierno en la sombra. Quizá podía haberse referido al “desastre nacional” antes del referéndum, cuando su tibieza facilitó la labor de los promotores de la salida, pero lo dice ahora porque no le queda más remedio, porque en el congreso fue manifiesta la mayoría partidaria de celebrar una nueva consulta, no sobre el acuerdo final que alcance May, sino sobre la cuestión de fondo: nos quedamos o nos marchamos.

Lo que le gustaría a Corbyn sería un adelanto electoral si los Comunes votan en contra del acuerdo que arranque la premier a Bruselas, cada día más improbable. Pero, como se dice ahora, esta pantalla quedó atrás hace tiempo, la discusión ya no es sobre la bondad o el daño que causará el brexit –más, esto último–, sino cómo evitarlo o cómo perseverar en él, aunque sea a un altísimo precio. Además, la perspectiva de un adelanto electoral es un futurible que atemoriza a los conservadores, enzarzados en una batalla por el poder más cruenta si cabe que la de los laboristas habida cuenta de la energía desplegada por los euroescépticos para presentarse ante la opinión pública como los defensores de un brexit duro, sin concesiones o pactos con la UE (eso dicen al menos).

Cuando esta próxima semana sea Theresa May la que se someta al dictamen del congreso conservador contarán sus competidores con el apoyo entusiasta del trumpismo, de los adscritos a la operación dirigida por Steve Bannon para unir a las diferentes extremas derechas europeas para minar la UE y del conglomerado de adversarios de todo pelaje y condición cosechados por la Europa unida. El programa de Chequers quedará tan lejos a pesar de su corta vida, que la discusión sobre el mantenimiento del Reino Unido dentro de la unión aduanera y el problema de la frontera entre las dos Irlandas, tan debatidos ambos asuntos, acaso se desvanezca y lo que domine las discusiones sea simplemente la punga entre aspirantes a ocupar la silla de May. Cuando la secretaria de Interior, Amber Rudd, se refiere a los enemigos surgidos en el Parlamento para un posible arreglo parecido al tratado de libre comercio Canadá-UE, parece hacer referencia a esta guerra de trincheras desatada y su imprevisible desenlace.

La presencia de Jeremy Corbyn en Bruselas para entrevistarse con Michel Barnier, el negociador de la UE, y con Martin Selmayr, secretario general de la Comisión Europea, no está exenta de la ambigüedad practicada por el líder laborista. ¿Va Corbyn a prometer el apoyo a un brexit decoroso, sin sobresaltos irremediables? ¿Acude a Bruselas con algún programa propio bajo el brazo, parecido quizá al programa de Chequers, pero con mejores anclajes y compromisos con la UE? ¿O se trata simplemente de un gesto para que no se diga que es insensible a las inquietudes del congreso del partido y que prefiere esperar y ver? Conocer las respuestas a estas preguntas es esencial para saber qué papel desempeñara el laborismo a partir de ahora en este laberinto sin salida, en este viaje hacia lo desconocido.

El Financial Times, portavoz de una City alarmada, ha publicado un estudio sobre las posibilidades de celebrar un nuevo referéndum a partir de la situación creada por Theresa May, al ver rechazado el plan de Chequers, y por la militancia laborista, al dar su apoyo entusiasta a los remainers. Aunque en el análisis del periódico hay una dosis evidente de preferencia por una nueva consulta, ciertamente nunca se dieron tantos factores para que sea posible preguntar de nuevo: ¿quieren abandonar la UE? Pero a nadie escapa que una nueva convocatoria entraña un elevado coste político, puede dar pie a una crisis constitucional de gran alcance y no suturará las heridas abiertas por el resultado de 2016: el voto diferente en Inglaterra y Escocia, la división tajante entre las grandes ciudades y el resto del país y la sensación de que, si no hay brexit, subsistirá una incomodidad manifiesta en segmentos importantes de la sociedad británica que seguirán reclamándolo, que siguen pensando que el canal de la Mancha es el mejor regalo que la naturaleza hizo a las islas para mantenerlas separadas del continente.

 

Lo peor del ‘brexit’ está por llegar

Las dimisiones de David Davis y Boris Johnson han dado carta de naturaleza a la impresión muy extendida desde hace tiempo de que la eurofobia fija la agenda de las negociaciones para la salida ordenada de la UE del Reino Unido. Colegir de la inmediata sustitución de ambos por Dominic Raab y Jeremy Hunt que la primera ministra, Theresa May, se mantiene en el puente de mando y controla la situación carece de fundamento: se desmorona el plan discutido el pasado fin de semana en Chequers para un brexit sin estridencias y el Gobierno británico aparece perdido en un laberinto de incongruencias y contradicciones. El artículo publicado el jueves en The Guardian por Henry Newman, director de Open Europe, en forma de carta dirigida a los embajadores y comisarios de la UE no hace más que subrayar algo por demás sabido: los europeos deben tomarse en serio el brexit blando defendido por May porque no hay alternativa mejor, menos hiriente.

Al recordar Newman que el interés británico por ingresar en la UE estuvo siempre relacionado con los intercambios económicos, y que esto es lo que pretende ponerse a salvo –“siempre hemos estado más interesados en las relaciones comerciales que en el proyecto político”–, no hace más que dar la razón a cuantos se alarman en la City con el brexit. ¿Por qué? Por el sencillo argumento de que incluso en el mejor de los desenlaces posibles, los británicos quedarán al margen de las decisiones que tomen los socios de la UE en el ámbito de la economía, pero deberán actuar en los términos aprobados en Bruselas, y aun estarán sujetos a lo que dictaminen o sentencien los tribunales europeos.

Es cierto, como afirma Newman en su carta-artículo, que si fracasa el brexit blando salido de Chequers, y por ahí van los tiros ahora, los perjuicios se percibirán a ambos lados del Canal en “el crecimiento económico y en la futura cooperación en materia de seguridad”, pero acaso la capacidad de reacción de las economías europeas sea mayor y más rápida, especialmente en la zona euro, y acaso también las políticas de seguridad se atengan a nuevos parámetros –una cooperación reforzada–, menos dependientes en todo caso de la estrategia de la OTAN. Y ahí también teme la City que la libra zozobre, el independentismo escocés se rearme, con efectos económicos inmediatos, y finalmente quede al descubierto la naturaleza fantasiosa de las ventajas de la salida proclamadas por los promotores del referéndum de 2016, aquel que nunca debió celebrase, según también opinan los gurús de la City.

La obsesión por la recuperación de cotas de soberanía exhibida por los brexiters más radicales apenas importa en una economía globalizada en la que el desarrollo de las potencias emergentes, un crecimiento raquítico de la demografía europea y el desafío tecnológico obligan a perseverar en los mecanismos de cooperación y en reducir el concepto clásico de soberanía a los asuntos con una repercusión estrictamente estatal o local, si es que tal cosa es posible (hay dudas sobre ello). La UE está minada por los achaques, las rivalidades entre gobernantes y el griterío nacionalista, pero es la única salida que tienen los viejos estados europeos para no caer en la irrelevancia o el servilismo.

Si el Gobierno británico sucumbe a la presión de los eurófobos, será aún más débil de lo que lo es ahora, quizá encadenará varias crisis y por último caerá. En este caso o con esta posibilidad en el horizonte inmediato, cabe preguntarse cuál es la alternativa verosímil. ¿Arreglarían algo unas elecciones anticipadas que dividirían a los conservadores más de lo que ya lo están? ¿Puede el Partido Laborista salir al rescate? ¿Es posible un nuevo referéndum? Ninguna de estas preguntas puede responderse con una afirmación: nada bueno presagian para el Gobierno unas elecciones anticipadas; nada se sabe de una alternativa laborista para destensar la negociación con la UE –Jeremy Corbyn, tan silencioso o contemplativo–; más impensable es aún abrir el melón de un nuevo referéndum después de asegurarse ad nauseam que no lo habrá.

Entonces, qué. Entonces está Donald Trump y su empeño de debilitar a Europa cuanto antes, de dividirla si es posible, de liquidar el statu quo y encabezar un nuevo sistema de alianzas que minimicen el papel de la UE. En esto cuenta con la cooperación inestimable de Vladimir Putin, con los propagadores de falsas estadísticas –las cifras manejadas por el presidente en la cumbre de la OTAN de esta semana eran completamente falsas– y con los teóricos del vínculo especial que debe unir al Reino Unido con Estados Unidos. Que esto suponga recuperar algunas migajas de soberanía es harina de otro costal, incluso es posible simular que tal cosa sucede con tal de reforzar la prédica eurófoba. Pero tal posibilidad sigue siendo un factor de preocupación de la City –el proteccionismo de Trump no tiene vuelta de hoja–, del mundo académico, de cuantos creen que el canal de la Mancha es un accidente geográfico, pero no la línea divisoria, el muro, la frontera culturalmente infranqueable entre ellos y nosotros.

“Un gobierno realmente sensato habría elaborado un plan sobre cómo abandonar la Unión Europea antes de convocar un referéndum”, se dice en el último número de The Economist. Incluso para este semanario, comprensivo con el brexit, el último plan discutido en Chequers “profundiza el caos”, y aunque reclama de los europeos, en igual medida que a los negociadores de May, sensatez para evitar la anarquía, admite que exigirán más de lo que la primera ministra ofrece para seguir en el mercado único. Y no le sorprende habida cuenta del enfoque dado a la negociación por Michel Barnier desde que Jean-Claude Juncker afirmó tajante: “Brexit is brexit”.

Diríase que lo peor del brexit está por llegar. Cuando un articulista del Financial Times compara la posible relación futura del Reino Unido con la UE con la que ahora tiene Ucrania, no hace más que emitir un diagnóstico realista y perturbador para las finanzas británicas, para el comercio exterior, para los consumidores y para cuantos piensan que la economía británica es suficientemente grande como para poner condiciones y suficientemente dependiente como para necesitar de sus socios europeos para no gripar el motor. Lo peor está por llegar, pero los profetas de la salida no cejarán en su empeño de acosar al sector más templado del Gobierno, porque para ellos, como ha dicho Boris Johnson en su carta de dimisión, “el sueño se está muriendo”, aunque para otros muchos tal sueño se asemeje enormemente a una pesadilla.

 

Trump caliente Oriente Próximo

La decisión de Donald Trump de retirarse del acuerdo nuclear con Irán y de restablecer la política de sanciones ha crispado el ambiente en Oriente Próximo con la intensidad y profundidad temidas de antemano, ha alarmado a los aliados de Estados Unidos y ha proyectado sobre las cuentas del petróleo la sombra de un encarecimiento de los precios inducido por la incertidumbre, la desconfianza y el riesgo de una escalada bélica en diferentes frentes. Mediante el gesto de Trump, desastroso para preservar los equilibrios regionales en la medida de lo posible, la Casa Blanca persevera en el unilateralismo, impugna el statu quo y acentúa su perfil nacionalista –aislacionista–, alentado por el electorado ultraconservador, los ideólogos continuadores de la prédica del Tea Party y la necesidad de llegar a noviembre con una hoja de servicios suficiente para conservar la mayoría republicana en el Congreso.

Al mismo tiempo que los allegados a Trump, la cadena Fox News y los adictos al programa presidencial jalean la decisión, los analistas desapasionados coinciden en por lo menos tres conclusiones: Estados Unidos pierde influencia como actor internacional y degrada su solvencia como aliado, la pretensión de forzar un cambio político en Irán es un objetivo insensato y la Administración carece de una alternativa para afrontar los riesgos en materia de seguridad asociados a la denuncia del tratado. Cuando el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, declara que “Estados Unidos le está dando la espalda a las relaciones multilaterales con una ferocidad que solo puede sorprendernos”, y añade que “le corresponde a la UE asumir el control”, no hace mucho más que manifestar en público lo que opinan la mayoría de think tank a ambos lados del Atlántico; se hace eco de la opinión del presidente de Francia, Emmanuel Macron, de la cancillera de Alemania, Angela Merkel, y del secretario del Foreign Office, Boris Johnson.

Así se manifiesta también Suzanne Maloney, del Centro para la Política en Oriente Próximo (Brookings Institution), convencida de que la abdicación de Estados Unidos del liderazgo internacional “no tiene parangón en la historia reciente”. Así se expresan la mayoría de columnistas de la prensa liberal de Estados Unidos, que observan con preocupación cómo la decisión adoptada por Trump “no mejora los parámetros de seguridad” del país, un concepto acuñado por la comunidad de inteligencia para referirse a eventuales amenazas exteriores (terrorismo global).

¿Puede la Unión Europa, enzarzada con harta frecuencia en bizantinismos indescifrables, ocupar el espacio vacío presuntamente dejado por Estados Unidos? ¿Puede el dispositivo de seguridad europeo operar como una herramienta de equilibrio en Oriente Próximo? ¿Puede una europeización de la crisis minimizar el parte de daños que presumiblemente causará la estrategia de confrontación elegida por el equipo de Trump? La respuesta a tales preguntas no puede soslayar el hecho de que, como afirma Sanam Vakil, de la Universidad Johns Hopkins, la Casa Blanca ha hecho un regalo al ala dura del régimen iraní, la misma que puso en marcha el programa nuclear, que sostuvo la altivez irreflexiva del presidente Mahmud Ahmadineyad, antecesor de Hasán Rohani, y que observó con recelo el acuerdo de este con Barack Obama en 2015. La misma, en fin, que entiende que la única garantía de futuro para la República Islámica es disponer de un arsenal nuclear suficiente para disuadir a sus adversarios de cabecera, Estados Unidos, Israel y Arabia Saudí, de llevar a la práctica un programa encaminado a acosarla a todas horas en todas partes.

Queda poco margen para la esperanza al unir todos estos ingredientes. El simple hecho de que Israel atacó con misiles posiciones iranís en Siria poco después de que desde ellas se hubiesen bombardeado los altos del Golán, ocupados por el Ejército israelí desde junio de 1967, pone de relieve la volatilidad de la situación. Si se admite como un dato incontestable que Irán es un actor político determinante en Oriente Próximo, que la seguridad de Israel antecede a cualquier otra consideración en los análisis estadounidenses y que Arabia Saudí, con el apoyo de Estados Unidos, disputa la hegemonía regional a los ayatolás, es muy aventurado suponer que Europa puede serenar los ánimos sin la complicidad transatlántica. “Oriente Próximo es un polvorín de tensiones a medida que los conflictos arrecian en Siria, Yemen, Irak y Líbano, e Irán es el motor de gran parte de esa toxicidad”, recuerda Sanam Vakil.

Dicho de otra forma: al erosionar el programa de la facción posibilista del régimen iraní se pone a Irak y Líbano en la antesala de problemas mayores a los habituales, y a Siria y Yemen se los condena a soportar la carnicería por tiempo indefinido. Es este un panorama desolador, pero inmejorable para que proliferen los radicalismos de todo pelaje y condición, confesionales y laicos, indefectiblemente inclinados a solventar las crisis en el campo de batalla. Son demasiados los precedentes sombríos como para imaginar una evolución diferente de los acontecimientos, menos inquietante, más apegada a buscar el equilibrio estratégico entre adversarios en un espacio relativamente pequeño; un equilibrio en el que la controversia religiosa no sirva para encubrir la rivalidad militar y política, de las playas de Líbano a las del golfo Pérsico.

El alcance de esta crisis perseguida y manufacturada por Trump, deseada por Israel y aplaudida por Arabia Saudí no es regional, sino mundial. Lo es porque se produce en el área más inestable del mundo, enfrenta a Estados Unidos con los europeos, daña la trama de intereses económicos de estados y empresas que han normalizado su relación comercial con Irán y amenaza con envenenar el mercado del petróleo, salvo que surta efecto el propósito de China e India de seguir importando crudo iraní y mantenga Rusia su compromiso de comercializar una parte de la producción de la República Islámica, algo que da por seguro Frank A. Verrastro, especialista en la materia. Y es mundial en última instancia porque el rumbo fijado por Trump sitúa a Estados Unidos fuera del terreno de juego de las convenciones internacionales, del respeto por lo acordado y firmado, de cuanto se entiende que garantiza una seguridad razonable mediante la salvaguarda de los compromisos contraídos.

¿Cree el presidente Trump, como lo creyó George Kennan de la Unión Soviética, que Irán “es insensible a la lógica de la razón, pero es altamente sensible a la lógica de la fuerza”? Si este es el caso, cabe preguntarse por la naturaleza futura de las relaciones de Estados Unidos con China y Rusia, por qué lógica aplicará en ambos casos y por la capacidad de Trump de descoyuntar el sistema, convertido en un actor político cada vez más peligroso.

Otra vez la guerra fría

El cruce de expulsiones entre los aliados occidentales de un lado y Rusia del otro ratifica el calentamiento de la nueva guerra fría, tantas veces citada y desmentida. Cuando Sergei Narishkin, jefe de los servicios secretos rusos, alerta del riesgo de una escalada que desemboque en “una nueva crisis como la de Cuba” (la de los misiles, octubre de 1962) no hace más que abundar en la gravedad de la situación y los riesgos que entraña. El caso del envenenamiento del espía ruso –doble agente– Sergei Skripal y de su hija Yulia en suelo inglés ha emponzoñado la atmósfera, ahora más volátil que nunca, y ha resucitado los usos y costumbres a los que Estados Unidos y la Unión Soviética se atuvieron durante décadas.

El caso Skripal y sus consecuencias inmediatas semeja a los refinados argumentos de las novelas de Graham Green y remite a precedentes inquietantes, en especial el envenenamiento con polonio-210 y muerte de Alexander Litvinenko en Londres (2006). Nunca desde el hundimiento de la URSS se había degradado el clima político entre Este y Oeste con tan rápida y amenazante velocidad, con decenas de diplomáticos expulsados de ambos bandos. Nunca tampoco en el último cuarto de siglo un conflicto de estas características se había desarrollado con dos personajes tan poco convencionales como Vladimir Putin y Donald Trump al frente de las operaciones, adscritos ambos a una jerga nacionalista tan a menudo beligerante.

El hecho de que el escenario del suceso sea el Reino Unido y de que los primeros capítulos los escribiera Theresa May, tan discutida dentro y fuera de su partido, no es determinante. Sí lo es que la estrategia a seguir se acoja al modelo de la tensión entre bloques antagónicos, de acuerdo con el diseño general guardado en un armario por Estados Unidos en los no tan lejanos días en que creyó ser la única superpotencia realmente existente, con Rusia en caída libre y China en pleno aggiornamento. Sí lo es también la enésima debilidad mostrada por la Unión Europea, con solo la mitad de sus miembros unidos a la estrategia de las expulsiones y la otra mitad instalada en una confortable neutralidad: esperar y ver. No, por cierto, porque la estrategia de confrontación les parezca la peor de todas las posibles, sino porque los euroescépticos hallan en situaciones como el caso Skripal el mejor ecosistema para subrayar su autonomía y minar la unidad política de la UE.

Un diario como The Guardian, tan poco afecto a los planes de May, ha puesto de manifiesto esta división europea, apenas encubierta por la declaración conjunta de apoyo de Estados Unidos y de los aliados europeos más cercanos al Reino Unido –Francia y Alemania– a la gestión británica de la crisis, toda vez de que, al mismo tiempo, países como Austria –la extrema derecha instalada en el Gobierno– han apelado a su neutralidad so pretexto de preservar su condición de “constructores de puentes entre el Este y el Oeste, manteniendo abiertos canales de comunicación”.

El renacimiento del nacionalismo ruso, que compensa las debilidades estructurales de la nación, con planes de rearme y gestos desafiantes, ha pillado casi por sorpresa a Occidente, convencido hasta hace poco de que Rusia se había convertido en una potencia de segundo orden y bajo control. Que el país sea un Estado-continente con graves problemas de sostenibilidad –la economía depende por completo de la exportación de gas y petróleo– y una demografía en rápido retroceso, no afecta de momento a su disposición de seguir siendo una gran potencia militar con el segundo arsenal nuclear más importante del planeta después del de Estados Unidos, y la voluntad manifiesta de renovarlo. Como se ha dicho en alguna ocasión, los analistas de la OTAN equivocaron por completo sus vaticinios en cuanto a la evolución de la Rusia surgida del final de la URSS, y la nueva versión de la guerra fría lo confirma.

Poco importa que resulte inescrutable cuál es la relación personal de Trump con algunos políticos –Putin entre ellos– y oligarcas rusos si en momentos de crisis se desentierra el léxico de la guerra fría, la lógica de la escalada, los obstáculos clásicos en la coexistencia pacífica y otros pormenores de un pasado que parecía haber quedado solo como materia de análisis para los historiadores. Mientras hasta fecha recientísima los jóvenes estudiantes de relaciones internacionales, diplomacia y otras disciplinas pedían dedicar menos tiempo a la guerra fría, poco menos que liquidada, y más horas a lo que la siguió, la realidad oculta era que nuevos ingredientes de confrontación se sumaban a la configuración de un presente con muchas reminiscencias del pasado, incluido un catálogo inagotable de gestos intemperantes.

El hecho de que el laboratorio militar británico de Porton Down reconozca que no ha podido demostrar que el agente nervioso Novichok, causante del envenenamiento, ha sido fabricado en Rusia, recuerda otros muchos casos en los que la simple sospecha ha puesto en marcha la maquinaria de la tensión fría. La acusación rusa de que Estados Unidos y el Reino Unido urdieron el ataque contra Skripal y su hija se ha ceñido a la misma lógica, y la oferta posterior de una investigación conjunta –hoy de factura imposible–, ha seguido el mismo camino. El resultado de este libro de estilo, compartido por ambas partes, es una situación bloqueada en la que, como en tantas otras ocasiones, incluida la crisis de los misiles en Cuba, solo es posible un desenlace en el que prevalezca la apariencia de que nadie cede a cambio de nada.

“Como estadista, uno tiene que obrar con la suposición de que los problemas se tienen que resolver”, declaró Henry Kissinger en cierta ocasión. Y Andrei Gromico, ministro de Asuntos Exteriores de la URSS y tantas veces contrincante de Kissinger, hizo hincapié en la necesidad de “dejar siempre una puerta abierta”. Uno y otro contribuyeron decisivamente a convertir la guerra fría en un sistema estable, donde las sorpresas eran infrecuentes. ¿Es este el futuro que nos aguarda? Quizá valga como respuesta esta frase de Willy Brandt: “Las barreras mentales sobreviven por lo general más tiempo que las de hormigón”. A ambos lados de la barrera, del muro si se quiere.

 

 

 

 

Tiro por la culata de Theresa May

Si cabe asociar victoria a amargura, en pocos casos es tan palpable como en el resultado obtenido por el Partido Conservador en las elecciones celebradas el jueves en el Reino Unido, en la trampa para elefantes en la que ha caído Theresa May. En idéntico sentido, puede calificarse de dulce derrota el resultado cosechado por el Partido Laborista y la consolidación de Jeremy Corbyn, un líder denostado dentro y fuera de su partido de forma particularmente sañuda que, sin embargo, ha sabido sacar el mayor beneficio imaginable a la errática campaña conservadora, a la atonía de May, al impacto emocional de los atentados de Manchester y Londres y a la confusión alimentada por la negociación del Brexit, que debe empezar el día 19. Aspiraba la primera ministra a obtener una mayoría reforzada y lo que ha logrado es una “pérdida humillante de la mayoría” (The Times).

El desastre en escaños no es mayor para los conservadores porque el sistema británico –distritos unipersonales y elección a una vuelta– facilita que con un resultado del 42% para los tories y del 40% para el laborismo, la diferencia sea de 318 a 261 diputados. Pero más allá de este dato, lo realmente relevante es que Corbyn ha quedado a menos de un punto del porcentaje logrado por Tony Blair en 2001 (413 escaños). Nadie puede llamar exagerado a Owen Jones, del diario progresista The Guardian, cuando tira de ironía y llama a May “el peor primer ministro desde David Cameron”, su antecesor en Downing Street, que metió al Reino Unido en el galimatías del Brexit el año pasado mediante un referéndum que pudo haberse ahorrado a poco que hubiese sabido domeñar a los eurófobos del Partido Conservador. Como suele suceder a quienes se personan en las urnas para disponer de una mayoría excepcional –Artur Mas, un antecedente de aquí en 2012–, acaban con una minoría comprometedora que obliga a pactos forzados, cuando no indeseados, para cortar la hemorragia del tiro en el pie.

El recurso a los unionistas de Irlanda del Norte (10 escaños) para alcanzar la mayoría necesaria en el Parlamento –hung parliament, Parlamento colgado, de momento– debe entenderse como un juego de manos forzado por las circunstancias y discutido desde ahora mismo por personalidades conservadores como el excanciller del Exchequer, George Osborne, que entiende que la alianza crea “una situación insostenible”. Inestable, debe añadirse, porque la alianza debilita la de por sí debilitada figura de May, deja en el alero el enfoque del Brexit y aplaza la revisión de las políticas de seguridad, cuya ineficacia ha puesto en evidencia el último atentado de Londres. Dice Osborne que los conservadores retienen los despachos, pero no el poder, y no son pocas las personalidades del partido que, como él, temen que las decisiones que corresponden a Londres se tomen ahora en Belfast con demasiada frecuencia.

Se trate o no de una exageración interesada, lo cierto es que esta posible mayoría está lejos de poder garantizar “un buen Brexit”, como decía la primera ministra durante la campaña y que debía entenderse como un hard –duro– Brexit , al estilo del barruntado por el UKIP, el partido eurófobo por antonomasia, que se ha quedado sin representación en los Comunes. Pero tampoco da oportunidades a los posibilistas del Brexit: ya que inevitable, que sea al menos blando, que permita mantener los lazos del Reino Unido con el mercado único y con la unión aduanera. Puede, incluso, que tengan una oportunidad quienes ven en este Parlamento sin mayoría la ocasión de detener el proceso y regresar a la casilla de salida para conjurar el despropósito –¿otras elecciones, otro referéndum?–, como lamentaba Nigel Farage, ideólogo de la eurofobia, la madrugada del viernes.

¿Cambiaría mucho las cosas que Theresa May hubiese presentado la dimisión habida cuenta del fracaso personal cosechado? Probablemente, no demasiado, salvo que su sucesor formara un Gobierno de gestión, aletargara el Brexit y convocara otras elecciones para, esta vez sí, aclarar qué desean realmente los votantes. Una salida a la española considerada entre otros por John Carlin, cuyo diagnóstico de lo que aguarda a los británicos con la salida de la UE es rotundo y sin medias tintas: “El futuro del Reino Unido fuera de Europa es pobre, irrelevante y oscuro”. Pero ¿cambiaría algo los datos del problema si quien sustituyera a May fuese alguien como Boris Johnson, una mezcla extravagante de erudición y patanería?

En ningún caso sería verosímil la formación del Gobierno fuerte y estable que publicitaba el eslogan de campaña de los conservadores porque todos los análisis coinciden en que el tiro por la culata de la primera ministra ha dividido más al partido, alientan en él más que nunca dos puntos de partida históricamente incompatibles desde que Edward Heath sumo el Reino Unido a la UE: el de quienes estiman prioritario el vínculo europeo y el de aquellos que creen todavía que los atributos de soberanía son innegociables y a los británicos siempre les ha ido mejor inmiscuirse en los asuntos continentales desde la distancia. Y este clima de división queda muy lejos del periodo de estabilidad reclamado por May como condición primera para abordar ordenadamente el futuro. Tan lejos queda, quizá, que la deseada estabilidad no deja de ser una quimera (The Independent).

En esta atmósfera de inesperada densidad el peso de los atentados en el comportamiento de los electores tiene menos importancia que descifrar si el Brexit sigue siendo un deseo mayoritario. Porque incluso en el caso probable de que una parte de los votantes haya optado por castigar a May a raíz del doble zarpazo yihadista de los últimos días, las sutilezas y efectividad de la lucha antiterrorista escapan a la opinión pública mucho más que las incógnitas sin despejar de la desconexión de la UE. En última instancia, está muy extendida la convicción de que la seguridad absoluta no existe y siempre es posible que los iluminados de la bomba hallen un resquicio para consumar sus fechorías y, al mismo tiempo, está también muy extendida la idea de que quedarse o no en la UE depende en exclusiva de decisiones políticas perfectamente controlables. Como ha escrito Andrew Grice en The Independent, acaso los partidarios de quedarse en la Unión Europea y los jóvenes que no se molestaron en ir a votar en el referéndum del año pasado tendrán ahora la ocasión de tomarse la revancha, siquiera sea porque el jueves el hard Brexit pasó a mejor vida… Salvo sorpresas nada desdeñables en esa ceremonia de la confusión.

 

 

Manchester, la tragedia de siempre

La atrocidad de este lunes en el Manchester Arena constituye un capítulo más del inconmensurable fracaso colectivo que lleva por nombre multiculturalidad, cada vez más desprestigiada. Cuando de nuevo un joven, Salman Abadi, nacido y criado en el seno de un determinado modelo sociocultural, arremete contra él con inusitada violencia, lo menos que puede decirse es que algo fundamental no funciona en los mecanismos de cohesión social. Cuando personas huidas de regímenes aborrecibles –el del coronel Gadafi para el caso– e instaladas en una sociedad de acogida desencadenan el horror parapetadas detrás de la religión, solo cabe concluir que vivimos inmersos en una doble crisis, de civilización y de identidad, promovida por una minoría suficientemente dinámica como para extender una angustiosa psicosis de inseguridad colectiva.

Nada hay en el episodio de Manchester especialmente diferente de lo ocurrido antes en tantos lugares de Europa y nada será demasiado diferente en los envites del terrorismo global que nos deparará el futuro porque se ha consolidado en el universo yihadista una mezcla de resentimiento, nihilismo, fanatismo ideológico y certidumbres esotéricas (el martirio) que demuestra tener un poder de captación y convicción de una eficacia enorme. Y esas constantes vitales no corren peligro en tanto Occidente no admita errores flagrantes y siga prevaleciendo en la opinión pública del mundo musulmán la  sensación de afrenta permanente. “Hemos cometido agresión armada contra pueblos soberanos que no nos han atacado a nosotros con el propósito de mantener el terror fuera de las calles de Gran Bretaña”, ha escrito Simon Jenkins en el periódico progresista The Guardian. Y esa actitud preventiva es la que lleva a Jenkins a relacionar con la tragedia última la política exterior de Tony Blair, David Brown y James Cameron, tan sometida a la de Estados Unidos. No se trata de una justificación de la canallada cometida por un fanático, sino de una explicación que intenta establecer una relación lógica entre causas y efectos.

De la misma manera que H. A. Hellyer, un analista del think tank Atlantic Council, abunda en el error occidental de exigir a los musulmanes que hagan más “para luchar contra el extremismo, soslayando que los musulmanes británicos también fueron atacados”. Observa Hellyer una asimetría evidente entre esa exigencia y otros sucesos dolorosos, provocados por occidentales de educación cristiana, que no llevaron a nadie a reclamar a Occidente mayor compromiso contra los apocalípticos. Así el caso de Anders Breivik, citado en el artículo, el supremacista blanco e islamófobo que el 2011 asesinó a 77 jóvenes noruegos, cuya acción no desencadenó ninguna forma de reproche o de exigencia de responsabilidades, como por lo demás es del todo lógico, a la comunidad blanca bautizada en iglesias protestantes a la que pertenecía Breivik.

La suma de dos lógicas perversas, la de los daños colaterales causados por armas presuntamente inteligentes y la del choque de civilizaciones, que lleva directamente al enfrentamiento entre Occidente y el islam, explica en gran parte la crispación de un presente inquietante. Los daños colaterales han causado tantas víctimas inocentes en comunidades musulmanas que se han convertido en uno de los combustibles más eficaces para mantener en funcionamiento la máquina del odio; la consideración del choque de civilizaciones como algo irremediable mantiene en pie de guerra a lo peor de cada parte y justifica toda clase de barbaridades, sectarismos y opiniones atropelladas. Basten como prueba de todo ello las explicaciones delirantes del Estado Islámico después de la matanza de Manchester o la reclamación de una “solución final” hecha a través de Twitter por Katie Hopkins, de la emisora británica LBC, que remite sin estaciones intermedias a la limpieza étnica, al genocidio planificado y, en definitiva, al Holocausto perpetrado por la Alemania nazi.

Son enormes las dificultades de inserción de la tradición musulmana en aquella heredera de las Luces, pero hay demasiados ejemplos de que no solo es posible, sino deseable y fructífera, como para seguir dando pábulo a los profetas del enfrentamiento inevitable. Y siguen sin respuesta desde hace demasiado tiempo varias de las siete preguntas formuladas en el 2012 por Tariq Ramadan, un intelectual musulmán difícil de clasificar y bastante discutido desde diferentes frentes ideológicos laicos europeos. Las preguntas son estas:

-¿Quién es musulmán y cuáles son los derechos de alguien que sea reconocido como tal?

-¿Está justificado el uso de la violencia?

-¿La sharia es un cuerpo legal cerrado o un cuerpo abierto de principios potencialmente compatibles con fuentes extranjeras como la democracia?

-¿Se debe crear un partido político islamista o es preferible mantener el estatus de organización religiosa y social?

-¿Cuál debe ser la función de las mujeres en la organización y en las sociedades mayoritariamente musulmanas?

-¿Cuáles deben ser las relaciones con personas de otras creencias –o sin creencia alguna– dentro de la sociedad?

-¿Hay otras opciones, además de la oposición en la relación con Occidente?

En cierta medida, se trata de interrogantes elementales, que debían haber obtenido respuesta hace decenios, mucho antes de que los formulara Ramadan, pero la dinámica histórica del colonialismo y del poscolonialismo quizá lo hizo imposible. Este quizá es ineludible porque algunos musulmanes respondieron a estas preguntas hace tiempo, convencidos de que la mejor defensa de los derechos del creyente es situar la práctica religiosa en el apartado de la vida privada de cada individuo, en el ámbito de su autonomía intransferible. Otros, por el contrario, se arrogan el derecho a hacer ostentación de sus convicciones religiosas, a parapetarse en el legado de sus ancestros para difundir una ideología congelada de inspiración religiosa, a entender cualquier otro credo como un adversario en el campo de batalla. Pero la islamofobia vociferante que prolifera en Europa no anda muy lejos de esa actitud aguerrida que lleva sin remedio a la confrontación. Y la gestión de todo ello solo como un problema de seguridad no hace más que aplazar la consideración de otros aspectos del desafío planteado por los muyahidines de la guerra santa.

El primero de todos ellos es la existencia de sociedades desarticuladas, cuando no excluyentes, que fomentan indirectamente la cultura del gueto. El segundo es la disfunción permanente del mercado de trabajo, que opera como un filtro y corta el paso al desarrollo de muchos jóvenes. El tercero es la aceptación de que los estados laicos no escapan a las contradicciones inherentes a sociedades mayoritariamente secularizadas, pero que cobijan importantes minorías cuya vida se articula a través de la religión (de diferentes religiones). No se trata de impugnar el Estado aconfesional; se trata de aplicar soluciones diferentes a sociedades diferentes que hace tiempo dejaron de ser homogéneas; se trata de actuar de forma inteligente y sin los prejuicios que exhiben todos los días los partidarios de la exclusión social.

La propensión de los gobiernos a creerse en posesión de la verdad lleva directamente al desastre. No hay otro responsable inmediato de la tragedia de Manchester que el suicida que se inmoló a la salida de un concierto, pero no pueden soslayarse los mecanismos que llevaron a un ciudadano británico a abrazar la versión más violenta y alejada del islam del siglo XXI. De hecho, se está cumpliendo algo que adelantó Jean-Pierre Filiu, el nacimiento de una nueva religión desgajada del mejor legado musulmán, un proceso degenerativo cuyo ecosistema ideal se encuentra en la periferia de muchas grandes ciudades de Europa. No está en discusión que el primer deber de los gobiernos es garantizar razonablemente la seguridad de los ciudadanos; sí lo está la incapacidad de los gobernantes para generar complicidades en el seno de comunidades vulnerables, desencantadas.