Erdogan liquida a Atatürk

La reforma constitucional aprobada el domingo mediante referéndum consagra un giro autoritario en Turquía cuyo objetivo último es liquidar el legado secular de Mustafá Kemal Atatürk y asentar un nacionalislamismo que rescate del pasado la tradición otomana, la influencia que durante siglos tuvo el sultanato en el orbe musulmán. La autoridad omnipresente lograda por el presidente Recep Tayyip Erdogan persigue desarticular la neutralidad de las instituciones diseñada por la Ley de Organización Fundamental de 1921, que marcó el rumbo en el tránsito del poder dinástico a la modernidad, quiso liquidar el vínculo de Turquía con sus vecinos del este y fijó la occidentalización a toda máquina como el programa que debía rescatar al país del atraso, la sumisión y la dependencia exterior. Para curar los achaques de la Sublime Puerta, el enfermo de Europa derrotado en 1918, Atatürk optó por una cirugía de hierro que provocó una fractura social nunca superada y ahora agravada.

Las raíces del mal turco se remontan a la división de primera hora entre kemalistas y otomanistas, entre partidarios del Estado laico y del Estado confesional, entre deseosos de quemar etapas y disponer cuanto antes de un Estado liberal y aquellos otros que veían en la tradición la piedra sillar de la identidad nacional. Al analizar hoy la distribución del voto en el referéndum y subrayarse la división entre el mundo urbano –Estambul, Ankara, Izmir, Trabzon– más el Kurdistán, que votaron no, y la Anatolia rural, que se decantó por el , no se hace otra cosa que poner de manifiesto una constante histórica desde los años 20 del siglo pasado: el laicismo nunca arraigó en la Turquía interior, conservadora en extremo, aunque no siempre sumida en una religiosidad hermética.

El especialista Bernard Lewis afirma en The emergence of modern Turkey: “La occidentalización planteó graves problemas de identidad a un pueblo que, después de todo, procede de Asia, profesó el islam y perteneció por tradición durante muchos siglos al mundo islámico de Oriente Próximo, donde los otomanos fueron líderes inamovibles”. En este entorno, poner la mirada en el oeste fue interpretado casi siempre en Asia y en el islam como una traición, añade Lewis, y “los turcos fueron denunciados como lacayos de Occidente”. Basta con repasar las ideas expresadas en su día por los exprimeros ministros islamistas Necmettin Erbakan –“la República representa una negación cultural y el secularismo represivo”– y Ahmet Davutoglu –“tengo mis dudas acerca de la compatibilidad de la política occidental y sus instituciones sociales con una sociedad predominantemente musulmana”–  para colegir que el análisis de Lewis, muy discutible en otros apartados, en este se acerca bastante a la realidad.

Al mismo tiempo, la comunidad académica contempla el proyecto de Erdogan como una amenaza para la democracia que, con sobresaltos y limitaciones, crisis y golpes de Estado, ha resistido todos los desafíos. La escritora francoturca Kenicé Mourad, bisnieta del último sultán, ve en el autoritarismo constitucional promovido por el presidente una mutación de signo totalitario: “Ya hace años dije que Turquía se estaba convirtiendo en la Alemania de los años 30”. El nobel Orhan Pamuk vio el último febrero cómo una entrevista que debía publicar el periódico Hurriyet, propiedad del conglomerado financiero Dogan Holding, nunca apareció porque en ella el escritor se pronunciaba contra la reforma constitucional en un ambiente dominado por la purga de las redacciones, el encarcelamiento de periodistas y el cierre de cabeceras críticas. Adiós a la atmósfera deliberativa propia del pluralismo político.

Desde el intento de golpe de Estado del pasado verano, el enaltecimiento de la figura de Erdogan ha sumado adeptos. El presidente ha logrado concretar dónde se encuentra el nido de la serpiente, el núcleo de conspiradores encabezado por el eximán Fethullah Gülen, ha puesto en marcha un mecanismo de depuración de los empleados públicos –Ejército, policía, funcionarios, profesores de universidad– y ha logrado que arraigue en la opinión pública la idea de que el país cuenta ahora más que antes, ha establecido un nuevo vínculo con quienes emigraron a Europa y condiciona la política de la Unión Europea. “Erdogan es un autoritario como tantos otros hay en el mundo –afirma Steven A. Cook, del Council on Foreign Relations, en las páginas de Foreign Policy–, pero al mismo tiempo se inspira en la historia otomana”, en un pasado glorioso, a menudo mitificado, que se desmoronó minado por la decadencia.

En esta historia idealizada caben las opiniones de votantes que el domingo justificaron su en la necesidad de que Turquía disponga de un gobernante fuerte que restaure el orgullo de la nación, un argumento no muy diferente del perfil forjado por Atatürk para justificar su occidentalización sin contemplaciones. Algo que, en cualquier caso, se atiene a la idea de liderazgo en el seno del islam que comparten muchos votantes, recuerdo impreciso del papel desempeñado por el sultanato durante siglos. “El lugar natural de Turquía no está en el cuartel general de la OTAN en Bruselas –creen muchos conciudadanos de Erdogan, según lo ve Cook–, sino en la dirección del mundo musulmán, cuyos aliados deben ser Pakistán, Malasia, Egipto, Irán e Indonesia”.

De ser esto cierto a grandes rasgos, cobra sentido que el interés por ingresar en la Unión Europea haya decaído y otros proyectos políticos asociados a la europeización hayan pasado a mejor vida. Así el proyecto de convertir el Partido de la Justicia y el Desarrollo, dirigido por Erdogan, en una versión islamista moderada de la democracia cristiana de posguerra; así la adecuación de muchas leyes al acervo comunitario para hacer posible la adhesión; así incluso la revisión de la causa kurda como la de una comunidad irredenta después de considerar durante decenios la crisis kurda un problema de seguridad. La aspiración europea ha dejado de ser la estación de llegada principal a pesar de que el vínculo con los europeos tiene más contenido que nunca: el acuerdo para almacenar refugiados a cambio de sustanciosas cantidades de dinero.

La tensión con Holanda y Alemania durante la campaña electoral alcanzó el objetivo perseguido: atraer a la causa erdoganista a una parte importante de la comunidad turca en Europa. Los ministros que fueron a participar en actos para pedir el en el referéndum no lograron subirse a la tribuna, pero consiguieron movilizar a quienes volvieron a sentirse más turcos en el exilio económico que nuevos europeos en proceso de adaptación. Que las instituciones democráticas, la división de poderes y las libertades individuales estén en juego pesó menos que la restitución del sentimiento nacional, un intangible que activó la política de las emociones y atrajo el voto de los emigrantes. Nadie dijo palabra sobre la solicitud de ingreso en la Unión Europea, presentada en el 2005, y aún menos sobre la votación en la Eurocámara, que el 24 de noviembre adoptó la decisión no vinculante de suspender las negociaciones para la adhesión de Turquía. La partida se juega en otra mesa con otras reglas.

Por el contrario, la posibilidad de disputar al mundo árabe la hegemonía regional en el Mediterráneo oriental es algo más que una atractiva posibilidad a cada día que pasa. La entente cordiale con Rusia, tan a contrapelo, la acogida de refugiados sirios que huyen de la hecatombe y su implicación cada vez mayor en la guerra han alimentado la ensoñación otomanista. Mientras la oposición impugna la limpieza del escrutinio y la OSCE duda de la transparencia de las votaciones, mientras la oposición laica entiende que Erdogan ha puesto en marcha una operación para desviar la atención de sus miserias familiares –el tráfico de petróleo comprado por un hijo del presidente al Estado Islámico– y para perpetuarse en el poder, el interesado ha logrado reunir la masa crítica suficiente para salir adelante a pesar de las contradicciones de su proyecto. Este más que presunto punto final puesto al ataturquismo configura un país desgarrado por dos proyectos irreconciliables, promueve la islamización de las instituciones, elimina los contrapesos entre poderes y otorga a Erdogan la capacidad de hacer y deshacer según sus personales designios. Mueve a reflexión, cuando no a preocupación, el solo hecho de que el presidente Donald Trump fuese el único que se apresuró a felicitarle en cuanto terminó el recuento.

 

 

Trump, el guerrero sin antifaz

El ataque con misiles de una base del Ejército sirio en la provincia de Homs ha permitido a Donald Trump encarnar por primera vez la figura del guerrero sin antifaz. Como George W. Bush en febrero del 2001 al ordenar un bombardeo en Irak menos de un mes después de haber tomado posesión, Trump emerge como el administrador de una presunta justicia armada universal, impugna el orden internacional tutelado por las Naciones Unidas y despierta del sueño de una noche de invierno –primeras semanas de su mandato–, cuando vislumbró una posible entente o conllevancia con Rusia para acabar con la guerra en Siria sin expulsar del poder a Bashar al Asad y para someter a presión a la Unión Europea por el este y por el oeste. O ocaso el sueño nunca fue tal, sino más bien una maniobra de distracción, un amago para corregir el legado de Barack Obama: reducir al máximo la implicación directa de Estados Unidos en la gestión de las diferentes crisis que zarandean al mundo árabe y rehabilitar a Irán, aliado de Siria, ante la comunidad internacional.

Para todo esto puede valerle a Trump la salvajada cometida en Jan Sheijun, provincia de Idleb, que ha causado conmoción en todas partes y ha resignado a los aliados a aceptar los hechos consumados de una mayor presencia sobre el terreno de Estados Unidos después de que Rusia haya impedido que el Consejo de Seguridad apruebe una resolución de condena de lo sucedido. Ninguna de las alegaciones presentadas por los embajadores ruso y sirio ha convencido al auditorio, y sí, en cambio, las informaciones suministradas por el Observatorio Sirio de Derechos Humanos, con sede en Londres. Nadie ha creído que la oposición islamista sea la responsable de todo al guardar un arsenal químico en un almacén bombardeado por la aviación de Al Asad. Está muy presente en la memoria colectiva lo sucedido en el 2013 –más de 1.400 muertos en un ataque con gas sarín– y la decisión posterior de los generales sirios de deshacerse de su armamento químico, un gesto inducido por Rusia que desactivó la amenaza de Obama de intervenir in situ en el conflicto si el Gobierno de Damasco cruzaba de nuevo la línea roja de un ataque con armas de destrucción masiva.

La posibilidad de un conflicto crónico, con el Estado Islámico como gran adversario y razón suficiente para una alianza táctica con Rusia, da paso a una nueva realidad: la indigencia moral del régimen sirio obliga a Estados Unidos a matizar la disposición a entenderse con Vladimir Putin. Mientras Devin Nunes, presidente republicano del Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes, acusado de plegarse a los deseos del Gobierno, deja de participar en la investigación abierta por presunta connivencia de los estrategas de campaña de Trump con los intoxicadores de campaña de Putin, asoma por una esquina la Realpolitik, la tozuda evidencia de la incompatibilidad entre la estrategia rusa de recuperación del tiempo perdido a la disolución de la URSS y las políticas globales de seguridad diseñadas por Estados Unidos. Prueba todo ello de la bisoñez o impericia de una Administración sumida en la desorganización y el oportunismo, y falta de referencias para justificar la utilidad de la russian connection en cuanto el gas sarín ha segado la vida de cerca de 90 personas (una veintena, niños).

Superados los seis años de guerra en Siria, la hipótesis del conflicto crónico como mal menor ha dejado de tener sentido. Think tanks conservadores como Rand Corporation admiten en un informe elaborado por varios expertos que se precisarán años para que mejore la situación en el frente de batalla y cese la matanza, y subrayan al mismo tiempo que es preciso prestar apoyo a fuerzas aliadas para que tengan efecto a ras de suelo los bombardeos desde el aire y el despliegue de alguna unidad de tierra (la última entrega, 400 soldados). Un panorama poco compatible con el diseño de las operaciones rusas en apoyo de Al Asad, dirigidas más a combatir a la oposición englobada en la Coalición Nacional Siria que al Estado Islámico.

Ni siquiera el atentado presumiblemente islamista en el metro de San Petersburgo –14 muertos– altera la naturaleza de la alianza ruso-siria, pues es la que garantiza la influencia decisiva del Kremlin en el desarrollo de los acontecimientos en Oriente Próximo. Desde la liquidación de la resistencia en Alepo no hay duda de que el futuro pasa por el despacho de Putin y es el presidente ruso quien garantiza la continuidad del sirio. Al Asad se siente vencedor a pesar de las repetidas condenas de su régimen en toda clase de foros, de tal manera que en su última entrevista con una emisora de televisión extranjera, un canal de Croacia, ni siquiera se refiere al bombardeo de Idleb. Rusia recurre a la argucia de hablar de la oposición sin matices, mete en el mismo saco al brazo de Al Qaeda en la guerra y a los adversarios de Al Asad que apoya Occidente, y arbitra en el conflicto con la permanente pugna de fondo del chiísmo (Irán) y el sunismo (Arabia Saudí), que se disputan la hegemonía regional en el golfo Pérsico.

Todas estas sutilezas habían escapado hasta la fecha a la diplomacia de brocha gorda exhibida por Trump, al menos en público. Después de echar mano de los Tomahawk, el relato ha cambiado sustancialmente con una agresividad no tan inesperada como pudiera pensarse a la vista del diagnóstico de algunos expertos. Dennis Ross, un veterano embajador con un conocimiento detallado del escenario, ha escrito un artículo para el Washington Institute en el que exhorta al Gobierno a aceptar que la estrategia en Siria no puede reducirse a acabar con el ISIS, porque el desafío del terrorismo global excede con mucho al Estado Islámico. A mayor abundamiento, Ross entiende que la desaparición del califato no figura entre las prioridades rusas (y sirias, cabe añadir). En consecuencia, la colaboración con Rusia, pasados los ardores poselectorales del primer momento, carece de fundamento salvo que se establezcan claramente los objetivos y los límites de tal colaboración.

En un artículo publicado en The Wall Street Journal a finales del 2015 advertía Henry Kissinger que “la estructura diplomática de las últimas cuatro décadas está en ruinas”, y subrayaba que cuatro estados árabes habían dejado de funcionar como tales: Libia, Yemen, Siria e Irak. De ahí a aplicar la teoría kissingeriana del dominó media un paso: el poder de contagio de una guerra en fase aguda –Siria hoy– desencadena crisis en su periferia, y así un conflicto local se convierte a toda prisa en regional. Frente a esta teoría, fruto de la experiencia de la guerra de Vietnam y sus secuelas, parece una simplificación de 140 caracteres la del conflicto limitado a un solo país del atormentado mundo árabe, manejada hasta ahora por el círculo de Trump, y con Rusia de socio preferente.

Siria, la matanza crónica

El revés sufrido por la Casa Blanca en un tribunal de apelación de San Francisco ha reducido en parte el impacto del informe difundido por Amnistía Internacional sobre las ejecuciones masivas de opositores en la cárcel de Saidnaya, al norte de Damasco. Mientras el presidente Donald Trump intenta poner en pie una nueva política de acogida de refugiados y de seguridad –ambas cosas en un mismo paquete–, la causa primera y principal de los flujos migratorios con origen en Oriente Próximo se aborda con la indecisión exhibida por Occidente desde que estalló la guerra en Siria, va para seis años. Ante la dificultad de abordar en origen las razones de la crisis sin pagar un elevado precio político, la matanza se convierte en una enfermedad crónica y el régimen de Bashar al Asad quiere presentarse a la opinión pública como un mal de difícil curación o incluso necesario para no empeorar las cosas.

A decir verdad, la situación presente es hija de la incapacidad que caracterizó a la Administración de Barack Obama para reaccionar con determinación cada vez que el régimen sirio cruzó las líneas rojas dibujadas por la propia Casa Blanca. Pareció que la decisión de Asad de deshacerse de su arsenal químico conjuró para siempre la exigencia estadounidense de apartar del poder al autócrata y su camarilla, como si cuanto ha sucedido después en todos los frentes no fuese suficiente para buscar la complicidad de la comunidad internacional y, de paso, adelgazar la corriente de refugiados rumbo a Europa en busca de futuro. Aquel cambio de estrategia de Estados Unidos a principio del 2014 tuvo una doble consecuencia: consagró el papel de Rusia en la gestión del conflicto y dejó a Asad con las manos casi libres para proteger el cometido del ISIS –luego Estado Islámico– como el enemigo ideal para legitimar su continuidad en el poder.

Es improbable que el informe de Amnistía Internacional lleve a alguna de las partes a cambiar su política o a maquillarla. Son escalofriantes los testimonios aportados por quienes han vivido en directo los ahorcamientos masivos, resulta angustioso este trasiego de sentenciados en farsas de juicio, pero dentro de un conflicto que supera de muy largo los 400.000 muertos, los seis millones de refugiados y los seis millones de desplazados dentro de Siria, la movilización de recursos en nombre de los derechos humanos hace tiempo que dejó de invocarse cuando los medios no están presentes. Pesan más las diferentes teorías del mal menor –es preferible el régimen de Asad que la consolidación del Estado Islámico–, que rigen con más o menos efectividad desde que el terrorismo global hizo saltar por los aires las certidumbres en el orden internacional.

Las negociaciones de Kazajistán, tuteladas por Rusia en el bando gubernamental y por Turquía en el bando opositor, son reflejo vivo de esa opción por el mal menor cuyo resultado final, en el mejor de los casos, no puede ser otro que una solución menor. Ni Vladimir Putin, portaestandarte de un neoimperialismo a la rusa que entusiasma a sus conciudadanos, ni Recep Tayyip Erdogan, artífice de una autocracia con urnas que sueña con la hegemonía regional, son mucho más que aliados ocasionales en una crisis que repercute en todo el mundo árabe, inquieta a la OTAN y debilita la cohesión interna de la Unión Europea. De esta forma, mientras los apologetas de las Realpolitik creen más prudente esperar y ver, sin comprometerse ni mucho ni poco, los profetas del final del orden liberal temen que la crisis se enquiste y dé alas a los populismos de extrema derecha, cuyo mayor interés es mantener viva la llama del desafío exterior para sumar votos en el interior (de cada país).

Un minucioso trabajo de campo realizado por el think tank británico Chatham House revela que una media del 55% de los habitantes de la UE son partidarios de detener los flujos migratorios y en ningún país los favorables a acoger a más demandantes de asilo supera el 32%. Cifras ilustrativas que dan un apoyo indirecto a la política de restricciones radicales promovida por la Administración de Trump, a pesar de no ser el presidente del agrado de la mayoría de los europeos, y que disuaden a los gobiernos de implicarse de forma activa en la gestión de conflictos lejanos que, se mire por donde se mire, son el motivo principal de la presión migratoria, pero están erizados de riesgos. Quizá no sea exagerado decir que el lamento por los ahorcamientos en masa marca el límite de la disposición a revisar lo hecho hasta ahora para detener la sangría; nadie quiere ir más allá de los comunicados de condolencia.

Es justamente lo contrario de lo que analistas independientes de variada orientación ideológica creen que debería hacerse. Así Shlomo Ben Ami, exministro israelí de Asuntos Exteriores, que el 23 de enero explicó en Barcelona por qué cualquier tratamiento del conflicto de los refugiados que no actúe en origen está llamado al fracaso. Así las advertencias del pensador Edgar Morin, que advierte de la ceguera que afecta a los grandes partidos de Francia, empeñados en acercar sus programas de control de las migraciones al de Marine Le Pen para atenuar su predicamento en auditorios alarmados por la proliferación de atentados, votantes cada día más inclinados a otorgar un mismo significado a inmigrante y a sospechoso. Así también las advertencias del alcalde de Londres, Sadiq Khan, que advierte sobre el error de proteger la frontera y soslayar cuál es el origen del mal que expulsa de su hogar a multitudes de desposeídos.

Si todo en Siria ha estado marcado por una gravedad extrema desde el principio de su primavera (marzo del 2011), la pasividad inasequible al recuento de cadáveres presagia un futuro inestable, convertidas la guerra y la paz en herramientas multiuso. La ausencia de Occidente más allá de las campañas de bombardeos sobre enclaves yihadistas apenas afecta a la continuidad del régimen sirio, mientras la garantiza el sistema de alianzas pergeñado por el Gobierno de Asad, aunque sea en un escenario devastado. Y ni siquiera informes como los de Amnistía Internacional tienen el poder de cambiar el signo de los acontecimientos en año electoral en Francia y Alemania, donde el nacionalismo xenófobo impone su agenda, o eso parece al menos, respaldado por las cuentas de Donald Trump en las redes sociales y sus discursos incendiarios sobre los peligros que acechan a la nación. Tan alejados, cabe añadir,  de los análisis desapasionados que convienen al momento.

 

 

Otro regate israelí a la ONU

La reacción tan previsible como histérica de Benyamin Netanyahu, primer ministro de Israel, a raíz de la aprobación por el Consejo de Seguridad de la ONU de la resolución 2334 cierra un año cargado de referencias relativas al desconcierto cada vez mayor de la comunidad internacional, enfrentada a una impugnación permanente de los tratados, del derecho de injerencia humanitaria (tan difuso) y de la obligación de los estados a aceptar reglas del juego encaminadas a buscar la paz, la estabilidad y la restitución de los derechos de los pueblos vejados.

A nadie puede sorprender la reacción gesticulante del Gobierno israelí, un sopicaldo de nacionalistas radicales, conservadores sectarios, fundamentalistas mosaicos y ultras de muy variado pelaje, ante la determinación del Consejo de Seguridad de aprobar –catorce votos a favor y una abstención (Estados Unidos)– un texto que conmina a Israel a detener la proliferación de asentamientos en los territorios ocupados –600.000 colonos– y condena el recurso al terrorismo, la herramienta de las facciones palestinas radicales. En cambio, resulta más sorprendente que el incumplimiento de la resolución no lleve aparejadas sanciones para Israel si no se atiene a lo sancionado por la Consejo de Seguridad –el directorio del planeta, escribe con tino en Le Monde el exembajador israelí en Francia Elie Barnavi–, algo que en la práctica no hace más que debilitar el poder coactivo del Consejo de Seguridad ante el recurso manifiesto de los gobiernos israelís a practicar una política de hechos consumados.

Dicho esto, hay un motivo de sorpresa aún mayor: el paso dado por la Administración de Barack Obama a menos de un mes de dejar la Casa Blanca en manos de Donald Trump y su corte de ultraconservadores y millonarios. El presidente saliente dispuso de ocho años para hacer lo que ahora ha hecho, y sin embargo nunca dio la sensación de estar dispuesto a dar el paso. Ni con Hillary Clinton ni con John Kerry en el Departamento de Estado pareció capaz de dejar en evidencia a Netanyahu, y sumó fracasos y frustraciones en todas las iniciativas destinadas a resucitar el proceso de paz, poco más que una frase en un conflicto inacabable en el que Estados Unidos aparece siempre a merced de las iniciativas del Gobierno israelí. Y ahora, cuando nada está en juego y se ha liberado de todos los compromisos, cabe pensar que ha optado por la abstención más para incomodar a Trump que para abrir una senda nueva que haga posible la solución de los dos estados.

El temor expresado por el periódico progresista israelí Haaretz de que las invectivas dirigidas por Netanyahu a estados de los cinco continentes condenen a Israel al aislamiento y a caer en el abismo, es tan lógico como el convencimiento del primer ministro de que Trump no le dejará en la estacada. Las resoluciones 242 (1967) y 338 (1973) no son menos contundentes que la 2334 en cuanto a la obligación de Israel de desalojar los territorios ocupados –incluido Jerusalén oriental–, pero en la práctica nunca un presidente de Estados Unidos ha remado en sentido contrario al rumbo fijado por Israel, que ostenta el récord absoluto de resoluciones no cumplidas. Solo en momentos excepcionales como lo es un final de mandato se ha roto la norma o se ha buscado una salida in extremis al problema (Bill Clinton en julio del 2000 fue el último en hacerlo con las infructuosas negociaciones de Camp David).

La creencia del editorialista de Haaretz de que ni siquiera la cobertura de Trump salvará al Gobierno israelí del aislamiento es por lo menos discutible habida cuenta de los instrumentos de presión de que dispondrá la Administración entrante para diluir los efectos o las consecuencias de la resolución. Resulta bastante verosímil, en cambio, la creencia de Elie Barnavi de que pondrá en guardia a Netanyahu la conferencia convocada el 15 de enero en París –unos 70 estados–, antes del relevo en la Casa Blanca. De momento, el ministro de Asuntos Exteriores de Israel, Avigdor Lieberman, tan dado a las comparaciones destempladas, ve en la cita una repetición posmoderna del proceso Dreyfus, la vergonzosa condena en 1894 de un oficial judío del Ejército francés, acusado de traición por pasar información secreta a Alemania (nada era cierto). “El pánico de Lieberman demuestra que no está todo perdido”, afirma el diplomático, que excluye el antisemitismo como resorte de la próxima reunión de París, llamada cumbre por la paz.

La esperanza es lo último que se pierde, pero si se cruza en el matraz de la Realpolitik la convicción de John Kerry de que cada día es más improbable la solución de los dos estados con la declaración de Donald Trump, según la cual la ONU ha humillado a Israel, la conclusión más ajustada al momento es que después del 20 de enero Israel lo tendrá todo de su parte. Dicho de forma sintética: la Casa Blanca no moverá un dedo para contener la política de asentamientos impulsada por Israel, una forma eficaz y rápida de imposibilitar el nacimiento de un Estado palestino. De momento, el presidente electo ha convertido el cumplimiento del derecho internacional en sinónimo de humillación, una declaración de principios que afecta a la concepción misma del poder y antepone la razón de Estado a cualquier consideración de índole ética o de protección del derecho colectivo de una comunidad histórica, la palestina, a disponer de un Estado propio de idéntica forma a como la comunidad judía reivindicó en su día el derecho a disponer de un hogar nacional (national home, la expresión figura en la declaración Balfour, 2 de noviembre de 1917).

Si, como parece decidido, la nueva Administración traslada la embajada de Estados Unidos de Tel Aviv a Jerusalén, el aire enrarecido será aún más irrespirable porque deberá interpretarse como el apoyo explícito a la anexión del este de la ciudad –la parte árabe–, ocupada desde junio de 1967. El mundo musulmán verá en ello un paso decisivo por cuenta de Israel en la tercera ciudad santa del Islam y será interpretado por la sociedad palestina como una afrenta a su propósito de instalar en Al Quds –el nombre árabe de Jerusalén– la capital de su futuro Estado. Es improbable que eso desencadene en los países árabes una reacción más allá de lo meramente simbólico. Con raras excepciones, la calle árabe se manifiesta con una sensibilidad y unos objetivos cada día más alejados del posibilismo sin resultados de los gobernantes –véase el desenlace de las primaveras–, se trate del contencioso con Israel o de cualquier otro asunto; el peso de Arabia Saudí en la Liga Árabe es casi absoluto y el Gobierno egipcio concentra sus esfuerzos en exportar energía a Israel y en neutralizar la efervescencia yihadista en la península del Sinaí.

Por eso resultan tan poco convincentes comentarios como los publicados por el periódico egipcio Al Ahram, tan cercano al poder, cuando reclama una reacción contundente si Donald Trump decide cambiar la embajada de ciudad. Porque una vez más, y ya son muchas, se impone la sensación de que el conflicto árabe-israelí es cada día más un conflicto palestino-israelí, un problema local que incomoda a los gobernantes árabes más influyentes. Frente al desafío del Estado Islámico, a la difusión cada vez mayor de la mitología del martirio en defensa del islam, a la influencia en ascenso de Irán en el desarrollo de la guerra en Siria, las reivindicaciones palestinas no merecen más que frases de aliño sin mayores consecuencias. Disfruten o no tales reivindicaciones del apoyo de la comunidad internacional, que lo tienen, y a pesar de fundamentarse en derechos indiscutibles, como asimismo sucede.

Nada se cerrará en Mosul

La batalla de Mosul no será la madre de todas las batallas en la desventurada historia de Irak desde la intervención de Estados Unidos en marzo del 2003 (la anterior tampoco fue muy venturosa). Puede que sea una amarga derrota para el Estado Islámico, incluso la de su definitivo debilitamiento, pero no es de prever en ningún caso que sea aquella que liquide la convulsión permanente en la que vive el mundo musulmán y que, desde él, alcanza a Europa, a Estados Unidos y a buena parte de África. La operación desencadenada por el Ejército iraquí con la inestimable ayuda de los peshmergas kurdos y la aún mayor o más determinante de la aviación estadounidense, más algunas milicias locales movilizadas para el caso, pretende desposeer al califato de la mayor de sus conquistas, de la que dio pie a su proclamación y a la transmutación de Abú Bakr al Bagdadi en el califa Ibrahim, pero incluso si el ataque cubre este objetivo, pervivirá y se mantendrá como un poderoso banderín de enganche en el orbe musulmán la doctrina del martirio, del supremo sacrificio en defensa del islam y contra el mundo occidental y sus aliados.

Analistas y think tanks de todo el mundo comparten esta opinión, que no es fruto del pesimismo, sino del poder multiplicador y de agitación que la yihad de nuestros días ha demostrado por encima de cualquier previsión que se pudiera haber hecho a priori. El poder de atracción de la yihad predicada por el Estado Islámico, también por Al Qaeda y sus franquicias, reside en el desafío a cuanto forma parte del establishment político internacional más que en las referencias doctrinales: el Corán, las enseñanza del profeta, las de los doctores en ley islámica. Hay una nebulosa ideológica de base religiosa que justifica la acción directa, pero su simplicidad queda muy lejos de la mejor tradición del pensamiento musulmán desde los días de Ibn Jaldún (siglo XIV). Prevalece, en cambio, la herencia del sectarismo rampante del wahabismo (siglo XVIII), inductor de un islam ensimismado y enemigo de toda influencia del exterior; enemigo de ir más allá de la tradición más remota y retrógrada.

Una derrota yihadista en el campo de batalla es insuficiente porque hay un componente cultural, de aversión a la mirada sobre el mundo difundida por Occidente desde el periodo colonial, que hoy atrae voluntades hacia las filas islamistas, pero que en un pasado no muy lejano fascinó a una minoría de jóvenes europeos dispuestos a justificar la praxis de la extrema izquierda en armas: las Brigadas Rojas, el grupo Baader-Meinhof  y algún otro movimiento de parecido registro. Se trataba de un alzamiento contra la cultura europea alimentado por europeos de ascendencia europea; se trata hoy de un alzamiento contra el legado político y cultural occidental dentro y fuera de Europa donde coinciden musulmanes de todo el mundo cautivados por la confusa idea de restaurar el esplendor del pasado, incluidos europeos de ascendencia cultural islámica –hijos o nietos de inmigrantes–, más conversos al islam, mayoritariamente europeos, en busca de una causa suprema para sobreponerse a una existencia insatisfactoria.

Que esto forme parte del desarrollo histórico de una determinada versión del islam o sea solo una forma posmoderna de nihilismo extremo es menos importante que su poder de atracción. También la prédica yihadista ha suplantado la distinción entre yihad mayor –el esfuerzo del creyente por ser cada día mejor musulmán– y menor –aquella que equivale al combate contra los enemigos del islam– por la idea más simple y radical de guerra santa como significado único de yihad, pero lo que en verdad importa es su éxito propagandístico. Lo que ahora aparece como un nuevo enigma es qué efecto puede tener la ocupación de Mosul después de una espera inevitablemente larga y sangrienta según todos los cálculos. ¿Puede la pérdida de Mosul sumar más efectivos a esta yihad universal frente a la que las grandes potencias dudan o se enfrentan a la menor ocasión –Estados Unidos y Rusia– y sunís y chiís aportan a la tragedia los ingredientes de un litigio político-religioso que se remonta al siglo VII?

Al mismo tiempo que crece el temor de que el desenlace de la batalla de Mosul condene a la población civil a sufrir una carnicería, aumentan las voces de quienes alertan que la eventual caída de Mosul puede propiciar la exportación en todas direcciones de muyahidines convencidos de que nada tienen que perder salvo la vida. O que, si el Estado Islámico pierde Mosul, logre expandirse con éxito en entornos muy vulnerables y asequibles como Libia, donde ya está presente (costa este), a un corto paseo de Europa, sin que ninguna fuerza organizada y estable esté en condiciones de hacerle frente por el momento (Libia es el último modelo de Estado fallido). Si al acertijo se suman la disparatada acometida de la extrema derecha en Europa y Estados Unidos –Donald Trump no es el único– contra todo lo musulmán o lo supuestamente musulmán, el riesgo de que nada mejore después de una victoria, sino al contrario, tiene cada día más adeptos.

Son demasiadas las veces que se han hecho diagnósticos apresurados después de algún suceso relevante: el apresamiento de Sadam Husein, la muerte de Osama bin Laden, los ultimátums de Barack Obama dirigidos a Sirua entre 2011 y 2012 y tantos otros. En todos los casos otra realidad se impuso al futuro vislumbrado por los estrategas, y es difícil pensar que, en el caso de Mosul, no sucederá lo mismo con el diseño del día siguiente al final de la batalla. El yihadismo ha cubierto un largo recorrido como para pensar que puede moderarse y mucho menos extinguirse a causa de la suerte final que corra el califato, porque la capacidad de adaptación a las circunstancias es una de las características del desafío fundamentalista con diferentes modalidades de organización y praxis. Subsisten además, inconmovibles, los ingredientes políticos, sociales, económicos y religiosos que a ojos de los combatientes legitiman su lucha, y no aparece en el horizonte ninguna rectificación en la simplificación occidental de abordar el problema como un asunto que requiere una gestión eminentemente militar y de seguridad.

Nada es fruto de la casualidad en esta larga crisis de identidad en el seno del islam, y que el islam ha transferido a las sociedades occidentales; hay factores endógenos y exógenos que explican esta violencia exacerbada que Olivier Roy trata de comprender en Le djihad et la mort “en paralelo con otras formas de violencia y de radicalidad que le son muy próximas (revuelta generacional, autodestrucción, ruptura radical con la sociedad, estética de la violencia, inclusión del individuo que ha roto con el entorno en un gran relato globalizado, sectas apocalípticas)”.  Y hay también, por encima de razonamientos ideológicos, la convicción del muyahidín de la inevitabilidad de la victoria, tarde esta lo que tarde, tenga el coste que tenga, una convicción que reduce la importancia de las derrotas y acrecienta el valor mitológico de las victorias porque se interpretan en el campo yihadista como la confirmación de que el camino elegido por el combatiente es el correcto. Nada, por lo demás, especialmente original, sino bastante común a todas las guerras, las de religión y las otras.

Siria o la estrategia del horror

Si alguien pensó alguna vez que el grado de embrutecimiento en la guerra de Siria había alcanzado cotas nauseabundas, el bombardeo de un convoy con ayuda para los sitiados de Alepo ha demostrado que ninguna villanía es insuperable sin que, por lo demás, la comunidad internacional disponga de un instrumento eficaz para contener el horror. La ineficacia de las Naciones Unidas es tan clamorosamente palpable como la indolencia de Rusia y Estados Unidos, enzarzados sus diplomáticos en un intercambio de acusaciones y reproches que descansan sobre las espaldas de una población martirizada, la siria, convertida en carne de cañón. Cualquier excusa tiene cabida para encubrir la verdad: el Pentágono dice que fue un error el bombardeo de soldados sirios, el Gobierno de Siria niega haber bombardeado con bidones que contenían gas de cloro, Rusia se desentiende del ataque a los camiones de la Media Luna Roja. Se diría que las víctimas, repentinamente poseídas por institutos suicidas, han sido a su vez victimarios, se han bombardeado a sí mismas y han optado por aniquilarse por iniciativa propia.

Sostiene Laurent Bigorgne, director del Instituto Montaigne, de orientación liberal, que la sociedad francesa ha enfermado a causa de su relación disfuncional con la realidad. Quizá no se trata solo de un fenómeno francés, sino de una epidemia que se extiende en todas direcciones y que oculta una realidad, la profundidad de la crisis siria, crisol en el que cristalizaron el Estado Islámico y la crisis de los refugiados, que se encadena a su vez con la crisis de identidad europea, y esta, también a su vez, con el desafío –otra crisis– de los populismos vociferantes de extrema derecha, del renacer de la nación como fin primero y último de identidades colectivas que se remontan a la noche de los tiempos, a edades de oro que nunca existieron, pero dotadas de un poder hipnótico extraordinario.

En la tragedia siria se ha producido un empate histórico entre adversarios que contamina el presente, mantiene al mundo árabe-musulmán uncido a sus peores demonios familiares, justifica o facilita la extensión de la yihad a cualquier lugar y siembre la semilla de la división en las sociedades occidentales. Pero en la Asamblea General de la ONU esta semana, y siempre en el Consejo de Seguridad, se impone la lógica de la parálisis provocada por una estructura de poder en la que nada es posible sin la complicidad de las potencias vencedoras de la segunda guerra mundial o la inhibición de alguna de ellas. Nada puede detener el trasiego de ataúdes, el flujo incesante de refugiados, la influencia de predicadores iluminados que llaman a la guerra santa y todo cuanto procede de Siria –Irak también– y aledaños si no se dan por lo menos estas  condiciones:

-Un acuerdo sin reservas de Estados Unidos y Rusia, aceptado por Irán y China, para detener los combates contras las diferentes oposiciones sirias legitimadas por la comunidad internacional.

-Neutralizar al Estado Islámico y a Al Nusra mediante una alianza internacional con un mando razonablemente unificado.

-Desarmar a las milicias en cuanto cesen las hostilidades.

-Acordar un mecanismo de liquidación del régimen de Bashar al Asad y su sustitución por otro transitorio en el que tengan cabida todas las ideologías, incluido el islamismo político.

-Crear un fondo para la reconstrucción del país que permita el retorno de quienes lo dejaron acosados por la guerra.

-Poner sobre la mesa el espinoso asunto de los Altos del Golán, ocupados por Israel desde 1967, tierra irredenta con un valor propagandístico nada desdeñable en el universo yihadista.

Pero este programa de mínimos o de máximos, según se mire, barajado por think tanks de prestigio, es inalcanzable: responde al escenario internacional de nuestros días, pero en la ONU se aborda con un reparto de papeles heredado del pasado –la victoria aliada frente Alemania, el poder ilimitado de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad para bloquear toda decisión que entiendan contraria a sus intereses, el poso dejado por la guerra fría–, cuando los riesgos de una confrontación nuclear hicieron posible la consolidación de un sistema con reglas precisas. Hoy no hay sistema o funciona a precario, el vector de la inestabilidad y la inseguridad –dos caras de la misma moneda– todo lo condiciona y el multilateralismo promovido por la Administración de Barack Obama es más una adaptación a las circunstancias que una herramienta para la resolución de conflictos acuciantes, asimétricos, que desafían a las naciones, a los actores políticos reconocidos por la comunidad internacional.

La restauración del orgullo nacional ruso emprendida por Vladimir Putin, que incluye su defensa del régimen sirio frente a cualquier oposición, incluida la no yihadista, es viable en gran medida por la ausencia de sistema, por la falta de equilibrio entre actores políticos enfrentados, cuyo precedente más antiguo cabe situar en la paz de Westfalia (1648), de acuerdo con el argumento desarrollado con rigor por Henry Kissinger en Orden mundial, su último libro. Puede que sea esta una conclusión excesivamente eurocéntrica o un enfoque solo occidental, pero el bloqueo de la situación en Siria induce a pensar que la segunda guerra fría en ciernes tiende a ser un remedo incompleto y bastante más inestable de la primera, cuando la delimitación de bloques y de alianzas militares permitió desarrollar una lógica negociadora, con frecuencia brutal y desabrida, es cierto, pero con códigos precisos.

La primera conclusión a la que llega Natalie Nougayrède en un artículo publicado en el diario liberal británico The Guardian no hace más que reforzar la idea de que la Casa Blanca acepta con resignación que Putin sea quien fije la agenda. Entiende la analista que Obama aceptó hace tiempo que la seguridad de Estados Unidos y de Occidente en general no está en juego en la guerra civil siria y que, en consecuencia, es preferible adoptar una política de contención antes que solucionar el conflicto mediante una implicación más decidida en las operaciones militares. Esto es, Estados Unidos acepta como mal menor que prevalezca la estrategia rusa si de esta forma evita enfangarse en una nueva guerra en Oriente Próximo. El altísimo precio de tal planteamiento es sacrificar a la comunidad siria en el altar del posibilismo, otorgar a la guerra la categoría de crisis crónica y dejar a los refugiados en tierra de nadie entre la división europea, el oportunismo turco y la brega de las onegés para evitar que la tragedia sea aún mayor.

Hay varios aspectos discutibles en el análisis de riesgos al que se acoge el equipo de Obama. El más relevante tiene que ver con la exportación de muyahidines desde Siria al resto del mundo (expansión del terrorismo global), que siembran el pánico en Europa y Estados Unidos sobre todo, alimentan la islamofobia, justifican la aplicación de estrategias de seguridad invasivas de la vida cotidiana de los ciudadanos e incitan la fractura social. Todo lo cual, con ser extremadamente grave, lo es acaso menos que la actitud vesánica de Asad y de Putin, que “no son solo indiferentes a los crímenes contra la humanidad, sino que creen que sirven a sus propósitos”, como escribe Nougayrède. El horror de Kurtz, el personaje de El corazón de las tinieblas, hecho realidad.

 

Niza, punto y seguido

Todo puede servir como arma en esta guerra en todas partes desencadenada por el Estado Islámico a través de lobos solitarios o células durmientes, el nombre es lo de menos. Vale lo mismo un teléfono móvil para detonar explosivos que un camión para arremeter contra una multitud pacífica que disfruta de unos fuegos artificiales, porque en esta guerra asimétrica lo que importa es sembrar el terror y descoyuntar una sociedad como la francesa, donde la comunidad musulmana constituye una minoría relevante. Frente a esta lógica del yihadista solitario, del suicida que acarrea explosivos en un chaleco, del camionero que utiliza su vehículo como una apisonadora de seres humanos, todos los dispositivos de seguridad son insuficientes o ineficaces: pueden evitar muchos atentados, pero no pueden evitar todos los atentados; pueden tener bajo vigilancia a unos cuantos, pero no pueden controlar ni tan siquiera conocer a cuantos están dispuestos a desencadenar una matanza.

Los instrumentos de seguridad de los que disponen los estados modernos operan de acuerdo con la existencia de amenazas identificables y localizables en el espacio y en el tiempo, funcionan con criterios de prevención, disuasión y represión en caso extremo. En esta yihad que atemoriza a los europeos y persigue adueñarse de las conciencias en el orbe musulmán, la amenaza tiene una dimensión inabarcable y los militantes de la causa pueden estar en cualquier lugar, movilizarse en cualquier momento y sembrar la desolación en unos minutos sin que hasta entonces nadie haya sospechado de ellos. Dicho de otro modo: los instrumentos de prevención no pueden aspirar más que a éxitos parciales; al final de una serie de actos terroristas neutralizados se abren siempre las puertas del infierno y la muerte se adueña del espacio público.

La carnicería de Niza tiene además un valor simbólico indiscutible: el 14 de julio es el día en que Francia celebra la libertad política y los derechos del hombre, “es decir, todo cuanto da miedo a los titulares del último de los totalitarismos en curso”, como afirmaba Le Monde en su editorial del viernes. Resulta bastante sorprendente que el exprimer ministro Alain Juppé sostenga que “si se hubiesen tomado todas las medidas, el drama de Niza no se habría producido”; resulta bastante sorprendente incluso en el caso hipotético de que se detecten fallos en el despliegue de seguridad dispuesto en el paseo de los Ingleses de Niza, porque matar es extremadamente fácil para quien no tiene ningún interés en salir con vida de su fechoría. Y lo es aún más cuando el victimario está convencido de servir a una causa trascendente, que escapa a toda lógica; cuando el muyahidín observa el mundo a través del prisma de un nihilismo extremo.

Al día siguiente de que el presidente François Hollande anunciara para el 26 de julio el final del estado de emergencia, decretado después de los atentados del 13 noviembre, decidió prolongarlo otros tres meses. Por primera vez desde 1958, el Ejército francés está en la calle de forma visible y permanente. La República piensa movilizar a los reservistas. En resumen, Francia vive en una situación de excepcionalidad angustiosa, algo que objetivamente otorga varios triunfos a los secuaces del Estado Islámico: fijar la agenda política, condicionar el comportamiento de los gobernantes y someter a la sociedad a una presión psicológica permanente (nada es seguro, salir a la calle es arriesgado, tratar con desconocidos también lo es).

Al día siguiente del atentado de Niza, el profesor Jean-François Bayart, del Graduate Institute de Ginebra, llamaba la atención en el diario Libération sobre la inutilidad de esa excepcionalidad permanente: “Frente a la amenaza terrorista, adoptamos malas respuestas al golpear militarmente en Oriente Próximo y al llevar a la práctica una política de seguridad total que se demuestra ineficaz. Los estados-nación occidentales se han convertido hoy en estados de seguridad nacional en los que la obsesión se extiende, más allá del ámbito terrorista, a la inmigración, a la extrema izquierda, a quienes lo denuncian”. Y recuerda cuál es la impresión de muchos especialistas, tan inquietante como probablemente cierta: “Occidente ha caído en la trampa que le tendieron Al Qaeda y después el Daesh, y sus políticas de seguridad alimentan la yihad en lugar de contenerla”.

Que la opinión pública exija a los gobernantes medidas efectivas para acabar con la pesadilla, y que estas medidas tengan una visibilidad y repercusión inmediatas, no significa que las que se han adoptado hasta la fecha cubran los objetivos que persiguen. Que no se diese ninguna situación de alarma durante la Eurocopa, al menos que se sepa, no implica que lo dispuesto ahuyentara a los terroristas –puede que así fuese–, sino que también pudiera deberse a que los yihadistas no tenían previsto golpear durante el campeonato. Que en Niza un camión irrumpiera en medio de una celebración multitudinaria permite suponer que Bayart y muchos otros están en lo cierto cuando les invade la duda. A menudo parece que cuanto se hace, aun teniendo una explicación técnica, responde sobre todo a la política de las emociones.

En cambio, va en aumento la sensación de que el Estado Islámico cada vez está más cerca de provocar la fractura en sociedades con una presencia importante de musulmanes. Desde los primeros ataques en suelo europeo, y especialmente en Francia, el objetivo es alimentar la islamofobia para quebrar la convivencia y desencadenar un choque de culturas en el corazón de Occidente, hacer imposible un entramado intercultural y laico en el que convivan diferentes herencias políticas y religiosas, con el propósito final de atraer a su causa a los musulmanes europeos.

Se olvida un hecho decisivo cuando se dice que los ataques del Estado Islámico en Francia son la respuesta a la implicación francesa en la lucha contra los yihadistas en Siria e Irak: el asalto a la redacción de Charlie Hebdo y a un supermercado kosher y la matanza del 13 de noviembre son anteriores a la orden dada por Hollande de bombardear posiciones del califato en Siria. No hay una relación causa-efecto entre la partida al Mediterráneo oriental del portaaviones Charles de Gaulle y la locura desencadena en Francia durante el último año y medio; sí puede haberla entre las últimas derrotas sufridas por los muyahidines en el campo de batalla y la multiplicación de golpes de mano en Europa; sí la hay con toda seguridad entre el recuento de víctimas y la islamofobia creciente, un vínculo perverso explotado ad nauseam por la extrema derecha ultranacionalista (Marine Le Pen) a diez meses de la elección presidencial.

Hay otro vínculo que no puede soslayarse, siquiera sea por respeto a los muertos siempre en aumento en esta guerra que enturbia el presente: se trata de los efectos que a medio y largo plazo ha tenido la guerra de Irak, aquel conflicto justificado con un conglomerado de embustes. Cuantos secundaron al presidente George W. Bush en el atropello –Tony Blair y José María Aznar, los primeros–, adeudan a la opinión pública internacional una satisfacción que sea algo más que una disculpa apresurada (la fórmula elegida por el expremier después de conocerse el informe Chilcot). Fiarlo todo al dictamen de la historia cuando la red se inunda con las imágenes de Niza y antes de Madrid, Londres, Bagdad, París, Bruselas, Estambul, Dacca y tantos otros lugares equivale a parapetarse en un silencioso innoble. Desde luego, no todo empezó en Irak, pero mucho de cuanto atenaza nuestra vida cotidiana tuvo allí su origen. Y porque existe tal vínculo, la opinión pública europea sabe que el de Niza no será el último golpe, sabe que habrá otros tan mortíferos o más que el de este sangriento e inolvidable 14 de julio.

 

 

 

 

Una tregua bombardeada

La degollina de Alepo certifica la debilidad de la gestión política de la guerra en Siria a partir de la aprobación en diciembre de 2015 de la resolución 2254 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, cuyos frutos más visibles hasta la fecha han sido la tregua acordada a finales de febrero y las negociaciones iniciadas en Ginebra entre el Gobierno y la oposición. El único resultado tangible de las conversaciones es que han sobrevivido a toda clase de vacilaciones y zozobras; los bombardeos de la última semana amenazan con sepultar el alto el fuego aunque el pretexto para martirizar Alepo es acabar con los focos de resistencia terrorista que cobija y que alimentan la guerra. Al sumar la atmósfera de Ginebra a la matanza en curso, una más, se adueña de los análisis la idea expresada por diferentes integrantes del Alto Comité de Negociaciones, que engloba a la oposición y varios grupos armados apoyados por Occidente, Arabia Saudí, Catar y Turquía: el desarrollo de los acontecimientos en Ginebra depende de las acciones sobre el terreno en Siria. Dicho de otra forma: el riesgo de que sucumban las negociaciones es hoy mayor que nunca.

Como ha manifestado Basma Kodmani, uno de los delegados de la oposición desplazado a Ginebra, la continuidad del diálogo “depende de cuanto pasa sobre el terreno y del mando que controlan rusos y estadounidenses” a distancia, o según conviene a la barroca complejidad de las desavenencias entre la Casa Blanca y del Kremlin. Para Vladimir Putin, salvar el régimen de Bashar al Asad es el objetivo principal y el combate contra el Estado Islámico es secundario, al menos por el momento; para Barack Obama, lo que más importa es acabar con el califato e insertar a Siria en el dispositivo general de seguridad de Oriente Próximo. Para el presidente de Rusia, nada es más importante que asegurarse un papel relevante en la región; para el de Estados Unidos, en año electoral, toda muestra de debilidad se convierte en un arma que carga el diablo y pone en manos de los republicanos, singularmente del imprevisible Donald Trump, promotor exaltado de un incremento del presupuesto de defensa para disponer de una force de frappe amedrentadora en cualquier lugar y circunstancia.

De acuerdo con la descripción de Dmitri Trenin, del Carnegie Moscow Center, Rusia actúa en Siria para restaurar su papel de gran potencia en la región,  condición que perdió cuando el último presidente de la Unión Soviética, Mijail Gorbachov, se retiró del escenario al comienzo de la primera guerra del Golfo. Además, sostiene Trenin, la política de Putin persigue otros objetivos menos llamativos, pero no menos importantes: contener y disminuir la presión del islamismo radical; apoyar a regímenes y fuerzas aliadas en la región; asentar el despliegue militar en y alrededor de la región; ampliar la presencia militar rusa en los mercados de armas, nuclear, de gas, de petróleo y de alimentos de Oriente Próximo; atraer a inversores de los países del Golfo y concertar con los grandes productores del Pérsico una política de precios sostenible en los mercados energéticos. En suma, el objetivo ruso es consolidarse como un interlocutor ineludible de igual manera a como Estados Unidos lo es, con la diferencia de que Obama intenta ahorrarse el coste económico y político de otra guerra.

La percepción del conflicto que tiene la opinión pública europea es sustancialmente diferente al que manejan rusos y estadounidenses. La capacidad de actuación del Estado Islámico en suelo europeo a través de una red muy dinámica de militantes dispuestos a inmolarse, la presencia de los refugiados en el Egeo, y de allí al corazón del continente, y el efecto que todo ello tiene en las políticas nacionales sitúa la neutralización de los yihadistas en el centro del debate. Pero tal operación es inseparable de una implicación decidida en la guerra –qué hay que hacer, en qué condiciones, en cuánto tiempo, etcétera–, y ahí las sociedades europeas se muestran reticentes. Y aunque cada día son más las voces que consideran ineficaz el combate contra el islamismo en armas si se afronta solo como un problema de seguridad, las iniciativas relacionadas con la presencia activa en Siria son tan modestas o más que aquellas necesarias para actuar en un entramado económico que es de facto un criadero de muyahidines, en Europa y en el orbe musulmán.

Salvo en la coordinación cada vez más estrecha de la comunidad de inteligencia europea y en el almacenamiento de refugiados en Turquía, sigue en pie la pregunta de Henry Kissinger: ¿qué número hay que marcar para conocer la posición de Europa? En la laberíntica guerra siria, en la que coinciden en el campo de batalla los generales de un régimen vesánico, diferentes islamismo políticos, musulmanes deseosos de construir un Estado laico, profetas del Apocalipsis, los socios de Al Qaeda (Al Nusra) y los combatientes del califato, las actitudes contemplativas son clamorosamente estériles, y las reacciones viscerales o emocionales –la de François Hollande después del 13 de noviembre, por ejemplo– apenas sirven para modificar el curso general de los acontecimientos; puede que ni siquiera sean útiles para tranquilizar a sociedades asustadas. El poder blando europeo es un valor en sí mismo, pero solo es eficaz cuando se fundamenta en la unidad de acción, algo que está lejos de haber logrado la Unión Europea después de más de cinco años de guerra en Siria.

La carnicería en un hospital de Médicos sin Fronteras y en una clínica deslegitima a quienes ordenaron el bombardeo, invalida toda justificación y pone en evidencia una vez más la textura moral del régimen sirio, pero es improbable que las imágenes de la tragedia y el testimonio de las víctimas modifiquen el comportamiento de las partes implicadas en la crisis y sus asociados. Por el momento, no hay una alternativa a la guerra y al sectarismo que contente a los aliados respectivos del Gobierno sirio y de las oposiciones, representantes de un variopinto espectro ideológico. El propósito alentado en febrero por Staffan de Mistura, mediador de las Naciones Unidas, para celebrar en 18 meses unas elecciones sometidas a control o tutela internacional estuvo tan cargado de buenas intenciones como falto de realismo. Como dijo en su momento Kofi Annan, ninguna de las partes está dispuesta a salir con heridas visibles de un proceso en el que, además de la presencia inevitable de Bashar al Asad o de sus herederos, apoyados por Rusia, tendrían algo que decir y defender Irán, China, Turquía, la Unión Europea y, desde luego, Estados Unidos, directamente o a través de sus respectivos socios en las trincheras. Aquella idea angelical de las elecciones que todo debían curarlo se antoja una utopía; es ilusorio creer que bandos irreconciliables pueden aceptar el dictamen de las urnas, puestas en medio de los cascotes humeantes de la guerra civil.

El escritor sirio Basel al Awadat ha descrito la falta de resultados en el foro de Ginebra con una frialdad muy precisa: “Rusia siguió apoyando la posición del régimen [sirio] y comenzó a decantarse por otras oposiciones. Además, hizo propuestas para sustituir a la principal delegación negociadora de la oposición por otra que incluya a otros opositores menos extremistas y más próximos a la visión del régimen. Mientras tanto, este seguía violando la tregua y bombardeando las ciudades que apoyan a la oposición. Estados Unidos, por su parte, se limitó a contemplar lo que sucedía sin reaccionar en señal de apoyo a la oposición, e incluso el enviado de la ONU para Siria y encargado de la supervisión de las negociaciones, Staffan de Mistura, se tomó a la ligera la decisión de la oposición de abandonar las negociaciones, que lo calificó de ‘show diplomático’, y confirmó que las negociaciones seguirían su curso con quienes estuvieran presentes”. Diríase que se impusieron las actitudes políticamente correctas, aquellas del todo previsibles, sin que fuesen alteradas ni por un momento por la hecatombe de Alepo. Hay demasiado en juego, según parece, para que alguien ose romper las perversas reglas de un juego que puede llegar a considerar la guerra un mal menor.

 

Salman calienta el Golfo

La guerra fría del golfo Pérsico se ha calentado con consecuencias impredecibles. La ruptura de relaciones de Arabia Saudí e Irán, seguida de otros gestos hostiles de los gobernantes sunís dirigidos a la teocracia de los ayatolás, no es más que el primer episodio de un enrarecimiento de la atmósfera cada vez más irrespirable en una región condenada a encadenar crisis. La monarquía saudí, parapetada detrás de la mayor de las distinciones asumida por el rey, protector de los santos lugares de La Meca y Medina, está dispuesta a hacer cuanto está a su alcance, y es mucho, para disputar la hegemonía regional a la república islámica. A punto de cumplir su primer año en el trono de Riad, Salman bin Abdelaziz no ha dejado pasar la ocasión de hostigar al régimen iraní con la ejecución junto con otras 46 personas del clérigo chií Nimr Baqir al Nimr, condenado a la pena capital por terrorista (en realidad, sometido a juicio por promover la primavera árabe en la más influyente de las petromonarquías).

Como tantas veces desde la noche de los tiempos, la religión, el litigio teológico y la remisión a los profetas no es más que un pretexto encubridor de ambiciones políticas, de la disputa por el poder. Desde que a mediados del año pasado se registró una rehabilitación de facto del Gobierno de los clérigos iranís a través de una negociación en la que se comprometieron a no desarrollar un arsenal nuclear, ha sido manifiesta la incomodidad saudí con la nueva situación. Comprometido con la alianza encabezada por Estados Unidos que combate al Estado Islámico en Siria e Irak, con el sostenimiento del régimen yemení zarandeado por el levantamiento de los hutis (chiís), con el apuntalamiento de la carcomida economía egipcia y con la tutela de la débil monarquía de Baréin –familia real suní para un pequeñísimo país con el 80% de la población chií–, el rey Salman se ha embarcado en una operación de afianzamiento personal dentro y fuera de Arabia Saudí, jaleado por el coro de aliados de la Liga Árabe.

Lejos de ahondar en su llamamiento de primera hora para restablecer la unidad en el orbe musulmán, dividido por la guerra, Salman ha dado pasos cruciales para exacerbar las pasiones, favorecido todo por el asalto a la embajada saudí en Teherán, un movimiento al que no son ajenos los sectores más duros del entorno del guía espiritual Alí Jamenei, defraudados con el realismo político del presidente Hasán Rohani. A diferencia del desafío permanente practicado por Mahmud Ahmadineyad, anterior presidente de Irán, su sucesor ha optado por el compromiso, pero eso ha alarmado a los guardianes de la revolución, a los herederos ideológicos del ayatolá Jomeini, que temen que en la transición del enfrentamiento con Occidente a la convivencia pierda el país parte de su influencia en el Golfo y en la gestión de las crisis en Oriente Próximo. Un temor compartido por los saudís, que sospechan que el precio de la rehabilitación iraní puede ser el debilitamiento saudí en su área de influencia.

“Por encima de las diferencias sectarias entre Arabia Saudí e Irán, aquello que más enfrenta a los dos países es lo que tienen en común. Ambos regímenes han basado su legitimidad en una misión transnacional de exportación de la religión y salvaguarda del islam. Después del despertar árabe y del hundimiento del sistema regional de estados que le siguió, la competencia por el poder se ha vuelto más urgente”, afirma el especialista Ray Takeyh en un artículo publicado en el Financial Times. Para Takeyh, el acuerdo nuclear está lleno de deficiencias y activa la desconfianza saudí, pero la Administración de Barack Obama entiende que es una herramienta política indispensable para incorporar a Irán a una solución política futura de la carnicería siria, si es que la hay. Es ese un viejo planteamiento que se remonta a los años 2012 y 2013, y que no ha dejado de tener adeptos desde entonces.

El planteamiento de la Casa Blanca no está exento de riesgos hasta ahora poco atendidos. En especial el efecto que en la cohesión de Irak puede tener el conflicto abierto por saudís e iranís, según se ha ocupado en destacar The New York Times. Para muestra, un botón: la reconquista de Ramadi, ocupada por el Estado Islámico durante año y medio, ha sido posible por la contribución suní a las operaciones del Ejército iraquí, mayoritariamente chií, pero ese tipo de colaboración podría saltar por los aires si se agria más y más la disputa entre Salman y los ayatolás. Irak tiene una larga experiencia de guerras sectarias desde la caída de Sadam Husein –la más sangrienta fue la del 2006-2007–, que han erosionado la identidad colectiva iraquí.

Las digresiones religiosas apenas tienen espacio en ese andamiaje levantado sobre la lógica de la seguridad, la diplomacia y los intereses económicos (las exportaciones de petróleo). Esa especie de política de las emociones aplicada a la religión tiene poco que ver o que decir cuando las referencias son otras, cuando incluso los retos planteados por el Estado Islámico, presentados dentro de un envoltorio de naturaleza religiosa, son perfectamente explicables fuera de él, con lo que, de nuevo, la sacralización del momento adquiere la condición de simple coartada. Tan cierto es que sigue vigente un litigio religioso más que milenario –sunismo frente a chiismo y viceversa– como que lo que más pesa en el presente es la disputa por la hegemonía regional.

¿Es eso todo? Quizá no; acaso Salman precisa pertrecharse con una dosis suplementaria de autoridad dentro de palacio y atenuar las tensiones familiares. Seguramente él es el último en reinar de los hijos de Abdelaziz, fundador de Arabia Saudí en 1932; su sucesor será uno de los muchos nietos del padre de la dinastía de los Saud, y es improbable que la llegada al poder de una nueva generación se haga sin tensiones en el seno de una familia real que suma la friolera de 25.000 miembros, una trama inextricable de intereses y privilegios. Algún think tank baraja incluso la hipótesis de que el tránsito de los hijos a los nietos de Abdelaziz entrañará inevitablemente un debilitamiento del núcleo de poder saudí, articulado desde los inicios en torno a la figura de un monarca absoluto. ¿Pueden evitarlo las rentas del petróleo que todo lo sofocan?

 

El año del califa Ibrahim

Si algún medio informativo decidiese distinguir a Abú Bakr el Bagdadi –el califa Ibrahim para la militancia– como el personaje más relevante del año vencido, tendría a su alcance una gran variedad de argumentos para justificar su decisión. El Estado Islámico se ha situado en el centro de la atmósfera de desorden que se ha adueñado de las relaciones internacionales, de esa sensación de improvisación frente al desafío que impregna lo mismo la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que promueve la negociación en Siria de una solución política, que las apelaciones a la guerra de Francia, a la reiterada indeterminación de Estados Unidos cuando debe ir más allá de mantener el compromiso en el combate contra los yihadistas mediante la campaña de bombardeos contra sus dominios en Siria e Irak. El año 2015 puede que sea el del Bagdadi porque ha llevado el pánico al corazón de Europa, al norte de África y, más allá, hasta el otro lado del Atlántico; ha dado aire a Bashar el Asad, comandante en jefe de una carnicería, y ha contribuido decisivamente a desatar un flujo incontenible de refugiados que huyen de la guerra y buscan cobijo en una Europa con una opinión pública atemorizada y desorientada.

Richard Haas, presidente del Council on Foreign Relations, escribió hace un año un ensayo titulado ¿Cómo responder a un desorden mundial? En él afirma: “En el presente, el equilibrio entre orden y desorden se desplaza en dirección a este último. Algunas razones son estructurales, pero algunas son el resultado de malas elecciones hechas por importantes actores, y al menos algunas de ellas pueden y deben corregirse”. ¿Qué decir doce meses después, con Oriente Próximo consagrado como el cruce de caminos de todas las grandes crisis: la de la inseguridad colectiva a causa del dinamismo del terrorismo global, la de los refugiados, la de la guerra fría en el golfo Pérsico, la de convivencia entre dos legados culturales más que milenarios, el cristiano y el musulmán?

La proclamación del califato en junio del 2014 fue algo más un acto de propaganda amenazante: proporcionó al yihadismo una referencia territorial a la causa, a la prédica contra Occidente y a la vuelta a los orígenes del islam, se correspondan estos con la realidad o con la mitología de una edad de oro en la que resplandeció la justicia mediante una aplicación estricta de las enseñanzas del profeta Mahoma. Frente a la disolución de la estrategia de Al Qaeda por carecer de un espacio reconocible como propio se afianzó la del Estado Islámico, secundada más allá de sus dominios por muyahidines dispuestos a imponer la lógica de las armas. Quizá haya retrocedido el califato en Siria e Irak, pero su estrategia ha cuajado como aquella más adecuada para perpetuar la lucha y condicionar por entero las relaciones internacionales; quizá el califato tenga fecha de caducidad, pero ha minado de tal manera el ánimo de sus adversarios y ha afianzado de tal forma a sus seguidores en sus convicciones más conocidas que, en caso de derrota, la empresa del Bagdadi seguramente tendrá continuidad. Ese es, al menos, el vaticinio de cuantos, dentro y fuera del orbe musulmán, entienden que el conflicto hunde sus raíces muy profundamente en la complejidad laberíntica del islam, de las frustraciones de sociedades condenadas a la postración por actores políticos que las han utilizado en estricto beneficio propio.

La estrategia seguida por El Bagdadi ha llevado al ánimo de los yihadistas que están en condiciones de imponer su agenda siempre que siga en vigor la mitología del martirio, el recurso a la acción directa sin importar el coste que entrañe. Se afianza así la idea expresada por el arabista francés Olivier Roy: “El yihadismo es una revuelta generacional y nihilista”. Según el mismo autor, la motivación religiosa de los muyahidines es poco más que un resorte que permite arremeter contra cualquier referencia cultural, social o política con el sello de Occidente. “Ninguno está interesado en la teología, ni siquiera en la naturaleza de la yihad o en la del Estado Islámico”, afirma Roy, mientras otros análisis de tenor parecido presentan el factor religioso como una coartada o pretexto ideológico.

Como es fácil comprobar en Afganistán, donde la ineficacia exasperante del Gobierno ha permitido a los talibanes ganar terreno sin modificar una coma la simplificación de los enunciados religiosos que los llevaron al poder, la victoria militar no es ninguna garantía de que no surjan aquí y allá otros movimientos que sustituyan al eventualmente vencido. Tomar Ramadi, reducir el ámbito territorial del califato, no diluye la base social atraída por los fundamentalistas ni liquida la estructura militar del Estado Islámico, heredada en gran parte del Ejército de Sadam Husein, disuelto por Estados Unidos en el 2003 sin reparar en las consecuencias que tal decisión tendría en el futuro. Y, desde luego, no neutraliza la proliferación en Europa de células durmientes y lobos solitarios –también en Estados Unidos–, la floración de organizaciones islamistas en África y la incongruencia de que la aristocracia teocrática saudí, asociada ahora –no en el pasado– al combate contra los yihadistas, se acoge a una aplicación de la sharia apenas diferenciada de la que distingue al Daesh.

Cuando una autoridad moral como el papa Francisco, a la luz de los atentados perpetrados por los yihadistas, se refiere a la existencia de una tercera guerra mundial fragmentada, es poco menos que inevitable admitir que El Bagadadi ha sido el hombre del año que expiró. A él se deben modificaciones sustanciales en el desarrollo de la vida cotidiana, en las políticas de control y seguridad, en el peligro de fractura en sociedades con un porcentaje significativo de musulmanes, en la desconfianza generalizada ante situaciones que hasta hace muy poco no se consideraban de riesgo, en la tentación de muchos gobiernos, en fin, de estrechar el ámbito de la libertad.

“El máximo objetivo de los terroristas yihadistas es convencer a la juventud musulmana en todo el mundo de que no hay una alternativa para el terrorismo”, sostiene el financiero George Soros. Para él, “abandonar los valores y principios que subyacen en las sociedades abiertas y ceder ante un impulso antimusulmán dictado por el miedo no es la respuesta, realmente, aunque puede resultar difícil resistirse a la tentación”. El  Estado Islámico, ha logrado en parte alcanzar ambos objetivos: ha capturado la voluntad de una minoría de jóvenes musulmanes, por herencia familiar o conversos, y ha alentado sentimientos islamófobos que lo mismo valen a Marine Le Pen para apuntar al Eliseo que a Viktor Orbán para sembrar la frontera meridional de Hungría de concertinas (un ejemplo imitado luego por otros). ¿Qué logros avizora el califato para el año que empieza? Quizá perpetuar el miedo como un sentimiento irrefrenable y compartido.