El Tea Party divide a los republicanos

“Han sido las dos mejores semanas del Partido Demócrata en los últimos tiempos porque estuvo fuera del centro de atención y no tuvo que mostrar sus ideas”.

Linsay Graham, senador republicano por Carolina del Sur

 Es difícil imaginar una operación política más desventajosa, estéril y arbitraria que la desencadenada por el ala ultraconservadora del Partido Republicano de Estados Unidos para poner al presidente Barack Obama contra las cuerdas. Aunque el parche aprobado por las dos cámaras del Congreso no es más que un remedio provisional, seguramente insuficiente, ha resultado vencedor el gran adversario a batir a ojos del Tea Party, ninguna de las exigencias republicanas ha llegado a buen puerto y, lo que es peor, una profunda división se ha adueñado del partido. Lleva razón un clásico del republicanismo conservador como el senador por Arizona John McCain cuando reclama, no sin retranca, que alguien le cuente qué ha sucedido.

Al mismo tiempo, la derrota republicana ha dejado al descubierto los límites del poder del Tea Party. Ha saltado por los aires la convicción de que las finanzas se sienten más cómodas con el liberalismo a ultranza de los ultraconservadores que con el intervencionismo moderado de la Casa Blanca: en realidad, para la trabajosa salida de la crisis, Wall Street prefiere un capitalismo ordenado a un crecimiento sin tutela. Voces tan influyentes como George Soros, Bill Gates y Warren Buffett han insistido en la necesidad de promover un capitalismo pautado, custodiado por un Gobierno solvente que pueda salir al rescate del sistema cuando zozobra, como sucedió en el bienio 2008-2009. Todo eso desoyó el Tea Party cuando creyó que podía supeditar la aplicación de una ley socializante como la de asistencia sanitaria, aprobada por el Congreso y en vigor, a través de la impugnación a las bravas de la política del presidente.

Publicado en el diario conservador ‘The Christian Science Monitor’.

El desenlace de esta crisis de perfiles a menudo grotescos ha resultado en una “rendición casi incondicional” de los republicanos, como subrayaron The New York Times y, con él, todos los medios liberales, incluso aquellos que optaron por la neutralidad, si es que esta fue posible mientras la Administración federal permanecía cerrada y se aproximaba el día en el que Estados Unidos se iba a declarar en suspensión de pagos. El tiempo que ha ganado la Casa Blanca para negociar y evitar que las crisis fiscales se conviertan en una tradición malsana es el mismo del que dispone el Grand Old Party (GOP), apodo del Partido Republicano, para restañar las heridas dejadas por la pugna interna. Tan urgente es para Obama encontrar una solución definitiva al riesgo de cierre gubernamental antes del 15 de enero y al techo de gasto antes del 7 de febrero, como para los republicanos evitar el desgaste de un nuevo espectáculo de radical intransigencia. Pero para superar la imagen dejada ahora precisan recuperar los conservadores –la extrema derecha, más apropiadamente– el sentido de la realidad, y aceptar que menos del 30% de la opinión pública secunda su comportamiento.

Por de pronto, el Tea Party ha suministrado abundante munición a los adversarios del GOP. En términos estrictamente contables, porque la crisis fiscal ha tenido un coste de 17.700 millones de euros (24.000 millones de dólares), equivalentes, según Standard and Poor’s, al 0,6% de la tasa de crecimiento calculada para el cuarto trimestre del 2013 (0,5%, según los cálculos de Moody’s). En términos políticos, las bolsas y el mercado de la deuda han secundado el enfoque demócrata del problema. En términos personales, porque figuras relevantes republicanas como John Boehner, presidente de la Cámara Representantes, y varios senadores de largo recorrido han visto erosionada su imagen a causa de la obstinación de los ultras, que han impuesto al Partido Republicano una estrategia de tierra quemada. Mientras tanto, Eric Cantor, estrella rutilante de los neo neocons en la Cámara de Representantes, y otros actores de la misma compañía han salido casi indemnes del lance gracias a su habilidad para prodigarse lo justo en público y limitarse a porfiar entre bambalinas.

Son minoría los que comparten hoy la reflexión de William Kristol, uno de los gurús del pensamiento neocon, en el semanario The Weekly Standard. Sostiene Kristol que, “incluso si se considera que el presidente ha obtenido esta semana una victoria a corto plazo”, sus efectos se desvanecerán rápidamente porque prevalecerán los del “lanzamiento catastrófico” del Obamacare, del Estado del bienestar, de la debilidad liberal en el extranjero, y “la gran arrogancia del Gobierno y el desprecio por el pueblo estadounidense”. Lo cierto es que en un país donde el 15% de la población –45 millones de personas– carece de seguro médico, es difícil imaginar una reacción generalizada contra la reforma sanitaria, salvo en medios que se han impuesto la misión histórica de acabar con Obama. Para la mayoría, el presidente ha impuesto su criterio y los demócratas han gestionado la crisis sin sufrir apenas rasguños. Aunque Boehner repita una y otra vez que quiso negociar hasta el final, “pero la respuesta siempre fue no, no, no”, la impresión que ha prendido es que los republicanos quisieron poner a la Administración a los pies de los caballos, aunque fuera a costa de provocar otra recesión.

Cartel de una de las campañas contra la reforma sanitaria. Arriba, recoge una frase de Barack Obama de septiembre del 2009: “No firmaré un plan que añada un solo céntimo a nuestro déficit, ahora o en el futuro”. Abajo, avanza el supuesto coste de la implantación del Obamacare, calculado en febrero del 2013: añadirá 6,2 billones de dólares a las estimaciones de déficit.

Si el principio de ejemplaridad forma parte del ethos democrático, y “escandalizarse demuestra la vigencia de la ejemplaridad”, de acuerdo con la formulación del filósofo Javier Gomá, entonces la reacción de la sociedad estadounidense se ha atenido a lo que cabía esperar, incluso admitiendo que el Tea Party no es un fenómeno pasajero o una anomalía política abrazada por una minoría. El paso de la “estupidez ideológica”,  citada alguna vez por Mario Vargas Llosa, a la banalización de la política, o al menos el intento de banalizarla en nombre de un individualismo sin fisuras, ha alarmado de tal manera a un segmento tan amplio y variado de la comunidad que el futuro del Partido Republicano pasa forzosamente por la revisión del reparto de papeles en su interior.

“La ley de la política, que es la ley del amigo-enemigo” –otra vez Gomá– se ha adueñado del debate, también en el campo demócrata, y conduce directamente a la fractura, a una configuración binaria de la realidad, con dos frentes irreconciliables que pretenden ocupar todos los espacios de poder para evitar el pacto, consustancial a la política en las sociedades complejas y los sistemas deliberativos. Y en este ambiente permanentemente crispado, como el de ahora mismo en Estados Unidos, surgen profetas de la desregulación, del Estado insignificante y del Gobierno maniatado, como Sheldon Adelson, zar del juego, los hermanos Charles y David Koch, magnates del petróleo, y otros activistas de la extrema derecha para quienes toda ley que limite sus negocios es excesiva, gastan millones de dólares en difundir la utopía reaccionaria y desprecian los instrumentos más elementales de redistribución de recursos.

Cuando Paul Ryan, destacado miembro republicano de la Cámara de Representantes, intenta delimitar los objetivos del partido –“poner la deuda bajo control, hacer una reducción inteligente del déficit y tomar medidas que pensamos harán crecer la economía y permitirán a la gente volver a trabajar”–, enumera objetivos tan sensatos como alejados de la praxis de las últimas semanas. De ahí la presunción ampliamente difundida de que lo que de verdad importaba era lograr que Obama doblara la rodilla. La sospecha es que la distancia entre las declaraciones solemnes y los movimientos sobre el terreno se debía –se debe– a la animadversión hacia el presidente por motivos no solo ideológicos, sino también por prejuicios raciales, eludidos siempre en intervenciones públicas, medios de comunicación y foros de toda índole, pero presentes aquí y allá en una atmósfera viciada por la herencia histórica de las tragedias asociadas al color de la piel. Dicho en pocas palabras: para el Tea Party, Obama constituye una presencia insoportable.

Echar la cuenta de cuál ha sido el coste de 16 días de incertidumbre nacional e internacional es algo que ocupará los análisis durante las próximas semanas. Pero cabe afirmar desde ahora mismo que la superpotencia ineludible no puede depender de los biorritmos ultraconservadores ni poner la economía mundial en jaque a causa de una legislación, la que regula el techo de gasto del Gobierno, que se remonta a 1917. Ni siquiera la posibilidad de que Obama se hubiese acogido a la sección cuarta de la 14ª enmienda de la Constitución –la validez de la deuda pública de Estados Unidos no se discute– habría zanjado la sensación de inseguridad colectiva. En primer lugar, porque es muy posible que, de haber escogido el presidente ese camino, el litigio habría acabado en el Tribunal Supremo; en segundo lugar, porque las medidas excepcionales son útiles para salvar una situación de riesgo, pero no suelen tranquilizar los espíritus. Lo que en verdad reclaman la UE, los inversores, las potencias emergentes, organizaciones internacionales como el FMI y el Banco Mundial y, en general, todos los actores económicos de peso es que Estados Unidos deje de pasar la maroma cada pocos meses –verano del 2011, fin de año del 2012, ahora– porque, al hacerlo, perturba la salida de la crisis.

El momento para Obama no es el mejor para intentar que no se repita una secuencia de hechos como el de las últimas semanas. Sucede que el año próximo es electoral –se renuevan la Cámara de Representantes y un tercio del Senado– y, en el fragor de la campaña que se avecina, es difícil que alguien se atenga a la contención y renuncie a la sal gruesa, algo que conviene en toda negociación política. Pero sucede también que a partir de noviembre del 2014 el presidente será el pato cojo (lame duck), etiqueta aplicada al inquilino de la Casa Blanca durante los dos últimos años de su segundo mandato, cuando no puede aspirar a una nueva reelección. Sucede, en suma, que los republicanos, contra lo que aconseja la prudencia, pueden verse obligados a seguir los dictados del senador Ted Cruz, figura del Tea Party que aspira a disputar la presidencia en el 2016, pero antes debe demostrar que su intransigencia atrae votos y que el club del té puede fijar el rumbo de la nave con posibilidades de éxito. El plan de Cruz y los suyos tiene todas las trazas de ser un envite al todo o nada, algo que para Obama puede constituir un obstáculo insalvable para restablecer la confianza mediante la negociación de un programa presupuestario de una década de duración. Algo que es tan necesario para Estados Unidos como para el resto del mundo.

 

El Tea Party desafía a Obama

La estrategia republicana de llevar a Estados Unidos al borde del precipicio con el fin de fulminar la reforma sanitaria promovida por Barack Obama ha decidido al ala dura del partido –encarnada en el Tea Party– a fijar una estrategia de tierra quemada, y al conservadurismo tradicional, a refugiarse en una retórica bajo sospecha. Para una parte significativa de los 232 diputados del Grand Old Party en la Cámara de Representantes puede más el temor a verse obligados a disputar el próximo año una elección primaria ante un aspirante de la extrema derecha, lo que los induce a aceptar con resignación la crisis en curso, que la sensatez de buscar una solución bipartidista que acabe con una situación a la vez demencial y extravagante. Porque el cierre (shutdown) del Gobierno federal por falta de fondos pone a la superpotencia a los pies de los caballos de sus acreedores, crea una inseguridad comprensible a escala mundial y persigue humillar al presidente, algo que probablemente está lejos de ser plato del gusto de la mayoría de la opinión pública.

Aunque The Washington Post haya opinado que el problema de Obama no son los republicanos, sino la Constitución, lo cierto es que cada vez cunde más la idea de que la Casa Blanca es prisionera de la mezcla de fundamentalismo religioso, individualismo exacerbado y dogmatismo político del Tea Party. Aunque los padres fundadores diseñaron un equilibrio de poderes pensado para limitar las atribuciones del Ejecutivo federal y preservar la iniciativa de los estados, las encuestas reflejan estas últimas semanas una corriente de opinión mayoritaria, cercana al 50%, que culpa del cierre a los ultraconservadores. Y aunque estos se han adueñado del Partido Republicano y tienen razonablemente asegurado que mantendrán el próximo año la mayoría en la Cámara de Representantes, según un detallado informe elaborado por la web Politico, es impensable que dobleguen la voluntad del presidente hasta el punto de que desista en la aplicación del Medicaid y cambie la percepción que los ciudadanos de las sociedades urbanas tienen de las causas de la crisis.

El monumento dedicado a la segunda guerra mundial, cerrado a causa del ‘shutdown’ del Gobierno federal.

Lo cierto es que detrás de la obstinación de los líderes republicanos se desarrolla una batalla no exenta de sordidez en la que se enfrentan el líder del partido en la Cámara de Representantes y presidente de la misma, John Boehner, y el segundo en el grupo parlamentario, Eric Cantor, rivales irreconciliables. Quizá Boehner transigiese en alguna fórmula para cerrar un pacto de caballeros con Obama, pero Cantor es un doctrinario que encarna las esencias del Tea Party y de un conservadurismo que sostiene que el mejor Gobierno es el que no existe o es tan sumamente débil y pequeño que no puede imponer su voluntad a nadie. A Cantor le siguen rigoristas religiosas como Michelle Bachmann, políticos de ascendencia hispana adscritos a la nueva fe como Ted Cruz y Marco Rubio, y también ideólogos del individuo libérrimo, herederos remotos de la cultura de frontera que profesan con intensidad variable personajes como Mike Lee, Rand Paul y Steve King, más Sarah Palin, la referencia ineludible de la política de mesa camilla, cuyo bagaje intelectual no va más allá de cuatro vaguedades que regalan los oídos de la América profunda, pero no resisten el análisis cuando se confrontan con las necesidades del país.

Así, por ejemplo, la oposición sin tregua a la reforma sanitaria en nombre de la libertad del individuo soslaya dos realidades complementarias:

  1. La asistencia sanitaria es mucho más cara en Estados Unidos, y a menudo menos eficaz, que en los países de la Unión Europea con una sanidad pública, obligatoria y universal de larga tradición.
  2. Hasta fecha reciente, por lo menos 40 millones de estadounidenses no tenían cobertura sanitaria por carecer de medios para costearse un seguro privado.

Eric Cantor (izquierda) y John Boehner, presidente de la Cámara de Representantes, rivales en el seno del Partido Republicano.

A lo dicho debe añadirse que a causa de la timidez de la reforma impugnada por los republicanos, dos tercios de los pobres de la comunidad negra, un porcentaje parecido de las madres sin pareja y más de la mitad de los trabajadores con ingresos bajos que nunca han tenido un seguro médico quedan fuera del Medicaid, según un estudio realizado por The New York Times. La mayoría de estas personas viven en estados donde gobiernan los republicanos y han llevado a la práctica su oposición a aplicar el Medicaid por las razones mencionadas antes. Es decir, el ultraliberalismo que anima a los ideólogos del Tea Party excluye el reparto de carga sociales, sea cual sea la fórmula que se aplique, en nombre, de nuevo, del derecho de los individuos a procurarse y administrar sus recursos.

De esta forma, mientras un periodista de la revista Forbes, a la que no cabe atribuir veleidades estatistas, advierte de que los grandes acreedores de Estados Unidos andan lejos de aprobar el comportamiento del Tea Party –sugiere que antes de desencadenar el cierre, debió pedir permiso a China–, Sarah Palin escribe en su cuenta de Facebook que el cierre de algunos monumentos, como el dedicado en Washington a los combatientes de la segunda guerra mundial, es “una protesta enojada para generar una mala publicidad”, un recurso de Obama para deformar la realidad, como si dijéramos. Lo cierto es que el Gobierno federal no dispone de dinero, y los acreedores a los que Forbes alude temen que si antes del 17 de octubre no hay acuerdo para elevar el techo de gasto, el presidente deberá decretar la suspensión de pagos.

En un ambiente menos enrarecido, acaso Boehner hubiese podido convencer a sus correligionarios para que aprobaran una continuing resolution (CR), un mecanismo provisional para atender a los gastos corrientes esenciales mientras se negocia una solución definitiva. Pero la CR no entra en los planes del Tea Party a pesar de que son muchos los que comparten la idea de Rich Lowry expresada en The National Review: los republicanos se oponen a poner un parche a la crisis porque carecen de planes para el día siguiente. La pieza que quieren cobrar se llama Barack Obama y el resto importa poco: la repercusión que el cierre federal puede tener en la superación de la crisis económica, el mercado de la deuda y las bolsas, que lo mismo que hasta la fecha resisten sin sobresaltos, pueden ser presa del pánico a poco que se degrade la situación. Steve King lo ha dejado del todo claro: el cierre no es cosa de un día o dos, sino que va para largo.

Franklin D. Roosevelt, presidente demócrata de Estados Unidos entre 1933 y 1945, hizo de su partido el de las minorías.

En la tradición aislacionista de los seguidores del Tea Party, las repercusiones internacionales poco importan. Pesa más la convicción de que nada es más eficaz que el libre mercado sin cortapisas, sin que la Administración ponga límites a los negocios. Todo obstáculo remotamente equiparable al Estado social, a un enfoque tibiamente socialdemócrata de la atención a los ciudadanos, les parece un peligroso acercamiento al modelo europeo, que consideran una intromisión intolerable en la autonomía de los ciudadanos. Voces relevantes del Tea Party han tachado a Obama de socialista, algo que no es en absoluto una novedad en el debate ideológico alentado por el conservadurismo más rancio. Antes bien, forma parte del manual de tópicos que maneja la extrema derecha como argumentos de convicción desde la presidencia de John F. Kennedy (1961-1963).

Como ha escrito Rick Pelstein en la publicación progresista The Nation, no queda a los demócratas otra posibilidad que pechar con el lugar común ampliamente difundido de que les mueve cierto extremismo, aunque su misión durante el último medio siglo se ha limitado a “hacer de Estados Unidos un lugar más justo, digno y sostenible”. A la apreciación de Pelstein debe añadirse que el Partido Demócrata no es ajeno a la propensión aislacionista y al recelo antiestatista, pero al convertirse en la formación de las minorías desde los días del New Deal de Franklin D. Roosevelt (1933-1945), ha sumado a su perfil ideológico, acaso sin pretenderlo, cierto gusto por la heterodoxia. Y todo eso pesa en el ánimo de la oposición republicana que ha optado por no levantar el pie del acelerador a pesar de todos los riesgos inherentes a su desafío a Obama.

¿Por qué los peligros son mayores hoy que cuando los republicanos, guiados por Newt Gingrich, hicieron exactamente lo mismo durante la presidencia de Bill Clinton? Porque por aquel entonces no había ninguna gran crisis económica que amenazara con poner patas arriba todo el andamiaje; porque Clinton había obtenido buenos resultados en feudos republicanos y el partido no podía exponerse a llevar las cosas demasiado lejos y desgastar su imagen; porque la Casa Blanca manejaba un presupuesto con superávit que confería un gran margen de maniobra al presidente a pesar del cierre federal; porque los tenedores de deuda pública de Estados Unidos tenían una capacidad de presión menor que ahora, cuando financian con sus ahorros el déficit astronómico de la primera economía mundial. Lo ha dicho Christine Lagarde, directora del Fondo Monetario Internacional: el cierre del Gobierno federal y el riesgo de que no se eleve el techo de gasto antes del día 17 amenazan la economía mundial. El temor a una nueva recesión internacional no es en absoluto gratuito.

 

 

 

Irán cambia el rumbo

Si se presta atención al enfoque que los analistas liberales de Estados Unidos dan a las ofertas de diálogo que el presidente de Irán, Hasán Rohani, dirige a la Casa Blanca desde muy poco después de su elección, no hay duda de que la república de los ayatolás ha cambiado el rumbo. Si se presta oídos a los matices difundidos por el sector duró de los clérigos de Teherán después de las declaraciones del presidente a una cadena de televisión y del discurso pronunciado ante la Asamblea General de la ONU, entonces se tiene la impresión de que estamos ante un gran artificio escénico consentido de mala gana por los halcones. Si, por último, se fija la vista en las necesidades inmediatas del régimen iraní, cabe llegar a la conclusión de que este precisa atenuar la tensión desencadenada por el programa nuclear defendido con entusiasmo por Mahmud Ahmadineyad, antecesor de Rohani, y bendecido por el líder espiritual Alí Jamenei.

Un breve texto colgado por el analista Stephen M. Walt, profesor de la Universidad de Harvard, en su blog de la edición digital de Foreign Policy inclina la balanza a favor del último de los tres síes enunciados en el párrafo anterior: Rohani hace de la necesidad virtud y quiere aprovechar el momento para encontrar una salida honrosa y rentable al contencioso con Estados Unidos. En el bien entendido de que el presidente iraní no es un reformista encubierto ni cosa parecida, sino más bien un realista incrustado en el aparato de poder de la república islámica, educado en el dogma y en el dicterio antioccidental, pero que entiende que la presidencia de Mohamed Jatami (1997-2005), este sí, un reformista aclamado por los jóvenes y el mundo académico cuando llegó al poder, quedó trufada de frustraciones a causa de la movilización de las mezquitas, algo que metió al país en un callejón sin salida.

El presidente saliente, Mahmud Ahmadineyad, entrega al líder espiritual del regimen iraní, Alí Jamenei, los documentos que oficializan la elección de Hasán Rohani, en una ceremonia celebrada en Teherán el 3 de agosto.

Para abundar en la idea de que, en efecto, algo se mueve en Irán, Walt se remite a la distinción que establece el politólogo Robert Jervis, de la Universidad de Columbia, entre señales e indicios. Las primeras no tienen una “credibilidad inherente”; los segundos son “declaraciones o acciones que acarrean alguna prueba inherente de que la imagen proyectada es correcta”, cabe otorgarles un plus de credibilidad, por así decirlo. La percepción de Walt, que seguramente comparten los analistas más cercanos al presidente Barack Obama y al secretario de Estado, John Kerry, es que Rohani ha pasado de la fase de las señales a la de los indicios. Y le asisten razones de entidad para dar el paso:

  1. La capacidad de influir, llegado el caso, en la resolución de la crisis siria sin vincular su suerte a aquella que corran Bashar el Asad y su régimen.
  2. La necesidad de sanear la economía y animar el bazar en cuanto se avizore la fecha de caducidad de la política de sanciones desencadena por el programa nuclear.
  3. La convicción de que la república islámica debe procurarse un pasaporte de honorabilidad en el seno de la comunidad internacional para sacar más partido de sus inmensos recursos petrolíferos.
  4. La pretensión de abrirse camino para actuar como una potencia regional libre de sospecha en pugna con las monarquías sunís del Golfo.
  5. El propósito de alejar la imagen combativa de la república de los desafueros del fundamentalismo suní en armas (Al Qaeda y sus franquicias).

Desde los atentados del 11 de septiembre del 2001 y, sobre todo, desde que el presidente George W. Bush incluyó a Irán en el eje del mal –discurso de 29 de enero del 2002–, el régimen iraní ha formado parte de un conglomerado informe que ha llevado a la opinión pública estadounidense a incluirlo en la lista de enemigos causantes de la tragedia o conformes con lo sucedido. Ni siquiera sirvió para desvanecer equívocos la comprobación empírica de que la clerecía gobernante puso el mayor interés en aclarar que nada tenía que ver con la estrategia de Al Qaeda, el régimen talibán que dio cobijo a Osama bin Laden y la dictadura de Sadam Husein, y cuando las centrifugadoras se pusieron en marcha para producir combustible nuclear, todo fue a peor. Desandar ese camino será difícil, largo y por momentos confuso, la operación suma un puñado de enemigos que prefieren el conflicto latente –Israel entre ellos– a la diplomacia imaginativa y debe aunar voluntades tan opuestas como el bando del Tea Party del Congreso de Estados Unidos y el bando intransigente del régimen iraní, compendio inextricable de poderes reales y paralelos, tutelado todo por los teólogos-juristas que se remiten a la interpretación del Corán (ijtihad).

Cuentas de Facebook y de Twitter del presidente Rohani.

Cuentas de Facebook y de Twitter del presidente Rohani.

E pur si muove. No solo por la histórica reunión del jueves de los responsables de las diplomacias estadounidense e iraní, la primera desde 1979, ni por la no menos histórica conversación telefónica del viernes de Obama y Rohani, sino porque son demasiado grandes para Irán los riesgos que comporta el aislamiento; es demasiado costoso sostener el esfuerzo de un programa nuclear –civil o militar– sin contrapartidas de ingresos seguras y continuadas –las exportaciones de petróleo sin cortapisas– para desahogar las finanzas. El cálculo inicial iraní de dotarse de un modesto arsenal nuclear para convertirse en una república inexpugnable, a imagen y semejanza de la lógica seguida por Corea del Norte con el beneplácito de China, resultó tan aventurado como desequilibrante porque puso el futuro en manos de la movilización de las masas para responder a las amenazas de intervención procedentes de Occidente. Y, al final, la movilización fue otra: fue la de la calle contra el pucherazo electoral de las presidenciales del 2009 la que dio carta de naturaleza al cambio relativo, pero cambio al fin, incubado en el seno de una parte relevante de la sociedad urbana iraní. Ese es el terreno de juego de Rohani.

El de Estados Unidos remite al deseo de la Casa Blanca de retirarse lentamente de Oriente Próximo y aledaños hasta donde lo permite la necesidad de garantizar la seguridad de Israel. Es este un factor directamente relacionado con los biorritmos iranís, con esa facilidad exhibida por Ahmadineyad para exasperar a los gobiernos israelís y ponerlos a un paso de la intervención encaminada a destruir los complejos industriales encargados de producir combustible nuclear; con esa agilidad del primer ministro israelí, Binyamin Netanyahu, para arrastrar a Obama a un campo de minas que no quiere pisar. Las ruinosas experiencias militares y políticas en Afganistán e Irak han decantado hasta tal punto a la sociedad estadounidense a favor de la retirada estratégica del laberinto musulmán que el menor resquicio para hacerlo favorece los planes del presidente e impone la prudencia a cuantos piensan que compete a Estados Unidos ser una vez más el gendarme universal. De ahí nace la disposición de Obama a escuchar a Rohani y, dicho sea de paso, a gestionar la crisis siria con una mezcla de confusión, oportunismo y poquísimas dosis de finezza, condicionado todo el relato por el desprecio por el ser humano que comparten el régimen de Asad y una parte cada vez mayor de la oposición.

El periódico progresista israelí Haaretz entiende que, en este juego de insinuaciones, sería un error de la comunidad internacional y de la diplomacia de Netanyahu desoír la oferta de diálogo de Rohani. Es probable que, en general, se acojan las palabras del presidente iraní con disposición a escuchar, pero es impensable que el primer ministro israelí esté dispuesto a hacerlo porque ni sus votantes ni sus aliados en el Gobierno son partidarios de ello. Prefieren transitar por la maroma de la desconfianza y, a ser posible, condicionar en el futuro las decisiones de Estados Unidos, como lo han hecho en el pasado; prefieren andar por delante de los acontecimientos o, lo que es lo mismo, poner todos los obstáculos posibles al éxito de la operación, aunque sea a costa de suministrar argumentos a los más duros de Teherán.

Cuando Rohani ganó las elecciones en junio, el periódico Le Monde interpretó el resultado como una consecuencia del “descontento de los electores iranís con relación al balance catastrófico del presidente saliente”, de los ocho años de “crisis económica, de aislamiento y de confrontación con Occidente a causa del programa nuclear”. Ese es el capital con el que cuenta Rohani para sustituir el dogmatismo estéril de su antecesor por el realismo que haga posible una solución ad hoc. En caso contrario, el Golfo seguirá siendo el mar donde prevalecen la voluntad de las petromonarquías y la estrategia política diseñada por Al Jazira, música de fondo de la prédica suní frente a la chií. Y en ese conflicto político disfrazado de disputa religiosa, Israel prefiere la hegemonía de las casas reales, porque están adscritas a la estrategia general de Estados Unidos en la región.

 

 

Efervescencia fundamentalista

“El fundamentalismo es una fe defensiva; se anticipa a la aniquilación inminente”.

Karen Armstrong

La decisión del Tribunal Supremo de El Salvador de prohibir que aborte una mujer de 22 años identificada como Beatriz, a pesar del dictamen de los médicos, partidarios de la intervención, pone de manifiesto una vez más el auge de los fundamentalismos religiosos. Frente al libre albedrío y la libertad consciente del individuo gana terreno el sometimiento de las conciencias, y frente a la gestión de los conflictos en términos estrictamente políticos, a partir de ideologías terrenales, aparece en ellos la intromisión de los hermeneutas o de los emisarios del más allá. Hasta que el Gobierno salvadoreño ha intervenido, Beatriz se ha encontrado atrapada en la red tejida por cuantos “han convertido el mythos de su religión en un logos al insistir en que sus dogmas son científicamente válidos o al transformar su compleja mitología en una ideología modernizada”, en palabras de Karen Armstrong.

Para los magistrados salvadoreños que decidieron que Beatriz debía seguir adelante con el embarazo a pesar de que su vida corre peligro y el feto es anencefálico –le falta parte del cerebro; no vivirá–, la Constitución en la que apoyaron su dictamen no es más que una coartada legal para imponer un criterio moral jaleado por la Conferencia Episcopal y los grupos antiabortistas. Todas esas instancias y organizaciones son perfectamente legales y respetables, pero su comportamiento se adentra en el sendero del totalitarismo ideológico al pretender que todo el mundo se rija por sus ideas, presentadas estas como superiores a las de cuantos disienten de ellas. Es esta una característica muy propia de los fundamentalistas, como es fácil observar del conflicto sirio a la dificultad de dar en China con donantes de órganos.

Hay otros fundamentalismos además del religioso –el ecologista, el estatista, el laicista y muchos más–, pero, en general, carecen de la rigidez formal y material de aquellos que se remiten al mensaje religioso como referencia ineludible. Hay otras herramientas ideológicas que tienden a ocupar la totalidad del espacio social que las contienen, pero ninguna tiene la capacidad de movilización del fundamentalismo religioso, ajeno al dictamen de la razón, aunque teólogos tan destacados de nuestros días como el Papa emérito Benedicto XVI presentan la fe como fruto de la razón. Hay otras actitudes, surgidas del compromiso religioso, que son diametralmente diferentes de las de los fundamentalistas, pero estos las mantienen bajo sospecha cuando no las combaten, como si se tratara de herejías encubiertas.

Manifestación en París

Manifestación en París contra los matrimonios homosexuales, el 26 de mayo.

Los episodios vividos en una calle de Londres y en otra de París con pocos días de diferencia son tributarios de ese fundamentalismo que no tiene otra justificación moral que el criterio poco menos que esotérico que aplica a sus actos. Los dos jóvenes que segaron la vida de un soldado en Londres y el que hirió a otro en París actuaron a partir de la convicción estrictamente mitológica de que con sus actos defienden al islam –sometimiento a Dios– y responden adecuadamente a los atropellos cometidos por Occidente en Afganistán e Irak, en primera instancia, pero que seguramente deben remontarse a las Cruzadas para justificar sus acciones. Es casi imposible imaginar a los dos soldados objeto de sus ataques como algo más que militares profesionales, pero cuando se salta del análisis socio-político a la ensoñación teosófica y al valor simbólico de las víctimas, todo adquiere la apariencia deforme que alimenta la simplificación inherente a cualquier forma de fundamentalismo, y así se impone la mentalidad del sectario y se esfuma la del creyente.

¿Qué decir de las multitudes que desfilan por la calles de Francia para oponerse a los matrimonios entre personas del mismo sexo? ¿Qué decir de las iglesias protestantes más retardatarias de Estados Unidos, que siguen dudando de Barack ObamaHussein, su segundo nombre, es motivo de gran sospecha– en términos más propios de la visceralidad política que del debate democrático? ¿Qué decir de los fundamentalistas mosaicos cuyo mayor argumento de autoridad para instalarse en Cisjordania es la Escritura? ¿Qué pensar de todos ellos y otros muchos que perturban la articulación de sociedades extremadamente complejas, cruzadas por intereses contrapuestos y una gran variedad de puntos de vista? ¿Qué decir de la reaparición en España del debate sobre el aborto, ausente de las preocupaciones cotidianas de los ciudadanos y que Alberto Ruiz-Gallardón vuelve a poner sobre la mesa al hilo de las presiones de la Conferencia Episcopal? ¿Qué decir de esa obsesión poco menos que enfermiza por regular el uso del cuerpo en detrimento de la autonomía del individuo?

Incluso en un conflicto tan endiabladamente trágico como el sirio, los ecos del fundamentalismo religioso suní y chií ocupan cada día una porción mayor en la gestión del problema. Se dice con razón que hasta Siria llega la pugna histórica entre las dos ramas de la fe musulmana, que la oposición en armas acoge la respuesta suní al chiísmo en armas, que se refugia en la protección del Gobierno y de Hizbulá. Se dice que las minorías religiosas no musulmanas confían en la continuidad del régimen, temerosas de que un eventual triunfo de la oposición lo sea también del fundamentalismo suní vinculado a la herencia ideológica de Al Qaeda. Se dice, en fin, que el compromiso timorato de Occidente con la oposición al presidente Bashar el Asad obedece al temor que la ayuda dirigida a combatirle acabe en manos de islamistas radicales fuera de control. Y en este discurso al que podrían añadirse otros muchos enunciados, la religión como coartada de la matanza asoma por todas partes, aunque los sentimientos religiosos tienen poco que ver con las causas iniciales de la guerra y el recuento diario de cadáveres en ambos bandos.

Hasán Nasrala

Hasán Nasrala, líder de Hizbulá, que invoca, entre otros, motivos religiosos para intervenir en Siria al lado de los soldados del presidente Bashar el Asad.

Si en sociedades secularizadas, que consagran la neutralidad de las instituciones del Estado, resulta poco menos que obscena la orientación confesional de algunas políticas, el recurso a la religión en el campo de batalla lo es aún más. Como explica el especialista Brian Whitaker en la web al.bab.com, Hasán Nasrala, líder de Hizbulá, incluye el combate contra los takfiris, supuestamente emboscados en las filas de la oposición, en la lista de razones para participar en la guerra al lado de los soldados de Asad. Pero ¿qué es un takfir? Un musulmán declarado no creyente por otro musulmán, un concepto que se remonta al califa Abú Bakr, allá por el siglo VII. Es decir que entre las justificaciones de Nasrala pesa tanto el impulso religioso, derivado de la nebulosa de la tradición de los primeros años del islam, como el temor a que Israel invada Líbano después de domeñar a Siria, directamente o través de las potencias occidentales.

Lo menos que puede decirse es que se asiste a una transformación del mensaje religioso: deja de ser una guía moral, aunque formalmente conserva esta condición, para convertirse en una imposición de alcance general. La religión deja de ser “fuente de libertad”, en expresión utilizada por Raimon Ribera en el ensayo El diàleg interreligiós, para transformarse en algo que aliena y oprime, según el mismo autor. Para los no creyentes, el efecto va más allá: se percibe como una forma de totalitarismo moral que violenta sus convicciones más íntimas. Porque el fundamentalismo religioso da la batalla contra cuanto atenta a sus principios, aunque se trate de asuntos sin el menor atisbo de obligatoriedad: el aborto, el divorcio, el matrimonio homosexual son opciones personales; lo único que hacen las leyes es regularlas para cuantos recurren a ellas. En realidad, los fundamentalistas se sienten moralmente superiores, éticamente obligados e históricamente justificados frente a una sociedad acomodaticia por permisiva.

Henry Louis Mencken

El escritor estadounidense Henry Louis Mencken (1880-1956), que se opuso al papel desempeñado en su país por el fundamentalismo cristiano.

Pero, al mismo tiempo, en el fundamentalismo en boga, que a menudo adopta tics puritanos, es fácil detectar una manipulación política de los sentimientos o de la ideología espontánea dominante en cada sociedad. El escritor Henry Louis Mencken definió el puritanismo como “el atormentante miedo de que alguien, en algún lugar, es feliz”, y acaso la manipulación no sea otra cosa que sembrar el desasosiego entre quienes no lo padecían, y se sentían razonablemente capaces de actuar según sus propias convicciones, para llevar a su ánimo la idea de que hay en marcha una operación para socavar el mundo en el que se reconocen. Esa operación de ingeniería social, de naturaleza defensiva frente al temor a una “aniquilación inminente”, es más viable en sociedades en crisis como las de hoy que en aquellas otras, adscritas a la esperanza, que sobrevivieron a la segunda guerra mundial. Quizá sea esa la razón última del éxito in crescendo de predicadores vociferantes que anuncian el apocalipsis si no nos salimos de la senda secular, que se remonta a las Luces.

A Obama le recuerdan a Nixon

La maldición del segundo mandato persigue con saña a los presidentes de Estados Unidos. Lograda la reelección, el partido al que pertenecen acoge los primeros codazos entre quienes piensan sucederle, sobre todo si el vicepresidente no ha dado señales de aspirar a la Casa Blanca, el partido en la oposición se dedica a sacar el mayor rédito posible de las torpezas del presidente y, en general, Washington considera al reelegido una figura amortizada. Así se encuentra hoy Barack Obama, con varios líos políticos entre manos, la necesidad acuciante de desembarazarse de todos ellos y el recuerdo de varios gates sobrevolando el Despacho Oval: el Watergate, el Irangate, el caso Lewinsky, la posguerra de Bush y demás material histórico de infausta memoria. Este es el sino del reelegido: andar un largo trecho hasta la puerta de salida sorteando los empujones de quienes en un futuro no muy lejano anhelarán su puesto.

“Nixon actuó como supuso que cualquiera lo haría”, ha escrito Amy Davidson en su blog de The New Yorker. “La gente tiene que saber si su presidente es un criminal. Y bueno, yo no soy un ladrón”, hubo de responder un Obama acuciado por los problemas a un periodista que le recordó a Richard Nixon, a aquel escándalo que dejó al descubierto lo peor de la política. Así están las cosas al principio de un segundo mandato que, en principio, debería beneficiarse de la desorientación de la facción liberal del Partido Republicano, de la recuperación de la economía y de la fama de primero de la clase que acompaña a Obama allá adonde va. Pero en una semana han aparecido en escena la intromisión en el historial de llamadas de la agencia de noticias Associated Press (AP), el celo especial de Hacienda para olisquear las cuentas de los grupos del Tea Party y las dudas relativas al papel del Departamento de Estado en el asalto al Consulado de Estados Unidos en Bengasi, que costó la vida al embajador en Libia, y el cielo se ha oscurecido como en los peores días de temporal.

Escándalos EEUUEl presidente ha podido salvar razonablemente bien las críticas furibundas por el episodio de Bengasi al hacerse públicos los correos electrónicos enviados desde Washington, que desmienten las informaciones difundidas por la cadena de televisión ABC y el semanario The Weekly Standard sobre la imprevisión de Hillary Clinton, pero en los otros dos casus belli se encuentra atrapado Obama entre la solvencia de sus protestas y los excesos de varios altos funcionarios de su Administración, incluido el fiscal general del Estado (ministro de Justicia), Eric Holder. En el caso del celo escrutador en el universo del Tea Party, porque la dimisión de Steven Miller, director del Internal Revenue Service (IRS), nombre de la Agencia Tributaria de Estados Unidos, está lejos de haber cerrado el escándalo de la inspección discriminatoria; en el caso de AP, la invocación con la boca pequeña de la seguridad nacional para justificar la intromisión en el trabajo de los periodistas suena a algo tan antiguo, desgastado e injustificable que carece de credibilidad.

El comportamiento del IRS, aunque ahora se diga que no obedeció a motivos políticos, causa bochorno por su naturaleza sectaria. Que Obama califique de inexcusable el comportamiento del equipo de Miller tiene un valor relativo, aunque finalmente se confirme que la investigación de las declaraciones de impuestos de organizaciones muy conservadoras, pero perfectamente legales, fue la decisión de alguien que quiso ser más papista que el Papa. Y ese valor relativo obedece al hecho de que los mecanismos de control interno de la Administración no han funcionado como es debido porque no han sido capaces de atajar comportamientos desordenados. Eso si no se descubre alguna implicación de rango superior –los medios con mejores fuentes pondrán manos a la obra– que empeore las cosas. Y en este supuesto no habrá forma de invocar la seguridad nacional para justificar lo que no tiene un pase.

En todo caso, recurrir a las servidumbres de la seguridad nacional en una sociedad adulta, sometida a engaños escandalosos como el de las armas de destrucción masiva, resulta cada día menos eficaz, más indecente incluso. David Bromwich, un profesor de Literatura de la Universidad de Yale, sostiene que las referencias a la seguridad nacional hechas por algunos funcionarios del Gobierno, después de conocerse que habían accedido al historial de llamadas de unos 100 periodistas de AP, responden al perfil de un Estado paternalista que se relaciona con los ciudadanos como si fueran niños. “El paternalismo es la ideología propia de un Gobierno que trata a los gobernados como niños –escribe Bromwich–. El deber de un padre hacia su hijo es, por encima de todo, protegerlo y garantizar su seguridad. De forma parecida, el deber del Estado paternal es custodiar la vida y la seguridad, la salud y la prosperidad del pueblo”. Siguiendo con el símil, el articulista se refiere a que a veces los niños hacen preguntas acerca de asuntos que quedan fuera de su comprensión, y así también el Gobierno considera que solo él está en condiciones de medir el riesgo inherente a algunos asuntos hurtados al conocimiento de la sociedad.

Detrás de la ironía del profesor se agita la crítica a la estrategia seguida por el equipo de Obama para cortar las filtraciones que entiende afectan a la seguridad nacional, sobre todo a partir de los despachos difundidos por Wikileaks, que dejaron al descubierto el aparato digestivo del Departamento de Estado. Una estrategia que es, según Bromwich, una prolongación de la diseñada por el vicepresidente Dick Cheney durante la Administración de George W. Bush: “La continuidad desde el 2001 al 2013 explica algunas otras cosas. El secretismo extremo que prevalece en y alrededor de la Casa Blanca de Obama fue en sí mismo un secreto hasta recientemente, silenciado por una prensa dócil esperanzada en recibir un mejor trato en el futuro”.

¿La referencia a la prensa apunta a la presunta sumisión al poder de los medios liberales? ¿El secretismo remite, sin mencionarla, a la corte de sombras de Nixon? ¿Hasta qué punto el secreto en nombre de la seguridad es compatible con los derechos de los ciudadanos? Porque, en última instancia, “¿podría ser cierto que los americanos están mejor en la medida en que conocen las condiciones reales de vida?”, se pregunta Bromwich al final del artículo. Todas esas preguntas resultan inquietantes y pueden formularse en el seno de todas las sociedades democráticas, sometidas a criterios de seguridad colectiva que obedecen tanto a razones confesables como a supuestos indefendibles. Entre estos últimos figura el recurso a recordar, como hace el politólogo Bob Cesca, que la Administración que precedió a la de Obama también hocicó en las cuentas del campo demócrata y se inmiscuyó en la labor de la prensa. El recordatorio tiene efectos demoledores porque por ese camino se puede llegar a la conclusión de que la opacidad es una condición intrínseca al poder a la que se acoge disciplinadamente el liberal y reformista Obama lo mismo que su antecesor, conservador hasta el último detalle.

Resulta inquietante la conclusión de Peter Baker en The New York Times, cuya cercanía al presidente es indiscutible: “Obama puede tener razón en algunas de las cosas que no puede hacer, pero también ha tenido problemas últimamente para presentar una visión de lo que puede hacer”. En el fondo subyace la eterna pregunta que formulan los electores en cualquier democracia: ¿qué utilización hacen los gobernantes del poder y de qué margen de maniobra disponen para sobreponerse a las tramas de intereses creados, las grandes superestructuras cuya existencia se prolonga en el tiempo más allá de los cambios en el Gobierno, los cambios en los programas y los deseos de los ciudadanos? Si a eso se añade que la autonomía de los medios (caso AP), la igualdad fiscal (caso IRS) y la seguridad exterior (caso Bengasi), pilares de Estados Unidos desde los primeros días de la nación, han resultado dañados casi al mismo tiempo, se entiende que Obama tenga que afrontar una primavera tormentosa.

Si el presidente no diluye los problemas mediante una rápida recuperación de su imagen pública, el camino de aquí a las elecciones de noviembre del 2014 puede ser muchísimo más duro de lo que podía prever. Los republicanos saben que, a falta de mejores argumentos, la figura de un presidente debilitado le priva de influencia en el Congreso, siembra la duda en su partido y desgasta a los posibles candidatos demócratas a sucederle antes de que den el primer mitin. Y esto último puede provocar la quiebra de la sintonía entre el presidente y el partido cuando, más allá de lo que recojan las encuestas, se extienda por Washington la impresión de que el desgaste de Obama puede reflejarse en las urnas, como explica el politólogo Jonathan Bernstein en The Washington Post. Barack Obama es un hombre culto, un político experimentado y un orador brillante, pero no es un líder inmune a las flaquezas y servidumbres derivadas de la complejidad del poder que encarna. Se ha extinguido el resplandor de la victoria histórica de un senador negro en noviembre del 2008 y se impone la realidad del coste diario del poder.

Thatcher o la aversión social

“Ella cambió el paisaje político no solo en nuestro país, sino en el resto del mundo”.

David Cameron, primer ministro del Reino Unido.

Reagan-Thatcher

Ronald Reagan y Margaret Thatcher en Camp David, en diciembre de 1984.

El impacto que tuvo Margaret Thatcher en el pensamiento conservador del último tercio de siglo XX se refleja estos días en la sensación de orfandad que transmiten cuantos alaban la liberalización de la economía británica que promovió la dama de hierro durante los 11 años que vivió en Downing Street. Detrás de la propuesta neocon del presente alientan el capitalismo popular de la líder fallecida el lunes, el conservadurismo compasivo que encabezó Ronald Reagan y la nebulosa doctrinal de la que sobresale la figura de Milton Friedman. Pero, a diferencia de la mayoría de profetas del nuevo liberalismo, la praxis política de la exprimera ministra resultó ser de una contundencia hasta entonces insólita en las formas, capaz de acumular amores y odios conforme avanzaba el desmantelamiento del statu quo social construido después de la guerra.

Resulta harto arriesgado ir más allá y atribuir a Thatcher las virtudes de una visionaria que fue consciente de la incompatibilidad entre el sistema financiero internacional y el Estado del bienestar, que la crisis ha puesto de manifiesto. Tan en lo cierto están los neoliberales de hoy al considerarse los herederos doctrinales del thatcherismo como exagerado resulta imaginar a la primera ministra, en la década de los 80, vislumbrando las exigencias de la economía global y las debilidades del pacto social sobre el que se construyó la recuperación de Europa durante la posguerra de la mano de dirigentes democristianos y socialdemócratas. Thatcher no fue una ideóloga en el sentido de una intelectual que elabora un cuerpo doctrinal propio, sino una líder enérgica dispuesta a aplicar un programa económico de corte ultraliberal.

“No soy una política de consenso; soy una política de convicción”, le dijo Thatcher a la exprimera ministra ucraniana Yulia Timoshenko, según recuerda esta en un artículo enviado desde la cárcel de Jarkiv. Las convicciones a las que en ningún caso estuvo dispuesta a renunciar fueron la causa de adhesiones y críticas irreconciliables, hasta el punto de que un estudio elaborado por YouGov, un think tank británico, dio el siguiente resultado: el inquilino de Downing Street más valorado de la posguerra –la expresión utilizada fue “el más grande”– es Margaret Thatcher, pero, al mismo tiempo, es también ella quien encabeza la lista de los considerados peores. Esa condición de divisora social tiene su reflejo en los elogios fúnebres institucionales y los mensajes que circulan por la red; en los añorantes que recuerdan la revolución conservadora como un gran hito y en los que otorgan a Thatcher el perfil de un ángel exterminador. “Algunos de nosotros deseamos alguna vez que estuviera dispuesta a regresar”, declaró el obispo anglicano John Pritchard al rendir homenaje a Thatcher. “Maggie trabaja ahora en un plan para privatizar el infierno”, dejó escrito en Twitter el cómico Mick Ferry.

Thatcher Malvinas

Visita de Margaret Thatcher a las islas Malvinas en 1982, recién acabada la guerra.

Aprecio y desprecio al 50%. Quizá sea cierto, como dice el analista Joe Twyman, que la totalidad de los políticos en ejercicio del Reino Unido, con independencia de su registro ideológico, son hijos de Thatcher para lo bueno y para lo malo. Y si se admite que esta es su gran herencia, entonces se comprende mejor que desde los días de la dama de hierro hasta hoy no haya dejado de llevarse a la práctica la corrección neoliberal del pacto social de la posguerra, incluso durante el largo mandato del laborista Tony Blair, favorecida la operación por las recetas anticrisis, asimismo neoliberales, puestas en marcha por la Unión Europea en nuestros agitados días.

Jan Royall, líder laborista en la Cámara de los Lores, abunda en la naturaleza de Thatcher en tanto que polarizadora de pasiones hasta el extremo de “provocar ira”. Esa es quizá la más perturbadora característica de la exprimera ministra: careció de voluntad de pacto, una virtud imprescindible para tranquilizar los espíritus. Creyó firmemente en lo que hacía, vio siempre el poder del Estado como un problema y no como una herramienta para atemperar las desigualdades y puso con frecuencia a sus correligionarios del Partido Conservador en la disyuntiva de seguirla o dar pie a que se reprodujera la atmósfera de crisis de los años 70. Si el Partido Laborista, desgarrado por luchas internas inacabables, hubiese sido otro, el margen de maniobra de Thatcher habría sido menor, pero la desorientación de su gran adversario político, la radicalización de los sindicatos y el episodio de patriotismo febril propiciado por la guerra de las Malvinas le facilitaron las cosas. Tuvo “una profunda aversión al statu quo [social]”, como ha dicho el viceprimer ministro Nick Clegg en los Comunes, pero pudo mantenerse en el empeño sin concesiones porque dispuso de un ecosistema político muy favorable.

El mayor reproche que se puede hacer a Thatcher es que nunca se mostró preocupada por el coste social de su programa económico. Antepuso la idea de que “el problema con el socialismo –se refería a las políticas de los laboristas– es que con el tiempo se le acaba el dinero de los demás” a toda reflexión tendente a mejorar el reparto de la riqueza. La revista conservadora estadounidense National Review no encuentra en ello ningún obstáculo para atribuir a la exprimera ministra la virtud de haber introducido reformas en el mercado en un periodo de dificultades”, y el ensayista Walter Russell Mead, neoliberal, no anda a la zaga en el elogio: “La mayor contribución de Thatcher fue poner al descubierto los límites del modelo social de la posguerra”. Otros muchos, a ambos lados del Atlántico, se sienten halagados cuando se les llama thatcheristas, algo que predijo la interesada: “Históricamente, la expresión thatcherismo se tendrá por un cumplido”.

Heath Thatcher

Edward Heath, de convicciones europeístas, y Margaret Thatcher, en la conferencia del Partido Conservador, el 7 de octubre de 1998.

Hay bastante soberbia en ese vaticinio –aunque lo cierto es que ni siquiera la figura de Winston Churchill dispone en la jerga política internacional de un ismo derivado de su apellido–, pero Thatcher nunca fue una líder contenida y sus once años abundan en ejemplos, de la neutralización de los sindicatos a la supresión del vaso de leche en las escuelas; de su antieuropeísmo vociferante, aunque no siempre taxativo, a la intervención en las Malvinas; de la crisis de las huelgas de hambre de presos del IRA al apoyo dado a Estados Unidos para que la URSS abandonara Afganistán. Nunca se anduvo con medias tintas en todo aquello que constituyó la columna vertebral de su política y nunca mostró mayor preocupación por las pulsiones de la opinión pública que, todo hay que decirlo, no siempre le fue hostil, sino al contrario. Nunca le pareció adecuado a aquella mujer de convicciones acercarse al enunciado de Harold MacMillan, un conservador clásico que fue primer ministro 20 años antes que ella: “La reflexión calmada y tranquila desenreda todos los nudos”. En cierto sentido, rescató del archivo de tópicos nacionales “el orgullo de ser británico” frente a la posibilidad admitida por Edward Heath, un conservador incomprendido, de salvar el legado británico mediante el recurso a Europa.

Si no se profesa la fe thatcherista y confesiones próximas, no hay forma de comprender cómo es posible afirmar: “No existe eso de la sociedad. Hay individuos, hombres y mujeres, y hay familias”. Si se comulga con esta visión del mundo, todo cuanto hizo al frente del Gobierno está doctrinalmente justificado, aunque no haya forma de encontrar respuesta a la gran pregunta: ¿cómo aliviamos las desigualdades si pensamos siempre en individuos y nunca en sociedades? De la misma manera que se achaca al desarrollo de una parte del pensamiento marxista el olvido del individuo, a los seguidores del liberalismo finisecular se les pude oponer el olvido del valor de lo público, de lo comunitario, de lo colectivo, de los factores de corrección que deben aliviar los riesgos de exclusión social. Porque, si no existen: ¿cómo se puede evitar la fractura social?

Esa es hoy una pregunta que se formula todos los días en Estados Unidos, donde la herencia neocon entiende que la redención del individuo está en el individuo mismo y no en la sociedad, sean cuales sean los costes sociales, mientras el reformismo social, los programas de apoyo a la clase media promovidos por Barack Obama y las escuelas neokeynesianas quieren rescatar del olvido el valor de lo público, que incluye socializar la solución de algunos problemas. Frente a un planteamiento de esas características, Thatcher prefirió remitirse al viejo pragmatismo anglosajón, que incluye la muy arraigada creencia de que el todo es la suma de las partes y no una realidad en sí misma; Thatcher buscó la puerta de salida de los males británicos en la presunción de que la sociedad es la suma de individuos. De ahí el entusiasmo en los elogios a la exprimera ministra de una pesimista social como Sarah Palin, que se ve a sí misma como la nueva Margaret Thatcher, algo que a la dama de hierro seguramente no le habría hecho ninguna gracia.

 

 

Obama y compañía

Obama Biden

El presidente Barack Obama y el vicepresidente Joe Biden, acompañados de sus respectivas familias, celebran la victoria en Chicago la madrugada del miércoles.

La victoria obtenida el martes por el presidente Barack Obama ha consolidado el núcleo electoral constituido por un nuevo mapa de minorías, bastante diferente al que manejaron los sociólogos desde los días de Franklin D. Roosevelt hasta la derrota de Michael Dukakis en 1988. El perfil del electorado que llevó a Bill Clinton a la Casa Blanca y a punto estuvo de repetir el resultado con Al Gore en el 2000 fue un anticipo de las minorías transversales que hicieron posible la elección de Obama en el 2008 y su relección ahora. El Partido Demócrata de los sindicatos, el mundo de la cultura y la industria del espectáculo, la clase media urbana y una parte importante de la comunidad afroamericana se ha enriquecido con electorados con una composición interna más heterogénea, interclasista si se quiere; sigue siendo el partido de las minorías, pero de minorías con una mayor complejidad social. Al decir que la mayoría de mujeres, de jóvenes entre los 18 y 29 años, de hispanos, de homosexuales y de movimientos sociales independientes votaron por Obama, se afirma a un tiempo que el presidente ha logrado extender su base electoral más allá de los límites tradicionales. Así, el apoyo del AFL-CIO se ha diluido, pero ha aparecido el de los blue collars, una etiqueta más amplia; los demócratas mantienen la influencia en la clase media, pero esta ha decrecido 20 puntos –hace 40 años englobaba al 71% de la población y hoy incluye solo al 51%– y en su lugar aparecen las clases emergentes vinculadas a la nueva economía.

Esta cualidad inclusiva del Partido Demócrata se halla en las antípodas del perfil exhibido por el Partido Republicano durante la campaña, incluso después de limar las aristas más cortantes del conservadurismo a ultranza impuesto por el Tea Party a través de Paul Ryan, candidato a la vicepresidencia. Al mismo tiempo, la diversidad social y cultural convierte a los demócratas en un colectivo más expuesto a la crítica y a las contradicciones, como ha explicado Ross Douthat en su blog en The New York Times. Pero la misma comentarista admite que, por el momento, las virtudes inclusivas de la propuesta de Obama mantienen desorientados a los republicanos, que solo son un adversario cuando entienden cómo construyó Obama su mayoría, “por qué los votantes se unieron y por qué la mayoría conservadora de los tiempos de Reagan y Bush lo descifró”.

El éxito de Obama se resume en un dato rotundo: es el primer presidente demócrata desde Roosevelt que consigue ganar con más del 50% de los votos populares. En cambio, Mitt Romney no ha obtenido ni un solo voto electoral más de los 206 que le adjudicaron las encuestas más solventes hasta el día antes de la elección. A Romney le perjudicó tanto la imagen proyectada por el Partido Republicano, demasiado blanco, demasiado viejo y demasiado masculino, como ha recogido EL PERIÓDICO, como el lastre ultraconservador en el debate de la moral y los valores. Las proclamas antiabortistas, la brega contra el matrimonio entre personas del mismo sexo, todo cuanto hace referencia a la autonomía del individuo en el ámbito más íntimo, dañaron tanto la campaña de Romney como la incapacidad del equipo de campaña de comprender que la demografía de la nación ha sufrido un cambio profundo e irreversible. Creyeron los republicanos que con los argumentos de ayer se puede vencer hoy, según interpreta Douthat: “[Romney] fue finalmente derrotado menos por sus propias limitaciones como líder y más por el hecho de que su partido no quiso reinventarse, prefirió creer que la retórica y las posiciones de 1980 y 1984 –triunfos de Ronald Reagan– podían ganar de nuevo en la América del 2012”.

Al hilo de argumentos similares, el analista Joel Benenson llega a la conclusión de que el triunfo de Obama no fue el propiciado por el cambio experimentado en la demografía estadounidense, sino más bien por una nueva moral colectiva combinada con el empeño de rescatar a la clase media de la postración: “Ganó porque articuló un conjunto de valores que definen una América en la que la mayoría de nosotros desea vivir”. La coalición de Obama, llamada así por la antes citada Ross Douthat, habría empezado a configurarse en 1972, cuando George McGovern fue el candidato demócrata a la presidencia, derrotado con estrépito por Richard Nixon, pero en aquel tiempo aún alentaba en el seno de la sociedad estadounidense la inercia política wasp (white, anglosexon and protestant) por encima de cualquier otra. Hoy la textura  social dominante es muy diferente.

Romney Ryan

Cartel electoral de Mitt Romney y Paul Ryan.

Los republicanos no percibieron el cambio o se vieron arrastrados por la escala de valores inspirada por la herencia wasp, que el Tea Party administra. No se percataron de que muchos votantes estaban dispuestos a contestar con un a la más elemental y repetida de todas las preguntas: ¿estoy hoy mejor que hace cuatro años? Incluso en una publicación tan declaradamente conservadora como el semanario Time, E. J. Dionne Jr. ha reconocido que el presidente ha dado la vuelta a las tendencias heredadas: “Se han creado 4,5 millones de empleos desde enero del 2010, la bolsa ha doblado su valor desde su índice más bajo y el mercado de la vivienda se ha estabilizado. Mitt Romney pudo prometer 12 millones más de empleos en los próximos cuatro años porque las políticas de Obama han marcado el camino para producirlos gracias a un renacimiento de la industria, un aumento de las exportaciones y una nueva oleada de investigación e innovación”.

En términos parecidos analiza Thomas L. Friedman el error cometido por los republicanos al considerar que el reformismo económico de Obama era el flanco más débil del presidente: “Un país con cerca del 8% de paro prefirió dar al presidente una segunda oportunidad antes que a Mitt Romney la primera. El Partido Republicano necesita hoy sincerarse consigo mismo”. Cabe añadir que solo Roosevelt, durante la gran depresión logró la relección con una tasa de paro superior al 7%. Y también fue Roosevelt el primer gran convencido de que sin la implicación del Estado no había salida a la crisis, un convencimiento idéntico al que ahora exhibe Obama frente al propósito republicano de recortar el Estado para dejar más recursos en manos privadas. El objetivo de Romney es lograr la reactivación económica enseguida, aunque el precio sea una inquietante fractura social; el de Obama es fundamentar el crecimiento en una vuelta a la cohesión social. Obama es un pragmático ilustrado sin antecedentes en el mundo financiero; Romney, un financiero conservador urgido por la cuenta de resultados y por los ideólogos del Tea Party.

Leo Strauss

El filósofo conservador Leo Strauss (Kirchain, Alemania, 1899-Annapolis, EEUU, 1973), intérprete del pensamiento político de Platón y Aristóteles.

Las élites republicanas, instruidas en el conservadurismo compasivo, reconocen en privado que la alianza con el Tea Party ha resultado desastrosa. Alexander Burns y Jonathan Martin explican en la web politico.com que han recogido en los pasillos republicanos la opinión de algunos veteranos del partido que ven cómo parte de la base “está envuelta en un universo mental paralelo, con Fox News como su única fuente de información  de confianza y la memoria del deslizamiento conservador del 2010 como su marco básico para entender la política”. Este distanciamiento de la realidad circundante tiene que ver con la dualidad social estadounidense, configurada por el papel que desempeñan el Gobierno y los programas federales y por el peso del poder local en los estados poco poblados, tan alejados de Washington como de los grandes debates acerca de la sociedad del futuro.

Menos comedido que los periodistas de politico.com, John Nichols afirma en la revista progresista The Nation que el reclutamiento de Paul Ryan para acompañar a Mitt Romney ha dado un “resultado miserable”. Decir Ryan es decir Tea Party, y ahí radica una de las grandes incógnitas: descifrar hasta qué punto la extrema derecha perjudicó las aspiraciones republicanas en igual o mayor medida que la capacidad del presidente para agavillar una mayoría social. Thomas L. Friedman pronostica que si el centro derecha no se desembaraza de la extrema derecha, el Partido Republicano “esta condenado a ser un partido minoritario durante mucho tiempo”. Dicho de otra forma por Jennifer Rubin en su blog en el liberal The Washington Post, que pidió sin tapujos el voto para Obama: “Si el partido va totalmente a la derecha, con una selección de candidatos aún menos atractivos para las mujeres, las minorías y una sociedad cada vez más secularizada, es difícil ver cómo mejorará su situación”. En el mismo periódico, Stephen Stromberg concluye que de persistir en la promoción de personalidades como Paul Ryan, el Grand Old Party (GOP) no hará otra cosa que “dar permiso a los derechistas para ser más firmes y más imprudentes en su oposición a Obama”.

Irving Kristol

Portada de la revista ‘Esquire’ de febrero de 1979 dedicada al politólogo conservador Irving Kristol. “Este intelectual desconocido es el padrino de la más poderosa nueva fuerza política en América: el neoconservadurismo”, dice el titular.

El analista Jonathan Haidt, extremadamente crítico con el funcionamiento de la maquinaria de los partidos, saca a relucir la incapacidad de muchos dirigentes de anteponer el interés nacional al del partido, de favorecer un auténtico debate de ideas. “Esto es muy malo –comenta Haidt– porque amplifica otros problemas como la crisis de la deuda, la falta de una política de inmigración racional y el envejecimiento de nuestras infraestructuras”. Pero alimenta también la desconfianza hacia el sistema, condenados los electores a soportar el espectáculo de la pelea del poder por el poder. Un mecanismo de distanciamiento de la política que, después de la derrota, intentan frenar los republicanos con la oferta de diálogo lanzada el jueves por John Boehner, su líder en la Cámara de Representantes, alguien que, por lo demás, se distinguió en la anterior legislatura por su cerrazón.

Los editores de la revista National Review, difusora de la causa republicana, ven en la derrota el inicio de un largo periodo de estancamiento electoral si los conservadores no van más allá del análisis demográfico de los resultados. “Hasta que los conservadores no diseñen una agenda nacional y la forma de venderla, que vincule los principios de un Gobierno pequeño con resultados atractivos, estarán en grandes dificultades para mejorar su situación con las mujeres, los latinos, los blancos o los jóvenes –escriben los editores–. Y los conservadores serán muy imprudentes si cuentan con la mera disponibilidad de jóvenes militantes conservadores carismáticos para maquilar este problema”. Diríase que la publicación propone un compromiso ideológico más detallado, pero esta primera impresión se desvanece cuando asoma el pragmatismo a ultranza: mantener a Todd Akin, el del aborto legítimo, en la carrera por un escaño en el Senado es presentado como un error y la insistencia en introducir una enmienda en la Constitución que impida los matrimonios homosexuales, como una empresa quijotesca.

Los depositarios de la herencia intelectual de Leo Straus, Irving Kristol y el resto de precursores del neoconservadurismo abundan en la necesidad de oponer una resistencia sin tregua al reformismo de Obama. “El presidente ha retratado a Romney como el extremista. La lección debe ser clara: cuando los republicanos no luchan, simplemente permiten a los liberales demócratas que parezcan centristas”, afirma Jeffrey H. Anderson en The Weekly Standard, el semanario fundado por William Kristol a la medida del pensamiento neocon. Y ahí reside una de las grandes divergencias entre los republicanos clásicos y sus compañeros de viaje: los primeros reniegan de la lucha sin cuartel y abogan por el compromiso bipartidista; los segundos ponen por delante la derrota del adversario aunque la nación corra el riesgo de precipitarse por el abismo fiscal (fiscal cliff), algo que puede suceder las próximas semanas si en el Congreso no se concreta un pacto que lo evite.

Romney no es el arquetipo del conservador clásico, pero tampoco es alguien que tiene como única referencia las enseñanzas de la escuela dominical. De forma que debió resultarle especialmente doloroso leer el comentario tajante de Richard Cohen en The Washington Post al día siguiente de la derrota: “Mitt Romney podía haber ganado. Tenía el oponente adecuado, pero el partido político equivocado”. Las cifras solo confirman en parte esta afirmación: en el 2008, el senador John McCaine quedó a 10 millones de votos del senador Barack Obama; el martes, tres millones de votos separaron a Obama y Romney. Quienes ven la botella medio llena pueden afirmar sin equivocarse que el giro ideológico republicano ha consolidado un núcleo de electores con futuro; quienes la ven medio vacía piensan que las filas de Obama han resistido cuatro años de desgaste, las deserciones han sido escasas y, tan importante como eso, los más de 8,5 millones de votos perdidos por el presidente han engordado la abstención antes que las expectativas republicanas. Pueden ser muchos los defraudados por Obama, pero son muchas más las víctimas de la crisis a las que asusta la perspectiva de que los republicanos se hagan cargo de la situación inspirados por el Tea Party. Obama y compañía cotizan al alza incluso cuando pierden votos. ¿Es cierto que lo mejor está por venir?

 

‘Sandy’ cambia la campaña

La sorpresa de octubre capaz de modificar el rumbo de la campaña electoral en Estados Unidos se llamaba Sandy. La tormenta tropical que golpeó con fuerza inusitada los estados de Nueva York, Nueva Jersey y Pensilvania puede haber alterado la suerte del gran combate de forma más determinante que el despliegue de estrategias políticas diseñadas por los asesores del presidente Barack Obama y de Mitt Romney, el candidato republicano renacido en las encuestas en las semanas inmediatamente anteriores a la llegada de Sandy. Después de largas digresiones sobre cómo podía remediar Obama el debilitamiento de su candidatura, fue la situación de emergencia provocada por el huracán lo que permitió al candidato demócrata sacar lo mejor de su reconocida capacidad para mostrarse ante la opinión pública como un pragmático ilustrado con dotes de mando. En sentido contrario, Romney se vio obligado a dar explicaciones sobre asuntos rodeados de polémica y que dividen al cuerpo electoral: el papel y las dimensiones del Estado, el cambio climático y la eficacia de la iniciativa privada en situaciones extremas.

La constancia en el esfuerzo de Romney para despegarse de la sombra proyectada sobre la anterior campaña presidencial por la derecha ágrafa, encarnada en Sarah Palin; el concurso de Paul Ryan, candidato a la vicepresidencia, extremadamente conservador, estrella del Tea Party, pero alejado de las reflexiones de mesa camilla de muchos de sus seguidores; la buena nota media obtenida por los republicanos en los debates, todo se diluyó en la lluvia torrencial, en el metro inundado, los domicilios anegados, la lista de muertos y la aparición del comandante en jefe al frente de las operaciones. Solo analistas como Charles Krauthammer (Fox News, derecha infatigable), movidos más por sus deseos que por el escrutinio de la realidad, pueden sostener que la aparición de Sandy “no afectará a la elección”. Todos los sondeos posteriores al desastre reflejan la recuperación del presidente, su ventaja en votos electorales y a menudo en votos populares y, lo que es más importante, una ventaja apreciable, aunque no definitiva, en ocho de los nueve estados clave. “Obama ha habitado la Casa Blanca durante cuatro años; ahora la Casa Blanca habita en él”, ha escrito Jonathan Schell, profesor en The National Institute, una traducción posmoderna en el seno de una república presidencialista de “l’État c’est moi”, el famoso aserto que la cultura popular atribuyó sin fundamento a Luis XIV de Francia.

EncuestasPero acaso lo peor para Romney sea la concreción de las fisuras en las filas republicanas y la debilidad estructural del partido, el apoyo del exsecretario de Estado Colin Powell a la relección del presidente, los elogios del gobernador de Nueva Jersey, Chris Christie, republicano, dirigidos a Obama –escribió un tweet de agradecimiento a la Casa Blanca que fue un verdadero picotazo a Romney sin mencionarlo–, el reconocimiento del alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, asimismo republicano, por los esfuerzos de la Administración demócrata para luchar contra el cambio climático y, por encima de todo, el clamoroso interés de Romney de mantener a George W. Bush lo más alejado posible de la campaña. El pronunciamiento de Powell se comprende porque su paso por el Departamento de Estado fue inseparable de las agrias diferencias de criterio que mantuvo con los neocon, la prodigalidad de Christie en el elogio tiene que ver con sus aspiraciones presidenciales en el 2016, incluso lo dicho por Bloomberg es comprensible en el fragor agobiante de los destrozos causados por el huracán, pero la ausencia de Bush es más dañina. Significa, como argumenta el asesor político independiente Robert Creamer, que el expresidente “está en una Siberia política”. “Romney hace todo lo humanamente posible –afirma– para tranquilizar a los votantes”, que recelan ante la posibilidad de que quiera restaurar “algunas de las políticas fracasadas de Bush cuando estuvo en la Casa Blanca”. Significa que el pasado más inmediato es una referencia molesta para el aparato electoral republicano, justo lo contrario de lo que sucede en el campo demócrata, donde Bill Clinton hace campaña en un ambiente de aceptación permanente y sin que quepa interpretarse como una necesidad familiar; significa que los republicanos andan en busca de algo los más cercano posible a la derecha compasiva para serenar el voto conservador independiente, mientras los demócratas explotan la idea de que acaso el primer presidente negro para todas las minorías fue Clinton.

Las “políticas fracasadas” a las que alude Creamer incluyen la desastrosa gestión del paso del huracán Katrina, que el 29 de agosto del 2005 arrasó Nueva Orleans y dejó 1.800 muertos. Es posible que muchos electores piensen como el asesor de inversiones John MacIntosh, entrevistado por la CNN, que votará a los demócratas como “el menor de dos males”, pero cuando el recuerdo del Katrina irrumpe en la campaña, también ocupan la primera página algunas declaraciones de Romney que ahora le pasan factura. Dice Creamer: “El fallo de Bush para responder rápida y efectivamente al Katrina no fue solo un reflejo de la incompetencia de su Administración. Fue un reflejo del hecho de que su Administración no creía en el Gobierno [en la gestión pública]”. ¿Qué declaró Romney en junio a John King, de la CNN?: que había que privatizar la función encomendada a la Federal Emergency Management Agency (FEMA), encargada de hacer frente a situaciones como los estragos de un huracán y cuya labor ha sido elogiada con rara unanimidad durante esta semana. ¿Qué diferencia hay entre la actitud de Bush y los propósitos de Romney? Parece que ninguna.

El nobel de Economía Paul Krugman sostiene en su blog que la fijación de Romney con la FEMA es patológica. Ari Melber, un fiscal que frecuenta la publicación progresista The Nation, opina que “ha llegado el momento de explicar en términos simples y humanitarios que en materia de salvamento y seguridad, el Gobierno no es una opción, es una necesidad”. La analista Sally Kohn, en politico.com circula por la misma carretera: “Los planes de Romney para recortar la asistencia para desastres y muchos de los programas en los que confían los estadounidenses parecían imprudentes antes del huracán; ahora parecen francamente desastrosos”. Después del paso del Sandy, Jared Bernstein, asesor del vicepresidente Joe Biden, no desaprovechó la ocasión para desacreditar el debate abierto por los republicanos sobre las dimensiones del Estado: “Al final del día, no necesitamos un Gobierno grande o un Gobierno pequeño. Aquello que necesitamos es un Gobierno financiado con amplitud que afronte desafíos como el que hemos encarado hoy, algo que me temo que Romney y Ryan no entienden”.

EstadosEn el fragor de la discusión, el aspirante republicano se mantuvo a medio camino entre la rectificación y la perseverancia en el error. “Creo que la FEMA tiene un papel clave”, declaró cuando arreciaba la tormenta. “Es interesante ver cómo se une la gente en circunstancias como estas”, enfatizó en Tampa (Florida) cuando escampaba. Más tarde, el silencio, la promesa deslizada por su equipo de campaña de que en el futuro la FEMA dispondrá de los recursos necesarios, pero también la repetición de consignas sobre el valor de la iniciativa privada y el recurso a las autoridades estatales y locales. Una forma confusa, no exenta de prudencia, de responder a las encuestas: la de The Washington Post situó en el 80% los ciudadanos que consideran acertada la gestión que Obama hizo de la crisis. Así las cosas, ¿qué efecto tienen en la dinámica final de la campaña pronunciamientos como el Kevin D. Williamson, en  National Review, una de las biblias de la derecha impertérrita?: “La presencia de un huracán no es un argumento contra la reforma del incontinente gasto federal”.

Es posible que, con las urnas a la vuelta de la esquina, tengan poco impacto opiniones de este tenor, pero pueden poner en un brete a Romney y, desde luego, explican una vez más por qué Bush no es invitado a los mítines. Lo primero entra dentro de lo posible porque entre los errores cometidos por el candidato figura haber discutido los rescates federales a la industria del automóvil, algo criticado incluso por Joe Klein en el semanario conservador Time; un enorme inconveniente ahora que debe acudir a Ohio en busca de votos de los blue collars y los white collars, cuyas economías se han salvado de la ruina gracias precisamente a la recuperación del sector de la automoción con ayudas –préstamos– federales. Lo segundo es consecuencia directa de un dato histórico incontrovertible: la dislocación del presupuesto se debió al esfuerzo de guerra acometido por Bush, que consumió el superávit dejado por Clinton y disparó el déficit de forma imparable. Pueden alegar los republicanos que los últimos días de Bush en la Casa Blanca fueron los primeros de la crisis, pero la decisión de no evitar la quiebra de Lehman Brothers (14 de septiembre del 2008) un año después de la sacudida de las subprime se antoja que fue una opción tan ideológica como insensata.

Tampoco parece que deba tener efecto en el comportamiento del electorado la falta de referencias al cambio climático, aunque la reiteración de episodios extremos ha llevado al 70% de los estadounidenses a inquietarse por la situación, según una encuesta de la Universidad de Yale citada por Le Monde. Ni siquiera los estragos de esta semana –el Frankenstorm, en expresión acuñada por la Asociación Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos– han metido en la campaña este asunto capital. “Esta sucesión [de catástrofes], ¿se debe al cambio climático? Es, a buen seguro, la pregunta que se impone, incluso aunque preocupa poco o nada a Barack Obama y Mitt Romney, que en ningún momento de la campaña presidencial han abordado la cuestión del calentamiento”, ha escrito el editorialista del diario Le Monde. Darrel Moellendorf, director del Instituto para la Ética y los Asuntos Públicos, ha sido más taxativo en la revista estadounidense de izquierda Dissent al referirse al origen del Sandy: “Este monstruo, como el de la novela de Mary Shelley, es una creación humana”. Las campañas electorales también lo son y, en este caso, surge una incompatibilidad manifiesta entre el cortejo de los candidatos con una industria que se recupera lentamente de la crisis y la necesidad de tomar medidas para proteger el medio ambiente.

Obama-Romney

El candidato republicano, Mitt Romney, y el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, durante el debate sobre política exterior celebrado en la Universidad de Lynn, en Florida, el 22 de octubre.

Puede que, en última instancia, los candidatos no puedan ser, al mismo tiempo, ideólogos, o solo puedan serlo en la medida en que no alteren en demasía los equilibrios sociales. Ángel Martínez, del think tank New America Foundation, ha emitido un diagnóstico tajante de la campaña a punto de terminar: “Los desafíos rara vez fueron más bajos que en esta carrera presidencial. Eso significa que esta es una de las elecciones presidenciales menos consecuente en mucho tiempo”. En el trabajo de Martínez coexisten las acotaciones impuestas al debate político por los candidatos, destinadas a no correr riesgos excesivos, con la confirmación de prejuicios políticos que afectan a los comportamientos cívicos, como “los constantes esfuerzos” para deslegitimar al presidente “por no ser realmente estadounidense, cristiano, uno de nosotros (…) lo que hace realmente desagradable este periodo electoral”.

Pero lo más relevante del análisis de Martínez es que encuentra en el perfil de los contrincantes más afinidades de las que se desprenden de las caricaturas partidistas que manejan sus estados mayores: un socialista frente a un plutócrata. Y así afirma: “Son dos moderados pragmáticos. Barack Obama y Mitt Romney son solucionadores de problemas de forma deliberada que se deleitan con la recopilación y análisis de datos para tomar decisiones informadas. Romney se acerca a cada problema  como un caso de estudio en la Harvard Business School; Obama, como un caso de la escuela de Derecho para ser socráticamente desentrañado (…) Ninguno de los candidatos es un ideólogo: Romney sigue siendo en el fondo un consultor e inversor dispuesto a cambiar las cosas a su alrededor –en este caso el Gobierno– para extremar la eficiencia y el retorno de la inversión. Obama es en el fondo un mediador deseoso de salvar las diferencias entre las facciones en guerra, en casa y en el extranjero, mediante compromisos viables”.

Si la realidad es esta, ¿dónde radica la esencia de la división profunda que transpira la sociedad estadounidense? ¿O no se puede aspirar a la presidencia sin reunir una serie de requisitos mínimos y esenciales, iguales en los dos grandes partidos, donde las grandes divisiones ideológicas no tienen cabida? ¿O quizá el statu quo bipartidista precisa de tal división social para ofrecer una versión eficaz y unida de la nación cuando la naturaleza arremete contra los rascacielos de Manhattan? ¿O las campañas son sobre todo grandes castillos de fuegos artificiales, cada día más alejadas de la vida cotidiana? A juzgar por la desgana con la que el viernes acogieron los candidatos el leve aumento de una décima en el índice de paro de octubre –7,9%, una décima más que en enero de 2009, cuando Obama llegó a la Casa Blanca–, se diría que sí; a juzgar por la atención prestada a los problemas de una clase media desfallecida, se diría que no. A juzgar por el griterío con el que la América profunda acogió desde el primer día a Obama, se diría que el debate ideológico está definitivamente más vivo que nunca.

 

Romney se marca solo

Mitt Romney se marca solo, como en ocasión no muy afortunada dijo Helenio Herrero de Juanito, jugador del Real Madrid. Para desespero del universo conservador estadounidense, la campaña del candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos es un compendio insólito de equivocaciones, pasos en falso, rectificaciones poco convincentes y confusión creciente que tienen un fiel reflejo en las encuestas, tanto a escala federal como en los estados clave, en todos los cuales el presidente Barack Obama disfruta de ventajas confortables. Mientras Paul Ryan, el compañero de ticket de Romney, sigue con su prédica del Estado empequeñecido y la superpotencia engrandecida en todas partes, la derecha clásica se muestra desolada por el secuestro del Partido Republicano a manos del Tea Party, por la rendición con armas y bagajes del GOP (Grand Old Party) a la extrema derecha. La debilidad de la estrategia y de la aceptación popular de Romney son tan llamativas que han dejado de tener importancia los disparates de otros candidatos republicanos –no solo Todd Akin, diputado por Missouri y candidato al Senado–, zarandeados por la intelligentsia liberal, porque lo que de verdad aturde a los conservadores sensatos es que no hay forma de que el oponente de Obama establezca un programa electoral a la búsqueda del cual salió David E. Sanger en mayo y que, al igual que entonces, se mantiene en una nebulosa llena de inconcreciones, contradicciones y lugares comunes.

Cartel Romney

Este cartel apareció en el exterior de la convención republicana y ataca las contrataciones exteriores. Las tres leyendas dicen: 'Plan de empleo de Romney: 39.000 empleos para México'; 'Plan de empleo de Romney: 26.000 empleos para la India'; 'Plan de empleo de Romney: 73.000 empleos para China'.

Desde antes de la convención de Tampa, Romney abusó del flip-flop (cambios bruscos de opinión), volteretas de campaña que disgustan bastante a los votantes independientes, y dejó la iniciativa ideológica en manos de Ryan. Este tampoco evitó rectificar y cambiar de dirección, pero la militancia de sus seguidores, movilizados por el viento de popa del Tea Party, neutralizó el desgaste del personaje. Al mismo tiempo, las dos caras de la candidatura republicana perseveraron en opinar en direcciones opuestas en asuntos tan importantes como la posibilidad de abortar en caso de violación, la exigencia a China de que corrija la cotización falseada de su moneda o la petición cursada a Obama de que destinara cerca de 800 millones de dólares a estimular la economía. Y así fue cómo, mediado agosto, el periódico USA Today, de registro conservador, adelantó que los 90 millones de electores que en aquel entonces estaban decididos a ir a votar en noviembre preferían a Obama antes que a Romney en una proporción de 2 a 1, un resultado muy por encima de los pronósticos de los encuestadores en el “oscuro camino a la Casa Blanca” (Charles M. Blow en The New York Times), un dato que había tiempo para corregir mediante el efecto convención, que nunca se produjo, y el supuesto desparpajo del aspirante para llegar a los tres debates televisados con algunos triunfos en la mano. No sucedió nada de lo esperado.

Con ser esto grave, no es lo peor. Lo verdaderamente perturbador para el pensamiento conservador clásico norteamericano es que Romney ha incurrido en errores flagrantes en el enfoque emocional de la campaña: despreciar al 47% de los votantes, que dependen de ayudas o programas federales, dar por liquidada la negociación de un Estado palestino, resistirse a hacer públicas sus declaraciones de renta del último decenio, aprovechar la muerte en Bengasi (Libia) del embajador Christopher Stevens y tres funcionarios más para atacar al Gobierno, verter opiniones infantiles sobre la seguridad de los aviones y otros deslices injustificables. David Winston, principal asesor de los republicanos en la Cámara de Representantes, ha realizado un estudio de campo entre los votantes para saber qué les importa más para decidir el voto: si están mejor que hace cuatro años o si estarán mejor en el futuro. El 77% se deja guiar por las perspectivas de futuro y solo el 18%, por lo sucedido durante los últimos cuatro años. Como ha escrito Alexander Burns, autor de un análisis finísimo de las campañas demócrata y republicana, el eslogan de Obama es Adelante, y su equipo “ha hablado intermitentemente acerca de ganar el futuro”. Según lo ve Burns, “el resultado ha sido una lucha asimétrica de mensajes, con Obama mirando hacia adelante y Romney insistiendo mucho en el pasado y en el presente”.

Cartel impuestos

Cartel contra el programa fiscal de Mitt Romney. Dicen los textos: 'El plan de impuestos de Romney en una página. ¿Gana más de 200.000 dólares al año? Sí->sus impuestos bajan. No->sus impuestos suben'.

La situación es tan manifiestamente grave a ojos del republicanismo tradicional que una figura tan desdibujada como Dan Quayle, apenas recordado a pesar de haber sido cuatro años vicepresidente con George H. W. Bush (1989-1993), ha manifestado su preocupación por la marcha de la campaña: “Romney quizá intenta ganar el voto indeciso, pero no modifica sus puntos de vista”, ha declarado a Fox News, una cadena de televisión opuesta a la más mínima distracción progresista. Más contención imposible en alguien que sufrió en carne propio el dinamismo de Bill Clinton en la campaña de 1992 y dejó para la historia la siguiente frase recogida por The Miami Herald: “Si gobierna tan bien como hizo la campaña, el país irá por el buen camino”. De lo que es fácil inferir que si Romney llegará a gobernar con la misma impericia mostrada hasta la fecha, Estados Unidos conocería días difíciles.

Clarence Page plantea en el conservador Chicago Tribune el problema republicano con bastantes menos miramientos: “Mientras la convención nacional demócrata es recordada por el expresidente Bill Clinton, que vendió la presidencia de Obama mejor de lo que Obama suele hacerlo, la convención republicana se recuerda sobre todo por la conversación de Clint Eastwood con una silla vacía”. La comparación es tan absolutamente demoledora que es más que comprensible el grito de alarma lanzado a través de su blog por Peggy Noonan, que fue redactora de discursos de Ronald Reagan y a la que se refiere Page junto a otro ilustre analista republicano, Rod Dreher, de The American Conservative. El texto de Noonan es tan rotundo –“es hora de admitir que la campaña de Romeny es del todo incompetente”– que su difusión en la edición digital del súmmum de la prensa conservadora, The Wall Street Jornal, ha abierto otra brecha en la campaña de Romney.

Entre tanto, Paul Ryan, portavoz de un derechismo sin complejos, sigue con su retórica desbordada, al servicio de un nacionalismo que casa mal con el multilateralismo promovido por la Casa Blanca. “Si somos fuertes –clama Ryan–, nuestros adversarios no nos probarán y nuestros aliados nos respetarán”. Incluso el muy conservador The Miami Herald cree que no es este el mejor camino para atraer un electorado sumido en las estrecheces económicas del presente y poco inclinado a apoyar ensoñaciones imperiales en el futuro. En la campaña de Ryan, que arrastra inevitablemente la de Romney, parece imponerse un mesianismo trasnochado que desaprovecha los efectos de la crisis sobre la vida cotidiana de la clase media y ni siquiera cuando Ben Bernanke, el presidente de la Reserva Federal, anuncia compras masivas de deuda mediante el viejo sistema de poner en marcha la máquina de imprimir dólares, es capaz de sacar partido a la operación durante más de 24 horas.

Cartel Seals

Cartel contra la candidatura republicana en el que se lee: 'Los seals apartaron una amenaza a América. Aparta la otra en noviembre'. La primera amenaza se refiere a Osama bin Laden; la segunda, a Mitt Romney.

Los conservadores que temen lo peor piden a los estrategas de Romney que el candidato disponga de un plan y lo exponga, que sea “persuasivo e irrestible”, en expresión del encuestador republicano Whit Ayres, citado por Alexander Burns en el análisis colgado en Politico.com. Pero el último plan, destinado a presentar una alternativa a la política exterior de Obama, se ha estrellado contra el hecho insuperable de que el electorado no está interesado en los entresijos de la diplomacia y sí, en cambio, en los pormenores de la reforma sanitaria, las ayudas a los desempleados, el crecimiento de la actividad industrial y el final verosímil de la pesadilla que empezó hace cinco años con la sacudida de las subprimes. Y los encuestados en Ohio, Florida y Pensilvania –sondeo de la Universidad de Quinnipiac para The New York Times y la CBS–, que otorgan a Obama una ventaja sobre Romney de entre 9 y 12 puntos, confirman que aquello que realmente les importa es aquello en lo que el presidenciable republicano es menos convincente o se muestra más alejado de la realidad.

¿Puede haber algo peor que los vaticinios de las encuestas? El periodista Jean-Sébastien Stehli, formado en Estados Unidos, se refiere a ello en las páginas del diario francés Le Figaro, adscrito al campo conservador: “Lo más duro para Romney es que incluso entre quienes dicen sentirse decepcionados por Obama son más y más numerosos los que desean su relección. El desafío de Romney es pues doble: convencer a los indecisos, si aún los hay, y atraerse a quienes se han hecho a la idea estas últimas semanas de un segundo mandato de Obama”. Pero, como indica Stehli, cabe preguntarse si hay indecisos. Y la tendencia es considerar que no quedan muchos, y en todo caso no es posible pensar que pueden inclinarse masivamente por uno u otro candidato salvo que se produzca la siempre temida sorpresa de octubre, que erosione la figura del presidente.

Los riesgos que corre el Partido Republicano son enormes si Romney no levanta el vuelo y, si no logra la victoria, consigue al menos una derrota honrosa. Clarence Page recuerda el panorama al día siguiente de que Lyndon B. Johnson venciera a Barry Goldwater en 1964, las guerras intestinas en que se sumió el partido. El establishment republicano siente hoy que, incluso conservando la mayoría en la Cámara de Representantes –algo perfectamente posible–, serán devastadoras las consecuencias de las tensiones entre el núcleo tradicional del partido y el bloque más derechista, abrazado al Tea Party. Este establishment, que quisiera encontrar una figura confortable del perfil que, cada uno a su manera y de acuerdo con su tiempo, tuvieron Dwight D. Eisenhower (1953-1961) y Ronald Reagan (1981-1989), está convencido de que el extremismo desorbitado conduce directamente a la derrota.

El analista Alex Castellanos, que asesoró a Romney en la campaña del 2008, sostiene que “un trabajo del presidente es ser Moisés”, ocupado en llevar a la nación a la tierra prometida. Evocaciones bíblicas al margen, los poderes que la Constitución confiere al jefe del Ejecutivo son de tal calibre que el electorado tiende a desconfiar por principio de quien rehúye el compromiso. Si, además, resulta que multiplica las muestras de desconfianza el sector social que se supone que ha de apoyar a un candidato –los conservadores en el caso de Romney–, es inevitable dudar de las posibilidades que tiene el interesado de salir airoso del lance. Como señalan cuantos siguen la campaña al minuto, Obama pecha con el desgaste de cuatro años con más promesas que resultados, pero retiene grosso modo el apoyo de las minorías que lo llevaron a la Casa Blanca y mantiene tras de sí un partido razonablemente cohesionado; Romney, por el contrario, ha retraído a un segmento de electores alarmado por la suma de fundamentalismos que se han adueñado del Partido Republicano y no ha incorporado hasta ahora a los independientes defraudados por el moderado reformismo de Obama. Romney recuerda más al profeta extraviado en el Sinaí que a quien condujo a los suyos hasta las puertas de Canaán.

El Tea Party fija el rumbo

Detrás del confeti de la convención de Tampa se ha consagrado una realidad que admite poca discusión: el Tea Party se ha hecho con la orientación ideológica del Partido Republicano con más determinación que nunca. No solo mediante la elección de Paul Ryan, miembro de la Cámara de Representantes por un distrito de Wisconsin, figura en ascenso de los más conservadores de entre los conservadores elegida por Mitt Romney para que lo acompañe en el largo camino hacia la Casa Blanca, sino por la autonomía de movimientos de la extrema derecha en el seno del GOP (grand old party), el partido de Abraham Lincoln, en el que no se reconocería por más que se esforzara. Una mezcla heteróclita de populismo rudimentario, individualismo, fundamentalismo cristiano, neoliberalismo, pesimismo social y dosis intensivas de ignorancia supina –repásense las opiniones de Sarah Palin, de Todd Akin y de Tom Smith, entre otros, para abrir boca– han colocado entre las cuerdas la sólida tradición del pensamiento conservador estadounidense. Estos son los ingredientes con los que los republicanos se disponen a dar la batalla a Barack Obama, cuyo pragmatismo parece cada vez más un reformismo de altos vuelos visto el contenido de la utopía reaccionaria que el ticket Romney-Ryan se dispone a defender desde ahora y hasta el 6 de noviembre.

Romney-Ryan

Montaje del mural con los nombres del 'ticket' republicano nominado en la convención celebrada en Tampa (Florida).

Lo peor para el electorado republicano tradicional y para las esperanzas del estado mayor del partido de atraer a una parte de los votantes independientes, que a fin de cuentas son los que decantan las elecciones, es que la derecha ágrafa desgaste inútilmente la imagen conservadora en batallas que la sociedad estadounidense da por descontadas –aborto, células madre, matrimonios homosexuales y, en general, las políticas del cuerpo– y solo movilizan el fanatismo exacerbado de los púlpitos de las megachurch y de los predicadores especializados en vaticinar el Armagedón si Obama logra mantenerse en el puente de mando. Dicho y resumido por el liberal The New York Times en su editorial del 27 de agosto: “Una larga historia de extremismo social hace de Paul Ryan un emblema del cambio de la política republicana hacia la extrema derecha”.

El estado de ánimo de los republicanos instalados en el centro conservador queda expresado de sobras en el comentario suscrito por el exrepresentante del partido por Pensilvania Philip English en el transcurso de un debate promovido por la web politico.com a propósito de los disparates de Todd Akin acerca de la llamada por él “violación legítima”: “Akin debe abandonar inmediatamente la carrera [para ser elegido senador por Misuri] para permitir al Partido Republicano que reemplace su candidatura zombi con una alternativa viable en una carrera de gran importancia estratégica”. Lo que sucede es que la candidatura zombi ha recaudado más de 100.000 dólares desde que se difundió el exabrupto a preguntas de Mike Huckabee, exgobernador de Arkansas que pasea su biografía de pastor de almas metido en política por los mismos salones del Tea Party que frecuenta Akin. Y no hay forma de que ceje en su empeño para así remansar las aguas entre las electoras, cuya intención de voto por Obama supera ahora mismo en 13 puntos al de las partidarias de Romny.

Sarah Palin

Sarah Palin llama "panel de la muerte" a los funcionarios que deberán llevar a la práctica la reforma sanitaria de Barack Obama, bautizada despectivamente Obamacare.

¿Cómo es posible que el viejo partido haya llegado a esta orilla? El editorial de The New York Times citado antes es bastante certero al sacar conclusiones del desparpajo cada vez mayor de la extrema derecha: “La multitud en la Convención Nacional Republicana de esta semana apoyará fielmente la nominación de Romney, pero su corazón estará más cerca del hombre joven con las ideas más radicales que estará de pie a su lado”. Se refiere a Ryan, claro, cuyo documento de enero del 2010 Un libro de ruta para el futuro de América, versión 2.0 es un plan presupuestario “doblado en manifiesto [ideológico] de Ryan”, como recuerda Joel Achenbach en The Washington Post, el gran periódico liberal de la capital federal. En dicho manifiesto, el candidato a vicepresidente se dirige a una clase media empobrecida y desorientada, que teme que las inquietudes sociales de Obama –con la reforma sanitaria en primer lugar– se traduzcan en más impuestos y menos oportunidades. Sostiene Ryan que los ciudadanos “están agotados por un Gobierno que cada vez más cuida de ellos y cada vez toma más decisiones por ellos”.

En esta línea, para los delegados en la convención de Tampa resultó tan importante exaltar el gran momento del Tea Party como transfigurarse en una asamblea anti-Obama. Una pirueta en la que el papel de Ryan fue determinante, porque en su condición de presidente de la Comisión de Presupuestos de la Cámara de Representantes ha delimitado su perfil de fustigador incansable de los planes económicos de la Casa Blanca. Para tal fin ha contado con la ayuda inapreciable de The Wall Street Journal y del entramado de medios que controla Rupert Murdoch, adversarios irreductibles de los mecanismos de control del sistema financiero que tímidamente quiere introducir Obama para evitar futuros episodios con el efecto siniestro de la crisis de las hipotecas subprime (verano del 2007) o de la quiebra del banco Lehman Brothers, cuyo cuarto aniversario se cumplirá el día 14.

Todd Akin

Todd Akin ha recaudado más de 100.000 dólares desde que hizo mención de la "violación legítima" y piensa mantener su candidatura al Senado por el estado de Misuri.

El manifiesto de Ryan está bastante lejos de la política a brochazos de la derecha desabrida, pero en el fondo se alimenta de los mismos recelos frente a las prerrogativas del Estado que la exgobernadora Sarah Palin manifiesta en su web oficial mediante textos exaltados: “La América que conozco y quiero no es aquella en la que mis padres o mi bebé con síndrome de Down tendrán que presentarse frente al panel de la muerte de Obama para que sus burócratas pueden decidir, de acuerdo con un juicio subjetivo, su nivel de productividad en la sociedad , y si son dignos de que se atienda su salud. Este sistema es francamente el mal”. Esta tendencia a la desconfianza hacia cuanto viene de Washington tiene profundas raíces históricas, pero es también un instrumento permanente de manipulación de las conciencias que permite justificar situaciones tan diferentes como la tenencia de armas –más de 200 millones de armas cortas en poder de particulares–, la libertad de los padres para no escolarizar a sus hijos y educarlos en casa o poner en plano de igualdad la enseñanza del creacionismo y del evolucionismo.

El debate que sostienen los dos grandes partidos acerca de los límites del Estado se remonta a los días del New Deal, porque Franklin D. Roosevelt (1933-1945) llevó la intervención del Gobierno en la economía más allá de lo que ningún otro presidente lo había hecho hasta la fecha para rescatar al país de las penalidades de la Gran Depresión. Pero, como señala Joel Achenbach al dibujar el perfil ideológico de Ryan, nunca como hasta ahora tuvo tal virulencia. Esa virulencia lleva a los demócratas a poner en aprietos a Mitt Romney todos los días por su negativa a hacer pública in extenso su declaración de la renta, lleva a los republicanos a dudar medio en broma medio en serio de la ascendencia estadounidense de Obama, e induce a todos a buscar el coup de théâtre que noquee al adversario antes del 6 de noviembre. Entre tanto, se recurre a recordar los pecados del pasado para mantener viva la llama de la sospecha en el campo del rival y, de paso, atenuar la penitencia por los pecados propios, como hace Jonah Goldberg, editor de la publicación muy conservadora National Review, al sacar del archivo las historias poco edificantes vividas por el senador Edward Kennedy, ya fallecido, en la isla de Chappaquiddick, donde perdió la vida la secretaria Mary Jo Kopechne, y por el presidente Bill Clinton con la becaria Monica Lewinsky.

“¿Y si todos estamos equivocados?”, se pregunta William Kristol, uno de los analistas más perspicaces de la derecha-derecha cultivada, en el semanario The Weekly Standard, del que es editor. Las respuestas de Kristol son de un realismo sin concesiones:

  1. Todo el mundo sabe que los estadounidenses “no pueden entender un debate sobre abstracciones como la deuda nacional, los derechos, Obamacare y el sonido del dinero”, pero los candidatos republicanos, inspirados por el Tea Party, lograron en el 2010 la mayor victoria en décadas centrados en estos temas, incluso cuando “la mayoría de los votantes siguen echando la culpa a un republicano, George W. Bush, de la debilidad de la economía”.
  2. “Todo el mundo sabe que los problemas sociales son la muerte para los republicanos”, pero, en cambio, los electores son conscientes de que “el matrimonio tradicional ha sufrido en los estados donde los candidatos presidenciales republicanos pierden”, “prefieren que los abortos sean infrecuentes” y no se realicen en “niños parcialmente nacidos (?) o a punto de nacer”, y se preocupan de que “la libertad religiosa sea protegida y no frenada”.
  3. “Todo el mundo sabe que de lo que se trata en una campaña es de encontrar un camino a la victoria”, y eso significa “tomarse muy en serio los pequeños objetivos”.
Tom Smith

Cartel electoral de Tom Smith, candidato al Senado por Pensilvania, que ha comparado el embarazo fruto de una violación con el nacimiento del hijo de una pareja que no está casada.

El programa de Kristol puede resumirse en pocas palabras: dejemos las grandes digresiones para otro momento y centrémonos en cuestiones prácticas. Dejemos la herencia de los pioneros, de la América mesiánica a la que la historia reserva un lugar de honor, y vayamos a lo que realmente importa que es desalojar a los demócratas de la Casa Blanca para poner punto final a un reformismo que para el Tea Party no es otra cosa que socialismo. Por lo demás, remontarse a la exaltación del individuo en los primeros tiempos de la epopeya nacional, liberado de las ataduras del Estado, es tan novelesco como inexacto y, en todo caso, resulta fácilmente rebatible cuando se pasa del mitin a la cátedra. El mito del héroe que forja su destino sin más ayuda que sus propios recursos ha llenado de obras maestras la cultura estadounidense, pero es insostenible narrar la entera historia del nacimiento de la gran potencia sin recurrir a más mimbres que los de un individualismo acérrimo.

El historiador Tony Judt dejó dicho en Pensar el siglo XX: “La confianza en uno mismo es parte del mito de la frontera americana. Si destruyes eso o, más bien, dejas que se destruya, destruyes parte de nuestras raíces. Este es un argumento defendible e incluso razonable (…) Pero como argumento no tiene nada que ver con el capitalismo, el individualismo o el libre mercado. Por el contrario, es un argumento en pro de un cierto Estado del bienestar, sobre todo debido a su incuestionable premisa de que un cierto tipo de individualismo sostenible requiere una buena cantidad de ayuda del Estado”. Este razonamiento corresponde seguramente al tipo de debate sobre abstracciones que a Kristol le parece impropio de una campaña electoral.

El liberal Robert Putman, profesor de Ciencia Política en la Universidad de Harvard, es más jocoso en sus juicios, pero no menos certero al dar su opinión a Joel Achenbach sobre la defensa del individualismo que hace Paul Ryan y la herencia de los pioneros. “Los estadounidenses siempre han mitificado al cowboy solitario en su caballo, cabalgando en su silla en dirección al Oeste; un carácter a lo John Wayne, un individualismo resistente”, dice Putman. Pero añade: “En realidad, el Oeste fue colonizado por las caravanas de carretas”. Es decir, fue una empresa colectiva promovida y protegida por el Estado, de la misma manera que hoy la agricultura familiar, esencial en la estructura social de la América profunda a la que se dirige el Tea Party, puede sobrevivir gracias a las subvenciones federales, las vías de comunicación, que dependen del presupuesto federal, y otros servicios que financia el Gobierno desde Washington, como razonó Tony Judt al final de sus días. ¿En algún momento antes del 6 de noviembre se hablará de economía en estos o parecidos términos o la presunta “intromisión del Estado en casa” (Rick Santorum) se adueñará de la campaña?