Rusia regresa a las esencias

Las maniobras de la OTAN en Polonia han dado renovados bríos al léxico de la guerra fría, tantas veces enterrada. Frente a la idea más común de que la atmósfera de recelos y confrontación entre el Este y el Oeste se desvaneció en el momento en que la URSS dejó de existir y el modelo occidental ganó el envite, se alza la realidad: la reaparición de formas bastante abruptas en las relaciones de dos mundos poco o nada reconciliados. Frente a la estrategia de la OTAN de llevar sus fronteras hasta el límite occidental de Rusia se alza el renacimiento de un nacionalismo ruso que otorga a Vladimir Putin los atributos de guía predestinado que en el pasado, por diferentes razones, fueron patrimonio de los grandes líderes de la consolidación de Rusia, primero, y de la URSS, después.

¿O no hubo tal consolidación y el universo ruso no dejó de emitir señales de debilidad incluso en sus periodos más resplandecientes? Esa es la tesis que sostiene Stephen Kotkin, profesor de las universidades de Princeton y Stanford, en el último número de Foreign Affairs, idea reforzada a partir de diciembre de 1991 por una menor influencia a causa del desmoronamiento soviético, la pérdida de territorios, la adhesión a la OTAN de los antiguos aliados y de las pequeñas repúblicas bálticas (antes parte de la URSS), la frecuente marginación en las crisis internacionales y, en última instancia, por las dificultades económicas derivadas de las sanciones impuestas por Occidente y por el hundimiento de los precios del petróleo. Pero también por la sensación de vulnerabilidad o de acoso provocada por el despliegue del escudo antimisiles, por su relativa incomparecencia en las crisis encadenadas en Oriente Próximo hasta que decidió intervenir en Siria y por su ausencia de Asia central, salvo unas pocas bases militares.

Si es una constante histórica de Rusia por los menos desde Pedro el Grande (siglos XVII y XVIII), sino antes, que se pregunte a sí misma cuáles deben ser sus límites, hoy es cada vez más frecuente plantear una segunda incógnita: ¿a partir de qué momento la seguridad del país está en juego? Que en ambos casos el nacionalismo sea el punto de partida ideológico no quita importancia a esa especie de duda existencial permanente que Putin ha puesto al día y que su ministro de Asuntos Exteriores, Serguéi Lavrov, ha resumido en una sola frase: “No ocultamos nuestra actitud negativa al movimiento de infraestructura militar de la OTAN hacia nuestras fronteras y a la inclusión de nuevos estados [Suecia, Finlandia y Ucrania] en la actividad militar del bloque”.

No es menor la importancia de la OTAN en la configuración de ese escenario de referencia. Desde la anexión de Crimea por Rusia y la guerra en Ucrania, ahora en fase letárgica, el cálculo de riesgos elaborado por Estados Unidos y sus aliados se concentra en las tres repúblicas bálticas y en el flanco sur. Ese es el análisis de los generales que, al mismo tiempo, niegan que el escudo antimisiles debilite la capacidad de disuasión del arsenal estratégico ruso (armas nucleares), una opinión diametralmente diferente a la manifestada por los analistas del Kremlin.

El multilateralismo practicado por la Casa Blanca durante la presidencia de Barack Obama tampoco es ajeno al éxito de Putin como defensor de las esencias, de una determinada concepción de la Rusia eterna o de la santa Rusia, citada a menudo por el clero ortodoxo y bendecida por él. Con razón o sin ella, los dirigentes rusos se han sentido marginados en la revisión del sistema de relaciones internacionales, han recordado la debilidad enfermiza del país en tiempos de Boris Yeltsin y su repliegue de todas partes y a toda prisa y han optado por prometer a la opinión pública que la Rusia inexpugnable está de vuelta. Favorecido todo por un fenómeno de despolitización de la calle, que acepta sin asomo de duda un proyecto de renacimiento nacional que, por lo demás, debiera ser compatible con una economía aquejada de anemia y minada por la corrupción. “Ahora las autoridades creen que no tienen necesidad de cambiar sus políticas a no ser que la popularidad de Putin caiga dramáticamente. Pero es precisamente su profunda aversión a cambiar lo que mantiene altos estos índices”, ha escrito Gleb Pavlovsky en The Moscow Times.

Al mismo tiempo que no son pocos los análisis relativos a la viabilidad futura de la política de Putin, una sociedad conservadora y que en el pasado se sintió humillada cree llegado el momento de recuperar el tiempo perdido, y esa nueva guerra fría o diplomacia fría con Occidente le parece la mejor señal de que el presidente hace lo debido. Los éxitos alcanzados por la aviación rusa en apoyo del régimen de Bashar al Asad, el derribo de un caza que violó el espacio aéreo turco, las medidas anunciadas por Lavrov, aunque no detalladas, para contrarrestar las maniobras en Polonia son episodios que dan pie a una permanente política de las emociones y evitan hacer frente a datos tan definitivos y determinantes como que el PIB nominal ruso equivale a la trigésima parte de los 36 billones de dólares que suman Estados Unidos y la Unión Europea.

“Rusia lleva razón al pensar que la posguerra fría fue desequilibrada, incluso injusta. Pero no fue a causa de ninguna humillación intencionada o traición. Fue el resultado inevitable de la victoria decisiva de Occidente en la contienda con la Unión Soviética. En una rivalidad multidimensional global –política, económica, cultural, tecnológica y militar–, la Unión Soviética perdió en todos los ámbitos”, subraya Stephen Kotkin. Pero son justamente los desequilibrios que llevaron a la humillación, fuese o no intencionada, los que han permitido a Putin ser la última encarnación del nacionalismo y han animado a los nuevos teóricos del eurasianismo, doctrina o escuela que ni considera europea ni asiática la cultura rusa, sino una fusión de ambas. Lo que lleva directamente a considerar acuciante la necesidad de que la relación de Rusia con su entorno no se atenga a la lógica europea, sino que sea independiente de esta y le discuta la hegemonía. Con maniobras o sin ellas; vaya la economía mejor o peor.

El juego de Putin

La complejidad de la crisis siria ha subido un punto más en su particular escala de Richter a raíz de la intervención directa de la aviación rusa en los bombardeos contra enclaves de la oposición al régimen de Bashar el Asad más que contra las del Estado Islámico, según muy solventes indicios. Mientras Rusia defiende su derecho a apoyar un régimen elegido democráticamente, según el muy previsible articulista de Pravda Timothy Bancroft-Hinchey, cunde la alarma en Occidente por el riesgo de un incidente entre aviones rusos y estadounidenses sobrevolando un mismo espacio aéreo, y aún más por el apoyo explícito dispensado en el campo de batalla por Rusia al presidente sirio. Un apuntalamiento o protección de la autocracia de El Asad que lleva inexorablemente a aceptar como única hipótesis viable para detener la matanza la participación del presidente en cualquier negociación política.

Cuando al menos en una ocasión se ha podido confirmar que las bombas rusas cayeron sobre un grupo entrenado por la CIA, cuando se han puesto en marcha obras de ampliación de la base rusa de Tartus, en la costa siria, y cuando Vladimir Putin defiende la conveniencia de una actuación preventiva “para luchar y destruir militantes y terroristas sobre el terreno dispuestos a ocuparlo”, sin especificar de quiénes se trata, no es muy difícil imaginar que el presidente de Rusia ha cogido su fusil con el debido cuidado de no provocar un enfrentamiento directo con Estados Unidos y sus aliados, pero también sin especial disposición a atender los argumentos de François Hollande y Angela Merkel para que los ataques se circunscriban a las bases del Estado Islámico. Hay en todo ello cierta lógica heredada de la guerra fría, pero también la reparación o compensación de la marginación de Rusia por la OTAN a raíz de la intervención en Libia, cuando Putin era primer ministro y Dmitri Medvédev, presidente (a partir del 2012 se intercambiaron los papeles). Asoma en la crisis el propósito ruso de no quedar fuera de la solución política siria y, de forma más amplia, de la maraña de influencias en Oriente Próximo.

Un largo informe colgado en la web estadounidense Politico.com desarrolla la idea de que la estrategia rusa obedece al convencimiento de Putin de que fue un gran error la actitud de Rusia en el 2011 al abstenerse en el Consejo de Seguridad de la ONU y dejar las manos libres a la OTAN en Libia. Pero obedece también, asegura el medio,  a una pugna por el poder en el interior del Kremlin entre sus dos hombres fuertes, el propio Putin y Medvédev, comprometido el primero en restablecer la influencia de Rusia mediante dosis intensivas de nacionalismo radical y empeñado el segundo en adecuar la política rusa a la capacidad de resistencia de su economía, baqueteada por las sanciones occidentales a raíz de la crisis ucraniana. Se dé o no esa disputa, lo cierto es que el compromiso ruso con El Asad prefigura objetivos políticos muy diferentes a los del 2011, después de que Medvédev negociara un nuevo acuerdo nuclear con Barack Obama, aprobado por la Duma y es de suponer que bendecido por Putin.

Para David F. Gordon, especialista en seguridad, Putin entiende que la situación en Siria es una gran oportunidad geopolítica para mitigar los efectos de la debilidad económica causada por la caída de los precios en el mercado de la energía y por las sanciones. Más que una pelea entre los hombres fuertes del establishment ruso, Gordon sostiene en Foreign Affairs que el comportamiento de Putin responde a su convencimiento de que puede sacar partido al fracaso estadounidense para detener al Estado Islámico, encontrar una solución política para Siria y, acto seguido, resolver la crisis de refugiados en Europa. “Putin es un oportunista que trata de aumentar la influencia rusa en Oriente Próximo y, al mismo tiempo, proyecta la imagen del Kremlin en el mundo, y especialmente en Europa, como parte esencial de la solución a los problemas”, escribe Gordon.

Resulta más difícil descifrar de qué hablaron Obama y Putin en Nueva York para que un día más tarde Estados Unidos mostrara su sorpresa por el inicio de los bombardeos rusos, como si el asunto no hubiese formado parte de la conversación. Los aires de sorpresa del secretario de Defensa, Ashton B. Carter, al recordar que algunos de los grupos de oposición bombardeados “están apoyados por Estados Unidos y es necesario que formen parte de una solución política en Siria”, parecen fruto del desconcierto, pues el apoyo ruso al régimen sirio ha pasado de la retórica y los suministros a la implicación directa. Es decir, a través de la política de hechos consumados la situación ha evolucionado hacia una mayor complejidad; no se trata solo de salvar el régimen de Bashar el Asad, sino de convertirlo en la pieza clave en el tablero de Oriente Próximo.

La sorpresa y el desconcierto se agrandan en la medida en que, al mismo tiempo que el Pentágono denuesta los bombardeos rusos, el Departamento de Estado se entrega a la diplomacia directa, y John Kerry se presta a discutir el problema con el ministro de Asuntos Exteriores de Rusia, Serguei Lavrov. ¿Síntomas de debilidad o necesidad acuciante? Charles Krauthammer, analista de The Washington Post, se inclina por el retroceso de Estados Unidos en el escenario de referencia, parte del convencimiento de que cuando Obama llegó a la Casa Blanca, “Estados Unidos había emergido como el actor regional dominante” en Oriente Próximo, para lamentar acto seguido: “El último domingo, Irak anunció el establecimiento de una alianza con Irán, Siria y Rusia, símbolo de la nueva alianza del creciente chií (…) bajo el paraguas de Rusia, la potencia regional hegemónica ascendente”. Un análisis que comparte la creencia de los gabinetes de estrategia que ven en la retirada estadounidense de Oriente Medio el primer mojón del camino que conduce directamente a la intensificación de la guerra fría no declarada en el golfo Pérsico entre el mundo suní, encabezado por Arabia Saudí, y el chií, pilotado por la teocracia de los ayatolás.

Nadie pensó al inicio de la guerra civil de Siria, hace cuatro años, que un dictador desprestigiado y sanguinario, a pesar del apoyo ruso e iraní, pudiese sobrevivir a la presión internacional y a las matanzas obscenas. Nadie apostó por un asentamiento del Estado Islámico como factor determinante en la crisis. Por el contrario, fueron mayoría los que creyeron que la vesania de El Asad cavaría su tumba. Todo ha sucedido al revés: el presidente sirio se ha convertido en la alternativa soportable y preferible al Estado Islámico (al menos para Occidente) y, en cambio, sus adversarios políticos, organizados bajo diferentes nombres, han sucumbido a la realpolitik y a la habilidad de Rusia para sacar partido a la indecisión de Estados Unidos y sus aliados. Si Putin no ha tomado la iniciativa, al menos ha igualado el compromiso de Occidente en el campo de batalla y ha hecho de Siria, quizá, la moneda de cambio para afrontar otras crisis o atenuar por lo menos los efectos de la interferencia rusa en Ucrania. Este parece el juego.

Esperar y ver después de Minsk

Tantos y tan rotundos son los fracasos precedentes en la aplicación de acuerdos encaminados a silenciar las armas en Ucrania que el alcanzado el jueves en Minsk debe acogerse con una sobredosis de prudencia. La distancia entre el proyecto de Vladimir Putin, presidente de Rusia, de restaurar el orgullo herido por Occidente a raíz del hundimiento de la URSS, y el objetivo europeo, respaldado por Estados Unidos, de sumar Ucrania a la expansión hacia el Este se hallan tan lejos y reúnen tal cantidad de incompatibilidades que mal puede pensarse que 15 horas de negociación sean suficientes para, a partir de aquí, avanzar hacia la concreción de un modus vivendi razonablemente tranquilo. Como subrayan todos los especialistas, se impone el wait and see (esperar y ver), que no gusta a la Casa Blanca, pero que ha ganado adeptos en la Unión Europea, que lo prefiere a la reiteración de errores que han llevado a la situación desquiciada del presente.

Un editorial del viernes del periódico liberal británico The Guardian resumió en una sola frase todas las dificultades que entraña la aplicación de la tregua, la retirada de las armas pesadas, la creación de una zona desmilitarizada y las reformas constitucionales que deben servir para encajar el Donbass en Ucrania: “Los objetivos de Rusia, Ucrania, los separatistas, los europeos y los estadounidenses son tan divergentes que es imposible reconciliarlos”. Porque, para que ello fuera posible, haría falta que se aceptaran por las partes algunos requisitos que hoy, lejos de vislumbrarse, no parece que los implicados puedan compartir. Entre ellos, cuatro parecen tan necesarios como alejados de las intenciones de los contendientes y de los intermediarios –Francia y Alemania– que han acudido a Minsk:

  1. Ningún desenlace de la crisis puede entrañar una debilidad estratégica o política para Rusia.
  2. Ucrania tiene derecho, en el ejercicio de su soberanía, a articular sus compromisos exteriores siempre que estos no dañen la seguridad de sus vecinos.
  3. La minoría rusófona de Ucrania tiene derecho a que se garantice su supervivencia cultural.
  4. La incorporación de la península de Crimea a Rusia es un dato irreversible, salvo que el caso se quiera convertir en la coartada o justificación para eternizar el conflicto mediante una guerra de baja intensidad a las puertas de la UE.

Frente a ese planteamiento realista, que el Gobierno ucraniano y los separatistas –Rusia mediante– debieran tener por razonable, se alza la pretensión de ambas parte de cobrar ventaja o debilitar al oponente, de acuerdo con una lógica político-militar que pone en riesgo cualquier solución negociada. Así se explican la ambigüedad de Putin al anunciar el acuerdo, la obstinación de Petró Poroshenko, presidente de Ucrania, de excluir la federación o la autonomía de la reforma constitucional que debe acomodar con garantías las provincias rusófonas dentro de las fronteras ucranianas y la prudencia extrema de la cancillera Angela Merkel y del presidente François Hollande al levantarse la sesión tras una noche de discusiones a cara de perro o poco menos.

Como afirma el profesor Pere Vilanova, la solución preferida por Putin es “mantener abierto uno más de sus productos de exportación preferidos: los conflictos congelados o estados de facto, como en Osetia del Sur, Abjazia, Transnistria, Nagorno Karabaj, todos obra de Rusia” (por si alguien lo dudaba, la guerrilla del Donbass es una mera ficción táctica para encubrir la injerencia rusa en Ucrania). Pero no puede decirse que la prudencia sea la mayor virtud de Poroshenko, que en plena crisis ha recibido del Fondo Monetario Internacional 17.000 millones de euros y que ve en la UE la tabla salvadora para evitar la quiebra económica del Estado que, quizá, sirva también para conjurar la política. Mientras tanto, en el frente, los combatientes se han esmerado en mejorar sus posiciones antes de la tregua y los separatistas no han dejado de recibir suministros rusos, orientado todo a sacar el máximo partido final –si es que se trata realmente del final– a su situación en el campo de batalla.

El único dato de indiscutible relevancia en la gestión de las últimas semanas de este desdichado conflicto, presunta guerra civil y aún más presunta guerra de liberación, es la comparecencia del eje franco-alemán, pilar primero de la construcción europea, aunque sea a costa de dejar a un lado a Federica Mogherini, teórica responsable de la política exterior europea. Más allá del coste político para articular una diplomacia europea colegiada surgió el peso de la historia en esa madrugada se discusiones en la que estuvieron presentes Merkel y Hollande, sin que ningún socio de la UE discutiera su derecho a hablar en nombre de todos, y aun a condicionar la futura posición de Europa si los acuerdos de Minsk dejan de tener vigencia, si se da el caso de que Estados Unidos rescata su idea de que es necesario prestar ayuda militar a Ucrania para compensar la que Rusia presta a los separatistas.

En la implicación franco-alemana hay el reconocimiento implícito de que es preciso corregir los errores de manual cometidos por Occidente y evitar una reedición de la incapacidad mostrada hace más de 20 años para evitar el incendio de los Balcanes. El oportunismo exhibido por Occidente al desmembrarse la URSS, la expansión de la OTAN hacia el este, como si Rusia no fuese la heredera directa del legado soviético, la instalación del escudo antimisiles en Polonia y la República Checa, que daña irremisiblemente la capacidad de respuesta militar de Rusia, y la pretensión de la UE de atraer a Ucrania en perjuicio de los intereses rusos, aunque se negara tal circunstancia, han inducido la rectificación franco-alemana sin someterla a la consideración de los demás socios europeos pues, en este caso, quizá las consabidas digresiones bizantinas que con frecuencia paralizan a la UE hubiesen hecho imposible el viaje a Minsk. Si la reaparición en primera línea del eje franco-alemán debilita o refuerza el diseño de una política exterior europea, es asunto que seguramente no admite una única respuesta: puede que quede sometida o condicionada por el eje, pero cabe asimismo que el eje la refuerce al soslayar las diferencias históricas entre la tradición anglosajona –asociación cuando no sujeción a la política exterior de Estados Unidos– y la más decididamente europeísta.

Más importante que todo esto es que la intermediación europea caiga en saco roto y que a las primeras de cambio, con cualquier pretexto, lo acordado en Minsk quede en agua de borrajas, porque en este caso es de temer que se lleve a la práctica la opción manejada por la Casa Blanca, secundada con entusiasmo por la mayoría republicana en el Congreso. Y en esa posible guerra más caliente o más comprometida para los países de la OTAN, es decir, para la inmensa mayoría de los socios de la UE, es más que verosímil que rebroten las diferencias y aun la división, los leitmotiv de la guerra fría y puede, quién sabe, que los agravios históricos que los antiguos integrantes del Pacto de Varsovia guardan en la memoria y los agitprop de turno resucitan de vez en cuando. Wait and see.

Rusia, condenada a una crisis

“Si Rusia no empieza hoy su modernización, corre el riesgo de convertirse mañana en un país del Tercer Mundo”, vaticinó en el 2012 el analista IgorYurgens. Dos años antes, varios líderes políticos, exdirigentes de la Unión Soviética, economistas y empresarios habían dado público apoyo a un proceso de modernización acelerada de la economía rusa, excesivamente dependiente de la exportación de energía y, por esa razón, de las fluctuaciones de un mercado sometido o influido a todas horas por los vaivenes de la política. La caída de los precios del petróleo a finales de 2008 puso en evidencia la debilidad de los países dependientes del monocultivo del petróleo, fuente principal de los ingresos en dólares, y hoy como ayer vuelven a cernirse sobre la economía rusa los peores presagios –la caída en picado del rublo, la escalada inflacionista y la contracción del mercado interior–, agravados por las sanciones de Occidente a causa de la crisis de Ucrania.

En realidad, el rosario de datos concatenados que determinan las dificultades de la economía rusa revelan hasta qué punto es esta vulnerable. No solo porque carece de alternativas rentables e inmediatas para compensar el efecto de las sanciones impuestas por Occidente, sino porque está a merced de las fluctuaciones del precio del petróleo, que está condicionado por la capacidad de producción y distribución de la OPEP y la acumulación de reservas en todo el mundo. Por utilizar la terminología al uso, Rusia tiene una muy limitada capacidad de resistencia, aunque durante la presidencia de Dmitri Medvédev, gracias al buen momento de las relaciones ruso-estadounidenses, la impresión fuese otra.

Según un artículo de William E. Pomeranz distribuido por la agencia Reuters, “la espectacular caída del precio del petróleo supone un descenso de las rentas del Estado y menos dinero para los ambiciosos proyectos de gasto militar y social de Putin”, que debe unirse a la fuga de capitales, cuya cuantía es imposible calcular. En cualquier otro escenario que no fuera el ruso, se diría que se dan las condiciones para una crisis social o, al menos, hay el riesgo cierto de que se produzca, pero en el proceso de rearme moral colectivo emprendido por el Kremlin a raíz de la crisis ucraniana y del consiguiente distanciamiento de Estados Unidos y de la Unión Europea, es posible que, a pesar de los pesares, siga influyendo más el reflejo nacionalista que el efecto inmediato de la crisis económica.

Eso es, al menos, lo que daban a entender las encuestas de hace solo un mes, que otorgaban a Putin un índice de aceptación de alrededor del 80%. Cosa distinta es que el restablecimiento de la grandeza de Rusia como gran potencia sea viable sin una economía que no dependa solo de las fluctuaciones del precio del petróleo y de la exportación de gas. Porque cuando la propaganda rusa amenaza con buscar otros clientes para sustituir a los recelosos europeos, oculta un dato: solo China puede compensar una disminución significativa de las ventas en el mercado europeo, como ha entendido Vladimir Putin, que ha firmado acuerdos de suministro con los gobernantes chinos que empezarán a aplicarse en el 2018. E incluso así, la falta de acuerdo para el gaseoducto South Stream, que debe conectar la red rusa a la de la UE por Bulgaria después de cruzar el lecho del mar Negro, daña sin remisión la política de ventas diseñada por Gazprom, la primera empresa rusa, para evitar el paso del combustible por Ucrania.

De ahí a concluir que la decisión de la OPEP de mantener la producción –30 millones de barriles diarios– está relacionada con la situación de Rusia media solo un paso. A pesar de los datos que reflejan una caída del consumo, un aumento de las reservas y un descenso de las importaciones en Estados Unidos a raíz de la explotación de los yacimientos de esquisto, indicadores todos ellos que aconsejarían una disminución de las extracciones, la reacción ha sido justamente la contraria y el barril de Brent se ha situado por debajo de los 70 dólares –llegó en junio a los 115 dólares–, con grave perjuicio para monocultivadores de energía como Venezuela o Irán, sin otro producto que exportar, o para aquellos con una presencia muy limitada en otros campos, caso de Rusia. Dicho de otro modo: la decisión impuesta a la OPEP por Arabia Saudí y las petromonarquías del Golfo es hija seguramente de la determinación de Estados Unidos y sus aliados de presionar indirectamente a Rusia sin sufrir o afrontar el desgaste político de un nuevo motivo de tensión después del de Ucrania.

Hay en este relato ingredientes suficientes para vislumbrar una nueva guerra fría posmoderna en la que ya no cuentan tanto la ocupación de áreas específicas, con la consiguiente parafernalia nuclear y la rivalidad entre modelos económicos diferentes, sino el recurso a la economía global para domeñar voluntades. La economía rusa dejó de ser, con el hundimiento del bloque socialista, la isla no contaminada o no relacionada con la red de intereses de la economía occidental, y no puede sostener por tiempo ilimitado la situación actual so pena de aceptar un empobrecimiento acelerado de la clase media surgida de las privatizaciones, las inversiones extranjeras y la exportación de energía como instrumento casi exclusivo para financiar la modernización del país. Las compras de propiedades hechas en dólares y euros, que son ahora inasumibles a causa de la devaluación incesante del rublo hasta perder un 40% de su valor, constituyen el ejemplo más llamativo de una situación que puede llegar a ser insostenible para el grupo social que ha asentado en el poder el nacionalismo encarnado por Putin.

En el trabajo Rusia en el siglo XXI. Una visión para el futuro, del año 2010, varios autores insisten en que las élites no lograron llevar a la práctica el programa de modernización necesario para no ser un país diferente. Pero enseguida surgió en aquel entonces la respuesta del bando contrario a cambiar las coordenadas políticas rusas con el argumento harto discutible de que los fracasos en materia económica no significan que sea necesario un cambio en el sistema. Por el contrario, el artilugio constitucional que llevó a Medvédev a la presidencia para permitir luego el regreso de Putin al frente del Estado se entendió como una garantía de progreso, cuando en la práctica cegó las vías de acceso a cambios políticos significativos, a la alternancia en el poder de diferentes opciones y a la competencia entre programas. Que esto fuese útil en un primer momento, final de la década de los 90, para atajar la decadencia sin remisión de la Rusia de Boris Yeltsin no significa que lo sea ahora para guardar los estandartes en el cuarto de banderas, abordar la crisis ucraniana con realismo y dar con una solución equilibrada que no sea una claudicación, pero que permita acabar con la incertidumbre de una economía en caída libre.

Es posible que en algún momento pensara Putin que podía derrocar al Gobierno de Ucrania, como ha escrito Paul Krugman, pero tal ensoñación se desvaneció en cuanto se multiplicaron en Occidente los valedores del Gobierno de Kiev. Se trató de un gesto lleno de oportunismo, de un desafío a la convicción de Putin de que sólo él tiene derecho a mantener ordenado y a su conveniencia el vecindario más inmediato, pero fue un acontecimiento decisivo para consagrar la división ucraniana, hacer de la guerra una enfermedad crónica y abrir un paréntesis para reflexionar. Lo que se cruzó luego en el camino del presidente ruso fue el cambio acelerado en el mercado de la energía, la falta de alternativas para cobrar en otros caladeros los dólares de menos obtenidos en los yacimientos de gas y petróleo.

Aun así, no creía Krugman este último verano que se diesen en el libro de ruta de las finanzas globales las condiciones necesarias para la concreción de una nueva guerra fría. Aludía el economista a la probada capacidad del capitalismo para adaptarse a todo tipo de situaciones, pero, y siempre hay un pero, en aquel tan cercano como lejano último agosto no ensombrecía las murallas del Kremlin la densa nube de la crisis social que ahora se teme o se presiente. Y Occidente no estaría libre de culpa si se cumpliera la sabia creencia de que cualquier situación siempre es susceptible de empeorar.

La decadencia del Este derrumbó el Muro

Basta cotejar el mapa político de Europa del 9 de noviembre de 1989 y el del presente para calibrar las dimensiones del cambio en el continente desde la caída del Muro de Berlín, hace un cuarto de siglo. Todo cuanto hoy es Europa, todo cuanto condiciona el funcionamiento de Europa para lo bueno y para lo malo remite a aquel cambio que zanjó la guerra fría, al menos en su forma más genuina, acabó con la bipolaridad, enterró a una superpotencia, la Unión Soviética, y liquidó la trama de alianzas que encabezó en la Europa del Este. La inviabilidad de la economía planificada, convertida en un sistema esencialmente ineficaz, y la presión permanente de Estados Unidos mediante el desarrollo de nuevos sistemas de defensa, con las tecnologías de última generación creciendo exponencialmente, llevó a la decadencia y a la inanidad el experimento soviético poco más de setenta años después del triunfo de la revolución de octubre.

Ciudadanos de los dos sectores de Berlín, en el Muro la noche del 9 de noviembre de 1989.

De forma que es posible afirmar que el Muro cayo tanto por la presión popular en la República Democrática Alemana, extensión de la movilización de las opiniones públicas polaca, checa y húngara, por citar las más dinámicas en 1989, como por la imposibilidad práctica de Mijail Gorbachov de administrar sin grandes pérdidas la herencia recibida. Fracasados todos los planes de reforma habidos y por haber, el líder soviético no pudo más que asumir que para la superpotencia nada sería como antes, que aquella pretensión suya de modernizar el sistema sin renunciar al socialismo se hallaba en un callejón sin salida. El aviso que dirigió semanas antes del hundimiento a Erich Honecker, penúltimo presidente de la República Democrática Alemana, de que quienes no se adaptaran a los cambios serían finalmente derrotados, se cumplió en todos sus extremos. Cuando la noche del 9 de noviembre de 1989 los berlineses del sector oriental cruzaron el Muro, el establishment reformista soviético había aceptado que no cabía oponer resistencia a la unificación alemana; la decadencia había minado al Estado.

Pero la caída del Muro y la unificación poco menos que inmediata de Alemania requirieron de dos compromisos cuyas repercusiones llegan hasta nuestros días. El primero fue la promesa hecha a los soviéticos por el presidente de Estados Unidos, George H. W. Bush, de que la frontera oriental de la OTAN, unificada Alemania y convertidos los demás países del Pacto de Varsovia a la economía de mercado, nunca alcanzaría el límite occidental de la URSS. El segundo fue la aceptación por Francia de la unificación alemana, que el presidente François Mitterrand veía con recelo, a cambio de que el Gobierno del canciller Helmut Kohl aceptara acelerar la unión monetaria en la entonces Comunidad Europea, lo que llevaba aparejada a la larga la desaparición del marco y la creación de una moneda única. Esos dos compromisos fueron las dos piedras sillares sobre las que se levantó el edificio de la unidad alemana sin grave riesgo para la estabilidad de Europa.

Jóvenes de Berlín Occidental derruyen el Muro la mañana del 10 de noviembre de 1989.

Cuando el presidente de Rusia, Vladimir Putin, se remonta a las promesas de 1989 para oponerse sin matices a la atlantización de estados como Georgia (verano del 2008) y Ucrania (ahora mismo), se comporta como un líder poco sutil, pero que aprendió la lección del desbarajuste y el arrinconamiento de su país durante la presidencia de Boris Yeltin en la década de los noventa. Porque en la Rusia de hoy, la de los oligarcas y la del capitalismo desbocado, es mayoritaria la opinión de que detrás de la occidentalización a toda máquina de las economías de las exrepúblicas soviéticas asoma la progresión territorial de la OTAN, tal como sucedió en el inmediato pasado con los antiguos socios del Pacto de Varsovia y del CAME –mercado común del bloque socialista–, y con los estados bálticos que un día formaron parte de la URSS.

De la misma manera que la unificación llevó aparejado el reconocimiento explícito por Alemania de la línea Oder-Neisse como frontera oriental inamovible de Polonia, y se enterró el debate sobre la pertenencia a Polonia de Pomerania, Silesia y Prusia Oriental, los herederos históricos de la URSS entienden que siguen vigentes las condiciones por las que Rusia dejó de oponerse a la caída del Muro. Incluso hoy con más motivo que ayer porque la instalación del escudo antimisiles estadounidense en Polonia y la República Checa es un factor de debilitamiento objetivo del sistema de defensa ruso. Y, en cierta medida, la OTAN comparte el análisis habida cuenta de que en el 2008 no hizo ningún gesto significativo para salir en defensa de Georgia, arrastrada a un desafío imposible ante Rusia por el presidente Mijail Saakashvili, que no solo cometió un error de cálculo descomunal, sino que vio como Abjasia y Osetia del Sur se desgajaban de su pequeño país.

Incluso quienes como el fallecido historiador Tony Judt sitúan la última oportunidad política de los regímenes marxistas de Europa en 1968, durante la breve primavera de Praga, admiten que en los siguientes 15 años, con todas las carencias que se quiera, la URSS mantuvo el estatus de superpotencia y las debilidades genéticas del sistema no salieron a la superficie hasta que Gorbachov abrazó el realismo y renunció a la propaganda. De la misma manera que la euforia desatada en Occidente por la caída del Muro, analizada sobre el terreno por autores como el británico Timothy Garton Ash, dio paso también a la realidad de las dificultades para mantener básicamente sin cambios el mapa estratégico de Europa, aquel reparto de papeles entre los dos bloques que la lógica de la guerra fría consagró como sistema. Quizá por eso se habla ahora de una segunda guerra fría o de una guerra fría de nuevo cuño, porque en muchos de los gestos de Putin y en muchas de las reacciones de sus adversarios se adivina el recuerdo del funcionamiento de Europa antes del final del Muro.

El desmoronamiento del bloque del Este y la desaparición de la Unión Soviética dio pie al nacimiento de nuevos estados y la ampliación de la OTAN y de la UE.

El desmoronamiento del bloque del Este y la desaparición de la Unión Soviética dio pie al nacimiento de nuevos estados y la ampliación de la OTAN y de la UE.

Un cuarto de siglo después de aquel momento, con Alemania convertida en la potencia que dicta las reglas en el seno de la Unión Europea e inversiones estratosféricas del sistema financiero alemán en la economía emergente rusa, lo que se da por descontado es que no se volverá a una situación de coexistencia, pero no de convivencia. A pesar de las sanciones en vigor, a pesar de que el conflicto en Ucrania adopta el perfil de una enfermedad crónica, la trabazón de ambos mundos en el seno de la economía global neutraliza algunos riesgos mayores. Aunque Tony Judt lamentó en Pensar el siglo XX la inclinación de los intelectuales a reflexionar acerca de si una política es eficaz o ineficaz en términos económicos, en vez de sopesar si es o no buena, las consecuencias de la ineficacia vividas en carne propia por la sociedad rusa, y la dieta impuesta a los alemanes desde los días del canciller Gerhard Schröder hasta los de Angela Merkel para digerir la unificación, hacen que sean justamente consideraciones económicas las que alejan el espectro de la confrontación y la vuelta a la coexistencia pacífica sin mayores atributos.

La distinción que establece Mark Malloch Brown, del World Economic Forum, entre los “estados de la seguridad económica” –China– y los “estados de la seguridad nacional” –Rusia– refuerza esta impresión relativamente optimista de que la mera coexistencia es insuficiente para que los engranajes no se atasquen. Porque, de acuerdo con el mismo modelo, la seguridad nacional es inviable sin la seguridad económica y viceversa, incluso admitiendo los síntomas de crisis que arrojan los estados-nación como entidades encargadas de redistribuir la riqueza, prestar servicios y cohesionar a la comunidad. Es decir, el desmoronamiento del bloque del Este, con la caída del Muro de Berlín como referencia del proceso, y la unificación Alemana como dato inmediato del triunfo de Occidente frente al proyecto soviético dieron lugar a una nueva situación en la que las interdependencias son más determinantes que las rivalidades. Quizá el acuerdo gasista de Rusia y Ucrania, mientras sigue la guerra, sea el ejemplo más inmediato e ilustrativo de la realidad más allá de los campos de batalla.

O puede que más acá, pues el final de la guerra fría liquidó un sistema con mecanismos de control mutuo a un lado y otro de la divisoria del Este y del Oeste, y lo que en principio se aventuró como un mundo más seguro y más estable dio en resultar uno menos seguro y menos estable. Y en ese mundo diferente al esperado porque está lejos de haberse consolidado como sistema con un código de señales reconocible que establezca pautas para gestionar los momentos de crisis, el único espacio que parece sistematizado y ocupado en mantenerse incólume es el de la economía global, sean cuales sean los costes sociales que lleva asociados. Claro que si las cosas son así, cobra todo su sentido la opinión expresada por Tony Judt sobre la orientación de un mundo globalizado: “El efecto de la predominancia del lenguaje económico en una cultura intelectual que siempre ha sido vulnerable a la autoridad de los expertos ha actuado como freno sobre un debate social más fundamentado en lo moral”. Y el freno sigue echado.

 

 

Paraísos perdidos en Ucrania

Al cumplirse un siglo del inicio de la primera guerra mundial y observar el état d’esprit de los europeos que el verano de 1914 sintieron que la tierra se hundía bajo sus pies, se comprende por qué cuatro años más tarde cundió la impresión de que, hasta el primer cañonazo, el continente era un paraíso, perdido para siempre en los campos de batalla. El escritor Henry James, con 70 años cumplidos, vio en cuanto sucedía “un colapso de nuestra civilización”. Mientras se alzaban algunas voces para alertar de la tragedia, se desbocó la emotividad, la defensa de la nación, la lucha por preservar la identidad propia por encima de cualquier otra consideración. Nadie era capaz de explicar muy bien cómo se había llegado a aquella situación explosiva, pero el entusiasmo y la fe en la victoria se adueñaron de las multitudes hasta que la guerra de las trincheras, los millones de muertos, la destrucción de las ciudades y la quiebra económica revelaron la auténtica naturaleza de la catástrofe.

Hoy no hay uniones sagradas como la que alumbró en Francia la fe en la guerra y sumó al Gobierno lo mejor de la nómina política, incluido Léon Blum, sucesor en la dirección socialista de Jean Jaurès, asesinado en París el 31 de julio de 1914, cuando la guerra iba por su tercer día. En nuestro tiempo, los nacionalismos agresivos son vistos con desconfianza, cuando no con temor. La lección de la segunda guerra mundial y la construcción de la Unión Europea han sofocado las rivalidades entre estados. Nadie, en fin, está dispuesto a subir a la tribuna para pronunciar un discurso incendiario que apele a las armas, pero Europa está lejos de disfrutar de la paz perpetua kantiana, puesta al servicio de la prosperidad y de la buena marcha de los negocios.

Henry James vio en el estallido de la primera guerra mundial “un colapso de nuestra civilización”. Retrato del escritor pintado en 1913 por John Singer Sargent.

Como ha subrayado estos días Timothy Garton Ash, profesor de la Universidad de Oxford, el desarrollo de los acontecimientos en Ucrania adquirió una dimensión mundial –“estamos ante una amenaza contra todo el orden internacional”– en el momento en que un misil derribó el vuelo MH-17 y segó la vida a 298 personas que viajaban de Amsterdam a Kuala Lumpur. El orden de magnitud de la crisis ucraniana creció de tal forma que una vez más los problemas de Europa pusieron en guardia al resto del planeta, y adquirió todo su sentido el temor expresado por algunos laboratorios de ideas estadounidenses de que la pasividad o la contención europeas pueden agravar el conflicto. Y en esas estamos. El presidente de Rusia, Vladimir Putin, entre tanto, se encuentra ante el dilema de dar por perdido para su causa el este de Ucrania o aumentar su implicación con los secesionistas “hasta el punto de que será evidente para el resto del mundo que asistimos a una guerra entre Ucrania y Rusia”, como explica Andrew C. Kuchins en la web del Centro Internacional de Estudios Estratégicos.

Aunque nada es seguro en una atmósfera tan volátil como la de las relaciones entre Occidente y Rusia, no es desmesurado esperar que alguna consecuencia de calado tendrá el derribo del avión. Si no fuese así, los riesgos futuros serían mucho mayores que los del presente porque la comunidad internacional dejaría impune un crimen que alimenta los peores sentimientos a un lado y otro del conflicto. La falta de acción ayudaría a incubar el huevo de la serpiente –euroescepticismo, nacionalismos desbocados, agravios comparativos, ensoñaciones panrusas, añoranza del pasado, crisis energética y muchos etcéteras– y a decepcionar a una opinión pública asustada y a la vez indignada por el derribo del avión de Malaysia Airlines.

En la muerte de 298 inocentes no hay sitio para un desenlace prefabricado que deje a salvo a todos los actores determinantes de la situación en el este de Ucrania. Si así fuera, si el objetivo fuese construir un relato de lo sucedido tan improbable como tranquilizador, habría que girar la vista un siglo atrás para contemplar hasta qué punto el falseamiento de la realidad puede empeorar las cosas. Aunque la primera guerra mundial fuese una guerra de elección, por aplicar a la contienda el léxico hoy en vigor, lo cierto es que los adversarios reunieron la suficiente masa crítica de agravios sin solución, tensiones territoriales, rivalidades económicas, nacionalismos exacerbados y falta de realismo como para llegar al día D convencidos de que todas las respuestas estaban en el campo de batalla. Acaso como sucede en nuestros días en Ucrania entre una parte de la nación que mira a Occidente, porque persigue el sueño de la prosperidad, aunque requiera someterse a los dictados de la economía global, y otra que echa en falta aquellos tiempos de la existencia de la URSS en los que Ucrania era una de las piezas de una entidad política de influencia planetaria que coadministraba con Estados Unidos los destinos del mundo.

El profesor Timothy Garton Ash sostiene que “estamos ante una amenaza contra todo el orden internacional”.

Para los ucranianos que hablan ruso y sueñan en el pasado, la URSS es el paraíso perdido en el que, además, nadie impugnaba el uso de su lengua y la proyección de su cultura. Para el nacionalismo ruso que encarna Putin, sigue en vigor el principio según el cual los límites de Rusia llegan hasta donde se habla ruso. Ambos sentimientos se complementan y constituyen la piedra sillar sobre la que se asienta la sublevación de los ucranianos de estirpe rusa; en ambos discursos hay dosis desmedidas de populismo, pero son de una eficacia manifiesta y quienes mejor los entienden –utilizan– son los diferentes nacionalismos europeos que reclaman un castigo ejemplar a Rusia y sus protegidos y, de paso, acuden a Bruselas con el único propósito de demostrar que la UE no es más que un proyecto inviable que atenta contra los derechos históricos de las naciones a escribir su futuro.

Pudieran enumerarse más ingredientes para completar el cuadro de riesgos que agavilla la crisis ucraniana, pero con una muestra es suficiente para comprender que no es poco lo que está en juego en términos de seguridad colectiva y equilibrio de poder entre las dos Europas. Estamos ante la rapidísima liquidación de un proyecto vislumbrado por Occidente que incluía el sometimiento de Rusia a sus designios, debilitada la gran nación por la quiebra del comunismo y una economía desvencijada. Incluso el tipo de sanciones estudiadas estos días por la UE, encaminadas a dañar el aparato económico ruso, remiten a esa idea solo cierta en parte de que los desafíos de Putin son los de un nacionalista con pies de barro. Pero desde la debilidad de la Rusia surgida del desmembramiento de la URSS –tiempos de Boris Yeltsin– a la república de los oligarcas que administra Putin hay un corto y a la vez intenso recorrido histórico que ha engranado los intereses rusos con los de la economía global, ha vinculado la banca y la industria alemanas a la economía rusa y ha hecho de Gazprom, sin comparación posible, el primer exportador de energía.

Esa realidad pone en peligro el empeño europeo de no diluir en los asientos contables de las multinacionales la indignación por la suerte corrida por el vuelo MH-17. De la misma manera que permite albergar toda clase de dudas en cuanto a la disposición de poner barreras a la exportación a Rusia de tecnologías de doble uso como sucedía en el pasado –tiempos de la guerra fría–, cuando el tratado Cocom, suscrito por los socios de la OTAN, prohibía la exportación al Este de toda mercancía de uso a la vez civil y militar. ¿O es que la guerra fría es otro paraíso perdido en donde la seguridad quedó garantizada a partir de octubre de 1962 –crisis de los misiles de Cuba– y resultaba más fácil la gestión de cualquier imprevisto sin comprometer la seguridad mundial? ¿Acaso hay que echar de menos aquel tajante reparto de papeles entre Estados Unidos y la URSS, que desviaban sus disputas hacia conflictos regionales que garantizaban la paz a las superpotencias y a sus aliados más próximos?

El escritor Albert Camus compartió con muchos la opinión de que “los mitos tienen más poder que la realidad”.

“Los mitos tienen más poder que la realidad”, decía el escritor francés Albert Camus, y puede que en el ánimo de muchos ucranianos rusohablantes el mito de los bienes prodigados por el pasado soviético, reflejado por Marc Marginedas en una información publicada por EL PERIÓDICO, pese más de lo que en realidad fueron aquellos tiempos. Porque esa realidad pasada, aunque no tan lejana, se atiene a otra sentencia de Camus: “He comprendido que hay dos verdades, una de las cuales jamás debe ser dicha”. Esa verdad que debe permanecer oculta permite realzar la otra, la que ahora conviene a la causa de los separatistas ucranianos y del nacionalismo de Putin: que la comunidad rusa, protegida por la URSS, dejó de estarlo al independizarse Ucrania y, en consecuencia, es deber de Rusia acudir al rescate de los agraviados. ¿Es posible encajar esa política de las emociones en la obligación inexcusable de esclarecer quiénes derribaron el avión? Y, si no lo es, ¿cabe temer una burda mixtificación de la realidad para que no zozobre la nave de los intereses creados y siga su curso hasta alcanzar las costas del paraíso de la economía global? ¿O, como dice Timothy Garton Ash, “debemos explicar con más claridad qué es legítimo” para afirmar luego, sin asomo de duda, que si la comunidad internacional, Rusia incluida, no es capaz de llevar ante la justicia a los canallas que derribaron el avión, la desvergüenza habrá suplantado a la política?

Putin mira a China sin olvidar Europa

El presidente de Rusia, Vladimir Putin, ha encontrado el mejor antídoto a las sanciones acordadas por Occidente a raíz de la crisis de Ucrania: la firma de un contrato para suministrar gas a China durante 30 años a partir del 2018 por un valor de 300.000 millones de euros. Si ya era muy limitada la disposición europea de imponer sanciones a Rusia antes de suscribirse el acuerdo, a partir de entonces aún es menor. Mientras en las cancillerías de la Unión Europea se sigue sin disponer de una respuesta clara a la gran incógnita del impacto que la situación en Ucrania tendrá en el suministro de gas y en el precio, el contrato firmado por Putin y por el presidente de China, Xi Jinping, a razón de unos 260 euros los mil metros cúbicos, induce a pensar que se avecinan tiempos difíciles. O, quizá, días de pactos inaplazables para evitar que el gas se convierta en un elemento de presión recurrente.

Aunque en la campaña de las legislativas europeas se ha hablado a veces de Ucrania, pero casi nunca del gas, es obvia la íntima relación entre los dos dosieres. Los candidatos que han aludido a Ucrania en sus discursos se han quedado, en general, en las vaguedades clásicas del derecho que asiste al Gobierno ucraniano a que se cumpla la Constitución y se respete su integridad territorial, pero apenas han ido más allá: el primer exportador de gas para la UE es Rusia, y una parte muy importante del suministro cruza territorio ucraniano. Con lo que, en manos de Putin está no solo una eventual revisión de las tarifas, que siempre es posible, aunque ahora parece improbable, sino el riesgo de que, según evolucione la situación, en algún momento se cierre la espita de Gazprom –no sería la primera vez que sucede–, con el consiguiente perjuicio para empresas y particulares.

“El impacto económico de una confrontación profunda con Rusia es una de las razones por las que los países fundamentales de la Unión Europea están más interesados en disminuir las tensiones con Rusia que en ampliar las sanciones”, ha afirmado en el diario Moscow Times el asesor de inversiones Chris Weafer. Se trata de una conclusión que avalan los hechos: la desgana europea para castigar la osadía de Putin en Ucrania y la determinación del presidente ruso, capaz de pasar del nacionalismo duro al poder blando según sea el día de la semana. Cuando Rusia se anexionó Crimea en un suspiro, Putin echo mano de las más viejas tradiciones de la santa Rusia y del líder ungido; cuando simuló no manejar las hilos de la trama en Donetsk y otros lugares –vigilia de la elección presidencial en Ucrania–, se ejercitó en una forma de poder blando sui géneris no exenta de habilidad. La UE transmitió, por el contrario, la misma imagen de desunión y debilidad cuando acordó sanciones en dosis homeopáticas que cuando se presentó como el adalid de su propia versión del poder blando, dispuesto a influir en el desarrollo de los acontecimientos mediante la persuasión.

Nadie piensa que de repente, como por ensalmo, la vieja rivalidad ruso-china se ha tornado luna de miel, sino que Putin y Xi han hecho de la necesidad virtud para contrarrestar los efectos de sus problemas en otros frentes. La Rusia emergente que mira con recelo a Occidente y recuerda los fundamentos de la política de contención puesta en práctica durante la guerra fría, busca una alternativa en Asia, al tiempo que la China que mantiene litigios territoriales con sus vecinos, apoyados por Estados Unidos, se afana por encontrar aliados que se sumen a su causa. Ni para Rusia es suficiente recuperar el orgullo perdido a causa del desmembramiento de la URSS, si no incorpora contrapartidas económicas, ni para China es útil mirarse en el espejo de la historia y perseverar en la tradición del imperio del centro, una visión aristocrática y etnocéntrica del mundo, incompatible con la globalización. Esta alianza del gas, como todas las alianzas, es fruto de intereses cruzados y complementarios, servidos con la retórica grandilocuente que conviene al caso.

Media un mundo de ahí a considerar el contrato sino-ruso un gesto oportunista. Cuando se cierra un compromiso por 30 años que implica una ingente movilización de recursos financieros y tecnología –construcción de un gaseoducto en Siberia y de otro en suelo chino conectado a la red de distribución–, lo menos que puede hacerse es dar por descontado el deseo de dar continuidad a la alianza. En el caso de Rusia, se trata, otra vez, de sacar el máximo partido a las necesidades más perentorias de crecimiento económico y de distanciamiento del dólar. La profesora Meghan L. O’Sullivan, de la Universidad de Harvard, lo ha subrayado en un comentario recogido por el Atlantic Council: si la economía rusa quedara expuesta a nuevas sanciones y mantuviera una dependencia excesiva del dólar, podría ver frustrado su deseo de convertirse en un gran operador financiero internacional.

¿Pueden los europeos conformarse con contemplar el paisaje a distancia? Lo menos que puede decirse es que no debieran caer en la tentación del conformismo con el único objetivo de proteger los negocios en marcha con Rusia, muchos de ellos pilotados desde Alemania. Los antecedentes sobre los efectos de crisis energéticas recientes, con el gas en el centro del problema, obliga a dar un enfoque realista a la crisis de Ucrania y a evitar las simplificaciones. La certidumbre cada vez mayor de que cuanto sucede es fruto de una lucha enconada entre dos oligarquías enfrentadas, dispuestas a manipular a la opinión pública y a sacar partido de las emociones colectivas, obliga a prescindir de la división entre buenos y malos, si es que alguna vez estuvo justificada, y aun autoriza a buscar el equilibrio para garantizar que nadie tiritará el próximo invierno por falta de gas a causa de la crisis ucraniana de esta primavera y de lo que esté por venir.

La realidad es que la economía rusa, a efectos prácticos, depende en todo y por todo de la exportación de energía; en cierto sentido, es un monocultivo que estará a expensas de las necesidades de sus clientes occidentales durante los próximos cuatro años, por lo menos. Hacer efectivo el contrato de exportación de gas a China obliga a una inversión inicial de decenas de miles de millones de euros, que deberán salir en parte de la venta de gas y petróleo a sus clientes tradicionales –europeos–, sin alternativas de suministro a corto plazo, pero si a medio (importación de gas del Magreb a través de la red española y desarrollo de otras conexiones con el norte de África). Esos son datos que se han manejado solo de pasada en la campaña de las europeas, pero que están sobre la mesa y que debieran ser suficientes para ahuyentar el fantasma de los problemas de suministro a corto plazo, como se insinúa con demasiada frecuencia.

Sacar otras conclusiones precipitadas del contrato de Rusia con China resulta tan arriesgado como estéril. La facilidad pasmosa con la que algunos han querido ver la decantación definitiva de Rusia por la parte asiática de su alma en detrimento de la europea, carece de rigor porque pretende que el desenlace de un debate que dura siglos se ha producido justamente ahora mediante un acuerdo económico inscrito en la mundialización de la economía. Más atinado se antoja el diagnóstico de quienes entienden que la dualidad rusa, europea y asiática a un tiempo, es una realidad ineludible, impuesta por la geopolítica de un Estado-continente que se extiende desde la frontera este de la UE al Pacífico Occidental, y los europeos deben amoldarse a convivir con ella.

 

 

Crimea desorienta a Occidente

La anexión de Crimea por Rusia ha operado como el excitativo ideal para poner en marcha a los gabinetes de análisis, que pretenden dar respuesta a las preguntas que mantienen en vigilia permanente a las cancillerías de Occidente. Después del gesto de autoridad del presidente Vladimir Putin parece casi inconcebible que un especialista de solvencia de Charles A. Kupchan planteara hace solo cuatro años el ingreso de Rusia en la OTAN. Afirmaba Kupchan en las páginas del ejemplar de mayo-junio del 2010 de la publicación Foreign Affairs que se cometía “una equivocación histórica tratando a Rusia como un paria estratégico”, y le parecía deseable y verosímil “anclar a Rusia en un orden euroatlántico ampliado”.

Lo cierto es que en aquel momento, con Putin retirado momentáneamente en la función de primer ministro, se tenía la impresión de que había margen de maniobra para establecer cierto grado de complicidad con los gobernantes rusos a pesar de todos los pesares, aunque el texto de Kupchan, incluso entonces, sonó algo despegado de la realidad. Tenía más consistencia la opinión ya muy extendida de que la macroampliación de la UE hacia el este y el alistamiento en la OTAN de los antiguos socios de la URSS había equivalido a meter el dedo en el ojo del Kremlin. Y hoy se repite a todas horas que el rumbo seguido por el Occidente europeo para atraerse la voluntad de los países que un día fueron comunistas fue una estrategia contra Rusia a la que hay que sumar la determinación del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, de poner en pie el escudo antimisiles en Polonia y la República Checa. El Centro Internacional de Estudios Estratégicos sostiene hoy este punto de vista con idéntico fundamento que los que llegaron a la misma conclusión antes de que se desencadenara la invasión de Crimea.

Si se está ante una versión revisada y puesta al día de la guerra fría o estamos ante algo genuinamente diferente, compete más a los especialistas en sacar punta a la jerga política que a los analistas de la situación. Cuando uno de ellos, Peter Baker, que escribe en The New York Times, se aproxima a la cuestión, pergeña un título que no saca de dudas: Si no es una guerra fría, es una vuelta a una rivalidad fría. “Si no estamos en la nueva guerra fría que algunos temen, parece probable que nos adentramos en un periodo sostenido de confrontación y alineación que será duro superar”, afirma Baker. Razones no le faltan para llegar esa conclusión a tenor de las opiniones recogidas por él entre antiguos funcionarios del Gobierno, a menudo sinceramente desorientados, reflejo fiel de la sorpresa de Occidente ante la determinación de Putin, aplicado en rectificar alguna de las consecuencias del hundimiento de la URSS y la proliferación de estados nuevos nacidos gracias a aquel cataclismo. Una desorientación resumida en una frase por Toby T. Gati, que trabajó en el Departamento de Estado durante la presidencia de Bill Clinton: “No sabemos cómo reaccionar a esto”.

Hay una sensación muy extendida de que, a diferencia de episodios anteriores en los que se tensó la cuerda, en esta ocasión no es posible destensarla con el consabido recurso a la diplomacia secreta y a la contención pública de los líderes pasado el momento de paroxismo. Si este método fue útil otras veces –después de la guerra de Georgia (verano del 2008), por ejemplo–, ahora no es posible aplicarlo, siquiera sea porque el dinamismo de Putin ha dejado en evidencia la debilidad de la diplomacia europea y de Estados Unidos, una vez quedó descartada la movilización efectiva de la OTAN. Y si no cabe una componenda para superar el momento, entonces es de temer, obligada por las circunstancias, una revisión in extenso de las relaciones de Estados Unidos y la UE con Rusia –algo así está sucediendo–, incluido cuanto atañe al ámbito militar.

Es este un camino lleno de riesgos, que requiere consumir dosis inagotables de realismo para evitar que se imponga una osadía irreflexiva del estilo de la de Kurt Volker, exembajador de Estados Unidos en la OTAN. Para Volker, es preciso establecer que “cualquier otro asalto a la integridad territorial de Ucrania, más allá de Crimea, representa una amenaza directa para la seguridad de la OTAN y tendrá una respuesta de la organización”. Para Yochi Dreazen, especialista de la revista Foreign Policy, “nuestra preocupación es que Rusia no quiera parar”. Para el exsecretario de Estado Henry Kissinger, resulta más útil acercarse al pensamiento y las convicciones de Putin, a quien conoce bien, para comprender que no podía ser indiferente a los sucesos que se desarrollaron en Ucrania. En general, para los analistas de situaciones de riesgo, una vez Occidente ha decidido aplicar sanciones económicas, carece de utilidad práctica la escalada verbal gratuita, que enrarece la atmósfera sin obtener ningún resultado.

Es más fructífero sacar conclusiones objetivables y extraer algunas lecciones, de acuerdo con la radiografía realizada por Piotr Smolar en Le Monde:

  1. La operación de Crimea “marca la afirmación de una Rusia desacomplejada frente a un Occidente que cree arruinado, militarmente impotente y corrompido en el ámbito moral”.
  2. No hay dos bloque cara a cara, “sino un vacío, una ausencia de autoridad, un mundo roto, puesto a subasta”. En este panorama, consecuencia de una perturbadora falta de liderazgo global, “los náufragos” son los europeos, que mantienen una tupida trama de intereses económicos con Rusia.
  3. Ha dejado de ser viable a corto plazo el propósito de Obama de relanzar las relaciones con Rusia y, en cambio, ha quedado maltrecha la capacidad de anticipación de la Casa Blanca.
  4. El precio de los riesgos que asume Putin para saciar “la sed de revancha geopolítica de una parte de las élites” puede recaer sobre la sociedad rusa, en general, y muy particularmente sobre la disidencia en cuanto esta vuelva a dar señales de vida, una vez atemperados los ardores nacionalistas.

Conclusión de Smolar: “Doctrina militar, organizaciones supranacionales, intercambios comerciales, alianzas: todo parece que de pronto debe revisarse”. Parece que el sistema que siguió a la liquidación de los regímenes comunistas de Europa ha dejado de ser eficaz, ha puesto al descubierto debilidades estructurales de todas clases y justifica que, a causa de la desorientación subsiguiente, surjan dudas en cuanto al camino seguido por Occidente. Pero también en cuanto a la capacidad rusa de mantener el desafío sin dañar la economía. Hasta la fecha, los logros de la política exterior de Putin no han castigado las finanzas; ahora, en cambio, pueden resultar perjudicadas.

¿Adónde puede llevar una revisión exhaustiva del sistema? ¿Cuál debe ser el límite? Cuando el pensador francés Raymond Aron publicó Paz y guerra entre las naciones (1962) se tendió a achacarle cierto desprecio por el derecho internacional en favor de la potencia de los estados. En aquel mundo bipolar, sometido a la pugna a escala planetaria entre Estados Unidos y la URSS, lo que hizo Aron fue un ejercicio de realismo que quizá hoy, medio siglo después, deba realizarse de nuevo, aunque el coste del ejercicio sea reconocer que, salvo contadísimos casos, las apelaciones al derecho internacional tienden a encubrir la violación del mismo. Poco importa que esto se corresponda con la guerra fría o con una situación nueva, compleja y arriesgada que todavía no tiene nombre.

 

Pugna en Crimea de identidades europeas

El historiador Tony Judt afirmó en 1995, en una conferencia pronunciada en Bolonia: “Los analistas occidentales siempre se han mostrado ambivalentes frente a la europeidad de Rusia, como muchos de los propios rusos”. A pesar de que, según el mismo Judt, “hay muchas Europas, todas ellas con derecho a reclamar el título”, solo los países situados al oeste del Elba “han sido durante mucho tiempo Europa, mientras que las tierras al este (…) siempre están de alguna manera inmersas en el proceso implícito de llegar a serlo”. El análisis de Judt se atiene al hecho de que Rusia y lo que Vladimir Putin llama el extranjero próximo son tierras de frontera entre la Europa que se reconoce a sí misma como tal y aquella otra cuya europeidad geográfica no se completa con otros factores de identidad común.

En este sutil juego de identidades y referencias históricas, algunos casos son especialmente significativos y, a la vez, conflictivos: durante siglos, Polonia hubo de pechar con el coste político de hallarse entre Rusia y Alemania; hoy el papel de nación bisagra recae en Ucrania, con el futuro dividido entre la vinculación a la UE, al que aspira el nacionalismo ucraniano, y la vuelta a casa con el que se sueña la minoría rusa, especialmente en la península de Crimea. Las formalidades procesales en curso –declaración de independencia de Crimea, modificación de la ley rusa para incorporar comunidades que decidan acogerse a la autoridad de Moscú, referendo en Crimea y finalmente anexión de la península por Rusia– son útiles para comparecer ante la opinión pública y defender posiciones favorables y contrarias al desgajamiento de Crimea de la Ucrania surgida de la caída de Viktor Yanukóvich, pero lo que realmente ocupará a medio y largo plazo el análisis de los acontecimientos son tres factores íntimamente relacionados entre sí:

-La ausencia de un liderazgo global, capaz de articular un universo político global, a causa de la pérdida de parte de los resortes coactivos que suministró el desmembramiento de la Unión Soviética a la hiperpotencia –Estados Unido– del pasado más reciente.

-Las limitaciones del poder blando para gestionar situaciones extremas que desembocan en periodos de inestabilidad y desconfianza entre los grandes actores internacionales.

-El renacimiento ruso impulsado por Vladimir Putin, convertido en restaurador del orgullo nacional perdido durante el desbarajuste que siguió a la liquidación del régimen comunista y al final de la guerra fría, que el presidente ruso considera “la mayor catástrofe” de la historia de su país.

Con relación al primero de los factores, Ali Wyne, profesor asociado de la Universidad de Harvard, hace notar en The New York Times que incluso en los periodos considerados de hegemonía de Estados Unidos –algo discutible en el mundo bipolar de la posguerra– se dieron episodios que impugnan el concepto mismo de hegemonía. “¿Cómo se puede conciliar esta idea –se pregunta Wyne–con la pérdida de China, el estancamiento de la guerra de Corea, la invasión soviética de Checoslovaquia, la caída de Saigón y la ascensión del ayatolá Ruhollá Jomeini, por citar solo unos pocos contratiempos estratégicos?” Acaso la respuesta sea que las reglas del juego de la guerra fría incluían la predeterminación de áreas de influencia en cuyo seno el éxito estaba reservado a la potencia administradora: Estados Unidos, en Occidente; la URSS, en el Este. Pero acaso sea cierta también la impresión de Wyne de que reacciones muy enérgicas en un primer momento “crean expectativas poco razonables y desalientan a los aliados [Europa] para que desempeñen un papel más activo” en encrucijadas en las que predomina el realismo.

Vladimir Putin recomienda a sus colaboradores que lean las obras de estos tres filósofos.

Vladimir Putin recomienda a sus colaboradores que lean las obras de estos tres filósofos rusos.

La estrategia de respuesta contenida está lejos de colmar las pretensiones de los hegemonistas convencidos o de los que adoptan este perfil por estricta necesidad de supervivencia política. En el Partido Republicano, incluso entre los moderados, abundan las críticas dirigidas al presidente Barack Obama, cuya política exterior le parece irresponsable al senador John McCaine y al congresista Mike Rogers le da para realizar una comparación hiriente: “Rusia juega al ajedrez y pienso que nosotros jugamos a las canicas”. Para el profesor Joseph S. Nye, analista y precursor del poder blando, la determinación de la política que deben seguir los líderes “depende, en parte, de la colectividad a la que se sienten moralmente obligados”. Y es indudable que la complejidad y la lejanía de la crisis ucraniana no figura entre las preocupaciones inmediatas de la opinión pública de Estados Unidos, que, en el mejor de los casos, sigue los acontecimientos como algo que atañe a los europeos.

Estos, a su vez, dan muestras de desorientación ante la agilidad de Putin para fortalecer su perfil de regenerador del orbe ruso. Ni las amenazas de sanciones ni las invocaciones del derecho internacional ocultan el dato de que Rusia lleva la iniciativa, la UE cometió un error de apreciación al creer que podía firmar un acuerdo con Viktor Yanukóvich sin importunar a Rusia y la historia europea está llena de lances poco respetuosos con el principio de legalidad, incluida la intervención en Kosovo, aunque la cancillera Angela Merkel sostenga lo contrario. Putin se ha procurado una guía ideológica y moral en la que pesa el legado de pensadores como el ruso blanco Iván Ilyin, un filosófo que al final de su vida denostó por igual los totalitarismos y la democracia, y propuso una tercera vía de características difusas para levantar un Estado en la Rusia que él abandonó a raíz de la revolución de 1917.

En un artículo publicado en El País, Nathan Gardels, director de The WorldPost, se refiere a las fuentes en las que beben los filósofos de cabecera de Putin –Nikolai Berdiaev, Vladimir Soloviev y el propio Ilyin– cuando vislumbran la Rusia que desean: “Al estilo de Dostoievski, y más tarde de Aleksandr Solzhenitsyn, todos ellos se consideraban custodios del modo de vida ruso. Místicos cristianos ortodoxos, les preocupaba que la democracia aplastara la noble alma rusa –preferían la monarquía o la autocracia como guardianes familiares de la sociedad– y que la cultura cosmopolita del Occidente materialista contaminara su espíritu. Además, tenían una fe mesiánica en el destino eurasiático de Rusia como civilización situada entre Oriente y Occidente”. La utilidad práctica de estas referencias para alentar el sentimiento nacional es evidente, y si todo se envuelve en la misión trascendental de devolver a la nación el brillo que ostentó en el pasado, aunque fuese bajo las siglas de la URSS, es improbable que se alcen voces que se opongan a las operaciones en curso en Crimea.

La movilización del Ejército en la cercanía de Ucrania y el recurso a la prédica religiosa con tintes nacionalistas –la apelación a la santa Rusia es casi un tópico–  completan la estrategia de movilización de las conciencias. De la misma manera que Lenin entendió que el despotismo de la nobleza y la burocracia zaristas eran los mejores instrumentos para sumar multitudes a su causa, así también hoy el enfrentamiento verbal con Occidente pone sordina a las carencias del Estado, al déficit democrático de un sistema que alienta el culto a la personalidad, a la corrupción y a tantas otras debilidades de la nueva Rusia, y otorga a Putin la posibilidad de convertirse en el líder indiscutido, dispuesto a corregir la marcha de la historia mediante una operación de riesgo calculado.

¿Esta patina de nacionalismo renacido es la señal definitiva para entender que, detrás de él, llega una nueva versión de la guerra fría, corolario inevitable la de paz fría que ha caracterizado durante los últimos años las relaciones de Estados Unidos y Rusia? ¿Cabe la lógica de la guerra fría en la economía global? Al formular estas preguntas se admite como seguro el objetivo de Rusia de disponer y gestionar un área de influencia propia, pero, al mismo tiempo, cobra sentido una afirmación de Tony Judt de 1995: “Los vínculos que les importan [a los europeos del este], y las conexiones que buscan, son con las civilizaciones y las potencias que quedan al oeste de ellos”. Y pasan a formar parte del presente los reproches dirigidos a Occidente por Mijail Gorbachov en el 2005, cuando se lamentó de que el compromiso de 1989 para no llevar los límites de la OTAN y de la UE a las puertas de Rusia, a cambio de que la URSS no se opusiera a la unificación de Alemania, fue sistemáticamente incumplido por Estados Unidos y los europeos.

Claro que, al mismo tiempo que Crimea llama a Rusia y el nuevo Gobierno de Ucrania, a la UE; al mismo tiempo que algunas voces consideran el episodio crimeo como el más grave desde la anexión de los Sudetes por la Alemania nazi (1938), Gazprom, el gigante ruso de la energía, patrocina la UEFA Champions League y nadie se rasga las vestiduras, y la superestructura conocida como economía financiera tiende a limar aristas para mantener los balances saneados. Nada de esto se le escapa a Putin, de nuevo más decidido que sus competidores-adversarios, que se ha apresurado a recordar que, si se imponen sanciones a Rusia, los perjuicios se extenderán a los sancionadores. Y no hay duda de que está en lo cierto, porque para la UE es imprescindible tener garantizado el suministro de gas en las condiciones de regularidad, eficacia y precio ahora vigentes, 6.000 empresas alemanas operan en Rusia y, cuando llega el verano, los turistas rusos son de los más dispendiosos, por citar solo algunos de los vínculos más conocidos entre las economías rusa y occidental. ¿Puede saltar por los aires esa trama de intereses a causa de Crimea?

El futuro divide a Ucrania

La paz fría que siguió a la euforia de Estados Unidos como única potencia global puede ser menos gélida de lo que los teóricos previeron. La concreción de China como la otra gran potencia del futuro inmediato y la pretensión del presidente de Rusia, Vladimir Putin, de restaurar el orgullo nacional y la influencia política de la que disfrutó en su día el Kremlin comunista conduce inexorablemente a una nueva forma de rivalidad entre los grandes del planeta, que en Ucrania se ha traducido en una crisis de identidad de consecuencias quizá continentales. Ucrania se enfrenta a los fantasmas de su historia, real o imaginaria, con la dramática radicalidad de los muertos en la plaza de la protesta y el choque de dos comunidades acaso irreconciliables, ambiente ideal para que medren cuantos creen que Ucrania bien vale un pulso.

La movilización del Ejército ruso en la vecindad ucraniana, el ballet diplomático representado por Europa y el perfil bajo mantenido hasta la fecha por el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, que deja la gestión del problema en manos europeas, no hacen más que subrayar las mil caras de un conflicto del que todo el mundo quiere salir con la cabeza alta. El presidente Putin, porque entiende que Ucrania es un asunto de Rusia, del patio trasero ruso, de la historia y la tradición de la Rusia ortodoxa e imperial, de su geopolítica, de aquella URSS presente en todas partes y de la legitimación de su papel de restaurador del orgullo patrio; Europa, porque se siente obligada a atender los requerimientos del occidente ucraniano, que fía su futuro en el manto protector y la relación con la UE; la Casa Blanca, porque supone que, sin una Ucrania sometida a sus designios, Putin será menos Putin.

Para que nadie pierda en el envite, la salida menos mala es aplicar los principios de la neutralidad política y estratégica al territorio en disputa, así como la URSS la exigió para Finlandia y Austria y las potencias occidentales la aceptaron al final de la segunda guerra mundial. La partición –un Occidente ucraniano vinculado a Europa y un oriente incorporado a Rusia–, posible, pero arriesgada, podría tener efectos desestabilizadores de larga duración. “¿Conflicto de valores? Menos que de pasiones nacionales y materialidades geopolíticas. El interrogante es: ¿qué Ucrania es la que sale de todo esto, y si son dos, cómo se reparten?”, se pregunta Miguel Ángel Bastenier en El País. El analista parte de una doble constatación: “El nacionalismo ruso vería como traición histórica la europeización exprés de sus hermanos ucranios, y, aun más, habida cuenta de que, según la versión oficial de Moscú que Washington desmiente, Mijail Gorbachov se plegó a la unificación de Alemania a condición de que la OTAN no se extendiera hacia el Este. Lo contrario de lo ocurrido. Y el otro nacionalismo, el ucraniano, no tiene tanto que ver con los llamados valores europeos”. Un cruce de caminos históricos demasiado enrevesado para depositar esperanzas en un desenlace sereno.

Cuando historiadores de la entidad de Tony Judt vaticinaron, mediados los años 90, que era bastante improbable que los antiguos estados comunistas se encuadraran en la UE (Una gran ilusión, 1996), se dejaron llevar por las inercias políticas procedentes del pacto entre las potencias que derrotaron a la Alemania nazi. Judt y otros dieron por seguro que una Europa verdaderamente unida era algo “demasiado improbable como para que insistir en ello no resulte insensato y engañoso”, pero la gran ampliación de la UE a principios del siglo XXI desmintió pronósticos seguramente apresurados. Al mismo tiempo, pocos ahondaron en la realidad cierta de que la heterogeneidad cultural de la URSS degeneraría en tensiones sociales crecientes en las repúblicas surgidas del gran imperio comunista. Y así es como hoy el choque de identidades en Ucrania se antoja un rompecabezas sobre el que se proyectan intereses y realidades enfrentadas.

Para Rusia, más allá de desencadenar emociones, el nombre de Ucrania es sinónimo de dos ingredientes igualmente importantes: los contratos de suministro de energía (gas), esenciales para una economía en quiebra como la ucraniana, y la base naval de Sebastopol, donde fondea la flota rusa del mar Negro. Ambos factores son igualmente útiles a Putin para presionar a los nuevos gobernantes de Kiev, pero allí donde los vínculos de sangre y las fidelidades de familia se ponen más de manifiesto es en Sebastopol, en la península de Crimea, tierra rusa regalada a Ucrania por Nikita Jruschov en 1954 y en la que, contra la política ficción de la novela La isla de Crimea, de Vasily Aksiomov, la población exige la integración en la madre patria, mientras en Kiev la calle clama por cortar amarras.

Nina L. Khrushcheva, profesora del World Policy Institute y descendiente de Jruschov, disculpa a su antepasado, nacido en Ucrania, por haber regalado la península: de hecho, fue solo un gesto porque siguió en el seno de la URSS, que todo lo englobaba. Al mismo tiempo, cita la novela de Aksiomov como uno de tantos vaticinios poco meditados, y llega a una conclusión mediante la cual da un salto de la geopolítica a la legitimación moral de Putin ante la opinión pública rusa para actuar con energía en apoyo de aquellos hermanos de idioma y cultura que sienten su identidad amenazada por una más que previsible Ucrania solo ucraniana. Frente a la retórica de la Europa unida exhibida por la task force encargada por Bruselas de ocuparse de la crisis, la emotividad en nombre de la solidaridad eslava tiene una capacidad de movilización que acaso fue enmascarada por los concentrados en la plaza de Maidan hasta la huida-caía del presidente Viktor Yanukóvich.

“Ucrania es un país dividido entre su pasado y su futuro”, ha escrito Ian Bremmer, presidente del Eurasia Group, en el semanario estadounidense Time. En el pasado, durante nada menos que tres siglos y medio, el destino de Rusia y de Ucrania fueron una misma cosa; incluso el desmoronamiento de la URSS y la fundación de un ectoplasma político conocido como Comunidad de Estados Independientes (CEI) contó con una activísima participación de los políticos ucranianos que en aquel momento (1991) se hicieron cargo de la situación, todos ellos rusófonos. En el futuro, como Bremmer subraya, Ucrania seguirá necesitando que fluya la energía desde Rusia, con tanta o más urgencia que los estados de Europa occidental. Y si las cosas son así, cabe formular dos preguntas:

– ¿Es viable una Ucrania desligada de Rusia y gobernada solo por los depositarios del capital político acumulado en la plaza de Maidan por una multitud hostil a Rusia?

– ¿Cabe pensar que el compromiso de la UE con las nuevas autoridades ucranianas será tal que ponga en riesgo el cumplimiento de los contratos suscritos con Rusia –con Gazprom– que garantizan el suministro?

Para Bremmer, “los líderes políticos y las instituciones europeas (…) están lejos de desear una confrontación con Rusia por un país cuya potencia es insuficiente para unirse a la UE”. ¿Significa que quienes aplaudieron a Yulia Timoshenko de regreso del cautiverio pueden comprobar más temprano que tarde que se quedaron sin apoyos importantes? ¿Significa que la capacidad de Putin para ocuparse de su patio trasero desborda la capacidad de respuesta europea? ¿Significa que, como sucedía durante la guerra fría, Ucrania es a todos los efectos territorio político ruso y, en última instancia, la realpolitik se impondrá a cualquier otra consideración? Significa, quizá, que es de aplicación una reflexión de Tony Judt: “La falta de confianza es claramente incompatible con el buen funcionamiento de una sociedad”. Y en la crisis de Ucrania, al menos en las apariencias, solo Putin confía en sí mismo.