Boris Johnson, un pato cojo

La figura del pato cojo (lame duck) forma parte de la cultura política de Estados Unidos: se refiere a la situación de debilidad política del presidente durante los dos últimos años de su segundo mandato, incluso de su falta de liderazgo en el seno de su partido. Al mismo tiempo, no es raro que el pato cojo se atreva a tomar decisiones que hasta entonces orilló a causa de los riesgos electorales que entrañaban y de los que se siente eximido porque no puede optar a un nuevo mandato. Nada de eso forma parte de los usos políticos británicos, pero el apoyo logrado por el primer ministro, Boris Johnson, en la moción de confianza votada por los diputados del Partido Conservador -211 a favor de su continuidad, 148 en contra- confiere al inquilino del 10 de Downing Street el perfil de un pato cojo, debilitado en extremo a causa de un resultado bastante peor al logrado por Theresa May en 2018 y que seis meses después de la votación la llevó a presentar la dimisión.

Si Winston Churchill osó decir en julio de 1945 que frente al número 10 se había detenido un taxi vacío con Clement Atlee, el líder laborista que le sustituyó al frente del Gobierno, de la llegada de Johnson al mismo domicilio después de la votación cabe decir que se apeó del coche oficial un primer ministro que precisa muletas para tenerse en pie. Por más que intente dar una visión optimista de lo sucedido en el cónclave conservador en la Cámara de los Comunes, lo cierto es que el partygate, el programa de fiestas en las que participó el premier en plena fase aguda de la pandemia, ha debilitado en grado extremo la figura de Johnson, urgido a renunciar al cargo por figuras importantes de su partido.

Resultan especialmente sangrantes algunas de las comparaciones hechas por los medios británicos una vez consumada la votación, en especial la publicada por el semanario The New Statesman, que establece un paralelismo entre Silvio Berlusconi y Boris Johnson al entender que este último, al igual que el exprimer ministro de Italia, ha sustituido “la acción por los actos de impulso”, una versión actualizada de la política espectáculo. En tal apreciación pesa como una losa la propensión de Johnson a la extravagancia, al coup de théâtre, una técnica en la que se ejercitó en sus días de alcalde de Londres, pero que entraña toda clase de riesgos en situaciones de una gravedad excepcional como las derivadas del brexit, de la pandemia, de la crisis a ella asociada y de las incertidumbres servidas por la guerra de Ucrania. Johnson es la antítesis del líder que inspira confianza cuando se ciernen sobre el futuro nubes de tormenta.

“Con el Partido Conservador en crisis, las empresas frustradas y la crisis del coste de vida, el tiempo no está del lado del primer ministro”, sostiene un analista del diario The Guardian. Puede añadirse que si el viento sopló a su favor cuando ganó las elecciones fue en gran medida por el muy deficiente liderazgo del Partido Laborista, donde las contradicciones de los euroescépticos, encabezados por Jeremy Corbyn, facilitaron la victoria del brexit en el referéndum y la de los tories en las legislativas de 2019, a las que el laborismo se personó vencido de antemano. Da la impresión de que en un entorno más convencional del que le ha llevado a encabezar el Gobierno, Johnson hubiese tenido menos opciones de vencer y más posibilidades de ser víctima del sarcasmo del establishment, que ahora parece haber perdido la paciencia con él.

El conservadurismo clásico reprocha al primer ministro que nadie en el Gobierno fuese capaz de indicarle que su posición era insostenible y que cosecharía un muy mal resultado al votarse la moción. Un veterano del Partido Conservador como William Hague utilizó las páginas de The Times para advertir de que Johnson carecía de recursos para superar el momento sin grave daño, y un editorialista del mismo periódico ha llegado a tachar al Gobierno de “equipo decepcionante, elegido por su lealtad”. Un equipo que a menudo parece instalado en una realidad virtual, un estado de ánimo que lo mismo vale para afrontar la victoria del Sinn Féin en el Ulster como si nada hubiese pasado que para perseverar de nuevo en la revisión de lo acordado con la Unión Europea que afecta al estatus económico de la provincia.

El rastro de los despropósitos acumulados por Boris Johnson podría inducir la creencia de que ha perdido la batalla de la opinión pública, pero sería exagerado suponer que, al mismo tiempo, la ha ganado Keir Starmer, líder del Partido Laborista. Puede que la reacción espontánea de algunos ciudadanos, recogida por diferentes medios, dé pie a pensar en lo primero –“el señor Johnson cree que estamos dispuestos a aguantar cualquier cosa”, dijo uno de los entrevistados en plena calle-, pero es sintomático que las referencias a Starmer en estos mismos medios hayan escaseado. Porque, finalmente, la erosión conservadora es tan cierta como que pervive en la opinión pública el recuerdo de la desorientación laborista en el largo periodo de tiempo transcurrido entre que David Cameron convocó el referéndum para la permanencia del Reino Unido en la UE y la victoria conservadora en 2019.

En cierta ocasión, Harold MacMillan sostuvo en público: “Es buena cosa que se rían. Es mejor que ser ignorado”. El problema de Boris Johnson es que si alguna vez hizo reír, y eso es muy posible, hace tiempo que dejó de hacerlo, y su gusto por lo insólito, por lo provocativo, por lo ajeno a la norma ha excedido con mucho el índice de tolerancia de sus conciudadanos, al menos de aquellos -no son pocos- que creen que algo profundamente perturbador alienta en la tendencia de Downing Street a transgredir normas elementales de obligado cumplimiento establecidas por el propio Gobierno. Ahí, más que ganas de reír, se adivina una dosis creciente de hartazgo que acaso haya puesto fecha de caducidad a la permanencia de Boris Johnson al mando de las operaciones.

Francia, una república desgastada

El desenlace de la elección presidencial en Francia del pasado domingo ha dejado al descubierto una vez más las costuras del sistema, progresivamente alejado el entramado institucional del contexto social, una disfunción no específica de Francia, sino de muchos otros países europeos, con características propias en cada caso. La Quinta República respondió en su nacimiento a la impronta personal de su fundador, el general Charles de Gaulle, que rescató a Francia del oprobio de Vichy, liquidó el empantanamiento político de la Cuarta República nacida después de la guerra, acordó la descolonización de Argelia y diseñó un régimen a la medida de sus necesidades y convicciones, un conservadurismo con inquietudes sociales. Pero aquella operación de renacimiento de Francia se consolidó en el seno de una sociedad que hace tiempo dejó de existir y hoy transmite permanentemente señales de agotamiento, de inadecuación a la realidad, cuya máxima expresión es el hundimiento de Los Republicanos (LR), herederos últimos del gaullismo, y del Partido Socialista (PS).

Son demasiadas las voces autorizadas que alertan de la erosión irreversible de la Quinta República y son asimismo muchos los que vaticinan que las legislativas del 12 y del 19 de junio pueden sellar la tumba de las dos grandes fuerzas políticas que se turnaron en el Gobierno durante medio siglo. El comportamiento del electorado en la jornada del domingo pasado, la abstención, los votos en blanco y el ascenso pasmoso de la extrema derecha son síntomas inequívocos de desgaste; la fractura entre los estados mayores de los partidos en el ocaso y los cargos electos locales de estos mismos partidos, también es sintomática. Nadie duda de que Emmanuel Macron, reelegido con más margen del previsto por las encuestas, mantendrá la tradición de que el partido ganador de las legislativas que siguen a las presidenciales es aquel que apoya al presidente, incluso se da por razonablemente seguro que renovará la mayoría absoluta, pero es más improbable que iguale el éxito de 2017 (350 diputados de 577).

La  constitucionalista Marie-Anne Cohendet señala que “cuando en democracia la mitad de la opinión pública vota por partidos antisistema o se abstiene, la Constitución merece ser revisada”. No es esta una opinión excepcional, minoritaria o fruto de un pesimismo infundado, sino que se trata de un análisis compartido por muchos. “El viejo país asustado” al que se aludió en la campaña de la presidencial de 2002 ha dado paso al país hastiado, enfadado con el establishment y que cree haberse instalado en una decadencia irremediable. Todo ello fruto de una mezcla de sensaciones no siempre acordes con la realidad, pero presentes en el estado emocional de muchos votantes. “A veces hay un abismo entre lo que ocurre realmente y el sentirse despreciados. Porque es esa la respuesta generalizada que escucho en la próspera Francia que, sin embargo, insiste en proyectar la imagen de estar en caída libre, absorta en su eterna malaise”, ha escrito Mirian Martínez-Bascuñán en El País.

Ese estado de ánimo colectivo ha hecho posible que el bipartidismo imperfecto del Estado gaullista haya evolucionado hacia un sistema triangular de partidos o, más exactamente, de corrientes de opinión de dimensiones parecidas: el liberal conservador, que gira entorno a La República en Marcha (LREM) de Emmanuel Macron; la nueva izquierda de La Francia Insumisa (LFI), promovida por Jean-Luc Mélenchon; y la extrema derecha del Reagrupamiento Nacional (RN), que encabeza Marine Le Pen. Ese es el mapa, que es forzoso completar con el arraigo local de los viejos partidos, con diputados en la Asamblea Nacional, alcaldes y consejeros regionales, y que en junio pueden obtener un resultado mejor al de abril al pesar bastante en el comportamiento de los votantes la cercanía de los candidatos. Un dato real aunque insuficiente para alterar sustancialmente el sistema triangular y que, en cambio, hace aconsejable que los partidos que precisan respiración asistida pacten candidaturas unitarias de supervivencia con sus adversarios ideológicamente más cercanos.

El caso es que esta posibilidad llena de lógica debe enfrentar no pocos obstáculos. Cargos electros de LR han instado a la dirección a llegar a un acuerdo con LREM, habida cuenta la proximidad programática de ambas formaciones, pero la dirigencia recela ante una operación que puede acabar en absorción. El expresidente François Hollande advierte de que el PS puede desaparecer si se asocia con LFI y desnaturaliza su mensaje, pero lo cierto es que Anne Hidalgo, alcaldesa de París y candidata socialista a la presidencia, obtuvo menos del 2% de los votos en la primera vuelta. Incluso la obstinación divisiva de Éric Zemmour resulta frustrante para la extrema derecha, aunque es improbable que el ego del polemista ultra dañe las expectativas de los candidatos lepenistas, que, por lo demás, afrontan un desafío francamente modesto: superar los ocho escaños obtenidos en 2017.

En esa transformación del espectro electoral y en las tensiones que genera en cada campo, el gran reto sobrevenido para los constitucionalistas y europeísta es activar un proyecto de futuro que contenga la progresión de la extrema derecha, que a lomos de la promesa identitaria ha pasado del 18% de Jean-Marie Le Pen en 2002 al 41,5% de su hija ahora. Los próximos cinco años se vislumbran decisivos para truncar la progresión de más de un punto por año del RN, para desactivar la inercia que lleva inexorablemente al desastre que sería para Francia y para Europa que quien suceda al presidente Macron sea una representante de esa derecha incontinente que crece sin parar con el santo y seña de exaltar la nación, desandar el camino de la globalización y regresar al proteccionismo, cerrar las fronteras y combatir al diferente, al extranjero, al ajeno a las esencias patrias, aunque tales cosas no sean más que una suma de tópicos y de historia ficción.

La reelección del presidente Macron admite un sinfín de conclusiones provisionales menos una muy extendida, pero también muy desgastada: cualquier candidato a ocupar El Eliseo que se enfrente a un representante de la extrema derecha tiene las de ganar. Si esto fue sociológicamente así hasta 2017, hoy ya no lo es, y dejar que progrese el desgaste de las convenciones de la Quinta República entraña el riesgo cierto de propiciar su deslegitimación ante una opinión pública cada vez más defraudada con los gobernantes. Es indudable que la interpretación del pacto republicano asociada a la historia de la Quinta Republicano ha caducado y que la erosión del pacto social no admite discusión. Nadie tiene hoy en Francia la influencia pública de la que disfrutaron los primeros presidentes del régimen diseñado por De Gaulle y, en consecuencia, es un requisito ineludible para reparar la fractura social, atenuar las desigualdades y neutralizar las proclamas de la extrema derecha que se concrete en hechos el doble principio de eficacia y reparación de daños, de sintonía con una sociedad que se siente desasistida.

 

Referéndum presidencial en Francia

La Europa democrática se tienta la ropa a la espera del desenlace de la segunda vuelta de la elección presidencial en Francia, incluso después de que las encuestas posteriores al debate de la noche del miércoles dieran una ventaja de entre 10 y 12 puntos a Emmanuel Macron sobre Marine Le Pen. Aunque se antoja muy improbable la victoria de la candidata de extrema derecha, portavoz de un populismo nacionalista y antieuropeo, la decepción de un electorado que ha fulminado el sistema tradicional de partidos de la Quinta República, por completo desprestigiado, justifica la incertidumbre y los temores hasta que el escrutinio proclame un vencedor o una vencedora. Un estado de intranquilidad emocional azora al establishment europeo, habida cuenta el efecto de contagio que podría tener en no pocos países de la Unión Europea el triunfo de Le Pen y la distorsión que provocaría en el consenso democrático de los Veintisiete.

Por eso está más que justificada la creencia de que la votación del domingo es en gran medida la celebración de varios referéndums en un uno: sobre el compromiso democrático, sobre el papel fundamental de Francia en Europa, sobre la respuesta europea a la guerra de Crimea, sobre el papel de la nueva izquierda, sobre la necesidad de sanear el pacto social y los resortes del Estado del bienestar, sobre, en suma, las reglas del juego que han pasado de generación en generación desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Está en juego cierta hegemonía de la cultura política que permite asimilar a la idea de Europa la de un espacio multicultural que comparte una serie de convenciones no divisivas. Pero también está en juego la imperiosa necesidad de revisar y corregir los desajustes derivados de la globalización, de los flujos migratorios, de la emergencia climática, del agravamiento de las desigualdades y de la sensación de que el futuro puede ser sustancialmente peor que el pasado inmediato.

“La reelección de Macron es un preliminar democrático indispensable”, dice el filósofo francés Michaël Foessel. Y esta síntesis necesariamente incompleta de lo que está en juego resume, al mismo tiempo, una verdad fundamental: del resultado dependen la continuidad del pacto republicano, consustancial a la tradición política francesa, y la solvencia de las instituciones. Foessel confiesa en el semanario progresista L’Obs que la historia le impide confundir neoliberalismo y nacionalismo, y que es “a quienes no disponen de esta memoria histórica a quienes es preciso convencer de la actualidad del No pasarán”.

Es ese un ejercicio de realismo. Basta fijarse en los datos para aquilatar las dimensiones de la progresión de la extrema derecha en las elecciones presidenciales de los últimos 20 años. En 2002, Jean-Marie Le Pen obtuvo el 18% de sufragios frente a Jacques Chirac, llevado en volandas por la movilización general que cerró el paso al candidato del Frente Nacional. En 2017, Marine Le Pen consiguió el 34% de los votos frente a Emmanuel Macron, lo que representó una ganancia neta de más de un punto por año con relación al resultado cosechado por su padre. En la cita de este domingo, la encuesta que le es más favorable adjudica a Macron el 56% de los votos o, lo que es lo mismo, da a la candidata del Reagrupamiento Nacional el 44%, una ganancia neta de dos puntos por año a partir de 2017. Con el factor añadido de que se ha consolidado el apoyo transversal a Marine Le Pen, con caladeros de votos en los barrios burgueses de las grandes ciudades, en las banlieues zarandeadas por la crisis, en la Francia alejada de los centros de decisión y en los entornos sociales donde la tensión migratoria es innegable. Dicho con otras palabras, hay un progreso constante y constatable de la oferta ultraderechista, capaz incluso de captar votos en el zurrón de la izquierda que optó por Jean-Luc Mélenchon o de dejar en casa a una parte de sus seguidores, poseídos por reparos insalvables para acudir a votar por Macron.

Como ha escrito Yves Thréard en Le Figaro, la política francesa ha pasado en medio siglo de dividir al electorado en apoyo de programas políticos manifiestamente diferenciados a gestionar el grado de rechazo de los candidatos. “El desamor, por no decir la detestación, que inspiran los responsables políticos hoy es tal que se vota sobre todo para levantar un muro de contención antes que por convicción”, sostiene Thréard. En la memoria colectiva de los electores más veteranos pervive el recuerdo de la altura política del debate de 1974, que ganó Valéry Giscard d’Estaing –“usted no tiene el monopolio del corazón”– a François Mitterrand y del de 1981, en el que se intercambiaron los papeles de vencedor y vencido; en la memoria del electorado más joven prevalecen las arremetidas desbocadas de Marine Le Pen en el debate de 2017, y la determinación de Emmanuel Macron en el del miércoles para poner en evidencia las contradicciones irresolubles del programa de su adversaria, abanderada de un nacionalismo radicalmente excluyente.

Quizá sea cierta la opinión de Jean Daniel, recordada en El País el último domingo: “Emmanuel Macron es un fenómeno inclasificable. Cada vez que nos hacemos una idea de él, nos equivocamos”. Acaso sea un político líquido que se adapta al envase sin mayores reparos y prejuicios, pero es, sin duda y al mismo tiempo, quien transmite la sensación de que es el depositario de la Francia indispensable para el progreso del proyecto político europeo frente a la trasnochada idea de la Europa de las naciones invocada por Le Pen (de las patrias, podía haber dicho). No hay en el discurso de Macron un engarce ideológico concreto, pero sí un compromiso democrático reseñable, sea en el plano interno o en el europeo. De ahí que resulte más incomprensible en orden a preservar los valores democráticos el cuidado que se ha dado Mélenchon en no pedir específicamente el voto para la reelección del presidente, porque una vez el sistema clásico de partidos ha saltado por los aires, y mientras no se consolide otro, la ambigüedad de la nueva izquierda no hace más que alimentar las expectativas de la extrema derecha a lomos del sectarismo, de la simplificación de los problemas y del aprovechamiento sin escrúpulos de las líneas de fractura que descoyuntan la cohesión social. Como dijo el politólogo Maurice Duverger durante la campaña de unas elecciones europeas, la degeneración del sistema siempre es posible.

 

Ucrania cambia el ciclo en Europa

Doblado el cabo del primer mes de guerra en Ucrania, las dos únicas certidumbres son que la cohesión de los aliados occidentales sigue incólume y la determinación de Vladimir Putin de no detener la invasión hasta alcanzar sus objetivos no presenta grietas o al menos estas no son visibles. La otra certidumbre derivada de la guerra, no sobre su desarrollo, es que el statu quo heredado del final de la Segunda Guerra Mundial, varias veces parcheado y puesto al día, sufre daños irreparables y cualquiera que sea el desenlace de la crisis, será preciso poner en pie otro de nueva planta que atienda al multilateralismo o multipolaridad, puede que menos estable, pero más acorde con la herencia que dejará la batalla.

Es patente la sensación de final de ciclo en Europa, con repercusión directa en todo el mundo, con China expectante ante un futuro que necesita razonablemente previsible para no dañar sus negocios. Es igualmente manifiesta y urgente la necesidad de Europa de garantizar su independencia energética o, por lo menos, de borrar la imagen de una dependencia sumamente debilitadora de su capacidad para actuar liberada de servidumbres como la del suministro de gas ruso. Y queda por ver si la globalización supera la prueba de resistencia a la que está siendo sometida desde que Vladimir Putin dio la orden de ataque.

La invasión rusa ha cambiado todas las reglas del juego; la agresión a un Estado soberano es un casus belli de libro –lo fue, por ejemplo, la ocupación iraquí de Kuwait en 1990–, pero el escudo nuclear ruso y la inconcreción de China hacen imposible una reacción coordinada de la comunidad internacional para restablecer el orden dañado. Al mismo tiempo, es una incógnita indescifrable saber cuál es de verdad la relación de fuerzas dentro de las murallas del Kremlin, hasta qué punto los intereses de los oligarcas obligan a estos a seguir a Putin como la nobleza seguía al zar y los apparatchik, al secretario general del PCUS, y cuál es el estado de ánimo del generalato –el gran mudo– un mes después de desencadenar la carnicería (lo único cierto es que el ministro de Defensa de Rusia, Serguéi Shoigu, y el jefe del Estado Mayor, Valeri Guerásimov, brillan por su larga ausencia de los focos).

Son tantas las incógnitas que el politólogo canadiense Michael Ignatieff cree que los aliados occidentales deben fijar sus propios objetivos, aunque tal cosa implique “caminar por una delgada línea entre la desgracia de una acción insuficiente y el riesgo de una arrogancia estratégica”. “Pero la estrategia de Occidente no puede construirse sobre qué no hacer –escribe Ignatieff–. La OTAN y sus aliados deben definir un objetivo positivo”. Algo que choca o, por lo menos, está condicionado por el recuerdo que el presidente Joe Biden conserva de las dos semiderrotas de los últimos veinte años. “En Estados Unidos, los síndromes de Irak y de Afganstán no se han disipado”, sostiene Alain Frachon en Le Monde. El temor a incurrir en “arrogancia estratégica” pesa más que la necesidad de dar con las medidas apropiadas para contener a Rusia y neutralizar los riesgos de la escalada en la que se ha instalado Putin.

La teoría de la contención del adversario –la Unión Soviética–, desarrollada por el diplomático estadounidense George F. Kennan y mil veces retocada durante la guerra fría, dio paso al hundimiento de la URSS a una exaltación sin matices de la globalización. El comercio mundial debía fluir al margen de la política en beneficio de todo el mundo, cuenta Tom McTague en The Atlantic, debía traducirse en una asociación ideal de intereses, una especie de utopía posmoderna que llevó a Alemania y otros países a atender sus necesidades energéticas mediante contratos de suministros con Rusia, la construcción de gasoductos y la consolidación de una dependencia que nadie quiso prever. De lo que deduce el articulista que detrás de la unidad occidental asoman contradicciones de difícil resolución, porque para Estados Unidos no tiene coste efectivo alguno prescindir del gas ruso, pero para muchos estados europeos significa poco menos que un cambio de paradigma.

En estas condiciones, definir “un objetivo positivo”, como reclama Ignatieff, resulta más que complicado. Lo es, desde luego, el propósito de defender Ucrania, su derecho a no ser un Estado vasallo, pero es este también un objetivo genérico, un desenlace ideal de la crisis que seguramente no se hará efectivo en los términos planteados por los aliados occidentales. El problema es que ir más allá, con exigencias inasumibles para Europa en el corto y medio plazo, entraña el riesgo de que aparezcan líneas de factura que, aunque queden desdibujadas por las declaraciones oficiales, debilitarán la respuesta occidental. Sobre todo si es preciso, como se antoja probable, que se llegue a la paradójica situación de que, para evitar males mayores, los responsables del despliegue militar de la OTAN en el frente oriental deban comunicarse con sus iguales del lado ruso si la arremetida del Ejército de Putin se acerca peligrosamente a la frontera occidental de Ucrania. No descarta tal cosa Sarah Bidgood, directora del Eurasia Nonproliferation Program.

Todo lo cual contribuye a esa sensación de final de ciclo, a alimentar todos los días más dudas sobre qué deparará un futuro cada día más imprevisible. En cierta forma, los hechos han dado una vez más la razón a Sandro Pertini, que en cierta ocasión dijo: “A veces en la vida hay que saber luchar no sólo sin miedo, sino también sin esperanza”. El veterano político italiano no se refirió a una situación en concreto, sino al état d’esprit que con tanta frecuencia se adueña de litigios en los que la victoria es imposible y la derrota, inasumible. Así sucede en Ucrania, sumida en la desolación.

 

Un conflicto existencial

Pareciera que las últimas señales emitidas acerca de un posible pacto no son otra cosa que una maniobra de distracción de Rusia, otra más, porque no hay el menor atisbo o señal de que Vladimir Putin considere siquiera la posibilidad de detener la guerra. Antes al contrario, persevera en torturar a las ciudades y en reclutar mercenarios aquí y allá para encubrir –otra maniobra de distracción– el ostentoso fracaso militar de haberse atascado en una guerra en la que su Ejército es infinitamente superior al ucraniano. No hay analista militar, excepción hecha de los que hablan en nombre del Kremlin, que no llegue a la conclusión de que todos los supuestos a partir de los cuales el presidente de Rusia dio la orden de ataque se han revelado erróneos y han contribuido a encarnizar la lucha, a acrecentar su crueldad intrínseca, a martirizar a una población sin mayor capacidad de resistencia que su heroísmo desgarrado.

De ahí que algunas actitudes acomodaticias y vicarias, como la del patriarca de Moscú, Kiril, resulten especialmente inmundas. Porque aunque es sabido que la jerarquía de la iglesia ortodoxa rusa es más proclive a acomodarse al Kremlin que a atenerse a los evangelios, no deja de sorprender que se prodigue en justificar lo injustificable, convertida en valedora del nacionalismo más descarnado y agresivo. Es imposible dar con un resorte diferente a la naturaleza nacional de la iglesia de Kiril, miembro prominente desde el púlpito de la propaganda y las campañas de intoxicación dirigidas a la opinión pública rusa.

Si tal proceder forma parte de la vertiente híbrida de la guerra en curso o es otra cosa importa menos que el hecho en sí. Porque en el caso del patriarca, como en de los medios de comunicación sometidos a control estricto del Gobierno ruso, la responsabilidad de crear un estado de opinión favorable a la invasión es mucho mayor que el alineamiento manifiestamente interesado de los oligarcas, enriquecidos a la sombra de los muros del Kremlin. Se da por descontada la inmoralidad reiterada de los segundos, con sus negocios y fortuna opacos, y resulta sorprendente en el caso del primero por la naturaleza de su cargo.

“El mundo está entrando en una nueva y peligrosa fase de conflicto existencial”, sostiene Mark Leonard, director del European Council on Foreign Relations, y es muy posible que tal conflicto se agrave si, como resultado del desarrollo y desenlace de la guerra en curso, algunas certidumbres morales salen muy dañadas. Como tantas otras veces, la distinción entre víctimas y verdugos no ofrece dudas y moviliza a una opinión pública conmovida por la tragedia, pero si las componendas al día siguiente del final de la batalla sobrepasan el índice de tolerancia social o si la guerra se enquista en forma de conflicto crónico, cabe temer que crezca de nuevo con vigor inusitado la desconfianza hacia los gestores públicos. Por decirlo de la forma más llana posible, una posguerra de paños calientes o una guerra sin fecha de caducidad pueden activar el salto del conflicto existencial al escepticismo generalizado.

El centenario Edgar Morin ve en las sociedades europeas de hoy “un sonambulismo generalizado” parecido al que se apoderó de ellas en el periodo 1933-1940, un fenómeno que hace creer a los sonámbulos que todo puede seguir más o menos como antes de la guerra –como antes del ascenso al poder del nazismo en 1933–, cuando lo más verosímil es que todo sea diferente, que se configure un espacio de coexistencia más que de convivencia, expuesto a tensiones y desencuentros periódicos, salvo que algo suceda en Rusia que cambie la naturaleza del poder instalado en el Kremlin. Casi ochenta años después, un párrafo del editorial del primer número del diario Le Monde, escrito por su fundador, Hubert Beuve-Méry, conserva una insólita vigencia: “Nuestra época no es de esas en las que uno se pueda contentar con observar y describir. Los pueblos se ven arrastrados por un raudal de acontecimientos tumultuosos y trágicos de los que todo hombre, lo quiera o no, es actor a la vez que espectador”.

Bien es verdad que los compromisos públicos adquiridos por la OTAN y la Unión Europea, por Estados Unidos y sus aliados, son bastante diferentes de la absurda credulidad que guió los pasos de Neville Chamberlain y Édouard Daladier hacia el acuerdo de Múnich, pero es también cierto que los engranajes de la economía global son los que son, con un entramado de intereses cruzados, complicidades y contradicciones difícilmente superables. La prueba del nueve de cómo están las cosas es la adecuación sin decirlo de China a los cinco puntos para la coexistencia pacífica redactados por Zhou Enlai en 1953 para atenuar la tensión con la India, que incluyen la “no interferencia en asuntos internos de otros países”: de momento, Xi Jinping entiende que Ucrania forma parte de los asuntos internos rusos y se limita a no interferir (se abstiene cuando en las Naciones Unidas se votan las resoluciones más hirientes para Rusia).

Si China actúa así y aplica con denuedo “la igualdad y beneficio mutuos”, otro de los cinco puntos, es a causa de su necesidad de mantener la puerta abierta en todos los mercados occidentales y, al mismo tiempo, conservar a Rusia como “socio estratégico” después del acuerdo Xi-Putin del 4 de febrero en el que algo debió hablarse del propósito ruso de invadir Ucrania. Puede parecer la cuadratura del círculo activar sin daños este doble frente, pero quizá tal malabarismo forme parte de la economía global, de la dependencia europea en determinados sectores –energético, agrario, nuevas tecnologías–, de igual forma a como Alemania se rearma y, al mismo tiempo, sigue recibiendo gas ruso por el gasoducto Nord Stream 1 y pagándolo, lo que no deja de ser un balón de oxígeno para Putin.

Quizá el comportamiento chino sea una forma posmoderna de adecuación al momento, aunque con mimbres antiguos, y la del patriarca Kiril sea una modalidad muy antigua de justificar la sangría en nombre de Dios –“fuerzas del mal” llama a los combatientes ucranianos”–, aunque con los instrumentos que proporciona la abundancia de medios para envenenar la opinión pública. Y quizá los europeos debamos encarar el conflicto existencial que plantea la guerra como un seguro cambio radical en el futuro vislumbrado a la salida de la pandemia, mellado lo venidero por un presente sumido en la penumbra, con toda seguridad menos confortable.

Lo peor está por llegar

Cualquier previsión de daños y consecuencias a escala internacional hecha antes del inicio de la invasión de Ucrania, ha quedado superada por las dimensiones de la guerra. Es bastante dudoso que el presidente Vladimir Putin previera que el desarrollo de los combates sería el que está siendo, aunque él sostenga en público, para consumo interno, que todo progresa según lo esperado. Es asimismo improbable que antes de que sonara el primer disparo alguien en su sano juicio creyera que el Kremlin agitaría el espantajo del arma nuclear. No hay duda tampoco de que ni los europeístas más entregados podían estimar posible el reflejo unitario de la Unión Europea a la hora de responder a Putin; la determinación de la OTAN de activar planes específicos dentro de su territorio. Lo único seguro y cierto antes de la guerra era que los daños económicos iban a ser cuantiosos y seguramente de larga duración cuando parecía que la recuperación económica enfilaba el sendero de los buenas noticias.

El periodista ucraniano Dmitri Gordon declaró a la emisora Eco de Moscú, clausurada el martes por el Gobierno ruso, que Putin “nunca ha entendido nada”, que creía segura una rápida claudicación de su país frente a la aplastante superioridad del Ejército ruso. Una apreciación que lleva a Laure Mandeville, una analista del diario francés Le Figaro a concluir que, por de pronto, el presidente ruso “se encuentra sumergido en un desastre estratégico, político y personal que él mismo ha orquestado”. Se encuentra en un cul-de-sac, según la misma autora, y se ve obligado a prolongar la guerra, a salirse de su zona de confort  y aceptar la conversión de Rusia en un Estado paria que ni siquiera logró en la Asamblea General de la ONU que China y Venezuela votarán en contra de la resolución aprobada.

Sea o no cierto este cul-de-sac, le quedan a Putin recursos para acelerar la progresión de sus soldados, pero es indudable que se ha visto sorprendido por la marcha de la guerra, los efectos inmediatos de las sanciones y la posibilidad de que sea cierta una encuesta realizada en condiciones por lo menos azarosas, según la cual solo el 34% de los rusos apoyan el ataque. En realidad, poco importan esos datos a una estructura de poder con objetivos genuinamente imperiales, de acuerdo con la herencia recibida de la tradición zarista, que diseñó un plan que excluyó desde el principio la posibilidad de un desenlace negociado de la crisis. Importan, esos sí, los riesgos inherentes a una escalada que entraña más peligros a cada día que pasa.

Por eso es tan importante la reactivada unión de los europeos frente a un futuro imprevisible y seguramente muy costoso en términos humanos y materiales. Lleva razón Caroline de Gruyter cuando en un artículo publicado en The Guardian afirma: “Esta guerra refuerza, con un sobresalto, la propia razón de ser de la UE como proyecto de paz. Después del 24 de febrero, nadie podrá volver a decir que el credo fundacional de la UE, Nunca más, está obsoleto y que la UE necesita una nueva narrativa para ayudar a las generaciones más jóvenes, que no recuerdan la guerra, a relacionarse con la integración europea”. Ese Nunca más que alumbró el Tratado de Roma (1958) hacía y hace referencia a la hecatombe de la Segunda Guerra Mundial, que dejó Europa en ruinas. Por eso no es posible hacer a Putin más concesiones de las que aconsejan las leyes del equilibrio del terror: la destrucción mutua asegurada sigue ahí, a ambos lados de la divisoria, como una amenaza para toda la humanidad.

Si mucho de lo que puede suceder en las próximas semanas y meses “dependerá del precio que Occidente esté dispuesto a pagar para contener a Rusia”, como afirma el profesor del IESE Xavier Vives, la unidad europea será un factor fundamental, quizá con algunos costes inducidos por los países más reacios a ceñirse al marco de referencia de los socios anteriores a la gran ampliación hacia el este, que ahora desempeñan un papel fundamental en la acogida de refugiados y acaso mañana reclamen a los demás socios de la UE que sean menos exigentes con ellos. El clima político en Europa ha cambiado para un largo periodo de incertidumbres y reajustes que, sean cuales sean los términos en los que acabe la guerra, condenan a los adversarios a una nueva guerra fría, con reglas nuevas y una acusada tendencia a la inestabilidad.

Es imposible suturar la herida son las reglas anteriores al 24 de febrero, recoser la tela rasgada como si tal cosa. Ni siquiera la desaprobación de parte de las élites rusas a desencadenar un ataque puede suavizar el perfil básico de la nomenklatura asentada en el Kremlin, con el respaldo momentáneo de los oligarcas, una camarilla de multimillonarios que han amasado enormes fortunas en un espacio de tiempo insólitamente corto. Lo que se vislumbra en el horizonte son relaciones basadas en la desconfianza, incluso si es cierta la hipótesis que baraja Nigel Gould-Davies, del Instituto Internacional de Estadios Estratégicos, en el diario digital Moscow Times: “La invasión se perfila como un gran error estratégico. A medida que se acentúa la resistencia de Ucrania, el aislamiento internacional de Rusia y el aislamiento de Putin dentro de Rusia, el Kremlin de repente se encuentra mucho más débil en todos los frentes políticos”. Pero tal aislamiento, de existir, está lejos, de momento, de afectar a la capacidad del presidente para imponer su criterio a todas las instancias de poder.

En la división clásica entre guerras de necesidad y guerras de elección, la de Ucrania debe encasillarse en esta última categoría. Vladimir Putin nunca consideró la posibilidad de ajustar Ucrania a sus designios por una vía no cruenta y ahora no le queda más opción que apuntarse una victoria total. No le importa el precio a pagar, solo le importa alcanzar el objetivo que se ha fijado: ocupar Ucrania y ponerla al servicio de su estrategia de seguridad. Que tal estrategia tenga futuro depende en igual medida de la reacción unitaria de Occidente y del daño que infrinja a los intereses de los oligarcas y a la vida cotidiana de los ciudadanos rusos, sumergidos en un baño permanente de desinformación. De momento, como ha dicho Emmanuel Macron, lo peor está por llegar.

 

Putin cogió su fusil

El presidente de Rusia, Vladimir Putin, ha optado por la estrategia del gran garrote para rescatar del baúl de la historia el papel desempeñado por la Unión Soviética desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta mitad de los años 80 del siglo pasado. Es esta una operación cargada de riesgos, que modifica por completo el statu quo heredado de la guerra fría y que abre una gran incógnita: ¿entra Europa en un periodo de inestabilidad sistémica o se configura una nueva guerra fría con reglas diferentes a la anterior, como ha escrito el editorialista de The New York Times? Es demasiado pronto para aventurar una respuesta, hay que ver cómo afectan a la economía rusa las sanciones aprobadas por Estados Unidos, la Unión Europea, Canadá y otros aliados occidentales, a las que quizá se añadan algunas más en los próximos días o semanas si el panorama es aún más sombrío de lo que ya lo es ahora.

De lo que no hay duda es de que las reglas del juego han cambiado y nada será en el futuro como hasta ayer. Putin ha reescrito de golpe los códigos de conducta en su relación con la Unión Europea, cuya existencia le molesta en grado sumo –no deja de sembrar cizaña en su seno–, y con la OTAN, cuya ampliación en dirección este es la justificación final para la escalada en curso y la invasión de Ucrania a sangre y fuego. Y con ser esto importante, no lo es menos la posibilidad de que China siga en Taiwan los pasos de Rusia en Ucrania a poco que los aliados occidentales den muestras de debilidad, lo que sería tanto como limitar en gran medida la capacidad de Estados Unidos de influir en la cuenca del Pacífico. “La voluntad compartida por rusos y chinos de revisar el orden existente se ha transformado en una convergencia ideológica”, ha escrito en Le Monde el sinólogo Laurent Malvezin.

En el seno de los gabinetes de crisis de los aliados de la OTAN tienen sentido una vez más las apreciaciones de Henry Kissinger en el ensayo Orden mundial acerca del comportamiento de Rusia frente a sus vecinos del oeste por “un cuestionamiento implícito al tradicional concepto europeo de orden internacional, basado en el equilibrio y la restricción”. Si el poder de la razón y la lógica forma parte de la herencia cultural europea, que se remonta a la Ilustración, los datos históricos demuestran a ojos de Kissinger que el binomio razón-lógica ha contribuido con mucha frecuencia a desgarrar Europa. Si hoy la razón y la lógica llevaban a suponer que Putin no iba a coger el fusil, pero finalmente lo ha cogido, acaso haya que dar la razón a Kissinger cuando reclama “una especie de intuición” para gestionar la realidad de un mundo extremadamente complejo.

Dentro de tal complejidad, el analista David Ignatius comparte en The Washington Post una impresión compartida por una opinión pública en plena crisis de ansiedad: “El ataque de Putin despierta los fantasmas de la guerra que han atenazado Europa durante siglos”. Pero, al mismo tiempo, subraya la soledad que lleva a los agredidos a la derrota: “Decenas de naciones han condenado la invasión. Pero el hecho desgarrador es que Ucrania está luchando sola contra Putin”. O lo que es lo mismo, la implicación en la crisis de cuatro potencias nucleares –Estados Unidos, Rusia, el Reino Unido y Francia– ha dejado las manos libres al Ejército ruso para llegar hasta Kiev; el poder disuasorio de los arsenales nucleares ha disuadido a los potenciales aliados de Ucrania a acudir en su ayuda, persuadidos de que una escalada sin freno es inasumible.

Ese dato insoslayable es evidente en el discurso de Putin para justificar el ataque, en el del presidente Joe Biden para condenarlo y en el de todos los gobernantes europeos. Toda comparación con el pasado es fundamentalmente inconsistente porque nunca antes se dio en el solar europeo un choque de intereses con los arsenales en disposición de asegurar la destrucción mutua, un concepto asociado a este otro: el equilibrio del terror. La idea de la paz armada –principios del siglo XX– mutó en coexistencia pacífica forzosa cuando las superpotencias llevaron el paroxismo bélico al borde del abismo (la crisis de los misiles cubanos, octubre de 1962).

Por lo demás, las guerras híbridas pueden causar tanto daño o más del provocado en el pasado por las divisiones acorazadas. Basta imaginar cuál sería el daño causado a la economía rusa si en una tercera tanda de sanciones decidiese la Unión Europea sacar a Rusia del sistema Swift de transacciones financieras. De momento, Alemania se opone a tomar tal medida, pero en ningún lugar está escrito que sea esta una posición inamovible, de tal manera que ahí está la posibilidad de aislar por completo una economía extremadamente vulnerable, poco diversificada, que se traduce en un PIB a medio camino entre el de España y el de Italia. No digamos si a esto se suma la guerra cibernética, que Rusia practica con desparpajo desde hace años y que puede paralizar el funcionamiento ordinario de un Estado.

Lo más realista es decir que esto no ha hecho más que empezar, que no hay forma de prever la profundidad de los cambios derivados de la invasión de Ucrania. No porque la suerte de la guerra no esté decidida, que lo está, sino porque ha saltado por los aires el diseño de la seguridad en Europa, cambiará por completo la relación de Occidente con Rusia, está por desvelar cuál será la vinculación de China con la estrategia de Putin y lo está también saber cuál será el impacto de las sanciones en la vida cotidiana de los rusos, de cuya capacidad de resistencia y adaptación a las privaciones nadie puede dudar (léase el libro Cinco inviernos, de Olga Merino).

Eso último es asimismo aplicable a la sociedad ucraniana. Cuando Pilar Bonet definió en El País a Ucrania como “una sociedad bipolar” –la influencia rusa en el este, la europea en el oeste–, añadió algo sustantivo: ambas experimentaron la represión soviética. Lo que hoy, en plena guerra, es tanto como decir que la derrota de las armas ucranianas en el campo de batalla está asegurada, pero la capacidad de resistencia y hostigamiento de los vencidos nadie lo conoce. Y ese dato, sea cual sea su dimensión real, también contará en el futuro tanto como este otro: la determinación de la OTAN para que Putin desista de acosar a las repúblicas bálticas, miembros de la Alianza, protegidas, por lo tanto, por el artículo 5 de la Carta Atlántica: el ataque a un socio de la OTAN es un ataque a toda la organización. El futuro ha quedado envuelto en una niebla venenosa.

 

Portugal reprueba el oportunismo

El resultado de las elecciones legislativas celebradas el pasado domingo en Portugal contiene una inestimable lección para cuantos se entregan al oportunismo político. La mayoría absoluta obtenida por el Partido Socialista (PS) y el descalabro de las otras dos patas de la geringonça –el Bloque de Izquierdas y el Partido Comunista–, la mayoría parlamentaria armada por el primer ministro António Costa para gobernar desde 2015 hasta finales de 2021, demuestra que el cuerpo electoral, ante juegos de manos indescifrables, cuando no indefendibles, opta por la estabilidad, la eficacia en la gestión y la claridad de ideas. Creyeron el Bloque y los comunistas que la no aprobación del presupuesto y la consiguiente caída del Gobierno les ponía en franquicia una mayor influencia, acaso les permitiría forzar un Ejecutivo de coalición después de las elecciones; lo que sucedió en la práctica fue que gran parte de su electorado se fue en busca de la seguridad y la continuidad y votó a los candidatos socialistas. He aquí la lección.

En tiempos inciertos como los de la pandemia y la reconstrucción de economías muy dañadas por la hibernación forzosa de 2020, los comportamientos aventurados suelen estrellarse en el muro de la realidad. Que un Gobierno enfrentado al desafío de gestionar la pandemia y atender necesidades perentorias salga de las urnas con mayoría absoluta debería alertar a los prestidigitadores de la charcutería política. Es tan infrecuente en el paisaje europeo que un partido obtenga la mayoría absoluta después de someterse al desgaste que supone gobernar en condiciones excepcionalmente complejas, que el éxito de Costa resulta especialmente relevante.

No es menos significativo que los sondeos, que llegaron a otorgar la victoria al Partido Social Demócrata (PSD), conservador, equivocaran estrepitosamente los vaticinios. Los cálculos se hicieron en la creencia de una distribución más o menos equilibrada de los votantes indecisos, pero estos, en última instancia, no hicieron más que buscar cobijo en las garantías exhibidas por el Gobierno saliente y rechazaron las razones manejadas por los aliados del PS para descarrilar el proyecto de presupuesto para 2022. Como ha explicado en Dário de Notícias el especialista en demoscopia Almeida Ribeiro, “los sondeos nos dicen con certidumbre razonable cuál es la intención del 90% de los electores, pero no nos dicen con el mismo grado de certidumbre la intención del 10% de votantes que llamamos normalmente indecisos”. Un margen de error acrecentado en el caso de las legislativas portuguesas por el aumento de la participación y la erosión del voto conservador, una parte del cual se decantó por Chega, la extrema derecha encabezada por André Ventura.

Así sucede que mientras un editorialista del periódico lisboeta Público se pregunta “hacia dónde va António Costa”, un interrogante retórico, la reacción de los votantes parece responder en primera instancia a la sensación de disenso sin fundamento dejado por los aliados hasta entonces del primer ministro. O lo que quizá haya sido aún peor para el Bloque y los comunistas: transmitieron la impresión de que la decisión de no apoyar el presupuesto fue un movimiento oportunista, sin razones de peso para poner la geringonça patas arriba.

Durante un curso de verano, finales de los años 90, Mário Soares explicó que cuando los electores no aciertan a comprender a qué obedece el comportamiento de un dirigente político, este acaba siendo víctima de su falta de claridad o de un exceso de osadía. El propio Soares pasó por alguna experiencia de este tipo, pero el fenómeno no se circunscribe a Portugal, a los usos y costumbres de un sistema con dos grandes partidos y un pelotón de pequeños aspirantes a ser aliados de los dos grandes. Es lo que con alguna frecuencia se ha llamado bipartidismo imperfecto, que es capaz de procurar episodios de estabilidad emocional cuando uno de los dos grandes logra la mayoría absoluta con la holgura que lo ha hecho Costa (ganó en 19 de las 20 circunscripciones).

El presidente Marcelo Rebelo de Sousa, un conservador con gancho y buen olfato político, entendió que, efectivamente, quienes iban a pagar por el atrevimiento de tumbar un Gobierno notablemente popular serían quienes no quisieron apoyar el presupuesto. De forma que coligió que cuanto menor fuese el tiempo empleado en la interinidad de un proceso electoral, más pronto se encauzaría aquello que en Portugal y en todas partes importa por encima de cualquier otra consideración: salir del periodo de excepción provocado por la pandemia con el menor parte de daños posible. Así lo entendió también el centro político y el universo económico, que apenas se movilizó para que Rui Rio, el líder del PSD, pudiera presumir de ser su candidato.

El filósofo alemán Peter Sloterdijk sostiene que los europeos se han refugiado en el privatism, la prioridad de la vida privada. Puede decirse que son muchos los que han renunciado a ser actores políticos más allá del vínculo periódico con el sistema a través de las elecciones, convencidos de que prevalece “la democracia sin el pueblo” –título de un ensayo de Maurice Duverger– y no hay forma de modificar el rumbo de los acontecimientos. Visto lo sucedido en Portugal, parece que las cosas no tienen por qué ser siempre así y de hecho no lo son: la reacción de los votantes ha corregido a una parte de las élites, empeñadas en adentrarse en territorios que tienen poco o nada que ver con la percepción de la calle acerca de la naturaleza de lo que sucede en cada momento.

 

Mar embravecido en Ucrania

Llegada la crisis de Ucrania al territorio de los aspavientos en público, podría ser sumamente revelador conocer cómo se desarrollan los acontecimientos bajo la superficie de un mar encrespado. Se llame a esto diplomacia secreta o labor de inteligencia, o ambas cosas al mismo tiempo, importa saber siempre quiénes mueven los hilos para lograr un desenlace no traumático en una crisis que reúne todos los ingredientes de la exasperación. Tal estado de ánimo es detectable en el campo euroatlántico y en el ruso más allá de la propaganda y de la versión oficial que suministran los portavoces del Kremlin y de la Casa Blanca. En su empeño por transmitir una determinación ilimitada, tales voceros contribuyen a alterar el pulso a opiniones públicas más inclinadas a temer lo peor que a confiar en que, en última instancia, se imponga la razón.

Los precedentes de acuerdos logrados entre bambalinas son demasiado abundantes como para descartar que esta vez, vencido el plazo de la retórica apocalíptica, sea posible una salida honorable y defendible por todas las partes, aunque cada una se presente como vencedora de la crisis para consumo interno. Los perjuicios asociados a una salida no equilibrada resultan demasiado evidentes y predecibles; los factores de vulnerabilidad de unos y otros ahí están, con la repercusión económica negativa en primer plano de las predicciones. Porque la Unión Europea y Estados Unidos ya han amenazado a Rusia con sanciones de un alcance desconocido hasta la fecha si desencadena alguna forma de ataque o injerencia en la política interna ucraniana y porque, sin duda alguna, un corte del suministro de gas ruso a Europa, incluso siendo remediable mediante el recurso a nuevos proveedores, dispararía los precios de la energía y, en cascada, de casi todo, y la recuperación prevista para 2022 quedaría tan hipotecada como poner coto a la inflación.

En un largo comentario firmado por Tom McTague en el mensual progresista estadounidense The Atlantic, se subrayan las contradicciones que debe afrontar el bloque occidental, englobado en la OTAN, tanto desde la perspectiva europea como desde el punto de vista de Estados Unidos. Defiende McTague que las tres grandes potencias europeas –el Reino Unido, Alemania y Francia– afrontan la crisis desde posiciones y objetivos no coincidentes. Al mismo tiempo, el presidente Joe Biden quiere proyectar una imagen de fuerza, pero es consciente de que el premio inherente al desenlace de la crisis puede ser para Rusia acabar o por lo menos reducir el papel determinante desempeñado en Europa por Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial.

De acuerdo con el análisis de McTague, Boris Johnson quiere aprovechar el momento para reforzar el papel británico en el seno de la OTAN; para el premier, “lo más importante en la política mundial es el zeitgeist, sean o no sólidas las ideas que lo sustentan”. Alemania se empeña en mantener un perfil relativamente bajo para preservar sus vínculos económicos con Rusia a pesar de ser de largo la primera potencia europea. Y Francia intenta conservar su status de medidora indispensable a través de la pervivencia del Cuarteto de Normandia –Francia, Alemania, Ucrania y Rusia–, cuyo mayor logro fue establecer un alto el fuego en el Donbáss, aunque luego se impuso la realidad en el campo de batalla y hoy suman más de 14.000 los muertos habidos en una guerra inconclusa.

“La ironía es que cada posición adoptada por los tres grandes de Europa socava a los otros dos. Estados Unidos sigue siendo el señor paternal de Europa, al igual que lo fue cuando los Balcanes se derrumbaron a principios de la década de 1990, solo que esta vez es un protector envejecido y algo más desaliñado, con enemigos que parecen más fuertes de lo que eran. El resultado, en otras palabras, es la inmovilidad, que, si se es cínico, conviene a todos en Europa: Estados Unidos sigue pagando y no hay que enfrentarse a decisiones difíciles”, escribe McTague. Claro que este esquema de trabajo no es para toda la vida: si Donald Trump regresa a la Casa Blanca en 2025, volverán los reproches de Washington a los europeos, poco dados a incrementar las partidas destinadas a defensa.

Al final, es de aplicación a la atmósfera europea, por encima de las declaraciones de unidad que prodigan las cancillerías, la primera frase de la novela Ana Karenina: “Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera”. La ausencia de desavenencias públicas no puede soslayar esa realidad: en cada capital influyente hay un fondo de insatisfacción, de infelicidad por cómo se gestiona la crisis, por el daño potencial que puede hacer mella en sus intereses inmediatos. Cierto es que la cohesión europea se ha conseguido asentar de una forma razonablemente segura a golpe de sucesivas crisis resueltas sin que nadie pudiese declararse por completo vencedor, pero en esta ocasión, como en los 90 durante la crisis de los Balcanes, los resortes de la tensión interna tienen un origen externo.

Al acudir al criterio de los analistas rusos, también cabe detectar el silencio sobre uno de los grandes temores de Vladimir Putin: que un gesto de fuerza sin paliativos dé como resultado una Ucrania permanentemente antirrusa, hostil, semillero de un conflicto interno que afecte a su poder omnímodo. Aunque a la opinión pública rusa le parece remota la posibilidad de una guerra, y atribuye los vaticinios en este sentido a los medios informativos de Estados Unidos y el Reino Unido, lo cierto es que es cada vez menor el margen de seguridad para evitar que se acelere la escalada. Esto es, nadie quiere que la crisis ucraniana derive en una guerra, pero hay demasiada agitación en ese mar embravecido, tan alejado de las sutilezas del ajedrez y tan cercano a una confrontación sin las reglas no escritas que en el pasado acotaron la guerra fría.

Ucrania bien vale un acuerdo

Ucrania bien vale un acuerdo entre Estados Unidos y Rusia, puede decirse parafraseando al rey Enrique IV de Francia, pero hasta que ambas partes lleguen a esta conclusión se expone Europa a una crisis malcarada. Porque la diplomacia de las amenazas y de las exigencias desaforadas se ha adueñado del escenario y ni una parte ni la otra quieren dar la impresión de que abandonan la disputa y se pliegan a los requerimientos de su rival. Sumergidos en la lógica de una guerra fría con reglas nuevas que hace falta explicitar y entregados Vladimir Putin y Joe Biden a ejercitarse en el lenguaje del desafío, el futuro se llena de incógnitas y la Unión Europea se antoja una vez un actor débil a escala internacional incluso cuando el disenso la afecta directamente.

La operación emprendida por Putin para recuperar el orgullo nacional mediante una reconstrucción sui géneris del espacio de poder que fue la Unión Soviética y, de paso, afianzarse en el papel de líder de una autocracia, no tiene marcha atrás. La euforia desmedida de Occidente durante los acontecimientos que se desarrollaron entre la caída del Muro de Berlín (9 de noviembre de 1989) y la extinción de la URSS (25 de diciembre de 1991) están en el origen del agravio ruso, que se concretó durante la presidencia de Boris Yeltsin, viva imagen de la implosión de una gran potencia. Mientras tal cosa sucedió se afianzó la imagen de hiperpotencia de Estados Unidos, único actor a escala planetaria teóricamente capaz de organizar la posguerra fría sin competidores con medios para discutirle su papel. China era una mera hipótesis de futuro, un universo que necesitaba transformar su economía para disponer de una voz propia determinante.

El tránsito de Boris Yeltsin a Vladimir Putin significó una reordenación de la capacidad del Estado para recuperar la identidad perdida y culminar el cambio de la economía hacia un capitalismo sin rostro humano salvo el de los oligarcas, piedras sillares en el afianzamiento del presidente. Pero cuando Rusia estuvo en condiciones de llamar de nuevo la atención a la OTAN, se habían consumado tres realidades nuevas: la ampliación de la UE en dirección al este, el ingreso en la OTAN de los antiguos integrantes del Pacto de Varsovia y aun de territorios tan tenidos como propios por Rusia como las repúblicas bálticas y la conversión de China en gran potencia económica en condiciones de disputar la hegemonía a Estados Unidos –por lo menos, igualarla– y aspirante a liderar la revolución tecnológica.

Todo esto significó para Rusia verse abocada a disputar una competición por encima de su peso, como ha dicho el profesor Fernando Vallespín. No puede hoy Rusia jugar la misma liga que Estados Unidos y China, pero sigue siendo una gran potencia militar con intereses específicos y la sensación de que, de Bielorrusia a Kazajistán, es posible recuperar el espacio perdido, o por lo menos una parte de él, aunque sea con otras reglas. A nadie puede extrañar, entonces, que Rusia reclame garantías a la OTAN de que no se aproximará a sus fronteras más de lo que ya lo está, de que ni Ucrania ni Georgia ingresarán en ella y de que el Estado-continente que es Rusia será un actor principal y reconocido en los acontecimientos que se desarrollan en su periferia.

Las exigencias son desmesuradas, pero no están desvinculadas de la realidad: la OTAN aprobó en 2008 la posible entrada de Ucrania y Georgia, pero desde aquel año no ha dado un solo paso en esa dirección. Es más, cuando el presidente georgiano Mijail Saakashvili, el mismo 2008, creyó que tendría de su parte a la OTAN en su enfrentamiento con Moscú, cometió un error de cálculo histórico: la Alianza no hizo ningún gesto significativo en su favor y Georgia acabó perdiendo Abjasia y Osetia del Sur, reconocidas por Rusia como estados independientes (en realidad, territorios sometidos a vasallaje). Como dice Javier Solana, la adhesión de Ucrania a la OTAN no es algo que, hasta la fecha, figure en la agenda de Occidente, una situación que no cambió ni con la anexión rusa de la península de Crimea ni con la crisis del Donbass, aún hoy una guerra de baja intensidad.

Todo lo cual lleva a la conclusión de que el calentamiento de la crisis en Ucrania presagia un juego de suma cero en el que cualquier modificación del statu quo entraña muchos riesgos y pocos o ningún beneficio. La determinación de Estados Unidos de dopar al Ejército de Ucrania con una ayuda de 600 millones de dólares, unido a las amenazas de Joe Biden y a la reconocida incontinencia verbal de Vladimir Putin, apoyada en el despliegue militar en la frontera oriental de Ucrania, no es la mejor preparación para dar con la tecla que desactive los peligros latentes. La ausencia de la Unión Europea abunda en esa percepción de que un actor adscrito al soft power, que podría serenar la discusión, persevera una vez más en el viejo esquema de apoyo a Estados Unidos cuando probablemente la Casa Blanca es parte del problema y lo que se precisa en estos cosas es una voz que se manifieste desde una posición menos comprometida.

Algunos análisis desapasionados han llegado a la conclusión de que el primer paso que debe dar Estados Unidos para disputar con posibilidades la carrera con China es debilitar el matrimonio de conveniencia establecido por Vladimir Putin con Xi Jinping. En caso contrario, esa alianza será un elemento de presión permanente como lo es la tutela china de Corea del Norte frente a la otra Corea y a Japón. Por decirlo con palabras escritas por un editorialista de Global China, “la cooperación con Rusia es algo deseable y necesario”, una frase con un significado preciso y elocuente. No hay en la crisis ucraniana nada que pueda debilitar su significado salvo que una tercera voz sea capaz de realzar las contradicciones inherentes a la asimetría entre una gran potencia en ascenso (China) y otra en aparatosa reconstrucción (Rusia). Si esta voz fuese la europea –con el gas ruso y la nueva Ruta de la Seda sobre la mesa–, todo quizá sería más fácil, pero hay un encanallamiento de la crisis que bloquea de momento cualquier salida razonable.

En cierta ocasión, un periodista preguntó a Jacques Delors, a la sazón presidente de la Comisión, qué papel debían desempeñar los socios europeos en el ordenamiento de Europa Oriental después de la desaparición de la URSS. La respuesta de Delors es tan válida ahora como lo fue entonces: “Si no sabemos defender nuestros intereses, nadie los defenderá”. Esa es la cuestión mientras Anthony Blinken y Sergei Lavrov intercambian frases amenazantes por orden de sus jefes.