El PP opta por la ‘omertà’

“Sin partidos políticos, el funcionamiento de la representación policía, es decir, de la base misma de las instituciones liberales, es imposible”.

(‘Instituciones políticas y derecho constitucional’, Maurice Duverger, 1970)

Los partidos pillados en falta que se obstinan en guardar silencio y confían en que el tiempo todo lo curará suelen acabar pagando lo que en buena ley les toca más cuarto y mitad. Salvo enjuagues inconfesables con el poder judicial, esa es una regla no escrita de la democracia, pero que se repite con machacona insistencia en los regímenes de opinión pública desde tiempo inmemorial. Por idéntica razón, la reacción del PP de aislar a Mariano Rajoy y blindarlo para que no tenga que dar explicaciones en el Parlamento es un error táctico de manual porque concede a Luis Bárcenas el privilegio de fijar los ritmos. Aunque María Dolores de Cospedal sostenga en público que “las mentiras no se documentan”, los documentos originales publicados por el diario El Mundo y a disposición del juez Pablo Ruz son lo más parecido a armas de destrucción masiva (el Financial Times ha aludido a una bomba atómica).

Es sorprendente que alguien como Rajoy, tan propenso a invocar el sentido común, no haya llegado a la conclusión de que es de sentido común dar explicaciones cuando, lisa y llanamente, el extesorero del partido afirma con papeles que pagó sobresueldos a él y a otros. Que algunos tertulianos en el Canal 24 h de TVE defiendan la posición del presidente del Gobierno, so pretexto de que en febrero se explicó y no hay novedades, solo demuestra que con esos amigos no hacen falta enemigos, porque cambios sí los ha habido: se ha pasado de las fotocopias publicadas por El País a los originales; se ha pasado de no disponer de la contabilidad del PP de 1990 a 1994 a estar colgada en la red, Anonymous mediante; se ha pasado del todo es mentira “salvo algunas cosas” a billetes de curso legal en cajas de puros, gestionadas por Bárcenas y dirigidas a significados dirigentes del PP.

El parecer de Jesús Maraña en infolibre.es está más apegado a la realidad del momento que los partidarios de la omertà (ley del silencio siciliana): “Por muy convencido que esté Rajoy de que el silencio lo cura todo, un presidente del Gobierno no puede mirar al infinito cuando las acusaciones de su extesorero le señalan (al menos) como conocedor y por tanto encubridor de actuaciones que han ido ligadas a la posible comisión de delitos muy graves”. Así de simple, sencillo y sensato. A no ser que vivamos en una democracia de ínfima calidad, en cuyo caso Maraña da doblemente en el clavo con ese otro juicio igualmente simple, sencillo y sensato: “Cuesta imaginar que en cualquier democracia decente no hubieran ocurrido ya un montón de cosas que aquí aún se esperan con notable escepticismo.

Ante las sombras de sospecha cada vez mayores de que desde Rosendo Naseiro hasta nuestros días el PP se ha financiado de forma irregular a través de donaciones opacas, ante la más que verosímil proliferación de sobres para redondear el sueldo de altos cargos, ante el chantaje amenazante que se ejerce desde una celda de la cárcel de Soto del Real sobre el gran partido de la derecha española, la ley del silencio es la peor de todas las alternativas. El silencio no hace más que alimentar las dudas acerca de la libertad de movimientos del presidente del Gobierno y sus colaboradores más próximos, pendientes de que alguien como Garganta Profunda en el caso Watergate diga a otro alguien que siga el rastro del dinero para dejar al descubierto el gran guiñol. Si a causa de unas fiestas celebradas en un ambiente orgiástico se acusó a Silvio Berlusconi de arriesgar la seguridad del Estado, ¿qué decir cuando la atmósfera se enrarece con el intercambio de favores y dinero?

Ni siquiera la debilidad de la oposición, con su propia porquería en la trastienda –eres, palaues, iteuves y otras lindezas–, permite dar con un solo gramo de lógica democrática en esa opción por el silencio. El sistema de partidos surgido de la transición está en riesgo, no solo por lo que vaticinan las encuestas. El riesgo obedece a que el más importante de todos ellos, porque es el que sustenta al Gobierno, calla o confunde, mientras a cada poco surge un portavoz ad hoc que recuerda que los presuntos delitos han prescrito –una cosa es que hayan prescrito y otra, que no se hayan cometido–, y aquí paz y después gloria. El riesgo, en fin, es que el bipartidismo imperfecto salte por los aires porque deje de ser una herramienta útil para garantizar la normalidad institucional en un país sometido a las servidumbres y debilidades de una crisis económica atroz y varios litigios territoriales –de estructura del Estado– cada día más retorcidamente complejos.

Hay precedentes sobrados de procesos político-judiciales que, como una riada, se llevaron por delante cuanto encontraron a su paso. El caso Manos Limpias en Italia es el más conocido y cercano, pero la quiebra del bipartidismo venezolano, con todas las diferencias que se quieran subrayar, no es mala fuente de inspiración para sopesar hasta qué punto la incuria de los estados mayores de los partidos puede poner toda la arquitectura institucional de un Estado en el disparadero de una crisis ingobernables. En Italia y en Venezuela, como ahora aquí, los partidos se entregaron a un intercambio estéril de invectivas mientras se pudría la situación; cada formación creyó estar en disposición de ejercer el monopolio de la ética, pero la soberbia de los moralistas no pudo detener la rotundidad de los hechos, la deserción de los votantes hacia otras siglas y el escepticismo generalizado.

Cuando una periodista tan identificada con la derecha-derecha se expresa en los términos que lo hizo el jueves Isabel San Sebastián en las páginas de Abc, es que la gravedad de la situación no está muy lejos de lo dicho hasta ahora. “Cualquier extorsionador es, por definición, un ser de naturaleza infame, lo cual no invalida necesariamente la veracidad de sus afirmaciones –ha escrito San Sebastián–. La gente así no muta de la noche a la mañana y el extesorero de la calle Génova trabajó para el partido durante más de dos décadas. ¿Nadie se dio cuenta del tipo de persona que les llevaba las cuentas o le asignaron esa función precisamente por su carencia de escrúpulos? ¿Les ha pillado por sorpresa esta actuación del antiguo senador cántabro o ya apuntaba maneras y por eso prescindió Cospedal de sus servicios (aunque siguiera pagándole un generoso estipendio) cuando se hizo cargo de la secretaría general? Estaría muy bien que ella lo explicara con el detalle que merece la dignidad de los once millones de votantes que hace apenas año y medio depositaron su confianza en las siglas que representa”.

Lo peor no es que “el ridículo que estamos haciendo en Europa no tiene precedentes”, como afirma en elplural.com el abogado Fernando Silva, porque sí hay precedentes, lo peor es que la simulación y el pago diferido a Bárcenas, de los que en su momento dio cuenta De Cospedal durante una comparecencia balbuciente y confusa, parecen ahora pecata minuta al lado del festival de cuentas en Suiza, pagos encubiertos, contabilidades B y el link entre los famosos papeles del extesorero y la no menos famosa trama Gürtel. Aunque el PP es muy reacio a ejercitarse en la memoria histórica, debería por una vez practicarla y ponerse al día, explorar en las hemerotecas y dar con los desmentidos proporcionados por el entorno del presidente Richard Nixon: el montaje se vino abajo en dos años y Nixon dejó la Casa Blanca sumido en el deshonor.

El tiempo que ha ganado el PP en la diputación permanente del Congreso para que Rajoy no tenga que subir a la tribuna de la Cámara durante los dos próximos meses está lejos de ser un triunfo de la estrategia parlamentaria. Antes bien, se antoja una muestra de debilidad que da sentido a la ausencia de la oposición de la comisión que debe dar forma a la ley de transparencia. ¿Cómo se puede hablar de transparencia, siquiera sea en términos jurídicos, cuando la orden impartida por el PP ha sido apagar la luz así caigan chuzos de punta? ¿Cómo se puede hablar de transparencia cuando los presumibles afectados por un escándalo político inabarcable no sueltan prenda y se remiten a cuanto se derive de las actuaciones judiciales en curso? La oposición no es un coro de espíritus puros, como ha quedado dicho antes, pero discutir la ley de transparencia en esas condiciones hubiese sido una mascarada.

Añádase a todo eso el espectáculo de la lucha por el poder desencadenada en el PP para sumar a las preguntas anteriores esa otra: ¿cuánto pueden dar de sí las costuras del sistema antes de rasgarse? La periodista Rosa María Artal describe el campo de batalla en eldiario.es: “Un Rajoy cementado a su roca –que resistirá hasta el final– se enfrenta a quienes postulan a Esperanza Aguirre como sustituta. (…) Gallardón maniobra por su cuenta, apoyado por Aznar. Sáenz de Santamaría y Cospedal –enfrentadas en la carrera– moviendo sus equipos”. No es muy difícil aceptar que la disposición de los contendientes se asemeja mucho a la de ese relato, como si todos ellos entendieran que pueden salir victoriosos del sórdido episodio. Como si de la omertà más la pugna en los despachos pudiera surgir, contra todo pronóstico, algo nuevo y decente.

Brasil, más allá del fútbol

“Donde hay sueños, también hay monstruos, hay traumas reprimidos, hay denegaciones, hay sed de venganza, miedos al cambio, necesidades de mantener privilegios, oportunidades vistas para dar frutos y así sucesivamente”.

Francisco Bosco, columnista de ‘O Globo’

Una dinámica de protestas en la calle y desorientación en los salones del poder se ha adueñado de la política brasileña. El compromiso reformista de Lula da Silva, heredado por Dilma Rousseff, ha situado en el disparadero de las reivindicaciones a una clase media recién llegada a la política que desconfía de los partidos, es consciente de que es depositaria de derechos y no se resigna a permanecer callada. “El rostro turbado por la cólera de las clases medias”, como ha escrito Miguel Ángel Bastenier en El País, marca el ritmo de las decisiones tomadas a toda prisa por la presidenta para apaciguar a los descontentos y, de paso, acometer los males que han desencadenado las movilizaciones: servicios insuficientes, corrupción rampante, policía desbocada y todas las contradicciones inherentes a un crecimiento rápido y a menudo descontrolado.

Joaquim Barbosa, presidente del Supremo Tribunal Federal de Brasil: “Sé muy bien que ninguna democracia vive sin partidos”.

Esas son las líneas rojas de la crisis social en curso. El disgusto por el gasto excesivo asociado a la Copa Confederaciones de estos días, el Mundial de fútbol del año próximo y los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro del 2016 son otras tantas piezas sin encaje en un rompecabezas de difícil solución. Brasil es el gigante incontestable de América Latina, incluso puede ser el gigante necesario para encauzar un entorno donde con frecuencia prevalece la política de balcón, la sociedad brasileña se proyecta sobre todo el continente con un dinamismo irrefrenable, pero la prosperidad económica y los programas que han rescatado de la pobreza a no menos de 40 millones de ciudadanos durante el último decenio están lejos de ser el bálsamo de Fierabrás que todo lo cura. Son más apropiadamente el resorte que ha puesto en marcha el cambio en una estructura social que cobija a un tiempo la favela y las nuevas tecnologías, el auge de los centros financieros con formas de corrupción inamovibles gobierne quien gobierne.

Puede decirse que la corrupción ha sido durante generaciones un mecanismo de socialización más. En todas las etapas democráticas de la historia de Brasil, los partidos han oscilado entre la complicidad manifiesta con los corruptos y la tibieza para combatirlos. Ni siquiera el PT, el partido de Lula, el de la oposición a los desmanes de gobiernos venales, ha escapado a esa lógica, de tal manera que no pueden sorprender opiniones como la Bruno Lima Rocha en las páginas de O Globo: “Después de diez años de coalición del PT y otros partidos que otrora fueron de izquierdas, siempre aliados con lo peor de las oligarquías brasileñas y sus grandes agentes económicos, los movimientos populares casi se desarmaron. Forma parte de la política que las nuevas formas de organización social procedan de frentes sociales no manipulables”.

Lula y Dilma

Lula da Silva y su heredera política, la presidenta Dilma Rousseff, en una imagen de la campaña de las elecciones del 2010.

Sería ingenuo afirmar que ha llegado a Brasil la desconfianza hacia las formas tradicionales de partición política, porque la desconfianza es anterior a la protesta en la calle; en realidad, es uno de los motores que ha unido la masa crítica de la protesta. Y puede que por ese motivo la convocatoria de un plebiscito sea fruto de una intuición al entender que es la forma más adecuada para que el Gobierno recupere la complicidad de la calle en la lucha contra la corrupción, la intervención en servicios esenciales –transportes, educación, sanidad–, la disciplina fiscal y el control de la violencia policial. La propuesta de plebiscito hecha por Rousseff sería así una fórmula para tomar de nuevo la iniciativa y acercar a las voces de la calle el palacio de Planalto, sede de la presidencia.

“Sé muy bien que ninguna democracia vive sin partidos. Pero hay formas de mitigar esa influencia, de introducir trazos de voluntad popular, de consulta directa a la población”, ha declarado Joaquim Barbosa, presidente del Supremo Tribunal Federal y partidario decidido del plebiscito. Pero ¿es suficiente un plebiscito para encarar un proceso constituyente? El perfil de la protesta no da para tener buenos presagios, sino para temer que se enquiste una crisis social con dos frentes perfectamente definidos: el de la política sustentada en el sistema de partidos en circulación y el de los decididos a depositar la confianza en formas organizativas de nuevo cuño, alejadas de las convenciones y del reformismo a la brasileña encarnado por Lula. El objetivo de este cuando fue investido presidente de asegurar tres comidas al día a todos sus compatriotas ya no es suficiente, aunque todavía no se logrado; ahora hay una clase media que pide calidad de vida y derechos sociales después de haber sido redimida de la pobreza.

“Para hablar directamente con la calle, la solución (del plebiscito) sería seguramente la mejor”, ha escrito Zuenir Ventura en O Globo. Pero cuando ni siquiera el fútbol sirve para ahuyentar los demonios familiares de la sociedad brasileña, entonces los frutos del plebiscito son una incógnita. No valen las referencias a otros mundiales, como el de Sudáfrica, que proyectaron a todo el planeta la imagen de un país renovado; no vale el precedente de Barcelona 92, que puso al día una ciudad que hoy recoge los beneficios de la gran empresa de los Juegos Olímpicos; no convence el ejemplo de Pekín, que utilizó el olimpismo para certificar que China es la gran potencia del siglo XXI. Y no valen estas invocaciones porque el origen de la protesta hay que buscarlo en una izquierda que se ha revuelto “contra un desfase entre los avances económicos y las ganancias sociales”, y reclama “una intervención del Estado en el sentido de abrirse a una mayor participación pública en los procesos”, según el análisis de Francisco Bosco.

Niteroi

Manifestación en Niteroi, cerca de Río de Janeiro, el 21 de junio.

Frente al tópico del fútbol como una religión compartida por todos los brasileños y a la creencia de que el culto al cuerpo es una obsesión nacional, que genera una complicidad espontánea con los Juegos Olímpicos, surge la realidad de las tensiones derivadas de una sociedad cambiante. Frente al Brasil alejado de los grandes debates internacionales se concreta otro destinado a ser el gran interlocutor de Estados Unidos en Latinoamérica, a participar activamente en la reforma de las Naciones Unidas, a condicionar el mercado energético con sus ingentes reservas de petróleo en el fondo del océano, a competir con los grandes polos de la industria del ocio y a buscar, en fin, un lugar bajo el sol en el selecto club de las potencias emergentes de este comienzo de siglo. La vecindad inmediata ha dejado de ser el campo de actuación preferente de Brasil porque ahora su condición es la de potencia regional.

El riesgo es que, de no corregirse el desajuste social con medidas concretas y tangibles, crezcan el desapego a la política y la desconfianza en las instituciones. “Una execración de la política tiene cuanto es preciso para degradarse, de una u otra forma, en populismo autoritario”, sostiene el diario O Estado de Sao Paulo, que evoca un peligro que está ahí como suma y compendio de las debilidades del sistema. Al mismo tiempo, una parte de la opinión pública, incluso de tradición progresista, comparte el análisis del comportamiento de la presidenta Rousseff publicado por Hélio Schwartsman en el periódico Folha de Sao Paulo, de orientación conservadora: “Intentó dar contenido y dirección a un movimiento popular que ganó enseguida, pero no sabe hacia dónde camina. Cuando se analizan las propuestas concretas de la mandataria se tiene la sensación de que se incorporó al clima de las manifestaciones y decidió actuar sin pensar”.

Claro que al apuntar directamente a Rousseff, el medio preferido de la muy conservadora burguesía paulista pone las cartas sobre la mesa. ¿Cuáles son estas? Esencialmente, aprovechar el momento para erosionar la imagen de Rousseff, quien a pesar de los acontecimientos de las últimas semanas mantiene su estatus de presidenta respetada, con un alto índice de aceptación y, no se olvide, encargada de administrar la herencia política de Lula. Y para los ideólogos del compromiso social y de la lucha contra la pobreza, para los planificadores de un futuro sin favelas y una Amazonia salvaguardada de una explotación descontrolada, para los defensores de las naciones indígenas, para cuantos esperan que para el 2020 se haya completado una reforma ecuánime en el reparto de las tierras de labor, el mensaje de Lula, sea dicho por él o mediante persona interpuesta –Dilma Rousseff–, sigue siendo la principal fuente de inspiración. Habría que decir, quizá, la referencia principal del reformismo latinoamericano que no ve futuro en la prédica bolivariana de los albaceas de Hugo Chávez.

 

Venezuela consagra la división

Resultados Venezuela

Resultados oficiales finales de la elección presidencial en Venezuela celebrada el 14 de abril.

El fracaso con recompensa de Nicolás Maduro y el éxito sin contrapartidas de Henrique Capriles han llevado a Venezuela a la antesala de la crisis institucional y el caos político. El efecto duelo, tan decisivo en otros casos, fue esta vez un lastre para el heredero ungido en diciembre por el comandante-presidente antes de viajar a Cuba para ser operado: el uso, abuso y utilización exagerada de la memoria del líder desaparecido trasladó a la opinión pública la imagen de un candidato sin proyecto propio, refugiado en una especie de legado mesiánico. El aspirante de la oposición supo sacar partido a las contradicciones del régimen bolivariano, a sus limitaciones para atajar problemas como la inseguridad o la crisis económica, y supo buscar en el frente exterior la proyección cada día más difícil en el interior. Pero la gran brecha social surgió al día siguiente de las elecciones, cuando el establishment chavista se negó a realizar el recuento de votos pedido por Capriles y se apresuró a proclamar la victoria de Maduro por un margen de votos no muy superior al 1,5%.

Así se llegó a una situación que no fue posible gestionar sin costes, incluida la marcha atrás del Consejo Nacional Electoral (CNE), que finalmente accedió a auditar el 46% de los votos que quedaron excluidos del primer recuento. En la trinchera chavista, el precio inmediato a pagar fue que afloraron las primeras señales de división a través de la necesidad de realizar una autocrítica de las causas del retroceso electoral, una iniciativa encabezada por Diosdado Cabello, presidente de Parlamento. En el Ejército, acaso el precio futuro sea descubrir que el pretendido entusiasmo del generalato para seguir por la senda bolivariana está menos extendido de lo que quieren dar a entender el ministro de Defensa y el jefe del Estado Mayor. En el conglomerado de oposición Unidad se concreta desde ahora mismo en el hecho de que el reforzamiento de la figura de Capriles no puede ocultar un dato capital: salvo sobresaltos, se abre un periodo de espera de seis años para intentar de nuevo llegar al palacio de Miraflores.

Si se desbordan las pasiones, los costes pueden crecer exponencialmente porque no cicatriza las heridas el recuento aceptado a pocas horas de que Maduro jurara el cargo. En el ánimo de muchos venezolanos, a un lado y otro de la refriega, ha arraigado la idea expresada por el político Oswaldo Álvarez Paz en El Nacional, diario caraqueño que apoya a Capriles: “La naturaleza de la crisis es existencial, de principios y valores que desaparecen en nombre de una revolución socialista a la cubana”. Hay en esa opinión un punto de exageración, pero desde luego pesa en Maduro la enseñanza castrista recibida en La Habana en sus días de joven líder sindical. En cambio, ha olvidado las referencias de una autora clásica del pensamiento revolucionario, Rosa Luxemburgo, recordada por el escritor Carlos Fuentes en su libro póstumo Personas: “La libertad solo para quienes apoyan al Gobierno, solo para los miembros del partido, por numerosos que estos sean, no es de ninguna manera libertad. La libertad es siempre y exclusivamente libertad para los que piensan distinto”.

Impugnaciones

Datos difundidos por la candidatura de Henrique Capriles.

Los pronunciamientos públicos de las máximas responsables de las cuatro instancias relacionadas con el proceso electoral y la interposición de recursos han contribuido decisivamente a extender la sombra de la sospecha en igual o mayor medida que el memorial de agravios –irregularidades– presentado por Capriles, donde constan los episodios supuestamente impugnables de los que la oposición dice tener constancia. La rapidez de la CNE en dar por bueno el triunfo de Maduro unido a las amenazas más o menos explícitas formuladas por la fiscal general de la República, la defensora del pueblo y la presidenta del Tribunal Supremo de Justicia, destinadas todas ellas a imputar a Unidad –léase Capriles– actos de desestabilización, no hacen más que llevar al país a un callejón sin salida. Los tecnicismos para oponerse a un recuento de votos erosionaron la legitimación de Maduro que, como ha escrito Marianella Salazar, debía haber sido el primer interesado en despejar cualquier duda para iniciar su mandato sin plomo en las alas. En cambio, prefirió que cundiera la sospecha de componenda electoral antes de que finalmente se accediera al recuento de todos los votos, algo que en última instancia la oposición, a través del Comando Simón Bolívar –el nombre de Bolívar vale para todo–, puede presentar como un triunfo frente a los juegos de manos de los afectos a Maduro

Es evidente que una diferencia de unos 270.000 votos en un universo de casi 15 millones de votos emitidos es suficientemente pequeña como para que el deseo de Capriles de que hubiera un recuento fuese satisfecho. Realizarlo ahora no mejorará la posición de debilidad poselectoral del sucesor de Hugo Chávez, pero sí su legitimidad para ocupar el palacio de Miraflores. Aun así, Maduro tendrá que ganarse todos los días la adhesión de los suyos, porque perdió casi 700.000 votantes que en octubre del año pasado eligieron la papeleta de Chávez, pero quizá pueda ahorrarse la ruidosa erosión de las caceroladas y el desgaste de los reproches a todas horas. Lo que en ningún caso amortizará Maduro es la desconfianza generada por figuras como Luisa Estella Morales, presidenta del Supremo, que invocó “la seriedad, la sindéresis [discreción, capacidad natural para juzgar rectamente]” para que no llegara la lucha a la calle, ni los recelos sembrados por el tono intimidatorio exhibido por el presidente al excluir “un pacto con la burguesía”, amenazar con “radicalizar la revolución” e invocar “el chantaje del fascismo” (algo que también hizo Capriles, poseído por una fogosidad irrefrenable).

La estrategia de Maduro de rescatar de los manuales revolucionarios de antaño la estrategia de clase contra clase hoy puede encender la mecha del enfrentamiento social y de un caracazo de nuevo cuño a poco que se rompan los diques de la contención política. El núcleo duro del chavismo –¿habría que hablar de poschavismo?– se escuda en que hizo “una campaña electoral apegada a la Constitución y ellos [la oposición] hicieron la guerra”, para, acto seguido, manifestar respeto hacia quienes dieron el voto a Capriles, pero desacreditar al candidato y a su entorno, a los que acusa de someterse a los designios de Estados Unidos y de enfangarse en los preparativos de un golpe de Estado. Y esa diferenciación entre el candidato y los votantes no hace más que revelar que hay sectores en el régimen que comprenden que no puede generalizarse el acoso a la oposición siquiera sea porque la mayoría del 49% de los votantes que prefirieron a Capriles están lejos de ser representantes de la oligarquía retardataria. ¿Forma parte esta convicción de la autocrítica que reclama Cabello?

Puestos a formular preguntas inquietantes, vale la pena plantear esta otra: ¿cuánto ha pesado en la decisión de auditar todos los votos el anuncio hecho por el secretario de Estado de Estados Unidos, John Kerry, de no reconocer la elección de Maduro si no había recuento? Más aún: ¿hasta qué punto el chavismo posibilista ha preferido atender las reclamaciones de Capriles a situar a la república bolivariana en un limbo a causa de las dudas suscitadas por la elección de Maduro? Es el ala posibilista la que tiene más meridianamente claro el hecho de que la Casa Blanca de hoy está lejos de ser la caja de resonancia de la derecha reaccionaria, cuyos pasos guían los latinoamericanos resentidos con domicilio en Miami, y es la que reclama en voz baja que se disipen las sospechas sembradas por académicos venezolanos de prestigio como José Domingo Mujica, coordinador de la Red Observatorio Electoral, porque de paso se desarmará a cuantos piensan que es posible un ataque por ese flanco para liquidar al chavismo por la vía rápida. De poco le valdría a Maduro el botafumeiro agitado en Lima por los jefes de Estado del Unasur si persiste la impresión de que “el resultado pudo ser otro” (Mujica) porque el 5% de los votos emitidos permanece bajo sospecha (Mujica otra vez).

La redención a cualquier precio de las víctimas de la historia está en entredicho en Venezuela desde la noche del 14 de abril porque una parte de los destinatarios del mensaje de Maduro prefirieron a Capriles. Es más, dudaron de que Maduro pueda ser el continuador esclarecido del empeño de Hugo Chávez de rescatar de la miseria a los más débiles. Quizá sea esto lo peor que le puede ocurrir a un líder pretendidamente populista, aunque poco dotado para utilizar las herramientas del populismo y enardecer a la calle. La denegación del recuento y “la sucia trampa” invocadas por el analista Antonio A. Herrera-Vaillant en el conservador El Universal no hicieron más que empeorar las cosas. Llevaba razón el presidente de México Lázaro Cárdenas, un reformador social de referencia, al reclamar el respeto al adversario para dejar a salvo la democracia en América Latina. ¿Acaso Maduro olvidó leer a Cárdenas?

El poschavismo, en el laberinto

El féretro de Hugo Chávez, camino de la Academia Militar, el miércoles en Caracas.

El féretro de Hugo Chávez, camino de la Academia Militar, el miércoles en Caracas.

La América irredenta vuelve al laberinto del que quizá nunca logró salir. La pluma de Gabriel García Márquez metió en él a Simón Bolívar, y el libertador cerró los ojos para siempre sin dar con la salida. Desde entonces, cada generación tiene su libertador, real o no, que acaba siendo víctima de sus propios errores o de la persecución incansable de sus enemigos. Nicolás Maduro se atiene al guion hasta la última coma cuando imagina y denuncia una conspiración para llevar a Hugo Chávez a la tumba. Pero el guion no se agota en este primer acto de campaña electoral en pleno luto, porque los candidatos a ocupar el asiento de Chávez para prolongar el chavismo aspiran también a ser algo más que el presidente de un país, aspiran a proyectar su mensaje a toda América. Sumido en el fracaso el legado castrista, convertido Brasil en una gran potencia regional con responsabilidades mayores, decididos otros a guarecerse bajo el paraguas del statu quo, el régimen venezolano se aferra al mito para seguir siendo la fuente de inspiración de los gestores de lo que cabe denominar la otra América, mezcla abigarrada de nacionalismo, religiosidad, indigenismo y diferentes formas de populismo. Pero ¿puede ser Maduro el maestro de ceremonias adecuado para el poschavismo?

La respuesta remite directamente a las cualidades de Chávez para ser Chávez y no un líder político más o menos ruidoso como tantos ha habido. El presidente comandante llevó hasta el límite las nuevas reglas del juego en el espacio latinoamericano, aureolado con los atributos del héroe renacido, cabecilla de un golpe de Estado que fracasó (1992) y de una carrera política corrida siempre a ritmo de sprint hasta la victoria de 1998. Como afirma Julia E. Sweig, del think tank Council on Foreign Relations, los 14 años de Chávez en el poder coinciden con “un consenso continental que favorece un crecimiento económico socialmente inclusivo, representación democrática e independencia de la seguridad nacional de Estados Unidos y de las prioridades en política exterior” del siglo anterior. Pero, como señala la misma autora, la originalidad de Chávez es su capacidad para ocupar el escenario, la “retórica inflamada” de los mítines y del programa Aló presidente, que era una de sus grandes herramientas para la comunicación política a través de un culto a la personalidad de corte paternalista o populista, dependiendo de las emociones del momento y del tema tratado. Chávez construyó un personaje que desde el principio estuvo dispuesto a llenar el vacío dejado por la extinta guía espiritual castrista, decidido a sumar partidarios más allá de sus fronteras con su discurso bolivariano, de perfil ideológico tan difuso que apenas le obligaba a ser más concreto porque no había forma de precisarlo. El empeño de Bolívar en una América emancipada y unida, a dos siglos de distancia, vale lo mismo para un barrido que para un fregado.

Este discurso fue útil para poner en marcha un programa de asistencia social sufragado con las rentas del petróleo y legitimado por la rapiña del bipartidismo inmoral de los cuarenta años anteriores. Después de vivir el escándalo permanente del expolio perpetrado por el Copei (democristiano) y la Acción Democrática (socialdemócrata), los seguidores de Chávez no mostraron ningún interés en echar la cuenta de lo que iba a costar rescatar de la miseria a una sociedad paupérrima, qué efectos generales iba a tener la organización de una economía subvencionada. De hecho, la inflación, las devaluaciones, el déficit fiscal, el desequilibrio de la balanza comercial y otros problemas inherentes al sistema se ausentaron del debate público, mientras los ideólogos que gestionaban el experimento de Chávez confiaban en que el petróleo llegase a los 200 dólares/barril, un deseo expresado por el presidente en persona cuando se acercó a los 150 dólares (verano del 2008).

El despliegue propagandístico también facilitó el camino para exportar el mensaje bolivariano a otros lugares, previa escala en La Habana, donde el castrismo entendió que, para beneficiarse de la ayuda venezolana –importación de petróleo a precio simbólico por no decir gratuita–, debía pasar el testigo de las consignas revolucionarias a Chávez. De esta manera, los reformadores desprestigiados (Daniel Ortega), atascados (Evo Morales), en periodo de pruebas (Rafael Correa), imprevisibles (Cristina Fernández) y alguno más de proyección limitada (José Mújica) se acogieron a la prédica bolivariana, perfectamente capaz de englobar a todos cuantos aceptasen la dirección política de Chávez. La otra América encontró en el chavismo la dosis de afinidad que antes administraron en Buenos Aires (peronismo), La Habana (castrismo), Managua (sandinismo), quién sabe si en otros lugares donde de forma efímera se alzó una voz aglutinadora. Los formalismos del lenguaje político decayeron en favor de una jerga que Morales llevó hasta sus últimas consecuencias al llamar a Chávez hermano comandante en el homenaje fúnebre que le dedicó.

Hugo Chávez y Nicolás Maduro, en su última comparecencia juntos, el 8 de diciembre del 2012.

Hugo Chávez y Nicolás Maduro, en su última comparecencia juntos, el 8 de diciembre del 2012.

Que Nicolás Maduro pueda abarcar esa variedad de funciones y mantener las brújulas latinoamericanas orientadas hacia Caracas constituye un enigma. Dando por descontada la elección del heredero designado por Chávez, su primer objetivo será construir un espacio político propio que de momento no tiene más que por delegación del líder desaparecido. Una vez pasado el efecto de las multitudes entristecidas, el funeral de Estado y los grandes discursos, deberá sumergirse en la grisura del día a día y dar muestras de que es depositario de un discurso propio que no se limita a reproducir las consignas de Chávez, de que es capaz de introducir cambios en aquellos apartados de la economía más manifiestamente en peligro, de que está en situación de convivir pausadamente con el Ejército sin ser un militar y de que puede preservar la cohesión social, aunque no es un liberal y teme a la clase media. Todo eso tendrá Maduro que afrontar en cuanto acabe el luto oficial y experimente la misma sensación que un piloto el primer día que vuela sin la compañía del instructor.

Las tres misiones o frentes de actuación económica prioritaria establecidos por Chávez para atraer a los más pobres a su causa –la vivienda, la red de hipermercados a precios solidarios y la red sanitaria primaria– emiten señales preocupantes: o son insostenibles, o son ineficaces, o son ambas cosas al mismo tiempo. La investigadora Paula Vasquez Lezama opina que el cambio estructural no será duradero porque Venezuela no dispone de una auténtica economía de mercado, sino que a partir de la huelga general de 2002 se ha registrado un cierre continuado de empresas, ha habido expropiaciones y una política fiscal agresiva se abate sobre la iniciativa privada. Para corregir el tiro, Maduro debiera llegar a conclusiones parecidas a las de Vasquez Lezama y aligerar la carga de los gastos del Estado, convertido en primer empleador y benefactor de una nueva clase social, la de los funcionarios públicos, cuyos salarios dependen de las rentas del petróleo, siempre menguantes por errores en la gestión. Pero es imposible dar un giro a la economía sin dañar la figura del nuevo libertador en el imaginario colectivo interior y exterior, y ni en el equipaje ideológico ni en la administración de la herencia chavista incluye Maduro la revisión de lo hecho hasta hoy.

Este es el laberinto personal del sucesor de Chávez, diseñador en gran parte del programa seguido por el presidente comandante, donde convive la reforma social con el pragmatismo de las ventas de petróleo a Estados Unidos y la trabazón de una nueva red de alianzas con China, Irán y Rusia para contrarrestar la influencia estadounidense. Y el laberinto de Maduro lo es, a la vez, de esa otra América que se ha personado en Caracas para participar desde el primer momento en la coreografía fúnebre del líder mitificado, que está dispuesta a ocupar el vacío dejado por Chávez mediante una nueva referencia –¿puede ser Rafael Correa?– si la interpretación que Maduro hace del chavismo no resulta políticamente convincente. Por eso el primer gran desafío para Maduro no es convocar elecciones, participar en ellas y ganarlas, sino conservar el capital político recibido cuando surjan inevitablemente las dificultades derivadas de un modelo económico que todos los días emite señales de agotamiento y que ha dividido al país, pero que es, al mismo tiempo, la gran seña de identidad del régimen junto con la jerga antiimperialista rescatada de los prontuarios revolucionarios que hicieron fortuna en los años 60 del siglo pasado.

Oposiciones para suceder a Chávez

Nadie es capaz de aventurar si el regreso de Hugo Chávez a Caracas es el penúltimo acto de la angustiosa representación ofrecida a la opinión pública por los herederos del presidente o cualquier otra cosa remotamente relacionada con la vuelta de este al puente de mando, quizá para jurar el cargo y, acto seguido, renunciar. El secretismo, mezclado con un abigarrado misticismo religioso y la camiseta de Nicolás Maduro con la imagen del líder enfermo, hacen presagiar lo peor, pero en la escenografía barroca de la república bolivariana todo es posible menos un desarrollo más o menos convencional de los acontecimientos. Mientras tanto, se ha dado la salida en la carrera para llenar el vacío que previsiblemente dejará Chávez dentro y fuera del país al frente de una tercera vía latinoamericana de perfiles ideológicos profusos, difusos y confusos, situada a medio camino entre el Brasil que se avizora como la gran potencia regional durante muchos años y el club de países que, con intensidad variable, se atienen a los designios de Estados Unidos mediante diferentes tipos de alianzas.

Es esta una carrera en la que ninguno de los contendientes tiene de momento el empaque resolutivo de Chávez, ataviado siempre con el populismo a todo volumen desarrollado a través de una red de medios fieles, hábil administrador de los resortes emocionales destinados a retener la atención de un auditorio convencido de antemano, orador caudaloso hasta que le enmudeció la crisis posoperatoria. Así como Chávez llenó el hueco dejado por un Fidel Castro a quien los achaques retiraron de la política y por una revolución cubana en fase crepuscular, sometida a la inercia política de la gerontocracia de La Habana y cada vez más denostada por quienes durante años fueron sus honrados defensores, así también de entre los aspirantes a la sucesión puede despuntar alguien que tome el relevo si el universo bolivariano es incapaz de encontrar en casa un sustituto convincente a escala continental.

Chávez. Montaje

Murales de Caracas dedicados al presidente Hugo Chávez.

Por el momento, las maniobras orquestales caraqueñas ponen más empeño en ahondar en el culto a la personalidad del líder enfermo, algo típico del populismo, que en poner en el disparadero a quien con toda probabilidad deberá sustituirle más temprano que tarde. En la densidad de una atmósfera espesada por la falta de información y la más que previsible pugna entre herederos in péctore, con las Fuerzas Armadas como gran mudo en medio del escenario, asoma todos los días la figura de Nicolás Maduro, vicepresidente, legatario señalado por Chávez antes de viajar a Cuba para ser operado y guardián de las esencias, pero no hay forma de saber si es Maduro el personaje mejor situado para representar el papel que hasta diciembre desempeñó el presidente o si, por el contrario, es un líder por defecto cuyas virtudes están por probar. Puede incluso que la situación de la economía venezolana, extremadamente difícil, sea la primera de las variables a considerar por la dirección bolivariana para alargar los plazos hasta donde lo permita la capacidad de resistencia de Chávez a fin de que la sucesión se produzca una vez sustanciadas y liquidadas las rivalidades internas, con las riendas del régimen en manos de alguien capaz de ejercer de gran hermeneuta de la llamada revolución bolivariana. Por lo demás, los problemas de las economía venezolana son de tal envergadura que el manual de combate cubano, al que Maduro es afecto, parece muy poca cosa para moderar la inflación, combatir el desabastecimiento, cercenar la corrupción y garantizar las rentas del petróleo más allá del 2020, cuando Estados Unidos será autosuficiente en materia energética según los cálculos más verosímiles.

“Al parecer, necesitan el tiempo suficiente para convertirlo en un mito cohesionador, en medio de una crisis económica que puede transformarse en un polvorín a causa de la escasez de alimentos, la inflación, la devaluación de la moneda, una creciente deuda, la escasísima producción nacional y el mal manejo del sector petrolero, principal fuente de ingresos y dádivas estatales”, ha escrito el editorialista del diario Hoy, que se publica en Quito. “Vencer la desunión, parece ser la verdadera consigna, y solo será posible si Chávez vive para siempre o, por lo menos, hasta que una de las facciones haya prevalecido”, ha subrayado la misma mano, con un ojo puesto en el hospital de Caracas donde está internado Chávez y otro siguiendo los pasos del recién reelegido Rafael Correa, uno de los posibles sucesores del presidente venezolano en esta especie de bloque latinoamericano de no alineados en el que conviven perfiles dispares, pero consignas muy próximas; donde coinciden objetivos no siempre coincidentes, pero que recurren a un léxico redentorista común, aderezado todo con un crecimiento ininterrumpido del sector público y un programa de subvenciones de sostenibilidad discutible.

Correa

Simpatizantes de Rafael Correa en Quito después de salir reelegido presidente.

Correa tiene a su disposición los ingresos del petróleo, que en 14 años ha pasado de los 9 dólares/barril a más de 100, y los efectos de la dolarización, que ha facilitado una rápida expansión de la economía, ha reducido los índices de pobreza, ha detenido la fuga de cerebros y ha animado el consumo. El analista Andrés Oppenheimer sostiene en un artículo publicado en El Nuevo Herald, diario conservador de Miami: “Tal vez estas autocracias no duren mucho tiempo más, porque la enfermedad de Chávez, la disminución de los precios de las materias primas y sus desastrosas políticas económicas pueden debilitarlas. Pero por ahora, nadie debería sorprenderse de la arrasadora victoria de Correa”. Esto es, Oppenheimer considera que la dirección política de Chávez del nuevo populismo latinoamericano no tiene un continuador a la vista, pero el vaticinio resulta arriesgado porque hay una franja muy amplia de la opinión pública continental que solo discute quién debe ocupar el puesto de Chávez, pero no duda ni por un segundo de que es preciso seguir por el mismo camino y mostrarse como un bloque unido por las mismas cosignas.

“Puede ser verdaderamente doloroso ver el calvario individual de algún protagonista político convertido en pieza de ajedrez de un juego donde intervienen muchas manos –casi todas interesadas– para manipular la situación del enfermo en beneficio de una u otra persona o tendencia”, sostiene Antonio Herrera-Vaillant en las páginas de El Universal, diario conservador de Caracas. Y aunque el articulista se refiere a la situación en el seno del Gobierno venezolano y del Partido Socialista Unido de Venezuela, la frase es perfectamente aplicable a lo que sucede de puertas para afuera. La visita de Cristina Fernández al presidente convaleciente en La Habana, el tono empleado por el boliviano Evo Morales después de no poder saludar a Chávez durante una escala en Caracas el último miércoles –“mi deseo es que ojalá muy pronto el hermano Hugo Chávez esté nuevamente al frente del Gobierno de la revolución bolivariana”–, el verbo desgarrado –“si mañana no está: unidad, paz y trabajo”– del presidente de Uruguay, José Mújica, más propio de un mitin para consumo de los militantes que de una declaración de Estado, todo adquiere las formas de una oposición convocada para administrar el poschavismo, entendido este no como la continuidad doctrinal del régimen venezolano, sino como la dirección ideológica de la América Latina irredenta.

Para los adversarios de la experiencia venezolana, se trata de un esfuerzo vano porque la vía chavista es un camino sin estación de llegada, una experiencia fracasada que conduce a sociedades subvencionadas, intervenidas por el Estado e incapaces de crear riqueza. Las referencias al desastre cubano o a la triste transformación del sandinismo en un potaje de corrupción, ineficacia y citas bíblicas fundamentan las arremetidas de cuantos como Herrera-Vaillant critican, al mismo tiempo, la utilización del paciente sin demasiados miramientos: “Lamentablemente, el excesivo culto a la personalidad inexorablemente desemboca en un callejón sin salida que convierte a quien alguna vez mandó mucho en pieza impersonal dentro del choque de intereses que sigue a su desaparición física”. En algo llevan razón cuantos comparten esa opinión sobre el espectáculo que se representa: si Chávez recorre los últimos tramos, como parece desprenderse del secretismo que envuelve su regreso a casa, poder y oposición debieran atemperar sus instintos para no enzarzarse en una pugna obscena antes de que la historia pase página.

Bolívar. Murales

Murales de Caracas dedicados a Simón Bolívar.

El profesor Frank Tannenbaum publicó en 1962 Ten keys to Latin America, publicado en español cuatro años más tarde con el título América Latina: revolución y evolución. Al referirse a la figura del caudillo, perfil político inseparable de la historia del continente desde el final de la colonia, Tannenbaum escribió: “En ausencia de un sistema de partidos políticos enraizados en los gobiernos locales, el presidente debe ser su propio partido, manteniéndose en el poder con su sinceridad y habilidad política, dependiendo de la lealtad de sus seguidores inmediatos, y recurriendo al compromiso, a los favores, y si estos no bastan, a la fuerza y al fraude. Esto significa en realidad que el presidente no es primer poder ejecutivo, sino también el político más activo, casi el único político. En estas circunstancias, nadie, excepto el presidente, goza de influencia política”. Así siguen siendo hoy las cosas cuando, en ausencia de un sistema deliberativo, se impone la dirección del líder predestinado, figura tan frecuentemente encarnada por Chávez, silenciado ahora por la enfermedad. Y así lo entienden cuantos esperan el desenlace junto a su cama para llenar el vacío de poder, administrar su herencia, mantenerse al frente del Estado bolivariano o subir en el escalafón del entramado político latinoamericano.

Es casi ocioso señalar que en este entorno de pasiones desbordadas es irrelevante dilucidar si Chávez puede llegar a tomar posesión del cargo de presidente para el que fue reelegido o si, por el contrario, una interpretación forzada de la Constitución permite dejar las cosas tal cual están. La discusión no está exenta de interés en el plano teórico, pero en la práctica se ha producido el inicio del nuevo mandato mediante persona interpuesta –Nicolás Maduro–y la legitimación del proceso se ha cumplido de facto con la exaltación en la calle del líder ausente. Todo lo cual tiene poco que ver con el funcionamiento convencional de un sistema democrático asentado, pero no es radicalmente antidemocrático en la medida en que la ratificación en las urnas del mandato de Chávez fue básicamente transparente. Venezuela es una democracia con máculas y el relato de los últimos meses es la primera derivada de las imperfecciones que la caracterizan, pero eso no constituye una novedad porque los tics de un régimen populista con un diseño institucional forzosamente confuso son conocidos desde mucho antes de que a Chávez le diagnosticaran un cáncer. Por eso carece de sentido ahondar ahora en formalismos.

El chavismo es el Estado o casi

El debate abierto en Venezuela referido a la constitucionalidad o no del aplazamiento de la toma de posesión de Hugo Chávez tiene el valor jurídico y académico que se le quiera dar, pero siempre será inferior al peso político de la controversia. La Constitución venezolana, y más aún la interpretación que de ella se hace a cada lado de la polémica, está lastrada por su naturaleza ad hominem. Se trata de un texto al servicio de la singularidad del régimen articulado por el presidente Chávez, esa república bolivariana de perfiles difusos en la que se mezclan las rentas del petróleo con un nacionalismo socializante difundido a los cuatro vientos por los resortes de propaganda del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), más la aquiescencia del Ejército en el seno de una sociedad pavorosamente dual.

Nicolás Maduro

Nicolás Maduro, vicepresidente de Venezuela, a quien Hugo Chávez confío la continuidad del régimen.

La estrategia informativa seguida por el vicepresidente Nicolás Maduro para informar del estado de salud del presidente, el comportamiento de Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional, y el veredicto del Tribunal Supremo, que ha dado por buena la prórroga para que Chávez renueve mandato, responden a las previsiones constitucionales no escritas, pero sobreentendidas, según las cuales la agenda debe ajustarse a las necesidades del comandante-presidente, un apelativo con resonancias castristas. Es este un camino transitado con frecuencia por regímenes latinoamericanos de perfil democrático y no democrático, que en el caso venezolano permite al chavismo organizarse –Maduro y Cabello mediante– para atar las previsiones sucesorias ante la más que probable ausencia definitiva de Chávez del puente de mando. Y a Cuba le da tiempo a garantizar el futuro de la alianza de privilegio que mantiene con el petróleo venezolano, sobre la que descansan las necesidades energéticas más apremiantes de la isla y la reforma económica inaplazable emprendida por Raúl Castro.

Los argumentos jurídicos vertidos por especialistas que militan en el bando bolivariano y en el de sus adversarios admiten toda clase de juicios. Es discutible que a Chávez no se le deban aplicar los plazos para tomar posesión (Luisa Estella Morales, presidenta del Tribunal Supremo), pero no es un dogma de fe que el juramento para desempeñar el cargo sea un requisito que legitima a la institución, no a la persona (Armando Rodríguez García, jurista). Este último va más allá al declarar a Los Angeles Times que “la ausencia de Chávez de la ceremonia puede ser inconstitucional”. En todo caso, el bizantinismo de la discusión no da para mucho más que las conclusiones en las que cada bando se encastilla. “Una especie de traje listo para llevar”, ha llamado a la Constitución venezolana Asdrúbal Aguiar, expresidente de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, en un debate entre personalidades de la oposición emitido por Globovisión, la cadena a la que el chavismo puso la proa y ha de emitir por internet; “una garantía de continuidad institucional”, ha escrito el editorialista de una publicación afecta al chavismo; “ninguna de las personas que está en el poder actualmente fue electa el 7 de octubre”, recuerda con acierto Henrique Capriles, que disputó la presidencia a Chávez.

Diosdado Cabello

Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional del Venezuela, que tutela la continuidad del chavismo al lado de Nicolás Maduro.

Más allá del virtuosismo jurídico está la realidad política, que Capriles ha resumido en una sola frase: “El tribunal tomó una decisión para resolver un problema del PSUV”. Algo en lo que abunda El Nacional, en las filas de la oposición caraqueña: “La crisis política que estamos viviendo tiene su origen en la ausencia de Chávez y en la subsiguiente turbulencia en el interior del PSUV –asegura el sociólogo Heinz Sonntag–. Se ha sabido que una fracción cada vez mayor de oficiales de la FAN [Ejército] ve con creciente irritación la influencia de Cuba. Por otro lado, la alternativa democrática ha logrado construir una corriente de oposición que tiene creciente influencia en la ciudadanía”. En realidad, la “corriente de oposición” está lejos de agavillar las voluntades suficientes para competir con la movilización chavista en la calle y cada vez que se convocan elecciones. Al mismo tiempo, el problema interno del PSUV es solo relativo porque nadie discute de momento que Maduro fue ungido por Chávez antes de marchar a Cuba para operarse por cuarta vez, y tampoco que Maduro es el enlace con La Habana y, por añadidura, con los aliados más próximos: el sandinismo desfigurado por la corrupción de Daniel Ortega, el neoindigenismo de Evo Morales y el populismo petrolero de Rafael Correa, más unas gotas de solidaridad peronista siempre que Cristina Fernández caiga en la cuenta de que la política de balcón y pancarta pasa por Cuba y Venezuela.

En el 2008, el economista venezolano Francisco Rodríguez publicó en Foreign Affairs un artículo de análisis de la situación en su país titulado Una revolución vacía, que dio pie a un prolongado intercambio de opiniones. Poco después, en las páginas del liberal The New York Times, con un título casi idéntico –La revolución vacía de Venezuela–, volvió a la carga para poner en duda el efecto beneficioso de la revolución más allá de los logros alcanzados a caballo del aumento de los precios del petróleo. Rodríguez se refirió a los estereotipos que permiten el arraigo de diferentes formas de populismo y llegó a la siguiente conclusión: “Esos estereotipos refuerzan la opinión de que el subdesarrollo latinoamericano se debe a los vicios de sus clases depredadoras en vez de a algo más prosaico como las políticas equivocadas. Una vez se acepta esto, es fácil olvidarse de la necesidad de elaborar iniciativas en el mundo real que podrían ayudar a América Latina a crecer”. Dando por descontado que en el relato de Rodríguez hay una dosis no pequeña de antichavismo, es lo cierto que las carencias y debilidades del régimen –inflación, desabastecimiento, inseguridad, corrupción– se achacan a una mezcla de adversarios en el interior y en el exterior, y ese enfoque ha calado en segmentos sociales que consideran la dinámica chavista la única vía que les queda para salir de la postración. Y la música que llega de Cuba, de Nicaragua, de Bolivia y de Ecuador ayuda a crear este clima de confianza desmedida en el mensaje del comandante-presidente.

Luisa Estella Morales

Luisa Estella Morales, presidenta del Tribunal Supremo de Venezuela, que no vio inconstitucionalidad en que se aplace el juramento de Hugo Chávez.

Entre tanto, la realpolitik se mueve entre bambalinas con las exigencias de siempre, porque el régimen afronta un gran problema a medio plazo: Estados Unidos, el primer importador de petróleo venezolano, será autosuficiente hacia el año 2020 gracias a la explotación de los esquistos bituminosos. En consecuencia, mientras nadie sabe exactamente más allá de la familia y unos pocos fieles hasta dónde llega la gravedad de Chávez, Maduro ha iniciado los preparativos para asegurar el futuro al poschavismo a través de una fórmula de acercamiento a la Casa Blanca que incluiría la reanudación de las relaciones diplomáticas. Lo cuenta Andrés Oppenheimer en El Nuevo Herald de Miami, con justa fama de portavoz de todos los anticastrismos imaginables, pero con antenas muy bien orientadas en los salones de Washington. O sea que la conversación telefónica de Roberta S. Jacobson, responsable de Asuntos Latinoamericanos del Departamento de Estado, con Maduro, de la que habla Oppenheimer, debió producirse –el pretexto fue la cooperación en la lucha contra el narcotráfico–, decidido el heredero de Chávez a hacer de la necesidad virtud y a dejar la grandilocuencia para los momentos de zozobra.

Se completa así el círculo de los tres poderes fácticos sobre los que se sostiene la república bolivariana: el partido, que encuadra al chavismo militante; el Ejército, cuna de Chávez, que garantiza la continuidad institucional; y la compañía petrolífera PDVSA, que nutre de divisas el experimento social. Esta trinidad de facto enmaraña la clásica división de poderes, pero se ajusta como un guante a una mano a los objetivos socializantes del régimen, al espíritu de la Constitución, que ahora está en boca de todos, y puede que también al propósito inconfesable de controlar a la oposición. Todo esto tiene poco que ver con la búsqueda apresurada de argumentos jurídicos para legitimar la ausencia de Chávez o poner en duda la legitimidad del régimen desde el jueves, cuando el presidente no compareció para jurar el cargo. Y hace aún más estéril la verborrea desquiciada a la que se entregan algunos articulistas, como Antonio A. Herrera-Vaillant en El Universal, de un tremendismo sin límite: “La verdadera tragedia no es que el poder esté en Cuba, sino que está vivito y coleando en la chusma desaforada y procaz de la Asamblea y algunos cuarteles: un atajo de perros sin amo que rápidamente pierde legitimidad. Los cubanos lógicamente intentan que no se caigan a dentelladas entre sí”.

Herrera-Veillant recuerda que en 1952 aparecieron en Buenos Aires pintadas que rezaban ¡Viva el cáncer!, la enfermedad que acabó con la vida de Eva Perón, convertida desde entonces en referencia ideológica y mitológica del justicialismo. Acto seguido, se atreve a decir que aún hoy paga Argentina aquel atrevimiento, porque sigue siendo el peronismo la fuerza hegemónica, y teme que en Venezuela suceda otro tanto –no lo dice, pero es fácil sacar esta conclusión– si la enfermedad vence a Chávez. Sea o no esta una opinión muy extendida en las filas de la oposición, el hilo argumental del articulista es, además de poco respetuoso con la peripecia vital del presidente, bastante inexacto: nada tiene que ver con la carnadura peronista ni el momento histórico ni la cronología de acontecimientos que permitieron a un comandante golpista llegar al poder a través de las urnas. Merece la pena leer en la publicación progresista estadounidense In These Times las reflexiones de Bhaskar Sunkara después de la reelección de Chávez en octubre, discutibles, pero bien argumentadas, para concluir que el peronismo y el chavismo no tienen más nexo de unión genérico que la tradición populista, y aun este debe tomarse con todas las reservas. “Juan [Domingo] Perón y sus seguidores cooptaron una izquierda en ascenso. Chávez aparentemente la ha resucitado y ha tenido a veces dificultades para mantenerse en sintonía con las fuerzas que ayudó a liberar”.

Venezuela. Mapa

Parámetros esenciales de la República Bolivariana de Venezuela.

Lo que la oposición venezolana apenas es capaz de reconocer es que el chavismo es un producto genuino del país, que ha arraigado porque el turno de partidos –un rato para la socialdemocracia (Acción Democrática) y otro para la democracia cristiana (COPEI)– acabó siendo un ominoso negocio familiar que se despeñó por la pendiente de la decadencia a partir del caracazo de 1989. Mucho antes de la asonada de Hugo Chávez, todo dejó de ser chévere, las desigualdades crecieron de forma galopante, pero el bipartidismo permitió que el edificio se hundiera sin que el petróleo alcanzara para atenuar el descontento social. Entonces no hubo debate constitucional ni intervención judicial, cuando era posible y necesario que los hubiera, y hoy los hay, aunque sin que tengan efectos prácticos porque el chavismo es el Estado o casi.

 

Hugo Chávez tiene rival

Multitudes, la movilización de las masas en su más rotundo significado; Caracas vitorea a Henrique Capriles; Caracas aclama a Hugo Chávez; la grandiosidad de la naturaleza alimentada por el Orinoco proyectada sobre una sociedad de una grandilocuencia inagotable. La campaña que ha precedido a la elección presidencial en Venezuela se ha vestido con los ropajes del dramatismo radical de dos candidatos condenados a no detenerse un segundo en los detalles, apuntar al adversario y sacar el máximo partido a la poco menos que ciega fidelidad de los seguidores. Quizá el rigor haya quedado olvidado en la larga refriega, pero acaso salga el país fortalecido del reto, sea la victoria para la ensoñación bolivariana que cautiva a los chavistas o para la socialdemocracia templada que ha unido a la oposición; sea para la Mesa de la Unidad Democrática, que sostiene a Capriles, o para el conglomerado que encabeza el Partido Unido de Venezuela, hogar de Chávez.

El analista Andrés Oppenheimer comparte el parecer de otros muchos que, al día siguiente de la refriega, avizoran el triunfo colectivo de una sociedad hasta la fecha agitada de forma a menudo enloquecida, con frecuencia, colérica, por líderes adscritos a la política de balcón o a la descalificación sin tregua de todo y de todos. Ni siquiera una derrota bajo sospecha, barrutan Oppenheimer y otros, llevaría a Capriles a desbordar las aguas porque, por primera vez desde el hundimiento del bipartidismo innoble –a cada poco se turnaban en el poder el Copei y la Acción Democrática–, la oposición al chavismo tiene cuotas de poder que proteger y cuotas de poder que conquistar. “Si [Capriles] perdiera –ha escrito Oppenheimer en el conservador El Nuevo Herald de Miami–, lo más probable es que no alegue que hubo fraude, porque eso instalaría una matriz de opinión de que existe un fraude sistemático, y haría que millones de opositores se queden en su casa para las elecciones de gobernadores del 16 de diciembre y las de alcaldes de abril del 2013”.

Boleta electoral

Anuncio aparecido en la prensa venezolana en el que se avisa de las opciones de voto anuladas en las papeletas, que se contabilizarán como votos nulos a pesar de que muestran la imagen de Henrique Capriles.

Tampoco una victoria liberará a Chávez de la obligación de ser muy otro: “A partir de esta elección, nunca más podrá ser igual al anterior presidente borracho de triunfalismo y de la falsa creencia que tenía un apoyo total del pueblo venezolano”, imagina Oscar Peña en El Nuevo Herald. Desde luego, las encuestas están lejos de asegurar una victoria fácil al presidente –dos de ellas le dan perdedor por un pequeño margen de votos–, y aunque es imposible deslindar en muchos sondeos la militancia política de los datos difundidos, el simple hecho de que uno de los trabajos de prospectiva, el de Consultora 21, dé a Capriles un suplemento de papeletas de por lo menos dos puntos procedentes del voto oculto –le darían el triunfo, según la BBC–, revela que el chavismo está lejos de conservar la aplastante hegemonía de que disfrutó en otro tiempo en la calle y en las urnas.

Esa disposición final a contenerse que se atribuye a los candidatos es una novedad absoluta en una sociedad herida por la desigualdad y acostumbrada a índices de violencia extremos. Ni siquiera el populismo omnipresente de Chávez es capaz de ocultar o alterar el dato cierto de que la sociedad venezolana enfermó de violencia hace tiempo y nadie ha dado con la medicina para que baje la fiebre. La fractura social, la pobreza humillante, la ineficacia de los gobernantes y la corrupción ilimitada, engordada con las rentas del petróleo, han permitido crecer al monstruo y confiere vigencia permanente al análisis que el mexicano Carlos Fuentes dedicó en La gran novela latinoamericana a la obra del más renombrado de los escritores venezolanos: “El tema central de Rómulo Gallegos es la violencia histórica y las respuestas a esta violencia impune: civilización o barbarie. Respuesta que puede ser individual, pero que se enfrenta a las realidades políticas de la América Latina”. Tal como recoge Fuentes, Gallegos se refiere a un tiempo al “primaveral espanto de la primera mañana del mundo” y a la violencia que impregna la historia toda de la novela Canaima, alegato contra el caudillismo, a partir de la noche en la que “los machetes alumbraron el Vichada”.

Los machetes de hoy son la tensión social, los suburbios a merced de las bandas y la sensación permanente de inseguridad. Las encuestas son concluyentes: nada preocupa más a los venezolanos que la violencia sin tregua, la inseguridad urbana, la incapacidad de las fuerzas del orden para tranquilizar las calles. Cuando es posible afirmar que la muerte de tres seguidores de Capriles es lo menos que cabía esperar de una campaña dominada por la pasión, cuando se sabe de antemano que las armas están al alcance de la mano y la policía es ineficaz, entonces el problema reviste una trágica gravedad. Oliver Stone cuenta en su película Al sur de la frontera que Chávez “nació en una casita de barro y creció en la pobreza”, y “esto afectó a su visión sobre Venezuela”. ¿Incluía esta visión la violencia a pie de calle? La respuesta ha de ser forzosamente .

Canaima

Portada de una edición de 'Canaima', novela de Rómulo Gallegos.

Lo mismo vale para Capriles. Aunque nació en el confort de una familia de la burguesía empresarial caraqueña de ascendencia judía, la realidad de la violencia a todas horas no puede ser ajena a su experiencia personal. Más allá de las lindes del Country Club de la capital, lugar de encuentro de la sociedad acomodada, se extiende un laberinto de desigualdades sociales que ningún discurso político ha logrado corregir hasta la fecha. Ni el de los patiquincitos a los que alude en Últimas Noticias de Caracas Asalia Venegas, chavista convencida, ni el del “militarote de verbo asaltante y ruidoso” al que se refiere Elizabeth Araujo en el conservador Tal cual, asimismo de Caracas. Así se ha impuesto el populismo a todo volumen que emborrona la política hasta convertirla en un ejercicio de adhesión personal al que se suman con entusiasmo las páginas de opinión, los blogueros, los estrategas electorales y, claro, los propios candidatos.

Hay una larga tradición de caudillismo en América Latina, atenuada estos últimos años por el renacer democrático. Pero en Venezuela ha brotado de nuevo mediante la radicalización de los oradores, los medios sometidos disciplinadamente a uno u otro bando, las extrañas alianzas tejidas por Chávez y la contrapropaganda emitida desde Estados Unidos. Hay una conexión causal, una relación dialéctica imposible de soslayar entre dos frases recogidas por Oliver Stone en la película. Dice el presidente en un mitin: “El Gobierno no será el Gobierno de Chávez porque Chávez es el pueblo”. Condoleezza Rice, a la sazón secretaria de Estado, afirma: “Creo que tenemos que ver en este momento que el Gobierno de Venezuela es una fuerza negativa en la región”.

Hay una segunda conexión dialéctica que robustece la tendencia al populismo: el objetivo permanente de mantener la calle ocupada, de contar en cientos de miles, en millones, si ello es posible, la participación en los grandes mítines. Todo Caracas, tituló un periódico de la oposición después de un gran mitin de Capriles; Siete avenidas llenas, reclamó un diario chavista antes de la gran concentración anunciada para el día 4. “Si gobierna Capriles, volverán la burguesía y el imperio”, aseguró Chávez desde una tribuna con la voz alterada por el énfasis propio de los grandes trágicos; “Chávez perdió la calle”, proclamó Capriles desde otra tarima ante una masa extasiada. “Con Capriles renacen los mejores instintos de la gente buena y decente de este país en contraste con el deslave de odios y vulgaridad desatado durante 14 años por un irresponsable delirante”, escribió Antonio A. Herrera-Vaillant en el opositor El Universal. “Para un país, es peor que un mal Gobierno, una mala oposición. Y lo es porque cuando esto ocurre no hay camino, no hay alternativa, no hay futuro. La suerte de Venezuela en esta materia es que puede marchar, salir adelante, sin necesidad de oposición”, se afirmó en el presidencialista Diario Vea con absoluto desparpajo.

Pompeyo Márquez

Pompeyo Márquez, un histórico de la izquierda venezolana, rompió con Hugo Chávez en 1999 y hoy le acusa de ser "un autócrata militar".

Es dudoso que sin oposición sea posible el ejercicio saneado del poder. Pompeyo Márquez, exguerrillero, exmilitante comunista, exministro, fundador del Movimiento al Socialismo, alude indirectamente a esa carencia de adversarios que han permitido radicalizar la brega de Chávez: “Ahora se siente con el monopolio del izquierdismo, cuando en la práctica es un autócrata militar que hace depender a un país de la voluntad de un solo hombre, haciéndonos regresar a los viejos caudillismos del siglo XIX”. Parece que Márquez no comparte la idea de que una cuota importante del izquierdismo de Chávez es sobrevenida; obedece a la desconfianza manifestada por Estados Unidos frente al nacionalismo socializante que llevó al poder a quien antes quiso llegar a él por la fuerza. De ser esta la razón última de la radicalización de Chávez, habría que convenir que su acercamiento a la experimentación social de Evo Morales en Bolivia, de Rafael Correa en Ecuador y, aún más, de Daniel Ortega en Nicaragua, convertido en caricatura del sandinismo de los primeros años ochenta, fue más fruto de la necesidad que de otras consideraciones, más fruto de la urgencia por no aparecer solo en el escenario que del convencimiento ideológico. De la misma manera que los apretones de manos de Chávez con Lula da Silva, antes, y Dilma Rousseff, ahora, no han ido más allá porque Brasil no necesita a Venezuela para salir en la foto y otros países, en cambio, sí la precisan.

Todo esto asoma en la campaña de Capriles, pero es el perfil de Fidel Castro el que más pesa en las frases destinadas a desacreditar a Chávez. El brasileño José Sarney fue inmisericorde cuando dijo que al presidente venezolano “le falta historia y le sobra petróleo” para poderse equiparar con el anciano líder cubano. Pero no es descabellado pensar que lo que busca Chávez en la gerontocracia cubana es la legitimación histórica que no ha logrado hasta la fecha con las rentas del petróleo destinadas a suturar las heridas sociales. Chávez ha llegado a decir que votar por él es hacerlo por Fidel Castro, un reflejo preciso de hasta qué punto quiere asociar su mensaje al prestigio acumulado en el pasado por la revolución cubana, a la que hoy le quedan poquísimos defensores. Dicho todo en medio de la confusión provocada por la mezcla de las proclamas que remiten a Castro y la realidad económica que mantiene a las refinerías y redes de distribución de carburantes de Estados Unidos como las primeras compradoras de petróleo venezolano. Resumen de la socióloga Colette Capriles, recogido por Luis Prados y Maye Primera en El País: “No existe un chavismo ideológico. Chávez se suma al castrismo por la necesidad de tener una genealogía de izquierdas y mucha gente se le une porque piensa que obtendrá algún beneficio del Gobierno por modesto que sea”.

Puede que todo dependa de esto y que la elección se decida según sea el volumen del voto cautivo que retiene Chávez en las filas de quienes esperan obtener “algún beneficio” del Gobierno. Puede que el cansancio de una parte de la progresía venezolana desencantada, de los defraudados por promesas que nunca llegaron a cumplirse, de la clase media recelosa, de las víctimas de la inseguridad y de los empobrecidos por la inflación no sean resortes suficientes para evitar que se imponga el gancho de Chávez. Aunque se enfrenta al rival más sólido de cuantos se han medido con él hasta la fecha, el presidente ha logrado mantener el vigor escénico a pesar de que en junio del 2011 le diagnosticaron un cáncer, fue operado dos veces y el único parte de curación es el del propio enfermo. El politólogo Alberto Barrera ha explicado a Prados y Primera que “Chávez tiene un talento especial para la empatía con los sectores populares y además no tiene escrúpulos”. Y ha añadido: “Ha convertido al Estado en una agencia de publicidad personal”. Pero ¿es esto suficiente para neutralizar la compleja maquinaria electoral puesta en marcha por la oposición unida? El ruido ensordecedor de los candidatos impide saberlo.