Cita crucial por el clima

La conferencia COP 26 que empieza este domingo en Glasgow es una de esas ocasiones en las que será un sonoro fracaso todo lo que no sea levantarse de la mesa con acuerdos concretos y aplicables a la mayor brevedad. En este caso, cabe añadir que, además de sonoro, el fracaso, de darse, puede resultar dramático porque la degradación del clima avanza y se manifiesta con mayor rotundidad a cada día que pasa. Todos los trabajos producidos por los científicos coinciden en que en que los plazos se agotan para que muchos efectos de la emergencia climática no sean irreversibles y el precio a pagar por el género humano, inabarcable. Desde el informe IPCC, apoyado por las Naciones Unidas, al del Centro Euromediterráneo para el Cambio Climático, dado a conocer esta misma semana, hay coincidencia generalizada y expresa de que todo lo que no sea limitar el aumento de la temperatura media de la Tierra en 1,5 grados condenará al planeta a un calentamiento inasumible con la generalización de fenómenos atmosféricos extremos, aumento del nivel de los mares, desaparición de tierras emergentes, degradación de la calidad del aire y crisis sanitarias constantes.

Ese es el panorama de futuro y no otro si no se actúa, y es suficiente para resaltar la irresponsabilidad de cuantos niegan los riesgos inherentes al cambio climático con argumentos tan peregrinos y puede que cínicos como que no es ninguna novedad para la Tierra que el clima mute. La influencia de la verborrea de Donald Trump durante cuatro años ha sido en este sentido desastrosa porque ha envalentonado a la extrema derecha de todo el mundo, por lo general negacionista, y ha procurado un gran aliado a sectores económicos de influencia universal que anteponen la cuenta de resultados a cualquier otra consideración. Pero no solo la demagogia de Trump ha dañado la aplicación de los acuerdos de París mediante medidas concretas, sino que la necesidad de afrontar un cambio radical de modelo energético, que implica un cambio sustancial de los sistemas de producción y consumo, ha aplazado sin fecha precisa la adopción de medidas que, al menos momentáneamente, afectarán la tasa de beneficios.

Puede parecer exagerado el convencimiento del nobel Paul Krugman de que la pasividad ante el cambio climático “amenaza el futuro de la civilización”, pero le dan la razón las proyecciones nada improvisadas que manejan para 2100 la hipótesis de un incremento de tres grados de la temperatura media de la Tierra. Estos presagios derivan de las previsiones de inversión y crecimiento de las industrias extractivas de combustibles fósiles de Estados Unidos, Canadá, Noruega, Argentina y China, entre otros países, por un monto total de 1,4 billones de dólares, dadas a conocer antes de la COP25, celebrada en Madrid en 2019, que están lejos de haberse cancelado o revisado de forma sustancial.

El estallido de la pandemia y la momentánea congelación de la economía hicieron creer que la progresiva recuperación de la normalidad se haría teniendo en cuenta la leve mejoría experimentada por la calidad del aire y otros parámetros esenciales. Nada de esto ha sucedido: en cuanto ha mejorado la situación sanitaria en el mundo desarrollado han reaparecido los mismos problemas, quizá corregidos y aumentados por el crecimiento, se han disparado de nuevo las tasas de contaminación del aire y una vez más se han manifestados las resistencias a afrontar a escala global un problema de dimensiones globales. Esto es, las soluciones parciales, regionales o locales, sin duda cargadas de buenas intenciones, carecen de eficacia porque la humanidad enfrenta una crisis que no entiende de fronteras.

Pocos gobernantes abordan con determinación práctica el hecho de que si la economía se ha globalizado, los daños causados por el modelo productivo deben remediarse de forma global con medidas concretas, recogidas en un calendario preciso y sometidas al control de instituciones independientes. En caso contrario, los daños colaterales están garantizados en el espacio –la totalidad de la Tierra– y en el tiempo –el avance de la degradación– así para los cumplidores de lo acordado como para los remisos a hacerlo. Pero esa idea de globalidad, que ni siquiera ha prevalecido a la hora de procurar vacunas a todo el mundo para combatir la pandemia, es inasumible para demasiados gestores económicos, que ven en ello una limitación o aplazamiento de beneficios, de la amortización de costosas inversiones correspondientes a modalidades de negocio con un componente contaminante.

Ese es el fondo de la cuestión: ¿cabe imaginar un crecimiento ilimitado de la economía en un espacio limitado o solo la limitación del crecimiento puede evitar el desastre? Es imperiosa la respuesta a esa pregunta y a otras relativas al crecimiento de la población, al aumento de las desigualdades, al crecimiento del consumo, a la frivolidad suntuaria de segmentos sociales minoritarios, pero muy influyentes en la difusión de la cultura del lujo. Y es asimismo imperiosa la concreción de compromisos para rescatar del sometimiento los países que carecen de recursos propios para afrontar el cambio hacia la sostenibilidad y la preservación del medio natural.

Ninguno de los grandes problemas logísticos que enfrentan los mercados a la salida de la pandemia, si es que en tal momento nos encontramos, son del calibre suficiente como para anteponerlos al combate contra la emergencia climática. Ni el desbarajuste del mercado eléctrico causado por el aumento de la demanda y el encarecimiento del gas ni la crisis de suministros y el encarecimiento del transporte desde Extremo Oriente a Europa y Estados Unidos son razones suficientes para no avanzar, para salir del COP26 con un programa de buenas intenciones y poco más. El nobel Joseph Stiglitz lo resume en una idea: la sociedad pospandémica debe perseverar en la igualdad y en la economía verde para proteger el medioambiente. El objetivo parece simple, pero en Glasgow se levantarán seguramente muros defensivos y frentes agresivos que pretenderán convencer a la opinión pública de que nada de lo que está pasando es de una gravedad extrema, aunque lo es y mucho.

 

About Albert Garrido

Albert Garrido. Licenciado en Periodismo. Cursó Historia en la Universitat de Barcelona. Profesor en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona y en la Universitat Internacional de Catalunya. Autor de los libros 'La sacudida árabe' y 'En nombre de la yihad'.
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