Daniel Ortega degenera el sandinismo

“El tiempo de Daniel Ortega ya se acabó”, opina el escritor y exvicepresidente de Nicaragua Sergio Ramírez. La nómina de muertos y heridos en las protestas de las últimas semanas confirma el agotamiento de la degeneración sandinista, su transformación en un modelo como tantos hay de caudillismo, olvidado para siempre el doble compromiso con la igualdad y la democracia. Si espuria y despreciable era la patulea de los Somoza, tanto o más lo es la caterva que jalea al presidente Ortega y a la esposa de este y vicepresidenta, Rosario Murillo, apodada La Chayo, tan alejados ambos en sus proclamas y ademanes de lo que en su día representó el Frente Sandinista.

Quienes dan por enterrada la izquierda transformadora latinoamericana o la dan por ensimismada y sumida en el descrédito –Venezuela– ven en la situación nicaragüense la prueba definitiva de que el continente ha entrado en un tiempo nuevo de perfil conservador. Quienes, por el contrario, ven en la reacción contra el sistema de cotización de la Seguridad Social una señal o indicio de vitalidad colectiva, creen que no todo está perdido siquiera sea por los abundantes ejemplos de desequilibrios sociales, pobreza y gobiernos sin rumbo que acumula el istmo centroamericano. A ambos bandos le asiste probablemente parte de razón y a cada lado de la divisoria el optimismo excesivo no está justificado.

Dice Sergio Ramírez que “han soltado a un genio maléfico de la botella”, y en esa imagen literaria  hay mucho de cierto y mucho de irremediable porque no hay forma de meter de nuevo al genio en su estrecha guarida. Todas las frustraciones causadas por un proyecto fallido de transformación social han llegado a la calle, y todos los vicios de un poder deslegitimado han llevado a Ortega a atrincherarse en el palacio de Gobierno, bendecido por el brazo conservador de la Iglesia, dirigido por el cardenal Miguel Obando Bravo hasta su fallecimiento el 3 de junio, por una parte de los empresarios y por un Ejército rendido a los privilegios oficiales y oficiosos de que disfruta.

La adulteración del sandinismo tiene rasgos y características del todo diferentes a la posible revolución conservadora que se expande por el universo latinoamericano. Mientras la idea dominante es que el ciclo reformista ha concluido como resultado de una reacción en las urnas contra los gobernantes de la última década por diversos motivos, la efervescencia en las calles de Nicaragua se asemeja bastante a un proceso insurreccional frente a un poder enquistado. Un establishment depredador y despegado de la realidad ha agavillado en un mismo bloque opositor a los sandinistas defraudados, a los liberales alarmados por el hundimiento de la economía, a los empresarios disconformes con la reforma de la Seguridad Social  y a los añorantes del somocismo, sean estos muchos o pocos, probablemente más lo segundo que lo primero.

La disposición del Gobierno de Ortega a aplicar las recomendaciones del Fondo Monetario Internacional y enjugar el déficit de 75 millones de dólares de la Seguridad Social, seguida de la marcha atrás del Ejecutivo cuando la calle ardió en llamas, subraya la aparente improvisación de unos dirigentes dispuestos a cualquier cosa con tal de mantenerse en el poder. Pero un veterano del sandinismo primigenio, Julio López Campos, sostiene que Ortega “está en su charco”, en su ambiente, en el terreno de juego que más conoce y domina: el del cuerpo a cuerpo. De forma que quizá la improvisación no sería tal, sino más bien una “estrategia del horror” (La Prensa) para vencer a una oposición extenuada por semanas de manifestaciones, algaradas y muerte.

La perpetuación en el poder de Ortega y su corte es, por lo demás, un síntoma de la debilidad extrema de las instituciones creadas para transitar de la tiranía a la democracia. Nadie supo prever, vencida la contra después de la expulsión de los Somoza, que otro Tirano Banderas –el gran esperpento de Ramón María del Valle-Inclán– surgiría de las filas del mismo movimiento que echó al dictador, a aquel Anastasio Somoza Debayle que compendió todas las maldades. Tampoco hubo quien vislumbrara detrás de la victoria guerrillera cuáles serían las consecuencias de la descomposición del bloque histórico en una sociedad empobrecida por sus gobernantes durante decenios, sometida a los dictados de un poder sin control y poco articulada más allá de la acción directa.

El reconocimiento o la sorpresa que causó en Bayardo Arce, uno de los comandantes de la guerrilla sandinista y hoy asesor de Ortega, la respuesta de los jóvenes contra la reforma de las cotizaciones de la Seguridad Social deja al descubierto el desconocimiento absoluto del Gobierno de hasta qué punto la ineficacia, la incuria y el compadreo permanentes pueden provocar un hartazgo irrefrenable. Los jóvenes que han ocupado la calle no conocen más autoridad que la de Ortega, carecen de otra referencia y están lejos de compartir la mitología sandinista que en un pasado a más de tres décadas de distancia movilizó a sus mayores.

La sociedad supuestamente postrada que parecía dispuesta a soportarlo todo con resignación es muy diferente de aquella otra que se sumó a la revolución, pero ha heredado su predisposición a dejarse oír cuando la situación es insostenible. La economía nicaragüense es la sexta de Centroamérica, el PIB supera ligeramente los 14.500 millones de dólares anuales y el PIB per cápita está algo por encima de los 2.000 dólares. Cifras modestas que son un reflejo del bloqueo de un sistema en el que el futuro no está razonablemente garantizado porque ser la sexta economía de una parte de América que convive con varias crisis al mismo tiempo –violencia, pobreza extrema, venalidad– es francamente desalentador. Basta comparar las cifras con las de Costa Rica, que multiplican por cuatro el PIB nacional de Nicaragua y por cuatro y medio el PIB per cápita, para comprender que se dan todos los ingredientes para el estallido social (el motivo es meramente accidental).

Después de cerca de 170 muertos, 57 días de protestas y un paro nacional muy violento el último jueves solo cabe dar la razón a Sergio Ramírez. Lo cual no significa que el régimen entenderá que ya pasó su hora, sino que, muy probablemente, tiene decidido prolongar su vigencia, su esperanza de vida, aunque desde fuera emita la imagen propia de un enfermo terminal. El gesto generoso de marcharse a casa y dejar que otros busquen una salida no forma parte de la tradición política ni en esta martirizada parte de América ni en ninguna otra región del mundo. Sería una sorpresa descomunal que Daniel Ortega renunciara a resistir para detener la carnicería.

About Albert Garrido

Albert Garrido. Licenciado en Periodismo. Cursó Historia en la Universitat de Barcelona. Profesor en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona y en la Universitat Internacional de Catalunya. Autor de los libros 'La sacudida árabe' y 'En nombre de la yihad'.
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