Dilema europeo entre seguridad y libertad

Después de la gran manifestación del domingo último en París, de la ceremonia de la unidad ante el desafío yihadista, concretada en la cabecera de la marcha republicana, surgen por todas partes señales de fatiga o de desunión en el seno de la Unión Europea, en Francia y entre diferentes enfoques ideológicos. El gran problema es dar con el punto de equilibrio que permita a un tiempo garantizar el ejercicio de las libertades que distinguen a la cultura política europea y garantizar la seguridad, un derecho que asiste a los ciudadanos y que compromete a los gobernantes. En términos generales, resulta contradictorio recortar las libertades para preservar su ejercicio, pero no lo es menos dejar de tomar medidas en el campo de la seguridad en nombre de la libertad de los individuos.

Cuando la exministra francesa Valérie Pécresse propone una ley patriótica francesa, imitación de aquella aprobada en Estados Unidos después de los atentados del 11 de septiembre del 2001, abre la caja de los truenos de las garantías constitucionales, del derrumbamiento de los muros de contención que protegen a los ciudadanos de las eventuales arbitrariedades del poder. El historiador Antonin Benoit recuerda que no hay demasiados datos para deducir de ellos que la ley patriótica “ha hecho que América esté más protegida frente al terrorismo”, según figura en un informe elaborado por la Unión Americana de Libertades Civiles. La libertad de movimientos que la ley otorga a las agencias federales, especialmente a la Agencia Nacional de Seguridad (NSA por sus siglas en inglés), ha tenido poca influencia en el control de los islamistas, pero ha consolidado un estado de excepción permanente que afecta a la vida cotidiana de todo el mundo e impone de facto el principio de la sospecha generalizada.

Tzvetan Todorov: “Comprender el mal no significa justificarlo, sino darse los medios para impedir su regreso”.

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, está convencido de que es “perfectamente compatible” mantener los estándares de libertad y reforzar la seguridad, pero alcanzar este principio obliga a atravesar un campo de minas donde el pensamiento conservador, en general, se muestra poco exigente en cuanto al daño que se puede causar al sistema de libertades individuales y colectivas de los europeos. Surge así un debate de ideas de desenlace incierto y con la simiente de la división siempre presente. Puede decirse incluso que en sociedades asustadas o desorientadas como las europeas, arraiga la utopía reaccionaria (distopía en el pensamiento progresista) de aumentar la seguridad a costa de la libertad. O de imponer la corrección política como sea y acerca de cualquier asunto para evitar el conflicto –véanse los equilibrios de la prensa anglosajona para no reproducir las viñetas de Charlie Hebdo–, algo que tiene todas las trazas de constituir un triunfo de la coacción de los violentos frente a la libertad de expresión, aunque se vista con el pretexto del respeto debido a todas las creencias.

Diríase que resulta más fácil para los gobernantes y más tranquilizador para los gobernados seguir la lógica de la mutilación encubierta de las libertades que analizar qué está sucediendo y sacar conclusiones. El editorialista de Le Monde Gilles van Kote sostiene que “una refundación política (de Francia) es necesaria”, pero para ello es preciso comprender, que no significa justificar, como ha explicado con acierto el filósofo Tzvetan Todorov: “Comprender el mal no significa justificarlo, sino darse los medios para impedir su regreso”. Comprender es dar con las causas de la crisis social, política y cultural, que lleva hoy a jóvenes de ascendencia musulmana, pero criados en países europeos desde su nacimiento, a unirse a la guerra santa del Estado Islámico, a la prédica apocalíptica de Al Qaeda y a la vileza de los atentados contra sus conciudadanos. Sin comprender es imposible actuar o conduce directamente al error, a estigmatizar a una o varias comunidades, aunque todos los días se insista en el respeto y la tolerancia a la hora del telediario. Y habría que preguntarse hasta qué punto la tolerancia es tolerable o, como sostuvo en su momento Eduardo Haro Tecglen, es intolerable porque no es más que una forma de condescendencia más o menos caritativa con el diferente, con el discrepante, con el otro, origen del fracaso del esquema multicultural en el Reino Unido –cada uno con los suyos–, muy alejado del mestizaje en todos los ámbitos.

Sin perseverar en el análisis es imposible dar una respuesta consistente, detallada, sistemática a una pregunta capital: ¿qué amalgama de circunstancias permiten que arraigue el delirio islamista en el pensamiento de los hermanos Kouachi, de Amédy Coulibaly, de los terroristas abatidos el jueves en Verviers (Bélgica)? O a esta otra pregunta, tan capital como la anterior: ¿cuántas cosas hay que corregir para que, por una parte, no crezca exponencialmente la militancia en las filas islamistas europeas y, por otra, la violencia sectaria no se convierta en algo habitual en el paisaje europeo? E incluso esta, tanto o más inquietante que las dos anteriores: ¿qué extraña forma de nihilismo se ha adueñado de unos jóvenes –hombres y mujeres– dispuestos a viajar hasta Siria para empuñar las armas y morir a mayor gloria del califato sanguinario del caudillo Abú Bakr el Bagdadi?

Timothy Garton Ash: “Es la libertad de expresión que defendemos la que permite a los musulmanes expresar sus más profundas creencias”.

Quizá si se optara por este gesto de comprensión de las causas se llegara a dos conclusiones parecidas a las de Abdel Asiem el Difraoui, especialista en terrorismo islamista: Europa está desbordada por el crecimiento del número de yihadistas y no es suficiente una respuesta en términos de seguridad. De tomar solo el atajo de la respuesta policial, cada vez que los terroristas burlen los controles y cometan un disparate, surgirá la frustración por lo hecho hasta entonces y ganará nuevos adeptos el bando de quienes ya hoy piensan que las exigencias de la seguridad deben prevalecer o imponerse a las de la libertad. En cambio, si se dispone de instrumentos de análisis que eviten el esquematismo y sopesen alternativas a medio y largo plazo, cabe la posibilidad de acercar el objetivo de la cámara a los entornos concretos enumerados por Gilles van Kote en su editorial: “El papel de la cárcel en la radicalización de ciertos islamistas, las dificultades de las familias para asumir su papel en nuestro modelo de integración, las lagunas de un sistema educativo que deja en la cuneta a decenas de miles de jóvenes, las carencias de formación de los imanes, los límites de un ideal materialista que el aumento del paro y de la precariedad hace inaccesible a una parte creciente de la población, la necesidad de permitir a cada uno construir una autoestima por vías diferentes a la violencia extrema, la utilización de internet y de las redes sociales por las tramas yihadista”.

Es este un programa menos expeditivo –“Si no te gusta la libertad, haz la maleta”, dice el musulmán Ahmed Aboutaleb, alcalde de Róterdam–, pero seguramente más útil a la larga. Es, en todo caso, aquel que evita que la inevitable confrontación de idearios sea entre el espíritu de las leyes europeo y los defensores de un islam retardatario y sectario, encerrado en sí mismo y enfrentado a la modernidad; es este un programa que pretende preservar la unidad europea más allá de la foto de familia del domingo y de las soluciones fáciles o de las dictadas por la política de las emociones, acaso por la exigencia visceral de una opinión pública traumatizada por la carnicería. El presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, reclama unidad para preservar la seguridad, pero hay discrepancias de peso que la hacen poco menos que imposible si no se formaliza de manera clara y precisa el porqué de lo que sucede.

Frente a quienes parecen poco preocupados por las repercusiones de una reforma de la ley que sitúe a la policía un peldaño por encima de los jueces se alzan quienes entienden que en nombre de la seguridad no debe mutilarse el sistema de garantías. Frente a quienes son partidarios de imitar a la NSA en sus técnicas y atribuciones se sitúan cuantos consideran que, de hacerlo, la vida privada y el derecho a la intimidad resultarán dañados. Frente a aquellos que piensan que cada país debe proceder de acuerdo con sus necesidades inmediatas toman posiciones los que creen que solo puede ser eficaz una solución a escala europea. Pero incluso si este bando resultase ser el más numeroso y reflexivo, surgirían en él discrepancias en aspectos esenciales como la reforma, modificación o puede que suspensión del tratado de Schengen, lo que limitaría la libertad de movimientos de millones de europeos.

Ismail Kadaré: "Europa no tiene solo el derecho, sino el deber de protegerse para ella misma y para todos los demás”.

Ismail Kadaré: “Europa no tiene solo el derecho, sino el deber de protegerse para ella misma y para todos los demás”.

No es menos complejo o enmarañado el debate de ideas entre la tradición europea y la musulmana. La edición de este miércoles de Charlie Hebdo ha puesto en un grito a los gobiernos y organizaciones de los países musulmanes, que han considerado blasfemo el recurso a la imagen de Mahoma, a la caricatura del profeta, a las alusiones a la religión. “Es la libertad de expresión que defendemos la que permite a los musulmanes expresar sus más profundas creencias”, recuerda el historiador británico Timothy Garton Ash, pero esa forma de libre examen que garantiza la neutralidad del Estado es poco menos que ajena a la cultura política musulmana o, en el mejor de los casos, es solo aceptada por una minoría. En la cultura espontánea de los países musulmanes, no es la corriente dominante aquella que aspira a la secularización del Estado, aquella que entiende la práctica religiosa como algo correspondiente al ámbito de la vida privada de los ciudadanos, sino un tipo de heterodoxia combatido por el islamismo político, incluso en sus versiones más contenidas.

Cuando el escritor albanés Ismail Kadaré sostiene que Europa “no tiene solo el derecho, sino el deber de protegerse” para dejar a salvo su legado cultural “para ella misma y para todos los demás” esboza un punto de partida que nadie discute. Pero el paso siguiente, preguntarse cómo hacerlo sin dañar ese legado, da pie a respuestas tan diametralmente diferentes que no atañen en exclusiva al encaje de las comunidades musulmanes europeas, a las relaciones de Europa con el islam en general, sino que afectan también a la protección de las señas de identidad de la cultura política europea, incluido el combate contra el antisemitismo. Y aquí también hace falta comprender para tomar decisiones que sean tributarias de la razón y no de la herida sin cicatrizar de los atentados de París.

About Albert Garrido

Albert Garrido. Licenciado en Periodismo. Cursó Historia en la Universitat de Barcelona. Profesor en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona y en la Universitat Internacional de Catalunya. Autor de los libros 'La sacudida árabe' y 'En nombre de la yihad'.
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