EEUU-Cuba, primer acto

El restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba saca brillo a la política exterior del presidente Barack Obama y, al mismo tiempo, abre un compás de espera. La complejidad de los asuntos pendientes, aparcados durante más de medio siglo por Washington y La Habana, impide que la situación evolucione con rapidez en igual o mayor medida que la oposición surgida en las filas republicanas y en una parte del exilio cubano de Florida, que siguen aspirando a la claudicación del castrismo con similar empeño al exhibido durante la guerra fría. Al mismo tiempo, a nadie se le oculta en la isla, como ha destacado la prensa liberal de Estados Unidos, que una rápida transición económica puede entrañar costes tangibles en los servicios básicos de educación y sanidad, puede que en vivienda. Como ha publicado The New York Times, muchos cubanos han depositado sus esperanzas en el desarrollo de la iniciativa privada, de la organización de un régimen multipartidista, pero, al mismo tiempo, otros muchos temen que las llamadas conquistas sociales se diluyan en la economía de mercado.

El rompecabezas está lejos de tener fácil solución. La derecha republicana presente en el Congreso, el exilio recalcitrante y los ideólogos neoconservadores que calientan motores a año y medio de la elección presidencial quieren impedir que el proceso abierto no tenga marcha atrás o freno, por lo menos, si no se solucionan antes asuntos tan endiabladamente envenenados como el resarcimiento o devolución de las propiedades estadounidenses en Cuba incautadas por la revolución. La Administración demócrata espera que la nueva situación con Cuba sea uno de sus legados históricos. El Gobierno de Raúl Castro se dispone a poner sobre la mesa la continuidad de la base que Estados Unidos tiene en Guantánamo en virtud de un acuerdo-imposición que se remonta a 1903, considerado tradicionalmente por la revolución como la ocupación ilegal de un territorio. Los líderes menos obcecados de la comunidad cubana de Miami ven en el momento la gran ocasión de pasar página y hacer buenos negocios, opinión compartida por una parte relevante de las empresas turísticas norteamericanas que operan en el Caribe e inversores que ven en la isla un lugar ideal para desembarcar con sus dólares. Los cubanos, en fin, curtidos en mil situaciones comprometidas, entienden que ha llegado quizá el momento de dar el gran paso y dejarse de nostalgias y romanticismos.

Por si fuera poco, hay una variable decisiva: la promesa de Raúl Castro de dejar la presidencia en el 2018 y –eso no forma parte de la promesa– la probable dilución de la gerontocracia castrista en un ecosistema político rejuvenecido. Porque a pesar de que el Partido Comunista ha actuado en la normalización de relaciones con Estados Unidos como lo que por tradición es, una estructura monolítica sin fisuras, en la práctica es indiscutible que el peso de las emociones y el recuerdo del pasado influye más en el comportamiento de quienes llegaron a bordo del yate Granma o formaron parte de las unidades dirigidas por los comandantes históricos de Sierra Maestra. Y puede que si muchos de aquellos líderes recorrieron el trecho que iba de un nacionalismo socializante a un socialismo apegado a la URSS, así también en un futuro no muy lejano los herederos del régimen pueden desandar algunos pasos para salirse de un modelo agotado de economía planificada para hacerse cargo de otro nacionalista con inquietudes socializantes y sin demasiados prejuicios anticapitalistas. Solo así cabe imaginar que puede concretarse el levantamiento más o menos equilibrado del embargo comercial de Estados Unidos que la isla soporta.

Mientras llega ese momento, el caso cubano será uno de los argumentos favoritos del republicanismo inquisitorial, que persigue el desgaste de Obama y, con él, el de Hillary Clinton, la gran favorita a ser la candidata demócrata a la Casa Blanca en las elecciones de noviembre del año próximo. Precandidatos de ascendencia cubana como Ted Cruz y Marco Rubio, alentados por el Tea Party, y libertarios muy conservadores como Rand Paul, asimismo adscrito a la prédica del Tea Party, no han perdido tiempo en denostar la iniciativa de Obama, y William Kristol, uno de los líderes de opinión de la derecha destemplada, no ha dudado en decir que lo que quiere el presidente es remodelar las relaciones de Estados Unidos con sus oponentes y enemigos.

Con una macedonia de precandidatos de todos los colores y ni una sola encuesta que dé a uno de ellos vencedor frente a Clinton, Cuba –Irán también– no es el peor de los recursos para atacar al adversario. Ni siquiera los más avezados en la realpolitik, como Jeb Bush, han dejado de aprovechar la ocasión, y conforme se pase de izar las banderas y escuchar los himnos a la política de las cosas, mayor será la presión desde el campo republicano dentro y fuera del Congreso. Si Cuba fue durante decenios un símbolo de las izquierdas, puede que un ejemplo, el régimen de la isla sigue siendo hoy una obsesión imperecedera para la derecha menos reflexiva, la misma que, por cierto, cierra sin mayores problemas suculentos negocios con China, nominalmente comunista. Pone incluso a China como ejemplo de productividad y eficacia, y deja a un lado cuanto atañe al respeto por los derechos humanos, al pluralismo político y a la libertad de información entre otros asuntos no menores.

No hay duda de que quienes más necesitaban encauzar las relaciones eran los cubanos y el régimen cubano, pero el gran negocio previsible es el de las compañías estadounidenses que dentro y fuera del sector turístico, de los servicios y de la tecnología se llevarán la gran tajada. Algo que convierte el disgusto conservador con la iniciativa de Obama en un gesto que solo cabe mantener mientras no se gobierna, pero que debe esfumarse si se llega a empuñar el timón. En todo caso, la historia demuestra que todas las leyes aprobadas para asfixiar al régimen cubano han sido inútiles para acabar con él, han sometido a la población de la isla a un castigo injustificable y, en muchos casos, no han impedido la presencia de inversores europeos y latinoamericanos desde bastante antes de que hombres de negocio chinos se interesaran por el Caribe.

De ahí que resulte sorprendente la tibieza del Gobierno español y su escasa implicación en los sucesos en curso. Y resulta sorprendente porque las empresas españoles que han invertido en Cuba se hallan en una situación privilegiada para sacar el máximo partido a la nueva situación, pero acaso no lo logren por el retraimiento o la falta de iniciativa gubernamental. La situación no es nueva y se remonta a los dos mandatos de José María Aznar, que antepuso sus prejuicios ideológicos a la realidad y sometió las relaciones con Cuba a un régimen de ducha escocesa. Algo perfectamente inútil, cuando no contraproducente, a la vista de la tozuda realidad: la inevitable evolución, transformación o cambio del régimen de la isla, protegido casi siempre por la nueva realidad latinoamericana, aunque de eso último nunca ha resultado una vida confortable para los cubanos. Alguien debió haber apercibido al Gobierno de que nada es para siempre, ni siquiera el régimen cubano, como seguramente saben los propios cubanos, y aun el extremismo republicano en Estados Unidos, aunque no se da por enterado.

 

 

 

About Albert Garrido

Albert Garrido. Licenciado en Periodismo. Cursó Historia en la Universitat de Barcelona. Profesor en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona y en la Universitat Internacional de Catalunya. Autor de los libros 'La sacudida árabe' y 'En nombre de la yihad'.
Tagged , , , , , , , , . Bookmark the permalink.

Deja un comentario