El ‘brexit’, más y más indescifrable

La concreción de la debilidad de Theresa May en el seno de su propio partido ha superado todas las previsiones habidas y por haber: se trata de la mayor derrota de un primer ministro en la Cámara de los Comunes durante el último siglo. Nadie dudaba de que la premier quedaría en minoría, pero los 432 votos contrarios al acuerdo con la Unión Europea –entre ellos los de más de 100 diputados conservadores– provocó una situación de verdadero asombro, alimentó todos los vaticinios para un futuro imprevisible y transmitió corregida y aumentada la imagen de una sociedad irremediablemente fracturada. El empeño de May de allegar fuerzas mediante una carta de última hora remitida desde Bruselas, sin valor jurídico alguno, asentó la convicción de que, más que nunca, los Veintisiete se mantienen en la idea de que puesto que fue el Reino Unido el que desencadenó la crisis es el Reino Unido el que debe pechar con el grueso del precio económico y político del divorcio.

El recurso a las palabras y a los gestos teatrales propios de la tradición shakespeariana poco sirven para encubrir la cadena de errores cometidos por los dirigentes conservadores desde que David Cameron, un remainer, puso en marcha el mecanismo perverso del referéndum para suturar la división en las filas tories y silenciar a los brexiteers. Durante la campaña de junio de 2016, fueron estos últimos, estimulados por Nigel Farage, líder del UKIP, un demagogo de carnadura ultranacionalista, los que llevaron la iniciativa –lo que ahora se llama la construcción del relato–, y después de obtener la victoria fue May, tan remainer como Cameron, la encargada de negociar con la UE un acuerdo que evitara un desastre mayor del pronosticado por la mayoría de los analistas. Fue así como se instaló en el imaginario colectivo la mayor de las estupefacciones: un partidario de seguir en la UE provocó indirectamente la salida y una partidaria de mantener al Reino Unido en la UE se vio en el trance de dirigir la negociación de un futuro en el que no cree, que queda bastante lejos de su punto de vista de siempre.

La invocación de un texto de John F. Kennedy hecha por dos diputadas laboristas en las páginas del diario progresista The Guardian abunda en la vertiente más trágica del brexit, pero no hace más que encubrir o por lo menos difuminar la naturaleza de lo sucedido, mezcla heterogénea de nacionalismo, añoranzas de un pasado sin billete de vuelta, charcutería política, ambiciones personales y falta de liderazgo o determinación en los dos grandes partidos. Que el presidente asesinado escribiera en Profiles in courage que “rara vez sucede que toda la verdad, y toda la razón, y todos los ángeles están en el mismo bando” tiene una solemnidad que casa mal con la realidad: la salida de la UE, por más apoyos que obtuviera en la consulta de junio de 2016, es un disparate sin paliativos que dañará gravemente la economía y la proyección exterior del Reino Unido salvo arreglo de última hora, por lo demás harto difícil.

El aterrizaje en la realidad de los ciudadanos británicos se presagia lleno de riesgos y de decepciones. Las proclamas de Theresa May para “identificar qué podría requerirse –se supone que en Bruselas– para asegurar el apoyo de la Cámara” al acuerdo para la salida tienen todas las trazas de un deseo que difícilmente se puede convertir en algo concreto. Su derrota tampoco cambia los datos esenciales que ensombrecen el panorama porque del fracaso de la premier no se deduce que habrá “un cambio en este estado de cosas”, según uno de los muchos analistas que teme lo peor.

En condiciones normales, después del revolcón del martes, May debería presentar la dimisión. Pero es todo tan anormal en esta historia que los mismos que un día votaron en contra suya prometen ahora mantenerla en el puesto, sea frente a los laboristas, siempre tan indecisos, o frente a cualquier artimaña que pretenda provocar un adelanto electoral o lo que resulta aún más indeseado por los brexiteers: la convocatoria de un nuevo referéndum. Citarse en las urnas entraña demasiados riesgos tanto si se trata de unas elecciones generales, con la posibilidad cierta para conservadores y unionistas del Ulster de pasar a la oposición, como si –del todo improbable por el momento– una conjunción astral permite abrir la caja de los truenos de una nueva consulta que dé la victoria a los partidarios de la permanencia.

A falta de la dimisión de la premier se instala en los espíritus un sentimiento de provisionalidad, así en Londres como en Bruselas, donde no salen de su desconcierto los funcionarios más próximos a Michel Barnier, el responsable de negociar el brexit con los enviados de Theresa May. Mientras Erik Jones y Anand Menon, analistas del think tank británico Chatham House, se preguntan si la unidad de Europa fue “siempre un sueño al tiempo que la división se mantiene como una realidad”, lo cierto es que la unidad de acción de los Veintisiete se mantiene porque todos saben que, sea cual sea el desenlace final, los socios de la UE no saldrán indemnes de la prueba, sometidos los vínculos económicos y políticos con el Reino Unido a un stress test que ninguno de ellos deseó.

La disposición bruselense a prolongar el plazo fijado por el artículo 50 del Tratado de Lisboa para que se consume el divorcio tiene mucho que ver con el temor de los Veintisiete a que una separación sin acuerdo degeneré en un caos o galimatías a ambos lados del canal de la Mancha, con un precio del desaguisado cada vez más difícil de calcular. El caso es que el alargamiento del calendario, con el problema añadido de las elecciones al Parlamento Europeo sin participación británica, no garantiza que cambien sustancialmente los datos esenciales de la crisis. Pueden incluso adquirir una complejidad superior a la que ya tienen si el último cartucho de May para “hablar con todo el mundo”, David Lidington, secretario del Cabinet Office (equivalente a un ministro de la Presidencia o viceprimer ministro), choca contra dos muros: la intransigencia de los conservadores a favor del brexit duro y la negativa de los laboristas a negociar nada que no garantice la unión aduanera y probablemente el mantenimiento provisional en los términos actuales de la frontera blanda entre las dos Irlandas.

Theresa May quizá se daría por satisfecha con lograr la unificación tory mediante la gestión de Lidington, pero ¿es esto posible y suficiente? Seguramente, no si el restablecimiento de la unión perdida exige la renegociación con la UE, a lo que los Veintisiete se oponen, o si la facción brexiteer, muy crecida desde el martes, le recuerda a la primera ministra, esclava de sus palabras, que es preferible una salida sin acuerdo que con un mal acuerdo, o lo que ellos consideran que lo es. Y así, vuelta a empezar metidos en un bucle doblemente demoledor, para el futuro del Reino Unidos y de la UE, indisolublemente unidos en la desventura.

About Albert Garrido

Albert Garrido. Licenciado en Periodismo. Cursó Historia en la Universitat de Barcelona. Profesor en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona y en la Universitat Internacional de Catalunya. Autor de los libros 'La sacudida árabe' y 'En nombre de la yihad'.
Tagged , , , , , , , . Bookmark the permalink.

Deja un comentario