El fantasma del racismo asoma de nuevo en EEUU

Trayvon Martin

Trayvon Martin

El demonio familiar del racismo conmueve una vez más los espíritus en Estados Unidos. Los peores fantasmas reaparecen en los debates políticos, en las tertulias de los medios de comunicación y en las secciones de opinión de los grandes periódicos. En la red resuena el debate apasionado relativo a la igualdad de los ciudadanos ante la ley. Y, entre tanto, los padres de Trayvon Martin, el adolescente negro de 17 años que el 26 de febrero murió en Sanford (Florida) de un disparo efectuado por el vigilante voluntario blanco George Zimmerman, de 28 años, piden que prevalezca la justicia; piden en suma que Zimmerman comparezca ante el juez.

El propio Zimmerman reconoce que disparó contra Martin. La policía admite que el joven iba desarmado, que regresaba a su casa después de comprar unas golosinas y un refresco y que se cubría la cabeza con la capucha de su sudadera porque llovía. Es decir, que las razones que indujeron a usar el arma al vigilante voluntario son harto confusas y su testimonio –también el de su hermano y el de los portavoces de la policía– resulta muy poco convincente, por no decir francamente sospechoso, y aun así, Zimmerman sigue en libertad en un lugar secreto después de pasar por comisaria y declarar que actuó en legítima defensa. Por si esto fuera poco, una grabación de Zimmerman y los policías que le detuvieron, realizada por las cámaras situadas en el interior de la comisaría y emitida por la cadena de televisión ABC, desmiente al homicida y a sus familiares, que sostienen que recibió un puñetazo en la nariz y dio con la cabeza contra el suelo (en un momento de la grabación parece que se aprecian unos cortes en la parte trasera de la cabeza de Zimmerman).

George Zimmerman

George Zimmerman.

Como es de imaginar, aunque estos y otros detalles forenses son fundamentales para dilucidar el caso en los juzgados –el día 10 un gran jurado decidirá si se procesa o no a Zimmerman–, lo que realmente tiene conmocionada a la sociedad estadounidense es la pulsión racista de cuanto ha sucedido hasta la fecha y, al mismo tiempo, la inseguridad manifiesta que se deduce de la aplicación de la ley Stand your ground (manténgase firmes), aprobada en el 2005 en el estado de Florida. Se trata de dos vertientes aparentemente inconexas, pero que en realidad están íntimamente relacionadas. ¿Por qué? Porque la Stand your ground autoriza a recurrir a la máxima violencia –utilizar un arma– a quien se siente amenazado o sospecha que lo está, y ahí desempeñan un papel principal los prejuicios raciales que aún alientan en la sociedad estadounidense. A la luz de las estadísticas, se diría que la ley es más un coladero penal promovido por la Asociación Nacional del Rifle que un instrumento legal: entre el 2005 y el 2010, la Stand your ground fue invocada en Florida en 93 casos de homicidio, según ha recogido el periódico Le Monde.

Un análisis exhaustivo de la psicóloga Erika Christakis, publicado por la revista Time, resulta esclarecedor: “Los detalles de este caso ocultan una preocupación mayor. La ley manténgase firmes, que permite a una persona usar la fuerza como primer recurso en casi cualquier situación en la que se sienta una amenaza, no tiene en cuenta las importantes limitaciones y distorsiones de la percepción humana (…) Es incomprensible que los legisladores confíen en el buen juicio de los ciudadanos. Por desgracia, nuestros cerebros no están preparados para ser lo suficientemente razonables cuando disponemos de un arma de fuego. Empuñar un arma puede alterar nuestro contacto con la realidad”.

El comedimiento académico de la profesora Christakis se desvanece más allá de las aulas. Para Frederica Wilson, miembro demócrata de la Cámara de Representantes por un distrito de Florida, cuanto ha sucedido en Sanford “es un ejemplo de perfil racial”. La entrevista con Wilson emitida por la CNN durante el pasado fin de semana contiene la misma contundencia argumentativa desplegada por el periodista Jonathan Capehart, prestigioso editorialista de The Washington Post: “La carga de la sospecha sigue pesando sobre nosotros”.

Capehart, autor de una interesante indagación dedicada a las contradicciones en que han incurrido Zimmerman, su hermano y la policía, y Wilson tienen la tez tan oscura como el malogrado Trayvon Martin. Pero ese dato adquiere un valor relativo cuando se observan las imágenes de las manifestaciones que han puesto en tensión a la opinión pública en todo el país: la presencia de blancos en todas ellas, incluso en los estados del sur, es muy nutrida. Para algún comentarista político, la composición social de las manifestaciones “es una foto de la América que eligió a Obama”; para algún otro, el mensaje que transmite la calle es el de la división social entre liberales y ultraconservadores, mientras una mayoría silenciosa prefiere mantenerse al margen, esperar y ver.

Sea como fuere, el caso de Trayvon Martin es para la minoría negra –afroamericana, como gustan decir en Estados Unidos– motivo de alarma justificada porque transmite la idea de que la fractura racista está lejos de haberse superado, de que el reloj de la historia, de repente, atrasa. “Trayvon es un mártir, no va a regresar. Es un mártir, fue asesinado y martirizado y ahora debemos iluminar la oscuridad con la luz que viene del mártir”, dijo el reverendo Jesse Jackson el último domingo en una iglesia de Eatonville (Florida), acompañado de Al Sharpton, histórico activista por los derechos civiles. Jackson y Sharpton compararon al adolescente muerto en Sanford con Emmett Till, un chico negro de 14 años brutalmente torturado y asesinado en Mississippi en 1955, y con Medgar Evers, un veterano de la segunda guerra mundial asesinado en el mismo estado por el Ku Klux Klan en junio de 1963 después de que el presidente John F. Kennedy pronunciara su famoso discurso en defensa de la igualdad de los derechos civiles. En el entorno del reverendo Jackson y en algunos campus han resonado también los nombres de Selma y Brimingham, ciudades sudeñas que son una referencia permanente en la historia de la defensa de los derechos de la comunidad de color.

Robert Gooding-Williams, profesor de Ciencia Política de la Universidad de Chicago, sostiene que las explicaciones dadas por Bill Lee Jr., jefe de policía de Sanford cuando Zimmerman fue puesto en libertad, remiten a la ley del esclavo fugitivo, que se remonta a 1850 y que hizo posible la siguiente perla de un juez de Michigan: “Si un hombre blanco persigue a un hombre negro, no intervengas”. Cuesta encajar la opinión del profesor de Chicago con la tranquila vecindad de Retreat at Twin Lakes, donde se desarrolló la tragedia, pero el ejemplar reportaje publicado por The New York Times el 1 de abril sobre las circunstancias y el entorno social en el que se produjo la muerte de Trayvon Martin –con un titular tan contundente en la portada del diario como En el ojo de una tormenta de fuego– ayuda a admitir que todo es posible todavía en Estados Unidos aunque el presidente sea Obama y, como ha dicho él mismo, “si tuviera un hijo, se parecería a Trayvon”.

Tracy y Sybrina

Tracy Martin y Sybrina Fulton, padres de Trayvon Martin

Los sentimientos están tan a flor de piel que Geraldo Rivera, un popular presentador de la cadena conservadora Fox, hubo de disculparse en directo con los padres del adolescente muerto después de insinuar que llevar una sudadera con la capucha levantada puede ser un factor de sospecha. “Traté de llamar la atención a los padres que permiten a los chicos vestir sudaderas o prendas similares que en determinadas circunstancias, particularmente si se trata de menores, pueden ser peligrosas (…) Nunca pretendí herir los sentimientos de nadie y menos de Sybrina y Tracy (los padres de Trayvon)”. Los aludidos aceptaron las disculpas.

Pero en la calle sigue vivo el lamento por una realidad que condiciona la vida cotidiana, porque los prejuicios raciales parecen no tener fecha de caducidad a pesar de los progresos registrados desde que el presidente Lyndon B. Johnson firmó en 1965 la ley de derechos civiles. De ahí que en las manifestaciones que estos días han reclamado el procesamiento de George Zimmerman se haya recordado alguna vez el discurso pronunciado por Abraham Lincoln en Gettysburg el 19 de noviembre de 1863: “A nosotros, los que aún vivimos, nos toca consagrarnos a la obra, no terminada, que aquellos valientes adelantaran tan notablemente. A nosotros nos toca consagrarnos a la enorme tarea que aún queda por hacer, y que estos muertos gloriosos nos infundan su devoción a la causa por la cual derramaron hasta la última gota de sangre”. El deseo expresado por Lincoln pronto cumplirá 150 años.

 

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