El Papa, frente al ‘establishment’ europeo

¿Qué ha pesado más en la elección del nombre del nuevo Papa, el Francisco de Asís apegado a la pobreza que transita por Las florecillas o el Francisco Javier que, como un profeta predestinado, llevó la prédica cristiana y el mensaje ignaciano hasta los confines de una terra ignota? Y si ha sido el recuerdo del santo de Asís el que ha llevado a Jorge Mario Bergoglio a acogerse al legado de su nombre, ¿se siente más cercano a El juglar de Dios esbozado por Roberto Rossellini, al santo arquetípico de Franco Zeffirelli en Hermano Sol, hermana Luna o a los fratelli que retrata Umberto Eco en El nombre de la rosa, combatidos por Roma como herejes perturbadores del poder temporal? ¿Qué impera más en el pensamiento de un jesuita conservador como Bergoglio: la memoria de las reducciones que aspiraron a salvar al indio mediante el sincretismo cultural, y soliviantaron a reyes y papas –véase La misión, de Roland Joffé–, o aquel otro jesuitismo plegado a la más rigurosa de las ortodoxias, alineado con papas alarmados que se sintieron sitiados por la modernidad? ¿Qué sandalias calza este pescador de Buenos Aires que viaja en metro?

Ratzinger-Bergoglio

Los cardenales Josef Ratzinger y Jorge Mario Bergoglio, en el Vaticano.

De las respuestas que puedan darse a estas preguntas en los próximos meses, quizá años, depende seguramente el tratamiento que el papa Francisco dé al informe que le aguarda en la caja fuerte de sus aposentos, un texto que ha sido la razón última de la renuncia de Benedicto XVI. Sometido este al fuego cruzado de la estructura de poder de la curia, los debeladores de secretos guardados durante decenios bajo siete llaves –los escándalos de pederastia, las irregularidades del IOR, la filtración de documentos– y el de aquellos que todos los días le criticaban por ir más allá o quedarse más acá de lo esperado, el ahora Papa emérito prefirió dar paso a alguien con más energía para la carrera de obstáculos que el titular de la sede petrina está obligado a correr, aunque no sea un atleta de Dios, como se dijo de Juan Pablo II.

Suponer que las sombras que se ciernen sobre la tibieza de la Iglesia católica argentina durante los años ominosos de la dictadura (1976-1983) serán un lastre permanente en la labor del Papa es aventurado, pero no debe descartarse. En el inicio del pontificado de Benedicto XVI hubo un precedente de naturaleza similar: se desenterró el pasado de un Josef Ratzinger jovencísimo, movilizado por el régimen nazi al final de la segunda guerra mundial. Ni aquel episodio fue un obstáculo para que encarara el saneamiento de la institución ni la realpolitik de Bergoglio entre la de otros muchos eclesiásticos parece materia suficiente para que zozobre la nave papal de buenas a primeras. De momento, pesa más en la apreciación del personaje el prestigio que se ha labrado en el arzobispado de Buenos Aires que los deméritos acumulados durante el gobierno de los centuriones, pero, claro, el Vaticano es una madeja de poderes donde cualquier día alguien puede creer oportuno que es hora de aventar historias que de momento duermen el sueño de los justos.

Bergoglio

El cardenal Bergoglio, con una camiseta del club San Lorenzo de Almagro, del que es socio.

Puestas así las cosas, cobra todo el sentido una de las últimas frases del artículo escrito por Ezio Mauro, director del diario progresista romano La Repubblica, publicado al día siguiente de la fumata blanca: “El Papa Francisco deberá comprender que entre sus deberes universales figura el de la plena transparencia en sus relaciones con la dictadura militar argentina (…) Deberá hacerlo para tener las manos libres”. Para cuantos creen que la misión de Bergoglio, para la que ha sido elegido, es remozar el edificio de los cimientos al tejado, es imprescindible desvanecer cualquiera de las sospechas puestas en circulación la misma noche del miércoles. En caso contrario, todos los temores, recelos y desconfianzas se antojarán justificados.

Si el Papa se muestra muy pronto como el reformador que acaso requiere la restauración del prestigio de la Iglesia, quién sabe cuál puede ser la respuesta del establishment, en guardia desde siempre. No es ajena a riesgos futuros la idea expresada por Arnaud Leparmentier de que con la muerte de Juan Pablo II y la renuncia de Benedicto XVI se extingue la secuencia de papas que vincularon sus pontificados a la redención de la Europa surgida de las dos guerras mundiales, de aquella Europa que enterró sus demonios familiares mediante la acción concertada de Robert Schuman, Konrad Adenauer y Alcide De Gasperi, unidos los tres por un lazo de dos nudos: la cultura alemana, de cuna o adquirida, y el catolicismo. El centro de gravedad se ha desplazado al hemisferio sur y a América, que acoge una comunidad católica movilizada, en competencia diaria con las iglesias evangélicas, y a las familias clásicas del poder curial se les presenta un futuro lleno de incertidumbres por más pactos que hayan hecho posible la elección de Jorge Mario Bergoglio.

Bergoglio

Jorge Mario Bergoglio, en una estación del metro de Buenos Aires.

La mayoría de los integrantes del establishment vaticano suscribirían hoy la siguiente frase de Adenauer, correspondiente a una conferencia pronunciada en el Ateneo de Madrid el 16 de febrero de 1967: “El peligro en el que se hallan los pueblos europeos se hace bien patente si se examina la distribución del poder sobre la Tierra y se llega a comprobar con qué rapidez ha progresado la pérdida de poder de los países europeos”. Es el mismo establishment que se movilizó para que en el preámbulo de la Constitución europea figurara una referencia expresa a las raíces cristianas de Europa y que se intranquiliza cuando lee diagnósticos como el incluido por la directora de Le Monde, Natalie Nougayrède, en el editorial del jueves al analizar la elección del cardenal Bergoglio: “Digámoslo: para Europa, he aquí un nuevo monopolio que cae. El ascenso del Sur es la señal de nuestro tiempo. El sucesor del Papa alemán Benedicto XVI encarna el mundo emergente, estos países en primera línea en cuanto atañe al desarrollo, la igualdad, la gobernanza”.

Volvamos a las preguntas: ¿atesora este mundo emergente el ímpetu necesario para responder a las siete preguntas que ha formulado en las páginas de EL PERIÓDICO el teólogo Juan José Tamayo para poner la Iglesia al día? ¿Puede entender la gerontocracia vaticana que la secularización de Europa y la competencia entre iglesias en América y otros lugares imponen un aggiornamento en toda regla? ¿Estará al alcance y en los deseos del Papa argentino combatir con la transparencia el vuelo rasante de los cuervos que han anidado en la plaza de San Pedro? ¿O, por el contrario, como se deducía de un artículo firmado en El País por Juan Goytisolo, el índice de elasticidad de la Iglesia impide abordar grandes reformas porque el establishment curial, de tradición europea, controla la institución sin competencia posible?

Se atribuye al fraile de Asís el siguiente juicio: “Comienza haciendo lo que es necesario, después lo que es posible y de repente estarás haciendo lo imposible”. Y a Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, a la que pertenece el Papa, se le supone autor de este otro: “En tiempos de desolación, no hagas cambios”. Entre ambos transita Bergoglio. A ver.

 

About Albert Garrido

Albert Garrido. Licenciado en Periodismo. Cursó Historia en la Universitat de Barcelona. Profesor en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona y en la Universitat Internacional de Catalunya. Autor de los libros 'La sacudida árabe' y 'En nombre de la yihad'.
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