Entre el ‘colapso’ y el crecimiento

A los indómitos predicadores de la austeridad a toda costa les aparecen adversarios por todas partes dentro y fuera de Europa. Mientras la cancillera de Alemania, Angela Merkel, y sus economistas de cabecera imparten doctrina y la recesión se adueña del futuro –el calificativo de “impresionantes” aplicado con Wolfgang Schäuble a las medidas adoptadas por el Gobierno de Mariano Rajoy se antoja más un sarcasmo que un elogio–, crece el bando de los partidarios de estimular el crecimiento y dejar de escuchar solo a los fundamentalistas del ajuste fiscal, alias recortes, que han impuesto un diktat innegociable. El énfasis que ponen en sus recomendaciones es más decidido que los proyectos de reactivación económica tímidamente apoyados por los agitprop de la germanización de la economía europea, cuyos efectos son de momento demoledores. Frente a la aniquilación sin pausa del Estado del bienestar proponen abrir la escotilla de las medidas de estímulo para evitar la asfixia. Claro que tal camino discurre en la dirección contraria a la utopía neoliberal, instalada en el puente de mando de la crisis: reducir el Estado a su mínima expresión mediante la jibarización de sus atribuciones.

Obama y Summers

El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y Lawrence Summers, en la Casa Blanca.

El último detractor de la austeridad sin paliativos es Lawrence Summers, profesor de la Universidad de Harvard, exsecretario del Tesoro de Estados Unidos (1999-2001) y expresidente del Consejo Nacional de Economía con Barack Obama (2009-2010). El diagnóstico de Summers, contenido en un artículo difundido el 30 de abril en la red por The Huffington Post, abunda en las mismas ideas expresadas por personalidades de registros tan diferentes como el nobel de Economía Paul Krugman y la directora del Fondo Monetario Internacional (FMI), Christine Lagarde: “Los altos déficits son mucho más un síntoma que una causa de los problemas. Y el tratamiento de los síntomas y no de las causas es generalmente una buena manera de hacer que un paciente empeore (…) La causa de los problemas financieros de Europa es la falta de crecimiento. En cualquier situación financiera en la que las tasas de interés son muy superiores a las tasas de crecimiento, la espiral de los problemas de la deuda queda fuera de control. El enfoque correcto para Europa se encuentra en el crecimiento. En esta situación, una mayor austeridad es un paso en la dirección equivocada”.

John Maynard Keynes cabalga de nuevo a través de los consejos de Summers, que da la razón a Lagarde. “Habrá que estar atento para no matar el crecimiento”, ha dicho al Financial Times la directora del FMI. Lagarde no hace más que reiterar lo declarado el 10 de febrero a Les Échos, el periódico económico francés de referencia: “Los políticos denuncian la insuficiencia de las medidas de austeridad tomadas (…) Y, al mismo tiempo, estiman imperativo relanzar el crecimiento con medidas de apoyo financiero”.

Tim Jackson

Tim Jackson, autor de 'Prosperidad sin crecimiento'.

El presidente del Banco Mundial, Robert Zoellick, que no es precisamente un keynesiano desbocado, considera “muy difícil” para los países europeos alcanzar los objetivos que se han fijado –reformas estructurales y reequilibrio de las cuentas públicas– sin crecimiento. Li Keqiang, viceprimer ministro chino, apenas oculta su intranquilidad al prometer que “China continuará estudiando medios posibles y eficaces para cooperar con las partes implicadas a fin de hacer una contribución conjunta para ajustar el problema de la deuda soberana de Europa”. Al mismo tiempo, los analistas certifican que en el transcurso del mes de abril se ha contraído de nuevo la actividad industrial y el índice PMI (Purchasing Managers Index), que mide las compras en el sector de las manufacturas, ha bajado del 47,7 en marzo al 45,9 en abril, el peor desde el 2009. Con la vista puesta en el futuro, el Instituto de Estudios Fiscales del Reino Unido prevé que “el peso de la deuda” generada por el presente periodo de recesión puede prolongarse hasta más allá del 2030, según recoge el profesor Tim Jackson, de la Universidad de Surrey, en el libro Prosperidad sin crecimiento.

Summers se apoya en las “comparaciones sistemáticas”: las medidas políticas de reducción del déficit con relación al PIB entre un punto y un punto y medio o un aumento equivalente de los impuestos recortan el PIB entre el 1% y el 1,5%. Sigue Summers: “En esencia, los recortes del déficit tendrán un efecto desproporcionadamente adverso sobre el PIB (…) Estas consideraciones se multiplican en el ámbito continental”. La recesión en España y el Reino Unido, los datos que maneja el FMI y las estadísticas de destrucción de empleo dadas a conocer por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) parecen darle la razón. Al cruzar todas las cifras se concreta el riesgo de sacrificar toda una generación en el altar de la austeridad. De momento, hay suficientes indicios para temer que la desaceleración en los países periféricos –sobre todo en España e Italia, que en conjunto representan más del 20% del PIB nominal de la UE– se extienda a Francia y Alemania, según una encuesta efectuada por la consultora Markit entre directores de compras de grandes empresas.

“El enorme éxito de Alemania de los últimos años se ha logrado al convertirse en un exportador neto a gran escala –escribe Summers–, que no habría sido posible sin los préstamos a gran escala y las importaciones de la periferia de Europa. La periferia no puede tener éxito en reducir sustancialmente su endeudamiento a menos que Alemania siga políticas que permitan contraer su superávit (…) Solo si se restablece el crecimiento, el euro puede aguantar y los europeos, resolver sus problemas financieros”. George Soros, que no bebe en fuentes keynesianas, sostiene lo mismo con meridiana sencillez: “Hace falta también una agenda de crecimiento para la zona del euro”.

Paul Krugman

Paul Krugman, autor de '¡Acabad ya con esta crisis!'.

Se trata de moderar los ímpetus de los austeríacos, tal como explicaba el 29 de abril Josep Maria Ureta al reseñar en EL PERIÓDICO el último libro de Paul Krugman, ¡Acabad ya con esta crisis! ¿A quién se tilda de austeríaco? El término fue acuñado en inglés –austerian– por Robert Parenteau, funde las palabras austerity y Austrian School of Economics  –Ludwig von Mises y Friedrich Hayek, entre otros– y tiene el siguiente significado, recogido en el texto de Ureta: “Dícese de los partidarios de una política fiscal centrada en el déficit antes que en la creación de empleo, una política monetaria que combata obsesivamente el mínimo signo de inflación y que eleve las tasas de interés incluso frente al desempleo elevado”. Exactamente lo contrario de los remedios que propone Krugman: más gasto y mayor equidad Norte-Sur, que Alemania sea más expansiva si quiere recuperar lo que su banca prestó a España y a otros socios de la UE.

Los consejos de Krugman están enraizados en la historia de Estados Unidos y en la realidad del momento, porque las políticas de estímulo aplicadas desde el bienio 2008-2009 han dado algunos resultados llamativos que en Europa no se adivinan ni por asomo. Pero no son tan radicalmente solo estadounidenses como para considerar el punto de vista del nobel absolutamente incompatible con la situación europea. El programa de François Hollande, que el lunes puede ser presidente de Francia, no está tan lejos de la música de fondo neokeynesiana; el centro griego se encuentra muy cerca de porfiar por el equilibrio entre austeridad y crecimiento, aunque el resultado de las legislativas puede configurar un Parlamento ingobernable; la socialdemocracia alemana apunta en parecida dirección y si Angela Merkel sale debilitada de las elecciones en Renania del Norte Westfalia, el 13 de mayo, lo hará más; incluso Mariano Rajoy ha reclamado con sordina políticas europeas de crecimiento.

¿Hace falta un nuevo Plan Marshall en el seno del cual tengan cabida austeridad y crecimiento? De momento, hace falta que el estado mayor de la eurozona admita que el camino elegido por Europa es por lo menos insuficiente para levantar cabeza, conviene que ponga en duda la ortodoxia calvinista que impera en nuestros dies irae y que reconozca que la dieta alemana sienta bien casi en exclusiva… a Alemania. Carmelo Cedrone, profesor de la universidad romana de La Sapienza, sostiene en el diario económico Cinco Días: “Tenemos ante nosotros un plan concreto (la emisión de eurobonos), disponemos del marco jurídico e institucional necesario y resulta evidente que los europeos no quieren renunciar a su modelo económico y social. Se dan cita todos los elementos para un cambio de modelo (…) excepto por la voluntad política”.

Si falta esta voluntad política, para la emisión de eurobonos o para concretar alguna otra fórmula que estimule la economía y fortalezca el euro, sin renunciar al ajuste fiscal, pueden hacerse realidad los temores expresados por Alexis Papachelas en las páginas del diario conservador griego I Katimerini: “Si Francia es el objetivo de los mercados después de una victoria del candidato presidencial François Hollande, esto también tendrá efecto en España e Italia, y puede hacer muy difícil para Berlín y Bruselas tirar de Grecia. De nuevo, Grecia correrá el riesgo de convertirse en el Lehman Brothers de Europa”. Unos temores que no son muy diferentes de los enumerados por Antonio Polito en Corriere della Sera, el gran diario conservador del norte de Italia: “Los mercados han castigado primero el poco rigor de los países deudores, después han castigado el exceso de rigor impuesto a los países deudores, y ahora parecen temer que los electores detengan las políticas de rigor”.

Martin Shulz, presidente del Parlamento Europeo, expresó en los Desayunos de Primera Plana del último miércoles una preocupación cada día más extendida: “Por primera vez, estamos en una situación en la que la Unión Europea puede fracasar”. Y cabe añadir que, de producirse, no se tratará solo de un fracaso económico, sino también moral, porque millones de ciudadanos deberán soportar más “sufrimientos absurdos”, según acertada expresión utilizada en este diario por José Carlos Díez, y porque la retórica al uso “libera de responsabilidad” de cuanto ha sucedido hasta hoy “al sistema financiero y a su flagrante desregulación, imputando la culpa de la crisis a los que son sus víctimas”, tal como ha escrito en EL PERIÓDICO el profesor Xavier Martínez Celorrio. Si la cumbre europea de junio es algo más que un baile de salón, algún cambio de rumbo debería vislumbrarse.

En realidad, reclamar políticas de crecimiento no es el colmo de la heterodoxia, sino todo lo contrario. El profesor Jackson, en el libro citado con anterioridad, se refiere al crecimiento como algo consustancial al sistema capitalista: “La respuesta a la pregunta de si el crecimiento es esencial para la estabilidad sería: sí, en una economía basada en el crecimiento, este es esencial para alcanzar la estabilidad. El modelo capitalista no dispone de una vía sencilla para lograr un estado estacionario. Su dinámica natural lo impulsa hacia uno de estos dos estados: la expansión o el colapso”. Más que de colapso –una mala traducción del término inglés collapse– habría que hablar de derrumbe, hundimiento o caída, pero, hecha esta salvedad, hay que admitir que la línea argumental de Jackson es perfectamente coherente y se ajusta a todos los precedentes históricos. Además, la proletarización de la clase media a través del desmantelamiento del pacto social alumbrado en Europa después de la segunda guerra mundial, lleva directamente al colapso o, lo que es aún peor, a una crisis en la escala de valores de las sociedades democráticas avanzadas (véanse los éxitos cosechados por la extrema derecha xenófoba y antieuropeísta en países tan diferentes como Francia, Holanda y Finlandia). El presidente Barack Obama sabía muy bien qué estaba en juego al inicio de su mandato, en el 2009, cuando insistió en que urgía acudir al rescate de la clase media para evitar males mayores.

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