Entre la UE y Escocia

La victoria sin paliativos del Partido Conservador en las elecciones celebradas el jueves en el Reino Unidos ha costado la carrera política a tres líderes –Ed Miliband (laborista), Nick Clegg (liberal demócrata) y Nigel Farage (eurófobo)–, ha dejado en bastante mal lugar a los institutos de opinión, que no detectaron el voto oculto partidario de la continuidad, y ha consagrado al Partido Nacionalista Escocés (SNP por sus siglas en inglés) como el depositario del poder hegemónico al norte de la frontera de Inglaterra. Dicho de otra forma, las elecciones legislativas han desmentido bastantes supuestos, en especial el agotamiento de la figura de David Cameron –excesivamente elitista para repetir mandato, según se decía–, el cansancio de un electorado que no percibe los efectos de la recuperación económica y el desafío ultranacionalista del UKIP. Del voto del jueves solo han salido vencedores Cameron y Nicola Sturgeon, la líder del SNP, que ha borrado del mapa a los laborista en Escocia, y con ello ha facilitado el aplastante triunfo del primer ministro, pero afianza su papel de referencia insoslayable del complejo dosier escocés.

Acaso la afirmación de Philip Collins en el conservador The Times de que “no se puede ganar desde la izquierda” sea excesivamente categórica, pero el resultado en el Reino Unido deben alertar a cuantos, a partir de las encuestas, están dispuestos a vender la piel del oso antes de cazarlo. Es tan cierto que el Reino Unido salió de la crisis antes que el resto de la Unión Europea, como que la reforma laboral puesta en marcha por Cameron lleva camino de consagrar la figura de los pobres con trabajo, debilitados los sindicatos de tal manera que apenas pueden presentarse ante la opinión pública como una herramienta para corregir las desigualdades. Pero, incluso así, muchos electores han preferido la continuidad de la prosperidad macroeconómica a las incertidumbres reales o supuestas vislumbradas detrás de tímidos programas de reforma social, defendidos, bien es cierto, por alguien tan poco dotado para enardecer a los electores como Ed Miliband, una especie de anticlímax del laborismo en palabras de un analista radiofónico.

Al mismo tiempo, Cameron ha transmitido a los votantes atraídos por el discurso de Farage la impresión de que ha situado al partido tory allí donde ellos desean que esté. “Los votantes del UKIP parecen tener a los tories donde les importaba, sea asustados por la posibilidad de poner accidentalmente a Ed Miliband en Downing Street o por la amenaza de Nicola Sturgeon”, según interpreta Gaby Hinsliff en el diario liberal The Guardian. Esto es, Cameron tuvo la habilidad de llevar a su terreno la permanencia futura del Reino Unido en la UE y desposeyó a Farage de sus señas de identidad; Farage jugó siempre en campo contrario –ni siquiera logró que le eligieran en South Tanet, donde se presentaba– y, como habían calculado los estrategas tories, acabó perdiendo. Dicho todo lo cual queda en el aire la gran pregunta: ¿alguien cree que Cameron se puede comprometer en el futuro con los euroescépticos furibundos y ponerse en contra el mundo de los negocios de la City, trasfondo económico del conservadurismo desde tiempo inmemorial?

Por lo demás, el referéndum del 2017 sobre la permanencia del Reino Unidos en la UE queda lo suficientemente lejos como para que desde ahora hasta entonces las variables que se manejen sean tan diferentes que lo dicho hoy carezca de valor político dentro de dos años. Por de pronto, la relación especial del Reino Unido con Estados Unidos ha perdido intensidad; para continuar, el grueso de las exportaciones británicas tiene como destino la zona del euro mientras que cada vez es menos importante la relación económica y afectiva con la Commonwealth; para terminar, el Tratado Transatlántico para el Comercio y la Inversión (TTIP por sus siglas en inglés), que ahora negocian Estados Unidos y la UE, cambiará para siempre las relaciones económicas entre las dos orillas del Atlántico y, quizá, deje a los eurófobos sin argumentos para defender la salida de la UE, sea cual sea la intensidad de la protesta social que seguramente desencadenará el acuerdo.

A cuanto viene dicho debe añadirse el éxito rutilante del SNP: 56 diputados sobre 59 posibles en Escocia. Porque el resultado ha conllevado la derrota aplastante de los laboristas, tradicionalmente mayoritarios allí donde desde la madrugada del viernes se han quedado con un solo diputado. Porque una parte de los electores ha preferido reforzar la figura de Cameron ante la eventualidad de un pacto para gobernar de laboristas y nacionalistas escoceses. Y porque, como ha publicado el Financial Times, altavoz de la City, la aparente desaparición laborista de Escocia “permite a los nacionalistas describir al primer ministro Cameron como alguien no legitimado al norte de la frontera”. “Puede que tenga que conceder cierta descentralización radical del poder a Escocia”, ha escrito Janan Ganesh, que sostiene que el Reino Unido se siente como “un país maduro para el federalismo, y tal vez otro referéndum sobre la secesión de Escocia sea cuestión de años”.

El nacionalismo escocés no será en los próximos años un actor político comprometido con ningún partido a escala británica y, por esta razón, tendrá las manos libres para afianzar su perfil social –una parte importante de la victoria se la debe a los votantes laboristas, seducidos por la independencia de criterio de Nicola Sturgeon– y, al mismo tiempo, mantener en pie su exigencia de más poder para Escocia, de momento dentro del Reino Unido. Que esa libertad de movimientos desemboque en la petición de un nuevo referéndum de independencia resulta impredecible, pero es más que posible que la eventual deslegitimación por el SNP de Cameron, con un solo diputado en Escocia, abra una crisis constitucional sin precedentes en el Reino Unido. Basta fijarse en el caso de España, donde las tensiones nacionalistas nunca han dejado al PP y al PSOE en una situación de representación apenas simbólica en Catalunya y el País Vasco, para comprender la debilidad extrema formal, que no legal, de los conservadores frente al nacionalismo escocés.

La “dulce derrota” del referéndum soberanista, según la expresión utilizada por el profesor Christopher Tulloch en EL PERIÓDICO, se ha convertido a la postre en una victoria absoluta del SNP sobre sus adversarios en suelo escocés, ha puesto en evidencia que más allá del sueño independentista hay vida y ha fijado una nueva regla del juego: que solo es posible retener a los electores no soberanistas mediante un programa de objetivos sociales y vinculación a Europa que no haga entrar en crisis la pertenencia de Escocia al Reino Unido. El peso del voto de procedencia laborista, no soberanista, ha crecido de tal forma en la contabilidad electoral del SNP que en el futuro será un dato determinante, porque a nadie escapa que en la bolsa de papeletas contra la independencia (55%) en el referéndum del 18 de septiembre del 2014 había bastantes correspondientes a laboristas que el jueves optaron por candidatos nacionalistas.

La pertenencia a Europa y el resultado en Escocia resumen las dudas existenciales del Reino Unido. Un primer ministro conservador y partidario de seguir en la UE, con mayoría absoluta y los laboristas a cien diputados de distancia, debe gobernar con el lastre de los euroescépticos alojados en su partido y con la obligación ineludible de negociar con Bruselas un nuevo marco de referencia y después someterlo a un referéndum sobre cuyo resultado es muy arriesgado adelantar un pronóstico. Un partido decididamente europeísta, el SNP, es también nacionalista y pone en duda con su victoria el futuro del viejo Estado. Al combinar ambas situaciones quedan al descubierto las debilidades del Reino Unido, la paulatina disminución de su influencia en el mundo.

 

 

About Albert Garrido

Albert Garrido. Licenciado en Periodismo. Cursó Historia en la Universitat de Barcelona. Profesor en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona y en la Universitat Internacional de Catalunya. Autor de los libros 'La sacudida árabe' y 'En nombre de la yihad'.
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