Escalada sin freno hacia el 1-O

Llegados a este punto, una semana antes del día D del referéndum, cabe decir que la intensidad de la confrontación o el enfrentamiento se agrava, la desorientación atenaza a bastantes y la calle se calienta entre cánticos, registros, pancartas, detenciones, proclamas y muestras de cabreo con la música tintineante de las cacerolas caída la noche. Nadie es inocente en este mecanismo de acción-reacción puesto en marcha hace años, con responsabilidades compartidas desde que el PP impugnó el Estatut y el andamiaje empezó a zarandearse; nadie puede sentirse satisfecho con la senda elegida ni exhibir una superioridad moral inexistente en nombre de un respeto casi sobrenatural a la ley o de una defensa virginal de la democracia con atributos (el derecho a decidir). Nadie ha renunciado a recurrir a los agit-prop, a los analistas de cabecera reclutados por los medios públicos para defender con ahínco, desde la trinchera más que desde la razón, lo defendible y lo que acaso no lo es, o eso le parece al adversario (esperemos que no enemigo).

Todo vale para que bulla el caldo. Un comentarista o tertuliano, o agitador, o lo que sea dice en una televisión de extrema derecha, después de tener noticia de que Corea del Norte dispone de un misil balístico que puede alcanzar Barcelona (a saber si es cierto): “No hay huevos, Kim. Dispara que ganamos todos”. Inmediatamente, el futbolista Gerard Piqué agarra el móvil y tuitea: “A estos no los vais a visitar, ¿no?” (se refiere a las detenciones de funcionarios de la Generalitat). Va Irene, el personaje de Cayetana Guillén Cuervo en El ministerio del tiempo, suelta que “ser independiente no está bien visto en este país” y ha de salir enseguida el guionista a apagar el fuego en las redes: “No os tiréis a la piscina que no hay agua” (la frase fue escrita, recuerda, mucho antes de los rigores de estos días de autos tan acalorados). Toma nota del lío en curso el alcalde de Marinaleda (Sevilla), Juan Manuel Sánchez Gordillo, y se apresura a agitar una estelada a 939 kilómetros de Barcelona. Y así.

Más allá del choque de poderes, de los cálculos electorales de cada bando –del Gobierno y del Govern, al mismo tiempo o por separado; de los partidos y de sus ideólogos, si los hay–, de la profusión de consignas, de nacionalismos enfrentados, surge la capacidad de movilización de la política de las emociones, tan alejada de la política de lo verosímil, de lo eficaz y de lo útil. La razón –de nuevo la razón– induce a pensar que ambas partes, el Gobierno y el Govern, debieran optar por una negociación sin apriorismos, pero luego trazan en las ruedas de prensa líneas rojas que sus potenciales interlocutores dicen no poder aceptar; la razón lleva a desear que nadie rompa la baraja o se oculte detrás de las togas (Margarita Robles dixit), pero todo esto sucede con profusión de gestos airados, declaraciones hirientes y la sensación muy extendida de que a cada hora que pasa es más difícil dar con un atajo en medio del laberinto.

“La existencia de una nación es un plebiscito cotidiano, como la existencia del individuo es una afirmación perpetua de vida”, afirmó Ernest Renan en la famosa conferencia ¿Qué es una nación?, que pronunció en la Sorbona en 1882. A tal idea se acogen ambas partes cuando entienden que España gana todos los días ese plebiscito cotidiano (tesis del Gobierno) a través del respeto colectivo a la Constitución o que quien lo gana es Catalunya mediante el apoyo popular a lo votado en el Parlament el 6 y el 7 de septiembre (tesis del Govern). En ambos casos se recurre a una simplificación que no hace sino ahondar en la crisis, alimentar la escalada y desoír las razones del adversario (esperemos que no enemigo), mientras en todas partes surge la misma pregunta: y el 2-O, ¿qué?

Nadie tiene una respuesta y si alguien la tiene, no da pistas. Entretanto, a ambos lados de la divisoria crece la impaciencia a lomos de la incertidumbre. Alguien recuerda en Twitter la frase de Albert Einstein: “El nacionalismo es una enfermedad infantil, es el sarampión de la humanidad”, pero nadie se da por aludido, aunque el componente nacionalista es consustancial a la escalada en curso y todas las intervenciones llevan su sello. Hay un timbre nacionalista no reconocido, además de una inexactitud histórica, en la afirmación de Mariano Rajoy de que España es la nación más antigua de Europa; lo hay asimismo, en este caso aceptado, en la oratoria de Carles Puigdemont y sus aliados. Lo hay de forma manifiesta en la profusión de banderas en los balcones y en el argumentario desarrollado para la ocasión por los implicados en el problema (gobiernen o sean oposición).

Es de temer que de ahora al día D todo empeore, incluidas las pulsiones nacionalistas envueltas en dos banderas y en la remisión al heroísmo de los antepasados. Algo que lleva inexorablemente a la confrontación crónica, de acuerdo con el diagnóstico del filósofo italiano Norberto Bobbio: hablar o volver a combatir. En el caso hispano-catalán, hablar o seguir en ese viaje a ninguna parte que tensa las relaciones sociales, las perspectivas económicas, la convivencia entre ciudadanos y la inquina entre discrepantes. Hablar o volver a combatir, hablar o seguir como estamos, sumergidos en una discordia permanente en la que cada parte cree ser depositaria de lo cierto, de lo noble, de lo honrado, de lo decente, de aquello que no admite discusión porque lo dice un juez o tribunal, porque así lo aprobaron unos diputados, porque así se entiende en el derecho internacional o porque así es la democracia y cualquier opinión alternativa está cargada de impurezas. Todo verdades parciales, medias verdades, verdades incompletas que condenan a los litigantes a seguir litigando. En esas estamos.

About Albert Garrido

Albert Garrido. Licenciado en Periodismo. Cursó Historia en la Universitat de Barcelona. Profesor en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona y en la Universitat Internacional de Catalunya. Autor de los libros 'La sacudida árabe' y 'En nombre de la yihad'.
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