Europa, atrapada en el laberinto

Si algún ingrediente faltaba para que la depresión emocional completara la material, el Fondo Monetario Internacional (FMI) ha llegado dispuesto al descabello para alertarnos de que España no recuperará los índices económicos del 2008 hasta el 2018. La década perdida, la confirmación de nuestros peores presagios; la consagración del fatalismo y el determinismo económicos, aunque el ministro de Economía, Luis de Guindos, se haya apresurado a decir que los modelos macroeconómicos solo “tienen cierta capacidad predictiva”. ¿Quiere decirse que, puesto que el vaticinio se remite a cinco o seis años vista, su fiabilidad es discutible? Nadie lo sabe. La única certidumbre realmente existente es que el horizonte se llena de restricciones, recortes, vueltas de tuerca y más miserias cotidianas; el Estado del bienestar es una entelequia en la acepción de “cosa irreal”; por el desagüe de la economía posindustrial se deslizan la seguridad jurídica de los ciudadanos y la esperanza en el futuro.

“¿Cuál es la resistencia de la sociedad? -se pregunta Iñaki Gabilondo– ¿Cuál es el coste social que la sociedad puede resistir?”. No es una pregunta retórica porque la crisis social forma parte de la vida diaria y no hay un solo síntoma que induzca a pensar que dejará de agravarse en los próximos años. Al contrario, el mismo FMI teme que si no se adoptan soluciones rápidas, la prima de riesgo española escale hasta los 750 puntos y el PIB disminuya el 3,1% en el 2013, con la consiguiente inviabilidad de todo el modelo, si es que tal modelo existe. ¿Cabe, pues, pensar en que es posible la hecatombe en nuestras cuentas públicas y privadas? Nadie lo sabe. Lo único que si saben bastantes –dentro y fuera del área de gestión de la crisis– es que, “sin cambios económicos, habrá fractura social” (Àngels Guiteras, presidenta de la Taula d’Entitats del Tercer Sector Social de Catalunya, en el desayuno de Primera Plan@ del 5 de octubre).

FMI

Sesión de la asamblea del Fondo Monetario Internacional, celebrada en Tokio.

Son un mal presagio la mezcla de realismo académico y cinismo social exhibidos por el profesor Jürgen Donges, asesor de varios gobiernos alemanes, en el programa Salvados del último domingo. Y lo son porque las víctimas meridionales de la crisis hace tiempo que se hartaron de recibir lecciones de ética y de buen comportamiento, los analistas temen que la vía germánica para la salvación de Europa lleve a una vía muerta y, entre tanto, el orbe financiero se debate entre la necesidad de salvar al euro del estallido y la necesidad de imponer la ley de los mercados, si es que existe tal ley o, por el contrario, la única ley es la ausencia de leyes. A todo eso, ¿dónde quedan España y su Gobierno? En tierra de nadie, entre las pocas ganas de Alemania de que se acoja al rescate y la resistencia a pedirlo de Mariano Rajoy, atrapado en la maraña de la duda hamletiana, el patetismo del hidalgo arruinado y las elecciones a la vista en Galicia, el País Vasco y Catalunya, más la degradación de la calificación de la deuda española decidida por Standard & Poor’s.

¿Dónde está la salida de ese laberinto para que la crisis no descoyunte los equilibrios sociales sin asegurar, por lo demás, el futuro político y económico de Europa? “En última instancia, se trata de esbozar conjuntamente una visión política de Europa”, opina el joven analista francés Cyril Novakovic. En caso contrario, Novakovic describe una situación de pesadilla: “En ausencia de tal esclarecimiento, los hombres políticos del Viejo Continente estarán condenados a ser gestores de la crisis, hundiéndose irremediablemente en las arenas movedizas del corto plazo, ahogados hasta el punto de no poder pensar un proyecto y anticipar el futuro”.

Esta visión política conjunta incluye necesariamente la reclamación hecha por José Viñals, responsable del departamento de finanzas del FMI: “El Mecanismo Europeo de Estabilidad y el programa de compra de bonos deben ser percibidos por los mercados como reales, no virtuales”. Lo de Viñals es de una lógica aplastante, sobre todo porque la crisis espolvorea la miseria de forma nada virtual, pero el léxico de cuanto se relaciona con el antedicho mecanismo se acoge a la exuberancia barroca de un lenguaje herméticos, de elucubraciones indescifrables, de conceptos que se anulan entre sí y que ningún ciudadano ajeno a los entresijos de la crisis es capaz de comprender. Sí entienden los afectados de qué se les habla cuando se menciona la década perdida, sí saben qué significa que, incluso si se reactiva la economía, la tasa de desempleo seguirá siendo terrorífica, pero se ven incapaces de sacar conclusiones de la confusión terminológica reinante. Solo tienen por seguro, y hacen bien, que cuanto se avecina será peor de lo que ahora viven.

“Espíritu empresarial, religión, justicia, información, partidos, sindicatos… son vistos hoy más que nunca con la tristeza y agotamiento de una sociedad desilusionada y traicionada”, escribe en su blog un empresario italiano, Guiseppe Iudici, atrapado en la crisis. Y sigue: “El elenco merece ser repudiado y con él, el engaño: con la excusa de que la prioridad era salvar las cuentas públicas, han olvidado el verdadero significado de la economía real, y aún peor, con sus políticas irresponsables de ayer y restrictivas de hoy han determinado el cierre de muchas empresas. Muchos empresarios han muerto en la indiferencia y soledad absolutas, y es triste que se les haya olvidado”. ¿Cuántos empresarios españoles que dejaron de serlo suscribirían esas palabras? ¿Cuántos trabajadores sin trabajo estamparían su firma al pie de esas frases?

Europa consolida a toda velocidad su condición de enfermo del planeta y, en su seno, algunos organismos emiten señales ininterrumpidas de agravamiento. El resultado es la viva imagen de la decadencia, con efectos secundarios en todas partes, incluidas las economías emergentes, que hasta la fecha han sorteado la crisis. “Para calmar la ansiedad sobre el despilfarro gubernamental, el BCE ha impuesto condicionalidad en su programa para compra de bonos. Pero si las condiciones tienen efectos como las medidas de austeridad –impuestas sin grandes medidas de crecimiento que las acompañen–, será algo parecido al derramamiento de sangre: el paciente arriesgará la muerte antes de recibir una verdadera medicina”, asegura el nobel de Economía Joseph E. Stiglitz en el artículo colgado en la web Project Syndicate, una plataforma de opinión estadounidense que acoge firmas consagradas.

Los analistas que publican en Project Syndicate ven pocas alternativas para que Europa se recupere. Ashoka Mody, de la Universidad de Princeton, solo vislumbra tres opciones: “Más austeridad para los países muy endeudados, la socialización de la deuda en Europa o un creativo nuevo perfil de la deuda, con los inversores dispuestos a aceptar pérdidas antes o después”. En el primer caso, sociedades exhaustas -entre ellas, España- se verían condenadas a la inanición o poco menos. En el segundo, el Bundesbank debería cambiar por completo su código genético y Angela Merkel dejar de ser Angela Merkel. El último atajo se adivina inviable salvo cambios imprevisibles en el comportamiento de los grandes tenedores de deuda.

Kemal Dervis, vicepresidente de la Brooking Institution y exministro de Economía de Turquía, observa que si los políticos conservadores del norte de Europa insisten en sus políticas macroeconómicas, pueden “provocar el fin de la Eurozona y con él, el fin del proyecto europeo de paz e integración [el que ha ganado el Premio Nobel de la Paz] que hemos conocido durante décadas”. Dervis no soslaya la necesidad de introducir reformas estructurales en las economías europeas del sur, sino que resalta las consecuencias resultantes de su fracaso. El profesor de la Universidad de Harvard Dani Rodrik va más allá: “Si los líderes europeos quieren conservar la democracia, deberán elegir entre la unión política y la desintegración económica. O bien renuncian explícitamente a la soberanía económica o bien comienzan a emplearla activamente en beneficio de sus ciudadanos. Lo primero supone sincerarse con los respectivos electorados y construir un espacio democrático por encima del nivel de los estados-nación. Lo segundo, renunciar a la unión monetaria y poner en marcha políticas monetarias y fiscales de nivel nacional que sirvan a una recuperación sostenida”.

Así de simple y así de rotundo. Según sea la salida de la crisis, los cimientos de la democracia pueden verse dañados más allá de toda previsión. ¿Estamos ante una exageración o ante una proyección verosímil? Parece que ante lo segundo. En realidad, el agravamiento de España marca la frontera entre lo gestionable y lo insostenible por el entramado europeo, incluso dando por supuestos los costes sociales de la manejabilidad de la crisis. Megan Greene, colaboradora del economista Nouriel Roubini, el enfant terrible del claustro de la Universidad de Nueva York, lo plantea en términos meramente académicos en la web del think tank Council on Foreign Relations a partir de cifras bastante incontestables: el rescate completo de España ascendería a 200.000 millones de euros, y entonces todos los ojos mirarían a Italia, otra gran economía, pero “los fondos de rescate disponibles no son lo suficientemente grandes para rescatar a España e Italia”. Según Greene, “en realidad, España es la puerta de entrada de la crisis para pasar de sostenible y manejable –cuando solo había alcanzado a países más pequeños como Grecia, Portugal e Irlanda– a ser compleja e inmanejable”. A decir verdad, es imprevisible qué puede suceder si España cruza la puerta con una tasa de paro próxima al 25% y el 20% de la población por debajo del umbral de la pobreza.

Edgar Morin

Portada de 'La vía para el futuro de la humanidad', último libro del filósofo francés Edgar Morin.

Cuando la directora general del FMI, Christine Lagarde, pide más tiempo para que España cumpla con sus compromisos no hace otra cosa que reclamar medidas para que el parte de bajas no alcance cifras escandalosas. Lagarde va bastante más allá que la cancillera Merkel al acudir a Atenas: reconoce que los griegos andan con la lengua fuera, pero, al mismo tiempo, sostiene que deben agravar su estado para cumplir con sus compromisos o con los que les impusieron. Pero Lagarde se queda también mucho más acá que el filósofo francés Edgar Morin, que invoca el “humanismo global” para oponerlo a la crisis, porque Morin antepone la suerte de los condenados por la crisis a la de quienes les han condenado. ¿Utopía, caridad, justicia? Un poco de todo para impedir que Europa se suma en un largo invierno de pobreza y desigualdades.

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