Guaidó y López suman errores

Todos los cálculos hechos por la oposición venezolana han fallado desde el mismo momento en que Juan Guaidó, presidente de la Asamblea Nacional, se declaró presidente encargado con la misión específica de liquidar el régimen chavista mediante la celebración de unas elecciones. Ni la aparición en escena de Guaidó, ni la movilización en la calle, no siempre multitudinaria, ni la irrupción en la crisis de Leopoldo López, alojado en la Embajada de España en Caracas, ni la cadena de errores que siguieron a este episodio, incluida la aparición de algunos uniformados al lado de los líderes opositores, han debilitado a Nicolás Maduro, menos en la zozobra de lo que se presumía, y menos aún a Diosdado Cabello, líder del ala más dura –inspiración castrista– del régimen venezolano. Antes al contrario, a pesar de las penalidades que soporta la población y de la sensación de ocaso del experimento bolivariano, Maduro sigue contando con un contingente de adeptos suficiente para mantener unido el Ejército, controlar el Tribunal Supremo y utilizar la Asamblea Constituyente, una Cámara de fieles, para perseguir a los políticos más allegados a Guaidó (Edgar Zambrano, el primero de ellos).

Contra la presunción manejada por la Administración del presidente Donald Trump, los cuartos de banderas están lejos de ser el nido de conspiradores desafectos que se suponía, y aunque el papel del gran mudo se escribe todos los días sobre un folio en blanco –son numerosos los antecedentes en América Latina–, el grueso del generalato se mantiene al lado de Maduro. En aras del realismo, cabe considerar una excepción la liberación de Leopoldo López por oficiales del Ejército; es menos excepcional, en cambio, que los actos militares se conviertan en manifestaciones de complicidad de las Fuerzas Armadas con el frente de resistencia articulado por Nicolás Maduro.

Puede decirse que ha chocado con la realidad el propósito de Leopoldo López y de Juan Guaidó de precipitar los acontecimientos y acelerar la historia, y tal propósito de quemar etapas ha adquirido el perfil del fracaso en el peor de los casos o del empate entre enemigos en la mejor de las hipótesis. Así deben entenderse las consecuencias del paso en falso dado por López al convocar una conferencia de prensa en la Embajada de España –una iniciativa incompatible con su condición de acogido– para comprometer en su estrategia al Gobierno de Pedro Sánchez, y así debe aquilatarse el paso no menos en falso de Guaidó, que llamó a la oposición a movilizarse a las puertas de las bases militares, una iniciativa que cosechó resultados modestísimos. Es difícil dar con medidas menos apropiadas para desatascar la situación.

Cuenta el analista Andrés Oppenheimer en El Nuevo Herald, caja de resonancia del anticastrismo en Miami, que diplomáticos del Grupo de Lima, el más resuelto orfeón de voces contrarias al chavismo, han admitido oficiosamente que se equivocaron al sopesar la capacidad de resistencia del madurismo. “Puede que sea el momento de empezar a buscar otras formas de lograr el mismo objetivo”, piensan los limeños, una frase enigmática que vale tanto para poner en duda la pericia de Guaidó y López, jefe del primero en el partido Voluntad Popular, como para recordar sin hacerlo explícitamente que la Casa Blanca mantiene abiertas todas las opciones, incluida la intervención militar. Una posibilidad que parece rescatada del olvido, de la tradición intervencionista de Estados Unidos en América Latina; una alternativa que devolvería el reloj de la historia del continente al oprobioso pasado del matonismo en la resolución de conflictos.

Nada hay en el desarrollo de los acontecimientos en Venezuela que induzca al optimismo o siquiera a la esperanza de un acortamiento de los quebrantos que sufre la población, pero la injerencia exterior permite pronosticar una tragedia, una prolongación de la excepcionalidad que se ha adueñado del país solo que con otros protagonistas, sometidos todos ellos al diktat de la Casa Blanca. En la preocupación y las declaraciones de los portavoces de la Administración de Donald Trump las alusiones a la degradación de las condiciones de vida de los venezolanos son una mera coartada. Aquello que realmente importa al presidente es liquidar un modelo fracasado, pero aun así incómodo y desafiante, y, de paso, neutralizar el oportunismo ruso y chino, que ha visto en las necesidades acuciantes del madurismo y en sus limitaciones una ocasión magnífica para desempeñar algún papel en el escenario latinoamericano.

La encuesta de Datanálisis, una empresa venezolana de sondeos, que otorgó en febrero una expectativa de voto del 61% a Juan Guaidó y de solo el 14% a Nicolás Maduro vale poco para sopesar cuál sería el coste social de un desenlace no negociado de la crisis. En primer lugar, porque las cifras se compaginan mal con la realidad en la calle –la igualdad permanente entre movilizados por el régimen y por la oposición–, donde ambos bandos han decidido medir la fuerza real de sus efectivos. En segundo lugar, porque los tres meses transcurridos han consolidado una situación de bloqueo de la es difícil escapar salvo que algún inesperado suceso otorgue una dinámica nueva al tira y afloja en curso.

Está justificado todo lo que se pueda decir y describir del desastre del experimento chavista, admitiendo incluso que el entorno dejó de serle favorable a partir de la caída del precio del petróleo, del retroceso de la izquierda en América Latina y de la victoria de Trump. Pero la impugnación a las bravas del régimen solo traerá nuevos padecimientos, injusticias y sectarismos, como es fácil deducir de declaraciones y proclamas. Que no fuese este el resultado constituiría una auténtica sorpresa porque los desastres históricos que acumula el continente a causa de desmanes propios y ajenos no permiten vislumbrar nada bueno si el espadón se impone a la negociación. Como ha dicho el ministro de Asuntos Exteriores, Josep Borrell, la técnica del cowboy no presagia nada positivo para una comunidad sumida en la peor de las crisis, condenada a malvivir sin fecha de caducidad.

About Albert Garrido

Albert Garrido. Licenciado en Periodismo. Cursó Historia en la Universitat de Barcelona. Profesor en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona y en la Universitat Internacional de Catalunya. Autor de los libros 'La sacudida árabe' y 'En nombre de la yihad'.
Tagged , , , , , , , , . Bookmark the permalink.

Deja un comentario