Hollande agita la crisis de la UE

Solo la versión más garbancera de la prensa española de derechas ha despachado con cuatro brochazos el significado de la elección de François Hollande –Fernando Sánchez Dragó lo ha llamado “bobo ilustrado”–, cuyo mandato se iniciará el próximo martes. Incluso moderó sus ímpetus el semanario británico The Economist (conservador), que alarmado de antemano por un posible triunfo socialista en Francia tildó al candidato de “peligroso” por creer “genuinamente en la necesidad de crear una sociedad más justa”, pero unas horas después de acabado el escrutinio despidió al presidente saliente sin demasiados miramientos: “La tragedia de la presidencia de Sarkozy es que parece que al final él fue su peor enemigo. Disparó en tantas direcciones que dejó confundidos a los franceses, mareados y agotados. Pareció incapaz de canalizar su energía en una dirección coherente. Absolutamente convencido de todo lo que hizo, luego se convirtió en el defensor apasionado de todo lo contrario”.

La razón principal del cambio de registro es de sobra conocida: nada será como antes en la UE por más empeño que ponga la cancillera de Alemania, Angela Merkel, en afectar que todos los ingredientes de la austeridad a ultranza son intocables. Se acabó Merkozy y seguramente llega Merkollande, acaso con más peso del entramado institucional comunitario y menos opacidad intergubernamental, se adelanta al 23 la cumbre europea que abordará fórmulas de crecimiento y, por lo demás, en ningún lugar está escrito que un eje franco-alemán socialista-conservador deba funcionar peor y ser menos útil que su predecesor conservador-conservador.

Mitterrans Hollande

Cartel electoral en el que se asocia la imagen de Hollande a la de Mitterrand, que fue su mentor político en los años 80.

Los antecedentes históricos inducen a pensar exactamente lo contrario. Los dúos Valéry Giscard d’EstaingHelmut Schmidt –liberal conservador-socialdemócrata– y François MitterrandHelmut Kohl –socialista-conservador– engranaron bastante mejor que otros monocolores como el formado por Kohl y Jacques Chirac y el desaparecido el domingo a causa de la derrota de Nicolas Sarkozy, con todos los rasgos de un matrimonio de conveniencia, obligado a simular una gran complicidad por la fuerza de los hechos. Para Hollande no es aventurado imaginar que es una referencia permanente la orientación que Mitterrand dio a las relaciones con Alemania: el primer presidente socialista de la V República (1981-1995) y Jacques Delors, expresidente de la Comisión Europea, son dos de sus más reconocidas fuentes de inspiración.

Aun en el caso de que los antecedentes históricos no conspiren a favor de la coordinación franco-alemana, los requerimientos de ahora mismo la hacen imprescindible, con el galimatías griego en primer lugar y sin asomo de que el electorado corrija el tiro si en junio hay nuevas elecciones. Aunque el diario conservador alemán Die Welt lamente con pasión militante que “el problema real se encuentra en François Hollande”, lo cierto es que sin el nuevo presidente es imposible encontrar una salida a tres problemas concatenados: los desequilibrios presupuestarios, la montaña rusa de la deuda y la consolidación del euro. Dice bien Clemens Wergin en el mismo periódico cuando afirma: “Los resultados de las elecciones también son una derrota para Alemania. Griegos y franceses se han rebelado contra lo que perciben como una imposición alemana y los dictados de la reforma”.

Pero esta no es la única percepción que marca el futuro. La otra es la recogida por The New York Times en los despachos de Wall Street: los inversores temen que la situación de la economía francesa contamine el núcleo duro de la UE, en el que figura junto a Alemania y los países nórdicos, y que enlace con “las débiles economías grandes de España e Italia, y con los problemas del borde sur de Europa”. De ahí que el prestigioso economista Jacques Attali, íntimo colaborador de Mitterrand, haya dirigido el siguiente consejo a Hollande desde las páginas del semanario centrista francés L’Express: “El principal desafío del mandato que empieza será justamente la supervivencia de la Unión Europea: más que nunca, está amenazada de ruptura porque el euro no puede resistir sin el apoyo de un presupuesto europeo de inversiones. Y es la Unión, y solo ella, la que permitirá establecer los márgenes de maniobra financiera necesarios para los eurobonos, para financiar el crecimiento, es decir, el empleo, las transferencias sociales y las inversiones públicas”.

Las características específicas de la economía francesa plantean en sí mismas un enorme desafío para la corrección del tiro en el seno de la UE. Nada menos que el 55% del PIB de Francia depende del gasto público y el crecimiento, así en el sector público como en el privado, está a expensas del dinamismo presupuestario. Se trata de un caso único en la eurozona que responde a la herencia dejada por los dos grandes pilares ideológicos de la V República, los presidentes De Gaulle y Mitterrand, cuyos principios generales nadie pretende revisar por el riesgo de profunda crisis social que entrañaría tal empresa. Otra cosa es que Hollande se vea urgido a enviar señales de corrección de los desequilibrios para que los mercados se tranquilicen y Alemania acepte que si el crecimiento no contrapesa la austeridad, la crisis se convertirá en el mal crónico de Europa. “Para negociar con el resto de Europa, Francia debe dar prueba rápidamente de su voluntad y de su capacidad de reducir su deuda y su déficit”, ha escrito Erik Izraelewicz, director del progresista Le Monde.

Toda la tramoya de la campaña electoral quedó guardada en un almacén en cuanto se supo el nombre del vencedor y lo que ahora importa es ajustar las promesas a la realidad. “No es preciso dejarse encerrar en un programa, por razonable que sea –sostiene Laurent Joffrin, director del semanario de izquierdas Le Nouvel Observateur–. Para enderezar el país, es necesario un poder de salud pública, inflexible y pragmático a la vez. Una reactivación europea, una reforma francesa: todo esto es bueno y necesario. Pero es preciso no retroceder ante la confrontación con las feudalidades financieras o los dogmatismos de Bruselas. Ni frente a las medidas dolorosas: es preciso también hacer el Estado más eficaz y menos costoso, salvo que sucumbamos bajo el peso de la deuda; será preciso animar a la empresa, que crea empleos; será preciso flexibilizar el mercado de trabajo, que protege a los protegidos y humilla a los excluidos del empleo”.

Este realismo poselectoral no excluye la confrontación política que se avecina dentro y fuera de Francia. La interior se sustanciará a la vuelta de un mes, cuando se hayan celebrado las elecciones legislativas –10 y 17 de junio–, que son en la práctica la tercera vuelta de las presidenciales. La exterior tiene dos citas a pocos días vista: la reunión del G-8 en Camp David –18 y 19 de mayo– y la convocada el 23 en Bruselas para que los socios de la UE debatan qué mecanismos de crecimiento pueden ponerse en marcha para rescatar al continente de la recesión. La batalla electoral se dilucidará entre la necesidad de Hollande de disponer de una mayoría holgada en la Asamblea Nacional y la necesidad de la derecha clásica, englobada por la heteróclita formación  de los herederos del gaullismo (UMP) e impugnada por la extrema derecha (Frente Nacional), de no iniciar una larga travesía del desierto con todas las instancias de poder en manos de la izquierda. La discusión económica se atendrá a la resistencia de Alemania a introducir medidas anticíclicas para salir de la crisis (vía estadounidense) o a que las acepte con la boca pequeña y bajo denominaciones que no hieran a nadie.

¿Es posible el cambio, aunque sea limitado? Esto mismo se pregunta Nicolas Démorand, director del diario izquierdista Libération: “¿Podrá Francia doblegar el consenso de Berlín o ya no tiene bastante influencia en Europa? El quinquenato se juega y se jugará sobre este asunto, que excede de lejos las fronteras desaparecidas de nuestro país, pero dibuja el único camino posible para ponerlo de nuevo en movimiento”. Si son ciertas las sospechas del analista conservador Pierre Rousselin de que los colaboradores de Hollande se pusieron en contacto durante la campaña con los asesores de Merkel “para que no se tomaran al pie de letra las opiniones” del candidato, la suerte está echada, la pregunta de más arriba carece de sentido y la cancillera no cejará: “Quiere atar corto toda tentativa de Francia de sustraerse a sus obligaciones de vuelta al equilibrio presupuestario. Quiere levantar toda ambigüedad antes de que la campaña de las legislativas desencadene una nueva deriva electoralista”, afirma Rousselin en el conservador Le Figaro. Así, Francia habría entrado el domingo “en la era de la ilusión, es decir, de la catástrofe, como decía Bayrou antes de alinearse (con Hollande), o de la falsa promesa, es decir, de la mentira”, según el vaticinio apocalíptico del analista Philippe Tesson.

En la trinchera neoliberal suscriben este diagnóstico hasta la última letra. Esto es, bien aplica Hollande sus propósitos de neutralizar los efectos de la austeridad con fórmulas de crecimiento, y Francia se convierte al poco tiempo en el nuevo homme malade de Europa, bien se olvida de los eslóganes de campaña y se suma al programa prescrito por los economistas de Berlín, y en este caso el país puede levantar cabeza. La opinión del profesor de Economía Internacional Theo Vermaelen en la revista estadounidense Forbes es uno de tantos ejemplos de lo antedicho: “Por supuesto, mi pesimismo se basa en el supuesto de que Hollande hará lo que dijo que haría. Aún tengo esperanza de que simplemente mintiera para ser elegido”. El pulso es apasionante y el desenlace afectará a toda Europa, pero en el punto de partida de Hollande figura una referencia insoslayable: los dos presidentes de la V República que no han resultado reelegidos –Giscard d’Estaing (1974-1981) y Sarkozy– son también aquellos más alejados de la tradición socioeconómica francesa y más próximos al pensamiento liberal de matriz anglosajona. El dato no es una anécdota.

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