La extenuación saharaui

La muerte de Mohamed Abdelaziz, presidente de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), devuelve a un lugar destacado el tan a menudo olvidado conflicto del Sáhara Occidental, que se remonta a 1975. Ninguna de las iniciativas promovidas por la comunidad internacional para rescatar al pueblo saharaui de la vida precaria en los campos de refugiados de Tinduf (Argelia) ha desatascado un conflicto que Marruecos, de facto, da por amortizado, y sucesivos gobiernos argelinos han sustentado como parte de su disposición a mantener la vigencia de su enfrentamiento con Marruecos. Tampoco han sido especialmente fructíferos los intentos de varios gobiernos españoles de mediar en el conflicto, y demasiadas veces la política de las emociones se ha impuesto a la de los hechos, al dato ineludible de que 40 años de resistencia no han aportado mejoras reconocibles a los saharauis acampados en el desierto.

Como ha explicado Beatriz Mesa en EL PERIÓDICO, la estrategia política del Frente Polisario, fundado en 1973, emite señales de agotamiento, defrauda desde hace tiempo a una parte importante de la juventud saharaui y ha perdido el prestigio del que gozó en el pasado. El anquilosamiento de las estructuras del movimiento y la voluntad de sus dirigentes de perpetuarse en el poder han inducido cada día a más refugiados a preguntarse qué sentido tiene seguir en el desierto si, a la hora de la verdad, la posibilidad de que se celebre un referéndum de autodeterminación forma parte de los sueños irrealizables. Dicho de otra forma: a qué puerto de llegada conduce encastillarse en la reivindicación de la independencia.

Aunque la Unión Africana ha reconocido a la RASD, la causa saharaui despierta simpatías en Europa, singularmente en España, y los programas sociales sirven para atenuar los efectos del exilio, lo cierto es que el bloqueo de la situación, las relaciones de Marruecos con España y los argumentos a favor de la anexión esgrimidos por el grueso de la comunidad académica y de los intelectuales marroquís apenas dejan margen de maniobra. Un autor tan relevante de la cultura marroquí de expresión francesa como Tahar ben Jelloun ha escrito: “Cada vez que Marruecos propone una solución, es seguro que Argelia se opondrá. Este escenario simplista es desgraciadamente cierto. Lo que está en juego en este caso no es ni la autodeterminación del pueblo saharaui, que vive bajo la presión de Argelia en las tiendas de Tinduf, ni el respeto a los principios y valores democráticos, sino el rechazo sistemático a lo que es Marruecos: un vecino incómodo al que no se puede mover de sitio”.

Incluso admitiendo que el parecer de Ben Jelloun es discutible, y que recoge en todos sus extremos la posición de palacio y de todos los gobiernos de Rabat desde 1975, hay en la opinión pública marroquí un sentimiento poco menos que unánime en cuanto a la pertenencia histórica del Sáhara Occidental al reino. Más allá de la fantasía desbocada que invoca el gran Marruecos que existió en un pasado del todo confuso, ha arraigado la sensación de que la salida al conflicto saharaui debe buscarse en formas que excluyan la independencia y garanticen, al mismo tiempo, que los acampados en Tinduf no serán absorbidos o asimilados y su cultura no se disolverá en el entramado sociopolítico marroquí. Otros caminos son teóricamente posibles, pero no se adivina quiénes pueden forzar la situación para que sean viables y para que Marruecos se resigne, llegado el caso, a perder la gestión de los recursos naturales –fosfatos, pesca y otros– de la excolonia española.

La multiplicación de declaraciones, resoluciones, gestiones diplomáticas con participación de nombres de peso como el de James Baker, idas y venidas de los líderes saharauis y toda clase de campañas internacionales han tenido una eficacia que tiende a cero. Es más que posible que los argumentos morales estén del lado de los saharauis, pero estos son insuficientes para desenredar la madeja según se puede comprobar. No falta razón a quienes entienden que el pueblo saharaui fue víctima de un doble atropello: el de una descolonización sin garantías por parte de España y el causado por Hasán II al poner en movimiento una multitud para ocupar el territorio, pero la comunidad internacional se puso de perfil y las reglas de juego de la guerra hicieron el resto. Que luego la ONU concluyera que no podía considerarse a Marruecos potencia administradora tuvo tanto valor jurídico como nulos efectos prácticos.

Al mismo tiempo, es perfectamente reconocible la utilización del conflicto por Argelia y, por tal razón, el porvenir incierto que aguarda a los instalados en campos de refugiados. La protección argelina de la causa saharaui responde a intereses reseñables relacionados con la influencia regional, con las ventas de petróleo y gas como armas de presión sobre terceros y como método para contrapesar la importancia de Marruecos en términos de seguridad (control del yihadismo en el Magreb) y de atenuación de los flujos migratorios. Esa lógica argelina responde a las necesidades y al cálculo de riesgos de hoy, que pueden no ser los de un futuro lleno de incógnitas a causa del cambio generacional que se avecina en los pasillos del poder en Argel y del ocaso del presidente Abdelaziz Buteflika.

La alternativa autonomista, denostada por los ideólogos de la independencia, queda lejos de los objetivos iniciales de la resistencia, pero se antoja factible, que no fácil. Desde que el 21 de abril del 2008, Peter van Walsum, enviado especial del secretario general de la ONU, declaró que “un Sáhara Occidental independiente no es una proposición realista”, ha ganado enteros la opción autonomista y se ha debilitado la de la autodeterminación, con la consiguiente controversia interna en el seno de la comunidad saharaui entre los jóvenes que propugnan romper la tregua de 1991 y volver a las armas y los que forman en el bando partidario de aceptar la autonomía como la solución menos mala para disfrutar de condiciones de vida dignas y despejar el camino a las generaciones venideras. Ni siquiera el rebrote de la resistencia en el 2010 ha modificado los términos de estos dos enfoques excluyentes y que entrañan el riesgo cierto de fractura en la sociedad saharaui.

Se dan en el conflicto del Sáhara Occidental factores históricos que sustentan el deseo de lograr la independencia, pero hay demasiados datos que operan en su contra: debilidad demográfica –cerca de 600.000 habitantes–, ensimismamiento de la RASD, el sistema de alianzas de Marruecos, la atonía argelina y varios factores de índole económica. Frente a ese marco de referencia, tienen menos importancia efectiva a cada año que pasa las discusiones sobre la legitimidad de la ocupación marroquí a partir de la Marcha Verde (1975), de la guerra, del alto el fuego y de la división del territorio mediante una barrera defensiva que se extiende de norte a sur. Y, al mismo tiempo, son cada día más los saharauis que no han conocido otro hogar que campamentos en medio del desierto, educados en una cultura de la resistencia agotadora y sin más horizonte que subsistir en medio de la nada desde hace 40 extenuantes años. El precio pagado parece demasiado alto como para no rectificar el rumbo aunque se tenga razón.

About Albert Garrido

Albert Garrido. Licenciado en Periodismo. Cursó Historia en la Universitat de Barcelona. Profesor en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona y en la Universitat Internacional de Catalunya. Autor de los libros 'La sacudida árabe' y 'En nombre de la yihad'.
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