La guerra global es interminable

El asesinato en Argelia del montañero francés Hervé Gourdel a manos del grupo Soldados del Califato, una escisión de Al Qaeda en el norte de África que sigue la estela del Estado Islámico (EI), coincide en el tiempo con la reanudación del debate entre académico y político acerca de la legitimidad de los ataques aéreos en las áreas sojuzgadas por el EI y la eventual resurrección de la guerra preventiva, doctrina heredada del mandato de George W. Bush. Si valiese como vara de medir el estupor de la opinión pública por el cuarto degollamiento perpetrado por los islamistas, entonces la discusión abierta resultaría innecesaria, pero ni siquiera en regímenes de opinión pública como el estadounidense o el francés tiene tal patrón consistencia ética. Tampoco la tiene la personación de varias naciones árabes en la alianza pergeñada por el presidente Barack Obama para acosar al EI, pues ninguna de ellas es ni remotamente un Estado democrático, sino que todas reaccionan de acuerdo con análisis a más o menos corto plazo y sea cual sea la orientación de la opinión pública, poco menos que inexistente en sistemas sin libertad de expresión.

Las reflexiones sobre los cambios en la opinión pública de Estados Unidos después de las dos primeras decapitaciones en Irak han llevado al profesor David W. Kearn, de la Universidad de St. John, a preguntarse por la capacidad de su país no solo de legitimar el recurso a las armas, sino de encabezar la lucha global contra el terrorismo, articular una estrategia diplomática en un entorno político muy dividido y afrontar en el seno de sociedades democráticas las consecuencias de una guerra sin fecha de caducidad visible. El debate no es solo de naturaleza moral y jurídica, sino también político, o que atañe a la norma moral en el ejercicio de la política. Y no solo en Estados Unidos, sino también entre sus aliados, asociados a una estrategia llena de riesgos imprevisibles.

El senador demócrata por Virginia Tim Kaine, esto es, del mismo partido que Obama, alberga muchas dudas sobre los efectos inmediatos del camino emprendido al situar los poderes de guerra del presidente en el terreno de juego diseñado en su día por el vicepresidente Dick Cheney para justificar las intervenciones en Afganistán y en Irak ordenadas por Bush, y para fundamentar la guerra preventiva y otras disposiciones de la ley patriótica, que sigue en vigor. Kaine considera que actuar sin contar con el Congreso sería “un error brutal” porque el presidente abrazaría la doctrina de Cheney y dañaría el régimen parlamentario diseñado por la Constitución. Si, además, el efecto directo de la intervención armada agigantara la hostilidad de segmentos significativos del urbe suní o, a escala estrictamente local, reforzara el régimen de Bashar el Asad, asistiríamos a una fatal repetición de las equivocaciones encadenadas por Estados Unidos en episodios de sobra conocidos: apoyar a la resistencia pastún contra la ocupación soviética de Afganistán, que favoreció el desarrollo de los talibanes y el arraigo de Al Qaeda; incitar al Irak de Sadam Husein a que atacara Irán con el fin de neutralizar el afianzamiento de la república de los ayatolás; aceptar la política israelí en los territorios ocupados con el resultado de que nutrió de seguidores las filas de Hamás.

En sus días de secretaria de Estado, Hillary Clinton reconoció que sí, que la gestión que Estados Unidos hizo del conflicto afgano en los años 90 dio alas a Al Qaeda. No hizo ningún descubrimiento, porque tal afirmación forma parte de los consensos académicos del siglo XXI, pero fue una llamada de atención a cuantos exigen el recurso permanente al gran garrote (big stick). La lógica seguida por el exsecretario de Estado Henry Kissinger en un artículo publicado en junio del 2012, contiene una advertencia en términos parecidos: “El sistema de Westfalia nunca se aplicó completamente en Oriente Próximo. Solo tres de los estados musulmanes de la región tienen una base histórica: Turquía, Egipto e Irán. Las fronteras de los otros reflejan un reparto de los despojos del difunto Imperio Otomano entre los vencedores de la primera guerra mundial, con mínimo respeto por las divisiones étnicas o sectarias. Estas fronteras ya han sido desafiadas repetidamente, a menudo por medios militar”. En resumen, nada nuevo luce bajo el sol.

Una ronda de opiniones entre artistas e intelectuales sirios realizada por la publicación estadounidense Dissent, de enfoque progresista y periodicidad trimestral, es fiel reflejo del escepticismo con el que la oposición a Asad acoge el resultado de las operaciones en curso. “Nuestro objetivo incluye ahora la caída de Asad y del ISIS (el EI)”, declara Rasha Othman, que al vincular una cosa a la otra deja entrever las dificultades de que ambas puedan ser realidad al mismo tiempo. Las dudas de los entrevistados tienen que ver tanto con la pasividad de Occidente cuando Asad desencadenó la matanza, cuanto con la contención con la que ha reaccionado el presidente sirio después de los primeros bombardeos. Pues al hostigar a los yihadistas, la coalición de Obama debilita la oposición al autócrata por más que prometa mayor y mejor asistencia al frente laico y al islamismo moderado.

El politólogo francés Gérard Chaliand opina que Obama “empujado por las circunstancias, acaba de comprometerse en un conflicto de alto contenido ideológico”. Visto así, se diría que la Casa Blanca ha puesto los principios por delante de cualquier otra consideración, pero Chaliand aclara en un artículo publicado en el diario Le Monde que el concurso de aliados imprevisibles –los países árabes que se han sumado a la aventura– obliga a Obama a mantener un equilibrio del todo inestable entre los objetivos que se ha fijado en Irak y Siria y la necesidad de que no parezca que favorecen los intereses de Irán en la región y los de Asad para perpetuarse en el poder. Y en la búsqueda del equilibrio pesa tanto el compromiso ideológico como la conveniencia política en cada momento, más la íntima convicción de que, como dice el articulista, es posible contener y debilitar al Estado Islámico, pero es bastante más complejo evitar los efectos de la ideología islamista.

Anne-Marie Slaughter, profesora emérita de la Universidad de Princeton y empleada en el Departamento de Estado entre el 2009 y el 2011, sostiene que el enfoque de Obama es digno de elogio por tres razones: porque combina fuerza y diplomacia, porque limita el alcance de la intervención militar y porque ha logrado formar una amplia coalición en Oriente Próximo que excluye el papel de Estados Unidos como policía del planeta. Esa opinión está lejos de ser mayoritaria dentro y fuera de Estados Unidos ante el temor más que justificado de que estemos ante el comienzo de una escalada bélica que, más temprano que tarde, movilizará a una parte significativa de la comunidad suní y dará nuevos motivos a cuantos, con argumentos más o menos convincentes, entienden que la guerra global contra el terrorismo es la tercera guerra mundial, aunque nadie ose utilizar ese nombre si no es en petit comité.

“Ahora hay el riesgo de que la guerra contra el terrorismo de los Estados se convierta en una guerra permanente contra una lista creciente de enemigos”, escribe el analista indio Brahma Chellaney. Al dar este enfoque, que la lista de enemigos puede ser interminable, admite que la guerra también puede serlo, con su correlato de medidas destinadas a acotar el libre albedrío de los ciudadanos en nombre de la lucha contra todos los adversarios; con su correlato, pudiera decirse, de ausencia de compromisos morales y de preminencia del poder Ejecutivo sobre los otros poderes de los estados empantanados en una lucha sin final. De momento, Obama y sus generales no han llamado a nadie a engaño: la neutralización del EI va para largo. Pero, al decir esto, resulta que no hay respuesta convincente para ninguna pregunta esencial, incluida esta: ¿el islamismo incendiario ha alcanzado tal vitalidad que está en condiciones de sobrevivir a todos sus adversarios?

About Albert Garrido

Albert Garrido. Licenciado en Periodismo. Cursó Historia en la Universitat de Barcelona. Profesor en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona y en la Universitat Internacional de Catalunya. Autor de los libros 'La sacudida árabe' y 'En nombre de la yihad'.
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