La posverdad emponzoña la democracia

Este atropello a la decencia conocido como posverdad obliga a reflexionar sobre desafíos de índole ética que no afectan solo a los políticos, sino también a los medios de comunicación, hipnotizados demasiado a menudo por los especialistas en construir una realidad que no pretenden demostrar o probar. En Estados Unidos hay quien ha ocupado su tiempo en calcular el coste que hubiese tenido la difusión de los embustes de Donald Trump si en vez de salir en la prensa y en los noticiarios de la radio y la televisión en forma de información se hubiesen difundido como publicidad de pago: la factura habría ascendido a no menos de 3.000 millones de dólares. Pero la habilidad de Trump para ser perejil de todas las salsas y la impericia de los medios al enfrentarse al fenómeno facilitó la tarea a un patán vociferante que el día 20 se instalará en la Casa Blanca.

Pero ¿qué es la posverdad? Un conjunto de mentiras o engaños vestidos y vendidos como ingredientes de la realidad. No es otra cosa. En Alemania han acuñado la expresión verdad posfactual, un poco ampulosa, pero quizá más cercana a ese presunto invento de nuestros días que viene de muy lejos (basta echar la vista atrás y hacer acopio de datos en la documentación del III Reich, del stalinismo o del franquismo para concluir que nada nuevo luce bajo el sol). Porque no importan los hechos en la posverdad –la verdad alternativa de Stephen Colbert, recordada por Timothy Garton Ash en un artículo publicado en El País–, solo la reiteración de afirmaciones surgidas en gabinetes cuya misión exclusiva es construir una realidad virtual, artificial, de usar y tirar si con ello se alcanza el objetivo perseguido (generalmente, el poder).

No exageró un ápice en Chicago el presidente Barack Obama cuando dijo que los medios de comunicación “amenazan la democracia al permitir que la gente se retire a sus propias burbujas de conocimiento”. Al contrario, al dar por buenas versiones o datos sin ninguna comprobación empírica, hinchan las burbujas y se alejan del primero de sus compromisos éticos: atenerse a los hechos. “Nos volvemos tan seguros en nuestras burbujas que solo aceptamos la información, verdadera o no, que se ajusta a nuestras opiniones, en lugar de basar nuestras opiniones en pruebas que las sustenten”, afirmó Obama. La democracia y el libre examen desaparecen cuando ocupan su lugar la demagogia y las afirmaciones sin fundamento.

Una encuesta elaborada en seis países por la Universidad de Cambridge concluye que retrocede el europeísmo en las sociedades europeas. El país con más europeístas es Dinamarca (38% de la población), seguido de España (27%), Alemania (26%) y el Reino Unido a pesar del brexit (23%), muy por delante de dos países fundadores de la Unión Europea: Italia (15%) y Francia (14%). ¿Hasta qué punto las posverdades, verdades posfactuales o verdades alternativas han contribuido al enfriamiento del europeísmo en favor de nacionalismos renacidos sobre la manipulación de los sentimientos? ¿Hasta qué punto los medios de comunicación han estado en disposición de neutralizar la intoxicación informativa que ha dado alas a personajes y programas tan dados a la simplificación (enunciados simples y soluciones simples para problemas retorcidamente complejos)?

La reciente conferencia de prensa de Donald Trump ha sido una vuelta de tuerca más en la ominosa técnica de la posverdad. Según factcheck.org, fue una falsedad una afirmación tan llamativa, entre otras, como que 96 millones de personas no están incluidas en las estadísticas como “fuerza de trabajo”: lo cierto es que el cálculo trumpiano suma jubilados, estudiantes y otros colectivos que no buscan trabajo, de forma que, deducidos estos grupos, la cifra de los que quieren trabajar sin figurar en censo alguno son 5,5 millones. Tampoco es cierto que Obama decidiera la retirada de Irak “en un momento equivocado”, otra posverdad trumpiana, sino que la fecha fue establecida por su antecesor, George W. Bush. Y así sucesivamente hasta emitir un conjunto de afirmaciones sin mayor consistencia, aunque quizá sí con poder de convicción para los convencidos de antemano.

Acaso la estación de llegada de tal ceremonia de la confusión en la que participa Trump, pero en la que se aglomeran otros muchos oficiantes, sea la culminación de un largo proceso en el que los compromisos políticos de los gobernantes, de los partidos, de los titulares del poder o de los aspirantes a serlo han sido suplantados por la propaganda, por la intoxicación informativa, por la profusión de datos servidos en bruto, sin citar fuentes, sin someterlos a la prueba del nueve del trabajo de campo. Y aquí surge como un auténtico imperativo categórico el papel develador de los medios, su función esclarecedora de lo que se oculta, se maquilla o se deforma con el fin último de distorsionar la realidad. Demasiadas veces tal empeño cayó en el olvido durante el ascenso político de Trump, pero también de los nacionalismos gesticulantes que se han asomado a codazos en el escenario europeo mediante la utilización de crisis sociales inconmensurables –la llegada masiva de refugiados, las políticas de austeridad, las arremetidas del Estado Islámico– para desacreditar la vigencia del europeísmo.

Cuando un medio digital tan ajeno a la honradez informativa como breitbart.com se presenta en Europa con el propósito confeso de apoyar las campañas del Frente Nacional en Francia y de Alternativa por Alemania, dos proyectos desabridos, xenófobos y sectarios, herederos de las peores tradiciones políticas europeas, solo cabe decir que la posverdad se instalará en las campañas electorales de dos países determinantes para rescatar a Europa de la desorientación. Frente a la “apatía de los ciudadanos”, citada por Obama en el discurso de Chicago, es imprescindible la reacción de los medios, que ni creen posible la simplificación del presente ni comparten la idea cada día más extendida de que falsear la realidad es una cualidad imprescindible de la política y de los políticos. Nada tienen que ver la posverdad o breitbart.com –dos caras de una misma moneda– con la libertad de expresión, fundamento de la democracia, sino con la intoxicación.

Timothy Garton Ash recuerda en el artículo citado con anterioridad la seguridad de John Milton en que en “un combate justo y limpio” la Verdad, escrita con la inicial mayúscula, prevalece siempre sobre la Mentira, asimismo con mayúscula, una seguridad de la que debemos dudar, según el profesor de Oxford, “aleccionados por decenios de mentiras totalitarias, manipulaciones políticas y, ahora, el desafío de la posverdad”. Entonces ¿qué hacer? Esforzarnos, sostiene Garton Ash, “para que esa pelea efectivamente sea justa y sea limpia”, para que se disipe esa niebla cada vez más densa que emponzoña la democracia en la aldea global.

About Albert Garrido

Albert Garrido. Licenciado en Periodismo. Cursó Historia en la Universitat de Barcelona. Profesor en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona y en la Universitat Internacional de Catalunya. Autor de los libros 'La sacudida árabe' y 'En nombre de la yihad'.
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