La visita del Papa a Cuba defrauda a la disidencia

La estancia del papa Benedicto XVI en Cuba ha decepcionado a la disidencia en igual medida que no ha causado mayores incomodidades al régimen. El minuto concedido a Fidel Castro y negado a las Damas de Blanco quizá sea fruto del realismo abrumador de la diplomacia vaticana, pero el resultado final de la visita a la isla ha quedado bastante lejos de la sensación de cambio de ciclo –real o no– que dejó Juan Pablo II hace 14 años. La contención del Papa en todas las referencias a los presos y a la disidencia, salvo mientras volaba de Italia a México –“el comunismo ya no funciona en Cuba”–, han conferido a las tres jornadas un sesgo esencialmente pastoral, criticado por el exilio de Miami y lamentado en la red por la oposición de todos los colores que vive en Cuba.

Para esta oposición interior, con un componente católico centrista nada despreciable, tuvo un indudable impacto emocional el artículo firmado por Castro en el que dio cuenta de que iba entrevistarse con el Papa. El texto, cercano al de algunos teólogos de la liberación sin compromisos de poder ni ataduras políticas, sorprendió a muchos, aun conociendo la formación religiosa del comandante, educado en un colegio de jesuitas. “Fueron las experiencias vividas durante más de 15 años –escribió Castro– desde el triunfo de la revolución cubana (…) cuando llegué a la convicción de que marxistas y cristianos sinceros, de los cuales había conocido muchos, con independencia de sus creencias políticas y religiosas, debían y podían luchar por la justicia y la paz entre los seres humanos”.

El complemento a este punto de partida de Castro fue el planteamiento que el Papa dio a sus jornadas caribeñas, más acorde con lo conseguido por la Iglesia –la liberación de presos políticos gracias a la mediación del cardenal Jaime Ortega y del secretario de Estado, Tarcisio Bertone; la mejora del estatus de la jerarquía y la presencia del credo católico en la vida cotidiana– que con lo esperado por los adversarios del régimen. De ahí que mientras L’Osservatore Romano subrayó los ingredientes meramente eclesiales del viaje, los blogs de la disidencia proyectaron hacia el exterior la imagen de una oposición que se siente defraudada cuando no dolida. Y muchos de ellos se preocuparon de recoger la carta enviada al Papa por Lech Walesa, fundador de Solidaridad, expresidente de Polonia y altavoz del pensamiento político de Juan Pablo II: “Suplico a Vuestra Santidad que interceda por los que, a causa de sus convicciones, caen en las prisiones. Le ruego a Vuestra Santidad que tome la defensa de estos cubanos que al reclamar la libertad se arriesgan a persecuciones y vejaciones”.

En los días previos a la llegada de Benedicto XVI a Santiago de Cuba, otros prefirieron resaltar la predisposición acomodaticia de la jerarquía. Myriam Márquez escribió en The Miami Herald, caja de resonancia en inglés del exilio cubano: “Juan Pablo II, que vivió bajo el comunismo en Polonia cuando era sacerdote, trajo la esperanza hace 14 años, aunque no pudo dar la libertad a los cubanos. Casi una generación más tarde, el espacio que la Iglesia ha sabido ganarse está sujeto al perfeccionamiento del régimen”. Más de lo mismo en el análisis de Gina Montaner en El Nuevo Herald, clon en español de The Miami Herald: “Hoy la consigna del arzobispo Jaime Ortega es la de no contrariar al Gobierno y se ha notado en las semanas previas a la visita de Ratzinger. A diferencia de otros lugares (…) los activistas que se han encerrado en las iglesias para protestar por la violación de los derechos humanos han sido desalojados por la policía política con la mediación eclesiástica”.

Una vez más, la defensa de un espacio propio y la competencia entre confesiones –la santería, las iglesias evangélicas, una variopinta gama de credos a la carta– aparecieron en la línea argumental de Montaner, vistiendo en este caso los ropajes del márketing y la conquista de mercados. Una imagen tan sorprendente como rotunda dirigida a unos auditorios educados en gran medida en la tradición católica: “Si alguna vez la Iglesia estuvo cerca de la causa de pueblos azotados por la violencia y la opresión, queda poco de esa piedra angular que fundó San Pedro. Sus estrategias pueden llegar a confundirse con las de un holding que busca desesperadamente clientes”.

Aunque el símil del holding no es el más feliz de todos los posibles, lo cierto es que tanto el cardenal Ortega en Cuba como la jerarquía vaticana han llegado a la conclusión de que es el momento de que la Iglesia consolide espacios de influencia más allá de la brega política diaria, que adjudica a los clérigos católicos el papel de intermediarios en la dialéctica Gobierno-oposición. Estos espacios de influencia remiten a una presencia pública más visible de los católicos en todas partes, incluido el ámbito de la educación. Las formas versallescas observadas por el cardenal, y correspondidas sin reservas por Raúl Castro y su entorno, apuntan a este objetivo a medio plazo en el seno de un proceso de reformas en el que el aggiornamento de la economía para superar la quiebra del Estado es improbable que alcance a la política más allá de lo estrictamente cosmético.

De ahí la alarma apenas disimulada de Yoani Sánchez, impulsora del blog Generación Y y voz respetada de la oposición cubana, unos días antes de que el Papa llegara a la isla: “En sus ojos está la capacidad de darse cuenta de que entre los fieles reunidos en las plazas faltan numerosas ovejas del rebaño cubano que han sido impedidas de llegar hasta las cercanías de su báculo. En sus oídos está la decisión de escuchar otras voces más allá de las oficiales o de las estrictamente pastorales (…) En sus manos, en su voz, en sus oídos queda entonces el confirmarnos que comprende lo trascendental del momento”. Una alarma expresada en términos parecidos a la del periodista disidente Reinaldo Escobar: Resulta cuando menos paradójico que la Seguridad del Estado actúe como si tuviera la convicción de que las autoridades eclesiásticas no van a protestar  (por la actuación contra las Damas de Blanco)”.

Deducir de esta serie de opiniones que se trata de una decepción circunscrita a la disidencia militante resultaría por lo menos precipitado. Basta comprobarlo con un texto tan poco sospechoso como el editorial del periódico progresista francés Le Monde, fechado el día 28, significativamente titulado La muy pastoral visita de Benedicto XVI a Cuba: “Benedicto XVI no es Juan Pablo II, sus misiones son diferentes y los tiempos han cambiado. Esta vez, otro arzobispo, el de San Cristóbal de La Habana, monseñor Jaime Lucas Ortega, ha dibujado un cuadro casi idílico de la situación cubana en una entrevista en L’Osservatore Romano, el periódico del Vaticano. La jerarquía religiosa cubana, que ha obtenido estos últimos años la liberación de numerosos detenidos, busca ahora reforzar su implicación en la sociedad y en la enseñanza”.

La pregunta ausente del debate es esta: ¿cabía un planteamiento más agresivo del viaje? O, más aún: ¿se hubiese producido el viaje en el caso de prepararse de forma más agresiva? De la misma manera que tiene sentido preguntarse si mereció la pena una visita tan acotada por la corrección política. Y al formular esta última pregunta y buscar respuestas en las filas de la oposición al régimen, no hay forma de dar con alguna que sostenga que, a tenor de lo sucedido, hubiese sido mejor que el Papa volara directamente de México a Roma sin hacer escala en Cuba.

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