Los Juegos nunca pinchan

El desapego de los ciudadanos de Londres hacia los Juegos Olímpicos es una consecuencia del ciclo depresivo de la economía británica y de las estrecheces que impone. Tiene que ver con eso y con cierto sentimiento de pérdida de la inocencia olímpica que poseyó las citas de 1908, cuando Londres era la capital de un gran imperio colonial, y de 1948, cuando la ciudad se recuperaba del martirio de los bombardeos de la segunda guerra mundial. En ambos casos, el llamado espíritu olímpico todavía cobijaba el legado de aquellos caballeros de mostacho, terno con chaleco y aire distinguido que a finales del siglo XIX dieron en restaurar los Juegos, inspirados en el remoto ejemplo de los deportistas de la Grecia y la Roma clásicas, que se conformaban con una corona de laurel y una oda de Píndaro. Hoy todo tiene el aire inconfundible del gran negocio, y el Comité Olímpico Internacional (COI) se debate entre el citius, altius, fortius y los despachos de presidencia de las multinacionales.

Londres 1908

Un momento de la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Londres de 1908.

Todo esto parece pesar en el ánimo londinense y el dato de desaceleración de la economía británica dado a conocer el miércoles, solo dos días antes de prender la llama en el pebetero. Ahí están los agrios comentarios de la prensa, andanadas dirigidas al canciller del Tesoro, George Osborne, y los euroescépticos dispuestos a dar la gran batalla contra las miserias de la UE mientras la antorcha pasaba de mano en mano por las calles de Londres. El sobrecoste astronómico de la empresa olímpica, los fallos en la organización, los atascos, la ridícula incapacidad de la empresa encargada de la seguridad para cumplir sus compromisos, debilidades detectadas en los prolegómenos del gran espectáculo, tendrían menor relieve si el Reino Unido no encadenara tres trimestres de caída del PIB y nadie viese adónde llevan los programas puestos en marcha por el Gobierno. Pero la realidad es la que es: el PIB español cayó el 0,4% de abril a junio; la contracción en la zona del euro fue del 0,2%; la británica ascendió al 0,7%.

El descontento con el Gobierno ha sumado los grandes medios a la crítica, cuando no al desaliento. “Aparte de los atletas, poca gente, fuera de la construcción y las empresas de seguridad, saca beneficio de los Juegos Olímpicos. Así que los ministros recurren a la mendicidad. Hacen propaganda de los Juegos más allá de toda medida, y contratan consultores para reivindicar una inverosímil herencia en pago por el desembolso de 9.000 millones de libras. Es basura la jactancia del alcalde de que cada día un millón de turistas adicionales invadirá Londres. En cuanto a la promesa de David Cameron de que las empresas británicas ganarán 13.000 millones de libras en los contratos que de otro modo no hubieran obtenido, ello implica el soborno y la trapacería en una proporción olímpica”, ha escrito en el diario progresista The Guardian el comentarista Simon Jenkins.

Londres 1948

La ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de 1948, llamados de la austeridad, celebrada en el estadio de Wembley.

Ni este párrafo demoledor ni otros de parecido tenor publicados aquí y allá, ni siquiera la hipercrítica esparcida por los medios audiovisuales o el enfado de muchos que circula por las redes sociales –“el estadio es muy bonito, pero nuestros trenes son una porquería”– afectan en realidad al éxito –muy probable– o al fracaso –bastante improbable– de los Juegos. Estos han sobrevivido a situaciones de extrema gravedad con apenas unos rasguños, y no es preciso remontarse a principios del siglo pasado, cuando a menudo fueron un caos organizativo y un espectáculo trufado con episodios de gusto más que dudoso. Basta con repasar los acontecimientos que rodearon a los Juegos Olímpicos durante un largo periodo de la segunda mitad del siglo XX:

-México 68. El 2 de octubre, diez días antes de la ceremonia inaugural, se produjo la matanza de estudiantes en la plaza de Tlatelolco. Los Juegos estuvieron a punto de cancelarse, pero finalmente se celebraron.

-Múnich 72. El 5 de septiembre, en pleno desarrollo de los Juegos, terroristas palestinos de la organización Septiembre Negro asaltaron el edificio de la delegación israelí. Murieron once deportistas y cinco asaltantes; otros tres sobrevivieron. Las competiciones continuaron hasta el último día.

-Montreal 76. La negativa del COI de excluir a Nueva Zelanda de los Juegos porque su selección de rugby había jugado un partido contra la de Sudáfrica, expulsada de la familia olímpica a causa de la política de apartheid, llevó a 24 países africanos a no participar. Los Juegos se celebraron sin mayores contratiempos, aunque fueron un desastre económico.

-Moscú 80. Estados Unidos y bastantes de sus aliados boicotearon los Juegos, pero las competiciones que organizaron como alternativa a la cita olímpica no dejaron huella.

-Los Ángeles 84. La Unión Soviética y la mayoría de sus aliados devolvieron la moneda a Estados Unidos con un boicot que, como cuatro años antes, perjudicó a los deportistas que debieron quedarse en casa, pero no a los Juegos.

La vitalidad transformadora de las ciudades que entraña la celebración de los Juegos -véase Barcelona-, los criterios de gestión empresarial que adoptó el COI al ocupar la presidencia Juan Antonio Samaranch, el aumento exponencial de los derechos de televisión, las vías de comercialización y un entramado socio-económico de alcance universal han hecho posible que el estado de ánimo de los anfitriones tenga solo una remota relación con la cuenta de resultados. Afirma Tristam Hunt en el Financial Times: “Lo más sorprendente con relación a anteriores Juegos es el desinterés del público y de la clase política. Estamos acostumbrados a que los Juegos, comandados por los medios de comunicación, sean una forma de geoestrategia de poder blando. Estados Unidos y la Unión Soviética representaron el juego de su guerra fría en los de Moscú y Los Ángeles; España enterró los fantasmas de Franco en Barcelona; China consagró la era de Pekín. La oferta británica fue un intento de forjar una moderna identidad posimperial: el Reino Unido como una nación global, multicultural, capaz de golpear por encima de su peso (una visión cruelmente refutada al día siguiente por los ataques del 7/7) [se refiere a los atentados islamistas del 7 de julio del 2005]”.

Londres 2012

Vista del parque olímpico de Londres. Fuente: Official London 2012 Website.

Todo esto puede ser muy cierto, pero en cuanto lleguen las primeras marcas, un británico se cuelgue una medalla o surja en la densidad competitiva de estos días una singular muestra de sacrificio, la lentitud de los autobuses o los objetivos que movieron a la ciudad de Londres a solicitar los Juegos, y que luego no se han cumplido, ocuparán un modesto y recogido segundo plano. Las alusiones al fracaso del modelo multicultural, las encuestas que vaticinan una debacle conservadora si mañana se celebraran elecciones y el enfado de todos los días de los contribuyentes con un Gobierno desconcertado y desconcertante quedarán para después de estas dos semanas, incluso en el caso más que imaginable de que los medios más influyentes no cejen en la crítica. Este es uno de los secretos de los Juegos Olímpicos: a última hora, por difícil que sea el momento, nadie quiere ausentarse de ellos, nadie está dispuesto a llevar su oposición tan lejos como para quedar completamente al margen de un acontecimiento tocado por el éxito, que nunca pincha, cuya razón de ser es justamente la promesa de disfrutar de los beneficios del éxito de un acontecimiento universal, salvo cataclismo imprevisible. Esta es la cultura del COI, que Samaranch y su equipo llevaron hasta sus últimas consecuencias y que Jacques Rogge y sus colaboradores cultivan sin alterar una coma.

Cuando el muy conservador The Daily Telegraph compara lo hecho en España y en el Reino Unido para enderezar la economía, y de paso suministra munición a los euroescépticos, alimenta la enemiga de una parte de los londinenses con los Juegos, pero este respingo en un sector de la opinión pública empieza y termina en la isla; el resto del planeta solo espera que empiece la gran epopeya en el estadio. “Como suele suceder, el programa de austeridad español es bastante más duro que el del Reino Unido, por lo que no es creíble como se afirma que la causa de nuestros problemas es una prematura reducción del déficit. Por otra parte, España no cuenta con la mitigación de una política monetaria muy acomodaticia o una moneda devaluada. No, el problema es mucho más profundo y estructural. Y tiene que ver también con la deuda pendiente, que sigue siendo inmensa, y con el profundo deterioro de la banca dejado por la anterior Administración”, señala Jeremy Warner en el periódico antes citado. Y eso, ¿qué significa? Porque para el resto del planeta olímpico, para el éxito universal de los Juegos, hoy no son relevantes los aciertos o desaciertos de George Osborne, aunque cuando cese la fanfarria quizá tengan un gran impacto en la economía global.

Los Juegos son la gran evasión transversal, la gran exaltación de los estados-nación y del orgullo colectivo. De momento, no hay forma de competir con ellos y el grado de exigencia impuesto a los organizadores es muy alto porque el beneficio para la ciudad que los acoge suele ser asimismo muy alto. Si pasadas las dos semanas de rigor no se cumple esta regla, es que algo se hizo mal, porque los espectadores estuvieron allí, los deportistas, también, las inversiones se cumplieron y los patrocinadores en sus múltiples modalidades difundieron sin descanso la imagen y la marca de la ciudad olímpica. Y todo esto se produjo fuese más o menos favorable el ambiente local; fuese mayor o menor la complicidad de los ciudadanos con los Juegos disputados a la puerta de sus hogares.

¿Deslegitima o devalúa esa realidad la crítica de los medios? Desde luego que no. El periódico liberal norteamericano The Washington Post publicó un análisis de Jackson Diehl, responsable de las páginas de opinión, al hacerse eco del ambiente en Londres, de los beneficios que reporta la crítica y de algunas frases empleadas por políticos y periodistas: “debacle humillante”, “caos predecible” y otras por el estilo. Diehl escribió bajo el título Medalla de oro para la prensa libre: “Estos juicios no provienen de franceses dispépticos u otros anglófobos, sino de altos funcionarios del Gobierno británico, miembros del Parlamento y, por supuesto, de la prensa londinense (…) Un mundo que estaba impresionado sobre todo por el espectáculo autoritario puesto en escena por Pekín en el 2008 verá una demostración muy diferente (…) En cumplimiento de promesas hechas en el vacío al Comité Olímpico Internacional, Pekín estableció tres áreas para las manifestaciones políticas, y luego se negó a conceder un solo permiso para entrar en ellas. Cuando dos mujeres de 70 años pidieron autorización para protestar por haber sido expulsadas de sus casas, fueron condenadas a pasar un año en un campo de trabajo (…) El Gobierno [británico] ha tenido que recurrir a las unidades militares y policiales. Parece probable que el resultado será una mejora neta de la seguridad en los Juegos gracias a la oleada de noticias y airadas audiencias parlamentarias en las que han sido sometidos a interrogatorio fulminante el secretario británico del Interior y el director ejecutivo de la empresa privada de seguridad”.

Efectivamente, esos son los beneficios de la crítica sin cortapisas. Pero los fallos detectados por los críticos y las correcciones de última hora, ¿afectan al impacto y al éxito universal de los Juegos? Una vez más, la respuesta es no. Valga el relato sucinto de un episodio de los de Seúl 88: el primer o el segundo día de competiciones, el autobús de un grupo de funcionarios olímpicos se extravió de vuelta al hotel donde residían. Un integrante de la organización comunicó el incidente a un miembro del COI que, sin inmutarse, dejó para la posteridad el siguiente comentario: “No se preocupe, no salen en los periódicos”.

 

 

 

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