Los ultras apuntan al Europarlamento

La caída de la confianza de los europeos en la UE eleva hasta cotas desconocidas las perspectivas electorales de la extrema derecha, antieuropeísta y xenófoba, con la mirada puesta en la cita de la próxima primavera, cuando se renovará la Eurocámara. El índice de confianza no alcanza el 40% en ninguno de los grandes países –Polonia se queda en el 39%–, según los datos suministrados por Eurostat correspondientes a un sondeo realizado en mayo de este año; solo Francia supera el 30% y España se queda en el 17%, por debajo incluso del Reino Unido (20%), una foto fija de la desconfianza en todas partes. Se ha pasado de la idea muy extendida de que los periodos de crisis dan oportunidad a las soluciones creativas a la sensación no menos extendida de que la crisis es la gran ocasión de la ortodoxia ultraliberal para someter el Estado del bienestar a las exigencias de un sistema tecno-financiero globalizado.

No hay una sola encuesta que no recoja que el esprit des temps ha acabado con la complicidad necesaria entre gestores y ciudadanos para que la construcción económica y política de la Europa unida no sea solo un proyecto de las élites. La empatía ha desaparecido, las instituciones se han acogido a un léxico indescifrable para los electores, los estados mayores de los grandes partidos se han entregado a la cultura del pacto perpetuo hasta desdibujarse en el seno de una tecnocracia que tiende a homogeneizar las ideologías y los estados han logrado que las cumbres intergubernamentales suplanten en el escenario el papel que los europeístas quisieran ver representado por la Comisión. Un nacionalismo de última generación se ha adueñado de la situación y no son pocos los que temen que, por este camino, el Parlamento Europeo corre el riesgo de acoger una floración de grupos parlamentarios de disciplina estrictamente nacional en detrimento de los grandes grupos de adscripción ideológica: popular, socialista, liberal, etcétera.

Marine Le Pen y Geert Wilders, el día 13, después de anunciar que se alían para acabar desde dentro con el “monstruo que supone Europa”.

El correlato inmediato es el temor a que una participación espectacularmente baja en las próximas elecciones europeas, situada claramente por debajo del 49% del 2009, dé como resultado un Parlamento con una minoría ultra en condiciones de torpedear toda iniciativa tendente a ampliar las atribuciones supranacionales a costa de la soberanía de los estados. El auge de la extrema derecha en tantos países de la UE y la concreción de una alianza antieuropeísta franco-holandesa constituida por el Frente Nacional, que dirige Marine Le Pen, y por el Partido de la Libertad, que pilota Geert Wilders, no son más que el síntoma visible de que una grave enfermedad amenaza a Europa, que los ciudadanos ven cada día menos como un gran proyecto político con el que merece la pena comprometerse.

A lomos de la crisis o vapuleada por ella, la UE se ha convertido en una estructura antipática, promotora de imposiciones defendidas por burócratas y políticos insensibles a las tragedias personales, figuras distantes que ven en la televisión comunidades condenadas a un futuro incierto y a una pobreza del todo cierta, prescriptores soberbios de recetas encaminadas a cuadrar los números del modelo macroeconómico. Al mismo tiempo, el establishment político europeo se aplica a neutralizar la competencia de la derecha apocalíptica mediante la incorporación a sus programas de las medidas que defienden los adversarios de la unidad europea –véase el rumbo del ministro francés del Interior, Manuel Valls, en cuanto atañe al tratamiento de la inmigración o la instalación de concertinas de seguridad en el perímetro de Melilla–, de tal manera que, en la práctica, facilitan la difusión de las doctrinas más odiosamente sectarias. Por no hablar del debilitamiento de la legitimidad de las instituciones europeas cada vez que un Parlamento nacional somete a ratificación una decisión de la UE (así sucede en Alemania, Austria, Holanda y Finlandia), aunque haya quien ve en ello –Enrique Barón lo defendió el último martes en el Cidob– un ejercicio de compromiso democrático del parlamentarismo nacional con las instancias europeas.

Mientras tanto, abundan los estudios que indican que una Europa sin inmigrantes carece de futuro y una Europa empobrecida, debilitada hasta el tuétano por la austeridad a todas horas, está condenada al estancamiento. Christal Morehouse, una analista de la fundación alemana Bertelsmann Stiftung, afirma que la solución a los problemas demográficos de Europa para el siglo XXI se encuentra más allá de sus fronteras, según los cálculos del Foro Económico Mundial, que ella da por buenos: “En menos de dos décadas, Europa occidental necesitará atraer fuerza de trabajo equivalente al tamaño de la población activa actual de la mayor de sus economías, la alemana, a fin de mantener el crecimiento económico”. Y, al mismo tiempo, el profesor Michael Spence, premio Nobel de Economía, subraya que el exceso de ahorro de Alemania, en aras de la austeridad, agrava los desequilibrios comerciales en el seno de la UE y limita las inversiones.

Cartel electoral de Jean-Marie Le Pen correspondiente a la primera vuelta de la elección presidencial de 1974.

Ni que decir tiene que el refinamiento técnico de estos detalles importa poco a los adversarios por principio del euro, de la unidad de Europa y de la futura viabilidad del continente como actor político. De hecho, la antipatía que se ha ganado la UE mediante el recurso a una contabilidad que todo lo justifica, libera a la extrema derecha de dar mayores explicaciones a capas sociales desorientadas. ¿Quién hubiese podido prever que una hija de Jean-Marie Le Pen, el pintoresco candidato a la presidencia de Francia de 1974, condicionaría la agenda política de 2014 con perspectivas electorales por encima del 20%? ¿Quién hubiese podido imaginar que la sociedad culta de una democracia avanzada como la francesa dejaría la iniciativa a la descendiente del candidato que en 2002 disputó la presidencia a Jacques Chirac, pero pareció entonces que jamás podría igualar aquel hito? Hoy nadie sabe cuál es techo electoral del Frente Nacional.

Es muy posible que el silencio político de Francia tenga que ver con el auge ultra. El pensamiento europeísta de Francia es demasiado importante, hasta hoy ha sido demasiado influyente, como para que no tenga ninguna repercusión la ausencia del debate del acento francés, factor de equilibrio tradicional del acento alemán. El hermetismo del presidente François Hollande pesa en la desorientación europea en la misma medida que la reacción defensiva de una sociedad asustada y envejecida, la francesa, ante los peligros que se ciernen sobre un modelo social que discuten a un tiempo el Gobierno alemán, el Banco Central Europeo y los adversarios históricos del Estado social. Acaso los síntomas de decadencia de Francia sean, asimismo, un síntoma elocuente de la decadencia de Europa, en la misma proporción que lo es la dirección alemana de los asuntos europeos, con la mirada de Berlín dirigida hacia el norte, el centro y el este del continente, mientras el mundo greco-latino aparece como una molesta impugnación del futuro perseguido por los mercados hegemónicos.

En este cruce de caminos, Thomas Wieder se ha remitido en las páginas de Le Monde al precedente de 1983, cuando François Mitterrand, a los dos años de ser elegido, hubo de enfrentar una crisis social y política de grandes proporciones con unos índices de aceptación del 30%. Entonces, como ahora, el Gobierno estaba dividido y la presión conservadora funcionaba a toda máquina, pero, a diferencia de hoy, era muy inferior la predisposición de una parte del auditorio a  buscar cobijo en la extrema derecha. La disputa social se desarrollaba desde frentes políticos convencionales, con viejas y sólidas convicciones democráticas, mientras que ahora la lealtad democrática de los antieuropeístas acérrimos hay que ponerla en cuarentena. Por lo demás, no había en la calle europea siglas como la de la refundada Forza Italia, que ocultan su oposición a Europa detrás de un confuso discurso populista que todo lo contamina.

El texto de Wieder recoge una cita de 1983 aplicable al presente: es del periodista Jean-François Kahn y alude al proyecto prematuramente envejecido con el que Mitterrand se presentó a la elección de 1981, algo parecido a lo que le sucede hoy a Hollande. Pero el articulista se refiere también al estado de desgracia, una expresión acuñada por Jean Charlot que se corresponde con el ambiente depresivo que se ha adueñado de Francia y la desazón de millones de europeos que no oyen desde hace años un solo mensaje comprensible que induzca a confiar en el futuro.

CrecimientoLos trabajos de prospectiva difundidos cuando el año se encamina hacia su fin justifican esos estados de ánimo. El último, publicado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), prevé para la Eurozona un crecimiento medio del 1% en el 2014 –la media mundial se situará en el 3,6%; la de la OCDE, en el 2,3%; la de Estados Unidos, en el 2,9%–, y del 1,6% en el 2015, muy por debajo de la media mundial (3,9%) y de Estados Unidos (3,4%). El vaticinio depende, además, de que no se concrete una borrasca que amenaza dar al traste con los augurios para el 2014: más debilidad de la prevista en las economías emergentes, incluida la china. Si eso sucede, es de temer un debilitamiento de los intercambios comerciales a escala mundial, de los flujos de inversión y formación de capital, y el mantenimiento de la media de la tasa europea de paro por encima del 12% (el 25% para España, décima más décima menos).

¿Cómo movilizar a los electores si ese es el porvenir que nos aguarda mañana? ¿Cómo evitar que crezcan las adhesiones en las filas del euroescepticismo más ruidoso si los europeísta convencidos, salvo excepciones, no son capaces de ir más allá de una gestión de la crisis con efectos extenuantes? ¿Cabe considerar a la extrema derecha antieuropeísta la última adaptación al medio de las ideologías totalitarias, opuestas a la democracia? Si es así, ¿debe aceptarse el recurso a los mecanismos del Estado democrático –de la Europa democrática– por quienes se oponen a él?

El profesor Jan-Werner Mueller, de la Universidad de Princeton, se pregunta: “¿Existe un lugar dentro de las democracias liberales para los partidos aparentemente antidemocráticos?” Las respuestas son harto arriesgadas. Mueller sostiene que, frente a las amenazas, “la autodefensa democrática parece un objetivo legítimo”. Pero la determinación del nosotros y del ellos presupone –es mucho presuponer– que no hay asomo de duda en cuanto a la fijación del límite a partir del cual la cultura democrática se pone en peligro. Y, aun en este caso, cualquier restricción política no justificada por el recurso a la violencia, conlleva privar del derecho de representación política a colectivos de dimensión variable. Ese no es el debate que debe afrontar Europa, sino otro en el que se planteen alternativas viables y visibles al estado de desgracia que ha hecho posible que el verbo inflamado de los ultras cautive a una parte de la calle europea, privada de esperanza.

About Albert Garrido

Albert Garrido. Licenciado en Periodismo. Cursó Historia en la Universitat de Barcelona. Profesor en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona y en la Universitat Internacional de Catalunya. Autor de los libros 'La sacudida árabe' y 'En nombre de la yihad'.
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