Nada detiene a Asad

El nombramiento en Siria de un nuevo primer ministro, Riad Farid Hiyab, para suceder a Riad Safar, designado por el presidente Bashar el Asad en abril del año pasado, un mes después de haber empezado las protestas, no pasa de ser una mascarada sin futuro que ni siquiera vale para desviar la atención sobre las dimensiones de la tragedia. Después de la matanza de Hula –108 muertos, incluidos más de 40 niños–, llamada por el lingüista de la Universidad de Columbia Hamid Dabashi “la masacre de los inocentes”, y de la de Al Qubeir –otro centenar de muertos– toda medida meramente cosmética no hace más que afear aún más el rostro de la cleptocracia siria y poner en evidencia a la comunidad internacional, incapaz de detener la degollina. El enviado especial de la ONU y de la Liga Árabe, Kofi Annan, promotor de un plan de paz sin más resultado que la consagración de la guerra civil, ha sido honrosamente sincero: “No hemos tenido éxito en aquello que nos fijamos: acabar con la violencia espantosa y lanzar un proceso político de transición susceptible de responder a las aspiraciones legítimas del pueblo sirio”.

Matanza de Hula

Víctimas de la matanza de Hula, perpetrada por los 'shabiha'.

El desafío es, a un tiempo, político y ético, pero esta doble vertiente de la crisis queda siempre velada por las discrepancias de los grandes actores internacionales, con la negativa explícita de Rusia y China a dar su consentimiento a una intervención autorizada por el Consejo de Seguridad de la ONU y las dudas que paralizan a las otras potencias más allá de la gesticulación diplomática que nada modifica. Rusia quiere asegurarse la presencia en el Mediterráneo a través de la base de Tartus, en la costa siria, mantener una antena en Oriente Próximo e impedir que los Hermanos Musulmanes ocupen algún día el puente de mando; China no quiere incomodar a Irán, protector de Siria hasta la última coma, donde compra ingentes cantidades de petróleo; Occidente entienden que casi todas las alternativas son peores al sentido recuento diario de cadáveres. “En el equipo de Kofi Annan se tiene la sensación de que la actitud de Moscú proporciona una coartada a los países occidentales, que ni tienen intención de intervenir en Siria ni tienen plan B, y no demasiado plan A”, subraya la comentarista Sylvie Kaufmann en el diario progresista francés Le Monde.

Las fundadas suposiciones de Kaufmann coinciden grosso modo con la tendencia dominante en las cancillerías de Europa y en el Departamento de Estado, que parten del convencimiento de que, a las puertas de Israel, en la vecindad de Líbano, la mejor decisión es no tomar ninguna decisión. Pero ¿es conveniente y útil mantenerse a la espera de no se sabe muy bien qué? James P. Rubin, que formó parte de la Administración del presidente Bill Clinton y aplica a sus análisis un realismo sin fisuras, ha publicado un artículo en Foreign Policy en el que explica cuál es, a su juicio, “la razón real para intervenir en Siria”. “El programa nuclear iraní y la guerra civil de Siria puede parecer que no están conectados, pero en realidad están inextricablemente vinculados. El verdadero temor de Israel –la pérdida de su monopolio nuclear y por lo tanto la capacidad de utilizar sus fuerzas convencionales en todo el Oriente Próximo– es el factor no reconocido que impulsa sus decisiones hacia la República islámica. Para los líderes israelís, la verdadera amenaza de un Irán con armas nucleares no es la perspectiva de un líder iraní loco que lanzara un ataque nuclear no provocado contra Israel que llevaría a la aniquilación de ambos países, sino el hecho de que Irán no necesita ni siquiera probar un arma nuclear para socavar la influencia militar israelí en Líbano y Siria. Con solo alcanzar el umbral nuclear, los líderes iranís podrían envalentonarse para llamar a su representante en Líbano, Hizbulá, para que atacara a Israel, sabiendo que su adversario tendría que pensárselo bien antes de devolver el golpe”.

El análisis de Rubin forma parte de la doctrina clásica de seguridad aplicada por los gobiernos de Estados Unidos en cuanto atañe a Israel –se trata de garantizar el statu quo y dejar a salvo la superioridad estratégica de israelí–, pero va más allá porque descarta que Asad acepte dejar el poder como resultado de una negociación y previene ante los peligros inherentes a una institucionalización de la guerra civil. Rubin esboza un cuadro general desalentador, construido a partir de la degradación del régimen sirio y la radicalización de sus adversarios: “La rebelión en Siria dura más de un año. La oposición no desaparecerá, y está claro que ni la presión diplomática ni las sanciones económicas obligarán a Asad a aceptar una solución negociada a la crisis. Con su vida, su familia y el futuro de su clan en juego, solo la amenaza o el uso de la fuerza cambiarán la actitud del dictador sirio. En ausencia de intervención extranjera, la guerra civil en Siria solo empeorará a medida que los radicales se apresuren a explotar el caos y se intensifique el efecto indirecto en Jordania, Líbano y Turquía”.

Tartus

Vista aérea de la base naval rusa de Tartus, en la costa de Siria.

Lo que sostiene Rubin es que la región corre el peligro de contraer una enfermedad crónica llamada Siria, caracterizada por una guerra civil irresoluble, como sucedió en Líbano entre 1975 y 1990, y muchos actores externos interesados en prolongarla para preservar su cuota de influencia en el desarrollo de los acontecimientos en la región. Este horizonte tenebroso tiene poco que ver con la defensa de los derechos humanos y la preocupación por la suerte que corren los civiles, víctimas propiciatorias de sus gobernantes, pero se antoja bastante cercano a lo que sucede y, aún más, prueba que los mismos argumentos esgrimidos en la crisis Libia para desencadenar una intervención militar con el acuerdo de la ONU no surten efecto en el caso de Siria o no valen mucho más que para producir una abundante literatura de lamentos sin ningún efecto práctico.

Así pues, el riesgo de que se enquiste el conflicto y de que Asad administre la guerra como una herramienta más del sistema mediante el recurso permanente a la represión militar –operaciones reconocidas contra lo que el régimen llama “grupos terroristas”– o represalias sin paternidad –las acometidas de los shabiha, matones del régimen–, lleva directamente a preguntarse cómo y quién puede romper el círculo vicioso. Rubin sugiere una operación internacional en dos tiempos, pilotada por Estados Unidos:

1º Anunciar la disposición del Gobierno de entrenar a las fuerzas de la insurrección siria con el concurso de aliados en la región como Catar, Arabia Saudí y Turquía. Cree Rubin que tal declaración podría acelerar las deserciones en el Ejército de Asad y acercar a las diferentes facciones de la oposición, ahora bastante divididas, por no decir enfrentadas, y con los Hermanos Musulmanes en situación de sacar partido de la desunión.

2º Lograr un acuerdo singular de Estados Unidos y algunos de sus aliados en Occidente con países de Oriente Próximo para iniciar una “operación aérea de la coalición”, que da por seguro que nunca contará con el apoyo del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, a causa de la oposición de Rusia y China, y tampoco de la OTAN, debido a la desconfianza que acompaña a la repetición de una experiencia como la de Libia (coste de la intervención y situación posbélica).

El objetivo final identificado por Rubin es evitar “una guerra mucho más peligrosa entre Israel e Irán”. Pero el camino para alcanzarlo incluye comprometer a casi toda la región, operar al margen de la legalidad internacional, alentar la prédica antioccidental y exacerbar la pugna histórica entre sunís y chiís, concretada en Arabia Saudí e Irán. Y, al encrespar el enfrentamiento en el campo del islamismo político, la seguridad de Israel, causa última del relato tejido por Rubin, volvería a estar amenazada, de forma que Estados Unidos, de seguir la misma pauta intervencionista, debería tomar de nuevo parte activa en el conflicto.

El renombrado sociólogo de la Universidad de Georgetown Norman Birnbaum descarta la oportunidad y la eficacia de una intervención directa encabezada por Estados Unidos: “Sería bueno que los ciudadanos y las élites intenten no exagerar el poder de un país imperial que está profundamente dividido y debe hacer frente a problemas nacionales e internacionales que someten a una gran tensión su capacidad actual de abordar sus propios asuntos”. Esta conclusión de Birnbaum suma bastantes adeptos en los departamentos de Estado y Defensa. Sobre todo si cunden los contactos más o menos explícitos con los ayatolás y estos acceden a delimitar su programa nuclear dentro de parámetros aceptables y comprobables que desvanezcan el riesgo de un ataque preventivo israelí por sus propios medios.

Entre las alternativas a la intervención directa se cuenta remedar el modelo yemení: el presidente Asad dejaría el cargo con toda clase de garantías para él, su familia y bienes, marcharía a un exilio dorado, un albacea del régimen dirigiría un proceso constituyente rápido dentro del cual legitimaría su poder en las urnas y de esta forma se garantizaría la continuidad de la política siria en la región y el apego a sus aliados. Esta fórmula es la que más partidarios tiene en la Administración de Barack Obama, no disgustaría a Rusia y tampoco complicaría las cosas a China. Guenadi Gatilov, viceministro ruso de Asuntos Exteriores, ha recordado que su país “nunca puso como condición que Asad debía necesariamente seguir en el poder al final del proceso político”, pero parece que la hora de la solución yemení pasó hace tiempo, y especialistas de tanta reputación como Georges Corm la dan por imposible. “Diplomáticos occidentales tienen la esperanza de que esta solución podría funcionar en Siria, y que lograría la aprobación de Rusia, dado que Moscú ha rechazado hasta ahora cualquier cambio violento de régimen”,  pero, al dar cuenta del estado de ánimo en las capitales europeas, Corm no soslaya el hecho cierto de que la solución yemení “se está convirtiendo cada vez en más improbable” a causa de la radicalización de la crisis.

Esta radicalización que hace saltar por los aires cualquier forma sensata de sacar a Siria de la lógica perversa de la guerra, obedece a razones locales de una enorme complejidad, desde la realidad indiscutible de que el establishment que apoya a Asad desborda el marco estricto de las estructuras de poder –con el partido Baaz y el Ejército en primerísimo lugar– hasta la lucha sectaria entre la minoría alauí, a la que pertenece el presidente, y la mayoría suní, expuesta a la seducción del fundamentalismo. “Es muy difícil desalojar a un tirano que tiene una base real de apoyo si él está dispuesto a matar a su propio pueblo”, ha declarado Richard Haass, presidente del Consejo para las Relaciones Exteriores de Estados Unidos. Salvo que, por algún motivo, se esté dispuesto “a ir a la guerra, se siga allí durante bastante tiempo y se construya un Estado”, una empresa que queda lejos del programa del presidente Obama para los países árabes.

Sin el apoyo social del que aún disfruta Asad y que invoca Haass, la agresividad del régimen sería mucho menor y quizá adquiriera el perfil de una resistencia numantina de corta duración. Pero el Ejército es una institución con la solidez que le otorga su vinculación al mundo de los negocios, como sucede en Egipto, y el Baaz es al mismo tiempo la columna vertebral de la Administración y la organización encargada de mantener en pie una red clientelar tejida de pequeños y grandes favores en la que se mezclan los intereses del Estado y la vida cotidiana de muchos ciudadanos que dependen del paraguas protector baazista. Gracias a eso, el presidente puede mantener la ficción de la normalidad –cambios en el Gobierno, reformas constitucionales, referendos, elecciones, sesiones en el Parlamento– y neutralizar a los emisarios internacionales puestos al servicio del plan de paz que defiende Kofi Annan.

“Lo que ocurre ahora en el mundo árabe es una verdadera revolución que apenas empieza. Va a durar muchísimo. Eso no significa inestabilidad duradera, pero significa que los dictadores son la principal causa de inestabilidad, y si queremos reanudar el hilo del desarrollo de esas sociedades, hay que hacer que estos dictadores se vayan lo antes posible”, dice el especialista Jean-Pierre Filiu. La crónica siria de todos los días le da la razón.

 

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