‘Ñamérica’, una versión de América Latina

Medio siglo después de la publicación de Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano, Ñamérica, de Martín Caparrós, emite una imagen de la región y de los anhelos de quienes la habitan que difiere en parte y coincide en parte con uno de los libros de referencia de las izquierdas. Al principio de su obra, Galeano recogió una frase inquietante de Josué de Castro, un médico y destacado activista brasileño de mediados del siglo XX: “Yo, que he recibido un premio internacional de la paz, pienso que, infelizmente, no hay otra solución que la violencia para América Latina”. Al final de su trabajo, Caparrós arma una opinión concluyente sobre las protestas sociales en el continente: “Esos estallidos son el resultado de la pérdida de confianza en la democracia de delegación (…) Pero esos movimientos no parecen pedir cambio de sistema. De nuevo: no tienen otro sistema al que apuntar; quieren, sí, mejorar este, su situación en este”.

Entre ambos enunciados discurren cincuenta años de historia, de la proliferación de las dictaduras a las democracias deficientes, de la ensoñación revolucionaria alimentada por el experimento cubano a las proclamas insurreccionales abatidas por las desventuras de la revolución y el falseamiento de los mensajes –Venezuela, Nicaragua y alguna otra vecindad–, de la guerra fría y el intervencionismo sin disimulo a la globalización y una creciente sensación de caos en el orden internacional. Y de acuerdo con la estructura de Ñamérica, el cambio poco menos que cósmico del predominio de la ciudad sobre las sociedades rurales, de esas megalópolis a menudo ingobernables donde han ido a cobijarse con desigual fortuna los excedentes de mano de obra del sector primario, que han pasado de habitar economías de subsistencia a soportar todos los males de la pobreza.

“La ciudad junta en un espacio reducido –escribe Caparrós–, la masa crítica necesaria para que pueda suceder esa explosión; también concentra lo mejor de las fuerzas del Estado, que puede reprimir con rapidez, con eficacia”. Las ciudades se convierten así en las cajas de resonancia de las crisis sociales porque son el escenario de dos procesos imparables: la concentración de la riqueza y la progresión geométrica de las desigualdades. A la que se añade la concreción de una clase media estancada que reclama a los poderes públicos mejores asistencia y servicios como contrapartida a su contribución a la sostenibilidad del sistema. En los días del joven Galeano, algo de todo eso había, pero a tenor del análisis compartido entonces por los análisis de izquierdas, la masa crítica para alcanzar una redistribución razonablemente equilibrada de las rentas se encontraba en el campo.

Muchos años más tarde de la publicación de Las venas…, en 2014, el propio Galeano confesó que no volvería a leer su libro, que quiso escribir una obra de economía política, “solo que yo no tenía la formación necesaria”. Aun así, la argumentación seminal de Galeano y de otros autores justificó la creencia de Edward W. Said en Cultura e imperialismo: “Los escritores y eruditos provenientes del mundo antes colonizado han impuesto sus historias diversas o han trazado  sus geografías locales sobre los grandes textos centrales y canónicos europeos” (más tarde, también estadounidenses). Es decir, que la narración de los hechos y las causas que los motivaron dejaron de proceder solo o principalmente de las metrópolis.

El profesor Arcadi Oliveres dejó dicho que globalización y regionalización en América Latina están obligadas a entenderse. Al concluir la travesía por las grandes urbes que realiza Caparrós parece que esa necesidad perentoria debe cubrirse. No solo porque a escala macroeconómica no se adivinan alternativas, sino porque, de no darse, será imposible reducir los espacios de pobreza, donde anidan las crisis sociales antes de los grandes estallidos. Los sucesos de este año en Colombia, la situación asfixiante de la economía argentina, la degradación del legado sandinista en Nicaragua, la enfermedad crónica venezolano y el último episodio de movilización en la calle de Cuba, entre otros datos, hacen inevitable la coexistencia de lo global con lo regional –añádase lo nacional o lo local–, salvo que sean mayoría los gestores que siguen creyendo, como en los días ya tan lejanos de la Alianza para el Progreso, que el concepto de precio justo es poco menos que medieval (Covey T. Oliver), es un sinsentido en las autopistas del libre comercio.

A principios de los años 90, un exfuncionario del Gobierno de Víctor Paz Estensoro sostenía que la mejor forma de que bajaran los precios de la carne de res en Bolivia era importarla de Estados Unidos. Claro que la solución, de ser cierta, condenaba a los ganaderos locales que criaban un pequeño número de cabezas –la mayoría– y sobrevivían en una precaria economía de mera subsistencia. Llevado a la práctica, significó que las comunidades rurales que, bien que mal, salían adelante con sus modestas explotaciones, se vieron obligadas a la larga a buscar refugio en la capital o en Santa Cruz, al sur del país, obligada a crecer por flujos migratorios causados por una descabellada política de precios nada medieval, muy rentable para los importadores, pero ruinosa para los campesinos.

A esos ganaderos expulsados de los circuitos locales cabe atribuír la condición de redundantes, a los que se refiere Caparrós, trabajadores de todos los sectores amortizados por la mecanización del sector primario. El fenómeno se repite en América Latina y está detrás de la expansión de las ciudades, de un cambio en la estructura social que propicia el crecimiento de economías urbanas precarias. Se trata de un rasgo compartido por todos los países de Ñamérica, así bautizada por Caparrós porque alberga un rasgo común indiscutible en el espacio que va de la frontera de río Grande a la Tierra del Fuego: el uso de la ñ, esa letra que nació con el castellano cuyo sonido representan con un dígrafo las otras lenguas latinas.

Se dan así en un espacio cultural bien delimitado tres realidades simultáneas y a saber si por mucho tiempo compatibles: los beneficiados por la globalización y la exportación de materias primas, las clases medias estancadas y las comunidades crecientemente vulnerables, crecientemente condenadas a soportar el aumento de las desigualdades, que transitan por la periferia de un modelo en el que no encuentran acomodo. De todo ello dan testimonios las ciudades inabarcables, donde se configura un futuro asimétrico que justifica el vaticinio de tensiones de todo tipo y un alejamiento cada vez mayor de las convenciones políticas de sectores sociales sin expectativas de futuro.

About Albert Garrido

Albert Garrido. Licenciado en Periodismo. Cursó Historia en la Universitat de Barcelona. Profesor en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona y en la Universitat Internacional de Catalunya. Autor de los libros 'La sacudida árabe' y 'En nombre de la yihad'.
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