Oposiciones para suceder a Chávez

Nadie es capaz de aventurar si el regreso de Hugo Chávez a Caracas es el penúltimo acto de la angustiosa representación ofrecida a la opinión pública por los herederos del presidente o cualquier otra cosa remotamente relacionada con la vuelta de este al puente de mando, quizá para jurar el cargo y, acto seguido, renunciar. El secretismo, mezclado con un abigarrado misticismo religioso y la camiseta de Nicolás Maduro con la imagen del líder enfermo, hacen presagiar lo peor, pero en la escenografía barroca de la república bolivariana todo es posible menos un desarrollo más o menos convencional de los acontecimientos. Mientras tanto, se ha dado la salida en la carrera para llenar el vacío que previsiblemente dejará Chávez dentro y fuera del país al frente de una tercera vía latinoamericana de perfiles ideológicos profusos, difusos y confusos, situada a medio camino entre el Brasil que se avizora como la gran potencia regional durante muchos años y el club de países que, con intensidad variable, se atienen a los designios de Estados Unidos mediante diferentes tipos de alianzas.

Es esta una carrera en la que ninguno de los contendientes tiene de momento el empaque resolutivo de Chávez, ataviado siempre con el populismo a todo volumen desarrollado a través de una red de medios fieles, hábil administrador de los resortes emocionales destinados a retener la atención de un auditorio convencido de antemano, orador caudaloso hasta que le enmudeció la crisis posoperatoria. Así como Chávez llenó el hueco dejado por un Fidel Castro a quien los achaques retiraron de la política y por una revolución cubana en fase crepuscular, sometida a la inercia política de la gerontocracia de La Habana y cada vez más denostada por quienes durante años fueron sus honrados defensores, así también de entre los aspirantes a la sucesión puede despuntar alguien que tome el relevo si el universo bolivariano es incapaz de encontrar en casa un sustituto convincente a escala continental.

Chávez. Montaje

Murales de Caracas dedicados al presidente Hugo Chávez.

Por el momento, las maniobras orquestales caraqueñas ponen más empeño en ahondar en el culto a la personalidad del líder enfermo, algo típico del populismo, que en poner en el disparadero a quien con toda probabilidad deberá sustituirle más temprano que tarde. En la densidad de una atmósfera espesada por la falta de información y la más que previsible pugna entre herederos in péctore, con las Fuerzas Armadas como gran mudo en medio del escenario, asoma todos los días la figura de Nicolás Maduro, vicepresidente, legatario señalado por Chávez antes de viajar a Cuba para ser operado y guardián de las esencias, pero no hay forma de saber si es Maduro el personaje mejor situado para representar el papel que hasta diciembre desempeñó el presidente o si, por el contrario, es un líder por defecto cuyas virtudes están por probar. Puede incluso que la situación de la economía venezolana, extremadamente difícil, sea la primera de las variables a considerar por la dirección bolivariana para alargar los plazos hasta donde lo permita la capacidad de resistencia de Chávez a fin de que la sucesión se produzca una vez sustanciadas y liquidadas las rivalidades internas, con las riendas del régimen en manos de alguien capaz de ejercer de gran hermeneuta de la llamada revolución bolivariana. Por lo demás, los problemas de las economía venezolana son de tal envergadura que el manual de combate cubano, al que Maduro es afecto, parece muy poca cosa para moderar la inflación, combatir el desabastecimiento, cercenar la corrupción y garantizar las rentas del petróleo más allá del 2020, cuando Estados Unidos será autosuficiente en materia energética según los cálculos más verosímiles.

“Al parecer, necesitan el tiempo suficiente para convertirlo en un mito cohesionador, en medio de una crisis económica que puede transformarse en un polvorín a causa de la escasez de alimentos, la inflación, la devaluación de la moneda, una creciente deuda, la escasísima producción nacional y el mal manejo del sector petrolero, principal fuente de ingresos y dádivas estatales”, ha escrito el editorialista del diario Hoy, que se publica en Quito. “Vencer la desunión, parece ser la verdadera consigna, y solo será posible si Chávez vive para siempre o, por lo menos, hasta que una de las facciones haya prevalecido”, ha subrayado la misma mano, con un ojo puesto en el hospital de Caracas donde está internado Chávez y otro siguiendo los pasos del recién reelegido Rafael Correa, uno de los posibles sucesores del presidente venezolano en esta especie de bloque latinoamericano de no alineados en el que conviven perfiles dispares, pero consignas muy próximas; donde coinciden objetivos no siempre coincidentes, pero que recurren a un léxico redentorista común, aderezado todo con un crecimiento ininterrumpido del sector público y un programa de subvenciones de sostenibilidad discutible.

Correa

Simpatizantes de Rafael Correa en Quito después de salir reelegido presidente.

Correa tiene a su disposición los ingresos del petróleo, que en 14 años ha pasado de los 9 dólares/barril a más de 100, y los efectos de la dolarización, que ha facilitado una rápida expansión de la economía, ha reducido los índices de pobreza, ha detenido la fuga de cerebros y ha animado el consumo. El analista Andrés Oppenheimer sostiene en un artículo publicado en El Nuevo Herald, diario conservador de Miami: “Tal vez estas autocracias no duren mucho tiempo más, porque la enfermedad de Chávez, la disminución de los precios de las materias primas y sus desastrosas políticas económicas pueden debilitarlas. Pero por ahora, nadie debería sorprenderse de la arrasadora victoria de Correa”. Esto es, Oppenheimer considera que la dirección política de Chávez del nuevo populismo latinoamericano no tiene un continuador a la vista, pero el vaticinio resulta arriesgado porque hay una franja muy amplia de la opinión pública continental que solo discute quién debe ocupar el puesto de Chávez, pero no duda ni por un segundo de que es preciso seguir por el mismo camino y mostrarse como un bloque unido por las mismas cosignas.

“Puede ser verdaderamente doloroso ver el calvario individual de algún protagonista político convertido en pieza de ajedrez de un juego donde intervienen muchas manos –casi todas interesadas– para manipular la situación del enfermo en beneficio de una u otra persona o tendencia”, sostiene Antonio Herrera-Vaillant en las páginas de El Universal, diario conservador de Caracas. Y aunque el articulista se refiere a la situación en el seno del Gobierno venezolano y del Partido Socialista Unido de Venezuela, la frase es perfectamente aplicable a lo que sucede de puertas para afuera. La visita de Cristina Fernández al presidente convaleciente en La Habana, el tono empleado por el boliviano Evo Morales después de no poder saludar a Chávez durante una escala en Caracas el último miércoles –“mi deseo es que ojalá muy pronto el hermano Hugo Chávez esté nuevamente al frente del Gobierno de la revolución bolivariana”–, el verbo desgarrado –“si mañana no está: unidad, paz y trabajo”– del presidente de Uruguay, José Mújica, más propio de un mitin para consumo de los militantes que de una declaración de Estado, todo adquiere las formas de una oposición convocada para administrar el poschavismo, entendido este no como la continuidad doctrinal del régimen venezolano, sino como la dirección ideológica de la América Latina irredenta.

Para los adversarios de la experiencia venezolana, se trata de un esfuerzo vano porque la vía chavista es un camino sin estación de llegada, una experiencia fracasada que conduce a sociedades subvencionadas, intervenidas por el Estado e incapaces de crear riqueza. Las referencias al desastre cubano o a la triste transformación del sandinismo en un potaje de corrupción, ineficacia y citas bíblicas fundamentan las arremetidas de cuantos como Herrera-Vaillant critican, al mismo tiempo, la utilización del paciente sin demasiados miramientos: “Lamentablemente, el excesivo culto a la personalidad inexorablemente desemboca en un callejón sin salida que convierte a quien alguna vez mandó mucho en pieza impersonal dentro del choque de intereses que sigue a su desaparición física”. En algo llevan razón cuantos comparten esa opinión sobre el espectáculo que se representa: si Chávez recorre los últimos tramos, como parece desprenderse del secretismo que envuelve su regreso a casa, poder y oposición debieran atemperar sus instintos para no enzarzarse en una pugna obscena antes de que la historia pase página.

Bolívar. Murales

Murales de Caracas dedicados a Simón Bolívar.

El profesor Frank Tannenbaum publicó en 1962 Ten keys to Latin America, publicado en español cuatro años más tarde con el título América Latina: revolución y evolución. Al referirse a la figura del caudillo, perfil político inseparable de la historia del continente desde el final de la colonia, Tannenbaum escribió: “En ausencia de un sistema de partidos políticos enraizados en los gobiernos locales, el presidente debe ser su propio partido, manteniéndose en el poder con su sinceridad y habilidad política, dependiendo de la lealtad de sus seguidores inmediatos, y recurriendo al compromiso, a los favores, y si estos no bastan, a la fuerza y al fraude. Esto significa en realidad que el presidente no es primer poder ejecutivo, sino también el político más activo, casi el único político. En estas circunstancias, nadie, excepto el presidente, goza de influencia política”. Así siguen siendo hoy las cosas cuando, en ausencia de un sistema deliberativo, se impone la dirección del líder predestinado, figura tan frecuentemente encarnada por Chávez, silenciado ahora por la enfermedad. Y así lo entienden cuantos esperan el desenlace junto a su cama para llenar el vacío de poder, administrar su herencia, mantenerse al frente del Estado bolivariano o subir en el escalafón del entramado político latinoamericano.

Es casi ocioso señalar que en este entorno de pasiones desbordadas es irrelevante dilucidar si Chávez puede llegar a tomar posesión del cargo de presidente para el que fue reelegido o si, por el contrario, una interpretación forzada de la Constitución permite dejar las cosas tal cual están. La discusión no está exenta de interés en el plano teórico, pero en la práctica se ha producido el inicio del nuevo mandato mediante persona interpuesta –Nicolás Maduro–y la legitimación del proceso se ha cumplido de facto con la exaltación en la calle del líder ausente. Todo lo cual tiene poco que ver con el funcionamiento convencional de un sistema democrático asentado, pero no es radicalmente antidemocrático en la medida en que la ratificación en las urnas del mandato de Chávez fue básicamente transparente. Venezuela es una democracia con máculas y el relato de los últimos meses es la primera derivada de las imperfecciones que la caracterizan, pero eso no constituye una novedad porque los tics de un régimen populista con un diseño institucional forzosamente confuso son conocidos desde mucho antes de que a Chávez le diagnosticaran un cáncer. Por eso carece de sentido ahondar ahora en formalismos.

About Albert Garrido

Albert Garrido. Licenciado en Periodismo. Cursó Historia en la Universitat de Barcelona. Profesor en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona y en la Universitat Internacional de Catalunya. Autor del libro 'La sacudida árabe'.
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