Elección moral en Francia

El titulado como gran debate de la segunda vuelta de la elección presidencial en Francia fue, en realidad, el miércoles pasado, el ruidoso debate o el atropellado debate. Al sentar en el estudio de France 2 a la última representante de la peor tradición política de Francia, la confrontación de programas dejó de serlo y la pantalla devolvió a los espectadores la imagen de un país dividido entre el oportunismo sin escrúpulos de la ultraderecha recalcitrante y el posibilismo europeísta del establishment. Al arreciar la discusión salió a la superficie la versión más abrupta de dos Francias, de dos Europas, de dos futuros posibles que se enfrentan elección tras elección en sociedades descoyuntadas por el astronómico coste social de la crisis económica, el terrorismo global, la crisis migratoria y las proclamas milagreras de diferentes formas de populismo.

Sentados frente a frente, Emmanuel Macron y Marine Le Pen representaron una pugna planteada en términos parecidos y con propósitos similares a las habidas antes en Austria y en Holanda, y es de prever que habrá en septiembre en Alemania. Envuelto todo en esta sensación inevitable de que Macron está en condiciones de utilizar pulcramente la pala de pescado mientras Le Pen maneja el cubierto como un instrumento adecuado para arremeter contra un comensal en caso de necesidad. Aun sin ver en Macron la gran esperanza blanca para rescatar a Francia del estancamiento, es fácil descubrir en su contrincante el torvo rostro de un pasado indecente, de la más deshonrosa hora de Europa y de Francia, de las algaradas callejeras de Action Françaises en los prolegómenos de la gran hecatombe, de aquel antisemitismo encubierto más tarde con la negación del Holocausto. Después de escuchar la otra noche a la candidata del Frente Nacional no hace falta recurrir a grandes digresiones para concluir una vez más que el huevo de la serpiente ha vuelto a ser fecundado y puede eclosionar en cualquier lugar, en cualquier momento.

Nada queda de la tradición de los grandes debates con argumentos elaborados. En una discusión en la que Marine Le Pen acusa a su adversario, sin asomo de prueba, de ocultar dinero en un paraíso fiscal –una forma de posverdad– y Emmanuel Macron tacha de indigna a su contrincante no queda espacio para la justa versallesca. Nada se tiene en pie sobre el tapiz político de la habilidad dialéctica y la frase justa tantas veces admirada en los debates televisados franceses: hoy la discusión se desarrolla en un ring en el que una de las partes se siente a gusto y la otra debe reconocer que si no acepta las reglas del juego, puede caer en la lona, vencida por la simplificación dual típica de los populismos tabernarios: el pueblo frente a la casta, la nación frente a los inmigrantes, el legado cristiano frente a la invasión musulmana, la nación frente a Europa, la gente frente al sistema (todas las ideologías metidas en el mismo saco). El griterío ensordecedor de la camada ultra ha logrado imponer un código de conducta, una agenda, si se quiere, que ha contaminado la política francesa y a un sector importante –el 40%, puede que más– de los electores que este domingo acuden a votar.

A la vista de la ausencia de Jean-Luc Mélenchon, estandarte de la nueva izquierda –los insumisos–, en los esfuerzos para movilizar al electorado contra Le Pen más que en favor de Macron, nadie diría que la confrontación tiene un componente moral evidente, en defensa de la dignidad de la política, en contra de la demagogia y de los eslóganes hirientes. Toda elección tiene un ingrediente moral, pero en este caso se trata de un factor capital en la discusión en curso para evitar que la autoridad quede en manos de la cultura política del odio. El hecho de que hasta el griego Yanis Varoufakis, un radical sin reservas, alerte acerca de los riesgos de la abstención y del voto en blanco descalifica de por sí a Mélenchon, afecto a un oportunismo electoral –la vista puesta en las legislativas de junio– demasiado cercano a la muy difundida creencia en según qué ambientes de que cuanto peor, mejor.

Basta repasar la historia del Frente Nacional desde las elecciones de 1974, cuando la candidatura de Jean-Marie Le Pen no pasó de ser una curiosidad pintoresca a pie de página, para entender que ha mutado en amenaza auténtica para el pacto republicano, los usos democráticos y la implicación de Francia en un futuro proyecto político europeo más seductor que el actual. Pero basta también comparar la situación presente con la de la primavera del 2002, cuando la unidad republicana garantizó la reelección de Jacques Chirac frente a Le Pen, para medir hasta qué punto la descomposición del bloque a izquierda (seguidores de Mélenchon) y derecha (seguidores de François Fillon), siembra el escepticismo y alimenta toda clase de dudas. Y basta, en fin, recordar el pobrísimo resultado obtenido en la primera vuelta por Benoît Hamon, el candidato del PS dejado a su suerte por François Hollande y Manuel Valls, para calibrar hasta qué punto la descomposición de la izquierda clásica es un hecho irreversible, víctima la socialdemocracia de su apego a la Realpolitik sin matices en plena degradación del Estado del bienestar.

La victoria más que previsible de Macron no cambiará esencialmente los enunciados: los pilares de la Quinta República serán a partir de ahora otros, serán los de una intuida Sexta República sin mayorías concluyentes en el Parlamento, una extrema derecha robustecida, nuevas siglas en el centro –En Marche!– y en la izquierda alternativa, y la obligación inaplazable en el campo conservador y en el socialista de refundar aquello que hasta hace poco se antojaba inamovible. Como dice el politólogo Olivier Duhamel, las cosas seguirán cambiando, porque la llegada al Eliseo de un presidente con un partido recién fundado, la presumible mezcla de tecnócratas, independientes y algunas caras conocidas en el Gobierno que forme y la incógnita por despejar en las elecciones legislativas de junio configurarán un ecosistema político nuevo, seguramente menos estable, más deliberativo, menos articulado en torno a la figura del jefe del Estado.

Hace demasiado tiempo que funciona por inercia la Quinta República como para pensar que el próximo presidente podrá eludir los cambios que urgen para evitar males mayores a los presagiados durante una campaña tan encrespada. Ahí está en todas las esquinas de Francia la imagen de Marine Le Pen para recordar que el país afronta un final de ciclo plagado de riesgos extensivos a toda Europa.

Francia corre riesgos

La victoria de Emmanuel Macron, exministro liberal en un Gobierno socialista, solo dos puntos por encima de Marine Le Pen, extrema derecha xenófoba y antieuropeísta, no permite banalizar el éxito de esta última en la primera vuelta de la elección presidencial en Francia, sino subrayarlo con tinta roja. Solo 15 años después de que Jean-Marie Le Pen disputara a Jacques Chirac la presidencia de Francia, la hija del viejo caudillo ultra ha obtenido 2,8 millones de votos más que los que él logró en la primera vuelta del 2002 y, tanto o más importante que este dato, ha conseguido proletarizar el Frente Nacional (FN), hacerlo más transversal y agravar la división latente en una sociedad desorientada por dos presidencias sin logros –las de Nicolas Sarkozy y François Hollande–, por el descrédito de los grandes partidos, por el coste social de la crisis económica y por el desafío yihadista. Las bolsas europeas respiraron tranquilas el lunes, pero los vaticinios de una segunda vuelta en la que el voto ultra puede acercarse al 40% configuran una Francia nueva, con más de un tercio de los electores movilizados contra la tradición republicana y europeísta, conquistados por el nacionalismo primario “de un clan familiar cínico y sin escrúpulos” (Le Monde).

La presunta sutileza de los análisis que consideran un fracaso del FN no haber alcanzado el 30% en la primera vuelta, requisito mínimo para aspirar a la presidencia con fundamento en la segunda, no hace más que ocultar los riesgos que corre Francia, y por extensión Europa. Nada hay más alejado de las convenciones políticas, del pacto republicano y del equilibrio social que el populismo vociferante de Marine Le Pen envuelta en la bandera. Ese recurso a las emociones o a las esencias nacionales ha sido útil, por el momento, para dejar en ruinas el sistema de partidos característico de la Quinta República, puede serlo para hipotecar la gestión de futuros gobiernos si en las legislativas de junio alcanza el FN una representación significativa en la Asamblea de la República y puede serlo aún más si deja vía libre a los partidarios de agitar la calle, que los hay.

Marine Le Pen se refiere a la necesidad de una “unión nacional” para pedir el apoyo en las urnas el 7 de mayo, una apelación a la identidad antes que a los valores. Emmanuel Macron reclama la “unidad republicana” y, con ella, la del abanico político que va de los posgaullistas de François Fillon a la izquierda clásica, que se remite a los valores del pacto republicano más que a una nación en abstracto. No es esta una diferencia menor o secundaria, o al menos no debiera serlo cuando lo que está en juego no es solo la presidencia de Francia, sino la complicidad del país para rescatar a la Unión Europea de la lógica diabólica de la crisis permanente, de la herencia del Brexit y de diferentes modalidades de euroescepticismo, sazonado todo con las múltiples fobias estimuladas por la crisis de los refugiados, el terrorismo global y la lejanía de los tecnócratas de Bruselas.

De ahí que resulten sorprendentes las reservas de Jean-Luc Mélenchon, candidato de la izquierda emergente, para pedir el voto para Macron, como si fuese posible una alternativa, como si abstenerse o votar en blanco no fuese casi tanto como apoyar a Le Pen. Esa doctrina expresada en España por Podemos, según la cual la nueva izquierda no quiere de presidente ni a Macron ni a Le Pen, es una incongruencia, una contradicción en términos o una falta manifiesta de madurez política. Basta revisar las hemerotecas para comprobar que en el 2002, con bastantes menos riesgos a la vista, la izquierda votó sin fisuras a Chirac con una pinza en la nariz para cortar el paso a la demagogia intemperante de la ultraderecha. Fue un voto sin ilusión, pero fue un voto necesario o voto útil, que hoy vuelve a serlo a la luz del desafío a la decencia que plantea el FN en el seno de una sociedad crispada.

Quizá los cálculos para junio (elecciones legislativas), que serán el ser o no ser de conservadores y socialdemócratas, pero también la prueba del nueve de la fuerza electoral del FN y de la nueva izquierda, hayan llevado a Mélenchon y a los insumisos a abrazar la ambigüedad. Si es así, solo cabe concluir que son insensibles al “perfume nauseabundo” (Paul Quinio en L’Obs) que desprende el pulso de Le Pen al sistema, que lo es también a la viabilidad de la UE y a la gestión de los desequilibrios sociales. En la práctica, la actitud de Mélenchon se suma a la indefinición de muchos electores de Fillon, que acaso prefieran el 7 de mayo el nacionalismo sectario de Le Pen antes que el realismo europeísta de Macron. Esto es, en su afán por llegar a un puerto aceptable para llevar a la práctica un programa clásico de izquierdas, el progresismo de nuevo cuño acepta imprudentemente correr el riesgo de que la caverna desacredite el próximo domingo todas las encuestas con una victoria.

Es cierto que nada hace prever que esto suceda, pero tampoco creyó nunca el establishment que Donald Trump llegaría a la Casa Blanca y allí está, convertido en líder de la internacional populista, que impugna la vigencia de las sociedades abiertas, del mestizaje cultural y del auxilio a los más vulnerables. El desmantelamiento de facto de un sistema de partidos que ha dejado de ser reflejo de la estructura social de Francia hace posible cualquier cosa, incluida una fragmentación acelerada del bloque conservador y del bloque de centroizquierda, sumidos en una doble crisis, programática y de liderazgo, que solo en parte remedia el entusiasmo movilizador de En Marche!, el conglomerado que debe llevar a Macron al Eliseo. No es este un momento de reconstrucción del andamiaje partidista de la Quinta República, sino de protección de lo que de él queda, sin más complicidades entre viejos adversarios que proteger el sistema de quien lo desprecia.

Como aconsejó Paul Quinio la madrugada del escrutinio de la primera vuelta, Emmanuel Macron debe desconfiar de una victoria el 7 de mayo anunciada de antemano por los sondeos. “Es el primer síntoma de esta impalpable indiferencia que envuelve desde este momento el peligro Le Pen”, escribió el periodista, avisado de que el ambiente que se respira es el menos favorable de los imaginables para que prevalezca la tradición política heredada del diseño del Estado hecho por el general Charles de Gaulle. Vive sus últimos días aquel sistema basado en la alternancia entre socialistas y liberal-conservadores a partir de la victoria de François Mitterrand en 1981, y el Parlamento que saldrá de las elecciones de junio acaso esté insólitamente dividido con nuevos actores políticos ocupando una parte de los escaños. De ahí la importancia de que Francia cuente con un presidente que responda al nuevo espectro y, al mismo tiempo, defienda el anclaje del país en la UE para dar continuidad al eje franco-alemán, esencial en la marcha de los asuntos europeos desde los días de los padres fundadores. Un ejercicio de compromiso político ajeno a la demagogia de Le Pen.

 

Erdogan liquida a Atatürk

La reforma constitucional aprobada el domingo mediante referéndum consagra un giro autoritario en Turquía cuyo objetivo último es liquidar el legado secular de Mustafá Kemal Atatürk y asentar un nacionalislamismo que rescate del pasado la tradición otomana, la influencia que durante siglos tuvo el sultanato en el orbe musulmán. La autoridad omnipresente lograda por el presidente Recep Tayyip Erdogan persigue desarticular la neutralidad de las instituciones diseñada por la Ley de Organización Fundamental de 1921, que marcó el rumbo en el tránsito del poder dinástico a la modernidad, quiso liquidar el vínculo de Turquía con sus vecinos del este y fijó la occidentalización a toda máquina como el programa que debía rescatar al país del atraso, la sumisión y la dependencia exterior. Para curar los achaques de la Sublime Puerta, el enfermo de Europa derrotado en 1918, Atatürk optó por una cirugía de hierro que provocó una fractura social nunca superada y ahora agravada.

Las raíces del mal turco se remontan a la división de primera hora entre kemalistas y otomanistas, entre partidarios del Estado laico y del Estado confesional, entre deseosos de quemar etapas y disponer cuanto antes de un Estado liberal y aquellos otros que veían en la tradición la piedra sillar de la identidad nacional. Al analizar hoy la distribución del voto en el referéndum y subrayarse la división entre el mundo urbano –Estambul, Ankara, Izmir, Trabzon– más el Kurdistán, que votaron no, y la Anatolia rural, que se decantó por el , no se hace otra cosa que poner de manifiesto una constante histórica desde los años 20 del siglo pasado: el laicismo nunca arraigó en la Turquía interior, conservadora en extremo, aunque no siempre sumida en una religiosidad hermética.

El especialista Bernard Lewis afirma en The emergence of modern Turkey: “La occidentalización planteó graves problemas de identidad a un pueblo que, después de todo, procede de Asia, profesó el islam y perteneció por tradición durante muchos siglos al mundo islámico de Oriente Próximo, donde los otomanos fueron líderes inamovibles”. En este entorno, poner la mirada en el oeste fue interpretado casi siempre en Asia y en el islam como una traición, añade Lewis, y “los turcos fueron denunciados como lacayos de Occidente”. Basta con repasar las ideas expresadas en su día por los exprimeros ministros islamistas Necmettin Erbakan –“la República representa una negación cultural y el secularismo represivo”– y Ahmet Davutoglu –“tengo mis dudas acerca de la compatibilidad de la política occidental y sus instituciones sociales con una sociedad predominantemente musulmana”–  para colegir que el análisis de Lewis, muy discutible en otros apartados, en este se acerca bastante a la realidad.

Al mismo tiempo, la comunidad académica contempla el proyecto de Erdogan como una amenaza para la democracia que, con sobresaltos y limitaciones, crisis y golpes de Estado, ha resistido todos los desafíos. La escritora francoturca Kenicé Mourad, bisnieta del último sultán, ve en el autoritarismo constitucional promovido por el presidente una mutación de signo totalitario: “Ya hace años dije que Turquía se estaba convirtiendo en la Alemania de los años 30”. El nobel Orhan Pamuk vio el último febrero cómo una entrevista que debía publicar el periódico Hurriyet, propiedad del conglomerado financiero Dogan Holding, nunca apareció porque en ella el escritor se pronunciaba contra la reforma constitucional en un ambiente dominado por la purga de las redacciones, el encarcelamiento de periodistas y el cierre de cabeceras críticas. Adiós a la atmósfera deliberativa propia del pluralismo político.

Desde el intento de golpe de Estado del pasado verano, el enaltecimiento de la figura de Erdogan ha sumado adeptos. El presidente ha logrado concretar dónde se encuentra el nido de la serpiente, el núcleo de conspiradores encabezado por el eximán Fethullah Gülen, ha puesto en marcha un mecanismo de depuración de los empleados públicos –Ejército, policía, funcionarios, profesores de universidad– y ha logrado que arraigue en la opinión pública la idea de que el país cuenta ahora más que antes, ha establecido un nuevo vínculo con quienes emigraron a Europa y condiciona la política de la Unión Europea. “Erdogan es un autoritario como tantos otros hay en el mundo –afirma Steven A. Cook, del Council on Foreign Relations, en las páginas de Foreign Policy–, pero al mismo tiempo se inspira en la historia otomana”, en un pasado glorioso, a menudo mitificado, que se desmoronó minado por la decadencia.

En esta historia idealizada caben las opiniones de votantes que el domingo justificaron su en la necesidad de que Turquía disponga de un gobernante fuerte que restaure el orgullo de la nación, un argumento no muy diferente del perfil forjado por Atatürk para justificar su occidentalización sin contemplaciones. Algo que, en cualquier caso, se atiene a la idea de liderazgo en el seno del islam que comparten muchos votantes, recuerdo impreciso del papel desempeñado por el sultanato durante siglos. “El lugar natural de Turquía no está en el cuartel general de la OTAN en Bruselas –creen muchos conciudadanos de Erdogan, según lo ve Cook–, sino en la dirección del mundo musulmán, cuyos aliados deben ser Pakistán, Malasia, Egipto, Irán e Indonesia”.

De ser esto cierto a grandes rasgos, cobra sentido que el interés por ingresar en la Unión Europea haya decaído y otros proyectos políticos asociados a la europeización hayan pasado a mejor vida. Así el proyecto de convertir el Partido de la Justicia y el Desarrollo, dirigido por Erdogan, en una versión islamista moderada de la democracia cristiana de posguerra; así la adecuación de muchas leyes al acervo comunitario para hacer posible la adhesión; así incluso la revisión de la causa kurda como la de una comunidad irredenta después de considerar durante decenios la crisis kurda un problema de seguridad. La aspiración europea ha dejado de ser la estación de llegada principal a pesar de que el vínculo con los europeos tiene más contenido que nunca: el acuerdo para almacenar refugiados a cambio de sustanciosas cantidades de dinero.

La tensión con Holanda y Alemania durante la campaña electoral alcanzó el objetivo perseguido: atraer a la causa erdoganista a una parte importante de la comunidad turca en Europa. Los ministros que fueron a participar en actos para pedir el en el referéndum no lograron subirse a la tribuna, pero consiguieron movilizar a quienes volvieron a sentirse más turcos en el exilio económico que nuevos europeos en proceso de adaptación. Que las instituciones democráticas, la división de poderes y las libertades individuales estén en juego pesó menos que la restitución del sentimiento nacional, un intangible que activó la política de las emociones y atrajo el voto de los emigrantes. Nadie dijo palabra sobre la solicitud de ingreso en la Unión Europea, presentada en el 2005, y aún menos sobre la votación en la Eurocámara, que el 24 de noviembre adoptó la decisión no vinculante de suspender las negociaciones para la adhesión de Turquía. La partida se juega en otra mesa con otras reglas.

Por el contrario, la posibilidad de disputar al mundo árabe la hegemonía regional en el Mediterráneo oriental es algo más que una atractiva posibilidad a cada día que pasa. La entente cordiale con Rusia, tan a contrapelo, la acogida de refugiados sirios que huyen de la hecatombe y su implicación cada vez mayor en la guerra han alimentado la ensoñación otomanista. Mientras la oposición impugna la limpieza del escrutinio y la OSCE duda de la transparencia de las votaciones, mientras la oposición laica entiende que Erdogan ha puesto en marcha una operación para desviar la atención de sus miserias familiares –el tráfico de petróleo comprado por un hijo del presidente al Estado Islámico– y para perpetuarse en el poder, el interesado ha logrado reunir la masa crítica suficiente para salir adelante a pesar de las contradicciones de su proyecto. Este más que presunto punto final puesto al ataturquismo configura un país desgarrado por dos proyectos irreconciliables, promueve la islamización de las instituciones, elimina los contrapesos entre poderes y otorga a Erdogan la capacidad de hacer y deshacer según sus personales designios. Mueve a reflexión, cuando no a preocupación, el solo hecho de que el presidente Donald Trump fuese el único que se apresuró a felicitarle en cuanto terminó el recuento.

 

 

Trump, el guerrero sin antifaz

El ataque con misiles de una base del Ejército sirio en la provincia de Homs ha permitido a Donald Trump encarnar por primera vez la figura del guerrero sin antifaz. Como George W. Bush en febrero del 2001 al ordenar un bombardeo en Irak menos de un mes después de haber tomado posesión, Trump emerge como el administrador de una presunta justicia armada universal, impugna el orden internacional tutelado por las Naciones Unidas y despierta del sueño de una noche de invierno –primeras semanas de su mandato–, cuando vislumbró una posible entente o conllevancia con Rusia para acabar con la guerra en Siria sin expulsar del poder a Bashar al Asad y para someter a presión a la Unión Europea por el este y por el oeste. O ocaso el sueño nunca fue tal, sino más bien una maniobra de distracción, un amago para corregir el legado de Barack Obama: reducir al máximo la implicación directa de Estados Unidos en la gestión de las diferentes crisis que zarandean al mundo árabe y rehabilitar a Irán, aliado de Siria, ante la comunidad internacional.

Para todo esto puede valerle a Trump la salvajada cometida en Jan Sheijun, provincia de Idleb, que ha causado conmoción en todas partes y ha resignado a los aliados a aceptar los hechos consumados de una mayor presencia sobre el terreno de Estados Unidos después de que Rusia haya impedido que el Consejo de Seguridad apruebe una resolución de condena de lo sucedido. Ninguna de las alegaciones presentadas por los embajadores ruso y sirio ha convencido al auditorio, y sí, en cambio, las informaciones suministradas por el Observatorio Sirio de Derechos Humanos, con sede en Londres. Nadie ha creído que la oposición islamista sea la responsable de todo al guardar un arsenal químico en un almacén bombardeado por la aviación de Al Asad. Está muy presente en la memoria colectiva lo sucedido en el 2013 –más de 1.400 muertos en un ataque con gas sarín– y la decisión posterior de los generales sirios de deshacerse de su armamento químico, un gesto inducido por Rusia que desactivó la amenaza de Obama de intervenir in situ en el conflicto si el Gobierno de Damasco cruzaba de nuevo la línea roja de un ataque con armas de destrucción masiva.

La posibilidad de un conflicto crónico, con el Estado Islámico como gran adversario y razón suficiente para una alianza táctica con Rusia, da paso a una nueva realidad: la indigencia moral del régimen sirio obliga a Estados Unidos a matizar la disposición a entenderse con Vladimir Putin. Mientras Devin Nunes, presidente republicano del Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes, acusado de plegarse a los deseos del Gobierno, deja de participar en la investigación abierta por presunta connivencia de los estrategas de campaña de Trump con los intoxicadores de campaña de Putin, asoma por una esquina la Realpolitik, la tozuda evidencia de la incompatibilidad entre la estrategia rusa de recuperación del tiempo perdido a la disolución de la URSS y las políticas globales de seguridad diseñadas por Estados Unidos. Prueba todo ello de la bisoñez o impericia de una Administración sumida en la desorganización y el oportunismo, y falta de referencias para justificar la utilidad de la russian connection en cuanto el gas sarín ha segado la vida de cerca de 90 personas (una veintena, niños).

Superados los seis años de guerra en Siria, la hipótesis del conflicto crónico como mal menor ha dejado de tener sentido. Think tanks conservadores como Rand Corporation admiten en un informe elaborado por varios expertos que se precisarán años para que mejore la situación en el frente de batalla y cese la matanza, y subrayan al mismo tiempo que es preciso prestar apoyo a fuerzas aliadas para que tengan efecto a ras de suelo los bombardeos desde el aire y el despliegue de alguna unidad de tierra (la última entrega, 400 soldados). Un panorama poco compatible con el diseño de las operaciones rusas en apoyo de Al Asad, dirigidas más a combatir a la oposición englobada en la Coalición Nacional Siria que al Estado Islámico.

Ni siquiera el atentado presumiblemente islamista en el metro de San Petersburgo –14 muertos– altera la naturaleza de la alianza ruso-siria, pues es la que garantiza la influencia decisiva del Kremlin en el desarrollo de los acontecimientos en Oriente Próximo. Desde la liquidación de la resistencia en Alepo no hay duda de que el futuro pasa por el despacho de Putin y es el presidente ruso quien garantiza la continuidad del sirio. Al Asad se siente vencedor a pesar de las repetidas condenas de su régimen en toda clase de foros, de tal manera que en su última entrevista con una emisora de televisión extranjera, un canal de Croacia, ni siquiera se refiere al bombardeo de Idleb. Rusia recurre a la argucia de hablar de la oposición sin matices, mete en el mismo saco al brazo de Al Qaeda en la guerra y a los adversarios de Al Asad que apoya Occidente, y arbitra en el conflicto con la permanente pugna de fondo del chiísmo (Irán) y el sunismo (Arabia Saudí), que se disputan la hegemonía regional en el golfo Pérsico.

Todas estas sutilezas habían escapado hasta la fecha a la diplomacia de brocha gorda exhibida por Trump, al menos en público. Después de echar mano de los Tomahawk, el relato ha cambiado sustancialmente con una agresividad no tan inesperada como pudiera pensarse a la vista del diagnóstico de algunos expertos. Dennis Ross, un veterano embajador con un conocimiento detallado del escenario, ha escrito un artículo para el Washington Institute en el que exhorta al Gobierno a aceptar que la estrategia en Siria no puede reducirse a acabar con el ISIS, porque el desafío del terrorismo global excede con mucho al Estado Islámico. A mayor abundamiento, Ross entiende que la desaparición del califato no figura entre las prioridades rusas (y sirias, cabe añadir). En consecuencia, la colaboración con Rusia, pasados los ardores poselectorales del primer momento, carece de fundamento salvo que se establezcan claramente los objetivos y los límites de tal colaboración.

En un artículo publicado en The Wall Street Journal a finales del 2015 advertía Henry Kissinger que “la estructura diplomática de las últimas cuatro décadas está en ruinas”, y subrayaba que cuatro estados árabes habían dejado de funcionar como tales: Libia, Yemen, Siria e Irak. De ahí a aplicar la teoría kissingeriana del dominó media un paso: el poder de contagio de una guerra en fase aguda –Siria hoy– desencadena crisis en su periferia, y así un conflicto local se convierte a toda prisa en regional. Frente a esta teoría, fruto de la experiencia de la guerra de Vietnam y sus secuelas, parece una simplificación de 140 caracteres la del conflicto limitado a un solo país del atormentado mundo árabe, manejada hasta ahora por el círculo de Trump, y con Rusia de socio preferente.

Fujimorazo de Maduro

Lo más parecido a un golpe de Estado de palacio es la sentencia del Tribunal Supremo de Venezuela que cancela las atribuciones del Parlamento so pretexto de que la Cámara ha cometido un delito de desacato. Porque las funciones de las que los diputados son desposeídos pasan a los jueces que firman la condena o resolución, y de ellos a Nicolás Maduro, que concentra así todos los poderes del Estado habida cuenta de la disciplina de partido observada por los magistrados desde hace demasiado tiempo como para dudar de ella.

No se trata de un golpe de Estado palaciego porque lo dice la oposición, que tiene mayoría en la Asamblea neutralizada, ni porque la Organización de Estados Americanos (OEA) lo corrobora ni por ninguna otra circunstancia, lo es porque la división de poderes ha saltado por los aires. No es tampoco un golpe de Estado porque así lo ha decidido una conspiración internacional, sino porque culmina un proceso que ha llevado a la cárcel a varios líderes de la oposición, ha descoyuntado la economía y ha inducido a Maduro a dejar sin efecto cualquier aproximación al sistema de contrapesos propio de una democracia. Y por último, no es un golpe de Estado porque lo digan líderes conservadores, los de signo progresista, salvo tibiezas injustificables, están de acuerdo en que la democracia ha sido barrida por la inercia de un régimen ineficaz, imprevisible y arbitrario, incapaz de corregir sus errores.

Nunca estuvo el experimento venezolano iluminado por el halo de desafío ético al establishment que tuvo, por ejemplo, la revolución de los barbudos cubanos, pero Hugo Chávez logró construir un relato regenerador de la política de su país y fue capaz de poner en marcha programas sociales financiados con un petróleo que anduvo cerca de los 150 dólares/barril. Hoy las invocaciones a la agresión imperialista y otras soflamas de Maduro y su corte de adeptos suenan a eslóganes desgastados, tan alejados de la realidad como la pretensión de corregir los efectos de una inflación de tres dígitos con subidas del salario mínimo del orden del 40%. Nada funciona en Venezuela: una encuesta citada por El Universal, un diario de oposición, estima que un tercio de la población, 9,6 millones de personas, “ingieren dos o menos comidas al día” y “es mucho el daño que se puede hacer si seguimos por este rumbo desquiciado”, según un articulista que publica en el mismo medio.

Frente a este escenario de pesadilla resulta grotesco el pretexto esgrimido por los jueces para liquidar el régimen constitucional: la decisión del Parlamento de aceptar a tres diputados de distritos de la Amazonia cuya elección fue impugnada por el chavismo y diligentemente censurada por el Tribunal Supremo. Desde que la oposición ganó las legislativas del 2015, el objetivo del grupo de Maduro ha sido desembarazarse de los vencedores y actuar como si la república fuese de partido único, el Socialista Unido de Venezuela; luego la Mesa de la Unidad Democrática puso en marcha el proceso para convocar un referéndum revocatorio del presidente y la ansiedad de Maduro fue en aumento. Cualquier cosa valía para restablecer el orden y dejar fuera de juego a los adversarios políticos.

Ahora, en una reacción típica de toda autocracia que se precie, el Gobierno ve en cuanto viene de fuera gestos hostiles y una oposición premeditada a sus planes, especialmente desde la Organización de Estados Americanos, Estados Unidos, Colombia, Perú y Chile, pero lo cierto es que la cercanía al fujimorismo de este golpe de Estado disfrazado de resolución judicial tiene todas las trazas de concretarse en los próximos días a poco que la oposición dispute la calle al chavismo, y este opte por la represión a palos. Dice Vladimir Adrianza en Últimas Noticias, una cabecera chavista, que “Venezuela pasa de una posición defensiva a poner los puntos sobre las íes” en la OEA, pero la organización considera activar la Carta Democrática Interamericana de 2001, a la que Venezuela se adhirió, para, en su caso, impedir la participación del país en las diversas instancias de la OEA, sin que se haya dejado oír más voz de descontento que la de Evo Morales, presidente de Bolivia.

Dice Sandra Oblitas, vicepresidenta de la Comisión Nacional Electoral: “Ningún ente o persona independientemente del cargo que tenga puede imponer ningún tipo de ordenamiento jurídico diferente al que existe en Venezuela”. Lo que sucede es que el Gobierno se ha saltado el ordenamiento jurídico con harta reiteración y ha desoído los consejos de personajes tan diferentes como el papa Francisco y José Luis Rodríguez Zapatero, a quienes es difícil imaginar metidos de hoz y coz en una conspiración internacional contra Venezuela. Más parece que el frente de rechazo formado por Nicolás Maduro, Cilia Flores, esposa de Maduro, el vicepresidente Tarek El Aissami, Diosdado Cabello y los ideólogos del chavismo realmente existente han optado por enrocarse en el poder e imposibilitar todo asomo de reforma de un modelo en ruinas a causa de la quiebra económica, la fractura social y la división política.

Como en los peores momentos de la historia venezolana, en los que la violencia se impuso a los programas, hoy caminan el Gobierno y sus adversarios hacia una cita que presagia inevitablemente un desenlace dramático. Quedan muy lejos los días del frente reformista con Argentina, Brasil, Ecuador, Bolivia, acaso Nicaragua, en los que Hugo Chávez encontró el ambiente propicio, olvidados los tiempos del golpe de Estado de los carapintadas que él dirigió para acabar en la cárcel. No hay nada en el vecindario de Maduro que le sea remotamente favorable, ni siquiera las reservas de petróleo almacenadas bajo el subsuelo caribeño; Latinoamérica ha cambiado profundamente, mientras la vía venezolana hacia la redención social ha degenerado hasta desfigurar el sistema democrático mediante el que el chavismo llegó al poder.

¿Cuál será el paso siguiente en el camino desde la división de poderes a la dictadura sin aditamentos que la encubran? ¿Qué movimientos sopesa la oposición agavillada en la Mesa de la Unidad Democrática, acogida a la legitimidad que le otorga haber obtenido una aplastante mayoría en las últimas elecciones legislativas? ¿Qué papel se reserva la OEA en este desastre político, que puede convertirse en tragedia a poco que la escalada de la tensión siga su curso? Y por último, ¿qué hará el Ejército, el gran mudo, en esta carrera de despropósitos: seguirá disciplinadamente del lado del sistema, como en los días de Chávez, o solo ve en Maduro la figura de un líder fracasado? Ninguna de estas preguntas admite una sola respuesta

 

La yihad alimenta a la serpiente

Mientras brotan las emociones a flor de piel a raíz del ataque terrorista en Londres, dejan oír su voz cuantos están dispuestos a sacar partido de la tragedia para sus propios fines. Mientras la prudencia y los llamamientos a la unidad impregnan los discursos en la Cámara de los Comunes y en la calle, Paul Nuttal, líder del UKIP (ultranacionalismo islamófobo), y su antecesor, Nigel Farage, llenan los medios con improperios y rescatan de su programa la división entre ciudadanos británicos musulmanes, siempre bajo sospecha, y no musulmanes, siempre bajo amenaza de los primeros. Mientras los gobiernos buscan el origen de todo en Oriente Próximo, resulta que el atacante se llamó Adrian Russell hasta convertirse en Khadir Masood y transformar un coche y un cuchillo de cocina en armas de guerra.

Así están las cosas: una serie de obviedades y contradicciones dejan de lado dos datos muy reales: el final del Estado Islámico, de producirse, estará lejos de ser, al mismo tiempo, el final de la pesadilla, y la prédica apocalíptica del yihadismo ha hecho del Daesch el banderín de enganche de diferentes formas de radicalización y nihilismo en las sociedades europeas. Puede el califato incipiente sufrir una derrota rotunda en los campos de batalla de Siria e Irak, pero es improbable que tal suceso mengüe la determinación de quienes han hecho del combate contra Occidente su causa mayor, su razón de ser. Puede la sociedad clamar por el fin de la violencia con la determinación que se ha hecho en los últimos años, pero mientras subsistan agravios comparativos, desigualdades lacerantes y comunidades condenadas al gueto, los profetas de la acción directa encontrarán un auditorio minoritario, pero suficiente, de lobos solitarios, células durmientes y otras modalidades de terror no necesitado de un comando o dirección central: le basta con esperar la ocasión, golpear y huir si es posible.

Como le hace decir William Shakespeare a Bruto en Julio César, “entre la ejecución de un acto terrible y su primer impulso, todo el intervalo es como una visión o como un horrible sueño”. Pero luego todo tiene su lógica y la siembra de la muerte se justifica mediante la invocación ensimismada de un objetivo irrenunciable. El desconocimiento pasmoso del islam detectado entre los conversos adscritos a la guerra santa carece de importancia; lo que realmente los mueve es infligir el mayor daño posible con la mayor repercusión posible en los medios. Como dice Jean-Pierre Filiu en Las 9 vidas de Al Qaeda, esta organización “supo sacar el mayor provecho de la mundialización de los intercambios humanos, con el fin de amalgamar en su matriz militantes de horizontes muy diversos”, y el Estado Islámico ha sabido llevar esta estrategia hasta sus últimas consecuencias.

La petición de Simon Jenkins, un analista del periódico liberal The Guardian, de que no se llenen “páginas de los periódicos y horas de televisión y radio con palabras como miedo, amenaza, terror, maníaco o monstruo” o de que no se presente a Londres “como escenario de una película de miedo”, todo ello con el fin de disipar la atmósfera de histeria, es un requerimiento razonable, pero de imposible cumplimiento. No hay  posibilidad de objetivar la matanza de igual forma a como un científico objetiva un fenómeno físico, porque el factor humano es determinante y la reacción emotiva, inevitable. De no producirse, los motivos de alarma deberían ser por lo menos tan grandes como los que suscitan el discurso desabrido de cuantos quieren manipular la emotividad en beneficio propio (los populismos que desafían la realidad con remedios simples para atender a males complejos).

Al cumplirse 60 años de la firma del Tratado de Roma, los europeos contemplan estupefactos que la serpiente ha anidado en sociedades prósperas, democráticas y que confiaron en su día en el pacto social de la posguerra para atemperar las desigualdades. Quizá sea más exacto decir que la serpiente ha anidado de nuevo en una comunidad muy diferente a aquella de los años 30 que se abismó en la catástrofe, pero no menos necesitada de respuestas y certidumbres, no solo a causa del Brexit y de la crisis de los refugiados, dos acontecimientos perturbadores, sino de la confusión reinante acerca de cuál debe ser el rumbo futuro, cómo ensamblar en una sola comunidad cohesionada perfiles tan diferentes como los que cabe encontrar en cualquier calle de cualquier gran ciudad europea.

En el análisis clásico de los grandes conflictos, se tiende a considerar tres factores en el origen de toda confrontación: el choque de identidades, la rivalidad entre religiones y la desigualdad económica. En este conflicto que siembra la muerte por Europa se dan los tres frentes. La multiculturalidad ha resultado ser un intento fallido de constituir una sociedad basada en un pluralismo integrador, y la interculturalidad, necesitada de alguna forma de mestizaje, apenas se ha hecho realidad en reductos minoritarios. Londres es un buen ejemplo de todo ello: la organización de diferentes comunidades homogéneas en un mismo espacio urbano, que rara vez han ido más allá de la coexistencia, ha hecho posible una sociedad culturalmente fragmentada, donde los discursos incendiarios han encontrado un público predispuesto, minoritario, pero extremadamente activo. Y en cada conurbación europea, con intensidad y características diferentes, se ha repetido el mismo modelo de fracaso.

Dice el periodista Patrick Cockburn que el Estado Islámico es hijo de los errores cometidos por Occidente en Oriente Próximo. Quizá la idea sea extensiva a la floración de muyahidines en Europa, sin que ello sea ni por asomo una justificación de sus desmanes. El riesgo está en que los gobiernos abunden en el error y solo gestionen la situación como una crisis de seguridad, olvidando los factores sociales y la necesidad de poner en marcha programas dinámicos de integración. Si esto sucede, se mantendrán inamovibles los ingredientes estrictamente europeos que han propiciado la crisis y, en última instancia, volverá a planearse el consabido y falso dilema entre libertad y seguridad. Sucedió después de los atentados de París (13 de noviembre de 2015), Bruselas (22 de marzo de 2016) y Berlín (19 de diciembre de 2016), y el estado de ánimo de algunos gobernantes europeos que deben rendir cuentas a una opinión pública asustada es peor al de hace unos meses. Porque detrás del telón se agitan los populismos que ven en el atentado de Londres otro presagio de que quizá pronto alcanzarán el poder (ahora ya lo condicionan).

 

 

Victoria europea a los puntos

Pasadas las elecciones holandesas, poco hay para celebrar salvo que Geert Wilders sigue en la reserva. Es poco realista presentarlo como el gran vencido después de ganar cinco escaños –de 15 pasa a 20– en el mismo envite en el que los liberales, a pesar de su derechización, han perdido ocho –de 41 a 33– y los socialdemócratas han descendido a los infiernos al dejarse por el camino 29 escaños –de 38 a 9–, todo lo cual obliga al primer ministro en funciones, Mark Rutte, ha articular una variopinta coalición de Gobierno. La idea de que la movilización de los votantes ha detenido a la ultraderecha xenófoba a las puertas del poder es solo parcialmente cierta, porque la presión del antieuropeísmo sobre el comportamiento de los partidos seguirá siendo muy grande, y ni Marine Le Pen en Francia ni Frauke Petry en Alemania se sienten impugnadas por el resultado holandés. Antes al contrario, las ratifica en sus convicciones: crecen las adhesiones al nacionalismo destemplado y decae la influencia de los partidos clásicos.

Tampoco es un gran éxito de la tradición liberal europea que en este juego de pérdidas y ganancias, el resultado de Rutte, menos malo de lo esperado, se deba en parte a la crisis con Turquía de los últimos días de campaña, tan poco edificante y llena de un indiscutible valor simbólico. Porque ese desahogo in extremis ha puesto de manifiesto que el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, está en condiciones de marcar la agenda mediante su recurso a un nacionalismo islamizado, y ha confirmado que la Unión Europea hizo el peor de todos los negocios posibles al convertir Asia Menor en un contenedor de refugiados y pagar por el servicio a un dirigente cada día más imprevisible. Da la impresión de que Europa es rehén de su disparate y Turquía, la gran beneficiada, en disposición de utilizar la suerte de tres millones de refugiados en defensa o apoyo de sus intereses.

Si lo políticamente correcto es alegrarse después de cada convocatoria electoral porque no ha salido ganador un adversario de la UE, sin hacer nada para neutralizar las causas del ascenso ultra, es de temer que finalmente alguno de los nuevos profetas de la nación excluyente se instale en la cima. De hecho, Viktor Orbán reina en Hungría y tiene un creciente poder de convocatoria entre los socios del este, la primera ministra de Polonia, Beata Szydlo, es una nacionalista sectaria, y aquí y allá asoman aprendices de brujo que ven en Europa una buena oportunidad para hacer negocios, pero no quieren saber nada de consolidar estructuras políticas supranacionales. Solo es cuestión de tiempo que el populismo ultra dé el sorpasso en un gran Estado para que la crisis de identidad europea se agrave, salvo que antes los llamados ahora cuatro grandes –Alemania, Francia, Italia y España– reaccionen para suturar las heridas de la crisis social, rescatar el proyecto de una lógica meramente economicista y volver a la política.

Mientras la reacción no se produzca, el programa neolibreal apoyado por los líderes europeos seguirá provocando deserciones, alimentará el discurso antieuropeísta y dará facilidades a terceros para utilizar la debilidad europea en interés propio (hoy, Erdogan; mañana, Donald Trump; al siguiente, ya se verá). Cuando Jean-Claude Juncker acude en apoyo de Rutte en su disputa con Turquía –“es Turquía la que quiere unirse a Europa, no Europa a Turquía”–, logra llamar la atención un momento, pero en el segundo siguiente se impone la realidad: Europa ha decidido que necesita a Turquía para no encarar con sus propios recursos y el consiguiente precio político la gestión de los flujos migratorios, esa crisis de los refugiados que es un compendio de todas las incapacidades imaginables, un baldón en la historia reciente de la UE. Cuando se invoca la cohesión social, el auditorio aplaude, pero luego el castigo infligido a Grecia, condenada a la depauperación, trae de vuelta la realidad. Cuando se habla de ciudadanía europea se hace como si nadie la discutiera, pero es solo un espejismo: enseguida piden la palabra los partidarios de que prevalezcan las identidades nacionales, los poderes nacionales.

Resulta francamente desmoralizador comprobar que, para neutralizar el ascenso populista, la táctica seguida ha sido derechizar los programas de los partidos que más directamente se sienten amenazados. Mark Rutte no es una excepción. Ahí está François Fillon, atascado en las encuestas a causa de su nepotismo exarcebado y su imputación en los tribunales, o la rectificación sobre la marcha de Angela Merkel para contener a Alternativa por Alemania –nacionalismo germánico enardecido– y a la socialdemocracia renacida de Martin Schulz a través de una versión restrictiva de su estrategia para acoger a los refugiados. Ahí está la incapacidad compartida por la mayoría de gobernantes para movilizar a la opinión pública frente a ofertas políticas ultraderechistas, un fenómeno que mantiene viva la sospecha de que, a decir verdad, la floración de demagogos en todas partes configura un escenario idóneo para radicalizar los programas conservadoras poscrisis so pretexto, se dice, de salvaguardar el modelo europeo, cualquiera que este sea.

Hay demasiados precedentes ominosos en la historia europea como para conformarse con esta victoria a los puntos en Holanda. Basta recordar que las encuestas otorgan la victoria a Marine Le Pen en la primera vuelta de las presidenciales en Francia, que un candidato xenófobo quedó a un paso de convertirse en presidente de Austria, que la Liga Norte en Italia tiene viento de popa. Estos datos, unidos al hecho de que en la próspera, culta y liberal Holanda un millón de electores no han tenido mayor reparo en votar por Wilders, son un mal presagio; por lo menos son una inquietante advertencia: ninguna comunidad está a salvo de poner su futuro en manos de los peores demonios familiares. Sobre todo cuando se siente amedrentada por un futuro indescifrable.

Francia, en la confusión

El espectáculo ofrecido por François Fillon a sus compatriotas pronostica un descalabro sin paliativos de la derecha francesa agavillada en un gaullismo desfigurado y ágrafo. La persistencia del personaje en seguir como candidato de Los Republicanos a pesar del desprestigio que lo acompaña reúne todos los ingredientes de una debacle sin paliativos, incapaces las fuerzas vivas del partido de buscar a un candidato con cara y ojos o cuando menos ajeno al rastro de nepotismo y corrupción que deja Fillon a su paso. En aras de la precisión, el vencedor de las primarias republicanas debía haberse retirado de la carrera después de las primeras informaciones publicadas por Le Canard Enchaîné y dejar el camino expedito a un sustituto con posibilidades, pero con el paso de los días ahuyentó a cuantos parecían en disposición de batirse en abril para pasar a la segunda vuelta, en especial Alain Juppé, exprimer ministro y alcalde de Burdeos, y así ha llegado el partido a una situación imposible, con un aspirante perdedor e inamovible.

¿Quién puede tener interés en ser la alternativa de Fillon después de pasar este el partido por la picadora de carne? ¿Quién puede rehabilitar la imagen de un grupo envuelto en la bandera y nada más después de la concentración de incondicionales de Fillon en la plaza de Trocadero (París, el último domingo, una tarde de perros)? ¿Quién puede levantar a la heroica un resultado frente a Marine Le Pen, gran beneficiada de esta insólita mezcla de obstinación y falta de gallardía encarnada en Fillon? ¿Qué futuro tiene Los Republicanos, enésima reorganización del conglomerado gaullista, si en el mayor de los desafíos para el partido solo es capaz de emitir señales de descomposición?

Hace años, tiempos de François Mitterrand, durante un debate televisado, alguien osó decir que la derecha francesa era “la más tonta de Europa”. Los representantes de la aludida reaccionaron a la una en defensa de su facción frente a una afirmación que se antojó exagerada. ¿Qué decir hoy? Repasar la secuencia de acontecimientos desde que se puso en marcha el mecanismo de las primarias es revelador: primero se abrieron las hostilidades con inusitada violencia entre diferentes candidatos, acto seguido se dio paso a una competición entre varios programas encaminados a quitarle votos a Marine Le Pen mediante programas tan ultras o casi como el de la líder de la extrema derecha, después François Fillon ganó el envite acompañado de su fama de hombre honrado sin fisuras y, por último, se puso de manifiesto una enfermiza falta de liderazgo en Los Republicanos cuando la pestilencia hizo el aire irrespirable.

Si en la crítica literaria “no hay ninguna utopía de la certidumbre”, afirma George Steiner, ¿qué decir de los vaivenes políticos en las sociedades democráticas? Sin embargo, de la secuencia descrita se desprende la certidumbre de la derrota, de la eliminación sin gloria del candidato en la primera vuelta. De un candidato que, no se olvide el detalle, pronto será imputado y deberá atenerse a los requisitos del procedimiento judicial que se deduzca de las sospechas que recaen sobre él, un dato que, salvo cambio de última hora en el universo del gaullismo declinante, condicionará toda su campaña, sus intervenciones, sus apariciones en los medios, la confrontación con sus adversarios y la movilización en las redes sociales. Nadie en la historia de la Quinta República se personó en las urnas con tan pesado lastre.

Que Emmanuel Macron sea al final la gran esperanza para poner a salvo los valores republicanos frente al sectarismo xenófobo y antieuropeísta de Marine Le Pen abunda en esa rara sensación de que Francia se ha sumergido en la confusión política, en una forma de desorientación de la opinión pública que el caso Fillon no ha hecho más que agravar. La lucha fratricida en el campo socialista, casi una tradición cultural, la debilidad de la presidencia de François Hollande y la derrota de Manuel Valls en las primarias del PS han realzado el papel de Macron, aunque este carece de partido –¡En Marcha! es poco más que un nombre– y no hay forma de saber a ciencia cierta si es un pragmático sin programa, un exbanquero realista, un neoliberal con inquietudes sociales muy de tarde en tarde o las tres cosas al mismo tiempo según sea el auditorio.

En una situación convencional, acorde con la lógica vigente hasta el 2002 –Jean-Marie Le Pen le disputó la presidencia a Jacques Chirac–, desahuciado el partido de la derecha, el muro de contención frente a la extrema derecha debía haber sido el candidato socialista, pero este esquema saltó por los aires cuando la elección de Benoît Hamon en las primarias dio paso a uno de los habituales debates estériles que sacuden al PS. No hay una sola encuesta que sitúe a Hamon por delante del inclasificable Macron y aún menos de la extemporánea Le Pen. Aunque por razones no intercambiables, a Hamon le sucede lo mismo que a Fillon: sus críticos más furibundos militan en campo propio (cuerpo a tierra, fuego amigo, podría gritar Hamon sin exagerar un ápice).

Finalmente, todo resulta bastante raro, sorprende e imprevisible; bastante peligroso puede decirse para la cohesión social y política de una comunidad que no puede aplazar por más tiempo la revisión de su modelo de Estado del bienestar. Lo proclama Macron, un compendio de inconcreciones, lo acepta Hamon con muchas reservas y lo promete Fillon sin soltar la bandera, pensando erróneamente que así puede pescar votos en los caladeros ultras o simplemente asustados por los males del presente, donde Marine Le Pen echa las redes. Mientras tanto, el pesimismo se adueña del electorado conservador, las disputas de familia dividen a la izquierda y, parafraseando el inicio de las memorias de Charles de Gaulle, nadie sabe si alguno de los candidatos tiene “una cierta de Francia” o solo una idea aproximada de cómo es posible lograr la victoria… y luego ya se verá.

 

 

La UE, en busca de su futuro

Vuelve la Unión Europea a preguntarse quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos con el desasosiego propio de un proyecto en crisis, consecuencia directa de una sociedad en crisis. Se preguntan los gestores de la UE si hay que seguir como hasta ahora para alcanzar un destino enigmático o indescifrable, si conviene volver al pasado del mercado único y poco más o es más atinado admitir que hay europeísmos y europeísmos y, en este caso, aceptar que quizá la respuesta se halle en una Europa a dos velocidades, aunque se ponga en riesgo la unidad de acción. Así cabe resumir las cinco opciones de futuro contenidas en el Libro blanco aprobado por la Comisión Europea y que deposita en manos de los estados para que sean sus gobernantes quienes indiquen el camino a seguir.

El procedimiento es razonable, pero los precedentes son desalentadores. En una atmósfera de pesimismo y provisionalidad a causa de las elecciones a la vista –Francia (abril-mayo) y Alemania (septiembre)–, cabe esperar un análisis confuso de los gobiernos, seguido de las consabidas discrepancias entre los grandes estados de la mitad occidental de la UE, el escepticismo del norte y el muy difuso europeísmo de los socios del este, metidos de hoz y coz en la recuperación del relato nacionalista que interrumpieron la segunda guerra mundial y las servidumbres de la guerra fría (dependencia de la Unión Soviética, economía planificada, partido único, etcétera).

Lo deseable sería que la cumbre convocada en París por François Hollande para reunir a Francia, Alemania, Italia y España en un debate que dé respuesta a la pregunta qué hacer fuese asimismo el punto de partido para sanear el ambiente, pero la debilidad de los convocados –un presidente con los días contados (Hollande), una cancillera al parecer declinante (Angela Merkel), un primer ministro de perfil bajo (Paolo Gentiloni) y Mariano Rajoy (presidente de un Gobierno minoritario)– presagia poco más que un catálogo de buenas intenciones, que no evitará los recelos de los no convocados, tan contrarios siempre a la concreción de un núcleo duro. Y a pesar de esa desconfianza y después del Brexit, la historia induce a pensar que sin un equipo directivo capaz de sobreponerse a las rivalidades nacionalistas, la UE tiende a desnaturalizarse, a aceptar como irremediable la cicatería de los europeístas a su pesar –Polonia, Hungría, la República Checa y otros–, las arengas populistas y el aplazamiento sine díe de la idea de unión entre diferentes.

La pregunta “¿quién gobernará en un mundo roto?”, formulada hace unas semanas por el profesor Dirk Helbing, puede trasladarse a Europa con pequeños retoques: ¿quién gobernará una Europa que tiende a romperse? Hay demasiadas amenazas en el horizonte para soslayar una respuesta imperiosamente necesaria, para corregir la distancia cada vez mayor entre las pulsiones de la opinión pública y las decisiones de los gobiernos (recuérdese la manifestación de Barcelona, tan reciente), para devolver a la política europea el prestigio que en su día tuvo mediante su capacidad para reinventarse.

La opinión muy extendida de que el poder está cambiando de manos a toda prisa a causa de la transformación de la economía, la degradación del Estado del bienestar después del hundimiento del universo comunista y el éxito momentáneo del modelo chino de expansión debiera llevar a la UE a algo más que a redactar un Libro blanco y sumergirse en la lógica estéril de las cumbres encadenadas que nada resuelven. Porque la claudicación de los grandes bloques ideológicos –democristianos, socialdemócratas y liberales– frente a los requisitos de las finanzas globales ha dañado la idea primigenia de los padres fundadores: el compromiso social para corregir las desigualdades. Ni siquiera se habla del capitalismo compasivo (días de Ronald Reagan) o de la refundación del capitalismo (excesos verbales de Nicolas Sarkozy), sino más bien del sometimiento de los programas políticos a las imposiciones de un modelo económico sin fronteras que escapa al control de las instituciones, cuando no condiciona su funcionamiento.

El vaticinio de Mark Leonard, director del European Council on Foreign Relations, de que los países occidentales deberán plantearse en un futuro inmediato la restitución del orden liberal frente al orden de facto surgido al margen de él, implica directamente a la UE frente al enfoque imprevisible que Donald Trump puede dar al asunto, secundado por el Gobierno de Theresa May, embarcada en reforzar una relación privilegiada con Estados Unidos al tiempo que negocia la deserción de la UE. Eso incluye subrayar el compromiso social de la organización y el de cada uno de sus estados, incluso en apartados tan incómodos para la contabilidad general como lo es el griego. Porque quizá es posible el futuro de la UE sin Grecia en términos superestructurales, o con Grecia convertida en un enfermo crónico, pero es improbable que en tal caso se restaure el prestigio institucional de la UE, ahora muy dañado por una resolución de la crisis que ha dejado demasiadas víctimas por el camino.

“Contra lo que solemos pensar, la historia se repite siempre, solo que se repite de formas tan distintas que a veces es difícil reconocerla. Ahora ni siquiera es difícil: ahora, sobre todo después de que los británicos hayan cometido el disparate de aislarse de Europa, como si fueran españoles del siglo XVII, y después de que los norteamericanos le hayan entregado el poder a un demagogo siniestro, casi se ha convertido en un cliché comparar nuestra época con la de los años treinta, hasta el punto de que algunos historiadores se han sentido obligados a recordar las diferencias entre ambas”, dijo el escritor Javier Cercas el 7 de diciembre al recibir el Premio al Libro Europeo por El impostor. Cercas ha dicho con frecuencia que “una Europa unida es la única utopía razonable”, y, claro, hay diferencias entre la pestilencia los años treinta y los populismos vociferantes de nuestros días, porque los colchones sociales, aunque averiados, siguen ahí. Pero si la UE se pliega a exigencias que aumenten el censo de vulnerables –ya son legión y no paran de crecer–, entonces todo es posible, incluso que se haga realidad el juego de palabras de George Bernard Shaw, citado por Cercas: “Lo único que se aprende de la experiencia es que no se aprende nada de la experiencia”. Para el caso, la vuelta a una Europa dislocada y sin peso, incapaz de desagraviar a los sacrificados en el altar de la austeridad y de una visión meramente contable de la UE.

Información frente a populismo

“Soy lo bastante viejo para recordar cuando lo mejor acerca del populismo fue que no fue popular”, recuerda Chris Patten, canciller de la Universidad de Oxford, en un artículo difundido esta semana por diferentes medios. Hay en las primeras líneas del texto, titulado Populismo contra los medios, una sombra de añoranza muy parecida a la que se proyecta sobre una gran variedad de cabeceras, emisoras de radio, canales de televisión, plataformas digitales y toda clase de canales informativos que, de repente, sienten haber asumido el papel de última frontera frente a las estrategias de intoxicación informativa puestas en marcha por los conglomerados populistas que encabezan el asalto a las sociedades abiertas, a los valores de la democracia y al derecho a discrepar.

Mientras el diplomático español Emilio Menéndez del Valle se pregunta, sin asomo de retórica o provocación, si “está el régimen que Donald Trump comienza a establecer en EE.UU. a medio camino entre el tinglado de Putin y el de Xi”, el diario The Washington Post, una de las Biblias liberales de Estados Unidos, crea un equipo para desvelar las mentiras construidas por el equipo presidencial. Mientras Marine Le Pen, líder ultra francesa, fuerza una situación imposible en Beirut al visitar una mezquita, varias televisiones salen al paso de la provocación y se ocupan de recordar que mujeres con responsabilidades de gobierno o representación, han accedido a cubrirse la cabeza, entendiendo que el huevo muchas veces es más importante que el fuero. Mientras el corresponsal de Die Welt en Turquía, Deniz Yücel, es detenido bajo una extravagante acusación de terrorismo después de informar sobre la existencia de correos electrónicos comprometedores para un ministro, familiar del presidente Recep Tayyip Erdogan, varios periódicos europeos se movilizan para conjurar la arbitrariedad. Por no hablar de las autoridades de Polonia y Hungría, “ejemplos preocupantes de políticos que utilizan la retórica nacionalista y populista para alcanzar objetivos que apestan a autoritarismo incipiente”, dice Patten.

La diferencia entre Trump y Le Pen, por un lado, y Erdogan o los gobernantes húngaros y polacos, por otro, es que mientras estos últimos pertenecen a democracias degradadas (Turquía) o recién llegadas, las tradiciones democráticas en Estados Unidos y Francia cubren un muy largo recorrido. Puede decirse que el presidente de Estados Unidos y la líder del Frente Nacional han crecido en dos de las culturas democráticas más antiguas e influyentes, piedras sillares de las sociedades abiertas, de los regímenes deliberativos y de la libertad de opinión. Y en ambos casos, sin embargo, ven en el papel desempeñado por los medios, en el control de la prensa sobre el funcionamiento del sistema, el “partido de la oposición” en palabras de Steve Bannon, un demagogo de ultraderecha instalado por Trump en el Casa Blanca y en el Consejo de Seguridad Nacional.

Así es cómo la misión de la prensa en sociedades con un reparto pautado del poder ha cobrado de pronto una relevancia desconocida, más próxima a los periodos de excepción –la guerra de Vietnam, el caso Watergate, la transición española, entre otros momentos– que aquellos otros que transcurren sin grandes sobresaltos. Donald Trump ha activado los resortes de la contestación en los términos descritos por Antonio Franco el último viernes en EL PERIÓDICO: “Lo único que vertebra a quienes le plantan cara son las verdades que explican algunos medios de comunicación. Por eso el nuevo presidente los insulta y ha abierto un debate nacional sobre su legitimidad con dos eslóganes: Deben mantener la boca cerrada y Son los enemigos internos del país”.

En la agresividad ejercida desde el Despacho Oval advierte Patten una guerra contra los medios, y en la obsesión de considerar noticias falsas todas las que se apartan del halago, percibe el germen de una situación muchas veces repetida: “En los sistemas autoritarios o casi autoritarios, los medios se ven siempre como una amenaza, cuando no como objetivos para la represión”. Al mismo tiempo, los grandes medios razonablemente independientes adoptan una doble posición defensiva (de protección) y de escrutinio permanente de cuanto procede del poder. Una actitud muy próxima a la “moral del inconformista”, en expresión de Michel Foucault; una forma de contrarrestar la realidad virtual en construcción mediante hechos alternativos, un eufemismo desvergonzado que encubre lo que no son más que falsedades.

“Pensar es duro. La verdad es complicada. El enfoque es frágil. No hay duda: los tuits son excelentes para robar nuestra atención”, escribe el profesor Marty Kaplan. Pero aclara enseguida que la última frase no es un halago; es más bien una certificación, cabría añadir: la profusión de mensajes de 140 caracteres, una cadena interminable de parainformaciones, no da respiro a los seguidores, es una forma como cualquier otra de desviar la atención, de enturbiar la realidad sustentada en datos y de bloquear los mecanismos de análisis de los acontecimientos. Frente a esta fenomenología de lo que no da tiempo a comprobar, los medios cumplen una función crucial de esclarecimiento, sin que en ningún caso puedan pretender que son depositarios de una verdad absoluta e indiscutible, una característica de los tuiteros compulsivos que operan desde los despachos del poder o en su nombre.

Al mismo tiempo, los medios se asignan en muchas ocasiones la misión contraria al acercamiento a la realidad empírica: desafían algunos de los valores que desde hace mucho tiempo apuntalan “la salud y la vitalidad de la democracia”, subraya Chris Patten. Se refiere el articulista a algunos periódicos e informativos británicos a propósito del Brexit, pero no resulta especialmente difícil hacer extensivo el panorama a otros lugares, así se trate de Fox News, de la prensa que pilota Rupert Murdoch o de las televisiones rusas, controladas desde el despacho de Vladimir Putin sin ningún disimulo. No se trata de deslegitimar el pensamiento conservador frente al progresista, de ver en todas partes el fantasma del populismo o de poner bajo sospecha todo lo que queda fuera de la tradición liberal, sino de proteger la herencia liberal frente a quienes quieren destruirla utilizando, por cierto, instrumentos que solo existen en las sociedades democráticas de tradición liberal. Algo que ha descubierto demasiado tarde el republicanismo clásico en Estados Unidos, que transigió con la colonización del partido por la ultraderecha nacionalista en nombre de su eficacia electoral y que hoy no se reconoce en las bravuconadas amenazantes de Trump a todas horas.