Palestina, el problema ausente

Ningún partido llamado a gobernar en Israel durante los próximos años ha colocado la cuestión palestina entre los asuntos centrales de la campaña, quizá porque ninguno de ellos cree sinceramente en que la solución de los dos estados sea la única deseable y posible. Esa es la peor noticia para la comunidad palestina a la salida de unas elecciones en las que, salvo el Meretz (izquierda) y los partidos árabes, nadie ha discutido la vía de los hechos consumados –multiplicación de asentamientos– seguida por el primer ministro saliente, Binyamin Netanyahu, y la opinión dominante es que la continuidad del statu quo es la menos mala de las soluciones. De acuerdo con la misma lógica que animó a Artur Mas, Netanyahu convocó unas elecciones para mejorar su mayoría, pero, como el president de la Generalitat, el desenlace en las urnas le ha debilitado y deberá forjar una coalición de gobierno más heterogénea si cabe que la que compuso después de las legislativas del 2009. En todo caso, el desgaste de Netanyahu tiene poco que ver con la gestión del conflicto con los palestinos y mucho con problemas sociales derivados de una situación económica difícil.

Elecciones Israel 2013

Reparto de diputados después de las elecciones legislativas celebradas en Israel el 22 de enero.

Si el éxito ha sido para dos recién llegados, un millonario (Naftali Bennett) y una estrella de la televisión (Yair Lapid), derecha muy derecha y centro, respectivamente, es porque ambos se han centrado en las estrecheces que angustian a la clase media y, aunque parezca exagerado decirlo, han dado por amortizada la discusión sobre Palestina a pesar del reconocimiento en la ONU de la condición de observador a un Estado con este nombre. Habayit Hayehudi (La Casa Judía), de Bennett, ha competido con un programa neoliberal de auxilio a la clase media; Yesh Atid (Hay Futuro), la marca de Lapid, el hombre fuerte de la situación según todos los pareceres –partía de cero y acabó con 19 escaños–, se ha ocupado en resaltar las líneas de fractura de una sociedad que precisa redistribuir las cargas. Ni uno ni otro han vuelto la vista hacia Cisjordania y Gaza y el sombrío futuro que allí se forja.

Si Netanyahu ha salido mal parado no ha sido porque se impugne su política con los palestinos, sino porque desde la movilización social de hace 18 meses a causa de la crisis económica y el encarecimiento astronómico de la vivienda, entre otras razones, la clase media urbana ha tenido la sensación de que el primer ministro se olvidó de los problemas de la vida cotidiana. La progresión del Meretz, de los laboristas –modesta– y el éxito de Lapid descansan en esta realidad y no en los grandes planteamientos geopolíticos que en otro tiempo acuparon las campañas electorales (Karol Vick en el semanario Time). Esto, lejos de facilitar las cosas a Netanyahu para seguir en el puente de mando, puede complicárselas porque los fundamentalistas mosaicos, sus aliados en el anterior mandato, se oponen tajantemente a la conscripción obligatoria para los guardianas de la ortodoxia, pero Lapid, a quien Netanyahu ve como el mejor socio para acercarse al israelí medio, ha incluido el servicio militar de los haredim entre las propuestas que considera de cumplimiento capital. Para Ari Shavit, del diario progresista israelí Haaretz, el gran desafío es precisamente el encaje de Lapid en el círculo de Netanyahu, visto que “la política hacia los palestinos se mantendrá ampliamente aceptada” (Yousef Munayyer, en Open Zion).

Los 500.000 colonos que aproximadamente viven en Cisjordania constituyen una formidable bolsa de votos y algunos datos tan prosaicos como que la vivienda es mucho más barata en los nuevos asentamientos que en Jerusalén, Tel Aviv o Haifa operan a favor de que el flujo de nuevos residentes no se interrumpa. Los inconvenientes de vivir en directo las consecuencias de un conflicto envenenado disuade cada vez a menos familias, aunque desde la calle palestina se les observe con animadversión cuando no con abierta hostilidad. Para convencer a los renuentes están los propagandistas de la tierra prometida, incansables en su prédica, y los analistas del censo, que ven en la colonización a destajo el único medio de neutralizar la revolución de los úteros palestinos (4,6 hijos por mujer en Cisjordania y 6 hijos por mujer en Gaza).

Naftali Bennett

Naftali Bennett, es el líder de La Casa Judía (Habayit Hayehudi). Es un empresario de ascendencia estadounidense y defiende un programa económico neoliberal.

Las consecuencias que esto puede tener en el inacabable problema palestino-israelí son previsibles e imprevisibles a un tiempo. Cabe imaginar la degradación del clima político en Palestina en beneficio de los radicales, pero también la imposibilidad práctica cada vez mayor de dar salida a la solución de los dos estados, que el establishment político israelí no confesional dice aceptar como posibilidad de futuro, pero que está cada vez más cerca de la tumba que de ver la luz. “Las iniciativas del próximo Gobierno israelí, al igual que las del último y las de los anteriores a él, nos conducen decididamente hacia la ocupación perpetua, esto es, el apartheid”, afirma Yousef Munayyer. ¿Por qué? Porque la agonía del proceso de paz lleva inevitablemente a la configuración de un espacio geográfico y político con dos categorías de ciudadanos, los colonos de los asentamientos y la comunidad palestina; con plenitud de derechos los primeros y sin ningún derecho los segundos. Si a la Gaza ocupada se la comparó con un bantustán de la Sudáfrica gobernada por la minoría blanca, y la actual se asemeja a un enorme campo de concentración, ¿a qué se parece Cisjordania, aislada por un muro de hormigón?

Si la Autoridad Palestina “más cooperativa de la historia”, según cree Munayyer, no ha sido suficiente para desatascar el proceso, cualquier alternativa futura se antoja inviable. Los lamentos israelís cuando Barack Obama, recién reelegido, nombró a Chuck Hagel sucesor de Leon Panetta en el Departamento de Defensa, no pasaron de ser mera simulación: la seguridad en el Gobierno israelí de que nadie cambiará nada es total y la disposición de Estados Unidos de que así sea, también. Ni siquiera el Obama más agresivo de los inicios del segundo mandato se siente tentado a correr con los gastos de un desacuerdo de fondo con el Gobierno israelí bajo la luz de los focos. Como declaró días antes de las elecciones a un periodista estadounidense un árabe de nacionalidad israelí, la sensación que les embarga de que “son solo números que no tienen influencia” alimenta la frustración, alienta a los radicales y deposita muchas esperanzas en que la bomba demográfica haga posible lo que la política es incapaz de lograr.

Las encuestas reflejan este ambiente sombrío. Según un sondeo elaborado en diciembre último por el S. Daniel Center for Middle East Peace de Washington, recogido por Bernard Avishai (israelí) y Sam Bahour (palestino) en un artículo publicado en The New York Times, dos tercios de los israelís apoyan la solución de los dos estados, pero más de la mitad de estos creen que Mahmud Abás, presidente de la Autoridad Palestina, no está en condiciones de tomar decisiones que acaben con el conflicto. Según otro sondeo citado por los mismos autores, realizado por el Palestinian Center for Policy and Survey Research de Ramala, el 52% de los palestinos son partidarios de los dos estados –llegaron a ser el 75% en el 2006–, pero dos tercios creen que no es posible que se concrete esta solución en los próximos cinco años. “Los moderados de ambos bandos siguen queriendo la paz –concluyen Avishai y Bahour–, pero primero necesitan tener esperanza”.

Yair Lapid

Yair Lapid, líder de Hay Futuro (Yesh Atid), triunfador en las elecciones israelís, es hijo del periodista Yosef Lapid, fundador del partido Shinui, ya desaparecido.

Ahora mismo, transmitir esperanza resulta poco menos que imposible. Gavner Gvaryahu, uno de los soldados israelís disidente que fundó la organización Rompiendo el Silencio, ha explicado que el compromiso en Cisjordania incluye acabar con una situación de violencia latente, que impregna la vida cotidiana. Ejemplo: en la semana inmediatamente anterior a las elecciones legislativas, cuatro palestinos desarmados, de entre 16 y 21 años, perdieron la vida a causa de disparos realizados por soldados de Israel que se sintieron hostigados, y más de 50 jóvenes sufrieron heridas. Ninguna de las víctimas representaba un peligro inmediato para los militares, según el criterio de Gvaryahu, y sus superiores seguramente abrirán una investigación, pero la arbitrariedad en Cisjordania forma parte de la vida diaria y, lo que se aún más grave, los habitantes de los territorios ocupados hace tiempo que dejaron de confiar en el deseo del Tsahal de depurar responsabilidades salvo que se dé una circunstancia verdaderamente excepcional; este no es el caso del goteo de muertos.

El día antes de las legislativas israelís, Martin Indyk y Robert Kagan, de la Brookings Institution, publicaron un artículo en el International Herald Tribune en el que repasan los requisitos que debe reunir la política exterior de Obama para los próximos cuatro años: una sola vez citan los autores el “estancamiento del proceso de paz” –un eufemismo para no hablar de fracaso– y las varias veces que mencionan Oriente Próximo lo hacen más en relación con las primaveras árabes que con el dosier palestino-israelí. Oriente Próximo es una etiqueta que todo lo engloba y, por la misma razón, todo lo diluye, al menos todo aquello que no hay forma de afrontar desde una perspectiva diferente o mediante un compromiso mayor de Estados Unidos en la redacción de un relato cada vez más alejado de tener un final feliz. La política palestina de Netanyahu tiene futuro.

About Albert Garrido

Albert Garrido. Licenciado en Periodismo. Cursó Historia en la Universitat de Barcelona. Profesor en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona y en la Universitat Internacional de Catalunya. Autor del libro 'La sacudida árabe'.
Tagged , , , , , . Bookmark the permalink.

Deja un comentario