Putin cogió su fusil

El presidente de Rusia, Vladimir Putin, ha optado por la estrategia del gran garrote para rescatar del baúl de la historia el papel desempeñado por la Unión Soviética desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta mitad de los años 80 del siglo pasado. Es esta una operación cargada de riesgos, que modifica por completo el statu quo heredado de la guerra fría y que abre una gran incógnita: ¿entra Europa en un periodo de inestabilidad sistémica o se configura una nueva guerra fría con reglas diferentes a la anterior, como ha escrito el editorialista de The New York Times? Es demasiado pronto para aventurar una respuesta, hay que ver cómo afectan a la economía rusa las sanciones aprobadas por Estados Unidos, la Unión Europea, Canadá y otros aliados occidentales, a las que quizá se añadan algunas más en los próximos días o semanas si el panorama es aún más sombrío de lo que ya lo es ahora.

De lo que no hay duda es de que las reglas del juego han cambiado y nada será en el futuro como hasta ayer. Putin ha reescrito de golpe los códigos de conducta en su relación con la Unión Europea, cuya existencia le molesta en grado sumo –no deja de sembrar cizaña en su seno–, y con la OTAN, cuya ampliación en dirección este es la justificación final para la escalada en curso y la invasión de Ucrania a sangre y fuego. Y con ser esto importante, no lo es menos la posibilidad de que China siga en Taiwan los pasos de Rusia en Ucrania a poco que los aliados occidentales den muestras de debilidad, lo que sería tanto como limitar en gran medida la capacidad de Estados Unidos de influir en la cuenca del Pacífico. “La voluntad compartida por rusos y chinos de revisar el orden existente se ha transformado en una convergencia ideológica”, ha escrito en Le Monde el sinólogo Laurent Malvezin.

En el seno de los gabinetes de crisis de los aliados de la OTAN tienen sentido una vez más las apreciaciones de Henry Kissinger en el ensayo Orden mundial acerca del comportamiento de Rusia frente a sus vecinos del oeste por “un cuestionamiento implícito al tradicional concepto europeo de orden internacional, basado en el equilibrio y la restricción”. Si el poder de la razón y la lógica forma parte de la herencia cultural europea, que se remonta a la Ilustración, los datos históricos demuestran a ojos de Kissinger que el binomio razón-lógica ha contribuido con mucha frecuencia a desgarrar Europa. Si hoy la razón y la lógica llevaban a suponer que Putin no iba a coger el fusil, pero finalmente lo ha cogido, acaso haya que dar la razón a Kissinger cuando reclama “una especie de intuición” para gestionar la realidad de un mundo extremadamente complejo.

Dentro de tal complejidad, el analista David Ignatius comparte en The Washington Post una impresión compartida por una opinión pública en plena crisis de ansiedad: “El ataque de Putin despierta los fantasmas de la guerra que han atenazado Europa durante siglos”. Pero, al mismo tiempo, subraya la soledad que lleva a los agredidos a la derrota: “Decenas de naciones han condenado la invasión. Pero el hecho desgarrador es que Ucrania está luchando sola contra Putin”. O lo que es lo mismo, la implicación en la crisis de cuatro potencias nucleares –Estados Unidos, Rusia, el Reino Unido y Francia– ha dejado las manos libres al Ejército ruso para llegar hasta Kiev; el poder disuasorio de los arsenales nucleares ha disuadido a los potenciales aliados de Ucrania a acudir en su ayuda, persuadidos de que una escalada sin freno es inasumible.

Ese dato insoslayable es evidente en el discurso de Putin para justificar el ataque, en el del presidente Joe Biden para condenarlo y en el de todos los gobernantes europeos. Toda comparación con el pasado es fundamentalmente inconsistente porque nunca antes se dio en el solar europeo un choque de intereses con los arsenales en disposición de asegurar la destrucción mutua, un concepto asociado a este otro: el equilibrio del terror. La idea de la paz armada –principios del siglo XX– mutó en coexistencia pacífica forzosa cuando las superpotencias llevaron el paroxismo bélico al borde del abismo (la crisis de los misiles cubanos, octubre de 1962).

Por lo demás, las guerras híbridas pueden causar tanto daño o más del provocado en el pasado por las divisiones acorazadas. Basta imaginar cuál sería el daño causado a la economía rusa si en una tercera tanda de sanciones decidiese la Unión Europea sacar a Rusia del sistema Swift de transacciones financieras. De momento, Alemania se opone a tomar tal medida, pero en ningún lugar está escrito que sea esta una posición inamovible, de tal manera que ahí está la posibilidad de aislar por completo una economía extremadamente vulnerable, poco diversificada, que se traduce en un PIB a medio camino entre el de España y el de Italia. No digamos si a esto se suma la guerra cibernética, que Rusia practica con desparpajo desde hace años y que puede paralizar el funcionamiento ordinario de un Estado.

Lo más realista es decir que esto no ha hecho más que empezar, que no hay forma de prever la profundidad de los cambios derivados de la invasión de Ucrania. No porque la suerte de la guerra no esté decidida, que lo está, sino porque ha saltado por los aires el diseño de la seguridad en Europa, cambiará por completo la relación de Occidente con Rusia, está por desvelar cuál será la vinculación de China con la estrategia de Putin y lo está también saber cuál será el impacto de las sanciones en la vida cotidiana de los rusos, de cuya capacidad de resistencia y adaptación a las privaciones nadie puede dudar (léase el libro Cinco inviernos, de Olga Merino).

Eso último es asimismo aplicable a la sociedad ucraniana. Cuando Pilar Bonet definió en El País a Ucrania como “una sociedad bipolar” –la influencia rusa en el este, la europea en el oeste–, añadió algo sustantivo: ambas experimentaron la represión soviética. Lo que hoy, en plena guerra, es tanto como decir que la derrota de las armas ucranianas en el campo de batalla está asegurada, pero la capacidad de resistencia y hostigamiento de los vencidos nadie lo conoce. Y ese dato, sea cual sea su dimensión real, también contará en el futuro tanto como este otro: la determinación de la OTAN para que Putin desista de acosar a las repúblicas bálticas, miembros de la Alianza, protegidas, por lo tanto, por el artículo 5 de la Carta Atlántica: el ataque a un socio de la OTAN es un ataque a toda la organización. El futuro ha quedado envuelto en una niebla venenosa.

 

About Albert Garrido

Albert Garrido. Licenciado en Periodismo. Cursó Historia en la Universitat de Barcelona. Profesor en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona y en la Universitat Internacional de Catalunya. Autor de los libros 'La sacudida árabe' y 'En nombre de la yihad'.
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