Putin mira a China sin olvidar Europa

El presidente de Rusia, Vladimir Putin, ha encontrado el mejor antídoto a las sanciones acordadas por Occidente a raíz de la crisis de Ucrania: la firma de un contrato para suministrar gas a China durante 30 años a partir del 2018 por un valor de 300.000 millones de euros. Si ya era muy limitada la disposición europea de imponer sanciones a Rusia antes de suscribirse el acuerdo, a partir de entonces aún es menor. Mientras en las cancillerías de la Unión Europea se sigue sin disponer de una respuesta clara a la gran incógnita del impacto que la situación en Ucrania tendrá en el suministro de gas y en el precio, el contrato firmado por Putin y por el presidente de China, Xi Jinping, a razón de unos 260 euros los mil metros cúbicos, induce a pensar que se avecinan tiempos difíciles. O, quizá, días de pactos inaplazables para evitar que el gas se convierta en un elemento de presión recurrente.

Aunque en la campaña de las legislativas europeas se ha hablado a veces de Ucrania, pero casi nunca del gas, es obvia la íntima relación entre los dos dosieres. Los candidatos que han aludido a Ucrania en sus discursos se han quedado, en general, en las vaguedades clásicas del derecho que asiste al Gobierno ucraniano a que se cumpla la Constitución y se respete su integridad territorial, pero apenas han ido más allá: el primer exportador de gas para la UE es Rusia, y una parte muy importante del suministro cruza territorio ucraniano. Con lo que, en manos de Putin está no solo una eventual revisión de las tarifas, que siempre es posible, aunque ahora parece improbable, sino el riesgo de que, según evolucione la situación, en algún momento se cierre la espita de Gazprom –no sería la primera vez que sucede–, con el consiguiente perjuicio para empresas y particulares.

“El impacto económico de una confrontación profunda con Rusia es una de las razones por las que los países fundamentales de la Unión Europea están más interesados en disminuir las tensiones con Rusia que en ampliar las sanciones”, ha afirmado en el diario Moscow Times el asesor de inversiones Chris Weafer. Se trata de una conclusión que avalan los hechos: la desgana europea para castigar la osadía de Putin en Ucrania y la determinación del presidente ruso, capaz de pasar del nacionalismo duro al poder blando según sea el día de la semana. Cuando Rusia se anexionó Crimea en un suspiro, Putin echo mano de las más viejas tradiciones de la santa Rusia y del líder ungido; cuando simuló no manejar las hilos de la trama en Donetsk y otros lugares –vigilia de la elección presidencial en Ucrania–, se ejercitó en una forma de poder blando sui géneris no exenta de habilidad. La UE transmitió, por el contrario, la misma imagen de desunión y debilidad cuando acordó sanciones en dosis homeopáticas que cuando se presentó como el adalid de su propia versión del poder blando, dispuesto a influir en el desarrollo de los acontecimientos mediante la persuasión.

Nadie piensa que de repente, como por ensalmo, la vieja rivalidad ruso-china se ha tornado luna de miel, sino que Putin y Xi han hecho de la necesidad virtud para contrarrestar los efectos de sus problemas en otros frentes. La Rusia emergente que mira con recelo a Occidente y recuerda los fundamentos de la política de contención puesta en práctica durante la guerra fría, busca una alternativa en Asia, al tiempo que la China que mantiene litigios territoriales con sus vecinos, apoyados por Estados Unidos, se afana por encontrar aliados que se sumen a su causa. Ni para Rusia es suficiente recuperar el orgullo perdido a causa del desmembramiento de la URSS, si no incorpora contrapartidas económicas, ni para China es útil mirarse en el espejo de la historia y perseverar en la tradición del imperio del centro, una visión aristocrática y etnocéntrica del mundo, incompatible con la globalización. Esta alianza del gas, como todas las alianzas, es fruto de intereses cruzados y complementarios, servidos con la retórica grandilocuente que conviene al caso.

Media un mundo de ahí a considerar el contrato sino-ruso un gesto oportunista. Cuando se cierra un compromiso por 30 años que implica una ingente movilización de recursos financieros y tecnología –construcción de un gaseoducto en Siberia y de otro en suelo chino conectado a la red de distribución–, lo menos que puede hacerse es dar por descontado el deseo de dar continuidad a la alianza. En el caso de Rusia, se trata, otra vez, de sacar el máximo partido a las necesidades más perentorias de crecimiento económico y de distanciamiento del dólar. La profesora Meghan L. O’Sullivan, de la Universidad de Harvard, lo ha subrayado en un comentario recogido por el Atlantic Council: si la economía rusa quedara expuesta a nuevas sanciones y mantuviera una dependencia excesiva del dólar, podría ver frustrado su deseo de convertirse en un gran operador financiero internacional.

¿Pueden los europeos conformarse con contemplar el paisaje a distancia? Lo menos que puede decirse es que no debieran caer en la tentación del conformismo con el único objetivo de proteger los negocios en marcha con Rusia, muchos de ellos pilotados desde Alemania. Los antecedentes sobre los efectos de crisis energéticas recientes, con el gas en el centro del problema, obliga a dar un enfoque realista a la crisis de Ucrania y a evitar las simplificaciones. La certidumbre cada vez mayor de que cuanto sucede es fruto de una lucha enconada entre dos oligarquías enfrentadas, dispuestas a manipular a la opinión pública y a sacar partido de las emociones colectivas, obliga a prescindir de la división entre buenos y malos, si es que alguna vez estuvo justificada, y aun autoriza a buscar el equilibrio para garantizar que nadie tiritará el próximo invierno por falta de gas a causa de la crisis ucraniana de esta primavera y de lo que esté por venir.

La realidad es que la economía rusa, a efectos prácticos, depende en todo y por todo de la exportación de energía; en cierto sentido, es un monocultivo que estará a expensas de las necesidades de sus clientes occidentales durante los próximos cuatro años, por lo menos. Hacer efectivo el contrato de exportación de gas a China obliga a una inversión inicial de decenas de miles de millones de euros, que deberán salir en parte de la venta de gas y petróleo a sus clientes tradicionales –europeos–, sin alternativas de suministro a corto plazo, pero si a medio (importación de gas del Magreb a través de la red española y desarrollo de otras conexiones con el norte de África). Esos son datos que se han manejado solo de pasada en la campaña de las europeas, pero que están sobre la mesa y que debieran ser suficientes para ahuyentar el fantasma de los problemas de suministro a corto plazo, como se insinúa con demasiada frecuencia.

Sacar otras conclusiones precipitadas del contrato de Rusia con China resulta tan arriesgado como estéril. La facilidad pasmosa con la que algunos han querido ver la decantación definitiva de Rusia por la parte asiática de su alma en detrimento de la europea, carece de rigor porque pretende que el desenlace de un debate que dura siglos se ha producido justamente ahora mediante un acuerdo económico inscrito en la mundialización de la economía. Más atinado se antoja el diagnóstico de quienes entienden que la dualidad rusa, europea y asiática a un tiempo, es una realidad ineludible, impuesta por la geopolítica de un Estado-continente que se extiende desde la frontera este de la UE al Pacífico Occidental, y los europeos deben amoldarse a convivir con ella.

 

 

About Albert Garrido

Albert Garrido. Licenciado en Periodismo. Cursó Historia en la Universitat de Barcelona. Profesor en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona y en la Universitat Internacional de Catalunya. Autor de los libros 'La sacudida árabe' y 'En nombre de la yihad'.
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