Putin toma el camino de regreso al Kremlin

Manifestación en Moscú.

Concentración celebrada el 4 de febrero en Moscú por la oposición a Vladimir Putin.

Vladimir Putin prepara la vuelta a casa. Para quien a ojos de muchos de sus conciudadanos restauró la dignidad nacional y salvó a Rusia de la decadencia irrefrenable en los días de Boris Yeltsin, el Kremlin y el despacho de la presidencia son sus moradas naturales. Cualquier otro lugar -incluida la oficina del primer ministro, que ha ocupado durante cuatro años- queda muy por debajo de sus merecimientos. La tradición del zar predestinado se cumple de forma inexorable y, frente a las virtudes que lo adornan, cualquier otra consideración carece de valor. Claro que contra ese determinismo prelógico se levantan algunas voces, que a veces constituyen una multitud, y entonces chocan las élites gobernantes y las élites emergentes que quieren mejorar la calidad democrática del sistema.

Fareed Zakaria, editor del semanario conservador estadounidense Time, atisba señales de cambio, aunque también admite  el peso de la tradición. De acuerdo con esta última, se explica el interregno de cuatro años de Dmitri Medvédev en la presidencia del país, porque la teoría más extendida es que el Estado ha sido y es desde tiempo inmemorial propiedad de una élite ajena a las pulsiones de la sociedad. En cambio, a tenor de las protestas en la calle a partir del 4 de diciembre del 2011, posteriores a unas elecciones legislativas de una opacidad impenetrable, es precipitado suponer que Rusia cobija una sociedad adormecida: “Siempre ha habido una sociedad civil rusa pequeña, pero vibrante, defensora de valores universales y de los derechos humanos. Se trata de la Rusia de Tolstoi y Pasternak, Sajarov y Gorbachov, y siempre ha creído que el destino de Rusia se encuentra en Occidente. Esta Rusia no ha muerto bajo Putin. De hecho, ha ido creciendo en silencio, pero con vigor, en la última década. En un artículo publicado en Journal of International Affairs, de la Universidad de Columbia, Debra Javeline y Sarah Lindemann-Komarova describen una Rusia en la que la sociedad civil tiene un impacto cada vez mayor. Hoy hay más de 650.000 organizaciones no gubernamentales en Rusia. Muchos de estos grupos no son abiertamente políticos, sino que desafian la autoridad gubernamental y sus decisiones -por razones ambientales, por ejemplo-, y algunas veces prevalecen”.

Lo cierto es que esta “sociedad civil rusa pequeña, pero vibrante” ha de contrarrestar una coreografía de campaña en la que Putin ha mezclado la gesticulación del líder populista con los baños de masas, promesas de rearme para devolver a Rusia la potencia de fuego de los días de la Unión Soviética, un complot checheno para asesinarle descubierto in extremis e incluso una oferta gradilocuente para salvar a Europa de la decadencia, se supone que mediante los ingresos siempre en aumento del petróleo y del gas. En este ambiente, el Informe del estatus de la sociedad civil, elaborado en el 2008 entre oenegés que operan en Rusia, proporciona datos propios de una sociedad más dinámica de lo que se suele pensar: el 49% de las entidades consultadas respondió que influyen en las decisiones que toma el Gobierno; el 64%, que contribuyen a formar la opinión pública, y el 56%, que influyen en sus conciudadanos.

De ahí que no sorprenda que el título de un post escrito por el periodista Mateo Madridejos en su blog El observatorio mundial sea Algo se mueve en Rusia. En el texto se recoge la pregunta por demás sugestiva formulada por Robert Service, una autoridad mundial en historia de Rusia: ¿estamos en los comienzos de la nueva revolución rusa? Habida cuenta de que es imposible una respuesta inequívoca, Madridejos se remite a los mensajes que envía la calle: “Resulta evidente que Putin y sus epígonos no han podido crear una Administración moderna y eficaz en el inmenso país, ni unas instituciones sólidas que canalicen las reformas sin temor al desbordamiento; pero un sistema liberal y democrático, parecido al de Europa occidental, no está inscrito en los augurios del futuro inmediato. La prudencia interpretativa es de rigor ante los últimos acontecimientos. Porque lo que ocurre en Moscú no puede extrapolarse al inmenso país, los resortes del poder son apabullantes y la pregunta retórica del profesor Service no tiene respuesta por el momento”.

La vuelta a casa -al Kremlin- de Putin contiene todos los elementos de un auto sacramental destinado a impresionar al país-continente con un poder inabarcable y paternal. De tal manera que lejos de los grandes centros urbanos, de los lugares que más han sentido la implantación del capitalismo a toda máquina, con su secuela inevitable de corrupción a todas horas y clientelismo político, la figura del zar protector sigue rindiendo intereses. Para esta mayoría silenciosa, alejadísima de los centros del poder, carece de sentido preguntarse por la conveniencia o no de un gobernante fuerte, de una presidencia fuerte, al estilo de lo sucedido en Francia en la campaña de las primarias del Partido Socialista. En estos ambientes está del todo justificado que Putin tenga en su despacho un retrato de Pedro el Grande, según publicó la revista Forbes.

Además, sigue vigente un pacto tácito entre una parte de los sectores sociales políticamente activos y el poder. Así lo han explicado en Foreign Affairs Maria Lipman, directora de Pro et contra, publicación de análisis que edita en Moscú el Carnegie Center, y Nikolai Petrov, politólogo de largo recorrido que colabora con la misma organización: “Durante años, las relaciones entre el Estado y la sociedad en la Rusia de Putin se rigen por lo que podría describirse como un pacto tácito de no injerencia. En muchos ámbitos -entre ellos sustituir cargos de elección popular con personas designadas-, con la introducción de restricciones que impiden los jugadores no deseados en el campo político, el Gobierno envió un mensaje implícito a la gente de que no debe inmiscuirse en los asuntos de Estado. A su vez, el Gobierno no interfirió en actividades individuales, y las clases creativas y empresariales del país disfrutaron de oportunidades bastante amplias para sentirse realizadas. De esta manera, el Gobierno y el pueblo vivieron en mundos paralelos. La clase política de Rusia no tuvo que preocuparse en rendir cuentas. La corrupción, la ilegalidad y el abuso de autoridad fueron omnipresentes, mientras que el desempeño del Gobierno fue cada vez más ineficaz. En los últimos años, las infraestructuras deficientes y las normas poco estrictas de seguridad han llevado a desastres de gran magnitud que han dejado cientos de muertos”.

El análisis de la situación que hace Gérard Fuchs, integrante de la Fundación Jean-Jaurès, en la órbita del socialismo francés, complementa el de Lipman y Petrov: “La situación social del país se desprende de forma bastante lógica de su situación económica. ¿Cómo invertir con continuidad en la educación, léase simplemente pagar regularmente los salarios de los profesores, con un presupuesto del Estado dependiente en gran medida de las fluctuaciones de los precios de las materias primas? ¿Cómo garantizar el poder adquisitivo de los jubilados? ¿Cómo desarrollar un sistema sanitario moderno? En este contexto no es sorprendente el ascenso de un voto comunista o nacionalista que refleja menos la nostalgia de una época superada que el rechazo de las desigualdades escandalosas”. Esto es: el equilibrio entre el poder y el segmento social más crítico y activo puede romperse ante la flagrante debilidad que muestra el Estado como prestatario de servicios a los contribuyentes.

Las preguntas de Fuchs no excluyen en ningún caso el triunfo de Putin. Porque a pesar de que encabeza su reflexión con un interrogante -¿Es posible una primavera rusa?- próximo al de Service, no soslaya un dato determinante: la primavera árabe, a la que parece aludir, solo se concretó en un movimiento popular después de un largo periodo de degradación del poder. En Rusia, la prosperidad del mercado energético y las inversiones occidentales constituyen un espectacular muro de contención.

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