‘Realpolitik’ a la griega

Las elecciones legislativas que este domingo se celebran en Grecia pueden ser un ejercicio de realismo político o un reflejo de la decepción acumulada por una parte de la opinión pública, movilizada por el ala izquierda de Syriza para hacer frente a las exigencias de la Unión Europea y finalmente defraudada por las condiciones aceptadas por el ala moderada del partido para disponer de los fondos de un tercer rescate. Las últimas encuestas reflejan una ventaja apenas apreciable de Nueva Democracia (derecha) frente a Syriza, resultado probable de un aumento de la abstención en el electorado progresista y de mejora de la imagen conservadora gracias a su nuevo líder, Vangelis Meimarakis. Pero prevalece la creencia en el empate técnico y en el desenlace en un pañuelo, con el resto de candidaturas condenadas a desempeñar el papel de comparsas, ocasionalmente imprescindibles si no es posible la gran coalición –Syriza no la quiere– y es viable alguna otra fórmula de Gobierno.

La mayor paradoja es que después de meses de litigio, Alexis Tsipras se ha convertido en casi imprescindible para la UE pues solo él, respetado aún por una parte considerable de las víctimas inmediatas de la crisis, puede dar garantías razonables no solo de que serán atendidos los compromisos pactados –algo por lo demás insalvable–, sino que lo serán en un clima entre moderadamente hostil y moderadamente favorable. Por el contrario, una coalición de las derechas, incluso con el aditamento improbable del Pasok (socialdemócrata), de ser suficiente –es improbable–, podría ser también el punto de partida de un nuevo periodo de agitación social. Ese es el temor de Bruselas, y no faltan pruebas de que el desencanto causado por la realpolitik no llega al extremo de desear “la vuelta de lo de siempre”, en afortunada frase de un editorialista griego.

En un artículo por demás interesante publicado en el periódico ateniense I Kathimerini (centrista) por Konstantinos Tasoulis, profesor del American College de Atenas, el autor afirma: “En esta orgullosa piedra angular de Europa, muchos ciudadanos se sienten avergonzados al escuchar los llamamientos que piden ‘dar a Grecia una oportunidad’. Parafraseando a [Nikos] Kazantakis, si Grecia se pierde, será culpa nuestra”. Al mismo tiempo, el autor reprocha que Europa haya tratado a Grecia como el garbanzo negro de la UE y a los gobiernos conservadores, haberse comportado como padres que castigan el mal comportamiento. Pero en esa doble vertiente, el comportamiento propio y el trato recibido, en la percepción de las dos caras de un mismo momento, se decidirá la elección del domingo, porque todas las debilidades, flaquezas, imposiciones e injusticias que soportan los griegos tendrían efectos aún peores fuera de la UE. O es esa al menos la creencia más extendida como parte de esa vuelta previsible, no segura, de la calle a la realpolitik.

Alexis Tsipras ha planteado la cita con las urnas como un plebiscito: a favor o en contra de su persona y de su política, convencido de que los griegos ni quieren volver al pasado, a la alternancia en el poder de partidos y familias, ni quieren rehuir su cuota de responsabilidad colectiva para sacar al país de la maraña en que se encuentra. Tsipras comparte con Tasoulis la seguridad de que los electores (una mayoría de ellos) saben que dar con la salida requiere primero aceptar que el futuro inmediato no es el deseado, pero no hay ninguna alternativa mejor. Y si es este el estado de ánimo, ¿cómo se explica el resultado del referéndum del 5 de julio, el rechazo frontal a las condiciones impuestas por la Comisión Europea, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Central Europeo para un nuevo rescate?

Pareciera que aquel fue el último acto de la utopía, de la ilusión, y el de la elección de un nuevo Parlamento será el primero del realismo impuesto por los poderes de facto de las finanzas globales, aquel que causó la escisión de Syriza, menos dañina para el futuro del partido como instrumento de Gobierno de lo que se previó en un principio. “Nada diferencia hoy fundamentalmente a los partidos de gobierno en Grecia –afirma el asesor financiero Christopher Dembik–. Han aceptado el tercer plan de ayuda y se han comprometido a aplicarlo en sus líneas maestras. Serán la virginidad política y el carisma los que desempeñarán un papel primordial para impulsar una dinámica positiva”. Y en este apartado, como dice Dembik, Tsipras parte con la doble ventaja de conservar una cuota de popularidad resaltable y de no haberse visto salpicado por los escándalos que ensombrecen la historia reciente de sus adversarios.

¿Puede Unidad Popular alterar sustancialmente los pronósticos? Parece improbable que sea una misión al alcance de la escisión de Syriza concretada el pasado agosto con la formación del nuevo partido. Las encuestas le otorgan un resultado modesto, con una presencia en el Parlamento poco más que testimonial, porque la creencia de su líder, Panaiotis Lafazanis, de que puede atraer a muchos de los votantes del no en julio, que se sintieron estafados con el pacto por el tercer rescate, no tiene en cuenta la heterogeneidad del electorado. Esto es, muchos de los partidarios del no están lejos de la radicalidad de Unidad Popular; su voto fue, por así decirlo, de protesta contra las exigencias de Bruselas más que de apoyo a la línea representada hasta entonces por Yanis Varoufakis. En consecuencia, es poco verosímil imaginar un desplazamiento significativo del voto de izquierdas hacia un programa que a la postre se reveló tan atrevido como inviable frente a las exigencias inclementes de los eurócratas dictadas desde Berlín.

Después de vivir durante varias semanas el ahogo del control de capitales, de temer el hundimiento del sistema bancario y de no dar con las ventajas de la resurrección de la dracma, el primer objetivo de los votantes es garantizarse algunas certidumbres. En términos de calidad de vida y de confianza en el futuro, Grecia ha retrocedido 15 años desde que se aprobó el primer rescate, y la disposición de los grandes partidos –Syriza también– de atenerse a lo acordado con la UE, limita el alcance de las incógnitas que plantea toda elección. Y aunque una sociedad moderna puede adaptar su funcionamiento a la ausencia de comodidades, según un reportaje aparecido en The Economist, lo cierto es que después de siete meses de sobresaltos, la sociedad griega aspira a estabilizar sus biorritmos a pesar de la tasa de paro, por encima del 24%, la jibarización de los servicios públicos y los recortes en todas partes. Las grandes preguntas han pasado a segundo término; lo que realmente importa hoy es sobrevivir de la forma más decorosa posible, sin que por lo demás nadie pueda garantizar que este es el buen camino o que ni con ella –la UE– ni sin ella tienen sus males remedio.

 

About Albert Garrido

Albert Garrido. Licenciado en Periodismo. Cursó Historia en la Universitat de Barcelona. Profesor en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona y en la Universitat Internacional de Catalunya. Autor de los libros 'La sacudida árabe' y 'En nombre de la yihad'.
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