Reflejos esperpénticos de Europa


“Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento”.

(‘Luces de bohemia’, escena duodécima)

La representación en el teatro Goya de Barcelona de Luces de bohemia, de Ramón María del Valle-Inclán, mueve a reflexión no porque aquellas miserias en las que malviven Max Estrella y Latino de Hispalis, más una corte de perdedores, sean las mismas de hoy, sino porque mucho de cuanto acontece con la crisis de nunca acabar que soportamos se antoja un reflejo esperpéntico de la realidad. Pareciera que volvemos a miranos en los espejos cóncavos del callejón del Gato, aturdidos por un entorno de desastres ingobernables, confiada la suerte de muchos a la impericia de unos pocos, los intereses de otros pocos más y la cantinela tecnocrática de que no hay otra forma de salir de la ciénaga que pasándolas canutas.

Portada de la primera edición de 'Luces de bohemia', del año 1924.

Portada de la primera edición de ‘Luces de bohemia’, del año 1924.

Los cómicos aluden en el escenario a aquellos espejos deformantes que devolvían la imagen contrahecha de una España en perpetua decadencia, y mucho de lo que hoy soportamos nos remite a un mundo grotesco, de valores precarios y episodios vergonzosos. Ahí están el cierre en nombre del ahorro de la televisión pública griega, la reacción histérica de las bolsas al iniciar el Tribunal Constitucional de Alemania el análisis de la compra de deuda de los estados a cargo del Banco Central Europeo, el IVA desbocado en España que arruina la cultura sin otra explicación que la necesidad de ser cumplidores obedientes de los dictados de la troika, el secuestro del lenguaje para subvertir la realidad y llamar reformas a lo que no es más que una destrucción acelerada del Estado social. Ahí está la ocurrencia bárbara del Gobierno irlandés de considerar la supresión del Senado para ahorrar 20 millones de euros. Ahí está todo eso, expuesto a la luz pública y sometido a la matraca de los propagandistas de la más sesgada de todas las explicaciones: todos somos culpables de la situación.

Los dioses del desorden, identificados por Emilio Trigueros en un artículo publicado en El País, son los traders y los altos ejecutivos que manejan los mercados –una quincena de instituciones financieras– y se desenvuelven en un juego con todas las cartas marcadas. “¿Qué ocurriría –se pregunta Trigueros– en una liga de fútbol donde los árbitros fueran los mayores apostantes de quinielas, tuvieran además acceso exclusivo a las listas de jugadores lesionados y pudieran cambiar el calendario de los partidos?” La pregunta es retórica porque solo una respuesta es posible: ganarían siempre quienes quisieran los árbitros, la competición estaría adulterada desde el primer partido y a lo que asistirían los espectadores sería a un esperpento fruto de una realidad deformada. Más o menos, en esas estamos.

Aquello que Trigueros propone para romper los espejos deformantes parece una empresa titánica: “Necesitamos sobre todo encontrar palabras y tomar decisiones para ser más sociedad, más democracia, más Europa”. Ser más sociedad significa sobreponerse al descoyuntamiento social que impregna cuanto se hace; perseverar en la democracia implica regresar a la política y atar corto a los tecnócratas; disponer de más Europa requiere encarar una doble meta: corregir los reflejos nacionalistas y limitar la hegemonía alemana. Nada de eso parece posible a corto plazo. El armazón institucional europeo se ha instalado en el diktat innegociable y no acepta siquiera el mea culpa del Fondo Monetario Internacional (FMI), que no previó en toda su magnitud los efectos sociales y económicos de las condiciones del rescate griego, como resalta Barry Eichengreen, profesor en Berkeley y exasesor del FMI. “Preocupada por la situación de los bancos franceses y alemanes, (la Comisión Europea) sigue argumentando que la reestructuración de la deuda aplazada era lo que debía hacerse. No se arrepiente de haber lanzado Grecia a los lobos”, lamenta Eichengreen.

Incluso aceptando que la admisión de culpa del FMI forma parte del esperpento, cabe preguntarse si es posible imaginar mayor empecinamiento en el error que el de la Comisión, cuyo único motivo de reiterada satisfacción es comprobar que los países cumplen unos programas de austeridad que los condenan a la ruina irrevocable. Y, lo que resulta doblemente esperpéntico, los gobiernos de los países condenados a toda suerte de privaciones, se ufanan con ceñirse al diktat sin asomo de resistencia efectiva. Antes al contrario, acumulan cerebros en los gabinetes de comunicación para construir una realidad virtual mediante análisis forzados, proyecciones estadísticas de dudosa solvencia y argumentos simplificados hasta la caricatura.

“Tenemos una economía desbocada y una política impotente, y nos dedicamos muchas veces a repartir las culpas y no pensamos cómo articularlas de manera que estén equilibradas”, opina el filósofo Daniel Innerarity, último premio Príncipe de Viana. Articular el reparto de las culpas sería una empresa peligrosa y, por esa razón, no se hace. Si se hiciese, el grueso de la reparación caería en espaldas diferentes a las que soportan la mayoría de los costes del desaguisado; no se habría caído en ese otro esperpento trágico de dejar a las víctimas de la crisis a los pies de los caballos. Si se hiciese un reparto equilibrado, habría que sanear los cimientos del entramado europeo, de los entramados nacionales, del funcionamiento habitual de las instituciones, de unas sociedades en las que crecen las desigualdades y se ensancha a distancia entre las convenciones políticas y las pulsiones de la calle.

Las elecciones locales celebradas en Italia han vuelto a dejar esa foto fija de la abstención galopante, fruto del desapego hacia cuanto se entiende como parte de la política. Pero, al mismo tiempo, las elecciones han dejado constancia de la corta esperanza de vida que atesoran las soluciones milagrosas, por muy vociferantes que sean: el Movimiento 5 Estrellas, que encabeza Beppe Grillo, ha perdido nada menos que la mitad del porcentaje de votos atesorados en las legislativas de febrero. Es decir, el electorado italiano ha avisado en voz alta de que recela tanto de lo conocido como de quienes se llenan la boca de promesas y no ofrecen resultados, adscritos a un discurso apocalíptico y estéril.

El próximo año, la solvencia y el arraigo de las instituciones de la UE pasará por una prueba difícil: las elecciones al Parlamento Europeo. Si, como es de temer, el partido mayoritario es el de la abstención, más incluso que en otras convocatorias, irá en aumento la debilidad de la Cámara frente a la conferencia intergubernamental y los eurócratas. En la práctica, el Parlamento de Estrasburgo consumará esa condición no deseada de ser el reflejo de la movilización electoral de una minoría de ciudadanos europeos, mientras que cuantos se ausenten de las urnas repetirán una vez más que no saben cuál es la utilidad de la Cámara. De tal situación no deberá deducirse que el Parlamento Europeo es un mero recurso estético para poner a salvo la división de poderes, sino que el viento italiano sopla por doquier y el hastío gana terreno a la reflexión. Y una pregunta capital inquietará con fuerza renovada: ¿para qué sirve mi voto si todo sigue igual?

Puede que ese sea el mayor de todos los costes de la crisis: que la decepción por lo que sucede suma adeptos a la idea de que todos los políticos son iguales, uno de los lugares comunes más reaccionarios y alejados de la lógica. La extrema derecha recurre a esa idea a todas horas y, con harta frecuencia, lo hacen indirectamente las demás corrientes ideológicas cuando, en el fragor de la pugna partidista, recurren al consabido y tú más, último de los esperpentos. Porque al disculpar las propias miserias con las del adversario se difunde un gran equívoco: dar por supuesto que, efectivamente, gobierne quien gobierne, el relato político no cambiará. Una convicción que lleva a prever que nadie con poder real aludirá a cómo debieran ser las cosas y se mantendrá el pesimismo social que alienta detrás de una única consigna: las cosas son como son.

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