Terremoto republicano, efervescencia demócrata

El Tea Party se ha cruzado en el camino de la presentación de las memorias de Hillary Clinton, un acontecimiento con aires de estreno mundial de una superproducción de Hollywood y gran profusión de efectos especiales. Lo mismo ha sucedido con la efervescencia socialdemócrata –llamada populista, sin connotación negativa alguna– en el Partido Demócrata a dos años y medio del relevo en la Casa Blanca. Y aun el republicanismo clásico ha tenido que pasar por la misma experiencia cuando, no sin cierta precipitación, creía haber domeñado a la extrema derecha con algunos éxitos en las primarias correspondientes a las elecciones legislativas de noviembre que renovarán la Cámara de Representantes y un tercio del Senado de Estados Unidos. La victoria de Dave Brat, un economista ultraconservador perfectamente desconocido, sobre Eric Cantor, el presidente de la mayoría republicana en la Cámara de Representantes, en las primarias del 7º distrito del Estado de Virginia ha puesto patas arriba lo que el establishment de Washington y los aparatos de los dos grandes partidos entienden que es el fundamento del sistema parlamentario de Estados Unidos.

Para calibrar la fuerza del golpe propinado por el Tea Party al clásico esquema bipartidista basta apuntar un dato: nunca desde 1899 se había dado el caso de que un líder del Congreso fuese desbancado de la carrera electoral en unas primarias. El éxito de los ultraconservadores, vestidos con los ropajes de un grupo antisistema que aspira a cambiar las reglas del juego en el Congreso después de colonizar al Partido Republicano, no preocupa solo a quienes lo dirigen, sino a los estrategas demócratas. Alguno de ellos ha confesado a la web Politico.com que los republicanos precisarán que alguien les eche una mano para evitar la implosión, la fractura o la desnaturalización de su cultura política. La alarma demócrata es doble: en primer lugar, responde al temor de que de las elecciones de noviembre salga una Cámara de Representantes polarizada hasta el paroxismo; en segundo lugar, es tributaria del rumbo desquiciado que puede adquirir la campaña de las presidenciales del 2016 (Hillary Clinton es una de las grandes fijaciones de los muy, muy conservadores).

Hillary Clinton, unas memorias antes de aspirar a la Casa Blanca.

Hillary Clinton, unas memorias antes de aspirar a la Casa Blanca.

“¿Es posible que Eric Cantor no sea lo bastante conservador?”, se pregunta en su blog Sam Stein. La respuesta puede estar contenida en una columna de Adam Kirk Edgerton reproducida por la edición estadounidense de The Huffington Post: “[Los neoconservadores] creen, como dijo Ronald Reagan de forma ruinosa, que el Gobierno es el problema. La consecuencia de esta ideología insana es la elección del Tea Party, que no está interesado en absoluto en gobernar, sino en desmantelar el Gobierno”. Entiéndase bien, desmantelar no significa abolir, sino reducir el Gobierno a su más mínima expresión, limitar al máximo su capacidad de intervenir y dejar al individuo sometido a las obligaciones que él mismo se impone.

Esa aproximación a un individualismo sin concesiones no es de hoy ni de ayer, sino que se remonta a los primeros días de la independencia, a la desconfianza casi orgánica de sucesivas oleadas de inmigrantes europeos, víctimas en muchos casos de los resortes del poder de los estados europeos, que cruzaron el océano en busca de una tierra en la que la presión del Estado fuese lo menos perceptible posible. Luego, en la práctica, Estados Unidos se articuló como una formidable máquina de poder institucionalizado, y su consolidación como gran potencia descansó en la robustez del Estado, como han significado tantos autores, pero en el pensamiento conservador bajo influjo de iglesias evangélicas poco jerarquizadas y apegadas a la literalidad del mensaje bíblico, prevaleció el mito del individuo, dueño absoluto de su destino.

Dave Brat, la última estrella en la constelación 'neocon'.

Dave Brat, la última estrella en la constelación ‘neocon’.

Si al trasfondo ideológico del Tea Party se añade la inquina permanente que el mundo neoconservador siente por el presidente Barack Obama desde el día siguiente a su elección, por lo que representa, por el moderado reformismo social que practica –la reforma sanitaria es el mayor de los motivos de polémica–, por la iniciativa para rectificar los aspectos menos presentables de la leyes que pautan los movimientos migratorios, entonces se llega a la jornada del martes y a la derrota de Cantor. Un desenlace envenenado, inesperado y de difícil gestión para el aparato republicano, que creía tener en Cantor al sucesor natural de John Boehner para presidir la Cámara de Representantes, y quizá a un buen aspirante para enfrentarse a Hillary Clinton en noviembre del 2016, y ahora siente que un terremoto ha movido la tierra bajo sus pies y ha dejado en mantillas el partido del no, etiqueta-resumen a la que Ryan Grim recurre para definir el comportamiento del Partido Republicano durante la última legislatura. Una estación de llegada que, como ha explicado en The New York Times Peter T. King, diputado republicano por un distrito del estado de Nueva York, “moverá al partido más hacia la derecha, lo que nos hará más marginales como partido nacional”.

Lo que dice King en esencia es que todos los esfuerzos del republicanismo clásico para atender los requerimientos del Tea Party han sometido al partido a un conservadurismo muy alejado de su tradición política, y presentar credenciales propias de la extrema derecha es incompatible con la pretensión de dirigirse a toda la nación. Después de algunas victorias significativas de candidatos republicanos sobre aspirantes del Tea Party –los senadores John Cornyn (Texas) y Mitch McConnell (Kentucky)–, el triunfo de Brat ha puesto una nueva estrella en el firmamento neocon al lado de los senadores Ted Cruz (Texas) y Mike Lee (Utah), ha amortizado la recuperación momentánea del republicanismo de toda la vida y lo lleva por una senda que, con la vista puesta en la elección de presidente en el 2016 conduce al partido, según su parecer, a una derrota poco menos que segura. Figuras de la talla y la proyección del senador John McCain, excandidato a la presidencia, son de este parecer y el pesimismo se ha extendido como reguero de pólvora en el staff republicano.

Eric Cantor, la última víctima de la estrategia del Tea Party.

Eric Cantor, la última víctima de la estrategia del Tea Party.

Los analistas que trabajan para el GOP (Grand Old Party) opinan que es claramente insuficiente fundamentar una campaña contra Hillary Clinton basada en la salud, la edad y el paso de la posible candidata por el Departamento de Estado durante el primer mandato de Obama. La presidencia de este, con todas sus limitaciones y motivos para desencantar a muchos de sus seguidores, ha consolidado más que nunca el papel del Partido Demócrata como el de las minorías, incluso ha penetrado bastante en la opinión pública la idea de que el partido del no ha impedido llevar a la práctica algunas iniciativas presidenciales de gran alcance, y la acusación de socialista dirigida al presidente ha dejado de impresionar a una opinión pública curada de espantos. Los índices de popularidad de Obama en torno al 45% están por debajo de las expectativas manejadas por los estrategas demócratas después de la reelección, pero los asesores republicanos se encuentran en una situación más desalentadora: no saben cuál es el mejor camino para atraer a una parte de las clases medias urbanas sin las que la victoria no es posible.

Como cuenta Jay Newton-Small en el semanario Time, de orientación conservadora, la salida de Cantor crea un vacío de liderazgo republicano en el Congreso. Esa es la sensación dentro y fuera del partido, un estado de ánimo que difícilmente puede contrarrestarse con el recetario neocon de Brat, sus ataques a Cantor en tanto que “partidario sólido del gran Gobierno”; en tanto que presunto defensor de abrir la frontera a la inmigración y decretar una amnistía para los millones de residentes extranjeros en Estados Unidos que no han regularizado su situación. Ni siquiera el episodio del asalto al Consulado de Estados Unidos en Bengasi (Libia) el 11 de septiembre del 2012, que costó la vida al embajador Chris Stevens y a tres funcionarios, es suficiente para llevar a Clinton contra la cuerdas. Más bien parece una aventura arriesgada porque si, como apuntan algunos medios, la exsecretaria de Estado supera la prueba, aumentarán exponencialmente sus posibilidades de llegar a la Casa Blanca.

John McCain, el republicanismo clásico teme lo peor.

John McCain, el republicanismo clásico teme lo peor.

¿Puede el ala izquierda demócrata atenuar los temores republicanos en la medida en que imponga su toque populista a las primarias para elegir el candidato a la presidencia? Habida cuenta de la vinculación de la senadora Elizabeth Warren y de otros miembros destacados de esta facción al programa máximo expuesto en su día por Obama, es poco probable que el Partido Demócrata acoja una lucha fratricida. El recuerdo vivísimo del coste que tuvo para el partido la división interna en los días de la candidatura de George McGovern (1972) y de Walter Mondale (1984) se impone a otras consideraciones de índole personal, y aún pesa en el ánimo colectivo de los demócratas que un candidato con todos los atributos del ala progresista como Al Gore no llegó a la Casa Blanca a causa de los oscuros manejos que contaminaron el escrutinio de Florida en el año 2000 (elección de George W. Bush).

Un exasesor de los republicanos teme que, a corto plazo, el apoyo de la cadena Fox, de los periódicos de Rupert Murdoch y de los agitadores de la galaxia audivisual –Glenn Beck, Laura Ingraham y otros– sea insuficiente para llegar a noviembre con la posibilidad cierta de mejorar la mayoría que hoy tienen los republicanos en la Cámara de Representantes. Puesto que la casilla de salida es la mayoría presente, el estado mayor republicano parte del supuesto de que se podrá mantener, pero sostiene este exasesor que lo peor que les puede pasar a los candidatos republicanos es encarnar en la vida real la caricatura neocon que difunden muchos medios de comunicación añorantes del bipartidismo sin extravagancias del pasado.

El enfoque que Brat da a la política justifica estos temores. “Dios actuó en mi nombre a través de la gente”, declaró después de la victoria, y al recurrir a la intercesión divina para explicar las razones de su elección se acercó a aquella secuencia de una teleserie en la que dos amigos, acodados en la barra de un bar, siguen, entre cerveza y cerveza, un discurso televisado de Bush hijo. “¿Quién es ese tipo que dice cosas tan raras?”, pregunta uno de ellos. Y el otro se encoge de hombros y responde: “No sé. Yo no le he votado”.

Obama y compañía

Obama Biden

El presidente Barack Obama y el vicepresidente Joe Biden, acompañados de sus respectivas familias, celebran la victoria en Chicago la madrugada del miércoles.

La victoria obtenida el martes por el presidente Barack Obama ha consolidado el núcleo electoral constituido por un nuevo mapa de minorías, bastante diferente al que manejaron los sociólogos desde los días de Franklin D. Roosevelt hasta la derrota de Michael Dukakis en 1988. El perfil del electorado que llevó a Bill Clinton a la Casa Blanca y a punto estuvo de repetir el resultado con Al Gore en el 2000 fue un anticipo de las minorías transversales que hicieron posible la elección de Obama en el 2008 y su relección ahora. El Partido Demócrata de los sindicatos, el mundo de la cultura y la industria del espectáculo, la clase media urbana y una parte importante de la comunidad afroamericana se ha enriquecido con electorados con una composición interna más heterogénea, interclasista si se quiere; sigue siendo el partido de las minorías, pero de minorías con una mayor complejidad social. Al decir que la mayoría de mujeres, de jóvenes entre los 18 y 29 años, de hispanos, de homosexuales y de movimientos sociales independientes votaron por Obama, se afirma a un tiempo que el presidente ha logrado extender su base electoral más allá de los límites tradicionales. Así, el apoyo del AFL-CIO se ha diluido, pero ha aparecido el de los blue collars, una etiqueta más amplia; los demócratas mantienen la influencia en la clase media, pero esta ha decrecido 20 puntos –hace 40 años englobaba al 71% de la población y hoy incluye solo al 51%– y en su lugar aparecen las clases emergentes vinculadas a la nueva economía.

Esta cualidad inclusiva del Partido Demócrata se halla en las antípodas del perfil exhibido por el Partido Republicano durante la campaña, incluso después de limar las aristas más cortantes del conservadurismo a ultranza impuesto por el Tea Party a través de Paul Ryan, candidato a la vicepresidencia. Al mismo tiempo, la diversidad social y cultural convierte a los demócratas en un colectivo más expuesto a la crítica y a las contradicciones, como ha explicado Ross Douthat en su blog en The New York Times. Pero la misma comentarista admite que, por el momento, las virtudes inclusivas de la propuesta de Obama mantienen desorientados a los republicanos, que solo son un adversario cuando entienden cómo construyó Obama su mayoría, “por qué los votantes se unieron y por qué la mayoría conservadora de los tiempos de Reagan y Bush lo descifró”.

El éxito de Obama se resume en un dato rotundo: es el primer presidente demócrata desde Roosevelt que consigue ganar con más del 50% de los votos populares. En cambio, Mitt Romney no ha obtenido ni un solo voto electoral más de los 206 que le adjudicaron las encuestas más solventes hasta el día antes de la elección. A Romney le perjudicó tanto la imagen proyectada por el Partido Republicano, demasiado blanco, demasiado viejo y demasiado masculino, como ha recogido EL PERIÓDICO, como el lastre ultraconservador en el debate de la moral y los valores. Las proclamas antiabortistas, la brega contra el matrimonio entre personas del mismo sexo, todo cuanto hace referencia a la autonomía del individuo en el ámbito más íntimo, dañaron tanto la campaña de Romney como la incapacidad del equipo de campaña de comprender que la demografía de la nación ha sufrido un cambio profundo e irreversible. Creyeron los republicanos que con los argumentos de ayer se puede vencer hoy, según interpreta Douthat: “[Romney] fue finalmente derrotado menos por sus propias limitaciones como líder y más por el hecho de que su partido no quiso reinventarse, prefirió creer que la retórica y las posiciones de 1980 y 1984 –triunfos de Ronald Reagan– podían ganar de nuevo en la América del 2012”.

Al hilo de argumentos similares, el analista Joel Benenson llega a la conclusión de que el triunfo de Obama no fue el propiciado por el cambio experimentado en la demografía estadounidense, sino más bien por una nueva moral colectiva combinada con el empeño de rescatar a la clase media de la postración: “Ganó porque articuló un conjunto de valores que definen una América en la que la mayoría de nosotros desea vivir”. La coalición de Obama, llamada así por la antes citada Ross Douthat, habría empezado a configurarse en 1972, cuando George McGovern fue el candidato demócrata a la presidencia, derrotado con estrépito por Richard Nixon, pero en aquel tiempo aún alentaba en el seno de la sociedad estadounidense la inercia política wasp (white, anglosexon and protestant) por encima de cualquier otra. Hoy la textura  social dominante es muy diferente.

Romney Ryan

Cartel electoral de Mitt Romney y Paul Ryan.

Los republicanos no percibieron el cambio o se vieron arrastrados por la escala de valores inspirada por la herencia wasp, que el Tea Party administra. No se percataron de que muchos votantes estaban dispuestos a contestar con un a la más elemental y repetida de todas las preguntas: ¿estoy hoy mejor que hace cuatro años? Incluso en una publicación tan declaradamente conservadora como el semanario Time, E. J. Dionne Jr. ha reconocido que el presidente ha dado la vuelta a las tendencias heredadas: “Se han creado 4,5 millones de empleos desde enero del 2010, la bolsa ha doblado su valor desde su índice más bajo y el mercado de la vivienda se ha estabilizado. Mitt Romney pudo prometer 12 millones más de empleos en los próximos cuatro años porque las políticas de Obama han marcado el camino para producirlos gracias a un renacimiento de la industria, un aumento de las exportaciones y una nueva oleada de investigación e innovación”.

En términos parecidos analiza Thomas L. Friedman el error cometido por los republicanos al considerar que el reformismo económico de Obama era el flanco más débil del presidente: “Un país con cerca del 8% de paro prefirió dar al presidente una segunda oportunidad antes que a Mitt Romney la primera. El Partido Republicano necesita hoy sincerarse consigo mismo”. Cabe añadir que solo Roosevelt, durante la gran depresión logró la relección con una tasa de paro superior al 7%. Y también fue Roosevelt el primer gran convencido de que sin la implicación del Estado no había salida a la crisis, un convencimiento idéntico al que ahora exhibe Obama frente al propósito republicano de recortar el Estado para dejar más recursos en manos privadas. El objetivo de Romney es lograr la reactivación económica enseguida, aunque el precio sea una inquietante fractura social; el de Obama es fundamentar el crecimiento en una vuelta a la cohesión social. Obama es un pragmático ilustrado sin antecedentes en el mundo financiero; Romney, un financiero conservador urgido por la cuenta de resultados y por los ideólogos del Tea Party.

Leo Strauss

El filósofo conservador Leo Strauss (Kirchain, Alemania, 1899-Annapolis, EEUU, 1973), intérprete del pensamiento político de Platón y Aristóteles.

Las élites republicanas, instruidas en el conservadurismo compasivo, reconocen en privado que la alianza con el Tea Party ha resultado desastrosa. Alexander Burns y Jonathan Martin explican en la web politico.com que han recogido en los pasillos republicanos la opinión de algunos veteranos del partido que ven cómo parte de la base “está envuelta en un universo mental paralelo, con Fox News como su única fuente de información  de confianza y la memoria del deslizamiento conservador del 2010 como su marco básico para entender la política”. Este distanciamiento de la realidad circundante tiene que ver con la dualidad social estadounidense, configurada por el papel que desempeñan el Gobierno y los programas federales y por el peso del poder local en los estados poco poblados, tan alejados de Washington como de los grandes debates acerca de la sociedad del futuro.

Menos comedido que los periodistas de politico.com, John Nichols afirma en la revista progresista The Nation que el reclutamiento de Paul Ryan para acompañar a Mitt Romney ha dado un “resultado miserable”. Decir Ryan es decir Tea Party, y ahí radica una de las grandes incógnitas: descifrar hasta qué punto la extrema derecha perjudicó las aspiraciones republicanas en igual o mayor medida que la capacidad del presidente para agavillar una mayoría social. Thomas L. Friedman pronostica que si el centro derecha no se desembaraza de la extrema derecha, el Partido Republicano “esta condenado a ser un partido minoritario durante mucho tiempo”. Dicho de otra forma por Jennifer Rubin en su blog en el liberal The Washington Post, que pidió sin tapujos el voto para Obama: “Si el partido va totalmente a la derecha, con una selección de candidatos aún menos atractivos para las mujeres, las minorías y una sociedad cada vez más secularizada, es difícil ver cómo mejorará su situación”. En el mismo periódico, Stephen Stromberg concluye que de persistir en la promoción de personalidades como Paul Ryan, el Grand Old Party (GOP) no hará otra cosa que “dar permiso a los derechistas para ser más firmes y más imprudentes en su oposición a Obama”.

Irving Kristol

Portada de la revista ‘Esquire’ de febrero de 1979 dedicada al politólogo conservador Irving Kristol. “Este intelectual desconocido es el padrino de la más poderosa nueva fuerza política en América: el neoconservadurismo”, dice el titular.

El analista Jonathan Haidt, extremadamente crítico con el funcionamiento de la maquinaria de los partidos, saca a relucir la incapacidad de muchos dirigentes de anteponer el interés nacional al del partido, de favorecer un auténtico debate de ideas. “Esto es muy malo –comenta Haidt– porque amplifica otros problemas como la crisis de la deuda, la falta de una política de inmigración racional y el envejecimiento de nuestras infraestructuras”. Pero alimenta también la desconfianza hacia el sistema, condenados los electores a soportar el espectáculo de la pelea del poder por el poder. Un mecanismo de distanciamiento de la política que, después de la derrota, intentan frenar los republicanos con la oferta de diálogo lanzada el jueves por John Boehner, su líder en la Cámara de Representantes, alguien que, por lo demás, se distinguió en la anterior legislatura por su cerrazón.

Los editores de la revista National Review, difusora de la causa republicana, ven en la derrota el inicio de un largo periodo de estancamiento electoral si los conservadores no van más allá del análisis demográfico de los resultados. “Hasta que los conservadores no diseñen una agenda nacional y la forma de venderla, que vincule los principios de un Gobierno pequeño con resultados atractivos, estarán en grandes dificultades para mejorar su situación con las mujeres, los latinos, los blancos o los jóvenes –escriben los editores–. Y los conservadores serán muy imprudentes si cuentan con la mera disponibilidad de jóvenes militantes conservadores carismáticos para maquilar este problema”. Diríase que la publicación propone un compromiso ideológico más detallado, pero esta primera impresión se desvanece cuando asoma el pragmatismo a ultranza: mantener a Todd Akin, el del aborto legítimo, en la carrera por un escaño en el Senado es presentado como un error y la insistencia en introducir una enmienda en la Constitución que impida los matrimonios homosexuales, como una empresa quijotesca.

Los depositarios de la herencia intelectual de Leo Straus, Irving Kristol y el resto de precursores del neoconservadurismo abundan en la necesidad de oponer una resistencia sin tregua al reformismo de Obama. “El presidente ha retratado a Romney como el extremista. La lección debe ser clara: cuando los republicanos no luchan, simplemente permiten a los liberales demócratas que parezcan centristas”, afirma Jeffrey H. Anderson en The Weekly Standard, el semanario fundado por William Kristol a la medida del pensamiento neocon. Y ahí reside una de las grandes divergencias entre los republicanos clásicos y sus compañeros de viaje: los primeros reniegan de la lucha sin cuartel y abogan por el compromiso bipartidista; los segundos ponen por delante la derrota del adversario aunque la nación corra el riesgo de precipitarse por el abismo fiscal (fiscal cliff), algo que puede suceder las próximas semanas si en el Congreso no se concreta un pacto que lo evite.

Romney no es el arquetipo del conservador clásico, pero tampoco es alguien que tiene como única referencia las enseñanzas de la escuela dominical. De forma que debió resultarle especialmente doloroso leer el comentario tajante de Richard Cohen en The Washington Post al día siguiente de la derrota: “Mitt Romney podía haber ganado. Tenía el oponente adecuado, pero el partido político equivocado”. Las cifras solo confirman en parte esta afirmación: en el 2008, el senador John McCaine quedó a 10 millones de votos del senador Barack Obama; el martes, tres millones de votos separaron a Obama y Romney. Quienes ven la botella medio llena pueden afirmar sin equivocarse que el giro ideológico republicano ha consolidado un núcleo de electores con futuro; quienes la ven medio vacía piensan que las filas de Obama han resistido cuatro años de desgaste, las deserciones han sido escasas y, tan importante como eso, los más de 8,5 millones de votos perdidos por el presidente han engordado la abstención antes que las expectativas republicanas. Pueden ser muchos los defraudados por Obama, pero son muchas más las víctimas de la crisis a las que asusta la perspectiva de que los republicanos se hagan cargo de la situación inspirados por el Tea Party. Obama y compañía cotizan al alza incluso cuando pierden votos. ¿Es cierto que lo mejor está por venir?