El 11-S, una línea de fractura histórica

Transcurridos veinte años desde los atentados del 11 de septiembre de 2001, los hechos ratifican que fue aquel momento trágico en Nueva York y Washington una línea de fractura histórica y política en los albores del nuevo siglo. No porque la temperatura de las disfunciones en el seno de la comunidad internacional no hubiese enviado señales elocuentes antes de los atentados, sino porque estas se tradujeron en una sacudida inabarcable en el corazón de la supuesta hiperpotencia –la etiqueta se la colgó Hubert Védrine–, consagrada por el desmembramiento de la URSS solo diez años antes. Todo cambió después de los ataques contra las Torres Gemelas y el Pentágono porque la sensación de vulnerabilidad que invadió a los ciudadanos de Estados Unidos se propagó en todas direcciones y los gobiernos se sintieron legitimados para adoptar con pequeños matices formales las doctrinas de seguridad impulsadas por la Casa Blanca.

En un artículo incluido en una recopilación de opiniones publicada por el Council on Foreign Relations a las pocas semanas de los atentados, el analista Michael Mandelbaum escribió: “Pocas de las grandes enfermedades letales de la historia se han erradicado por completo, pero muchas se han puesto bajo control y solo se cobran unas pocas víctimas cada año. Eso es lo que ocurrirá si la guerra contra el terrorismo triunfa. Y no se abandonarán las medidas puestas en práctica para impedir el terrorismo. Igual que no se suspenden las vacunaciones y otras medidas sanitarias incluso después de que una enfermedad mortal haya sido controlada”, El doble vaticinio de Mandelbaum se ha cumplido en todos sus extremos: los zarpazos terroristas se asemejan a los brotes repentinos típicos de un mal endémico –algunos pronósticos sobre el desenlace de la pandemia van por ahí– y nada de cuanto modificó el 11-S en la relación entre gobernantes y gobernados ha caducado, incluso ha aumentado con los sistemas de control que incorporan las nuevas tecnologías.

En estos últimos veinte años, la evolución del léxico ha contribuido a asentar estas nuevas formas limitativas de la autonomía individual y de la privacidad, acaso de las reglas propias de sistemas democráticos. La reiteración de golpes de mano del terrorismo global de inspiración islamista ha llevado a los gobiernos a utilizar en diferentes momentos la palabra guerra para referirse a la lucha antiterrorista, y tal fractura semántica ha hecho posible normalizar una especie de excepcionalidad permanente: si la guerra da pie a un estado moral excepcional, toda excepción en nombre de la seguridad –real o presunta– también lo está. Al mismo tiempo, las referencias a la guerra provocan una forma de inseguridad sobrevenida que hace menos traumática la aceptación de diferentes medidas restrictivas como un inevitable mal menor.

El caso es que tal aceptación no ha evitado que empeore en términos generales la confianza en los gobiernos. En Estados Unidos, el índice se mantiene en torno al 30% desde 2007 –otra cosa es la confianza en el presidente de turno–, y hay un desapego siempre en aumento por cuanto dicen y hacen los políticos. “Haríamos bien en reflexionar este sábado no solo sobre las vidas perdidas ese brillante día de finales de verano hace 20 años, sino también sobre los excesos, errores y flagrante falta de franqueza que siguieron. Sin una seria introspección por parte de los políticos, los encargados de la política exterior y la prensa, nos resultará difícil recuperar la confianza en nuestra democracia necesaria para el autogobierno”, escribe Jennifer Rubin en The Washington Post. La reflexión es aplicable a otras muchas sociedades, sometidas a un falseamiento permanente de la realidad.

Si alguna vez tuvo sentido la opinión de Michael Scott Doran según la cual Estados Unidos se vio enzarzado “en la guerra civil de otras personas” –el desafío yihadista en el seno de la comunidad musulmana–, hoy apenas se sostiene. Es más adecuado fijarse en los resortes emocionales activados por el islamismo radical para modificar sin pausa el paisaje social y ganar en el seno del islam adeptos a su causa o, al menos, dispuestos a justificar el recurso a la acción directa. “Los excesos, errores y flagrante falta de franqueza” que cita Rubin han hecho posible que junto a la contención de Al Qaeda y la derrota del Estado Islámico en Siria e Irak haya arraigado en sectores no precisamente pequeños de la umma –comunidad de los creyentes– un anhelo permanente de reparación. No solo frente a Occidente, sino también frente a gobiernos musulmanes venales que los islamistas tildan de apóstatas.

Dos décadas después del 11-S, alarmada Europa por los atentados en Madrid, Londres, París, Berlín, Bruselas, Barcelona y tantos otros lugares; fracasadas las primaveras árabes, donde se enterraron muchas esperanzas; regresados los talibanes al poder del que fueron desplazados hace también 20 años; sometido Oriente Próximo a los designios concertados de Israel y la Liga Árabe; convertido Irak en un enfermo crónico, todo induce a pensar que la inestabilidad es la enfermedad endémica de nuestro tiempo. El principio de incertidumbre, desarrollado por la mecánica cuántica, desbarata las previsiones de los gobernantes y de las organizaciones internacionales. Daniel Kurtzer, exembajador de Estados Unidos en Israel, sostiene que su país “está dividido más profunda y abiertamente en cuanto a su identidad fundamental, es decir, en cuanto a quiénes somos y a qué aspiramos”; en Francia, el politólogo Julien Fragnon asegura en Le Monde que la unión nacional es cada vez más precaria. Algo sumamente perturbador e inquietante ha contaminado las sociedades democráticas en los veinte años que van del 11-S a hoy; el mundo occidental ve con desconfianza, cuando no con temor, cuanto viene del orbe musulmán.

El 11-S sigue siendo un legado desasosegante para cuantos se sintieron golpeados, afectados o concernidos por la tragedia, dentro y fuera de Estados Unidos. Alain Gresh aventura que en los últimos veinte años Occidente  “perdió la batalla de la legitimidad y del derecho”, y añade: “La guerra contra el terrorismo ha sido la ilusión final de un Occidente que no admite el nuevo estado del mundo y quiere torcer el curso de la historia. Se trata de una tarea quimérica, por supuesto, pero intentar llevarla a cabo solo agrava el desorden mundial, alimenta el choque de civilizaciones y desestabiliza a muchas sociedades, incluso las occidentales, al dividirlas en función de criterios religiosos”. ¿Un diagnóstico radical? Diríase que la confusión es extrema porque desde el 11-S todo es más endiabladamente confuso e insondable, también en el orbe musulmán.

Siria no sabe de treguas

Las prisas que se dio en hablar de Siria el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, en cuanto se confirmó su reelección el domingo último rescató del olvido la guerra que no cesa con millones de refugiados y desplazados, unos 400.000 muertos y un país en ruinas, sin futuro y que no sabe de treguas. “Esta especie de guerra mundial a pequeña escala” (Mikel Ayestaran, Las cenizas del califato) no es un conflicto amortizado o en vías de extinción porque, entre muchos otros problemas, todos los implicados en él son al mismo tiempo parte del problema y parte de la solución. Una situación perversa que excluye la posibilidad de una mediación más o menos neutral y, al mismo tiempo, asegura el pasteleo permanente de la matanza, sometida a los intereses de actores políticos irreconciliables.

Así sucede que al mismo tiempo que Turquía ve en la guerra siria la ocasión ideal para neutralizar a las facciones kurdas adscritas a la acción directa, Irán entiende la situación como el gran momento para afianzar su posición a las puertas de Israel, Hizbulá se consolida como la fuerza determinante e ineludible del tablero libanés, Rusia dispone de una plataforma inmejorable para recuperar la influencia perdida en Oriente Próximo al esfumarse la Unión Soviética y los dos grandes adversarios de la península Arábiga, la teocracia saudí y el emirato de Catar, dirimen sus diferencias en casa ajena, aunque aparentemente prestan su apoyo a las mismas organizaciones de la oposición a Bashar al Asad. Un análisis publicado en Foreign Affairs ve en todo ello la ocasión para que Estados Unidos compruebe sobre el terreno el alcance de las ambiciones iranís en Siria, de la misma manera que un comentarista de la televisión rusa RT afirma que el Kremlin será finalmente el árbitro en medio del galimatías.

Ambas opiniones son en parte verosímiles y en parte una simplificación de la realidad. La ofensiva del Ejército sirio contra la ciudad de Deraa –unas 200.000 personas están en riesgo de verse expulsadas de sus casas por la batalla–, la última gran operación emprendida por los generales de Asad, no hace más que subrayar la victoria de una de las partes sin esperanza para las restantes, sean estas las que sean. Desde la desaparición de facto del califato, los avances del régimen sirio son un cruento paseo militar que otorga al presidente todos los triunfos para imponer sus condiciones –las de sus aliados para mayor precisión– el día siguiente al final de la guerra, una fecha probablemente lejana.

La profesora rusa Nina Khrushcheva se escandaliza por la pérdida de liderazgo ético de Occidente a propósito de la crisis de los refugiados en Europa y Estados Unidos, pero cabe también escandalizarse cuando la materia objeto de análisis es la crisis siria: por la crueldad de lo sucedido, por la tragedia vivida durante tres años por quienes fueron sometidos a toda clase de sevicias por el Estado Islámico, por el aprovechamiento de la guerra como desagüe de conflictos preexistentes, por la incapacidad para contener a Asad cuando se reveló como el más sañudo perseguidor de la oposición, por tantas razones que son consustanciales a la prolongación de la carnicería. ¿Cuándo quebró el compromiso con la ética? ¿Quizá cuando el presidente Barack Obama dejó al régimen sirio cruzar las líneas rojas que él mismo había marcado? ¿Puede que cuando el análisis europeo de la situación llegó a la conclusión de que el reconocimiento de la oposición en armas la fortalecería y le otorgaría la victoria? ¿Acaso cuando nadie quiso aceptar que Rusia y China no consentirían quedar al margen del desenlace de la guerra, como sucedió en Libia en 2011?

La decisión de la Administración de Donald Trump de no prestar ayuda a los combatientes de la oposición en Deraa constituye un apoyo implícito a la estrategia de acoso de los presidente Asad y Putin, un aliado-adversario-amigo de la Casa Blanca en proporciones variables según el momento y el lugar. La comprensión de Estados Unidos con el comportamiento de Turquía frente a la oposición kurda al régimen sirio anda por parecido camino. Y así no solo evita choques de trenes de difícil gestión, sino que abandona a su suerte a una población exhausta. Todo encubierto con el léxico del equilibrio regional y la necesidad de no llevar la lógica de la guerra más allá de los límites de Siria, aunque en la práctica hace tiempo que la militancia a favor y en contra de Asad ha desbordado las fronteras.

En la práctica, la degradación de Siria como Estado y su dependencia absoluta de la tutela de terceros para subsistir lo convierte en una entidad fallida, como lo son Libia, Irak, Yemen y Somalia, socios de la Liga Árabe. Es decir, hace de Siria un Estado fácilmente manipulable, como ha explicado Rami Khouri, profesor de la Universidad Americana de Beirut. Frente a la apariencia de que la capacidad de resistir de Asad, ayudado por sus aliados, ha reforzado el régimen, lo cierto es que este es esclavo de las exigencias de quienes lo sostienen y todas las iniciativas que pone en marcha responden a intereses de terceros, sean estos los de Rusia, Irán, Hizbulá, China o una suma de todos ellos, a menudo contradictorios.

Hace cinco años, Alain Gresh, periodista de Le Monde Diplomatique, escribió en el libro Siria, las complejidades de una guerra por encargo: “Irak, Jordania y Líbano se encuentran atrapados en el conflicto. Combatientes iraquís y libaneses, sunitas y chiitas, se enfrentan en Siria. Las rutas de la internacional insurgente por las que, de Afganistán al Sahel, circulan combatientes, armas e ideas, están saturadas. Mientras los protagonistas externos sigan viendo el conflicto como un juego de suma cero, el calvario sirio continuará. Con el riesgo de arrastrar a toda la región en la tormenta”. Su diagnóstico se ha cumplido con dramática precisión sin que, por lo demás, resulten convincentes los portavoces oficiales que claman por el fin de una guerra que, para muchos, sigue siendo útil.

Paroxismo yihadista

Las matanzas del viernes sitúan el conflicto entre los yihadistas y el resto del mundo allí donde estos desean. Las muertes en Susa (Túnez), en Kuwait y en el centro de Francia, a pocos kilómetros del aeropuerto de Lyon, sirven al Estado Islámico para mandar un mensaje inequívoco a la comunidad internacional en cuanto a su determinación de colonizar las voluntades en el mundo musulmán, apartarlo de Occidente y dejar sin efecto las estrategias puestas en marcha en varios países europeos, especialmente en Francia, para buscar una gestión intermedia del problema (no solo en el campo de la seguridad). Los turistas muertos en una playa tunecina, los fieles que rezaban en una mezquita chií en Kuwait y el hombre decapitado por uno de sus empleados en Saint-Quentin-Fallavier son víctimas inocentes de una estrategia política obscena, no de una improvisación u oportunismo en pleno Ramadán.

El golpe de Túnez debilita la complejísima transición del país desde la autocracia de Zine el Abidine ben Alí a la democracia. Túnez es la antítesis del proyecto político fundamentalista: se trata de un país musulmán con una larga tradición laica que aprobó en el 2014 una Constitución aconfesional en la que se consagra la autonomía del individuo como sujeto político sin distinción de sexo, creencia o cualquier particularidad referida a su vida privada. Túnez es, además, por el peso determinante del turismo en su economía, un país que precisa una sociedad abierta, donde la tradición no bloquee el futuro. El asalto en marzo del museo del Bardo (17 muertos) dejó en una situación de precariedad extrema el proyecto tunecino al poner en marcha un eficaz mecanismo para ahuyentar al turismo; los muertos del viernes en la playa de Susa quizá sean la lanzada definitiva en el costado de un pequeño país en el que el islamismo político supo retirarse a tiempo del poder para dejar que otros lo sacaran del atolladero.

La elección del objetivo en Kuwait tampoco es fruto del azar, pues el Estado Islámico, de acuerdo con la tradición wahabí, considera herética la rama chií del islam y, por lo tanto, el ataque contra una mezquita en pleno Ramadán carece de otra significación diferente a la guerra emprendida por el fundamentalismo suní contra cuanto se aparta de la ortodoxia. En la mentalidad sectaria y de ocupación del espacio político que distingue al Estado Islámico, que el ataque coincida o no con el Ramadán es irrelevante: lo que realmente cuenta es dañar a los adversarios mediante una lucha cuya legitimación es consecuencia del combate contra cuantos no se atienen al islam verdadero, aquel que constituye la herramienta ideológica de la prédica yihadista.

Así concebido el camino a seguir para imponer el califato, la matanza de turistas y el debilitamiento consiguiente del proyecto político tunecino es tan legítima como la de musulmanes kuwaitíes chiíes durante la plegaria del viernes: en ambos casos, se trata de acciones encaminadas a combatir la apostasía en tierra del islam. Puede parecer una simplificación, pero no lo es toda vez que la fundamentación ideológica de los yihadistas –no solo del Estado Islámico– es entender como apostasía todo aquello que, en el seno del islam, se aparta de su concepción del mensaje del profeta. De ahí que ningún musulmán que no comparta el ideario de los combatientes pueda sentirse a salvo de la persecución vesánica emprendida por los seguidores califa IbrahimAbú Bakr el Bagdadi hasta junio de 2014–, así se trate de observantes piadosos de los preceptos coránicos, de líderes religiosos consagrados o de pacíficos laicos que promueven la neutralidad del Estado en materia religiosa.

En Francia se da una complejidad añadida: el encaje en una sociedad secularizada de comunidades de tradición musulmana. Si los atentados del 7, 8 y 9 de enero contra la redacción del semanario satírico Charlie Hebdo, una policía de carretera y un supermercado kosher elevaron al máximo la preocupación europea ante el desafío yihadista, el golpe en el centro del país contra una instalación industrial pone de manifiesto en grado sumo la vulnerabilidad de cualquier ciudadano, en cualquier lugar y en cualquier momento. Pero también la capacidad de adaptación al medio de los terroristas –Yassine Salhi, el presunto atacante de la factoría Air Products, había sido fichado como salafista–, listos para transformarse en agentes del caos cuando la ocasión se presenta y vecinos sin ninguna relevancia hasta que llega el momento de actuar.

Nada de todo ello escapa al escrutinio de los especialistas de primera línea con que cuenta Francia. Con solvencia y tino variables, pero siempre consistentes, Alain Gresh, Olivier Roy, Jean-Pierre Filiu y Gilles Kepel, entre otros, han buscado una explicación a cuanto, al final, se ha convertido en un problema de seguridad colectiva para musulmanes y no musulmanes en Francia, en particular, y Europa, en general. Han buscado también las raíces del desafío yihadista al otro lado del Mediterráneo y han coincidido con matices en la idea de que la crisis no puede abordarse solo en términos de seguridad, con planteamientos militares o de guerra abierta –nosotros y ellos o nosotros contra ellos–, pero el acercamiento al problema de los estados, Francia incluida, es sobre todo o en exclusiva militar y policial, con el ingrediente añadido de que la implicación francesa en Níger, en Mali y en la coalición internacional que combate desde el aire al Estado Islámico en Oriente Próximo agrava los riesgos.

Cree Jean-Pierre Filiu que ninguna mejora es posible sin una intervención decidida y definitiva en Siria e Irak (Yihadistán), núcleo desde el que se expande el combate fundamentalista. Pero tal planteamiento, que no es incompatible con la terapia social apuntada por el primer ministro de Francia, Manuel Valls, después de los atentados de enero, podría no ser más que una opción equivocada o contraproducente si se corresponde con la realidad la opinión expresada por Mohamed Ali Adraoui en el último número de la revista Afkar/Ideas: “El islam radical y violento, ya convertido en oferta identitaria globalizada, se dirige tanto a los fieles deseosos de reaccionar frente a las humillaciones que creen sufrir, humillaciones que supuestamente rebasan la utopía de una sociedad justa y fuerte que proteja a la umma [comunidad de creyentes], como a los grupos que suelen constituir la base social de los movimientos de extrema izquierda”.

Más allá de las diferentes aproximaciones al fenómeno, domina en la opinión pública europea, musulmana o no, y en la de los países de tradición islámica una mezcla de temor y desorientación. En esa atmósfera de confusión extrema encuentran el campo abonado los promotores de soluciones radicales –la extrema derecha europea, en particular– y de llamamientos para recuperar las señas de identidad propias por oposición o contra las venidas de fuera: las occidentales, instaladas en el orbe musulmán, y las musulmanas, afincadas en Europa. Al mismo tiempo, los gobiernos carecen de mensajes convincentes que neutralicen la sensación de triunfo que transmiten los profetas del apocalipsis occidental, los ideólogos del martirio con un cinturón de explosivos y los predicadores de la vuelta a los orígenes del islam. Y quizá carecen de poder de convicción porque acaso sea imposible tenerlo cuando los peores presagios se cumplen a tal velocidad, un día sí y otro también, que no es posible sistematizar el conflicto entre el yihadismo y el resto del mundo –Occidente al menos– salvo para llegar a la fácil conclusión de que empeora sin cesar.