El PP opta por la ‘omertà’

“Sin partidos políticos, el funcionamiento de la representación policía, es decir, de la base misma de las instituciones liberales, es imposible”.

(‘Instituciones políticas y derecho constitucional’, Maurice Duverger, 1970)

Los partidos pillados en falta que se obstinan en guardar silencio y confían en que el tiempo todo lo curará suelen acabar pagando lo que en buena ley les toca más cuarto y mitad. Salvo enjuagues inconfesables con el poder judicial, esa es una regla no escrita de la democracia, pero que se repite con machacona insistencia en los regímenes de opinión pública desde tiempo inmemorial. Por idéntica razón, la reacción del PP de aislar a Mariano Rajoy y blindarlo para que no tenga que dar explicaciones en el Parlamento es un error táctico de manual porque concede a Luis Bárcenas el privilegio de fijar los ritmos. Aunque María Dolores de Cospedal sostenga en público que “las mentiras no se documentan”, los documentos originales publicados por el diario El Mundo y a disposición del juez Pablo Ruz son lo más parecido a armas de destrucción masiva (el Financial Times ha aludido a una bomba atómica).

Es sorprendente que alguien como Rajoy, tan propenso a invocar el sentido común, no haya llegado a la conclusión de que es de sentido común dar explicaciones cuando, lisa y llanamente, el extesorero del partido afirma con papeles que pagó sobresueldos a él y a otros. Que algunos tertulianos en el Canal 24 h de TVE defiendan la posición del presidente del Gobierno, so pretexto de que en febrero se explicó y no hay novedades, solo demuestra que con esos amigos no hacen falta enemigos, porque cambios sí los ha habido: se ha pasado de las fotocopias publicadas por El País a los originales; se ha pasado de no disponer de la contabilidad del PP de 1990 a 1994 a estar colgada en la red, Anonymous mediante; se ha pasado del todo es mentira “salvo algunas cosas” a billetes de curso legal en cajas de puros, gestionadas por Bárcenas y dirigidas a significados dirigentes del PP.

El parecer de Jesús Maraña en infolibre.es está más apegado a la realidad del momento que los partidarios de la omertà (ley del silencio siciliana): “Por muy convencido que esté Rajoy de que el silencio lo cura todo, un presidente del Gobierno no puede mirar al infinito cuando las acusaciones de su extesorero le señalan (al menos) como conocedor y por tanto encubridor de actuaciones que han ido ligadas a la posible comisión de delitos muy graves”. Así de simple, sencillo y sensato. A no ser que vivamos en una democracia de ínfima calidad, en cuyo caso Maraña da doblemente en el clavo con ese otro juicio igualmente simple, sencillo y sensato: “Cuesta imaginar que en cualquier democracia decente no hubieran ocurrido ya un montón de cosas que aquí aún se esperan con notable escepticismo.

Ante las sombras de sospecha cada vez mayores de que desde Rosendo Naseiro hasta nuestros días el PP se ha financiado de forma irregular a través de donaciones opacas, ante la más que verosímil proliferación de sobres para redondear el sueldo de altos cargos, ante el chantaje amenazante que se ejerce desde una celda de la cárcel de Soto del Real sobre el gran partido de la derecha española, la ley del silencio es la peor de todas las alternativas. El silencio no hace más que alimentar las dudas acerca de la libertad de movimientos del presidente del Gobierno y sus colaboradores más próximos, pendientes de que alguien como Garganta Profunda en el caso Watergate diga a otro alguien que siga el rastro del dinero para dejar al descubierto el gran guiñol. Si a causa de unas fiestas celebradas en un ambiente orgiástico se acusó a Silvio Berlusconi de arriesgar la seguridad del Estado, ¿qué decir cuando la atmósfera se enrarece con el intercambio de favores y dinero?

Ni siquiera la debilidad de la oposición, con su propia porquería en la trastienda –eres, palaues, iteuves y otras lindezas–, permite dar con un solo gramo de lógica democrática en esa opción por el silencio. El sistema de partidos surgido de la transición está en riesgo, no solo por lo que vaticinan las encuestas. El riesgo obedece a que el más importante de todos ellos, porque es el que sustenta al Gobierno, calla o confunde, mientras a cada poco surge un portavoz ad hoc que recuerda que los presuntos delitos han prescrito –una cosa es que hayan prescrito y otra, que no se hayan cometido–, y aquí paz y después gloria. El riesgo, en fin, es que el bipartidismo imperfecto salte por los aires porque deje de ser una herramienta útil para garantizar la normalidad institucional en un país sometido a las servidumbres y debilidades de una crisis económica atroz y varios litigios territoriales –de estructura del Estado– cada día más retorcidamente complejos.

Hay precedentes sobrados de procesos político-judiciales que, como una riada, se llevaron por delante cuanto encontraron a su paso. El caso Manos Limpias en Italia es el más conocido y cercano, pero la quiebra del bipartidismo venezolano, con todas las diferencias que se quieran subrayar, no es mala fuente de inspiración para sopesar hasta qué punto la incuria de los estados mayores de los partidos puede poner toda la arquitectura institucional de un Estado en el disparadero de una crisis ingobernables. En Italia y en Venezuela, como ahora aquí, los partidos se entregaron a un intercambio estéril de invectivas mientras se pudría la situación; cada formación creyó estar en disposición de ejercer el monopolio de la ética, pero la soberbia de los moralistas no pudo detener la rotundidad de los hechos, la deserción de los votantes hacia otras siglas y el escepticismo generalizado.

Cuando una periodista tan identificada con la derecha-derecha se expresa en los términos que lo hizo el jueves Isabel San Sebastián en las páginas de Abc, es que la gravedad de la situación no está muy lejos de lo dicho hasta ahora. “Cualquier extorsionador es, por definición, un ser de naturaleza infame, lo cual no invalida necesariamente la veracidad de sus afirmaciones –ha escrito San Sebastián–. La gente así no muta de la noche a la mañana y el extesorero de la calle Génova trabajó para el partido durante más de dos décadas. ¿Nadie se dio cuenta del tipo de persona que les llevaba las cuentas o le asignaron esa función precisamente por su carencia de escrúpulos? ¿Les ha pillado por sorpresa esta actuación del antiguo senador cántabro o ya apuntaba maneras y por eso prescindió Cospedal de sus servicios (aunque siguiera pagándole un generoso estipendio) cuando se hizo cargo de la secretaría general? Estaría muy bien que ella lo explicara con el detalle que merece la dignidad de los once millones de votantes que hace apenas año y medio depositaron su confianza en las siglas que representa”.

Lo peor no es que “el ridículo que estamos haciendo en Europa no tiene precedentes”, como afirma en elplural.com el abogado Fernando Silva, porque sí hay precedentes, lo peor es que la simulación y el pago diferido a Bárcenas, de los que en su momento dio cuenta De Cospedal durante una comparecencia balbuciente y confusa, parecen ahora pecata minuta al lado del festival de cuentas en Suiza, pagos encubiertos, contabilidades B y el link entre los famosos papeles del extesorero y la no menos famosa trama Gürtel. Aunque el PP es muy reacio a ejercitarse en la memoria histórica, debería por una vez practicarla y ponerse al día, explorar en las hemerotecas y dar con los desmentidos proporcionados por el entorno del presidente Richard Nixon: el montaje se vino abajo en dos años y Nixon dejó la Casa Blanca sumido en el deshonor.

El tiempo que ha ganado el PP en la diputación permanente del Congreso para que Rajoy no tenga que subir a la tribuna de la Cámara durante los dos próximos meses está lejos de ser un triunfo de la estrategia parlamentaria. Antes bien, se antoja una muestra de debilidad que da sentido a la ausencia de la oposición de la comisión que debe dar forma a la ley de transparencia. ¿Cómo se puede hablar de transparencia, siquiera sea en términos jurídicos, cuando la orden impartida por el PP ha sido apagar la luz así caigan chuzos de punta? ¿Cómo se puede hablar de transparencia cuando los presumibles afectados por un escándalo político inabarcable no sueltan prenda y se remiten a cuanto se derive de las actuaciones judiciales en curso? La oposición no es un coro de espíritus puros, como ha quedado dicho antes, pero discutir la ley de transparencia en esas condiciones hubiese sido una mascarada.

Añádase a todo eso el espectáculo de la lucha por el poder desencadenada en el PP para sumar a las preguntas anteriores esa otra: ¿cuánto pueden dar de sí las costuras del sistema antes de rasgarse? La periodista Rosa María Artal describe el campo de batalla en eldiario.es: “Un Rajoy cementado a su roca –que resistirá hasta el final– se enfrenta a quienes postulan a Esperanza Aguirre como sustituta. (…) Gallardón maniobra por su cuenta, apoyado por Aznar. Sáenz de Santamaría y Cospedal –enfrentadas en la carrera– moviendo sus equipos”. No es muy difícil aceptar que la disposición de los contendientes se asemeja mucho a la de ese relato, como si todos ellos entendieran que pueden salir victoriosos del sórdido episodio. Como si de la omertà más la pugna en los despachos pudiera surgir, contra todo pronóstico, algo nuevo y decente.

Efervescencia fundamentalista

“El fundamentalismo es una fe defensiva; se anticipa a la aniquilación inminente”.

Karen Armstrong

La decisión del Tribunal Supremo de El Salvador de prohibir que aborte una mujer de 22 años identificada como Beatriz, a pesar del dictamen de los médicos, partidarios de la intervención, pone de manifiesto una vez más el auge de los fundamentalismos religiosos. Frente al libre albedrío y la libertad consciente del individuo gana terreno el sometimiento de las conciencias, y frente a la gestión de los conflictos en términos estrictamente políticos, a partir de ideologías terrenales, aparece en ellos la intromisión de los hermeneutas o de los emisarios del más allá. Hasta que el Gobierno salvadoreño ha intervenido, Beatriz se ha encontrado atrapada en la red tejida por cuantos “han convertido el mythos de su religión en un logos al insistir en que sus dogmas son científicamente válidos o al transformar su compleja mitología en una ideología modernizada”, en palabras de Karen Armstrong.

Para los magistrados salvadoreños que decidieron que Beatriz debía seguir adelante con el embarazo a pesar de que su vida corre peligro y el feto es anencefálico –le falta parte del cerebro; no vivirá–, la Constitución en la que apoyaron su dictamen no es más que una coartada legal para imponer un criterio moral jaleado por la Conferencia Episcopal y los grupos antiabortistas. Todas esas instancias y organizaciones son perfectamente legales y respetables, pero su comportamiento se adentra en el sendero del totalitarismo ideológico al pretender que todo el mundo se rija por sus ideas, presentadas estas como superiores a las de cuantos disienten de ellas. Es esta una característica muy propia de los fundamentalistas, como es fácil observar del conflicto sirio a la dificultad de dar en China con donantes de órganos.

Hay otros fundamentalismos además del religioso –el ecologista, el estatista, el laicista y muchos más–, pero, en general, carecen de la rigidez formal y material de aquellos que se remiten al mensaje religioso como referencia ineludible. Hay otras herramientas ideológicas que tienden a ocupar la totalidad del espacio social que las contienen, pero ninguna tiene la capacidad de movilización del fundamentalismo religioso, ajeno al dictamen de la razón, aunque teólogos tan destacados de nuestros días como el Papa emérito Benedicto XVI presentan la fe como fruto de la razón. Hay otras actitudes, surgidas del compromiso religioso, que son diametralmente diferentes de las de los fundamentalistas, pero estos las mantienen bajo sospecha cuando no las combaten, como si se tratara de herejías encubiertas.

Manifestación en París

Manifestación en París contra los matrimonios homosexuales, el 26 de mayo.

Los episodios vividos en una calle de Londres y en otra de París con pocos días de diferencia son tributarios de ese fundamentalismo que no tiene otra justificación moral que el criterio poco menos que esotérico que aplica a sus actos. Los dos jóvenes que segaron la vida de un soldado en Londres y el que hirió a otro en París actuaron a partir de la convicción estrictamente mitológica de que con sus actos defienden al islam –sometimiento a Dios– y responden adecuadamente a los atropellos cometidos por Occidente en Afganistán e Irak, en primera instancia, pero que seguramente deben remontarse a las Cruzadas para justificar sus acciones. Es casi imposible imaginar a los dos soldados objeto de sus ataques como algo más que militares profesionales, pero cuando se salta del análisis socio-político a la ensoñación teosófica y al valor simbólico de las víctimas, todo adquiere la apariencia deforme que alimenta la simplificación inherente a cualquier forma de fundamentalismo, y así se impone la mentalidad del sectario y se esfuma la del creyente.

¿Qué decir de las multitudes que desfilan por la calles de Francia para oponerse a los matrimonios entre personas del mismo sexo? ¿Qué decir de las iglesias protestantes más retardatarias de Estados Unidos, que siguen dudando de Barack ObamaHussein, su segundo nombre, es motivo de gran sospecha– en términos más propios de la visceralidad política que del debate democrático? ¿Qué decir de los fundamentalistas mosaicos cuyo mayor argumento de autoridad para instalarse en Cisjordania es la Escritura? ¿Qué pensar de todos ellos y otros muchos que perturban la articulación de sociedades extremadamente complejas, cruzadas por intereses contrapuestos y una gran variedad de puntos de vista? ¿Qué decir de la reaparición en España del debate sobre el aborto, ausente de las preocupaciones cotidianas de los ciudadanos y que Alberto Ruiz-Gallardón vuelve a poner sobre la mesa al hilo de las presiones de la Conferencia Episcopal? ¿Qué decir de esa obsesión poco menos que enfermiza por regular el uso del cuerpo en detrimento de la autonomía del individuo?

Incluso en un conflicto tan endiabladamente trágico como el sirio, los ecos del fundamentalismo religioso suní y chií ocupan cada día una porción mayor en la gestión del problema. Se dice con razón que hasta Siria llega la pugna histórica entre las dos ramas de la fe musulmana, que la oposición en armas acoge la respuesta suní al chiísmo en armas, que se refugia en la protección del Gobierno y de Hizbulá. Se dice que las minorías religiosas no musulmanas confían en la continuidad del régimen, temerosas de que un eventual triunfo de la oposición lo sea también del fundamentalismo suní vinculado a la herencia ideológica de Al Qaeda. Se dice, en fin, que el compromiso timorato de Occidente con la oposición al presidente Bashar el Asad obedece al temor que la ayuda dirigida a combatirle acabe en manos de islamistas radicales fuera de control. Y en este discurso al que podrían añadirse otros muchos enunciados, la religión como coartada de la matanza asoma por todas partes, aunque los sentimientos religiosos tienen poco que ver con las causas iniciales de la guerra y el recuento diario de cadáveres en ambos bandos.

Hasán Nasrala

Hasán Nasrala, líder de Hizbulá, que invoca, entre otros, motivos religiosos para intervenir en Siria al lado de los soldados del presidente Bashar el Asad.

Si en sociedades secularizadas, que consagran la neutralidad de las instituciones del Estado, resulta poco menos que obscena la orientación confesional de algunas políticas, el recurso a la religión en el campo de batalla lo es aún más. Como explica el especialista Brian Whitaker en la web al.bab.com, Hasán Nasrala, líder de Hizbulá, incluye el combate contra los takfiris, supuestamente emboscados en las filas de la oposición, en la lista de razones para participar en la guerra al lado de los soldados de Asad. Pero ¿qué es un takfir? Un musulmán declarado no creyente por otro musulmán, un concepto que se remonta al califa Abú Bakr, allá por el siglo VII. Es decir que entre las justificaciones de Nasrala pesa tanto el impulso religioso, derivado de la nebulosa de la tradición de los primeros años del islam, como el temor a que Israel invada Líbano después de domeñar a Siria, directamente o través de las potencias occidentales.

Lo menos que puede decirse es que se asiste a una transformación del mensaje religioso: deja de ser una guía moral, aunque formalmente conserva esta condición, para convertirse en una imposición de alcance general. La religión deja de ser “fuente de libertad”, en expresión utilizada por Raimon Ribera en el ensayo El diàleg interreligiós, para transformarse en algo que aliena y oprime, según el mismo autor. Para los no creyentes, el efecto va más allá: se percibe como una forma de totalitarismo moral que violenta sus convicciones más íntimas. Porque el fundamentalismo religioso da la batalla contra cuanto atenta a sus principios, aunque se trate de asuntos sin el menor atisbo de obligatoriedad: el aborto, el divorcio, el matrimonio homosexual son opciones personales; lo único que hacen las leyes es regularlas para cuantos recurren a ellas. En realidad, los fundamentalistas se sienten moralmente superiores, éticamente obligados e históricamente justificados frente a una sociedad acomodaticia por permisiva.

Henry Louis Mencken

El escritor estadounidense Henry Louis Mencken (1880-1956), que se opuso al papel desempeñado en su país por el fundamentalismo cristiano.

Pero, al mismo tiempo, en el fundamentalismo en boga, que a menudo adopta tics puritanos, es fácil detectar una manipulación política de los sentimientos o de la ideología espontánea dominante en cada sociedad. El escritor Henry Louis Mencken definió el puritanismo como “el atormentante miedo de que alguien, en algún lugar, es feliz”, y acaso la manipulación no sea otra cosa que sembrar el desasosiego entre quienes no lo padecían, y se sentían razonablemente capaces de actuar según sus propias convicciones, para llevar a su ánimo la idea de que hay en marcha una operación para socavar el mundo en el que se reconocen. Esa operación de ingeniería social, de naturaleza defensiva frente al temor a una “aniquilación inminente”, es más viable en sociedades en crisis como las de hoy que en aquellas otras, adscritas a la esperanza, que sobrevivieron a la segunda guerra mundial. Quizá sea esa la razón última del éxito in crescendo de predicadores vociferantes que anuncian el apocalipsis si no nos salimos de la senda secular, que se remonta a las Luces.