Salman calienta el Golfo

La guerra fría del golfo Pérsico se ha calentado con consecuencias impredecibles. La ruptura de relaciones de Arabia Saudí e Irán, seguida de otros gestos hostiles de los gobernantes sunís dirigidos a la teocracia de los ayatolás, no es más que el primer episodio de un enrarecimiento de la atmósfera cada vez más irrespirable en una región condenada a encadenar crisis. La monarquía saudí, parapetada detrás de la mayor de las distinciones asumida por el rey, protector de los santos lugares de La Meca y Medina, está dispuesta a hacer cuanto está a su alcance, y es mucho, para disputar la hegemonía regional a la república islámica. A punto de cumplir su primer año en el trono de Riad, Salman bin Abdelaziz no ha dejado pasar la ocasión de hostigar al régimen iraní con la ejecución junto con otras 46 personas del clérigo chií Nimr Baqir al Nimr, condenado a la pena capital por terrorista (en realidad, sometido a juicio por promover la primavera árabe en la más influyente de las petromonarquías).

Como tantas veces desde la noche de los tiempos, la religión, el litigio teológico y la remisión a los profetas no es más que un pretexto encubridor de ambiciones políticas, de la disputa por el poder. Desde que a mediados del año pasado se registró una rehabilitación de facto del Gobierno de los clérigos iranís a través de una negociación en la que se comprometieron a no desarrollar un arsenal nuclear, ha sido manifiesta la incomodidad saudí con la nueva situación. Comprometido con la alianza encabezada por Estados Unidos que combate al Estado Islámico en Siria e Irak, con el sostenimiento del régimen yemení zarandeado por el levantamiento de los hutis (chiís), con el apuntalamiento de la carcomida economía egipcia y con la tutela de la débil monarquía de Baréin –familia real suní para un pequeñísimo país con el 80% de la población chií–, el rey Salman se ha embarcado en una operación de afianzamiento personal dentro y fuera de Arabia Saudí, jaleado por el coro de aliados de la Liga Árabe.

Lejos de ahondar en su llamamiento de primera hora para restablecer la unidad en el orbe musulmán, dividido por la guerra, Salman ha dado pasos cruciales para exacerbar las pasiones, favorecido todo por el asalto a la embajada saudí en Teherán, un movimiento al que no son ajenos los sectores más duros del entorno del guía espiritual Alí Jamenei, defraudados con el realismo político del presidente Hasán Rohani. A diferencia del desafío permanente practicado por Mahmud Ahmadineyad, anterior presidente de Irán, su sucesor ha optado por el compromiso, pero eso ha alarmado a los guardianes de la revolución, a los herederos ideológicos del ayatolá Jomeini, que temen que en la transición del enfrentamiento con Occidente a la convivencia pierda el país parte de su influencia en el Golfo y en la gestión de las crisis en Oriente Próximo. Un temor compartido por los saudís, que sospechan que el precio de la rehabilitación iraní puede ser el debilitamiento saudí en su área de influencia.

“Por encima de las diferencias sectarias entre Arabia Saudí e Irán, aquello que más enfrenta a los dos países es lo que tienen en común. Ambos regímenes han basado su legitimidad en una misión transnacional de exportación de la religión y salvaguarda del islam. Después del despertar árabe y del hundimiento del sistema regional de estados que le siguió, la competencia por el poder se ha vuelto más urgente”, afirma el especialista Ray Takeyh en un artículo publicado en el Financial Times. Para Takeyh, el acuerdo nuclear está lleno de deficiencias y activa la desconfianza saudí, pero la Administración de Barack Obama entiende que es una herramienta política indispensable para incorporar a Irán a una solución política futura de la carnicería siria, si es que la hay. Es ese un viejo planteamiento que se remonta a los años 2012 y 2013, y que no ha dejado de tener adeptos desde entonces.

El planteamiento de la Casa Blanca no está exento de riesgos hasta ahora poco atendidos. En especial el efecto que en la cohesión de Irak puede tener el conflicto abierto por saudís e iranís, según se ha ocupado en destacar The New York Times. Para muestra, un botón: la reconquista de Ramadi, ocupada por el Estado Islámico durante año y medio, ha sido posible por la contribución suní a las operaciones del Ejército iraquí, mayoritariamente chií, pero ese tipo de colaboración podría saltar por los aires si se agria más y más la disputa entre Salman y los ayatolás. Irak tiene una larga experiencia de guerras sectarias desde la caída de Sadam Husein –la más sangrienta fue la del 2006-2007–, que han erosionado la identidad colectiva iraquí.

Las digresiones religiosas apenas tienen espacio en ese andamiaje levantado sobre la lógica de la seguridad, la diplomacia y los intereses económicos (las exportaciones de petróleo). Esa especie de política de las emociones aplicada a la religión tiene poco que ver o que decir cuando las referencias son otras, cuando incluso los retos planteados por el Estado Islámico, presentados dentro de un envoltorio de naturaleza religiosa, son perfectamente explicables fuera de él, con lo que, de nuevo, la sacralización del momento adquiere la condición de simple coartada. Tan cierto es que sigue vigente un litigio religioso más que milenario –sunismo frente a chiismo y viceversa– como que lo que más pesa en el presente es la disputa por la hegemonía regional.

¿Es eso todo? Quizá no; acaso Salman precisa pertrecharse con una dosis suplementaria de autoridad dentro de palacio y atenuar las tensiones familiares. Seguramente él es el último en reinar de los hijos de Abdelaziz, fundador de Arabia Saudí en 1932; su sucesor será uno de los muchos nietos del padre de la dinastía de los Saud, y es improbable que la llegada al poder de una nueva generación se haga sin tensiones en el seno de una familia real que suma la friolera de 25.000 miembros, una trama inextricable de intereses y privilegios. Algún think tank baraja incluso la hipótesis de que el tránsito de los hijos a los nietos de Abdelaziz entrañará inevitablemente un debilitamiento del núcleo de poder saudí, articulado desde los inicios en torno a la figura de un monarca absoluto. ¿Pueden evitarlo las rentas del petróleo que todo lo sofocan?

 

Turquía y Egipto se atascan, Irán avanza

Turquía, Egipto e Irán ocupan los puestos 53, 114 y 144 en el Índice de Percepción de la Corrupción que anualmente publica Transparencia Internacional desde 1995. Los tres países compiten por subrayar su condición de potencias regionales en un área que se desangra en Siria y que cobija el conflicto palestino-israelí, que se remonta a 1947. Hasta la fecha se prestó poca atención a estos datos inquietantes, pero desde el pasado verano se han sucedido los cambios en los biorritmos de los tres estados, y hoy, al empezar el 2014, se dan una serie de circunstancias nuevas que parten de una paradoja: el menos transparente de los actores en pugna, Irán, es el que más deprisa mejora su estatus internacional mediante la negociación de su programa nuclear, mientras que el teóricamente más asentado en las convenciones internacionales, Turquía, parece haber perdido algo más que el rumbo a causa de una epidemia de casos de corrupción que llegan hasta la sala de estar del primer ministro Recep Tayyip Erdogan.

En medio se encuentra Egipto, sometido a la corrección castrense de su primavera desde que la plaza Tahrir aplaudió el 3 julio que los generales se hicieran cargo de la situación. La resurrección del mubarakismo sin Hosni Mubarak, posible como en el pasado por la contribución a la causa de una parte de los políticos civiles, no deja de ser otra paradoja, una más, porque fue el laicismo sin uniforme el que puso el grito en el cielo a causa del programa emprendido por el islamista Mohamed Mursi, y es hoy el que teme que todo vuelva a su estado primigenio, con la política en los cuarteles. Es decir, con la política reducida a un instrumento de corrupción a gran escala que, desde hace décadas, ha hecho de los centuriones los grandes gestores de la economía y de la relación de Egipto con Israel, sin que los partidos puedan dar su opinión.

El caso es que la estabilidad de la región depende entre otros factores de que el triángulo turco-egipcio-iraní responda a un sistema equilibrado de relaciones. El profesor Fadi Hakura, del think tank independiente británico Chatham House, afirma: “A pesar de que crecen los desafíos para la posición regional de Turquía, el hecho de ser miembro de la OTAN y su situación geoestratégica le aseguran no ser ignorada en Oriente Próximo”. La frase es aplicable a Egipto e Irán, con sus propios desafíos regionales  y con los riesgos inherentes a entramados institucionales en los que pesan tanto o más las relaciones personales que las leyes.

Lo que sucede en Egipto de forma singularmente relevante es que, además, forma parte de la lucha sectaria entre el mundo suní, que se atiene a los designios de los petrodólares saudís, y el mundo chií, agrupado detrás del programa nuclear iraní. Las finanzas públicas egipcias se encuentran técnicamente en quiebra y han sido los petrodólares los que han evitado que, a la caída de Mursi, siguiera la ruina del Estado. El precio para evitarlo ha sido sumarse a lo que el especialista Fanar Haddad reputa guerra sectaria, a la que se han acogido las monarquías del Golfo “como parte de un esfuerzo de propaganda para salvar sus tronos”. Salvarlos, se entiende, de la capacidad de impregnación de las primaveras árabes, que obligaron al petroislam a ponerse en guardia.

Esa disputa confesional, muy presente en la agenda política iraquí, no debiera ser trascendente en Turquía, ajena al conflicto. Pero allí han llegado a las primeras páginas de los periódicos las miserias de un poder venal, entregado a la corrupción, y la incapacidad del primer ministro de escuchar a sus adversarios políticos en el Parlamento y en la calle. Si el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP por sus siglas en turco) dejó jirones de su prestigio en las jornadas de junio en la plaza Taksim, y si la actitud de Erdogan dio pie a abrigar toda clase de reservas acerca de su compromiso con los usos democráticos, hoy no hay duda sobre la incapacidad del poder para aceptar que hace falta sanear los cimientos del edificio. Mientras la lira turca se hunde en la bolsa de Estambul –su cotización ha caído más de un 20% en once meses–, Erdogan habla de una “conspiración internacional para hundir a su Gobierno”, pero el análisis del Financial Times resulta bastante más convincente: los inversores extranjeros están preocupados porque el Gobierno “ha tratado de aumentar el control sobre las autoridades judiciales” para detener la investigación por corrupción y temen por la seguridad jurídica de sus negocios.

Las incógnitas planteadas en junio por el islamismo moderado turco se han agrandado. El presunto espejo en el que deben mirarse otras experiencias similares, presentes o futuras, devuelve la imagen elocuente de una estructura de poder sin capacidad de regeneración, encerrada en sus propias convicciones y condicionada por una red de intereses opacos. Que sus competidores regionales exhiban una opacidad aún mayor, fruto de economías fuera de todo control independiente, no es ningún consuelo para cuantos pensaban que de los equilibrios turcos entre religión y Estado podía surgir una tercera vía con capacidad de transformarse en un poder arbitral, no árabe y no contaminado por las debilidades estructurales del mundo árabe y del litigio histórico entre sunís y chiís en el golfo Pérsico.

En sentido contrario, la teocracia iraní hace tiempo que dejó de ser una referencia o fuente de inspiración. Occidente dio por amortizado hace tiempo el fundamentalismo religioso de los ayatolás y, después de la desorientación inicial y la política de sanciones desencadenada por el programa nuclear promovido por los clérigos, ha dado con un interlocutor –el presidente Hasán Rohani– dispuesto a sacar el máximo partido de la situación. Dicho de otra forma: los acuerdos del 24 de noviembre relativos al programa nuclear iraní y la aplicación concreta de los mismos, pactada por Irán con el G5+1 al acabar el 2013, no entrañan ninguna transformación del régimen, sino la incorporación de este a la comunidad internacional sin levantar sospechas o, al menos, sin alarmar como lo hizo hasta fecha reciente. A eso se le puede llarmar política de supervivencia. Nadie piensa que Rohani, salido de las filas del sistema, es un reformista empeñado en cambiar la textura de la república islámica, sino que más bien se ve en él al posibilista dispuesto a mejorar la economía de su país –aumento de las exportaciones del petróleo– y a desempeñar el papel de actor regional necesario tanto en Líbano como en Siria, por más que Israel ve las cosas de forma muy diferente.

Así es como Irán ha transferido a Turquía y Egipto, a pesar del apoyo de Estados Unidos a los generales, el papel de potencias regionales inciertas. No es que se hayan desvanecido por ensalmo las incertidumbres que acompañan la praxis política de los ayatolás, es que estos han aceptado las reglas del juego para tener acceso a los 100.000 millones de dólares en cuentas iranís congeladas en bancos extranjeros y para reactivar los ingresos del petróleo, que hoy son solo la mitad de los posibles a causa de las sanciones impuestas por la comunidad internacional, según cálculos bastante certeros hechos por el diario conservador británico The Times. Los líderes iranís han aceptado la tozuda realidad: solo sometiendo su programa nuclear a tutela internacional podrán recuperar la cartera de clientes perdida durante la presidencia de Mahmud Ahmadineyad, que tanto ha dañado el desarrollo de la economía iraní y, quizá, el apego de una parte de la sociedad urbana a los dictados del líder espiritual Alí Jamenei.

¿Qué reglas del juego están dispuestos a aceptar Erdogan en Turquía y el general Abdul Fatá al Sisi en Egipto para recuperar la confianza internacional en sus peripecias personales. No es suficiente que las encuestas otorguen al primer ministro turco una intención de voto por encima del 45% ni que un coro de civiles sometidos al bastón de mando de Al Sisi anuncie la buena nueva del restablecimiento de la democracia al día siguiente del referendo constitucional del 14 y 15 de enero. Porque en ambos casos prevalece y prevalecerá la sensación de inestabilidad, de divorcio entre las plazas que reivindicaron la modernización y la neutralidad del Estado y los despachos, donde se desarrolla una estrategia destinada a asegurar la permanencia en el poder de quienes ahora lo tienen, cueste lo que cueste.

Irán cambia el rumbo

Si se presta atención al enfoque que los analistas liberales de Estados Unidos dan a las ofertas de diálogo que el presidente de Irán, Hasán Rohani, dirige a la Casa Blanca desde muy poco después de su elección, no hay duda de que la república de los ayatolás ha cambiado el rumbo. Si se presta oídos a los matices difundidos por el sector duró de los clérigos de Teherán después de las declaraciones del presidente a una cadena de televisión y del discurso pronunciado ante la Asamblea General de la ONU, entonces se tiene la impresión de que estamos ante un gran artificio escénico consentido de mala gana por los halcones. Si, por último, se fija la vista en las necesidades inmediatas del régimen iraní, cabe llegar a la conclusión de que este precisa atenuar la tensión desencadenada por el programa nuclear defendido con entusiasmo por Mahmud Ahmadineyad, antecesor de Rohani, y bendecido por el líder espiritual Alí Jamenei.

Un breve texto colgado por el analista Stephen M. Walt, profesor de la Universidad de Harvard, en su blog de la edición digital de Foreign Policy inclina la balanza a favor del último de los tres síes enunciados en el párrafo anterior: Rohani hace de la necesidad virtud y quiere aprovechar el momento para encontrar una salida honrosa y rentable al contencioso con Estados Unidos. En el bien entendido de que el presidente iraní no es un reformista encubierto ni cosa parecida, sino más bien un realista incrustado en el aparato de poder de la república islámica, educado en el dogma y en el dicterio antioccidental, pero que entiende que la presidencia de Mohamed Jatami (1997-2005), este sí, un reformista aclamado por los jóvenes y el mundo académico cuando llegó al poder, quedó trufada de frustraciones a causa de la movilización de las mezquitas, algo que metió al país en un callejón sin salida.

El presidente saliente, Mahmud Ahmadineyad, entrega al líder espiritual del regimen iraní, Alí Jamenei, los documentos que oficializan la elección de Hasán Rohani, en una ceremonia celebrada en Teherán el 3 de agosto.

Para abundar en la idea de que, en efecto, algo se mueve en Irán, Walt se remite a la distinción que establece el politólogo Robert Jervis, de la Universidad de Columbia, entre señales e indicios. Las primeras no tienen una “credibilidad inherente”; los segundos son “declaraciones o acciones que acarrean alguna prueba inherente de que la imagen proyectada es correcta”, cabe otorgarles un plus de credibilidad, por así decirlo. La percepción de Walt, que seguramente comparten los analistas más cercanos al presidente Barack Obama y al secretario de Estado, John Kerry, es que Rohani ha pasado de la fase de las señales a la de los indicios. Y le asisten razones de entidad para dar el paso:

  1. La capacidad de influir, llegado el caso, en la resolución de la crisis siria sin vincular su suerte a aquella que corran Bashar el Asad y su régimen.
  2. La necesidad de sanear la economía y animar el bazar en cuanto se avizore la fecha de caducidad de la política de sanciones desencadena por el programa nuclear.
  3. La convicción de que la república islámica debe procurarse un pasaporte de honorabilidad en el seno de la comunidad internacional para sacar más partido de sus inmensos recursos petrolíferos.
  4. La pretensión de abrirse camino para actuar como una potencia regional libre de sospecha en pugna con las monarquías sunís del Golfo.
  5. El propósito de alejar la imagen combativa de la república de los desafueros del fundamentalismo suní en armas (Al Qaeda y sus franquicias).

Desde los atentados del 11 de septiembre del 2001 y, sobre todo, desde que el presidente George W. Bush incluyó a Irán en el eje del mal –discurso de 29 de enero del 2002–, el régimen iraní ha formado parte de un conglomerado informe que ha llevado a la opinión pública estadounidense a incluirlo en la lista de enemigos causantes de la tragedia o conformes con lo sucedido. Ni siquiera sirvió para desvanecer equívocos la comprobación empírica de que la clerecía gobernante puso el mayor interés en aclarar que nada tenía que ver con la estrategia de Al Qaeda, el régimen talibán que dio cobijo a Osama bin Laden y la dictadura de Sadam Husein, y cuando las centrifugadoras se pusieron en marcha para producir combustible nuclear, todo fue a peor. Desandar ese camino será difícil, largo y por momentos confuso, la operación suma un puñado de enemigos que prefieren el conflicto latente –Israel entre ellos– a la diplomacia imaginativa y debe aunar voluntades tan opuestas como el bando del Tea Party del Congreso de Estados Unidos y el bando intransigente del régimen iraní, compendio inextricable de poderes reales y paralelos, tutelado todo por los teólogos-juristas que se remiten a la interpretación del Corán (ijtihad).

Cuentas de Facebook y de Twitter del presidente Rohani.

Cuentas de Facebook y de Twitter del presidente Rohani.

E pur si muove. No solo por la histórica reunión del jueves de los responsables de las diplomacias estadounidense e iraní, la primera desde 1979, ni por la no menos histórica conversación telefónica del viernes de Obama y Rohani, sino porque son demasiado grandes para Irán los riesgos que comporta el aislamiento; es demasiado costoso sostener el esfuerzo de un programa nuclear –civil o militar– sin contrapartidas de ingresos seguras y continuadas –las exportaciones de petróleo sin cortapisas– para desahogar las finanzas. El cálculo inicial iraní de dotarse de un modesto arsenal nuclear para convertirse en una república inexpugnable, a imagen y semejanza de la lógica seguida por Corea del Norte con el beneplácito de China, resultó tan aventurado como desequilibrante porque puso el futuro en manos de la movilización de las masas para responder a las amenazas de intervención procedentes de Occidente. Y, al final, la movilización fue otra: fue la de la calle contra el pucherazo electoral de las presidenciales del 2009 la que dio carta de naturaleza al cambio relativo, pero cambio al fin, incubado en el seno de una parte relevante de la sociedad urbana iraní. Ese es el terreno de juego de Rohani.

El de Estados Unidos remite al deseo de la Casa Blanca de retirarse lentamente de Oriente Próximo y aledaños hasta donde lo permite la necesidad de garantizar la seguridad de Israel. Es este un factor directamente relacionado con los biorritmos iranís, con esa facilidad exhibida por Ahmadineyad para exasperar a los gobiernos israelís y ponerlos a un paso de la intervención encaminada a destruir los complejos industriales encargados de producir combustible nuclear; con esa agilidad del primer ministro israelí, Binyamin Netanyahu, para arrastrar a Obama a un campo de minas que no quiere pisar. Las ruinosas experiencias militares y políticas en Afganistán e Irak han decantado hasta tal punto a la sociedad estadounidense a favor de la retirada estratégica del laberinto musulmán que el menor resquicio para hacerlo favorece los planes del presidente e impone la prudencia a cuantos piensan que compete a Estados Unidos ser una vez más el gendarme universal. De ahí nace la disposición de Obama a escuchar a Rohani y, dicho sea de paso, a gestionar la crisis siria con una mezcla de confusión, oportunismo y poquísimas dosis de finezza, condicionado todo el relato por el desprecio por el ser humano que comparten el régimen de Asad y una parte cada vez mayor de la oposición.

El periódico progresista israelí Haaretz entiende que, en este juego de insinuaciones, sería un error de la comunidad internacional y de la diplomacia de Netanyahu desoír la oferta de diálogo de Rohani. Es probable que, en general, se acojan las palabras del presidente iraní con disposición a escuchar, pero es impensable que el primer ministro israelí esté dispuesto a hacerlo porque ni sus votantes ni sus aliados en el Gobierno son partidarios de ello. Prefieren transitar por la maroma de la desconfianza y, a ser posible, condicionar en el futuro las decisiones de Estados Unidos, como lo han hecho en el pasado; prefieren andar por delante de los acontecimientos o, lo que es lo mismo, poner todos los obstáculos posibles al éxito de la operación, aunque sea a costa de suministrar argumentos a los más duros de Teherán.

Cuando Rohani ganó las elecciones en junio, el periódico Le Monde interpretó el resultado como una consecuencia del “descontento de los electores iranís con relación al balance catastrófico del presidente saliente”, de los ocho años de “crisis económica, de aislamiento y de confrontación con Occidente a causa del programa nuclear”. Ese es el capital con el que cuenta Rohani para sustituir el dogmatismo estéril de su antecesor por el realismo que haga posible una solución ad hoc. En caso contrario, el Golfo seguirá siendo el mar donde prevalecen la voluntad de las petromonarquías y la estrategia política diseñada por Al Jazira, música de fondo de la prédica suní frente a la chií. Y en ese conflicto político disfrazado de disputa religiosa, Israel prefiere la hegemonía de las casas reales, porque están adscritas a la estrategia general de Estados Unidos en la región.

 

 

La seguridad fija la agenda

“El siglo XX no fue solo el de las grandes carnicerías humanas, sino también el del fanatismo y la estupidez ideológica que las incitaron”, ha escrito estos días Mario Vargas Llosa. A saber si la escuela del siglo pasado arraigó de tal manera en la mentalidad colectiva que el presente sigue sumido en el sectarismo ideológico, la supremacía de los comisarios políticos y la proliferación de estructuras opacas destinadas a controlar a los ciudadanos y a domeñar su voluntad mediante una mixtificación permanente de los hechos. Ahí está para enturbiarlos la diaria invocación a la seguridad, permanentemente amenazada, aunque las amenazas se desdibujan con harta frecuencia y en su lugar aparece la pugna por la consolidación de espacios de poder, de control de los recursos y de supremacía estratégica.

Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa: “El siglo XX no fue solo el de las grandes carnicerías humanas, sino también el del fanatismo y la estupidez ideológica que las incitaron”.

La seguridad se ha convertido en una herramienta multiuso que para todo vale. El recurso al espionaje, tan viejo como el Estado mismo, es un deporte universal que hace sonrojar a los reunidos en el G-8; la guerra de Siria se interpreta en términos de seguridad en la región, aunque los muertos pueden superar los 100.000; la victoria de Hasán Rohani en la elección presidencial de Irán se analiza a la luz de las doctrinas de seguridad en boga; la posibilidad de que Estados Unidos negocie con los talibanes en Doha, capital de Catar, se sopesa asimismo en términos de seguridad, y es de parecido tenor la justificación de Barack Obama para que la Agencia de Seguridad Nacional (NSA por sus siglas en inglés) husmee en la red. La gran paradoja es que las referencias permanentes a la seguridad transmiten una sensación de inseguridad global cada vez mayor y la seguridad preventiva se asemeja cada día más a los ojos de un Dios soberbio que todo lo ve.

El informe En defensa de un internet abierto, mundial, seguro y resistente, elaborado por encargo del think tank Council on Foreign Relations por un grupo de expertos entre los que figura John D. Negroponte, un diplomático estadounidense formado en la CIA, concluye: “Hay amenazas que viajan a través de internet y amenazas para internet. El ciberespacio es ahora una arena para la competición estratégica entre los estados, y un creciente número de actores –estados y no estados– utiliza internet en conflictos, espionaje y crimen. Las sociedades son cada día más vulnerables a las intromisiones en energía, transporte, comunicaciones y otras infraestructuras esenciales que están conectadas a través de la red de ordenadores”. Pero en la conclusión no se menciona que las intromisiones alcanzan al control sobre el uso que de la red hacen ciudadanos de todo el mundo y, por esa razón, la amenaza no se limita a la competencia entre adversario, como puede deducirse del informe: la diplomacia ha hecho muy poco para conciliar el punto de vista de quienes opinan que la gestión de internet debe estar en manos privadas y la de aquellos que “quieren un papel más fuerte para los estados en el gobierno del ciberespacio bajo los auspicios de las Naciones Unidas y de la Unión Internacional de Telecomunicaciones”.

Foessel

Portada del libro ‘Estado de vigilancia’, del filósofo francés Michaël Foessel, editado en el 2011.

Hay una diferencia fundamental entre la propuesta de reducción de armas estratégicas hecha en Berlín por Obama para mejorar la seguridad colectiva y ese otro reino de las sombras que ejecuta las intromisiones en la red, los ataques cibernéticos y el escudriñamiento de los ordenadores: la necesidad de empequeñecer los arsenales nucleares remite a una realidad tangible; el funcionamiento de los mecanismos de seguridad a través de la utilización del ciberespacio traslada el debate a un mundo inaprensible al que todos debemos someternos. Los cálculos sobre seguridad aplicados a los conflictos calientes o a las zonas de roce entre contrincantes son cada día mayores porque se mantiene una inestabilidad subyacente con puntos de atención concretos en el hemisferio norte que van de Libia a Corea del Norte, de Turquía a Pakistán, de China a Estados Unidos y viceversa, de Siria a Afganistán y del golfo Pérsico a todos los mercados energéticos. Y ese panorama de desequilibrios de largo alcance se ve agravado por la imposibilidad material de establecer unas reglas del juego en el control del ciberespacio aceptadas por el grueso de la comunidad internacional: “Un gran acuerdo que incluya cuanto atañe a los productores de contenidos y a los innovadores tecnológicos es igualmente improbable –afirman los autores del informe citado más arriba–, así como entre democracias liberales y Estados autoritarios”.

Para los contribuyentes, que con sus impuestos costean los aparatos de seguridad, resultan literalmente incomprensibles la guerra en el ciberespacio y las artes de los espías que se enseñorean de la red. Pero hoy es del todo insuficiente reducir las complejidades de las relaciones internacionales y de la gestión de los conflictos al lenguaje convencional anterior a la revolución telemática. En el análisis de Paul D. Miller, exintegrante del Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos, sobre el futuro que se vislumbra en Afganistán, las referencias incluyen “la estabilidad de Pakistán y la seguridad de sus armas nucleares”, la necesidad de controlar a los talibanes y evitar una guerra civil en Afganistán, la obligación de combatir el tráfico de drogas y de neutralizar la influencia de Irán; toda la exposición está destinada a explicar por qué su país debe mantener su presencia en el corazón de Asia, y para ello recurre a un léxico que es familiar al lector no iniciado.

Rohani

Hassán Rohani, presidente electo de Irán: “No tenemos más opción que la moderación”.

Por el contrario, las sutilezas de los memorandos acerca de cómo debe encararse la guerra preventiva contra los grupos terroristas asociados al conflicto afgano, redactados por especialistas de la CIA, la NSA y otras agencias federales de seguridad de Estados Unidos, escapan por completo a la lógica de los ciudadanos. Aunque, paradójicamente, son las excursiones de los espías por la red –con el espionaje militar en primer lugar– las que más afectan a los usuarios sin que estos lo sepan, porque son esas prácticas las que hacen saltar por los aires el derecho a la privacidad y vulneran la libertad de expresión al someter a control generalizado el contenido de las comunicaciones.

En Estado de vigilancia, publicado en el 2011, el filósofo francés Michaël Foessel desarrolla dos conceptos que se complementan:

  1. Todo sucede como si, aun conservando un sentido político, la seguridad viniera a resumir el conjunto de las expectativas que se puede albergar de forma legítima respecto al Estado.
  2. Los pensadores modernos de la política elevan el deseo de seguridad al rango de “primer motor” de la institución política.

Cuando oradores tan distintos y distantes como Barack Obama, Mahmud Ahmadineyad –y su sucesor, Hasán Rohani– colocan la seguridad en el centro de todos los discursos parecen empeñados en dar la razón a Foessel sin necesidad de que el auditorio deba recurrir a la política ficción de películas como Minority report, relato inquietante de una sociedad técnicamente capacitada para anticipar el futuro y que dispone de una policía dedicada a detener a los delincuentes antes de que delincan. O quizá ya llegó ese día en Guantánamo, donde siguen encerrados hombres a los que Estados Unidos considera peligrosos para su seguridad, aunque no se ha formado causa contra ellos porque no se les ha podido probar la comisión de acto criminal alguno.

NSA

Cuartel general de la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos en Fort Meade (Maryland).

Por razones diferentes y no intercambiables, en el seno de un Estado democrático liberal con más de dos siglos de vida y en una República teocrática muy alejada de un régimen de garantías, tanto Obama como Ahmadineyad recurren a la seguridad para reforzar la legitimidad de sus actos en territorios cuyo acceso probablemente debieran tener restringido. En un caso, porque la Constitución consagra la libertad de opinar, moverse y relacionarse de los individuos; en el otro, porque el programa nuclear enfrenta a Irán con la comunidad internacional y acrecienta la inseguridad de sus vecinos. Que las opiniones públicas de Estados Unidos e Irán se manifiesten fundamentalmente de acuerdo con el comportamiento de sus gobernantes, siquiera sea porque han interiorizado las servidumbres del paradigma securitario, no reduce el alto coste que en materia de libertad pagan las sociedades que aceptan la seguridad como primera referencia.

En el análisis que de la elección de Rohani publicó Thomas Erdbrink en The New York Times, resultó inevitable la referencia al plus de legitimidad para el líder supremo, Alí Jamenei: “Si la elección fue una victoria para los reformistas y los votantes de la clase media, sirvió también a los objetivos conservadores del líder supremo, restaurando con una pátina de legitimidad al Estado teocrático, proporcionando una válvula de seguridad a un público angustiado por años de problemas económicos y aislamiento, y permitiendo el regreso de un clérigo a la presidencia”. Un religioso surgido del aparato del régimen –fue el primer responsable de la negociación del programa nuclear– cuya divisa es esta: “No tenemos más opción que la moderación”. Eso incluye cambiar la orientación del programa nuclear, dar garantías a la comunidad internacional y configurar una nueva política de seguridad. En este sentido, los especialistas Christophe Ayad y Serge Michel son categóricos: “Los electores han rechazado la intransigencia del régimen con el dosier nuclear, que ha conducido a Irán al borde de la quiebra”.

“En el momento en que se hace razonable, el miedo adquiere el estatus de pasión política. La banalidad securitaria se funda sobre esta equivalencia entre un miedo que busca la tranquilidad y un Estado que responde a esta exigencia con los medios de la soberanía”, sostiene Michaël Foessel. Pero ¿existe realmente una sensación generalizada de miedo o más bien son los estados los que alimentan el miedo y acto seguido se afanan en neutralizarlo? ¿Se trata de una de tantas profecías confirmada por los mismos que la formularon? ¿Responde el despliegue de seguridad a una exigencia de los ciudadanos o a una necesidad de las estructuras de poder de los estados? Si así fuese, ¿el Gran Hermano sería algo más que la pesadilla lúcida de un escritor? No hay forma de saberlo.