Trump margina Palestina

El plan de paz para acabar con el conflicto palestino-israelí presentado por Donald Trump tiene mucho de exigencia de claudicación de la comunidad palestina y poco o nada de instrumento pacificador. Era más que improbable que una propuesta cocinada por Jared Kushner, yerno de Trump y amigo personal de Benyamin Netanyahu, pudiese ser aceptada por la Autoridad Nacional Palestina, a la que la Casa Blanca no preguntó de antemano su parecer, pero, después de darse a conocer su contenido, la improbabilidad se ha convertido en imposibilidad absoluta. Ninguna facción palestina, ni siquiera la más moderada y posibilista, puede aceptar los términos de la propuesta elaborada en Estados Unidos atendiendo en exclusiva a las exigencias de la derecha israelí, acuciada por la perspectiva de que Netanyahu acabe ante el juez, sea condenado por corrupción y enfile el camino de la cárcel.

De la paz de los valientes invocada en su día por Shlomo ben Ami, exministro de Asuntos Exteriores de Israel partidario de un divorcio pactado en igualdad de condiciones por los líderes palestinos e israelís, se ha pasado a una fórmula que condena a un futuro Estado palestino a la irrelevancia, a la impotencia, a alguna forma encubierta de apartheid y a la dependencia absoluta de la discrecionalidad de la potencia ocupante de Jerusalén oriental, Cisjordania y la franja de Gaza, dejada esta a su suerte y sin apenas conexión con el exterior. La paz vislumbrada por Ben Ami entrañaba concesiones por ambas partes; la servida por la Administración de Trump obliga a la rendición palestina con armas y bagajes habida cuenta de los requisitos que impone: consolidación de la soberanía israelí en los asentamientos de Cisjordania, consagración de Jerusalén como capital unitaria de Israel, prohibición del retorno de refugiados, limitación de los instrumentos de seguridad palestinos y tantos otros apartados restrictivos.

Como ha escrito el analista Amos Harel en el diario progresista israelí Haaretz, “el sueño de la derecha israelí hecho realidad podría terminar en una pesadilla brutal”, toda vez que puede ser el resorte que movilice a las facciones palestinas más radicales y a los sectores más exaltados de la sociedad israelí. De cumplirse tan lóbrego como verosímil presagio se eternizaría la casa de la guerra a la que se refirió Miguel Ángel Bastenier para describir el binomio Israel-Palestina, y el agravio palestino seguiría siendo una de las piedras angulares del descontento de la calle árabe, apenas atenuado por la propensión contemporizadora del establisment, sometido al pragmatismo irreductible de Arabia Saudí.

Hay en el plan presentado por Trump todos los ingredientes para que se acreciente la naturaleza desestabilizadora del conflicto, la frustración sume nuevos adeptos a las respuestas destempladas y hayan más oídos dispuestos a escuchar las arengas más incendiarias. Nathan Throll, un analista de The New York Times, ha escrito que la propuesta de la Casa Blanca “no es una ruptura con el statu quo”, sino “la culminación natural de décadas de política estadounidense”, sujeta a las exigencias israelís y hecha a espaldas de las reivindicaciones palestinas. Le da la razón la alegría con la que los adversarios de la solución de los dos estados han acogido la oferta de Trump, algo que Throll destaca. Nada representa una ruptura fundamental con el pasado salvo, acaso, con parte de las propuestas de hace 20 años discutidas en Camp David por Yasir Arafat y Ehud Barak, reunidos para la ocasión por el presidente Bill Clinton.

El convencimiento del presidente de Israel, Reuven Rivlin, expresado en el Parlamento de Alemania de que la crisis palestino-israelí puede resolverse después de ser durante largo tiempo una tragedia responde a un deseo más que a la realidad: la oposición frontal de los portavoces de la sociedad palestina a un arreglo tan asimétrico. Y la idea de Rivlin de que la paz requerirá grandes concesiones no pasa de ser una frase, porque lo cierto es que las únicas grandes concesiones conocidas son las que se imponen a los palestinos, contrarias por cierto a cuanto establecen el derecho internacional y las resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. No hay concesiones fundamentales reconocibles en lo que cabe considerar la doctrina tradicional de los gobernantes israelís desde la guerra de los seis días de junio de 1967: todas las resoluciones aprobadas en la ONU han sido sistemáticamente incumplidas por la Administración israelí con independencia de su color político.

Es del todo inimaginable que en el futuro cambien mucho las cosas, siga o no a partir de noviembre el mismo inquilino en la Casa Blanca. Estados Unidos otorgó a Israel un papel central hace décadas en el dispositivo de seguridad diseñado para Oriente Próximo, completado por Arabia Saudí y Egipto. Es igualmente inimaginable que la Liga Árabe, pilotada por la monarquía saudí, cambie de registro y pase de las declaraciones solemnes, pero contenidas, a acciones menos solemnes, pero más determinantes. Y es al mismo tiempo inimaginable que el empeño de la Unión Europea en apoyo de la causa palestina pase de la política blanda a una conducta traducida en medidas reseñables que garanticen la existencia de Israel y de Palestina al mismo tiempo.

“Estamos desesperando a los palestinos y pagaremos por ello”, declaró el escritor Amos Oz en el diario Abc, en marzo del 2018, pocos meses antes de fallecer. Acababa de publicar Queridos fanáticos, y expresó un deseo: “No me gustaría morir sin ver incluso una embajada de Israel en Jerusalén oriental y otra de Palestina en la parte occidental, ambas legaciones a una distancia caminable”. Nada hay en el plan de Trump que permita imaginar un futuro de este tenor y sí justifica, en cambio, muchos temores; nada hay en la propuesta presidencial para liquidar el conflicto palestino-israelí que permita intuir que la paz es posible en la casa de la guerra.

 

 

Un posible ataque contra Irán alarma a intelectuales israelís

La conmoción causada por la tragedia del colegio de Toulouse ha conferido un valor especial a las preocupaciones expresadas durante los últimos tiempos por tres eminentes escritores israelís, referencia forzosa en la literatura y en la ética política en el seno de un conflicto inacabable. Abraham B. Yehoshua (Jerusalén 1936), David Grossman (Jerusalén, 1954) y Amos Oz (Jerusalén, 1939) han levantado su voz para advertir de los peligros que impregnan el debate apasionado provocado por el deseo de Irán de poseer la bomba atómica. Un debate dominado por voces conservadoras –la del AIPAC, lobi judío de Estados Unidos; la del primer ministro de Israel, Benyamin Netanyahu– que han ahogado opiniones más contenidas como las de la organización J Street, Paz Ahora y otras, y que quizá han radicalizado en algún momento el discurso de la Casa Blanca y del Departamento de Estado más allá de lo aconsejable en año electoral.

 

Grossman, Yehoshua y Oz.

De izquierda a derecha, David Grossman, Amos Oz y Abraham B. Yehoshua.

Los tres temen que los generales impongan su criterio en un ambiente dominado por la emotividad del momento, el relato interesado del pueblo permanentemente acosado y la creencia tradicional de que Israel no se puede permitir una sola derrota en el campo de batalla si quiere sobrevivir a todas las amenazas que le acechan. Los tres creen que hay otras vías para afrontar el desafío iraní. “Hay otra forma de neutralizar la amenaza iraní, una que es al mismo tiempo más apropiada y más normal: un acuerdo de paz con los palestinos”, ha declarado Yehoshua al periódico Haaretz, el más alejado de las posiciones oficiales del Gobierno israelí y también el más respetado. “Podríamos destruir la oportunidad de la paz para varias generaciones”, ha escrito Grossman, alarmado ante la posibilidad de una operación de castigo contra las instalaciones iranís destinadas a producir combustible –¿munición?– nuclear. “No estoy preocupado, sino que tengo miedo. Estoy viendo procesos y tendencias que amenazan todo lo que yo aprecio. También la existencia del Estado de Israel”, ha declarado Oz.

El caso es que mientras una parte de la sociedad israelí se moviliza para ahuyentar el fantasma de la guerra, otra suma su voz a la de los estrategas que calculan hasta qué punto es posible una acción de castigo efectiva contra Irán. Para los partidarios de entrar en acción, importa menos preguntarse por la conveniencia de intervenir que por la efectividad de la intervención. Se trata de un asunto no menor, porque la oportunidad o no del recurso a las armas depende en gran medida de que, al día siguiente, los resultados obtenidos justifiquen el paso dado. Este es el planteamiento de los analistas que, como los requeridos por la revista Foreign Affairs a favor y en contra de la intervención, confieren tanta importancia al eventual debilitamiento militar de la república de los ayatolás como al más que probable reforzamiento de los clérigos ante una opinión pública que resultaría conmocionada por un ataque.

“A Israel no le gustaría que lo vieran como el que echó a perder una solución diplomática a una disputa que, en cualquier caso, no se puede resolver solo por medios militares”, sostuvo en el 2010 Shlomo ben Ami, exministro de Asuntos Exteriores extremadamente crítico con el derrotero belicista del Gobierno de Netanyahu. Ben Ami se cuenta entre los intelectuales conmovidos por la comparación entre la Alemania nazi y la teocracia iraní puesta en circulación por el primer ministro y algunos de sus ministros más conservadores, un recurso a la sal gruesa que falta al respeto debido a la memoria de los mártires  de la Shoa. “Cualquiera que compara el Irán de hoy con Hitler, e Israel con Auschwitz, perpetra un acto que es antisionista y demagógico”, dice Oz. “Irán no es la Alemania nazi: no con respecto a su régimen político, no con respecto a su ideología y ciertamente no con respecto a sus capacidades económica y militar”, dice Yehoshua.

Estas declaraciones, preñadas de realismo, debieran ser innecesarias en la madeja de conflictos que tienen desquiciadas a las sociedades de los Orientes Próximo y Medio, desde las playas de Líbano e Israel hasta el corazón de Asia. Pero hace falta que se repitan todos los días, incluso cuando, como hace Grossman, prefiere reconocer la existencia de una situación de riesgo: “Ya existe un equilibrio de terror entre Israel e Irán. Los iranís han anunciado que tienen cientos de misiles apuntados contra ciudades israelís, y es de suponer que Israel no está de brazos cruzados. Este equilibrio de terror, dicen los expertos, abarca armas no convencionales, biológicas y químicas. Hasta ahora, nunca se ha roto”. Un artículo de Grossman en el último número de la publicación mensual progresista estadounidense The Nation insiste en la fuerza de lo poco menos que inevitable: “No quiero que Irán tenga armas nucleares, pero pienso que si las sanciones no dan resultado, Israel y el resto del mundo, desgraciadamente, tendrán que vivir con ello”. El criterio de Grossman es especialmente respetable y respetado porque ni siquiera la muerte de su hijo en la guerra del Líbano del 2006 le ha desviado del camino que se trazó mucho antes.

¿Son voces solitarias las de los intelectuales citados hasta aquí? Desde luego que no. Salvo en las mesas camilla del Tea Party y aledaños, donde las respuestas contundentes son las únicas que se barajan, en el mundo académico y en el establishment político de Estados Unidos son muchos los que ponen en tela de juicio la conveniencia de recurrir a una operación militar. El error estratégico cometido en Irak y las consecuencias que de él se derivaron están presentes en la mayoría de análisis, estimulados incluso por el presidente Barack Obama, que ha reconocido que todas las opciones entran en sus cálculos. El punto de vista de Jonathan Granoff, presidente del Global Security Institute, resume bastante bien qué conviene hacer: “En el periodo previo a la guerra de Irak, las voces de quienes se oponían fueron ignoradas por los medios de comunicación. Ahora, con los tambores de guerra contra Irán en aumento, que defienden su eficacia para mejorar la seguridad, las opciones no militares de resolución de conflictos no deben desoírse  de manera similar. Es hora de que nuestros líderes y nuestros medios de comunicación pongan también estas opciones sobre la mesa”. No hacerlo puede ser dramáticamente imprudente.