Egipto desanda la primavera

Al cumplirse un año del golpe de Estado que echó de la presidencia de Egipto al islamista Mohamed Morsi se han cumplido los peores presagios: a la pretensión de los Hermanos Musulmanes de acumular todo el poder en sus manos ha seguido la estrategia del Ejército para recuperar por entero aquello que fue –es– de su exclusiva propiedad desde los días de Gamal Abdel Naser. La elección del mariscal Abdel Fatá al Sisi culminó un rápido proceso de sometimiento del Estado a los cuarteles bajo la apariencia de un programa de desislamización de la Constitución y de neutralización de la Hermandad, declarada ilegal. Cuanto ha sucedido en el último año no ha hecho más que devolver a Egipto al camino marcado por los centuriones con la aprobación de Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos, Catar y, finalmente, Estados Unidos en aras de la realpolitik.

Desde que empezó el dramático juego de acción y reacción, que el 3 de julio de 2013 acabó con la presidencia de Morsi y con los uniformados aplaudidos por una multitud en la plaza de Tahrir de El Cairo, más de 2.500 manifestantes han perdido la vida, más de 20.000 hermanos han ido a dar con sus huesos en la cárcel y por encima del millar de dirigentes islamistas han sido condenados a muerte. Además, el Ejército, que al principio dejó que la libertad informativa se mantuviera relativamente intocable, acabó encarcelando,  juzgando y condenando a tres periodistas de Al Jazira so pretexto, típico de las dictaduras desde siempre, de difundir “informaciones falsas”. La falta de garantías de los procesos, presididos por jueces serviles, ha dejado todo el entramado del poder a merced de las conveniencias del generalato, las exigencias de la seguridad en Oriente Próximo, las relaciones con Israel y el paraguas económico de las petromonarquías.

Hasán al Bana, fundador de los Hermanos Musulmanes, asesinado en 1949.

El golpe de Estado que depuso al primer presidente civil de Egipto fue saludado por Tony Blair, enviado especial del cuarteto en Oriente Próximo, como “el rescate absolutamente necesario de una nación”, según ha recordado el periódico liberal británico The Guardian. De forma que, lo mismo que la prioridad en Siria ha dejado de ser la liquidación del régimen de Bashar el Asad, en Egipto tampoco lo es ahora el asentamiento de un régimen democrático, sino garantizar la estabilidad a cualquier precio. En una región devastada por la presión del Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL), el polvorín palestino-israelí y el galimatías libio, en un solar donde Rusia, Irán y China operan con su propia agenda, Occidente ha llegado a la conclusión de que cualquier solución es peor a un Egipto estable, aunque sea a costa de dejar en el olvido los buenos deseos formulados cuando su primavera dejó en la cuneta a Hosni Mubarak.

La duda, la gran duda, es si la dirección tomada por los militares egipcios desemboca o no directamente en una pseudodemocracia estable. Las enseñanzas de la historia de Egipto contienen datos suficientes para pensar que han sido periodos poco estables los que han seguido a operaciones de represión sin cuartel de los Hermanos Musulmanes y compañeros de viaje. Así fue después del asesinato en 1949 de Hasán al Bana, el fundador de la organización, después de la ilegalización de esta en 1954, después de la ejecución en 1966 Sayyid Qutb, una de las referencias ideológicas de la Hermandad; así fue también durante buena parte de la presidencia de Anuar el Sadat, asesinado por un comando yihadista infiltrado en el Ejército, y así es en nuestros días, cuando entre los condenados a muerte figura Mohamed Badia, guía espiritual de los islamistas. De hecho, los Hermanos Musulmanes han mantenido siempre una doble estructura organizativa –pública, una; clandestina o secreta, la otra– y la participación en la vida institucional, de forma oficial o encubierta, ha alimentado un debate permanente en la dirección y entre la militancia.

Sayyid Qutb, ideólogo del islamismo radical, ahorcado en 1966.

Si los militares egipcios se presentan dispuestos a repetir los mismos errores del pasado, los países occidentales, encabezados por Estados Unidos, se asoman al precipicio, empeñados en confirmar que “no estaban preparados para convivir con las primaveras árabes”, según la conclusión de la especialista Kristina Kausch. “Los países occidentales se han mostrado reacios a afrontar las realidades subyacentes de la región, expuestas en un informe del 2002 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo –sostiene Chris Patten, canciller de la Universidad de Oxford–. Los especialistas y politólogos palestinos que redactaron el informe llamaron la atención acerca de las conexiones entre gobierno autoritario, debilidad económica, desempleo elevado y política excesivamente confesional. Cuanto más dictatorial se volvió la política en esa región, más jóvenes que se veían privados de puestos de trabajo y de libertad de expresión se volvieron hacia el extremismo y el islamismo violento, la perversión de un gran credo”.

Es difícil discrepar de ese dictamen sencillo y obvio. En Egipto, la ruina económica, las desigualdades, la degradación del espacio urbano y la falta de futuro para los jóvenes llenaron la plaza de Tahrir de defensores entusiastas del Estado laico, pero a la hora de votar fueron las capas sociales convencidas de que el islam y no la democracia es la solución las que llevaron a Morsi al poder y dieron el Gobierno a los Hermanos Musulmanes. Se cumplió así la opinión expresada por el arabista francés Gilles Kepel: el movimiento que depuso a Mubarak no era representativo de la media aritmética de la sociedad egipcia, cuya ideología espontánea es el islam, de acuerdo con el análisis de las primaveras árabes del politólogo Sami Naïr. Frente a tal realidad se articula el poder de los militares egipcios que, al regresar al puente de mando, si es que alguna vez lo dejaron, cumplen una doble función o eso persiguen: mantener el statu quo en la región y poner a salvo la trama de intereses de la que son titulares como primeros gestores de la economía nacional pública y privada.

Todos las explicaciones puestas en circulación estos días por cuantos jalearon a los militares en el momento del golpe y más tarde les ofrecieron una cobertura civil para desdibujar los perfiles de una dictadura uniformada, insisten en que el pacto con los Hermanos Musulmanes era inviable y, por esa razón, la intervención de los tanques estuvo justificada. Ninguno de los hermeneutas partidarios de la intervención de los blindados entra en el asunto central: la única forma de consolidar un sistema democrático es respetar las reglas de la democracia.

Mohamed Badia, líder espiritual de los Hermanos Musulmanes, condenado a muerte.

“Cada vez que miro hacia atrás me reafirmo en que era del todo imposible alcanzar un acuerdo con los Hermanos Musulmanes, simplemente a causa de su intransigencia”, ha declarado Amr Musa, un político camaleónico, al periódico cairota Al Ahram, no menos dado al cambio cromático según las épocas. Musa encarna el sentir del establishment civil con una larga y próspera cooperación con el Ejército, mientras fuera de ese entorno tan poco inclinado al reformismo político se multiplican los gestos de arrepentimiento por la inercia hacia el golpe de la protesta laica, que dijo estar legitimada para exigir la renuncia de Morsi gracias a los millones de firmas –se aseguró que 20 millones– recogidas por todo el país para que el presidente dejara el cargo. Aquella estrategia temeraria, inducida por el movimiento Tamarod (rebelión), lo que hizo en verdad fue dar aires de levantamiento popular a una asonada dirigida por el mariscal Al Sisi y reproducir en Egipto lo que tantas veces ha sucedido en otros lugares: un responsable militar nombrado por un Gobierno salido de las urnas acaba levantándose contra quien lo nombró.

Al final de un libro dedicado a la Hermandad, el periodista español Javier Martín afirma: “Es difícil predecir el futuro. Pero si dos certezas existen, son que el devenir del islamismo egipcio volverá a marcar tendencias en el mundo árabe-musulmán, y que cualquier proceso de reforma democrática en Egipto –y en el resto de la región– deberá tener en cuenta a la amplia burguesía piadosa. Gran parte de ella son hermanos y musulmanes”. Estas líneas fueron redactadas en marzo del 2011, y hoy tienen la misma vigencia que entonces. Cuanto más marginen los militares a los islamistas, más adeptos a su causa se unirán a sus filas; cuanto más alejados de los resortes del poder estén los Hermanos Musulmanes, más fuerte se hará el islamismo radical dentro y fuera de Egipto; cuanto más se empeñen los generales en mantener la fractura social entre nosotros y ellos, mayor será la capacidad del islamismo para arraigar en una sociedad decepcionada y sin expectativas.

 

 

Túnez da ejemplo otra vez

El acuerdo alcanzado por los partidos representados en la Asamblea Nacional Constituyente de Túnez para desatascar la redacción y aprobación de una nueva Constitución contrasta con el galimatías libio, que culminó este jueves con la retención durante unas horas del primer ministro, Alí Zeidán, y aún más con el otoño Egipto, donde sigue sin conocerse el paradero de Mohamed Mursi, presidente depuesto por el Ejército el 3 de julio. No todo tiene el mismo tono regresivo en el norte de África, y otra vez, como sucedió a principios del 2011, son los tunecinos quienes dan muestras de sentido político al buscar una salida ordenada al problema planteado por una Cámara zarandeada por desacuerdos insolubles y unas fuerzas laicas emocionalmente sacudidas por los asesinatos de Chokri Belaid y Mohamed Brahmi, dos de las voces más influyentes de la izquierda. Mientras tanto, nadie sabe hacia dónde se dirige la reforma libia, a expensas de los designios de grupos incontrolados que no hay forma de desarmar, y cada día es más evidente que en el horizonte egipcio se consolida la silueta de una dictadura militar encubierta.

Quizá sea cierto que la operación desencadenada por Estados Unidos para sacar de Libia a Abú Anás al Libi, presunto responsable de las matanzas en las embajadas estadounidenses de Nairobi y Dar Es Salaam, el 7 de agosto de 1998, haya echado más leña al fuego a la falta de vertebración del país surgido del final de la guerra civil. Es seguro que la política contemplativa de Occidente en el desarrollo de los acontecimientos en Egipto a partir del golpe de Estado ha favorecido a los generales, movilizados en defensa de los intereses de una casta que controla más del 30% de la economía del país. Pero no es menos cierto que frente a la debilidad del núcleo laico en ambos países, la disposición del sindicato Unión General de Trabajadores Tunecinos (UGTT) ha suplido las carencias de unas fuerzas políticas laicas inexpertas, enfrascadas con frecuencia en estériles debates bizantinos, y condicionadas por la disciplina de Ennahda (islamista moderado), que representa a la sumo a un cuarto de la población del país, aunque obtuvo más del 40% de los votos en las elecciones de octubre del 2011.

Habib Burguiba, padre de la independencia de Túnez, en Bizerta, en el norte del país, en 1952.

En definitiva, el equilibrio entre laicos e islamistas moderados, más allá de la aritmética electoral, se ha restablecido en Túnez, con el consiguiente apaciguamiento de las pasiones, al tiempo que en Libia no hay forma de desentrañar dónde se encuentran en verdad los resortes del poder legítimo o, peor aún, cunde la sospecha de que estos no existen, sometido todo el andamiaje político a las milicias armadas, la pugna tribal y la exigencia del este –región petrolífera– de disfrutar de mayores cuotas de poder. Y, en Egipto, los notables presididos por Amr Musa, encargados de redactar una nueva Constitución a la medida de los cuarteles, tienen cada día más la apariencia de máscaras cuyo destino es ocultar el torvo rostro de la dictadura militar que pilota el general Abdel Fatá al Sisi.

Como recordaba Jean Daniel, fundador del semanario progresista francés Le Nouvel Observateur, en un artículo publicado el 13 de febrero de este año, en momentos de gran incertidumbre, la herencia de Habib Burguiba, padre de la independencia tunecina, la crisis de “ese pequeño país desborda con mucho sus fronteras”. “De su resolución –añadía Daniel–, dependerá la posibilidad de mantener una verdadera democracia en tierra del islam”.  El mismo autor reconocía en aquel artículo que Burguiba fue con el paso del tiempo “un déspota cada vez menos ilustrado”, pero sus primeros años “fueron esenciales en dos apartados: sus decisiones relativas al estatuto de la mujer y la forma de practicar y respetar el islam”. La UGTT ganó influencia y prestigio en aquella atmósfera de compromiso aconfesional, y aún hoy agavilla voluntades enfrentadas gracias a la herencia recibida.

A la izquierda, Gamal Abdel Naser, presidente de Egipto, y Habib Burguiba, presidente de Túnez, en la conferencia de no alneados de Belgrado, en 1961.

“El aspecto más significativamente singular de lo sucedido en Túnez es la capacidad de todos los actores políticos importantes, incluido el partido Ennahda, que dirige un Gobierno de coalición, para dialogar, negociar y comprometerse cuando es necesario para mantener la transición hacia una democracia plural que alcance a todos los grupos para competir por el poder”, destaca el analista Rami Khouri. Esa es una cualidad del entramado tunecino que de momento carece de licencia de exportación y que, con toda probabilidad, deriva de la secularización de la cultura política deseada por Burguiba en los años que siguieron a la independencia (1956). Burguiba sucumbió a la tentación del culto a la personalidad y de un paternalismo acrítico, pero suministró antídotos civiles para neutralizar otras tentaciones: el cesarismo, el dogmatismo religioso, la postergación de la mujer y el comunitarismo.

Si se compara esa herencia con el relato emancipador de Gamal Abdel Naser, padre del Egipto moderno, surge enseguida la gran diferencia: Naser, al frente del mayor de los estados árabes, aspiró a dirigir el orbe árabe; Burguiba, líder de un pequeño país, no soñó nunca con encabezar grandes aventuras más allá de sus fronteras. La modesta ambición política de Burguiba tuvo un carácter estrictamente nacional; el proyecto panarabista de Naser, a menudo grandilocuente, requirió la construcción de un régimen basado en la supremacía del Ejército para hacer frente a Israel y redimir el agravio de 1948. Medio siglo más tarde, de la suerte del modelo tunecino, con todas las vicisitudes que se quiera, depende “la posibilidad de mantener una verdadera democracia en tierra del islam”, como se recoge más arriba, mientras que los uniformados de El Cairo aparecen como una sociedad cerrada cuyo primer objetivo es gestionar sus negocios y garantizar el poder de los centuriones.

A la izquierda, Muamar Gadafi, líder de Libia, y Habib Burguiba, presidente de Túnez, en 1983,

A la izquierda, Muamar Gadafi, líder de Libia, y Habib Burguiba, presidente de Túnez, en 1983.

Si la comparación es con el caos libio, entonces el contraste es aún mayor. El Estado de masas de Muamar Gadafi, la Yamahiriya, nunca fue mucho más que un nombre. En la práctica, solo fue útil para que prevalecieran las rivalidades tribales cuyo fragor confería al dictador un poder arbitral permanente del que dependía su supervivencia. A diferencia de Burguiba y Naser, que construyeron identidades políticas –nacionales– indiscutiblemente vigentes, Gadafi no tuvo el mayor interés en hacerlo, sino que fomentó la división. El caso es que hoy, después de una sangrienta guerra civil, un proceso constituyente instalado en la confusión y la exportación de petróleo –la capacidad extractiva de Libia es de 1,6 millones de barriles diarios– afectada por la pugna política, el país tiene la imperiosa necesidad de impulsar la socialización nacional para evitar que la adscripción tribal siga siendo la barrera infranqueable que se levanta entre los individuos y el Estado. Sin la construcción de una identidad colectiva que se extienda por encima de localismos y fidelidades personales, será muy difícil que pueda oponerse un poder homogéneo a las milicias surgidas durante la guerra, con presencia muy activa del islamismo radical.

Aún así, sigue en vigor el aserto más repetido desde que todo empezó entre los últimos días del 2010 y los primeros del 2011: nada será como antes. Acaso Egipto haya vuelto a la casilla de salida y acaso ese otoño de los generales se prolongue en un gobierno de los uniformados de duración imprevisible. Acaso Libia se haya salido del tablero y deba superar grandes dificultades y contratiempos antes de volver a él. Acaso, en fin, Túnez no consiga en mucho tiempo alcanzar la velocidad de crucero de la democratización y tenga que remontar cuestas interminables. Acaso todo eso suceda, pero la calle árabe perdió el miedo, según subrayan los sociólogos políticos, y lo que ahora acontece no es más que la confirmación empírica de que se quedaron cortos en sus cálculos cuantos diagnosticaron en los primeros días de las primaveras que haría falta una generación para que cuajaran.

La ‘primavera’ egipcia viste uniforme

Si alguien puso alguna vez en duda que es el Ejército el que dicta las normas en Egipto, con primavera o sin ella, los acontecimientos que se desarrollaron entre la tarde del lunes y la del miércoles deben haber convencido a los más incrédulos. El Ejército es la columna vertebral del Estado, la única institución con una capacidad ilimitada de intervención política, prestigiada a través de la herencia de Gamal Abdel Naser, del apoyo por omisión prestado a la caída de Honsi Mubarak y del apoyo activo ahora a cuantos reclamaban la liquidación de la presidencia de Mohamed Mursi. La capacidad de los generales de ajustarse a situaciones cambiantes y extremadamente volátiles, de mostrar su mejor rostro en los peores momentos, de aparecer ante la opinión pública como los hermeneutas cabales de las reivindicaciones populares, los colocan por encima de las contingencias de la lucha partidista y de la crisis social.

El editorial de The New York Times de dos días antes del golpe de Estado era concluyente: “(Mursi) utilizó las elecciones para monopolizar el poder, denigrar a los adversarios y solidificar los vínculos con la línea dura islamista”. Incluso admitiendo que puede haber una sobrecarga emocional en ese juicio, lo cierto es que no solo en Occidente, sino en las filas de la oposición laica arraigó la idea de que las tres victorias electorales de los Hermanos Musulmanes, las legislativas, las presidenciales y el referendo constitucional, habían sido el punto de apoyo de la palanca manejada por el presidente Mursi para desnaturalizar los objetivos y anhelos de la movilización que acabó con la autocracia de Mubarak. Un medio tan comedido como Al Ahram, el diario árabe de mayor difusión, se sumó a la tesis de los excesos del poder y alimentó las pasiones desatadas.

Al Sisi

El ministro de Defensa, Abdul Fatá al Sisi (centro) anuncia la noche del miércoles la destitución del presidente Mohamed Mursi. El primero por la izquierda es Mohamed el Baradei, líder de la oposición laica, y el segundo por la izquierda es Mahmud Badr, líder del movimiento Tamarrud. El segundo por la derecha es el papa copto Tawadros II, y el tercero por la derecha es el gran jeque de Al Azhar, Ahmed el Tayeb.

Pero lo cierto es que Mursi llegó a la presidencia del país en unas elecciones limpias y ha caído a causa de un golpe de Estado que viola las reglas de la democracia. Al salir de los cuarteles y asumir el papel de garantes de las reclamaciones de la calle, los militares han actuado como una institución por encima de la ley, del control civil de sus actos, de la soberanía popular y de la confrontación política entre iguales. Han acudido a la tradición para rescatar la figura del príncipe justo que se atiene a la ideología espontánea de la comunidad, interpreta sus deseos y se pone a su servicio, aunque cuando se trata de una institución que gestiona no menos del 40% de la economía del país, más parece que lo que realmente hace es poner sus intereses a buen recaudo. En cuanto a su compromiso democrático, hacen innecesario todo comentario la detención de los líderes más destacados de los Hermanos Musulmanes y del Partido Libertad y Justicia, brazo político de la Hermandad, las órdenes de arresto y el cierre de canales de televisión, además del confinamiento de Mursi en dependencias oficiales.

Dicho de forma muy resumida: el Egipto descontento que se hartó de la incapacidad de la cofradía para ofrecer resultados y, en cambio, abundó en un sectarismo destemplado, se ha echado en brazos del Ejército sin mayores garantías de que los uniformados respeten el pluralismo, la división de poderes y la libertad de prensa, acepten unas elecciones sin excluir ninguna sigla y, por último, vuelvan a los cuarteles y aparquen los tanques. En la mitología nacional de ese Egipto movilizado ha pesado más la tradición militarista que el recuerdo de la degradación sufrida por el Estado bajo la autocracia de Mubarak; el nacionalismo con galones naserista ha conquistado la calle más que otras consideraciones. Y en esa operación llena de riesgos se han subido al carro del disgusto popular personajes como Mohamed el Baradei y Amr Musa que, en otras circunstancias, hubiesen tenido poco que decir y si ahora se les escucha es porque el frente laico ha sido incapaz de consolidar nuevas figuras políticas a través de la unidad de acción.

A decir verdad, la unidad de acción del bloque opositor que se enfrentó a Mursi es poco menos que una entelequia. El tótum revolútum de laicos, liberales, naseristas, paniaguados de la dictadura de Mubarak, jerarcas coptos y clérigos de la mezquita de Al Azhar lo es todo menos el caldo de cultivo adecuado para construir un frente civil razonablemente sólido frente a los uniformados, acostumbrados a redactar el orden del día sin consultar a nadie. Antes bien, ese mosaico con piezas de todos los tamaños y colores tiene todas las trazas de acoger discursos incompatibles, más adecuados para alimentar la fractura social que para promover la unidad de acción. Una fractura social condenada a agravar los efectos de otra, delimitada después del golpe de Estado, que enfrenta a los partidarios de la Hermandad con quienes depusieron al presidente Mursi.

Egipto. DatosEn la concreción del combinado ideológico que ha aceptado que el Ejército marque el paso, la debilidad está garantizada, que es tanto como decir que la iniciativa de los militares también lo está. Se trata de un mal presagio para encarar las jornadas que se avecinan y para hacer frente a una reforma de la economía que ha de tener un indudable coste político. Es un punto de partida desconcertantemente insuficiente para cohesionar el próximo Gobierno y fijar un programa de mínimos en el que deben figurar la crisis de subsistencias, la degradación de los servicios y la negociación con el Fondo Monetario Internacional (FMI) de un préstamo de 4.800 millones de dólares que evite la quiebra del Estado y la suspensión de pagos. Es decir, es de temer que se ponga de relieve la inconsistencia de la oposición a Mursi y el generalato se presente como aún más imprescindible para encauzar el futuro en cuanto se pase del aplauso a los blindados y los fuegos artificiales en la plaza de Tahrir a la gestión del día a día.

¿O es que cuantos se sentaron a ambos lados de la tribuna desde la que el general Abdul Fatá al Sisi anunció la consumación del golpe están dispuestos a sufrir el desgaste de las condiciones que impondrá el FMI para poner un parche a la economía? ¿Acaso alguien cree que es posible lograr un préstamo sin recortar drásticamente las subvenciones de algunos artículos de primera necesidad? ¿Puede pensarse que los reunidos por Al Sisi están dispuestos a pedir a los militares que renuncien a una parte sustancial de los sectores de la economía que gestionan para aliviar las estrecheces de una población golpeada por un rápido proceso de empobrecimiento? ¿Cabe pensar que el presidente Adli Mansur, nombrado por los generales, se sumará a una estrategia siquiera sea de deliberación que ponga en duda los intereses de estos?

Se cumple así en todos sus extremos el vaticinio contenido en el informe entregado al Congreso de Estados Unidos por el analista Jeremy M. Sharp el 6 diciembre del 2012: “Si no alcanzan un compromiso las facciones políticas enfrentadas, la legitimidad de la transición de Egipto se pondrá permanentemente en cuestión, creando una atmósfera de inestabilidad para un futuro imprevisible”. Lo confirma el relato del fracaso histórico de los islamistas publicado en Le Monde por Benjamin Barthe, tan cierto como el horizonte de incertidumbres que sigue al fracaso a causa de la dispersión de mensajes en bandos irreconciliables, a imagen y semejanza de lo pronosticado por Sharp. Porque se trata de bloques políticos con muy poca cintura y aún menos experiencia, enzarzados en una pelea, mientras el Ejército ha pasado de tutelar la transición a dirigirla. “Después de la primavera árabe y el invierno islamista, ¿es el turno del verano pretoriano?”, se pregunta Christophe Ayad.

Sea cual sea la nueva estación, el hecho de que el primer presidente civil de Egipto haya durado un año en el cargo induce a pensar que aguardan al país días de climatología rigurosa que repercutirán en otras latitudes del paisaje árabe, en el engarce de intereses en Oriente Próximo y, de forma general, en la comunidad árabe-musulmana. Algo se ha roto entre las concentraciones de la plaza de Taksim, en Istambul, y la caída de Mursi en Egipto. En el primer caso, porque se desvanecieron muchas de las esperanzas depositadas en la experiencia posibilista del islamismo político en Turquía, un país musulmán, pero no árabe, en cuanto Recep Tayyip Erdogan recurrió a la mano dura y liquidó su imagen de islamista contenido, digno de ser referencia para otros. En el segundo caso, porque Egipto es el Estado árabe más influyente, el más poblado, el de mayor proyección exterior, que es depositario de un legado histórico y cultural inigualable… y es limítrofe con Israel, con quien suscribió un tratado de paz.

Algo se ha roto en las primaveras árabes al pasar en un mínimo de tiempo de las reivindicaciones poco menos que revolucionarias del movimiento Tamarrud en la plaza Tahrir al desfile de los centuriones ante una multitud que los aclamaba. Y la tibieza de la comunidad internacional ante lo sucedido, con  Estados Unidos y la Unión Europea en primer lugar, no hace más que confirmar que prefiere una democracia restringida, sometida a vigilancia, antes que una transición larga, con momentos complicados, avances y retrocesos, crisis y vacilaciones. Otra cosa es que eso sea posible dos años y medio después de la caída de Mubarak y de la desinhibición de la calle árabe.

¿Se irán a los cuarteles los generales egipcios?

Egipto de dispone a tener por primera vez un presidente civil desde la instauración de la república en 1953. Desde aquella fecha y hasta el próximo 21 de junio se habrán sucedido uniformados al frente del país: Muhamad Naguib (1953-1954), Gamal Abdel Naser (1954-1970), Anuar el Sadat (1970-1981), Hosni Mubarak (1981-2011) y un consejo militar, encabezado por el mariscal Mohamed Tantaui, desde el 11 de febrero del año pasado, cuando Mubarak fue depuesto durante el levantamiento popular que se concentró en la plaza Tahrir de El Cairo. Las elecciones del 23 y 24 de mayo (primera vuelta) y del 16 y 17 de junio (segunda vuelta) implican en teoría un cambio radical porque, una vez el generalato haya transferido el poder al presidente electo, debe retirarse a los cuarteles y renunciar a la potestad tutelar que ha ejercido sobre el proceso de transición.

Pero eso es solo la teoría porque la influencia del Ejército dentro del complejo militar-industrial es enorme y fuera de él las Fuerzas Armadas son omnipresentes en la comercialización de los productos agrarios, los bienes raíces y el sector servicios. Así pues, los militares tienen en sus manos la mayoría de los resortes del poder económico y aún son para Estados Unidos y Occidente en general el aliado necesario para mantener el statu quo en Oriente Próximo. Dicho de otra manera: constituyen el sillar sobre el que se levanta el entramado diplomático-militar construido a partir de los acuerdos de Camp David y de la normalización de relaciones de Egipto e Israel, intercambios comerciales incluidos.

“En Egipto, no hemos estado en presencia de un proceso verdaderamente revolucionario como en Túnez –sostiene en Alternatives Internationales el arabista francés Gilles Kepel, profundo conocedor de la sociedad egipcia–. La ocupación de la plaza Tahrir a principios del año 2011 era más el espectáculo de la revolución que una auténtica movilización revolucionaria. Fue llevada a cabo esencialmente por una juventud articulada, moderna, insertada en el mercado de trabajo, que habla inglés o francés y cuya relación con la masa de la población no fue más que muy gradual. La presión popular de la plaza Tahrir indujo a los iguales de Mubarak, es decir, a la jerarquía militar, a empujar a su jefe hacia la salida. Pero el poder sigue en manos del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas”.

Así pues, según Kepel, no hubo revolución en Egipto, a diferencia de Túnez, donde los comandantes de su modesto Ejército se mantuvieron al margen del conflicto abierto entre la cleptocracia del general Sine el Abidine ben Alí y la población enardecida. Según Georges Corm, prestigioso intelectual libanés de confesión cristiana maronita, aunque nacido en Alejandría (Egipto), es demasiado pronto para sacar conclusiones: “Yo siempre digo que la Revolución Francesa estalló en 1789 y no dio sus frutos finales hasta un siglo más tarde, cuando se estableció la Tercera República, acabó el régimen monárquico y los principios republicanos quedaron asegurados (…) Pienso que estamos al principio del camino”.

Debate electoral en Egipto

Un grupo de ciudadanos de El Cairo sigue en una pantalla instalada en la calle el debate electoral televisado el 10 de mayo.

Para una sociedad sometida a la arbitrariedad despótica de los gobernantes, seguir por el camino que adivina Corm es bastante más que salir del callejón de los milagros, por recurrir al título de la gran novela del egipcio Naguib Mahfuz. Aunque sea mucho aventurar, parece que los objetivos últimos son la consolidación de un Estado moderno, estructurado, donde se respete la división de poderes, convivan en paz musulmanes y cristianos coptos, esté garantizada la libertad de expresión y prevalezca la neutralidad del Estado si surgen conflictos intercomunitarios. Y ahí surge uno de los grandes asuntos de la campaña en curso: dónde queda la religión, cuáles son los propósitos que abrigan los Hermanos Musulmanes si completan su espectacular éxito en las legislativas con la elección de uno de sus dos candidatos afines mejor situados: el islamista moderado, exmilitante de la Hermandad, Abdel Moneim Abul Fotú, o Mohamed Mursi, que pertenece a ella. Este es el gran asunto a dilucidar a juzgar por el enfoque de la campaña y el contenido de buena parte del debate televisado de cuatro horas –el primero celebrado en Egipto– que enfrentó el día 10 a Abul Fotú con Amr Musa, exministro de Asuntos Exteriores de Mubarak, exsecretario general de la Liga de Estados Árabes y candidato predilecto del establishment cairota laicista.

Escribe el periodista Kim Amor en Fragmentos de El Cairo, recopilación de sus artículos en EL PERIÓDICO: “El Cairo transpira islam por todas partes”. Amor tiene un conocimiento exquisito –un punto sentimental si se quiere– de la capital de Egipto, el justo para que en todo el libro surja el sentimiento religioso aquí y allá, no solo como un factor permanente de la vida cotidiana, sino como una seña de identidad irrevocable. Lo mismo sucede con los textos del escritor nacionalista Alaa al Aswany, articulista pugnaz en la oposición a Mubarak. Aswany añade en sus textos un lamento: la progresiva invasión de predicadores wahabís sufrida por la comunidad musulmana, en las mezquitas y en las cadenas de televisión mantenidas con petrodólares, y el auge salafista, que induce al creyente a no revelarse contra el poder si este lo ejerce un musulmán.

Basta una sola frase salida de la pluma de Aswany para desvelar qué temores abriga: “Parece que la Hermandad está destinada a no aprender jamás de sus errores. Todo aquel que lea su historia se sorprenderá del gran abismo que hay entre sus posiciones nacionalistas contra la ocupación extranjera y sus actitudes hacia el despotismo” (Egipto: las claves de una revolución inevitable). ¿Teme acaso Aswany que los Hermanos Musulmanes, llegado el caso, entre defender la reforma o pactar con los militares, accedan a esto último si les garantiza mantenerse en el poder? Una respuesta categórica es imposible porque la Hermandad ha pasado por todos los estados emocionales imaginables en sus relaciones con el Ejército, incluido el terrorismo, y ha sufrido durante largo tiempo la dura prueba de la represión sin tregua.

¿A qué aspiran los islamistas enfrascados en la carrera electoral? El analista de Foreign Policy Marc Lynch afirma en su blog. “La Hermandad siempre se ha preocupado por la percepción de que busca dominar la política egipcia y trató de evitar el proceso de cristalización de un frente antiislamista. La mayoría de los analistas espera que la Hermandad practique el autocontrol con el fin de no provocar estos miedos, y este fue en general el mensaje que intentan enviar los líderes de la Hermandad. Pero no hay duda de que la Hermandad se ha hecho cada vez más fuerte, ya que ha asentado su poder en el ambiente de la transición, y está menos dispuesta a alejarse de la confrontación o de dar marcha atrás en sus preferencias”. Quizá esta determinación renovada, alimentada por la victoria en las legislativas, explique que los Hermanos Musulmanas decidieran finalmente luchar por el sillón presidencial después de haber anunciado que no aspiraban a ocupar el puesto.

Las encuestas no permiten vislumbrar cuál será la fuerza real en las urnas del islamismo político. La última que se conoce carece de valor porque solo otorga el 9% de las intenciones de voto a Fotú, el 8% a Ahmed Shafiq, último primer ministro de Mubarak, el 7% a Musa y el 4% a Mursi, con un porcentaje de indecisos del 39% y sin posibilidad material de predecir cómo influirá en el reparto del voto la prohibición de la comisión electoral de que se presentaran Omar Suleimán, el último vicepresidente de Mubarak, Hazem Abú Ismail, aspirante de los salafistas, y Jairal al Shater, el candidato elegido en primera instancia por los Hermanos Musulmanes. Tampoco es posible aventurar en qué medida afectará al voto laico la ausencia de Mohamed el Baradei, el brioso exdirector general de la Agencia Internacional de la Energía Atómica que en enero decidió no participar en la carrera presidencial. En última instancia, está por ver cuál es el peso real del factor religioso con candidatos únicos en una elección a escala nacional.

Al otro lado de la frontera del Sinaí, el proceso se sigue en un ambiente alterado por la repentina gran coalición de centroderecha formada por los partidos Likud y Kadima, la presencia de varios generales vestidos de civil sentados en el Consejo de Ministros y el debate recurrente acerca de sí Israel debe poner en marcha una operación preventiva contra Irán para cercenar el presunto propósito de los ayatolás de disponer de la bomba atómica. Para el Gobierno israelí, la democratización del gran vecino árabe es un factor de desasosiego porque todos los candidatos relevantes, incluido Musa, el más posibilista, son partidarios de revisar el modus vivendi con Israel. “Durante años, el discurso israelí fue que una verdadera paz con el mundo árabe solo sería posible cuando la región abrazara la democracia. Pero la perspectiva de una democracia árabe se ha convertido ahora en una preocupación para los líderes israelís –sostiene Shlomo ben Ami, que fue ministro de Asuntos Exteriores con Ehud Barak, en un artículo que titula El dilema egipcio de Israel–. Lograron acuerdos con autócratas de El Cairo, Damasco y Ammán, y ahora temen las consecuencias de una política exterior árabe que responda genuinamente a la voz del pueblo”.

El análisis de Ben Ami se hace eco de los recelos del Gobierno israelí, que tuvo en el régimen de Mubarak un aliado muy cercano en el combate contra Hamás en Gaza y en la neutralización del proyecto iraní de ser una potencia regional hegemónica. “Es inconcebible, por ejemplo, que una democracia egipcia en la que los Hermanos Musulmanes sean una fuerza política legítima, mantenga la complicidad de Mubarak con Israel en el asedio de Hamás, que controla Gaza”, afirma Ben Ami. Y recuerda este episodio revelador: “Una de las primeras decisiones tomadas por el Gobierno interino de Egipto fue permitir a un barco iraní cruzar hacia el Mediterráneo a través del canal de Suez por primera vez en tres décadas”.

El veterano periodista Mohamed Heikal, que fue amigo personal y asesor del presidente Naser y dirigió entre 1957 y 1974 el diario Al Ahram, el más importante en lengua árabe, opina que cada revolución –para él la ha habido en Egipto– “está condicionada por dónde empieza y por dónde se mueve”. En el caso de la que ha acabado con el régimen de Mubarak, entiende que demuestra que “es posible desafiar al terror del Estado”. “Y pienso que eso revolucionará al mundo árabe”, deduce Heikal. Un punto de vista que se puede compartir fácilmente, porque si Túnez plantó la simiente de la primavera árabe, el poder de propagación de Egipto es infinitamente mayor en el seno del universo árabe y fuera de él.

En este sentido, la alarma de Israel se corresponde con los pronósticos que hace Heikal de una generalización del cambio en los países árabes. Al mismo tiempo, la estrategia que propone el profesor Henry Kissinger, de un realismo aplastante, aspira a hacer de la necesidad virtud: “Estados Unidos debe prepararse para pactar con los gobiernos islamistas democráticamente elegidos”. Añade, claro, que sin violentar los “objetivos de seguridad” que han guiado la política de Estados Unidos en la región desde hace más de medio siglo, a saber: prevenir la aparición de un poder hegemónico, asegurar el flujo de las fuentes de energía, esencial para la economía mundial, y “negociar una paz duradera entre Israel y sus vecinos, incluido un acuerdo con los árabes palestinos”.

La gran incógnita es si para preservar estos “objetivos de seguridad” es preciso que el Ejército egipcio se mantenga por encima y al margen del entramado institucional democrático o si, por el contrario, el nuevo presidente y el Parlamento cultivarán la imagen y la política que corresponde a un aliado necesario más allá del mundo árabe. Tan necesario que la Administración del presidente Barack Obama optó por dejar caer a Mubarak para consagrar la tutela de los cuarteles sobre un proceso en el que corrían el riesgo de que escapara a su control.