EEUU, la gran fractura

Al encarar la recta final de la campaña electoral en Estados Unidos, a la bolsa le vinieron las angustias: Donald Trump podía ganar, según las encuestas, aunque las diferencias entre la mejor para el republicano (la de Los Angeles Times, seis puntos de ventaja) y la más favorable para Hillary Clinton (la de Reuters, seis puntos de ventaja) fijaban los límites de una horquilla demasiado amplia para deducir que la intervención en la campaña del director de FBI, James Comey, había cambiado básicamente las coordenadas de la elección. Al día siguiente, jueves, la web politico.com hacía pública su propia encuesta y descartaba la existencia de un voto oculto republicano que emergerá el día 8 y The Hunffington Post, otro medio digital con información de primera mano, publicaba un comentario en el que se decía textualmente. “Mucha gente está preparada para alucinar, pero la carrera se mantiene en el lugar que estaba”.

Diríase que la histeria de la campaña se había trasladado a Wall Street, donde echaban la cuenta de cuál puede ser el impacto inicial de una victoria de Trump: pérdida de 13 puntos del índice Dow Jones. Una barbaridad contable, menor en todo caso a la incertidumbre internacional frente a un presidente imprevisible, sin ninguna experiencia política y con una especial habilidad para sembrar la alarma. En esta situación, cobra todo el sentido la afirmación de Paul Krugman hace unas semanas en un artículo en The New York Times: “La obsesión de los medios [las televisiones, sobre todo] por las falsas equivalencias ha impulsado una candidatura sin sentido”. El desafío de Trump quizá haya sido posible en gran medida gracias a otro caso de histeria colectiva: aventar sus despropósitos con el fin de combatirlos, aunque finalmente ha sido una herramienta de propagación de su candidatura que ha movilizado a la América profunda, blanca y defraudada, mientras a Clinton se le han reprochado debilidades que no se han echado en cara a ningún candidato varón, especialmente el hecho de que sea representante genuina del establishment. ¿Acaso no lo fueron todos los presidentes, incluidos los más liberales, simpáticos, populares o eminentes aportados por los dos grandes partidos a la historia del país?

Las encuestas han perdido fiabilidad porque recogen todas el efecto momentáneo de episodios que actúan como excitativos de una opinión pública muy desencantada con los manejos y golpes bajos de una campaña insólita. El desencanto no es solo una deducción académica fruto de la atmósfera que se respira: se pone de relieve en un sondeo difundido el viernes por el Times de Nueva York sobre el estado de ánimo de los electores. El reproche más repetido –ocho de cada diez votantes– es que la campaña ha sido “más repulsiva que interesante” y, algo aún peor, ni Clinton ni Trump transmiten una imagen fiable: “Son vistos como deshonestos y la mayoría de votantes tienen una opinión desfavorable de ellos”. Uno de los dos será el vencedor –alguien debe ganar, no hay otra–, y para él serán la música, los focos y el confeti, pero todo quedará empañado por esa teoría del mal menor, cada día menos teoría y más realidad, según la cual a nadie entusiasmará el próximo presidente, será algo así como un mal consentido, aceptado de antemano, porque no queda más remedio.

En este juego de lo irremediable, ya que no cabe lo deseable o lo políticamente atractivo, Hillary Clinton tiene un mayor margen de maniobra: al ponderar la mayoría de sondeos publicados hasta la fecha, la candidata demócrata aparece con un 86% de posibilidades de ser presidenta y Donald Trump, con solo el 14%. Según uno de los muchos asesores que auscultan el cuerpo electoral, el convencimiento de que solo ella garantiza la continuidad de los programas sociales de Barack Obama explica la ventaja que saca en ese cálculo de posibilidades hecho a una semana del gran día. Pero quizá también tenga que ver el hecho de que 26 millones de estadounidense ya han votado en urnas electrónicas, muchos de ellos antes del último rifirrafe de los correos en manos del FBI, un hecho insólito acorde con una campaña asimismo insólita. O acaso lo realmente determinante sea que Trump neutraliza parte de su capacidad de movilización con su incapacidad para respetar las reglas más elementales de la política convencional.

Al repasar los diferentes cambios climáticos en la política de Estados Unidos desde el final de la segunda guerra mundial no hay forma de encontrar un aire más viciado, un encono mayor que el de ahora, ni siquiera en los peores días de la guerra de Vietnam, del escándalo Watergate, de la crisis de los rehenes de Irán, del caso Lewinsky, del escrutinio bajo sospecha de Florida en el 2000 que hizo presidente a George W. Bush, de la guerra de Irak y de tantos otros acontecimientos que tensaron las cuerdas. La división es la norma, las políticas bipartidistas apenas tienen sitio en el campo de minas sembrado por ambos bandos, más quizá por el republicano, colonizado por un pensamiento neocon más radical a cada día de pasa; el problema racial reverdece y el llamado por Gunnar Myrdal “gran dilema de América” sigue ensangrentado la calle y desorienta a cuantos creyeron que la elección de Obama cerraba suave y definitivamente el ciclo histórico que empezó con la guerra de secesión, la abolición de la esclavitud y el asesinato de Abraham Lincoln. Algo pesadamente agobiante dicta la agenda y excluye la posibilidad de una reparación de los daños –suturar las heridas de una sociedad fracturada–, sea quien sea el vencedor el próximo martes.

Ni siquiera el dato histórico de que por primera vez una mujer puede ocupar el Despacho Oval tiene la capacidad de movilización política que en su día tuvo la posibilidad de elegir por primera vez a un presidente negro. Han movilizado más al feminismo político las bravuconadas de Trump que los mítines de Clinton; ha habido mayor empeño en la movilización feminista, de larga tradición en Estados Unidos, para desgastar a Trump y sacar a relucir su vertiente machista y rijosa que para apoyar a una de las suyas (o eso creo ser Clinton). En realidad, solo la necesidad de contener a Trump ha llevado al feminismo político a sumarse a la causa de Clinton –otro gesto que debe incluirse en la política del mal menor–, no ha sido la demócrata la que ha cautivado al feminismo con su biografía y mensaje. “No soy tan narcisista como para decir que no puedo ir a votar a Hillary Clinton”, ha dicho Angela Davis, con un único objetivo: “La prioridad para la gente negra en esta elección debe ser parar a Donald Trump”. Ni entusiasmo ni militancia, solo pragmatismo.

¿Puede construirse el futuro sobre este y otros pragmatismos perentorios? ¿Puede apelarse a la serenidad de los contendientes mientras la contienda se encanalla? Ambas preguntas son casi mera retórica. Ninguna de las heridas empezará a cicatrizar el día 9, ni siquiera si los candidatos –al menos, el vencedor– apelan a la unidad de la nación (no es seguro que lo hagan). Quizá la única ventura de este año electoral alocado será que, por fin, conocido el ganador, habrán dejado de escucharse insultos, exabruptos y frases altisonantes. ¿O no, o puede que el día siguiente y los sucesivos sean la continuación de lo oído hasta ahora, tan desabrido?

Escribe el respetado anaista Fareed Zakaria sobre Trump en The Washington Post: “Es un peligro para la democracia americana. Y por esta razón votaré el martes contra él”. El mal menor una vez más; la división como norma antes y después de conocer al vencedor.