La economía, en el laberinto de la pandemia

Después del progresivo desconfinamiento, la paulatina recuperación de la movilidad y el uso de la mascarilla a todas horas el gran reto es poner en marcha las economías paralizadas por la pandemia. El gran debate es cómo hacerlo, con qué instrumentos, en qué dirección y a qué precio, entendido este como el efecto inmediato de la fractura social y el aumento de las desigualdades derivado de la contracción de las finanzas, el reordenamiento de la industria, la caída del consumo, el ascenso mareante del paro, el crecimiento de la deuda púbica, la destrucción de una parte importante de los canales de distribución y el desplome del sector servicios entre otros muchos factores. El desafío es enorme y se debe acometer en una situación caracterizada por la ausencia de liderazgos mundiales convincentes (Sylvie Kauffmann en Le Monde), la rivalidad sin tregua entre las dos primeras economías –Estados Unidos y China–, el rumbo imprevisible o alarmante, según se mire, de Donald Trump en año electoral y las habituales peleas de familia en la Unión Europea.

El convencimiento de Kauffmann de que “estos tres meses han infligido profundos desarreglos en el orden mundial” le da pie a afirmar que se ha agravado el desfallecimiento de la gobernanza mundial. A falta de un multilateralismo consolidado y eficaz, la pandemia ha acelerado la sensación de desorden, la lucha contra el mal ha sido diferente de un país a otro y las profecías de la globalización se han venido en gran parte abajo, impugnadas con harta frecuencia por un nacionalismo de urgencia. Ni siquiera la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha podido sobreponerse a este ambiente general, discutido su liderazgo científico por la Casa Blanca, que la acusa de plegarse a las presiones de China.

El caso de la OMS no es más que reflejo de un orden cambiante desde antes de declararse la pandemia y que la covid-19 no ha hecho más que acelerar. Para el economista James K.Galbraith, de la Universidad de Texas, los efectos de la enfermedad en la economía han puesto de manifiesto la excesiva dependencia de Estados Unidos de la “demanda global de bienes avanzados” y de un consumo muy dinámico “alimentado por deudas y servicios no esenciales”, una situación, añade, que hay que someter a reformas radicales. En su ausencia, Jules Kortenhorst, del Rocky Mountain Institute, vaticina que Europa y China saldrán airosas de la prueba, con el recurso masivo a las energías limpias, mientras la economía estadounidense se verá lastrada por industrias más antiguas, emisoras de gases contaminantes.

El pronóstico de Kortenhorst está íntimamente ligado con el resultado de la elección presidencial, el 3 de noviembre, a la que el demócrata Joe Biden concurrirá con un programa probablemente muy diferente al de Donald Trump, pero depende, al mismo tiempo, de la habilidad de los europeos para no tropezar una vez más en la piedra de la desconfianza y los recelos del norte hacia el sur, y viceversa. Según la retranca de Hugh Hewitt, columnista The Washington Post, la invisibilidad de Biden permite a Trump, de momento, “competir contra sí mismo”, mientras Europa, cabe añadir, encadena episodios de sensatez con otros de desunión y exigencias de austeridad. De todo lo cual se deduce fácilmente que si Trump triunfa y la Unión Europea no se compromete con la recuperación, las previsiones de Kortenhorst pueden quedar en nada, y lo mismo puede suceder si el ganador es Biden y los europeos siguen enredados en su madeja.

Ante este futuro incierto, pero que será decisivo para una generación, resulta preocupante la decisión del Partido Popular Europeo de apoyar el enfoque para la reconstrucción económica del frente frugal –Holanda, Austria, Dinamarca y Suecia–, sin que un solo diputado español haya disentido, algo que, más que preocupante, es injustificable, aunque perfectamente previsible. Detrás de la declaración del presidente del Grupo Popular en el Parlamento Europeo, el alemán Manfred Weber, de que los suyos comparten la iniciativa porque entienden que “la solidaridad va acompañada de responsabilidad”, se esconde un cambio en la posición de la democracia cristiana alemana, es decir de la cancillera Angela Merkel, y el regreso a la lógica austericista, que se impuso en la salida de la crisis desencadenada en 2008.

De todo lo cual se deduce que si Trump es reelegido y la Unión Europa no sale de la estéril ortodoxia de alguno de sus socios, el único gran sistema económico que saldrá robustecido de la pandemia será el de China. La mezcla de autoritarismo y tecnocracia libera a la Ciudad Prohibida de los debates que condicionan el comportamiento de los regímenes deliberativos, de tal manera que el Gobierno chino tiene las manos libres para fijar el rumbo sin dar mayores explicaciones y sin que se avizore una gran crisis social a pesar de la contracción de la economía. Y si el ganador es Biden, la revisión de las relaciones de Estados Unidos con China planteará muchísimos más problemas al nuevo presidente que al aparato del Partido Comunista Chino, una máquina de poder sin adversarios.

¿China ganará siempre, pase lo que pase? El analista Javier Biosca Azcoiti ha escrito en Eldiario.es: “El modelo de liderazgo elegido por las dos superpotencias durante la pandemia es un reflejo de lo que viene ocurriendo en el sistema internacional en los últimos años. Mientras EEUU se retira paulatinamente del tablero –especialmente desde la llegada de Trump a la Casa Blanca–, China gana poder jugando principalmente dentro del marco de normas diseñado en gran parte por EEUU como gran arquitecto del orden mundial tras la segunda guerra mundial”. Con la particularidad añadida de que las fórmulas chinas para superar la crisis no son exportables a los países democráticos, salvo degradación de las libertades fundamentales, pero compiten con ellos en términos de eficacia y rentabilidad.

La pandemia debilita a la UE

La crisis del coronavirus ha sacado a relucir lo mejor y lo peor de la sociedad del siglo XXI. La abnegación de muchos, sin condiciones ni reservas, resalta la cicatería de otros, los egoísmos nacionales y los prejuicios exacerbados. Las discusiones en la Unión Europea para superar el fallo multiorgámico que sufre la economía sin dejar a nadie en la estacada o condenándolo a un estatus disminuido, precario, atienden a esta doble condición: la decencia aconseja el esfuerzo concertado, la solidaridad y el espíritu europeo en su máxima expresión; los analistas financieros sacan luego el manual e imponen la frialdad de la cuenta de resultados o de cualquier otro dato que guía sus pasos.

En la película Presidente Mitterrand, el actor que encarna al estadista deja dos frases para la historia que el Mitterrand auténtico seguramente habría asumido: “Yo soy el último de los grandes presidentes. Después de mí no habrá más que financieros y contables”. A juzgar por las justificaciones difundidas por economistas de variada procedencia para explicar la negativa de Alemania, secundada por Holanda, Austria y algún otro socio de la UE, el Mitterrand de cine se adelantó a su tiempo. Porque tales justificaciones solo atienden a los aspectos contables para cerrar la puerta a los eurobonos, a la mutualización de la deuda, sin entrar en otras consideraciones y en la necesidad apremiante de que ningún país se quede por el camino, renqueante y sin caminos transitables cuando cese la tormenta.

El juicio de los técnicos se apoya en los datos inmediatos, pero con demasiada frecuencia soslaya la historia. Por ejemplo, sin la disposición europea a facilitar la unificación alemana, vencidas las resistencias iniciales, el proceso hubiese entrado en una provisionalidad de efectos imprevisibles, aunque algunos alemanes ilustres como Günter Grass se alarmaron con la el acuerdo cerrado por el canciller Helmut Kohl con los socios comunitarios. Por ejemplo, se olvida el dumping fiscal practicado por Holanda –un paraíso fiscal encubierto– que perjudica los erarios de otros países, entre ellos España. Por ejemplo, se deja de mencionar que las exportaciones de Holanda equivalen al 78% de su PIB y que el destino de bastante más del 50% es a países de la UE (Rotterdam es el primer puerto de Europa).

Claro que, al mismo tiempo, hay economistas que entienden que es indefendible volver al desastroso austericidio de 2010 y años sucesivos. El belga Paul de Grauwe, de la London School of Economics, ha explicado a este diario que si no hay eurobonos porque Alemania se cierra en banda, el Banco Central Europeo debe financiar los déficits, monetarizando la deuda, al mismo tiempo que califica de locura recetar austeridad a España –añádase Italia– mediante el recurso al Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE). Y advierte que con gestos arrogantes puede crecer la desafección y pueden engordar los partidos eurófobos, que ven la construcción de la cohesión europea, de la ciudadanía europea, como un problema y no como una solución.

Los ejemplos de Hungría y Polonia son dignos de tenerse en cuenta: dos partidos de extrema derecha, nacionalistas, eurófobos y autoritarios –Fidesz y Ley y Justicia– tienen garantizado el respaldo mayoritario de la población, facilitados sus atropellos a la democracia por la pasividad de la UE, más inclinada a la retórica que ha sancionarlos. El poder de contagio de actitudes como la de Viktor Orbán, primer ministro de Hungría, es equiparable al del coronavirus. Líderes políticos de diferentes marcas de la extrema derecha –Marine Le Pen, Geert Wilders, Matteo Salvini– se encuentran en una situación propicia para asaltar el poder o por lo menos mediatizarlo, si no es que ya lo hacen ahora en alguna medida. Dicho de otra forma: la pandemia puede debilitar la UE en grado sumo como proyecto de futuro.

Muchos de estos líderes a la espera cuentan además con la ventaja de no sufrir desgaste alguno porque no gestionan la crisis, no han de tomar decisiones sobre la marcha ni dar todos los días el parte de contagiados y muertos. Con difundir la idea de que quienes gobiernan la UE y en cada uno de los países pecaron de imprevisión, son ineficaces y se ven superados por la crisis tienen suficiente para que les sonrían las encuestas y siembren la gran duda: ¿podía haberse afrontado todo de mejor manera? Una vez más, rinde o puede rendir réditos la maquinaria perversa de simplificar el cariz de los problemas para, acto seguido, ofrecer alternativas de una simplicidad absoluta.

Nada es fácil en la crisis insólita que mantiene a los ciudadanos encerrados en casa a la espera de que escampe, a los sistemas sanitarios sometidos a un estrés permanente, a las economías sin aliento y a los gobiernos obligados a atender a la vez al consejo de los especialistas y a las necesidades básicas de la población. Pero todo puede complicarse si, al mismo tiempo, llegan de Bruselas malas noticias o noticias inconcretas. Una de ellas, las declaraciones de Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea: el Plan Marshall que reclama Pedro Sánchez será el presupuesto de la UE, estará contenido en él. Si fue dicho para salir del paso, malo; si fue dicho para suavizar el debate sobre los eurobonos, peor.

Se ha quedado sola Alemania en la UE como único socio de referencia, muy debilitada Francia por los efectos de una larga crisis social y un programa de reformas promovido por Emmanuel Macron que a duras penas se concreta. Ha dejado de funcionar el eje francoalemán como un sistema de pesas y medidas capaz de equilibrar mentalidades, tradiciones políticas y lastres del pasado muy diferentes, y se ha impuesto el enfoque alemán de los problemas y de las soluciones, con Angela Merkel en el ocaso y un Parlamento que “nunca aprobará los eurobonos”, según recordó la cancillera. Y corre el riesgo la UE de olvidar algunas de las ideas que guiaron a los padres fundadores, entre ellos, Robert Schuman: “Servir a la humanidad es un deber igual que el que nos dicta nuestra fidelidad a la nación. Así es como nos encaminaremos hacia la concepción de un mundo en el que se apreciarán cada vez más la visión y la búsqueda de lo que une a las naciones, de lo que les es común, y en el que se conciliará lo que las distingue y las opone”. Unión, diversidad, solidaridad, estos son de nuevo los grandes retos.

El ‘brexit’ se adentra en el caos

La Unión Europea ha pasado a controlar sin reservas el calendario del brexit después de meses de idas y venidas sin más progresos que los fallidos intentos de la primera ministra Theresa May de lograr el apoyo de la mayoría en la Cámara de los Comunes a su acuerdo con los Veintisiete para consumar un divorcio civilizado. A una semana de confirmarse el brexit caótico, el Consejo Europeo de este jueves y viernes ha dejado establecido que la premier dispone hasta el 22 de mayo de una prórroga para una salida ordenada de la organización, siempre y cuando el Parlamento de Westminster se pliegue a la realidad: el único acuerdo posible de salida es aquel pactado por May en noviembre del año pasado. Si tal aproximación a la realidad no se produce, el aplazamiento de la aplicación del artículo 50 del Tratado de la Unión se retrasará hasta el 12 de abril, calificado por un alto funcionario de la UE como “el nuevo 29 de marzo”.

Ninguna de las suposiciones manejadas por la primera ministra le ha permitido salir vencedora en su pugna con los brexiteers recalcitrantes. Se ha demostrada infundada la creencia de que conforme se acercaba la fecha límite decaería su arrojo y, en cambio, se ha espesado el ambiente entre dos posturas encontradas e irreconciliables: la de quienes en su día tomaron la palabra a May –“mejor un brexit sin acuerdo que con un mal acuerdo”– y la de cuantos abogan por un adelanto electoral o por un nuevo referéndum que neutralice el desastre que se avecina. La disputa por el poder en las filas conservadoras ha encontrado en el backstop –los requisitos para mantener una frontera blanda entre las dos Irlandas; una frontera inexistente en la práctica– la herramienta política para diferenciar a los brexiteers de los posibilistas, y para contar con el apoyo o complicidad de los unionistas norirlandeses.

Se antoja bastante más que verosímil el cálculo hecho por el presidente de Francia, Emmanuel Macron, acerca de las posibilidades de que May acuda por tercera vez a los Comunes para que voten el acuerdo con la UE y consiga una victoria: no cree que tenga más de un 5% de posibilidades de éxito. La razón no es el acuerdo en sí, su contenido específico, ni la insuficiencia de las aclaraciones sobre el pacto de noviembre hechas en diferentes momentos por Donald Tusk, Jean-Claude Juncker y Michel Barnier, sino que los promotores del divorcio aplican el eslogan “brexit means brexit” (brexit significa brexit) hasta sus últimas consecuencias. Es imposible apear del burro a personajes tan opuestos a la permanencia en la UE como Jacob Rees-Mogg y Boris Johnson, por citar dos de los más combativos, porque entienden que seguir en la UE o prolongar la discusión con Bruselas es más o menos una claudicación, un acatamiento de las reglas del juego dictadas por la UE y de las que ellos pretenden librarse.

Al mismo tiempo, la nave europea ni puede ni quiere quedar atrapada en un bajío mientras al otro lado del canal la discusión se llena de bizantinismos, con una opinión pública dividida y una crisis de liderazgo insólita en los dos grandes partidos (el papelón laborista merece capítulo aparte). De ahí que la UE se haya preocupado de fijar el tempo de la salida, aunque una separación sin acuerdo entraña riesgos de todo orden para ambas partes. “Los políticos británicos son incapaces de poner en práctica lo que su pueblo ha exigido. El pueblo votó por el brexit”, lamenta Macron. Hasta la fecha de vencimiento, todas las opciones siguen sobre la mesa, manifiesta Tusk. “Estamos en un momento crítico en la construcción de Europa”, declara Pedro Sánchez. Todo suena a lamento por el desaguisado que se avecina.

Solo Angela Merkel mantiene el comedimiento y la esperanza en un desenlace in extremis del brexit bajo control. Al mismo tiempo, Rafael Behr, un brillante analista del periódico progresista y proeuropeo The Guardian, afirma que la UE sabe que Theresa May está acabada, que gastó todo su crédito en el Reino Unido y que el país debe empezar a aceptar un nuevo trato en Bruselas: “Las conclusiones de la cumbre se transmitieron a la nación peticionaria mientras [May] se paseaba por una antecámara. Esta es la relación de poder entre un tercer país y la UE. Gran Bretaña debería acostumbrarse a ello”. La descripción resulta poco menos que patética para la líder de un socio de la UE con tribunos exaltados que prometen que, fuera del entramado europeo, la nación recuperará la grandeza, la soberanía y la autoestima presuntamente perdidas.

El discurso brexiteer soslaya esta imagen, arropado en titulares como el del Daily Telegraph, vocero de un conservadurismo con atributos rancios: “¿Cómo Emmanuel Macron tomó el control del destino del brexit de las manos de Theresa May, mientras la fachada de unidad de la UE comenzó a resquebrajarse?” Un resquebrajamiento imaginado o supuesto que tiene más que ver con el sostenella y no enmendalla que con el desarrollo de los acontecimientos en el Consejo Europeo, pero de una indudable eficacia para mantener cohesionado el campo secesionista, aunque varias encuestas detectan una pérdida permanente de efectivos y una creciente sensación de engaño entre los votantes que apoyaron la salida en junio de 2016.

En medio, una UE de ciudadanos desorientados, que acudirán a la cita electoral de mayo sin saber muy bien cómo les afectará la defección del Reino Unido, y unas instituciones sometidas a la presión permanente de una ruptura sin reglas con el Gobierno británico, coinciden en preguntarse si alguna vez, al otro lado del canal, se sintieron integrantes de una organización basada en el continente, o si aceptaron el paso dado por Edward Heath como un mal menor, un parche inevitable para suavizar la pérdida de influencia que siguió a la descolonización. Forma parte de la historia del periodismo el titular El continente, aislado, impreso en portada por un periódico británico a raíz de un episodio de niebla muy espesa en el canal de la Mancha. Y forma asimismo parte de las viejas leyendas urbanas la respuesta de Wiston Churchill a un ayudante de Franklin D. Roosevelt que acudió a recibirle y le preguntó por la situación en las islas en plena segunda guerra mundial: “El viejo corcho sigue flotando”, se dice que respondió el premier. A saber si aquel espíritu de resistencia en solitario sigue siendo hoy el que guía a unas élites que aún se emocionan con la letra de Rule Britannia! –“Los británicos nunca serán esclavos”– o se atienen al programa general de actos de la extrema derecha, enemiga declarada de una Europa fuerte con peso político (más parece esto último).

Rusia y Ucrania, a cara de perro

La crisis del estrecho de Kerch ha pillado entre dos fuegos a los principales actores en la cumbre del G-20 en Buenos Aires: el de Rusia, al capturar tres pequeñas embarcaciones ucranianas artilladas, y el de Ucrania, al reclamar a la comunidad internacional y en especial a los socios de la OTAN gestos explícitos de apoyo a su causa. Ni pueden los países occidentales excederse en sus mensajes de desaprobación ni puede aspirar Rusia a que nada suceda después de arrestar a 24 tripulantes e iniciar el procedimiento para que sean juzgados. Superado el quinto año de enconamiento entre ambas partes, transformada la guerra en una enfermedad crónica, pero no en una dolencia terminal, solo la diplomacia puede atemperar los ánimos, que no resolver el conflicto de fondo: la sublevación prorrusa del Donbás, apoyada por los generales de Vladimir Putin, la anexión por Rusia de la península de Crimea, la radicalización de los espíritus en Ucrania y el bloqueo de facto del estrecho de Kerch, responsabilidad del Kremlin.

Lo cierto es que las partes implicadas viven días de zozobra o desencanto. Ambas economías emiten señales de debilidad creciente, sin otro resorte para mantener el pulso que los mercados de la energía, tan apegados a la incertidumbre. El clima social en Ucrania y en Rusia tiende a degradarse, condenadas las clases medias a una política de empobrecimiento manifiesto. De forma que al mismo tiempo que parecen invulnerables los oligarcas enriquecidos durante los procesos de privatización de las economías planificadas rusa y ucraniana, se descoyunta la cohesión social y se multiplican los segmentos de población vulnerables o que corren el riesgo de serlo a corto plazo.

Tampoco permite abordar el meollo de la crisis la política de las emociones, estimulada por ambos gobiernos. La opinión pública a los dos lados de la divisoria se moviliza más a lomos de un sentimiento de pertenencia que para reclamar que baje el souflé y busquen las partes una salida para que el ambiente no se emponzoñe más de lo que ya lo está. Ser ucraniano de raíces ucranianas o serlo de raíces rusas se ha convertido en la razón mayor de una sociedad exasperada por los bandazos o el oportunismo de sus líderes desde que el presidente Víktor Yanukóvich dio marcha atrás en el propósito de vincular el país a la UE (2013), Rusia apoyó la rebelión del Donbás y se anexionó la península de Crimea (2014), el presidente Petró Poroshenko, sucesor del depuesto y huido Yanukóvich, puso en marcha la maquinaria para agrandar un nacionalismo exacerbado, y por último, mediante una política de hechos consumados, Rusia unió con un puente la península con la orilla rusa del estrecho de Kerch (mayo de este año).

Poco tienen que decir el derecho internacional en lo que atañe al caso de Crimea o al control de las aguas jurisdiccionales en los estrechos cuando una de las partes, Rusia, niega la mayor, y la otra no admite otra solución que restablecer el orden político anterior al Euromaidán, las protestas que sucedieron al cambio de opinión de Yanukóvich, durante las cuales Rusia se implicó en el conflicto y envió al este de Ucrania unidades propias (ni los vehículos ni los soldados llevaban distintivos que permitieran identificarlos). Debería ser la política la que encauzara el problema y lo dilucidara, pero las necesidades acuciantes de Putin y Poroshenko para mejorar sus índices de aceptación no permiten suponer que ello es posible. Y la maraña del Rusiagate impide a Donald Trump desempeñar el papel arbitral que se ha atribuido tradicionalmente a los presidentes de Estados Unidos en tanto que líderes indiscutidos de la OTAN; ni siquiera lo hace posible el temor a una rusificación sin respuesta del pequeño mar de Azov, con orillas en Rusia y Ucrania.

Nada conspira a favor de un desenlace próximo y solvente de la crisis, sino más bien a favor de un enquistamiento, con Ucrania exigiendo la aplicación del derecho internacional para neutralizar la estrategia rusa de hechos consumados y Rusia agitando el avance de Occidente, a través de la OTAN, hasta las puertas del país como el gran argumento –una constante histórica– para recelar de cualquier movimiento al otro lado de la frontera. Aunque el analista Dmitri Trenin afirma en las páginas de The Moscow Times, un altavoz del Kremlin dirigido a Occidente, que la respuesta rusa a las acciones ucranianas “necesita ser firme en espíritu, pero inteligente en la ejecución”, enseguida saca a relucir razones de seguridad para el apresamiento de los tres barcos ante “posibles ataques contra el puente recientemente construido sobre el estrecho de Kerch”. Algo así como una acción preventivo a pequeña escala.

La pretensión rusa de que, a falta de Trump, sea Angela Merkel quien ejerza la función de mediadora para evitar una escalada choca con las pocas ganas de la cancillera de meterse en el avispero sin disponer de toda la información. O lo que es lo mismo, sin conocer la letra pequeña de un asunto tan importante como el vínculo personal entre el presidente de Estados Unidos y el de Rusia, los intereses privados que condicionan el comportamiento de la Casa Blanca y que la prensa liberal no deja de airear. “Las [últimas] revelaciones sugieren que Trump engañó a los votantes sobre sus aspiraciones comerciales en Rusia, incluso cuando solicitó su voto durante las primarias de 2016. Eso no es una transgresión menor”, afirmó un editorial de The Washington Post el mismo día que el presidente decidió no aprovechar la reunión del G-20 para entrevistarse con Putin, uno más de los asuntos importantes que quedarán fuera de la cita de Buenos Aires salvo que alguien esté dispuesto a pagar el precio político de salirse del guion.

Más munición para la derecha populista

La decisión del Gobierno polaco de desandar el trecho recorrido y dejar sin efecto el adelanto de la edad de jubilación de los integrantes del Tribunal Supremo so pena de castigo de la UE no deja de ser una excepción en la estrategia de las extremas derechas de impugnar el acervo legal europeo, la separación de poderes y la independencia de jueces y magistrados. El famoso twit del desprestigiado Ignacio Cosidó y la crisis abierta en la renovación del Consejo General del Poder Judicial apunta en idéntica dirección y el choque frecuente de la Casa Blanca con jueces que bloquean las acometidas del presidente Donald Trump transita por el mismo camino (con el discutido nombramiento de Brett Kavanaugh para ocupar un puesto en el Tribunal Supremo). No hay día en el que no surja una polémica por el control de las togas de por en medio, salpimentada en España con la certidumbre de que el Poder Judicial pasó de la dictadura a la democracia sin renovar la atmósfera que se respira en la cima de la institución, por decirlo de forma contenida.

Aunque Alfonso Guerra dio en su día por superado a Montesquieu –a saber si se trató de una boutade o de una opinión arraigada en el personaje–, el cometido de los jueces debe disfrutar de independencia de criterio para que la interpretación que de la ley hagan no esté bajo permanente sospecha. Tan malo resulta politizar la justicia –controlarla entre bambalinas, según el mensaje de Cosidó– como judicializar la política –el camino elegido por el anterior Gobierno–, porque en ambos casos se adultera o modifica el cometido de las instituciones. Tan negativo es para el prestigio de la función del Gobierno pasar la patata caliente a los jueces como lo es para los jueces la revisión inaudita de una sentencia del Supremo promovida por el mismo Supremo a causa del perjuicio –relativo, hay que añadir– que podía causar a los bancos.

En plena efervescencia y auge de los populismos, tal cadena de despropósitos da alas a la extrema derecha vociferante, a los nacionalismos encendidos y a la división de la sociedad en dos realidades enfrentadas: el pueblo, mencionado sin más especificaciones, y los políticos. Dos grandes periódicos europeos han publicado en fechas recientes artículos que analizan por qué el desgaste de las democracias liberales ha facilitado el ascenso del griterío demagógico de los populismos, que disparan a cuanto se mueve: el historiador Thomas Branthôme escribe en Le Monde que “el populismo es menos un concepto analítico que una estrategia” y el politólogo holandés Cas Mudde, en The Guardian, define el populismo “como una ideología que considera la sociedad separada en dos bloques, el pueblo puro frente a la élite corrupta”. En ambos casos hay una convicción implícita, compartida por el politólogo francés Alexandre Dorna: se trata de una enfermedad contraída por la democracia.

El hecho es que el contagio de la enfermedad ha contaminado a la derecha clásica, dispuesta a asumir partes significativas de los programas de las organizaciones ultras y a practicar un nacionalismo ruidoso y exaltado, que en España ha transformado el perfil ideológico del Partido Popular y de Ciudadanos, amenaza con hacer lo propio con la CDU en cuanto Angela Merkel deje la dirección –ahí están las primeras salvas disparadas por Friedrich Merz– e impregna las proclamas de la derecha francesa desplazada del poder por un partido de perfiles tan inconcretos como La République En Marche de Emmanuel Macron. Todo ello forma parte del paisaje político europeo, es fácil encontrarlo detrás del galimatías del brexit y amenaza con dañar toda la política, con sumar adeptos a la idea expresada por el alemán Jan-Werner Müller: “El populismo no es solo antielitista, sino también y sobre todo antipluralista”.

¿Por qué este populismo de derechas, depositario de algunas inquietudes sociales, se tiene en Europa por más lleno de riesgos para el futuro que el así llamado populismo de izquierdas? Porque salvo en el caso de Italia, con el experimento en curso del M5S asociado a La Liga, los partidos populistas que rondan a la izquierda clásica –la socialdemocracia y derivados– han atenuado el discurso –el ejemplo de Podemos–, ejercen una radicalidad mayor en el léxico que a la hora de actuar y han asumido como algo insuperable que el electorado de izquierdas es mayoritariamente moderado y nunca apoyará experimentos políticos de desenlace manifiestamente incierto. Esto es, el votante de izquierdas aspira a preservar el Estado de bienestar, a combatir la pobreza y a garantizar la continuidad sin sorpresas del régimen de libertades.

De ahí que sea mucho mayor la alarma de la izquierda populista cuando el sistema liberal quiebra las reglas, cuando las instituciones presentan vías de agua que es imposible taponar, cuando los parlamentos se convierten en foros aptos para oradores destemplados –el Congreso de los Diputados y el Parlament de Catalunya estos días–, donde el debate político se transforma en una mera disputa entre enemigos y deja de ser un diálogo entre adversarios. En estos episodios cada vez más frecuentes, la extrema derecha desarrolla a brochazos una teoría del pueblo “como si lo conociese de memoria, como si lo hubiese hecho” (Noémie Rousseau, en Libération después de la victoria de Trump).

Son demasiados los motivos de insatisfacción o de queja que los gestores de las instituciones dan a los ciudadanos para que estos no se suman en una desorientación creciente, conscientes quizá de que todo es política, y no pueden excluirla de sus vidas, pero hartos de asistir a las mismas peleas por los mismos motivos. Así empieza lo malo, puede decirse, remisión a la frase escrita por William Shakespeare que da título a una gran novela de Javier Marías; así empieza lo malo porque los caminos elegidos impiden enfrentar la realidad presente o la soslayan, o la desvirtúan groseramente, y todo empeora sin remedio.

Baviera marca el camino

El batacazo de la CSU en las elecciones celebradas en Baviera es una señal más de la transformación de los partidos y los electores de perfil conservador. La irrupción de la extrema derecha en la política alemana, con una confortable presencia en el Bundestag, ha llevado a la CSU a asumir parte de la gesticulación pública y los eslóganes de Alternativa para Alemania (AfD por sus siglas en alemán), pero como suele suceder casi siempre en los casos de imitación oportunista del adversario, es este quien sale beneficiado y no el imitador. O lo que es lo mismo, entre el original y la copia, muchos votantes prefieren al primero.

Si hasta la fecha se ha dicho que la izquierda tradicional europea no sale de su desorientación y pena su incapacidad para disponer de un programa propio poscrisis, ahora cabe decir lo mismo del universo conservador, zarandeado por la extrema derecha. Los flujos migratorios, la convivencia con el islam en suelo europeo y el terrorismo global, más una eurofobia sin descanso, han alimentado los programas ultra, simplificando al máximo los problemas y las soluciones, como si la complejidad extrema del momento pudiera gestionarse con enunciados tan genéricos como cerrar las fronteras, salir del euro o poner en marcha un proceso masivo de repatriaciones. El líder de la CSU, Horst Seehofer, ministro del Interior –y de Patria, una aportación suya de inquietante significado–, da la impresión de haber olvidado la sentencia de Konrad Adenauer: “La historia es la suma total de todas aquellas cosas que hubieran podido evitarse”.

El contagio del virus ultra se extiende entre las derechas convencionales a la velocidad propia de las grandes epidemias. El caso de Vox, con un Vistalegre lleno en el zurrón, no es ajeno a los giros hacia la derecha de la derecha del PP y de Ciudadanos, temerosos de que finalmente la segmentación del voto conservador les condene a la derrota electoral. El temor a aparecer demasiado blandos, demasiado contemporizadores, demasiado liberales y poco nacionalistas lleva a algunos de sus dirigentes a subrayar sus coincidencias con los propósitos que animan a Vox, retardatarios cuando no claramente contrarios a la Constitución (la supresión de las autonomías, por ejemplo).

Se frustra así el papel moderador de la democracia cristiana y afines en entornos tan distintos como Alemania, Italia, Austria y en España al final del franquismo al neutralizar los ímpetus de la extrema derecha en sus diferentes versiones. Una operación que condenó a los irreductibles a la irrelevancia durante décadas, convertidos poco menos que un pintoresco residuo del pasado. Carente de líderes asentados y de una base electoral suficiente, el universo ultra hubo de recorrer una larga travesía del desierto hasta que el coste social de la salida de la crisis económica, la decepción de una parte de los más vulnerables con los partidos tradicionales y la insensibilidad de los tecnócratas de la UE al hacer el recuento de bajas puso en bandeja el renacimiento de los partidos con una nueva generación de líderes: Marine Le Pen, Frauke Petry, Matteo Salvini, Geert Wilders, Heinz-Christian Strache y otros menos renombrados.

La mayoría de ellos remaron contracorriente durante muy poco tiempo: si las elucubraciones del Tea Party fueron una primera fuente de inspiración, junto con el legado de la extrema derecha de entre guerras, la victoria de Donald Trump les procuró un líder universal, predicador de la nación agresiva frente al multilateralismo pactista, liquidador del statu quo y de la globalización. Puestos a minar la UE y las exigencias políticas de Bruselas, hallaron en Trump el pilar adecuado para debilitar la propuesta europeísta y sumarse a la labor de zapa de estrategas como Steve Bannon y otros ideólogos del nacionalismo de última generación, tan ajeno al cosmopolitismo que alienta en el proyecto europeo.

Basta sumar la inclusión de programas sociales en las arengas de la extrema derecha para comprender lo atractivo de la oferta en caladeros tradicionales de la izquierda golpeados por la crisis, sometidos a las políticas de austeridad y condenados a  sufrir un mercado laboral precario (pobres con trabajo). Los resultados en la periferia de París de la elección presidencial de mayo de 2017 –victoria de Emmanuel Macron– ilustran sobradamente este fenómeno de transferencia del voto de izquierdas al lado opuesto del espectro político y contribuyen en todas partes a ahondar la desorientación de la izquierda tradicional, a dar vida a proyectos políticos de influencia limitada –los insumisos en Francia– y a alentar diferentes formas de populismo progresista que impugnan el reparto de papeles en los regímenes democráticos.

La más genuina diferencia entre Alemania y casos como los de Francia y España, es que la configuración del Parlamento está lejos de compensar el afloramiento de la extrema derecha con una similar capacidad de movilización de nuevas formas de la izquierda –Die Linke es un partido estancado–, capaces de retener una parte del electorado que ha abandonado a la socialdemocracia (SPD). Los resultados de Baviera tienden a consolidar ese modelo y ahora la mayor de las incógnitas es saber hasta qué punto el traspiés bávaro de la democracia cristiana puede repetirse a escala federal. Porque si, como parece, Angela Merkel se ve obligada a adelantar las elecciones, someterá a su partido, la CDU, a una dura prueba de resistencia frente a las acometidas de AfD y a la prédica nacionalista y poco menos que xenófoba de la CSU, cada vez más presunta aliada y menos aliada sin más de la CDU.

Resulta innecesario subrayar que una Alemania enfrentada al desafío de AfD influiría en el curso de los acontecimientos en el resto de la UE y daría alas a la extrema derecha en todas partes. No es ni exagerado ni grandilocuente imaginar que los sucesivos ascensos en los resultados obtenidos por AfD mejoran las perspectivas del voto ultra, amenazan el proyecto político europeo y contribuyen a endurecer los programas de la derecha tradicional por esa tendencia suya a intentar la neutralización de sus adversarios ultraderechistas mediante la asimilación de parte de sus programas. Y sobre todo de su lenguaje, de un léxico agresivo y extemporáneo que lo mismo le vale a Pablo Casado para referirse a un supuesto efecto llamada en el Estrecho, que a Horst Seehofer para amenazar con el cierre de fronteras.

Quienes se adueñan del lenguaje, siquiera sea para amedrentar, tienen mucho camino recorrido, porque al final es el instrumento para prometer la Luna, desacreditar a los rivales y administrar las victorias. Si la apropiación se produce en entornos marcados por las desigualdades y la decepción de los ciudadanos, entonces se dan dos de las condiciones básicas para que los demagogos sin escrúpulos se suban a la tribuna y atraigan voluntades.

El programa de Macron, en duda

El debilitamiento de la presidencia de Emmanuel Macron después de menos de año y medio en el palacio del Eliseo pone de manifiesto las dificultades para configurar experimentos políticos que pretenden ser una versión poscrisis de las en otro tiempo llamadas terceras vías. La República En Marcha (LREM), el partido creado por Macron para convertirse en jefe del Estado, es un conglomerado heterogéneo en el que conviven exsocialistas, centristas, ecologistas templados, liberales y aspirantes a políticos sin adscripción ideológica precisa. Es también un recinto en el que junto a debutantes en el oficio figuran veteranos en la brega política diaria –Édouard Philippe, Gerard Colomb, ministro del Interior hasta que dimitió el miércoles–, con claro predominio de la familia europeísta liberal, dispuesta a hacer pasar a Francia por un proceso de reformas guiadas por la austeridad presupuestaria, un cambio radical del mercado de trabajo y una revisión no menos radical de los privilegios de que disfrutan los empleados de la función pública.

El compromiso europeísta de los integrantes de LREM nadie lo discute, pero el corte merkeliano del programa de Macron para Francia, tampoco. Bruno Le Maire, un enarca clásico, es el ejecutor de este programa, apegado al rigor económico y poco dado a girar la vista atrás y adaptarse a algunas de las más arraigadas tradiciones políticas francesas: la fuerza de los sindicatos, el conservadurismo católico con inquietudes sociales, el legado comunista, las referencias de Charles de Gaulle y François Mitterrand para quienes conservan una “cierta idea de Francia” –la frase es del general en sus memorias–, el poder de facto de los funcionarios y otros factores esenciales en la configuración del perfil de la república. Muchos de estos ingredientes son lastres objetivos para la modernización del Estado, de la economía y de la viabilidad de los programas sociales, pero arramblar con todos es una empresa inmoderada, por no decir perniciosa para preservar la cohesión social y dejar a salvo el pacto republicano.

La pérdida de popularidad sin freno de Macron es consecuencia directa de esta idea de renovación del Estado desde la trinchera liberal –¿neoliberal quizá?–, que persigue la modernidad, pero alarma a los jóvenes sin trabajo o con empleos precarios, a las rentas más bajas de las sociedades urbanas, a una parte del mundo académico y las fuerzas en orden disperso que un día se sintieron representadas por las izquierdas clásicas y el nacionalismo socializante concretado en el gaullismo. Como escribía un editorialista a raíz de la dimisión del ministro de Transición Ecológica, Nicolas Hulot, Macron ha hecho demasiados enemigos en demasiado poco tiempo y ahora, cuando se impone una renovación del Gobierno –Colomb es el séptimo en dejar su cartera–, la pregunta de la portada del progresista Le Monde, “¿qué remodelación para salir de la crisis?”, es casi una forma encubierta de preguntar si el presidente y su Gobierno están en condiciones de salir de la crisis (de esta y de las futuras y previsibles).

El debilitamiento de Macron enardece a la extrema derecha, suministra argumentos a Marine Le Pen para calentar sus proclamas eurófobas y mantiene a Francia en la lista de países en los que el desafío del populismo ultra puede alterar el perfil del Parlamento Europeo que se elegirá en mayo. Esto es, la crisis francesas es, al mismo tiempo, una crisis europea en potencia, o acaso no tan en potencia habida cuenta de que coincide con las dificultades cada vez mayores que afronta Angela Merkel en Alemania, donde debe torear con las tensiones lógicas en toda coalición con las menos lógicas con los aliados históricos de la CDU, los democristianos bávaros de la CSU. Dicho de otra forma: sin estabilidad para que funcione la complicidad franco-alemana, con el brexit sin un desenlace tranquilizador y demasiados socios de la UE dispuestos a saltarse las reglas básicas del club, la debilidad de la pareja Macron-Merkel es, al mismo tiempo, la debilidad de Europa.

La energía y audacia que observa Jack Lang, exministro de Educación y Cultura de Mitterrand, en el comportamiento de Macron se antojan insuficientes para salvar el momento sin graves daños. Como el propio Lang reconoce en una entrevista con el periódico conservador Le Figaro, en un régimen parlamentario, después de la renuncia de Colomb, la crisis de Gobierno estaría servida y acaso zozobrara la cohesión de la mayoría con una composición tan variada como la de LREM. Una reflexión que no le impide alabar el “estilo de acción” del presidente, algo que apreció en Nicolas Sarkozy el establishment francés, del que Lang forma parte, y que echó en falta en François Hollande.

La pregunta que cabe formular en relación con la crisis francesa, entre otras muchas, es si una maquinaria electoral de perfil ecléctico, que pretende ser una herramienta política de renovación sin entrar en demasiados detalles ideológicos, puede ser también un instrumento de gestión política cohesionado, en cuyo seno sean más numerosas las certidumbres y los cambios viables que las contradicciones. La misma o parecida pregunta se planteó a las terceras vías, barridas por la victoria de George W. Bush en 2000, la complicidad británica en la estrategia de seguridad de Estados Unidos –la guerra de Irak– y el desastre aún no superado de la crisis iniciada en 2008, entre otros muchos sucesos que dejaron desnudos a los teóricos de aquella no tan lejana propuesta.

La modernidad de Macron presta muy poca atención al recuento de posibles víctimas provocadas por un pretendido cambio de paradigma que acaso tenga justificación contable, incluso puede ser necesario para salvar los muebles del Estado del bienestar, pero también puede dejar a muchos en la cuneta de la historia. Por lo demás, bastantes de los objetivos del presidente de Francia suenan a cosa sabida, bajo sospecha, apegados a las indicaciones de los think tank, pero alejados del pulso de la calle, instalada en la decepción y donde es tan importante el voto a favor de alguien como el voto contra alguien. Algo cada vez más frecuente cuya consecuencia inmediata es que apenas existe complicidad e identificación con el ganador –Macron en 2017– y al primer contratiempo se rompe el tenue hilo que une a los votantes con el candidato que votaron. Eso sucede en Francia y no hay pistas para creer que se corregirá la tendencia.

 

Italia, otra crisis europea

El acuerdo entre la Liga y el Movimiento 5 Estrellas para sostener un Gobierno encabezado por el profesor Giuseppe Conte no hace otra cosa que subrayar el debilitamiento del proyecto político europeo. El caso es que Italia, uno de los pilares de la Europa unida, se somete al programa de dos formaciones entre euroescépticas o eurófobas y emprende un camino tan lleno de incógnitas como de riesgos, con una deuda equivalente al 120% del PIB, la prima de riesgo en ascenso, la bolsa alarmada y los partidos europeístas, desorientados y en caída libre. A un año de las elecciones europeas, la capacidad de contagio del experimento italiano, unido al dinamismo de otras modalidades de nacionalismo antieuropeo en Francia, Holanda, Alemania, Austria, Polonia y Hungría, por citar solo algunos, nubla el horizonte y alimenta los peores vaticinios.

Como sucede con harta frecuencia, la incapacidad e ineficacia de quienes precedieron en el Gobierno a los ultras de la Liga y a los estrellados (populistas de diferentes colores) han sido los resortes electorales que les han dado la victoria y la posibilidad de ocupar el puente de mando. Una vez más, la salida de la crisis, costosísima para la clase media, el crecimiento de las desigualdades y el desprestigio de los líderes ha facilitado las cosas a la verborrea demagógica de partidos con muy poca o ninguna experiencia de gobierno, no sometidos al desgaste consustancial a las grandes decisiones e inmunes, de momento, a los disparates cometidos en algunas ciudades –Roma, el caso más comentado– por ediles sin apenas biografía. Ante la degradación del clima político, la simplificación de los problemas y de las soluciones facilitó el voto contra el establishment, propósito último de una parte importante de los electores.

Al mismo tiempo, la Unión Europea sigue empeñada en alejarse de los requerimientos de los ciudadanos e impugna con machacona insistencia cualquier asomo de política social que se desvía de los parámetros de estabilidad presupuestaria, siquiera sea mínimamente (el último episodio, la reconvención dirigida a España por la revisión de las pensiones). De forma que, por un lado, Bruselas se alarma cada vez que los adversarios del proyecto europeo ocupan un espacio de poder y, por el otro, se niega a aceptar que con las políticas sociales impuestas para superar la crisis se fomenta la desafección y, en paralelo, se propaga la idea de que la UE es la culpable de todos los males. El profesor Harold James, de la Universidad de Princeton, lo ha enunciado con meridiana precisión: “Las dificultades económicas y la precariedad conducen a los pueblos a considerar que cualquier régimen será mejor que el actual”.

Que sea cierto o no que cualquier alternativa es mejor importa menos que el poder de convicción que tiene la sensación de bloqueo social para llevar a los votantes a adentrarse en territorios desconocidos. Harold James recuerda el clima político en que se produjo la quiebra de la República de Weimar, no porque esta pueda compararse con la Europa de hoy, con amortiguadores sociales de los que carecía Alemania en los años 20, sino porque entonces como ahora la crisis de Estado llevó a los votantes a confiar en las promesas populistas. ¿Es esto lo que han hecho los italianos? ¿Es este el rumbo que puede tentar a otras comunidades, condenadas durante años a políticas sociales restrictivas aplicadas en nombre de reformas estructurales necesarias, un eufemismo encubridor de la contracción del Estado del bienestar?

Mientras Angela Merkel, en el ocaso de su ciclo político, se refiere a la pérdida de confianza en Estados Unidos –proteccionismo, Irán, Palestina–, europeos de perfil muy variado manifiestan su pérdida de confianza en la UE mediante comportamientos electorales de rechazo o impugnación de las directrices bruselenses. Esto sucede a un año vista de la renovación del Europarlamento, con todas las siglas euroescépticas y eurófobas dispuestas a asaltar los escaños de la Cámara como nunca antes se vio, de forma que los adversarios del proyecto comunitario puedan tener más que nunca un altavoz propio para dejarse oír. Y sin que sus portavoces tengan nada que perder con el griterío: antes al contrario, la previsible radicalidad de los oradores regalará los oídos a cuantos les voten y aun será útil para atraer nuevas voluntades.

Ha habido en la UE un déficit enorme de transparencia y acercamiento a los ciudadanos en las políticas de comunicación, pero ha habido también dosis exageradas de suficiencia y de falta de sensibilidad social, por no decir que la germanización de la salida de la crisis ha tenido un coste humano desmesurado. Pocas dudas caben, e igualmente pocas hay acerca de la nacionalización de los problemas que debían haber sido europeos y finalmente se abordaron como si no lo fueran. Así la crisis de los refugiados llegados a Italia en frecuencia y número inasumibles por un solo país, un problemas de grandes dimensiones que engordó la demagogia de la Liga y bloqueó las expectativas de las izquierda clásica en las regiones del sur, las más pobres del país, obligadas a gestionar los flujos migratorios.

Cuando el sistema de partidos en Italia se regía por unas reglas del juego no escritas, pero bastante sólidas, establecidas por la Democracia Cristiana y el Partido Comunista, la explotación de los desequilibrios por los aventureros de la política quedaba muy neutralizada por la capacidad del establishment de oponerse a ellos. La Operación Manos Limpias (1992) hizo saltar por los aires todas las convenciones, Silvio Berlusconi, un outsider, aterrizó en el sistema con un populismo de nuevo cuño, y a partir de aquí se concretaron nuevas formas de acercamiento a la política, al mismo tiempo que la izquierda vivía el tránsito del comunismo renovado del PCI a la socialdemocracia posmoderna del PD. Una historia específicamente italiana sin paralelismos posibles con otros sistemas de partidos con mutaciones en curso (Francia, Alemania y España).

Dicho en otras palabras: la transformación del mosaico de partidos ha hecho que la política italiana haya dejado de ser previsible. Una cualidad o virtud necesaria dentro y fuera de la UE para que los cambios en tiempos de crisis no inquieten a los aliados. A no ser que, pasada la efervescencia eufórica de los primeros días, se remansen las aguas y finalmente la Realpolitik dicte su última palabra o bien, otra posibilidad, que la presión de Europa sobre el nuevo Gobierno explote las contradicciones entre la Liga y los estrellados para “reconducir la situación”, el eufemismo pergeñado por un editorialista para vaticinar que el experimento caducará en poco tiempo. ¿Caben más crisis simultáneas en la UE?

Trump caliente Oriente Próximo

La decisión de Donald Trump de retirarse del acuerdo nuclear con Irán y de restablecer la política de sanciones ha crispado el ambiente en Oriente Próximo con la intensidad y profundidad temidas de antemano, ha alarmado a los aliados de Estados Unidos y ha proyectado sobre las cuentas del petróleo la sombra de un encarecimiento de los precios inducido por la incertidumbre, la desconfianza y el riesgo de una escalada bélica en diferentes frentes. Mediante el gesto de Trump, desastroso para preservar los equilibrios regionales en la medida de lo posible, la Casa Blanca persevera en el unilateralismo, impugna el statu quo y acentúa su perfil nacionalista –aislacionista–, alentado por el electorado ultraconservador, los ideólogos continuadores de la prédica del Tea Party y la necesidad de llegar a noviembre con una hoja de servicios suficiente para conservar la mayoría republicana en el Congreso.

Al mismo tiempo que los allegados a Trump, la cadena Fox News y los adictos al programa presidencial jalean la decisión, los analistas desapasionados coinciden en por lo menos tres conclusiones: Estados Unidos pierde influencia como actor internacional y degrada su solvencia como aliado, la pretensión de forzar un cambio político en Irán es un objetivo insensato y la Administración carece de una alternativa para afrontar los riesgos en materia de seguridad asociados a la denuncia del tratado. Cuando el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, declara que “Estados Unidos le está dando la espalda a las relaciones multilaterales con una ferocidad que solo puede sorprendernos”, y añade que “le corresponde a la UE asumir el control”, no hace mucho más que manifestar en público lo que opinan la mayoría de think tank a ambos lados del Atlántico; se hace eco de la opinión del presidente de Francia, Emmanuel Macron, de la cancillera de Alemania, Angela Merkel, y del secretario del Foreign Office, Boris Johnson.

Así se manifiesta también Suzanne Maloney, del Centro para la Política en Oriente Próximo (Brookings Institution), convencida de que la abdicación de Estados Unidos del liderazgo internacional “no tiene parangón en la historia reciente”. Así se expresan la mayoría de columnistas de la prensa liberal de Estados Unidos, que observan con preocupación cómo la decisión adoptada por Trump “no mejora los parámetros de seguridad” del país, un concepto acuñado por la comunidad de inteligencia para referirse a eventuales amenazas exteriores (terrorismo global).

¿Puede la Unión Europa, enzarzada con harta frecuencia en bizantinismos indescifrables, ocupar el espacio vacío presuntamente dejado por Estados Unidos? ¿Puede el dispositivo de seguridad europeo operar como una herramienta de equilibrio en Oriente Próximo? ¿Puede una europeización de la crisis minimizar el parte de daños que presumiblemente causará la estrategia de confrontación elegida por el equipo de Trump? La respuesta a tales preguntas no puede soslayar el hecho de que, como afirma Sanam Vakil, de la Universidad Johns Hopkins, la Casa Blanca ha hecho un regalo al ala dura del régimen iraní, la misma que puso en marcha el programa nuclear, que sostuvo la altivez irreflexiva del presidente Mahmud Ahmadineyad, antecesor de Hasán Rohani, y que observó con recelo el acuerdo de este con Barack Obama en 2015. La misma, en fin, que entiende que la única garantía de futuro para la República Islámica es disponer de un arsenal nuclear suficiente para disuadir a sus adversarios de cabecera, Estados Unidos, Israel y Arabia Saudí, de llevar a la práctica un programa encaminado a acosarla a todas horas en todas partes.

Queda poco margen para la esperanza al unir todos estos ingredientes. El simple hecho de que Israel atacó con misiles posiciones iranís en Siria poco después de que desde ellas se hubiesen bombardeado los altos del Golán, ocupados por el Ejército israelí desde junio de 1967, pone de relieve la volatilidad de la situación. Si se admite como un dato incontestable que Irán es un actor político determinante en Oriente Próximo, que la seguridad de Israel antecede a cualquier otra consideración en los análisis estadounidenses y que Arabia Saudí, con el apoyo de Estados Unidos, disputa la hegemonía regional a los ayatolás, es muy aventurado suponer que Europa puede serenar los ánimos sin la complicidad transatlántica. “Oriente Próximo es un polvorín de tensiones a medida que los conflictos arrecian en Siria, Yemen, Irak y Líbano, e Irán es el motor de gran parte de esa toxicidad”, recuerda Sanam Vakil.

Dicho de otra forma: al erosionar el programa de la facción posibilista del régimen iraní se pone a Irak y Líbano en la antesala de problemas mayores a los habituales, y a Siria y Yemen se los condena a soportar la carnicería por tiempo indefinido. Es este un panorama desolador, pero inmejorable para que proliferen los radicalismos de todo pelaje y condición, confesionales y laicos, indefectiblemente inclinados a solventar las crisis en el campo de batalla. Son demasiados los precedentes sombríos como para imaginar una evolución diferente de los acontecimientos, menos inquietante, más apegada a buscar el equilibrio estratégico entre adversarios en un espacio relativamente pequeño; un equilibrio en el que la controversia religiosa no sirva para encubrir la rivalidad militar y política, de las playas de Líbano a las del golfo Pérsico.

El alcance de esta crisis perseguida y manufacturada por Trump, deseada por Israel y aplaudida por Arabia Saudí no es regional, sino mundial. Lo es porque se produce en el área más inestable del mundo, enfrenta a Estados Unidos con los europeos, daña la trama de intereses económicos de estados y empresas que han normalizado su relación comercial con Irán y amenaza con envenenar el mercado del petróleo, salvo que surta efecto el propósito de China e India de seguir importando crudo iraní y mantenga Rusia su compromiso de comercializar una parte de la producción de la República Islámica, algo que da por seguro Frank A. Verrastro, especialista en la materia. Y es mundial en última instancia porque el rumbo fijado por Trump sitúa a Estados Unidos fuera del terreno de juego de las convenciones internacionales, del respeto por lo acordado y firmado, de cuanto se entiende que garantiza una seguridad razonable mediante la salvaguarda de los compromisos contraídos.

¿Cree el presidente Trump, como lo creyó George Kennan de la Unión Soviética, que Irán “es insensible a la lógica de la razón, pero es altamente sensible a la lógica de la fuerza”? Si este es el caso, cabe preguntarse por la naturaleza futura de las relaciones de Estados Unidos con China y Rusia, por qué lógica aplicará en ambos casos y por la capacidad de Trump de descoyuntar el sistema, convertido en un actor político cada vez más peligroso.

Trump-Macron, una relación paradójica

A nadie puede sorprender que el intercambio de gestos afectuosos entre Donald Trump y Emmanuel Macron quedara matizado por el discurso pronunciado por el presidente de Francia en el Congreso de Estados Unidos. La distancia ideológica y programática de ambos mandatarios es demasiado grande como para no manifestarse en toda su magnitud. Si Trump es proteccionista, duda del cambio climático y denuesta el acuerdo con Irán siempre que puede, Macron es defensor del comercio global, asume los vaticinios científicos sobre los efectos del calentamiento incesante del planeta y admite como mal menor, y sin demasiado convencimiento, que quizá convenga retocar el acuerdo con los ayatolás para ampliarlo, pero en ningún caso revocarlo. Como ha quedado escrito en político.com, el discurso de Macron lo podrían suscribir Barack Obama o Hillary Clinton, pero está en las antípodas del eslogan American First, que orienta todas las decisiones de la Casa Blanca.

Todo encaja en esta historia de apariencias y realidades. La candidata preferida por Trump en las elección presidencial del año pasado en Francia fue Marine le Pen, por afinidades evidentes de pensamiento y porque su victoria habría debilitado el proyecto europeo de forma clamorosa, mientras que Obama manifestó en púbico su apoyo a Macron, convertido en artífice de una nueva tercera vía europea que quiere acudir al rescate de la decadencia, la confusión y la crisis de identidad de la UE. Nada más elocuente que esta disparidad de criterios para llegar a una conclusión parecida a la del periódico Le Monde: la bondad de los gestos y la divergencia de las ideas tienen todas las trazas de un oxímoron o de un abuso de la paradoja.

El recuerdo de la simplicidad escenográfica de la visita de Charles de Gaulle a Dwight D. Eisenhower en 1960 –dos generales que siempre se respetaron, pero que a menudo disintieron, según se desprende de las Memorias de esperanza del francés– no ha dejado de ser una referencia estos días. Porque aquellos dos veteranos soldados no intentaron disimular sus diferencias, sino subrayar sus coincidencias para preservar un orden internacional estable. Algo que queda lejos del proyecto de Trump y que inquieta a Macron, contrario a la retirada estadounidense de entornos clave por el riesgo subsiguiente de que Rusia y China ocupen el vacío dejado. Así debe entenderse en parte la diatriba del inquilino del Eliseo en el Congreso contra el nacionalismo y el aislacionismo, dos vectores de fuerza que mantienen cohesionado al electorado de Trump, pero impugnan un posible orden internacional basado a la vez en la globalización y el multilateralismo.

Los detractores de la política económica de Trump entienden que su proteccionismo renuncia a poner en marcha políticas convenientes a medio y largo plazo a causa de sus intereses inmediatos. La “inconsistencia temporal”, mencionada en un artículo por Dani Rodrik, profesor de la Universidad de Harvard, condiciona la estrategia de la Casa Blanca, mientras que lo que se antoja poco consistente en el frente europeo es penalizar el flujo exportador en sectores tan sensibles como el acero y el aluminio, amenazar con hacer lo propio en el mercado automovilístico y quién sabe si en otras áreas. Para Macron, en igual o mayor medida que para Angela Merkel, poner trabas al comercio es amenazantemente pernicioso a ambos lados del Atlántico; no hace falta ser un defensor sin fisuras del TTIP, desaparecido en combate, para llegar a esta conclusión.

El entusiasmo con el que los escaños demócratas acogieron el discurso de Macron mientras los republicanos miraban al techo fue por demás elocuente. Will Marshall, una referencia del pensamiento demócrata renovado, llama al presidente de Francia “líder del mundo libre” al entender que recupera la mejor tradición del pensamiento liberal reformista, y en sentido parecido se han manifestado los analistas de los principales medios estadounidenses. Algo que contrasta con los recelos que Macron suscita en las filas de la izquierda europea, no solo en Francia, y en las del populismo conservador de Estados Unidos –Trump, su líder–, donde el modelo europeo es tachado siempre de socialista incluso si su defensor es alguien tan alejado del calificativo como Macron.

En una sociedad cada vez más dividida y crispada como la estadounidense no debe sorprender el recurso a la exageración y el éxito de proclamas que a menudo chocan con la realidad. La victoria ultraconservadora encarnada en Trump alienta desde noviembre de 2016 un pensamiento profundamente reaccionario y esquemático, que simplifica al máximo el enunciado de los problemas y las posibles soluciones. Que tales problemas –en el ámbito que sea– tengan una dimensión mundial y, por consiguiente, requieran de actuaciones mundiales pesa menos en la Administración de Trump que la necesidad de tomar decisiones que cumplan con las expectativas más elementales de una parte considerable de quienes votaron al presidente, seducidos por su verborrea de rompe y rasga. Eso es, además, lo que espera el establishment neoconservador –posneoconservador puede decirse–, que invirtió grandes cantidades de dinero en la campaña de Trump y espera un achicamiento del Estado suficiente para que no interfiera en sus negocios.

El nombramiento de Mike Pompeo, un halcón militante, para dirigir la Secretaría de Estado, es el mayor síntoma de una realidad: el intercambio de buenas palabras entre Trump y Macron es un fenómeno de recorrido limitado. Lo mismo sucede entre Merkel y Trump por más encubrimientos que diseñen ambas partes, alarmada la industria alemana por los eventuales efectos del proteccionismo de Estados Unidos sobre sus exportaciones, un asunto central en el viaje de la cancillera a Washington. El margen de maniobra es mínimo, además, porque en noviembre habrá elecciones legislativas de midterm y para la Casa Blanca sería poco menos que desastroso perder la mayoría en una de las dos cámaras del Congreso a causa del retraimiento de una parte del electorado que en 2016 confió en las promesas de Trump.

Es improbable que afecte a los impulsos electorales de los de seguidores de Trump el caos sin precedentes, por grave que este sea, de una Administración “desorganizada y contradictoria” (The Washington Post) en la que los nombramientos y las destituciones no cesan. Es más verosímil, por el contrario, que defrauden las muestras de debilidad o europeización del programa, siquiera sea en dosis hemeopáticas, a cuantos a la hora de ir a votar apostaron por un candidato que se presentó como defensor de los sacrificados en el altar de la salida de la crisis. Una imagen publicitaria que sigue vigente aunque sea otra paradoja separar del establishment la figura de Trump, un millonario con domicilio en la torre de Manhattan que lleva su nombre.