La pandemia atenaza Europa

La segunda ola de la pandemia ha sumido a los europeos en una mezcla tóxica de desorientación y escepticismo por lo que puede deparar el futuro, ha dejado al desnudo la debilidad o la improvisación de muchos liderazgos y ha alentado la reacción disparatada de algunos políticos que creen haber encontrado en la extensión de la enfermedad el arma ideal para desbancar a sus adversarios (el caso español, uno de los más relevantes). Mientras se dispara la curva de contagio y la comunidad científica reclama que se limite la dinámica social a lo estrictamente necesario, hay quien se parapeta en la toga de los jueces para arremeter contra quienes, por lo menos, anteponen la salud de sus conciudadanos a otras consideraciones. Mientras todo esto sucede, opiniones públicas saturadas por informaciones cruzadas, a menudo contradictorias, y por redes sociales que difunden toda clase de teorías extravagantes, se preguntan ¿y ahora qué?

La oportunidad regenerativa que el filósofo Emilio Lledó vio en mayo en la lucha contra el virus se ha desvanecido en gran medida porque una realidad acuciante se ha adueñado del centro del escenario. Una forma insensata de desunión a la hora de afrontar la enfermedad ha sentado a los europeos ante sus propias limitaciones; ha hecho aflorar en España todas las carencias de un modelo descentralizado, pero sin instrumentos de coordinación efectiva de las autonomías; ha puesto en evidencia la estupidez economicista cometida en muchos países, no solo en España, al recortar los recursos de la sanidad pública; ha dejado al descubierto como una falacia la pretendida solidez de estructuras sociales que se desmoronan.

Cuando el profesor italiano Massimo Cacciari afirma que la pandemia “es un formidable acelerador de tendencias culturales y sociales que existían desde hace décadas” evita presentar la crisis desencadenada por la enfermedad como una puerta abierta a la regeneración. Más parece que lo que ahora se concreta de forma acelerada –“la organización general del trabajo, la hegemonía de los sectores económicos y financieros conectados a las nuevas tecnologías, la crisis de las formas tradicionales de democracia representativa”– no es más que un cambio inexorable que causa la quiebra del pacto social porque se da sobre la marcha y va por delante de las iniciativas políticas que pretenden gestionarlo.

El programa de reconstrucción impulsado por la Unión Europea pone el acento en la energía verde, la contención de la emergencia climática y la digitalización en todas direcciones. Al mismo tiempo, el aumento del paro derivado de la hibernación de la economía y la marcha atrás en muchos ámbitos a causa de los rebrotes, obliga necesariamente a retrasar los efectos beneficiosos que puede tener el plan promovido por Bruselas. Y aun en el caso de que tales efectos se pongan de manifiesto a medio plazo, no hay garantías de que sean suficientes para rescatar de la marginalidad a un número indeterminado, pero muy alto de familias europeas, cuyo modo de vida se ha llevado por delante el covid-19 y ha agudizado las desigualdades. La pregunta contenida en un editorial de The New York Times es perfectamente aplicable a Europa: “¿Cuánta gente se verá condenada a una prolongada marginalidad a causa de la crisis económica?”

El punto de interrogación es pertinente porque del precedente dejado por la salida de la crisis de 2007-2008 cabe sacar bastantes enseñanzas. Acaso la principal sea que doce años después de que se tambaleara la economía, aún son muchos los que han visto su estándar de vida disminuido y es un hecho que segmentos muy importantes de la clase media perdieron un poder adquisitivo que no han recuperado. Quizá la segunda lección relevante es el ascenso de la extrema derecha, de un populismo oportunista de inspiración neoliberal o iliberal que gana espacios de poder elección tras elección o bien obliga a los grandes partidos que construyeron la Europa de la posguerra a pergeñar apresuradas alianzas para afrontar el desafío (Alemania, el ejemplo más ilustrativo).

El empresario alemán Klaus Schwab, fundador del Foro Económico Mundial, advierte: “Las reglas de comercio, tributación y competencia que reflejan décadas de influencia neoliberal ahora tendrán que ser revisadas. De lo contrario, el péndulo ideológico –ya en movimiento- podría oscilar de vuelta hacia el proteccionismo a gran escala y hacia otras estrategias económicas perjudiciales para todos”. Tal revisión es ineludible porque el proteccionismo se ha convertido en una de las señas de identidad de los eurófobos, los euroescépticos y otros especímenes ideológicos que no pretenden corregir los excesos de la globalización, sino herirla de muerte. Pero, de nuevo, los cantos de sirena proteccionistas en el seno de sociedades que están lejos de haber controlado la enfermedad cuentan con auditorios predispuestos a escucharlos.

La defensa de la salud opuesta a la preservación de la economía parte de un falso dilema porque sin proteger la salud no es posible proteger la economía. Cuanto más tiempo sean necesarias medidas excepcionales que limitan actividades económicas o simplemente las impiden, mayor será el impacto en la economía, que es tanto como decir en el mercado de trabajo, en la viabilidad de las empresas y en el sostenimiento de los amortiguadores sociales que atenúan la onda expansiva de la crisis. Es esta una opinión compartida por la mayoría de analistas, pero que el populismo negacionista se resiste aceptar, aunque las cadenas de contagio se disparan sistemáticamente allí donde prevalece una presunta protección de la economía. Si a ello se suma la brega para erosionar a los contrincantes  políticos –véase Madrid–, se provoca una situación moralmente reprobable y materialmente ruinosa.

“No habrá recuperación sostenible de la economía y del empleo mientras no logremos cicatrizar las heridas mentales y sociales que deja la pandemia”, ha escrito en EL PERIÓDICO el profesor Antón Costas. A los ciudadanos europeos, en general a los ciudadanos de Occidente, nos queda mucho camino por recorrer: de momento, nos hemos instalado en la fase depresiva, que no es incompatible con cierto hartazgo y una sensación colectiva de fracaso. Transitar a través de esa densa neblina requiere el concurso de dirigentes políticos dispuestos de antemano a no manipular las emociones, a olvidarse de los eslóganes y a no dar falsas esperanzas. El recuento de víctimas es demasiado alto como para que salgan indemnes quienes se entreguen a tales prácticas reprobables.

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La Europa del ‘precariado’

Distribución por países de la población por debajo del umbral de la pobreza al estallar la crisis económica en el 2008. Fuente: CIA Factbook.

“Tanto las economías golpeadas por la crisis como las economías prósperas están fracasando en eliminar la pobreza, mejorar la prestación de servicios públicos, como la educación, y mantener y repartir bienes colectivos, como reservas de peces y selvas tropicales, de manera efectiva y equitativa. Al mismo tiempo, las sociedades están cada vez más fragmentadas, dando lugar a que la soledad y las enfermedades relacionadas con el estrés vayan en aumento. Y las estructuras de gobierno se muestran inadecuadas para mejorar esta situación”. La frase no es de un líder de la izquierda radical ni de un activista antisistema, sino de la profesora Tania Singer del Instituto Max Planck, radicado en Leipzig (Alemania), y se refiere al desajuste social y emocional cada vez mayor desencadenado por la crisis económica y los presuntos remedios puestos en marcha. La frase es un retrato trágico del que sobresale ese fracaso en “eliminar la pobreza”, esa sensación de que está en marcha la construcción de un futuro sin futuro para millones de ciudadanos.

Mientras la profesora Singer ve la situación como un vaticinio de la desolación social que nos amenaza, asoma el Gobierno holandés, superado por la crisis y las estadísticas, y pone en boca del rey Guillermo Alejandro que el Estado del bienestar es insostenible y hay que ir hacia una “sociedad participativa”, concepto abstruso donde los haya que suena bastante a allá cada cual se las componga con sus recursos. Al Gobierno de liberales y socialdemócratas que anuncia el final del modelo europeo se le podrá acusar de cualquier cosa, pero no de andarse por las ramas: anuncia que se acabó la fiesta porque carece de recursos para pagarla. ¿Acaso es eso peor que desarmar todos los días una porción del Estado de bienestar para, se dice, ponerlo a salvo?

Cuando un Gobierno con el 80% de la opinión pública en contra de sus planes dice que el modelo social es insostenible, niega la viabilidad de una de las tesis que sostiene Singer: “Es tiempo de reemplazar el marco conceptual del homo economicus con un modelo que refleje la capacidad del ser humano de demostrar un comportamiento altruista y prosocial”. Esto es: el Gobierno holandés, por necesidad o por convicción, renuncia a buscar alternativas a la austeridad sin fronteras, los recortes de toda clase y el saneamiento del tejido económico mediante una operación devastadora de darwinismo social. En suma, el Ejecutivo de Holanda, como tantos otros, se recluye en los balances y prefiere soslayar el descoyuntamiento derivado de un único esfuerzo: lograr que los números cuadren.

Cuadro comparativo de la renta per cápita de los países de la UE. Fuente: Eurostat.

El político socialista Juan Fernando López Aguilar resume en una sola frase lo que está sucediendo: “Lo que se presenta como un éxito es, en realidad, allí donde existe (que, ojo, no es en todas partes), un crecimiento raquítico, sin empleo y sin esperanza para los jóvenes. Y todo siempre en perjuicio del modelo social que debería preservarse y del proyecto europeo”. Las organizaciones sociales lo resumen en la proyección de estadísticas para el 2025, según las cuales la Unión Europea cobijará 27 millones de pobres, de los que 2,6 millones residirán en Catalunya.

Al cruzar las opiniones con las cifras, acuden a la memoria las peores imágenes de películas localizadas en un futuro tan cercano como calamitoso. El hecho mismo de que aparezca en los informes una nueva clase social llamado precariado lo dice todo: el precariado es una tierra de nadie en la que se impone una economía de mera subsistencia, donde se vive a salto de mata –hoy tengo trabajo; mañana, no; pasado, ya veremos–; es una bolsa de ciudadanos cuyo modo de vida es vivir en precario. Si las cifras de desafección europea son las más altas en decenios, tal como indican las encuestas, ¿qué sucederá conforme crezca el precariado? ¿Es sostenible una organización política y económica como la UE cuando la mayoría de sus ciudadanos reniega de ella? ¿Quién irá a votar el año que viene la renovación del Parlamento Europeo?

Cuando las economías emergentes dejaron  de ser solo un concepto para convertirse en una realidad, enseguida se alzaron voces en Europa que hablaron del dúmping social practicado por algunos países, especialmente China, pero no solo ella. Aquellas voces, entonces tan escuchadas, han perdido fuerza paulatinamente y, paradojas de la historia, mientras las potencias emergentes encaran tímidamente la corrección de los desequilibrios sociales, en Europa se agravan, empujado todo el sistema por la necesidad de competir, asegurar mercados y contener la invasión de productos procedentes de las economías emergentes, favorecido todo ello por el programa liberalizador de la Organización Mundial de Comercio. Europa careció en el pasado de determinación o de voluntad política –la causa poco importa– para fijar obligaciones sociales a la expansión del comercio, y hoy el pensamiento ultraliberal europeo ha logrado imponer desregulaciones sociales para que sea posible competir.

El caso es que la de la UE sigue siendo la mayor economía del planeta –12,6 billones de euros al año– y, en consecuencia, está lejos de ser un muñeco roto sujeto a las leyes que imponen otros. Pero los cambios en el paisaje han inducido a los europeos a plegarse a las condiciones impuestas por terceros. Esos cambios son esencialmente dos, como recoge en un artículo Javier Solana: el crecimiento económico se desplaza hacia el este por primera vez en siglos y los países asiáticos son el primer socio comercial de la UE, por delante de Estados Unidos. Eso es algo más que un cambio de ciclo, es un cambio cultural de primer orden en el funcionamiento de la economía europea, cuyos costes sociales son incompatibles con la pugna por los mercados, colonizados a toda prisa por economías en el seno de las cuales la preocupación social tiende a cero.

La gran duda es si es sostenible –también aquí debe aplicarse el término– un entramado económico basado en la desregulación, la austeridad y el empobrecimiento de una parte no pequeña de la sociedad europea. Y, si lo es, la otra gran duda, quizá mayor que la anterior, es si es moralmente defendible un modelo sustentado en el empobrecimiento y la marginación de una parte significativa de la población. Es preciso introducir este enfoque humanista, más que humanitario, porque de ello depende en gran medida dar continuidad a la identidad europea, a esa larga peripecia histórica que encontró en la cohesión social el bálsamo a sus males mayores. En resumen, la gran duda es si cabe pensar en una Europa aligerada de conflictos entre estados si se imponen las doctrinas de los desequilibrios sociales.

Distribución de la pobreza en España por comunidades autónomas en el 2011. Fuente: Red Europea de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social.

Un artículo publicado por el profesor Antón Costas en agosto del año pasado, respondía con mucha exactitud a esas dudas. “Todo estudiante de un curso de introducción a la economía de mercado aprende dos principios básicos –escribió Costas–. El primero es que las personas tienen distintas preferencias acerca de los bienes privados y las políticas públicas que mejor satisfacen su bienestar. El segundo es que los mercados y las políticas solo funcionan bien cuando tienen en cuenta esas preferencias sociales”. Lo menos que puede decirse es que ni el Gobierno holandés ni cuantos con él comulgan han tenido en cuenta principios tan elementales; está a la vuelta de la esquina el riesgo de que se evapore el Estado social y democrático de derecho que enuncia la Constitución española y que, con esas u otras palabras, se cita en las demás constituciones europeas.

Es interesante y aleccionador acudir al papa Francisco, cada día más original en su aproximación a la vida cotidiana: “Me dan miedo los laboratorios –dice en una entrevista– porque en el laboratorio se toman los problemas y se los lleva uno a su casa, fuera de su contexto, para domesticarlos, para darles un barniz” (La Civiltà Cattolica, revista de la Compañía de Jesús). Ciertamente, los laboratorios sociales dan miedo; los analistas financieros que los inspiran, resultan aún más inquietantes, y los gestores que aplican sus dictámenes causan pavor porque todo se reduce a un laberinto de cifras –la prima de riesgo, el pacto de Toledo, la presión fiscal, los contratos a tiempo parcial, las pensiones, la supervivencia del euro, el saneamiento de los bancos, el déficit–, todo se reduce a un entramado vertiginoso cuyo mayor logro ha sido alumbrar el precariado en nombre de la sostenibilidad. No hay forma de aceptar que vamos por el buen camino.