Partidos bajo la lupa

En esta tierra de nadie o de todos entre el 27-S y el 20-D se suceden los acontecimientos, crecen la confusión y aún más la dudas acerca de la investidura del president Artur Mas, y la tentación a envolverse en la bandera está siempre ahí como último recurso. Acabada la legislatura, el PP se fue en busca del apoyo de sus socios europeos en el congreso de Madrid, más que un acto político, una preelectoral claque –“grupo de personas que aplauden, defienden o alaban las acciones de otra buscando algún provecho” (segunda acepción del diccionario de la RAE)–, el mismo día que la Guardia Civil y los fiscales se personaron en el domicilio de Andreu Viloca, tesorero de CDC, y en la sede del partido en busca de pruebas del famoso 3%, de esa presunta financiación irregular que todo lo enturbia. Nada está escrito acerca de cuál debe ser el equipaje para realizar el viaje a Ítaca, pero es oportuno recordar la siguiente frase de Joan J. Queralt de su artículo del jueves en EL PERIÓDICO: “A Ítaca no puede llevarse como lastre la podredumbre de la corrupción”.

La incomodidad manifiesta de los socios de CDC, en una situación más imposible cada día, confirma lo atinado del aserto. No es solo la CUP la que reitera con más determinación que nunca que Mas no reúne las condiciones para repetir en la presidencia; el silencio de ERC y de las entidades soberanistas que alientan el procés es del todo elocuente. Como ha publicado El País en un editorial, “por muchísimo menos de lo que aquí se investiga, dirigentes políticos de los países con los que Mas gusta de comparar a Catalunya habrían dimitido ya”, y su disposición a presentarse a toda prisa en el Parlament para dar explicaciones apenas corrige su debilidad extrema para pilotar la nave. Todo el mundo tiene derecho a creer en tramas conspirativas, pero habida cuenta del tiempo que el asunto rueda por los juzgados y de los precedentes –los casos Palau, Pujol, Innova y otros–, nadie debe llamarse a engaño: algo no pequeño está por esclarecer.

Apelar a la inoportunidad del momento y la aparatosidad de las formas resulta pueril. Con el calendario preelectoral, electoral y poselectoral en la mano es imposible que la labor de los tribunales no pise o provoque un cortocircuito en las estrategias de los estados mayores de los partidos. Salvo que todo el aparato judicial pospusiera durante varios meses –quizá hasta enero– sus indagaciones relacionadas con la actividad de partidos o políticos bajo sospecha, es inevitable que a cada auto o diligencia se le encuentre un pero, un propósito oculto para dañar los planes de alguien. Es tan ingenuo no sospechar que en este embrollo y en otros –los Bárcenas, los Gürteles, los ERE, la Púnica y otras lindezas– no hay dosis de juego sucio como maliciar que todo responde a un plan predeterminado para neutralizar a adversarios políticos. Más que a simplificación de la realidad suena a manipulación de la historia.

Después de la publicación de las declaraciones de Francisco Correa en eldiario.es, lo menos que puede decirse es que la plaga del 3% –o de otros porcentajes– adquiere la categoría de pandemia. De ser cierto lo dicho por el cabecilla de la trama Gürtel, y hoy ya todo es posible o verosímil, “se trataba de adjudicar obras a empresarios a cambio de que abonaran un porcentaje que yo recaudaría en beneficio de Luis Bárcenas”, gerente y tesorero del PP. Tampoco ahí tiene sentido buscar la acción de una mano negra que pretende chafar la precampaña de los populares, con Angela Merkel, Nicolas Sarkozy y compañía en la tribuna de oradores, sino esperar que los jueces hagan la luz y pongan a cada cual en su lugar, aunque tenga un elevado coste para la credibilidad del sistema la judicialización de la política, inevitable cuando la opacidad es un hecho. “Luis. Lo entiendo. Sé fuerte”, el sms que Mariano Rajoy mandó a Bárcenas un día de principios del 2013, lastra irremediablemente el relato elaborado por el PP para distanciarse de los presuntos manejos del extesorero.

Ese 3% ominoso y desvergonzado que aparece en todas partes debe esclarecerse, sea cual sea el coste, para evitar que arraigue la sospecha generalizada, se propague el escepticismo como enfermedad incurable y los ciudadanos lleguen a la conclusión de que son víctimas de un engaño permanente y premeditado. Es preciso, asimismo, para que queden a salvo de recelos cuantos se dedican a la política y no recurren al 3% (para que les cuadren las cuentas del partido o para procurarse todos los meses un sobresueldo dentro de un sobre). Es una necesidad de higiene democrática inaplazable que prevalezca la honorabilidad de las instituciones y de quienes las sirven. La regeneración democrática requiere reformas de todo tipo, entre ellas la de la Constitución, pero precisa ante todo descontaminar el aire viciado que se respira en demasiados despachos, en demasiadas tramas de poder, en los intersticios a través de los cuales es posible adulterar la financiación de los partidos políticos, necesarios por lo demás para que una democracia realmente lo sea.

Sería muy de lamentar que la Reforma para la Agilización de la Justicia Penal –nombre oficial del invento–, una iniciativa del PP aprobada por las Cortes, provocara un cuarteamiento de las causas en curso, como teme el exfiscal José María de Mena, debido a la obligatoriedad de que las investigaciones no se prolonguen más allá de 18 meses, prorrogables si lo autoriza el juez a petición del fiscal. “Preocupado el Gobierno, al parecer, por los macroprocesos, como el de la Gürtel –escribe Mena–, ha decidido agilizar la justicia acabando con ellos. Con la reforma legal, los grandes procesos deberán trocearse. Se juzgará a cada uno de los delincuentes por separado, con lo que, en la práctica, se difuminarán las grandes tramas de criminalidad financiera colectiva, y punto final”. Porque los males de la nación, sea la que sea la dimensión del territorio al que se aplica el término, no son asunto en manos de individuos que actúan por su cuenta y riesgo, sino que hay algo más que indicios de que en los 3% y otros enredos el funcionamiento se atiene a una logística precisa, a sólidas redes clientelares en las que participan corruptores y corrompidos con parecido desparpajo.

La mera posibilidad de imponer un punto final a las investigaciones supone dejar la puerta abierta a cegar los caminos para la depuración de responsabilidades en los casos del primer partido de Catalunya, del que hasta ahora ha dispuesto de la mayoría parlamentaria en España y de otros muchos asuntos que afectan a la limpieza y solvencia de las instituciones. Y esa mera posibilidad, de hacerse realidad, llevaría inevitablemente a una parte de los ciudadanos, de los votantes, de los contribuyentes a la desafección, a pensar que nada es trigo limpio, que todo es fruto de un rosario de componendas innobles. Porque rige hoy más que nunca en toda su extensión el juicio del escritor paraguayo Augusto Roa Bastos: “El poder de infección de la corrupción es más letal que el de las pestes”.

 

El ‘boom’ del ‘boom’, año 50

La reedición de Los nuestros, de Luis Harss, fresco premonitorio del boom literario latinoamericano, permite realizar un ejercicio semejante al de asistir a la proyección de un documental que, rodado hace medio siglo, hubiese adelantado con insólita precisión la realidad de nuestros días. Porque la selección de autores que hizo Harss en los primeros años 60, esos diez escritores a los que unió bajo un solo título en la edición de su libro en 1966, son hoy autores indiscutibles más allá de que se les pueda considerar integrantes del boom o precursores del mismo. Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias, Jorge Luis Borges, Joao Guimaraes Rosa, Juan Carlos Onetti, Julio Cortázar, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, ordenados así por el joven e inquieto Harss, constituyeron el elenco de un canon seminal al que, con la perspectiva que dan el tiempo y las lecturas, cabe añadir a Adolfo Bioy Casares, José Lezama Lima, José Donoso, Ernesto SabatoAugusto Roa Bastos, incorporados para siempre a la historia de la narrativa.

Los nuestros

Portada de la reedición de ‘Los nuestros’, de Luis Harss.

“La década del sesenta puede muy bien ser un momento decisivo. Nuestra novela está todavía a prueba. Es demasiado pronto para saber si las pocas figuras realmente notables que asoman en las penumbras son una casualidad o una promesa. Pero si la diferencia entre un accidente y una tradición está en el encadenamiento del esfuerzo común, el futuro se ve propicio”, escribe Harss al presentar la reedición de Los nuestros. Aquel futuro propicio se construía sobre los cimientos sólidos de títulos como La invención de Morel (Bioy Casares, 1940), El Señor Presidente y Hombres de maíz (Asturias, 1946 y 1949, respectivamente), Pedro Páramo (Rulfo, 1955), Hijo del hombre (Roa Bastos, 1960), Sobre héroes y tumbas (Sabato, 1961) y la desmesura renovadora y erudita de Borges, que en 1961 publicó su primera Antología personal. Así se llegó a 1962: aquel año prodigioso, Vargas Llosa ganó el Premio Biblioteca Breve con La ciudad y los perros, Carpentier publicó El siglo de las luces y Fuentes, La muerte de Artemio Cruz. Acaso sea aquella conjunción astral del 62 la que lleva ahora a conmemorar los 50 años del boom, aunque en años sucesivos siguiera la exuberante sucesión de obras maestras –Rayuela (Cortázar, 1963), Paradiso (Lezama Lima, 1966), Cien años de soledad (García Márquez, 1967), El obsceno pájaro de la noche (Donoso, 1970)–, de forma tal que, en un atrevimiento a la altura de las dimensiones del fenómeno, se empezó a hablar del siglo de oro de la letras hispanoamericanas. Cuando Roa Bastos publicó Yo el supremo en 1974, el atrevimiento se antojaba cada día menos desaforado.

La ciudad y los perros

Edición de bolsillo de ‘La ciudad y los perros’, de Mario Vargas Llosa.

¿Qué desató aquellas fuerzas ocultas en la espesura de una narrativa que durante el siglo XIX y los primeros decenios del XX reunió muy pocos títulos para retener en la memoria? El escritor mexicano Jorge Volpi afirma: “Poco importa si sus antecedentes se encuentran en el romanticismo alemán o en Carpentier, en la fantasía borgiana o en Asturias, en los cuentos infantiles o en Rulfo: el realismo mágico a la García Márquez es la invención más contagiosa surgida de nuestras tierras”. Para los interesados, esa invención contagiosa se remonta a la herencia de Miguel de Cervantes, al influjo de los barrocos, a los universos paralelos de William Faulkner, de Ernest Hemingway, de John Dos Passos, al acopio de experiencias personales contadas en un lenguaje liberado de artificios. Todos, de una forma u otra, aceptan la sentencia de Benedetto Croce recogida por Borges en la conferencia ¿Qué es la poesía?, pronunciada en Buenos Aires en 1977: “El lenguaje es un fenómeno estético”.

Antonio Muñoz Molina lo resume en una frase: “Creo que trajeron simplemente una nueva forma de contar, una relación más libre con el idioma. Siempre lo he comparado a la llegada de la influencia de Rubén Darío a principios del siglo XX”. En esa liberación del idioma como instrumento tiene acomodo la larga digresión de Carpentier sobre el estilo barroco, contenida en una entrevista de 1977 con el periodista Joaquín Soler Serrano. “El estilo barroco, ¿por qué?”,  se preguntó el autor cubano. La respuesta abundó en la correspondencia entre el entorno y el relato: “Porque estamos rodeados de una naturaleza exuberante y barroca. Porque el barroquismo es un lujo en el arte, no es decadencia (…) El barroco se produce, por el contrario, en momentos de máxima fuerza”. Y siguió más adelante: “El barroco es un lujo de la creación (…) Somos escritores de expresión barroca porque yo creo que el barroco corresponde a la sensibilidad americana”.

La muerte de Artemio Cruz

Edición de bolsillo de ‘La muerte de Artemio Cruz’, de Carlos Fuentes.

Entre el parecer de Borges y el de Carpentier no hay diferencias a pesar de su gran distancia ideológica. Borges navegó entre dos aguas durante la cruel dictadura militar de Videla y allegados; Carpentier estuvo comprometido con la revolución cubana desde la primera proclama. Borges cruzó con frecuencia las arenas movedizas del elitismo social; Carpentier procuró hacer justo lo contrario. Pero, en última instancia, los dos compartieron el sino del lenguaje como “fenómeno estético”. “La grandeza implica la totalidad”, declaró Sabato a Soler Serrano en otra entrevista memorable de 1977, y así se encontró pisando el mismo terreno del “instrumento ajustado a lo que se quiere expresar”, según definió Carpentier el lenguaje barroco. A pesar de lo cual, Sabato siempre consideró “una osadía ponerse a escribir” después de Cervantes.

Luis Harss afirma en Los nuestros, al abordar la distancia ideológica de Borges con la mayoría de escritores de los primeros días del boom, que el empeño de los más jóvenes se atuvo a la acción social, mientras que el fabulador argentino, nacido en 1899, se embarcó en “el inmenso proyecto de exploración que es el descubrimiento de una ciudad [Buenos Aires]”. Siguiendo por el sendero de Harss, bien pudiera corresponderle a Borges el título de segundo fundador de Buenos Aires, pues fue el conquistador Diego de Mendoza, en 1532, quien la fundó en primera instancia. Si bien se mira, fue Borges quien dio a la ciudad los atributos y distintivos históricos al escribir Fervor de Buenos Aires y La brújula y la muerte. Y fue así porque colocó en la historia a aquella inmensidad urbana surgida entre otras dos inmensidades, el océano y la pampa. Todo esto lo desarrolla el mexicano Carlos Fuentes en un capítulo de La gran novela latinoamericana, en cuyas páginas aventura que llegó un día en que Buenos Aires exclamó “por favor, verbalícenme”, y allí estuvo Borges para hacerlo con la rotundidad inconmensurable de un demiurgo.

El siglo de las luces

Edición de bolsillo de ‘El siglo de las luces’, de Alejo Carpentier.

Los méritos atesorados por Borges en la empresa de fundar de nuevo Buenos Aires fueron semejantes a los contraídos por Carpentier al afrontar idéntica empresa en la densidad húmeda de La Habana, una coincidencia más en la peripecia personal de dos escritores tan aparentemente lejanos. Al dar a la literatura La ciudad de las columnas, Carpentier puso a La Habana en la historia con tanto ahínco como lo hicieron sus primeros fundadores en 1519 entre dos inmensidades no menores a la vecindad bonaerense, pues surgió La Habana de cara al mar y de espaldas al manto inabarcable de la manigua cubana. Carpentier puso a La Habana en la historia porque desarrolló un relato que solo es posible allí. Así como Buenos Aires fue otro Buenos Aires a partir de la intervención literaria de Borges, así también pasó por la misma experiencia La Habana, sometida al trance refundador de Carpentier. La tarea de ambos escritores es fiel al punto de vista de Carlos Fuentes: “Las culturas son su imaginación, no sus archivos”.

La originalidad de Borges y Carpentier reside en que cumplieron con la misión refundadora en el seno de espacios concretos y tangibles a diferencia de lo que hizo García Márquez en Cien años de soledad, pues Macondo es un espacio mitológico dentro del cual es posible construir un relato fundacional sin ataduras con la historia. “Si una cultura no logra crear un tipo de imaginación, resultará históricamente indescifrable”, escribió Lezama Lima, alentador de las eras imaginarias. El propósito extraordinario de García Márquez fue empezar de cero para comprenderse a sí mismo y comprender a sus semejantes más próximos. “El tema lo llevaba dentro desde hacía años. Incluso lo había intentado expresar en un par de ocasiones, pero me reconocía poco preparado y lo abandoné. Era mucha su envergadura para mis escasas posibilidades, hasta que me encontré seguro y me puse a escribir como un obseso”, le contó García Márquez a Robert Saladrigas en 1968 y hoy es posible volverlo a leer en Voces del ‘boom’, selección de 21 entrevistas publicadas en la revista Destino entre los últimos años 60 y los primeros 70.

Cien años de soledad

Primera edición de ‘Cien años de soledad’, de Gabriel García Márquez.

¿Por qué festejamos este hipotético primer medio siglo del boom? Un motivo: “Fue una corriente de aire fresco y la demostración de que se podía escribir en español de una forma menos academicista de lo habitual en España”, declara Javier Marías. Otro motivo: “Con esas obras América Latina (como una entidad cultural y geográfica propia) adquirió un lugar reconocido en el imaginario internacional literario, realmente por primera vez”, dice el periodista estadounidense Jon Lee Anderson. Un tercer motivo: desde aquellos días de descubrimiento hasta hoy, las sociedades latinoamericanas han nutrido con nuevas generaciones la empresa literaria. Y, con ellas, han surgido voces críticas autorizadas por su propia experiencia personal, autores inducidos a ponerse a salvo de los aduladores. “Los escritores del boom aceptaron demasiadas invitaciones, demasiados viajes. Hay cierto aspecto de compañía del poder que me parece que puede ser negativo y que puede llegar a un cierto cinismo”, declaró el autor mexicano Juan Villoro después de recibir el Premio José Donoso 2012. ¿Es posible evitar la vecindad del poder en la aldea global? Veamos qué sucede durante los próximos 50 años.