Siria, una tragedia sin límites

La primera víctima incruenta de la conferencia Ginebra 2 ha sido el secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, obligado por Estados Unidos a retirar la invitación previamente cursada a Irán para que participara en las conversaciones. Desde el desaire sufrido en 1996 por Butros Butros-Ghali, cuya reelección al frente de los destinos de la ONU fue vetada por el presidente Bill Clinton, no se daba una situación de debilitamiento tan extremo de la dirección del organismo que en el plano puramente teórico tutela las relaciones internacionales. Prueba de las grandes dificultades que presenta detener la matanza en Siria y dar con el punto intermedio que haga posible, por lo menos, pasar del campo de batalla al encuentro entre adversarios. Prueba, asimismo, de los riesgos que contrae quien asume compromisos concretos en esa larga tragedia, que suma 130.000 muertos y varios millones de desplazados –las cifras se han desbocado–, además de transmitir al resto del mundo la impresión de que el desastre va para largo.

La ausencia de Irán de Ginebra 2 daña irremediablemente las de por sí escasísimas posibilidades de sacar algo en limpio de la coreografía diplomática. El deseo de la Casa Blanca de desvanecer toda sospecha de concomitancia con la diplomacia iraní, a la que con frecuencia se refieren los republicanos adscritos al Tea Party, ha hecho caer en el olvido el diagnóstico de Kofi Annan, cuando aceptó el encargo de mediar en la guerra de Siria: “Irán es un actor. Debería formar parte de la solución. Tiene influencia y no podemos ignorarlo”. En ese olvido voluntario ha pesado el reciente acuerdo sobre el programa nuclear de los ayatolás, atacado con parecida violencia por los neocons en Estados Unidos y por los halcones de Teherán, pero, al plegarse a esa realidad, el presidente Barack Obama ha renunciado a la eventual capacidad de persuasión del hábil Muhamad Javad Zarif, ministro iraní de Asuntos Exteriores, para atemperar los ímpetus belicistas de una parte del chiísmo radical.

La segunda víctima incruenta es el diplomático argelino Lajdar Brahimi, superado por la situación y atenazado en la misión que tiene encomendada a causa de la gestión del conflicto desde Estados Unidos y Rusia, de la división en las filas de la oposición siria, del pulso que mantienen las teocracias suní (Arabia Saudí) y chií (Irán) por la hegemonía en el Golfo, de la segunda vida de Al Qaeda, reactivada en Irak, y del temor muy extendido a que el conflicto sirio acabe contaminando toda la región si es que no lo ha hecho ya. Cuando Brahimi se acerca a la mesa de la conciliación para acercar posiciones lo hace sin más posibilidades de éxito que las ganas que tengan sus interlocutores de renunciar a la grandilocuencia. Una disposición infrecuente en el clima de invectivas cruzadas por el Gobierno de Bashar el Asad y las diferentes oposiciones que le hacen frente con desigual fortuna e influencia.

La situación de Brahimi es fiel reflejo de la división en la Liga Árabe, que se debate entre la implicación de Arabia Saudí y sus aliados del momento, más o menos dispuestos a seguirla, y el deseo de los países más alejados del conflicto de limitar los compromisos. Pero la situación de Brahimi explica también hasta qué punto pesa en la crisis siria la falta de sintonía entre Arabia Saudí y el equipo de Obama y el deseo expresado por el presidente de mantener alguna forma de equilibrio regional compartido por saudís e iranís. Eso es tanto como decir alguna forma de equilibrio entre sunís y chiís, del Mediterráneo oriental al Golfo, según el análisis del especialista Husein Ibish, con las dificultades inherentes a tejer una red de intereses comunes con una hebra árabe y otra que no lo es (Irán).

La tercera víctima incruenta es la oposición posibilista, reconocida por Occidente como representante legítima del pueblo sirio que se levantó contra el autócrata, pero extremamente debilitada por su incapacidad manifiesta para neutralizar sobre el terreno a los yihadistas. Esta oposición, con la que Occidente creyó poder desalojar del poder a Asad al precio de daños colaterales mínimos, está dirigida por figuras largo tiempo alejadas de Siria, poco representativas del argumento que se desarrolla en el interior del país, y no siempre capaces de ponerse de acuerdo para aplicar un programa a largo plazo de reconstrucción del país.

Que el secretario de Estado de Estados Unidos, John Kerry, declare que tener el derecho de dirigir un país no puede “proceder de la tortura, los barriles-bomba y los misiles Scud” tiene menos eficacia real para la oposición moderada que la determinación de Sergei Lavrov, ministro ruso de Asuntos Exteriores, de descartar “posiciones premeditadas” –el apartamiento de Asad del poder– en Ginebra 2. Porque mientras las palabras de Kerry apenas sirven para un titular de prensa, la actitud de Lavrov implica que el presidente sirio seguirá en el poder por un tiempo indeterminado, pero largo a todas luces. Y a continuación de Lavrov, con efectos prácticos no menos importantes, deben contabilizarse los apoyos externos que recibe Asad desde el chiísmo radical, empezando por la milicia libanesa de Hizbulá, presente en el teatro de operaciones sirio.

Todo eso debilita el posibilismo tanto como la determinación de las organizaciones yihadistas de oponerse a cualquier desenlace negociado del conflicto. “El futuro de Siria será decidido aquí, sobre el terreno, y firmado con la sangre de los frentes y no en conferencias vacías a las que acuden aquellos que no se representan ni a sí mismo”, ha manifestado Abú Omar, dirigente del Frente Islámico, un conglomerado de grupos “wahabís takfiris”, en expresión utilizada por la emisora de televisión Al Manar, que pertenece a Hizbulá. Detrás de las palabras de Omar alienta la estrategia defendida por Al Qaeda en el último mensaje de voz conocido de su máximo dirigente, Aymán al Zauahiri: que cesen los combates entre facciones rebeldes.

Los fundamentalistas saben que la guerra dentro de la guerra aligera la presión interna sobre Asad y las grandes potencias comparten esa opinión, pero mientras los primeros aspiran a imponer su enfoque de la crisis siria mediante la unidad de acción, las segundas entienden que mientras sean los islamistas los que dirigen la batalla, la guerra dentro de la guerra es un mal necesario. Es esta una de las pocas coincidencias de criterio de Estados Unidos y Rusia, cuya preocupación por el auge yihadista está en relación directa con sus propios problemas con el islamismo radical en Daguestán, Chechenia y otras regiones del Cáucaso, tal como explica en su web Brian Whitaker. El Gobierno ruso teme el contagio y que alguna franquicia de Al Qaeda arraigue dentro de sus fronteras en territorios de tradición musulmana, una razón más para que apoye a Asad, que se presenta ante la comunidad internacional como un luchador decidido contra el terrorismo global.

Cuando el rompecabezas es tan complicado, las esperanzas menguan a cada palabra dicha de más, a cada gesto abrupto que delata el desacuerdo profundo entre las partes, y, en la guerra de siria, los gestos abruptos se remontan a casi tres años atrás, cuando de la protesta popular se pasó a los combates esporádicos y de ahí, a la guerra civil, las armas químicas, la infiltración fundamentalista, las líneas rojas de Obama que dejaron de serlo y así sucesivamente hasta llegar a Ginebra 2. Hasta llegar a la aspiración tan sensata como tremendamente difícil de establecer un periodo transitorio en el que Gobierno y oposición compartan el poder, después de la salida de Asad, para pacificar el país, evitar que se convierta en un Estado fallido a las puertas de Israel y conjurar el riesgo de que toda la región padezca las consecuencias. Sería magnífico pensar que, por sensato, es posible el futuro así descrito, pero hay demasiados indicios para no creer que el rumbo que se sigue es muy otro.

 

 

 

 

Siria, una guerra por poderes

El simulacro de tregua aceptado por el Gobierno sirio con ocasión de la fiesta musulmana del sacrificio (Aid el Kebir o Adha) al final de una extenuante tanda de negociaciones completada por el diplomático argelino Lajdar Brahimi, mediador nombrado por la ONU para que intente que se detenga la carnicería, fue de vida tan breve que nadie se molestó en respetarla. La lógica de la guerra se mantiene en todo su apogeo, la manipulación de la tragedia desde el exterior es más evidente a cada día que pasa y la extensión de la crisis siria a Líbano constituye un riesgo inmediato después del asesinato del general Wisam al Hasán, jefe de los servicios secretos del pequeño país y figura destacada de la comunidad suní. Y así, aunque el miércoles dijese en Barcelona el economista sirio Samir Aita, redactor jefe de la edición árabe de Le Monde Diplomatique, que la sociedad de su país es fuerte, avanza con inusitada rapidez la doble perspectiva de una libanización de la guerra y de una vuelta de Líbano a las luchas sectarias.

Un artículo publicado por Aita en el diario británico The Guardian el 22 de julio planteaba una serie de incógnitas que no permiten responder sí o no sin más matices. Se preguntaba entonces Aita, y sigue en ello: “La verdadera cuestión aquí es si Estados Unidos quiere una Siria estable y unida, incluso después de un largo periodo de transición. ¿Dispone de los medios para influir en el resultado a través de los poderes regionales emergentes de Catar, Arabia Saudí y Turquía? (…) La salida de Asad, ¿es suficiente para los emires de Catar y Arabia Saudí, así como para el gobernante Partido de la Justicia y el Desarrollo en Turquía? ¿O quieren más? En esencia, ¿podrían aceptar una Siria unida que solo es posible que se mantenga sobre la base de un Estado laico con igualdad de ciudadanía? ¿Aceptarían un Estado fuerte, democrático y libre, incluso después e una larga transición? Está por aclarar”.

Samir Aita

Samir Aita, integrante de la oposición laica siria y redactor jefe de la edición árabe de ‘Le Monde Diplomatique’.

Aunque las preguntas las formula un intelectual de la oposición laica siria instalado en París, que cree que la unidad de Siria y la paz civil solo se pueden preservar mediante la neutralidad del Estado, son pertinentes porque tanto en la guerra en curso como en el complejo rompecabezas libanés, se configuran bandos irreconciliables, fruto de alianzas históricas y oportunismos recientes. En la batalla siria, el bloque afecto al presidente lo constituyen, con más o menos nitidez, la minoría alauí –la de la familia del presidente Bashar el Asad–, que controla el Ejército –unos 200.000 combatientes, una vez descontados los desertores–, más las fuerzas paramilitares (shabiha) –otros 100.000 efectivos–, la minoría cristiana, más asustada que movilizada, y la minoría kurda, con parecido estado de ánimo; enfrente, la mayoría suní forma el núcleo de la oposición al régimen, aunque está lejos de ser un bloque compacto y ordenado. En Líbano, la muerte del general Hasán ha hecho asomar todos los demonios familiares del pasado: un Ejército débil e ineficaz, el estado dentro del Estado de Hizbulá y sus milicias, sostenido el andamiaje por Irán, la desconfianza suní, los recelos cristianos y la sensación muy extendida de que el país no es dueño de su destino, sino que se mantiene sujeto al humor de terceros.

A todo esto debe añadirse el diagnóstico de la situación efectuado por Vali Nasr, profesor de la Universidad John Hopkins y exasesor de la Casa Blanca, recogido en su blog por el politólogo francoiraní Milad Jokar: “Si Asad cae mañana, eso no detendrá a los combatientes y la comunidad internacional aún no ha asumido esta realidad”. Jokar añade de su propia cosecha: “No se trata de un movimiento democrático contra una dictadura, ni de una guerra civil que opone a dos bandos. Siria se ha convertido en el teatro de una guerra proxy (o guerra por poderes) que se extiende a sus vecinos, y concentrarse solo en la salida de Bashar el Asad es una estrategia condenada al fracaso, porque no arreglará el conflicto”. El primero en referirse a una “guerra por poderes” fue el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, el 3 de agosto, y entonces a muchos les pareció un diagnóstico excesivo.

Bandar bin Sultán

El príncipe Badar bin Sultán, embajador de Arabia Saudí en Estados Unidos entre 1983 y 2005 y jefe del espionaje saudí desde el pasado verano.

Por aquellas fechas, David Ignatius escribió en el diario liberal estadounidense The Washington Post, después de que el Gobierno saudí nombrara jefe del espionaje al príncipe Bandar bin Sultán, embajador en Estados Unidos de 1983 a 2005: “La instalación de un nuevo jefe de inteligencia muestra cómo Arabia Saudí intensifica su apoyo a los insurgentes en Siria que persiguen derrocar el régimen del presidente Bashar el Asad. En este esfuerzo encubierto, los saudís trabajan con Estados Unidos, Francia, Turquía, Jordania y otras naciones que desean echar a Asad”. Samir Aita amplía las referencias: en el esfuerzo encubierto debe contarse también a Catar y la cadena de televisión Al Jazira, indispensable para difundir el nombre del Consejo Nacional Sirio (CNS) como núcleo político a partir del cual debe forjarse la unidad de la oposición, aunque, en la práctica, el Ejército Sirio Libre (ESL), los salafistas de Al Nosra –suburbio de Al Qaeda que no aceptó desde el principio la tregua negociada por Lajdar Brahimi– y otros contingentes irregulares están lejos de ceñirse a la estrategia del CNS y, con frecuencia, es este el que anda de forma apresurada detrás de la iniciativa de los combatientes.

¿Dónde quedan Irán, Rusia y China en este juego sin reglas escritas? El periodista Ibrahim Musaui, responsable en el seno de Hizbulá de las relaciones con los medios informativos, lo explica con total desinhibición en las páginas de la edición inglesa de Al Manar: “Los distintos actores regionales e internacionales que apoyan a los grupos armados se han estrellado en la roca iraní-ruso-china, ya que estos tres países se han comprometido a hacer todo lo posible para prevenir y resistir cualquier acción militar exterior. Ellos han dado muchos pasos más en la intermediación, el apoyo y la facilitación de las iniciativas políticas dirigidas a que la oposición y los representantes del Gobierno se sienten y alcancen soluciones de carácter nacional, y no dictadas o importadas de fuera”. Musaui advierte que si los arreglos políticos no dejan a salvo el régimen de Asad, seguirá el derramamiento de sangre, y hay que imaginar que habla con conocimiento de causa porque su grupo tiene desde siempre línea directa con Damasco, esto es, con Teherán.

En todo cuanto hace y dice Hizbulá, que controla al Gobierno de Líbano y tiene en un puño al presidente del país, Michel Suleiman, hay grandes dosis de desafío al entorno, incluso cuando se da una situación como el asesinato del general Hasán, seguido del amago de dimisión del primer ministro, Naguib Mikati, y con todos los dedos señalando al Gobierno sirio como inductor del atentado, si no es que fueron directamente agentes sirios quienes perpetraron la fechoría. Sucedió con el bombazo que costó la vida a Rachid Hariri, pasó con otras muertes menos notables, y se repite ahora. La impresión que queda es siempre la misma, algo así como sabemos que lo sabéis, pero no tenéis forma de probarlo. Ibrahim al Amín, editor del diario beirutí Al Akhbar, próximo al universo de Hizbulá, ha enunciado cuatro supuestos para descartar que fuese siria la mano que colocó la bomba que segó la vida de Hasán: que podía beneficiar a fuerzas libanesas con conexiones exteriores, que los autores procedieran del exterior y calcularan que las consecuencias no serían importantes, que los autores del atentado fuesen israelís –asegura Amín que servicios de información árabes habían informado a Hasán de que los israelís estaban molestos con él por cooperar con Hizbulá en el descubrimiento de redes de espionaje israelís en Líbano–, que fuese, en fin, el largo brazo de Al Qaeda el que causara la muerte por la disposición de Hasán de intercambiar información con Estados Unidos relativa a las actividades del grupo islamista en Líbano y Siria. Cuatro razones tan ingeniosas como cualesquiera otras cuatro pergeñadas por profesionales de la intoxicación informativa para apartar las miradas de Siria y dirigirlas hacia otros lugares.

Wisam al Hasán

Funeral del general Wisam al Hasán, jefe del servicio de inteligencia libanés y personalidad de la minoría suní, asesinado el día 19 en Beirut.

Entre quienes quedan atrapados entre dos fuegos, a un lado y otro de la frontera, se encuentran las minorías cristianas, especialmente débiles en Siria. La incertidumbre de la guerra y la experiencia relativamente confortable vivida bajo los Asad ha hecho posible la pasividad, estimulada por la jerarquía religiosa, que disfruta de una situación de privilegio al igual que la de otras confesiones. Aunque el politólogo de ascendencia siria Salam Kawakibi, profesor en París I, ha declarado a la periodista Aude Lorriaux que “los cristianos no han sido nunca pro-Asad”, Fabrice Balanche, profesor en la Universidad de Lyón, tiene una opinión bastante diferente: “Si los cristianos se unieran [a la oposición], sería una señal de que el régimen está verdaderamente perdido”. La ultima ratio de la posición de las comunidades cristianas es que temen que, como por lo demás es fácil presumir, el fundamentalismo islámico que forma en las filas de la oposición cercene la libertad de culto y les someta a presión. ¿Queda muy lejos la guerra confesional? Tanto como días faltan para que se hunda el régimen de Asad, cabe aventurar, salvo que se cumpla el deseo de Samir Aita y el Ejército, a pesar de todo, se mantenga unido, sea capaz de desermar a los shabiha y de incorporar a quienes ahora luchan en las filas del ESL. En caso contrario, el sectarismo, estimulado por los apoyos que vengan de fuera, puede adueñarse de una situación de por sí endiablada.

Los libaneses tienen una larga experiencia en mantener equilibrios inestables más allá de toda lógica, fruto de rivalidades sectarias inextinguibles, algo que Issa Goraieb, editorialista del diario de Beirut de expresión francesa L’Orient le Jour, llama “este cínico e incesante chantaje al que está sometido Líbano después de decenios”. Incluso ahora, con las relaciones intercomunitarias tensadas por la muerte de un general, los combates callejeros en Trípoli y el riesgo de que el país salte por los aires una vez más. “El árbol de la estabilidad no debe ocultar el bosque del crimen”, ha escrito Goraieb, pero lo cierto es que el Gobierno libanés respira la densa atmósfera de la extorsión, que no permite otorgar a la seguridad “el interés primordial que se merece”. Es este ambiente de complicidades encubiertas y silencios elocuentes el que impide desvelar la identidad de quienes pretenden meter a Líbano en el mismo saco de la crisis siria para romper el juego de contrapesos que garantiza la razonable normalidad institucional del país, desgarrado por una guerra civil que se prolongó 15 años (1975-1990).

Brian Whitaker resume en la web al-bab.com el camino que debe seguirse en el laberinto que lleva hasta la conexión siria: “La suposición es que Hasán había cruzado una línea roja fatal (por lo que se refiere a Damasco) con la persecución del exministro de Información libanés Michel Samaha –un aliado muy conocido del régimen de Asad–, quien ha sido acusado de planear ataques terroristas en Líbano y contra quien hay una sustancial prima facie probatoria. Sabiendo que el jefe de seguridad era el blanco, en lugar de la población libanesa en general, el ataque es un poco menos alarmante. Pero solo un poco. La impresión es que el ataque fue un ejemplo más de una larga historia de injerencias sirias, un intento deliberado de enredar a Líbano en el actual conflicto interno de Siria. Incluso si esta vez no se pretendió, aún se mantiene el riesgo de que se intente de nuevo”. Y, en este caso, de tener éxito la operación, la opinión más extendida es que la sociedad libanesa se desharía por las costuras.

Mapas de Oriente Medio

Fuente: Web Mapas de Oriente Medio.